Ángel Torres Quesada
LAS ISLAS
DEL
INFIERNO
Trilogía de las Islas del Infierno
I
Ultramar Editores
Portada: Antoni Garcés
A:
Marta, Marisantos, Alicia.
1a edición: Enero, 1989 1987
© 1988 by Ángel Torres Quesada
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© Ultramar Editores S.A., 1988
Mallorca 49. S 321 24 00. Barcelona-08029
ISBN: 84-7386-515-4
Depósito legal: NA-1562-1988
Fotocomposición: Fénix, Servicios Editoriales / Compu-set, S.A.
Impresión: Gráficas Estella, S.A., Estella (Navarra), 1988.
Printed in Spain
Vendrá sobre ti una desgracia
que no sabrás conjurar;
caerá sobre ti un desastre
que no podrás evitar.
Vendrá sobre ti súbitamente
una devastación que no sospechas.
¡Quédate, pues, con tus sortilegios
y tus muchas hechicerías
con que te fatigas desde tu juventud!
¿Te podrá servir de algo?
¿Acaso harás temblar?
Te has cansado de tus planes.
Que se presenten pues y te salven
los que describen los cielos,
los que observan las estrellas
y hacen saber, en cada mes,
lo que sucederá.
-Isaías, 18-23
PRIMER DÍA
...Los primeros en dar la noticia fueron las emisoras de radio
y televisión, y esta mañana todos los periódicos del país la publi-
can con grandes titulares. No acostumbro a impresionarme fácil-
mente, pero me dejé llevar por un súbito impulso y acudí al par-
que. Una vez allí, como me temía, me resultó muy difícil abrirme
paso entre la multitud y aproximarme lo bastante para ver de
cerca la ya llamada Isla del Infierno. Necesitaba convencerme con
mis propios ojos de que es cierto que en ese viejo y querido parque
londinense existe desde ayer por la tarde una extensión de terreno
gris, compuesto de rocas y arena, de aproximadamente cuarenta
yardas de largo por unas doce de ancho y de pocos pies de altura,
que nadie hasta el momento puede explicar qué es. Los escasos
testigos presénciales del fenómeno afirman que no aciertan a ex-
plicar cómo sucedió, aunque algunos creyeron ver un rápido res-
plandor blanco y de pronto la franja verde y arbolada desapareció,
sin más, y apareció ésta otra. De madrugada oí decir a un comen-
tarista de la BBC, imagino que en tono jocoso, que la intrusa
procede de los dominios del diablo, y a continuación la bautizó
por su cuenta como La Isla del Infierno.
Al cabo de un rato, cansado de recibir empujones, decidí aban-
donar el Regent's Park y regresé a la redacción con el propósito de
escribir este artículo. Estaba en ello cuando mi mesa de trabajo se
vio inundada por despachos de agencias de noticias: En casi
todos los países del mundo han surgido de la nada más Islas del
Infierno...
(Fragmento del artículo de K. Rosenman publicado en la edi-
ción extra de la revista semanal Nuevas Visiones del 20 de No-
viembre de 1989.)
14 de Septiembre de 1991
LONDRES, 9:10 HORAS
Kenneth Rosenman ahogó un bostezo y empujó la puerta
de sus oficinas. Apenas darle los buenos días a su secretaria, la
señorita Zerder, creyó notar en ella algo extraño.
Anne Zerder había levantado bruscamente la cabeza al es-
cuchar las pisadas de su jefe y le miró sobresaltada. Cuando le
reconoció lanzó un suspiro de alivio e intentó dibujar una son-
risa.
—Buenos días, señor Rosenman —dijo. Su voz sonó ronca.
Emitió un leve carraspeo—. Me alegra verle.
Rosenman, un hombre de unos cuarenta años, alto y elegan-
temente vestido con un abrigo azul marino en el que brillaban
algunas gotas de lluvia, colgó el paraguas en su brazo y se
quitó despacio el sombrero, sin dejar de estudiar a su secretaría.
Por su mente pasó la idea de que Anne se sentía a disgusto
porque él la había pedido que viniera a trabajar este sábado
por la mañana, pero en seguida la desechó. No era la primera
vez que ocurría, y ella nunca se había negado a ayudarle. Era
una estupenda secretaria, la mejor que había tenido. Llevaba
trabajando con él casi tres años y estaba satisfecho de haberla
contratado. Además de bonita era distinguida y atractiva, pen-
só sonriendo internamente. Trató de adivinar qué edad tenía.
Quizá debería enterarse echando un vistazo en el fichero, pero
le calculaba unos treinta y cinco años. Una estupenda mujer,
decidió.
—¿No se encuentra bien, señorita Zerder? ¿Acaso ha pasa-
do algo? —preguntó, fingiendo quitar un poco de agua de su
sombrero.
Anne soltó un jadeo mezclado con una risa mal fingida.
—Claro que no. Bueno, quiero decir sí... En realidad no ha
tenido tanta importancia, señor. Estoy un poco sofocada por-
que hace un momento he hablado por teléfono con el agente
de seguridad del edificio y... Me temo que he estado algo dura
con él.
—¿Por qué? —inquirió Rosenman, recordando que cuando
pasó ante el vigilante había recibido una mirada ceñuda y un
saludo un tanto frío.
—Hace un rato, ese incompetente permitió a un tipo subir
a este piso sólo porque dijo llamarse Gerald Griffin. ¿Compren-
de, señor?
La sonrisa de Rosenman se esfumó de sus labios como si se
la hubieran arrancando de un puñetazo. Enderezó bruscamen-
te el cuerpo, y el sombrero estuvo a punto de caérsele de las
manos.
—¿He oído bien? ¿Un hombre se ha presentado aquí dicien-
do que era Griffin?
—Así es. Al parecer su nombre estaba aún en la lista de
personas que podían acceder a estas oficinas, un error que no
fue subsanado cuando correspondía. El agente trató de excusar-
se diciendo que le dejó subir porque el hombre le aseguró que
estaba citado con usted, a pesar de que le advirtió que sólo yo
me encontraba en las oficinas. Era un hombre de aspecto extra-
ño. Llevaba un abrigo nuevo, aunque un par de tallas demasia-
do grande. Le sentaba horriblemente.
—Todo esto es muy raro. ¿Llegó usted a conocer personal-
mente a Gerald Griffin?
—No. Yo estaba de vacaciones, pero me contaron que aquel
día Griffin se presentó estando usted ausente y se marchó en
seguida. A todos los empleados les pareció que iba bastante
bebido. Sin embargo, podría reconocerle porque he visto algu-
nas fotografías suyas. —Anne soltó el lápiz con el que había
estado jugando y añadió con aplomo—: Oh, vamos, señor Ro-
senman, no piense que era Griffin. Desapareció el Día del Mis-
terio, ¿no? Se encontraba en un lugar al oeste de Inglaterra
donde surgieron varias Islas del Infierno, y una de ellas le
alcanzó.
Rosenman asintió con la cabeza. Permaneció en silencio
unos segundos, reflexionando.
—¿Qué fue lo que le dijo a usted? —preguntó—. Porque
algo debía buscar aquí.
—Entró sin llamar, no hizo el menor ruido. Cuando le vi
ahí quieto estuve a punto de gritar, señor Rosenman. Creo que
adivinó que iba a hacerlo, y se apresuró a tranquilizarme. In-
sistió en que él era Gerald Griffin, y en que tenía que verle a
usted urgentemente. —Anne entornó los ojos—. Comprendí que
no había venido a robar, pero sospeché que pretendía darle un
sablazo o algo así, pedirle dinero. Si no estaba borracho era un
loco escapado de un manicomio.
—¿Por qué lo cree?
—Dios, ni siquiera sabía que hoy es sábado, hasta había
olvidado el año en que estamos. —Anne sacudió la cabeza, y su
pelo castaño revoloteó graciosamente. Luego su peinado quedó
inmaculado—. Estaba muy mal afeitado y tenía ojeras, como si
no hubiera dormido en toda la noche. Hablaba muy rápido y
con un acento extraño. No creo que fuera inglés. Sus ademanes
eran bruscos y miraba a todas partes con recelo, como si el
resto de la oficinas vacías le asustara. Cuando le dije que usted
no vendría esta mañana se quedó muy consternado.
—¿Por qué le dijo que yo no vendría? —Kenneth frunció el
ceno.
—Tenía que quitármelo de encima. Para animarle a que se
marchara antes de que usted llegara le expliqué que estaba
fuera de Londres, pero que me telefonearía más tarde.
—No tenía que haberse molestado en urdir esas excusas. Yo
hubiera podido echarle.
Rosenman pensó inmediatamente que tal vez el único de-
fecto de la señorita Zerder era que se preocupaba demasiado
por librarle de problemas. ¿Un exceso de celo profesional, o se
trataba de otro sentimiento muy distinto? A veces la había
sorprendido mirándole cuando ella creía que él no la observaba.
—Ese tipo sólo venía a molestar, señor Rosenman. Y noso-
tros estamos aquí para trabajar ¿no? —Anne puso sobre la
mesa una gruesa carpeta.
Kenneth la reconoció inmediatamente. Dentro de ella esta-
ba la causa de que tuviera que permanecer aquel sábado en la
ciudad en contra de sus deseos.
Suspiró resignado. Abrió la carpeta y ojeó algunas páginas,
deteniéndose en la prueba de su propio artículo. Frunció el
ceño. Tenía pensado corregir los párrafos finales. No acababa
de convencerle la crítica que hacía a las medidas adoptadas
por el primer ministro tras la última reunión del gabinete,
demasiado suave a su entender. La crisis mundial provocada
por las Islas del Infierno no había disminuido, sino que durante
las últimas semanas parecía haber aumentado. Pensaba que
esta vez no había utilizado el estilo que tanto complacía a sus
lectores. Sus comentarios eran siempre directos, irónicos y ca-
paces de provocar úlceras en las personas que se veían refleja-
das en ellos.
—Creo que hizo lo correcto, como siempre —dijo encogién-
dose de hombros. Echó una mirada a la ventana situada detrás
de la señorita Zerder. En la calle seguía cayendo una fina y
pertinaz llovizna—. Está bien, vamos a trabajar. Si nadie nos
interrumpe terminaremos pronto.
De pronto pensó que debía invitar a Anne a almorzar una
vez finalizado el trabajo, y recordó, algo sorprendido, que nun-
ca lo había hecho anteriormente. Si se lo proponía ahora, ella
podía considerarlo un pequeño intento de soborno, por haberle
estropeado el fin de semana.
—Le iré entregando las correcciones para que usted acabe
de ordenarlas. En realidad, hay poco que hacer. El equipo re-
dactor lo dejó todo casi terminado. —Iba a dirigirse a su des-
pacho cuando se detuvo. Volviéndose, preguntó—: Por cierto,
¿ese tipo no dijo nada más antes de largarse?
La mujer compuso un gesto de fastidio. Resultaba evidente
que no quería hablar más de aquel asunto, pero se inclinó
sobre la papelera, hurgó en ella y se incorporó con un arrugado
papel en las manos, que puso sobre la mesa y trató de alisar.
—No debí haberle dicho que esperaba una llamada suya,
señor Rosenman. Entonces me pidió papel y lápiz y escribió
esta nota para usted, que tiré apenas se marchó. Me rogó, como
si en ello le fuera la vida, que se la leyera a usted por teléfono,
y que iba a estar esperando hasta el mediodía a que usted se
pusiera en contacto con él.
A Kenneth le irritaba a veces el comportamiento de Anne.
Su obsesión por evitarle preocupaciones se estaba convirtiendo
en algo paranoico para ella y en ocasiones molesto para él. No
es que le importara aquel hombre extraño que se hacía llamar
o se llamaba igual que el escritor Gerald Griffin, que aquella
maldita tarde de noviembre fue arrastrado al infierno donde
habían ido a parar todos los Desaparecidos del Día del Miste-
rio. Pero sentía curiosidad por leer lo que había dejado escrito
el pintoresco visitante.
Tomó el papel en silencio, mirando a Anne de reojo. Estaba
claro que ella pensaba que estaban malgastando unos minutos
que emplearían mejor en revisar el contenido de la carpeta.
—Ni siquiera la leí —dijo Anne—. Se marchó como si le
estuviera persiguiendo el diablo. Entonces llamé al vigilante y
le expuse mis quejas...
Lo primero que llamó la atención de Rosenman fueron las
líneas escritas con mucho nerviosismo, poco legibles. Luego se
fijó en la firma, y no pudo evitar soltar una exclamación de
sorpresa al volver a repasarlo todo. Dios, aquella cifra que
citaba el papel la recordaba perfectamente. Miró a su secreta-
ria, que a su vez le contemplaba con aire de resignada paciencia.
—¿Está segura de que no era Gerald Griffin? —preguntó
roncamente. El arrugado papel se agitó en sus manos.
—Por supuesto que no, señor —exclamó Anne, ofendida—.
Era más joven que Griffin, tenía más pelo. Unos treinta años,
le calculé. — Emitió una sonrisa y añadió con tono irónico—:
¿Es que le habría gustado que fuera Griffin de verdad, que
hubiera acudido después de tanto tiempo y ahora le exigiese
firmar ese contrato que usted insistió en hacerle? Ya se libró de
un mal negocio una vez, señor Rosenman. No tiente la suerte.
Kenneth no supo qué contestar a Anne. A pesar de que ella
había dicho que el aspecto físico del visitante no respondía al
de Griffin, empezó a sospechar que había algo muy extraño en
aquel asunto, y ya había nacido en él la idea de que el escritor
norteamericano tenía que haber intervenido de alguna manera
en el contenido de aquel mensaje. Se hallaba tan abstraído en
sus pensamientos que de pronto, como si procediera de muy
lejos, escuchó que la mujer seguía diciéndole:
—...Tengo entendido que Griffin fue siempre un escritor
polémico. Durante los últimos años causó problemas a todos
sus editores y agentes literarios. ¿Por qué le propuso usted un
contrato con unas condiciones tan ventajosas para él? Se rumo-
reaba que no escribía nada aceptable desde hacía tiempo.
Rosenman carraspeó. Le fastidiaba que le recordaran sus
equivocaciones en los negocios. La señorita Zerder era la única
persona a quien se lo permitía. Demonios de mujer. Recordó su
entrevista con Griffin. Fue unas semanas antes del Día del
Misterio, en Nueva York. Al final terminó alegrándose de que
Griffin no se hubiera presentado a la segunda cita, aunque
lamentó que la causa fuera que se encontraba donde no debía
estar en el momento menos oportuno para él: en un lugar
donde apareció una Isla del Infierno. Pobre hombre. Era un
buen escritor, a pesar de su afición a la bebida. Su fulminante
éxito en Hollywood le perdió, aseguraban las malas lenguas y
sus enemigos los críticos literarios, con los que nunca mantuvo
buenas relaciones.
Anne preguntó:
—¿Es que no he hecho bien librándole de ese tipo? Seguro
que sólo pretendía pedirle dinero después de intentar venderle
una historia estúpida.
Rosenman sonrió torpemente.
—Oh, no se preocupe. Por supuesto que no podía ser Grif-
fin, de ninguna manera. Mire, olvidemos este asunto. Será me-
jor que empecemos a trabajar. Estoy seguro de que usted querrá
marcharse lo antes posible. ¿Qué le parece si luego almorzamos
en un restaurante italiano?
Anne casi dio un salto en su asiento, sonrió y asintió rápi-
damente con la cabeza. Era evidente que la invitación la había
complacido.
Kenneth dijo que estupendo, y pudo refugiarse en su despa-
cho sin llegar a exteriorizar la ansiedad que sentía por encon-
trarse a solas. Necesitaba estudiar detenidamente el mensaje.
Se desplomó en su sillón y desplegó con cuidado el arrugado
papel sobre la carpeta con las pruebas del próximo número de
la revista.
Leyó varias veces todas las palabras escritas con aquella
caligrafía tan pésima, y necesitó un largo instante de concen-
tración para convencerse de que cuanto decía el mensaje tenía
sentido para él. Alguien que no fuera Griffin no podía haber
escrito aquello. Lamentó no disponer de algún manuscrito del
escritor para comparar la letra, la firma sobre todo.
Miró su reloj. Debía haber pasado más de media hora desde
que Anne tuviera la visita, tan desagradable para ella. Si era
cierto lo que había leído, el hombre que había firmado como
Gerald Griffin iba a permanecer hasta el mediodía aguardando
una llamada telefónica suya. Miró el número escrito al final del
mensaje. Se preguntó a quién pertenecería en realidad aquel
teléfono.
Se movió nervioso en su sillón. Temía que si acababa ha-
ciendo caso al mensaje sólo iba a lograr enfrentarse a un vulgar
y poco inteligente estafador, a alguien que intentaría sacarle
unas libras a cambio de unos informes que no valdrían ni un
penique. Como le advirtió Anne.
Sin embargo, deseaba creer por una vez en los milagros, y
que el hombre que había estado allí un rato antes fuera el
auténtico Gerald Griffin, el escritor de novelas policíacas y de
fantasía, el autor más vendido seis años antes. ¿Por qué no? Tal
vez no desapareció. Las listas no eran del todo fiables. Al fin y
al cabo, Anne sólo le conocía por fotografías. Pero al mismo
tiempo, el razonamiento más sensato le obligaba a pensar que
todo acabaría siendo una patraña o una confusión.
Gerald Griffin fue dado oficialmente por desaparecido. Bue-
no, no tan oficialmente. A ningún Desaparecido se le daba por
muerto. Todos los que se vieron directamente afectados el día
que surgieron las Islas del Infierno permanecían en una extra-
ña situación legal hasta aquel momento.
Antes de marcar el número de teléfono se aseguró de que la
señorita Zerder no iba a enterarse de lo que iba a hacer. No
estaba dispuesto a soportar su sonrisa irónica ni el tono burlón
de sus palabras. Ella no sabría si usaba su línea privada, no
controlada por el teléfono del antedespacho.
Mientras escuchaba sucederse las llamadas, echó una mira-
da a la carpeta que estaba sobre la mesa. Empezó a ponerse
nervioso y se preguntó si no sería mejor olvidarlo todo y dedi-
carse a trabajar en las correcciones.
Casi dio un salto en el sillón cuando desde el otro lado le
contestó una voz femenina:
—Sí, le escucho.
Tras un par de carraspeos, Kenneth dijo:
—Soy Kenneth Rosenman. Deseo hablar con el señor Grif-
fin, Gerald Griffin.
—Un momento —Se produjo una pausa que a Kenneth le
pareció larguísima—. ¿El señor Griffin...? Ah, ya sé quién es.
Creo que está en el salón. Espere. Está entrando en este momen-
to.
—¿Puede decirme qué lugar es ése? Sólo tengo su número
de teléfono y deseo conocer la dirección del señor Griffin.
—Éste es el hotel Westmoreland, señor. Aguarde, le pongo
con el señor Griffin.
Se produjo una pausa. Rosenman se mordió los labios. In-
tentó sacar con la mano libre un cigarrillo de la pitillera. Se
dijo otra vez que no podía ser Griffin quien iba a hablarle.
Estuvo a punto de colgar el teléfono. Anne le había dicho que
no lo era, pero podía estar equivocada.
Escuchó una tos y luego una voz tensa, preocupada:
—¿Señor Rosenman?
—Sí, soy yo. ¿Es usted quien ha dejado un mensaje a mi
secretaria?
—Efectivamente. Gracias a Dios ha llamado antes de que
acabaran echándome de este hotel de mierda. Escúcheme. Ten-
go algo muy importante que decirle, pero no por teléfono. Ne-
cesito verle lo antes posible.
—Eh, un momento. Escúcheme usted a mí. Usted no puede
ser Griffin. Si no me dice quién es y qué pretende, colgaré.
—No lo haga. Le advierto que si lo hace se arrepentirá toda
su vida.
—No tolero que nadie me amenace...
—Lo siento, lo siento. No es una amenaza. Le ruego que me
disculpe. Estoy confundido y nervioso. Tengo que verle, señor
Rosenman. Cuanto antes.
Kenneth reflexionó. Nunca había hablado por teléfono con
Griffin. No podía saber si aquella voz era la del escritor ameri-
cano. Acabó encendiendo el cigarrillo, y el humo pareció tran-
quilizarle. ¿Para qué perder el tiempo con aquel tipo, que ade-
más de extraño podía ser peligroso? Había mucha gente que no
sabía qué inventarse para intentar venderle una historia vul-
gar, un escándalo que no existía.
—Dígame su verdadero nombre y consideraré la posibilidad
de recibirle —dijo.
Un largo silencio. Kenneth creyó escuchar al otro lado del
teléfono una respiración alterada. Tenía que ser un farsante,
pensó. Pero de nuevo saltó en su mente la cifra que citaba el
papel, los datos del contrato que no llegó a firmarse nunca y
que sólo conocían Griffin, su abogado Warlock y él.
—Dios, no tengo tiempo. —La voz sonó angustiada—. Díga-
me dónde está e iré a verle, o elija el lugar que prefiera, pero
que sea en Londres.
Rosenman titubeó. Aquel tipo le creía fuera de la ciudad.
Estuvo a punto de colgar el teléfono. Pero en lugar de ello dijo:
—¿Cómo es que conoce algunos términos del contrato?
—Porque soy Griffin.
—Está mintiendo. Griffin fue dado por Desaparecido.
—Sí, sé lo que es un Desaparecido. Pero estoy aquí, y tengo
que verle lo antes posible.
A Kenneth le costó decir:
—¿Está insinuando que ha vuelto?
—Sí, he vuelto.
Se produjo una enconada lucha entre la razón y el corazón
de Rosenman. Al final decidió tomar una solución intermedia y
dijo:
—Le espero el lunes en mi despacho. Ya sabe dónde es.
—¡No! Tiene que ser hoy, ahora mismo. ¿Acaso está en
Londres, en su oficina? Espéreme, voy para allá.
Kenneth sintió terror de que Anne volviera a verle, ahora
con su consentimiento. Pensaría que se había vuelto loco.
—No en mi despacho —susurró—. Podemos vernos en Bond
Street...
—¿Le importa que sea en otro sitio?
—¿Por ejemplo?
—El Regent's Park, junto a la Isla del Infierno.
—¿Por qué allí?
—Tengo mis razones. Le explicaré todo. Le juro que no se
arrepentirá.
—Escuche, Griffin... —empezó a decir. En seguida se arre-
pintió de haberlo llamado así—. Bueno, quien sea usted. Estaré
allí antes de media hora.
—Gracias. Por favor, dése prisa, y no olvide llevar en la
mano un ejemplar de Nuevas Visiones.
Quiso contestarle, pero escuchó que el otro teléfono era
colgado.
Kenneth quedó un instante pensativo. Probablemente esta-
ba a punto de cometer una estupidez, pero al aire libre no
tendría nada que temer. Siempre había policías vigilando aque-
lla Isla del Infierno, para que los visitantes del parque no se
llevaran como recuerdo pedazos de piedra pómez gris o algún
gamberro hiciera de las suyas.
Se dirigió al perchero para tomar su abrigo y se detuvo,
pensativo. ¿Para qué demonios quería que llevase un ejemplar
de su revista? Sólo cabía la explicación de que el hombre no le
conocía. Griffin y él se entrevistaron en un hotel de Nueva
York. Por lo tanto no podía ser Griffin. Meneó la cabeza. Estu-
vo a punto de volver a colgar el abrigo.
Pero una de las debilidades de Kenneth era la curiosidad, y
el misterioso individuo se la había despertado con creces.
Cuando salió del despacho la señorita Zerder se sorprendió
al verle aparecer sin las pruebas en las manos y poniéndose el
sombrero. Ella no iba a olvidar la actitud ausente de su jefe
aquella mañana, y ésta sería la causa de su preocupación du-
rante las siguientes horas.
—Voy a pedirle un favor muy especial, Anne —dijo con
precipitación—. Le dejo en mi despacho la carpeta: haga usted
las correcciones que crea convenientes, como le parezcan, o
llame a Oliver para que la ayude. Yo tengo que marcharme
ahora mismo, y no sé si regresaré a tiempo.
—¿Se encuentra enfermo, señor? —preguntó Anne, preocu-
pada.
—Sí, eso es. Me voy a casa a descansar. Buenos días..., y
gracias por todo.
Una vez en la calle, Kenneth recibió en el rostro la fina
lluvia y parpadeó. Vio aparecer un taxi y le hizo señas. Apenas
se paró al borde de la acera, entró y dijo al conductor:
—Lléveme deprisa a Regent's Park, pero antes pare en el
primer puesto de prensa que encuentre.
El coche arrancó, y Kenneth intentó relajarse. Para que
Anne no se extrañara más no se había entretenido en buscar un
número de la semana pasada de la revista. Sacudió la cabeza.
¿Por qué no se olvidaba de aquel tipo y volvía a la oficina? En
aquel momento se acordó de que había prometido a Anne lle-
varla a un restaurante. Se frotó la frente. Era una contrariedad.
Ella podía ofenderse, si es que pensaba que su malestar era
fingido y la había dejado plantada. Pero ya no tenía remedio,
decidió, hurgando en su pitillera. Necesitaba un cigarrillo.
Cuando unos minutos después tuvo en sus manos el ejem-
plar, lo abrió por la página donde se publicaba su artículo. En
él hablaba de las Islas del Infierno, su tema favorito. Frunció el
ceño. Era curioso. Se preocupaba de los Desaparecidos, y aque-
lla mañana se presentaba un tipo que decía ser Griffin y que
había vuelto. ¿De dónde había vuelto?
Seguía teniendo a Griffin en la mente cuando el taxi entró
en el parque y se dirigió a escasa velocidad hasta el lugar más
próximo de la valla que era permitido por las autoridades. Al
otro lado estaba la Isla del Infierno de Londres.
...Una semana después del Día del Misterio, se llevan contabi-
lizadas en todo el planeta más de un millar de Islas del Infierno,
algunas de apenas unos pies cuadrados, pero otras enormes, mu-
cho mayores que la del Regent's Park. En bastantes de estas áreas
de nuestro suelo desaparecidas en el momento de surgir ese terre-
no reseco y árido se hallaban muchas personas.
Nadie ha vuelto a ver a estos hombres y mujeres, a los niños
y ancianos que estaban con ellos. Son los Desaparecidos del Día
del Misterio, las victimas inocentes de las Islas del Infierno.
Empiezo a creer que realmente proceden de los dominios del
diablo...
(Nuevas Visiones, 27 de Noviembre de 1989. Artículo de K.
Rosenman.)
LONDRES, 9:55 HORAS
Anduvo por Chester Road y se detuvo al comienzo de Circle
Inner. Desde allí era visible una parte de la masa gris que se
extendía desde el otro lado del restaurante y cerca del teatro al
aire libre hasta el extremo norte del lago, invadiendo el asfalto
del camino. Toda su superficie estaba rodeada por una doble
valla de hierro pintada de amarillo. Seguía siendo tan horrible
como el primer día, pensó Kenneth. Los deterioros ocasionados
en cierta ocasión por los gamberros no se notaban. Algunas de
las rocas seguían erosionándose con los vientos y la lluvia,
aquellas que eran como de piedra pómez, y la arena se iba
aplanando lentamente. Su punto más elevado apenas se alzaba
media docena de pies.
Había dejado de llover desde que bajó del taxi. Kenneth no
confiaba en que la mañana se mantuviera así por mucho rato.
El cielo continuaba cubierto de nubes, y el parte meteorológico
pronosticaba lluvias intermitentes para todo el fin de semana.
Caminó despacio, fijándose en las personas que paseaban
cerca de la valla. Todavía no había mucho público. Aquel día
desapacible no era el más propicio para la afluencia de curio-
sos y visitantes al Regent's Park. Sin embargo, había un grupo
de turistas conducido por un guía que les hablaba en francés y
alemán. Probablemente después visitarían el Planetario y el
Museo de Madame Tussaud.
Kenneth pasó por delante de un par de puestos de venta de
hamburguesas con escasos clientes y trató de situarse lo más
cerca posible de la pareja de policías que patrullaba junto a la
doble valla, conversando tranquilamente y enfundados en im-
permeables negros.
Se apoyó contra la valla y sacó la revista del bolsillo. La
tenía abierta por la tercera página, donde se publicaba su ar-
tículo. Empezó a releerlo por el párrafo donde suspendió su
lectura al llegar el taxi al parque:
...El 18 de Septiembre hará veintidós meses de las apariciones,
y seguimos sin saber nada de esas tierras que un día usurparon el
lugar de las nuestras. Continuamos sin saber el número exacto de
millas cuadradas que nos fueron robadas el Día del Misterio, y
cuántas personas desaparecieron con ellas, tal vez para siempre.
Ha llegado el momento de exigir a las autoridades, y no sólo a las
de este país, que faciliten a la opinión publica las listas exactas de
todo cuanto hemos perdido, personas y bienes. No he abandonado
el tema de los Desaparecidos. Nuevos informes y recientes datos
me obligan a volver a hablarles del enigma más apasionante que
existe desde la venida al mundo de Jesucristo. Estoy dispuesto a
trabajar duramente para esclarecer los rumores que circulan por
ahí de que se ha descubierto la verdad, pero que ésta es tan
sobrecogedora que se oculta a la opinión pública, como si un
silencio hubiera caído de pronto sobre...
El artículo estaba ilustrado en la cabecera por una antigua
fotografía de la Isla del parque. Kenneth agitó la revista y
empezó a volverse. ¿Los Desaparecidos fueron desintegrados,
volatilizados? ¿O sus almas erraban por el espacio? ¿Quién
podía aventurarse a dar una respuesta si sus cuerpos no habían
sido hallados? Al principio se pensó que fueron aplastados por
las Islas, pero cuando se cavó en ellas no encontraron nada
debajo. Sacudió la cabeza. Ja, y ahora se presentaba un tipo
que decía ser Griffin y que volvía al mundo de los vivos. Aque-
llo era absurdo. Si no fuera por la nota...
Vio que el grupo de turistas se alejaba. ¿Es que en sus
países no había Islas del Infierno?, se preguntó, algo molesto.
Por el sendero llegaban más visitantes. Si la mañana seguía sin
llover no tardaría en verse rodeado de gente, aunque la mayo-
ría no acudía al parque para contemplar la Isla, sino con la
intención de visitar el zoológico. Miró a todas partes, impacien-
te. ¿Qué esperaba el extraño personaje para darse a conocer?
Ya había tenido tiempo suficiente para llegar antes que él, si el
hotel Westmoreland estaba donde suponía, mucho más cerca
del parque que sus oficinas en Fleet Street.
Echó de nuevo una ojeada a su artículo, pero estaba tan
ensimismado en sus reflexiones que fue incapaz de leer una
sola línea.
—Kenneth Rosenman, ¿verdad? —escuchó una voz algo ron-
ca a sus espaldas.
Giró la cabeza y se encontró con el rostro de un hombre de
unos treinta años o más que intentaba sonreírle y parecer cor-
dial, dos esfuerzos que resultaron fallidos. Tenía mal aspecto.
Tal vez se había afeitado con demasiada prisa. Se fijó en sus
profundas ojeras. Era tal como se lo había descrito Anne. El
cabello aún húmedo por la lluvia le caía lacio sobre la frente.
Pero era un desconocido para él. No era Griffin.
Kenneth retrocedió un paso y estudió a quien había puesto
nerviosa a la señorita Zerder. Se sintió desilusionado. Durante
unos segundos no supo qué decir, y tuvo que ser el otro quien
rompiera el silencio:
—Su artículo me ha sido muy útil. He aprendido mucho
leyéndolo. —El hombre sacó otro ejemplar del mismo número
de Nuevas Visiones, aunque muy deteriorado.
—¿Qué pretende haciéndose pasar por Gerald Griffin?
—balbuceó Rosenman. Instintivamente miró hacia donde esta-
ban los policías. De repente sintió miedo de aquel hombre—.
Todo esto es estúpido...
—Claro que no soy Griffin. Me llamo Raymond Kanable. Si
hubiera firmado con mi nombre, ¿habría acudido usted a la
cita?
—Probablemente no —admitió—. He venido porque usted
escribió un mensaje cuyo contenido me hizo pensar que podía
ser Griffin, aunque me pareciera demasiado fantástico.
—Entiendo —asintió Kanable. De pronto se estremeció y
dijo, después de mirar a su alrededor, exactamente al lugar
donde estaban los policías—. Este parque es muy frío. ¿Podría
invitarme a una taza de té?
Kenneth negó con la cabeza.
—Quiero que antes me diga qué se propone. Si no lo hace
me marcharé, y si intenta retenerme llamaré a esos policías.
Kanable miró desesperadamente al editor.
—Es mucho y muy importante lo que tengo que contarle.
Sólo puedo confiar en usted, no conozco a nadie en Londres a
quien recurrir. Cristo, no me sobra el tiempo.
—Ni el dinero, es evidente. —Rosenman empezaba a reco-
brar el aplomo, y se atrevió a ser irónico—. Exijo que me diga
cómo se enteró de la cantidad que iba a pagarle a Gerald
Griffin por firmar en exclusiva con mi editorial. Eso es algo
que sólo conocíamos mi abogado, Griffin y yo.
—Gerald me lo dijo.
—¿Cuándo y por qué motivo lo hizo? Ha pasado demasiado
tiempo. ¿Qué pretende usted? ¿Esperaba que yo iba a darle
dinero creyéndole que era Griffin? Esto es absurdo. ¿Me toma
por un idiota?
Kanable titubeó y sacudió varias veces la cabeza. Se mor-
dió los labios y se estremeció. Rosenman ya no le tenía miedo.
Le encontraba demasiado patético. Se preguntó si efectivamen-
te temblaba a causa del frío, y pensó que, aunque fuera por
caridad, podía invitarle a una taza de té, incluso a algo de
comer. Por su parte, él necesitaba una copa que le calentase el
estómago. Le señaló con un gesto el camino que conducía al
restaurante.
—Está bien. Nunca he negado una taza de té a quien la
necesita. ¿Cuándo vio a Griffin? —insistió—. ¿Hace dos años,
tres?
—Ayer —respondió Kanable tras un instante de silencio,
mirando desafiante al editor.
Habían empezado a caminar hacia el pabellón, y Rosenman
se detuvo bruscamente. Contempló a Kanable. No sabía si pen-
sar que aquel hombre pretendía burlarse de él o estaba loco.
—Señor Kanable, creo que esto es demasiado... —empezó a
decir. El otro le agarró de un brazo y le señaló la Isla del
Infierno.
—Escúcheme atentamente. Cuando le dije por teléfono que
era Griffin usted pensó que no podía ser, porque Griffin es un
Desaparecido. Soy un desconocido para usted, pero también
un Desaparecido. Y he regresado.
—¿Está loco? —murmuró Rosenman. No creía que aquel
hombre estuviera borracho.
—He visto a Griffin por última vez hace unas horas. Él y yo
estábamos en ese sitio increíble donde fueron a parar las zonas
de la Tierra arrancadas por los territorios que aparecieron el
día que ustedes llaman del Misterio. —Kanable sacudió la ca-
beza, desesperado—. Por Dios, Rosenman, créame. Yo he vuelto,
¿comprende? Anoche no sabía qué clase de mundo iba a encon-
trarme a mi regreso. Ahora voy entendiendo algo de lo que ha
pasado. ¡Necesito su ayuda! Estoy solo, desesperado.
Kenneth sujetó la mano de Kanable que aferraba su brazo
y le obligó a soltarle. Le miró fijamente. Indicó la puerta del
establecimiento.
—Está bien. Entre, y hablaremos.
Una vez dentro, añadió en voz baja:
—Dígame en seguida lo que pretende de mí, o me marcho.
Le prometo que le daré algunas libras si admite que sólo es
dinero lo que busca. Por Dios, no insista con esa tontería de
que ayer vio a Griffin.
Raymond aspiró profundamente antes de responder.
—Es posible que llegue a necesitar dinero, pero sobre todo
quiero su ayuda. Créame, señor Rosenman. Cuando me haya
escuchado no dudará en darme todo lo que le pida, y le aseguro
que no es mi intención estafarle. Cuando acabe creyéndome, y
estoy seguro que lo hará, el dinero no significará nada para
usted. A cambio, yo puedo facilitarle la noticia más sensacional
de este siglo, tal vez de todos los siglos.
—Usted no es inglés.
—No. —Kanable palideció un poco más de lo que estaba—.
¿Tiene alguna importancia para usted que yo no sea inglés?
—Supongo que no. —Rosenman sonrió por primera vez
desde que había empezado a hablar con Kanable—. ¿De dónde
es? Habla inglés con un extraño acento.
—De momento, mi nacionalidad carece de importancia
—dijo el otro bruscamente.
Kanable anduvo deprisa por el salón y buscó la mesa más
apartada, una situada junto a un ventanal desde donde se po-
día ver una buena parte de la superficie gris y abrupta que
tanto resaltaba en medio del verde del parque. En las proximi-
dades de la valla había un número cada vez mayor de curiosos.
Mientras la camarera se aproximaba y Kenneth se quitaba
el abrigo, Kanable susurró:
—Me vendría muy bien mucho café, huevos fritos con ba-
con y mantequilla... por favor.
Rosenman pidió un desayuno abundante para su invitado y
una copa de brandy para él. Apenas la camarera les dejó solos,
sugirió:
—¿Por qué no se quita el gabán? Aquí la temperatura es
muy agradable.
Kanable negó con un gesto vigoroso de la cabeza.
—Prefiero tenerlo puesto. ¿Puede darme un cigarrillo? El
paquete que compré anoche en el hotel lo acabé hace un rato.
Rosenman se fijó en el bulto que tenía Kanable bajo la
manga derecha. Estuvo tentado de preguntarle qué era, pero
terminó ofreciéndole su pitillera, y encendieron sendos cigarri-
llos. Kanable fumó con avidez, dando prolongadas chupadas y
rodeándose de humo.
—¿Qué busca con esta farsa, señor Kanable? —preguntó el
editor después de que la camarera volviese con una gran ban-
deja—. ¿Era amigo de Gerald? Oh, vamos, dígame la verdad. A
veces puedo pagar una historia si es divertida, y la suya me lo
parece mucho. ¿Griffin le debía dinero y pretende que yo se lo
pague, o insiste en que es usted un Desaparecido que ha resu-
citado?
Kanable empezó a dar buena cuenta de la comida.
—No hacía falta que resucitara. Creo que ningún Desapare-
cido murió, al menos por los efectos del fenómeno, señor. Más
tarde.. —Se encogió de hombros—. He averiguado leyendo su
artículo que durante todo este tiempo se ha creído que quienes
estábamos en las zonas desvanecidas habíamos muerto, ¿no?
—Existen discrepancias al respecto. Bien, supongamos que
usted es un Desaparecido y que fue trasladado, hace casi dos
años, junto con el terreno que pisaba, a donde sea, y ha estado
en un lugar extraño. Maldita sea, que aparezca alguien así es
demasiado increíble. Nadie se ha presentado nunca hasta aho-
ra diciendo lo que usted dice. ¿Qué ha hecho para regresar de
allí..., de dónde sea, del otro lado?
Con la boca llena, Kanable señaló la Isla del Infierno con el
tenedor y dijo:
—Tengo que contarle todo cuanto he visto en el lugar de
donde procede «esa cosa», señor —gruñó—. Tenga un poco de
paciencia conmigo. No estoy loco, se lo garantizo, aunque sí un
poco desesperado y muy impaciente, además de hambriento y
en una situación bastante difícil. Sólo tenía el dinero justo para
pagar la habitación del hotel. Necesitaba urgentemente dejar
de vagar por ahí. Pero cuando me acosté no pude conciliar el
sueño, y al rato me eché otra vez a la calle, buscando una
solución, esperando que amaneciera. Lo último que quería era
acabar en un hospital o en un manicomio. Encontré entre la
basura, y no se ofenda, esta revista que edita, y leí su artículo.
Recordé que Griffin me había hablado de usted, y decidí ir a
verle a sus oficinas, convencido de que era la única persona en
el mundo que podía ayudarme.
—Tuvo mucha suerte de encontrar a mi secretaria, a quien
por cierto dio un buen susto.
—Discúlpeme ante ella, por favor. Siento haberla asustado.
—¿Cómo se le ocurrió ir a mis oficinas siendo sábado?
—Hasta hace un par de horas no supe qué día es hoy.
Cuando volví al hotel y esa antipática recepcionista me dijo
que había una llamada para mí, mis esperanzas renacieron,
porque sólo podía ser usted.
—¿Ha tenido que venir caminando desde el hotel? Si no
disponía de dinero...
—Cogí un taxi. Siento haber engañado al taxista; estará
esperándome en alguna calle cercana.
—Su proceder no ha sido muy ético.
—¿Qué podía hacer? No creo que se arruine por haber de-
jado de cobrar un par de libras.
Kanable había comido deprisa, y siguió haciéndolo como si
temiera que le retiraran los platos antes de acabarlos. Bebía
sin cesar sorbos de café.
—Me asegura que ayer vio a Griffin. ¿Dónde está y cómo se
encuentra?
—Estaba vivo. Espero que continúe así.
—Vivo..., ¿en el «otro lado»? Dios, tengo la sensación de
que me está tomando el pelo.
Kanable se encogió de hombros.
—Pronto dejará de pensar que bromeo. Señor Rosenman,
yo me encontraba en una porción de este mundo condenada a
desaparecer cuando el diablo, según piensan aquí algunos, me
llevó a sus dominios.
—¿Es que ha estado realmente en el infierno? —sonrió Ro-
senman.
—El «otro lado» le parecería a usted el infierno. No era
agradable respirar su denso y a veces maloliente aire. He cono-
cido aquello, pero no podría decirle exactamente lo que es por-
que no pude averiguarlo todo. Sin embargo, creo que soy el
único hombre en la Tierra que puede desvelar la mayor parte
del enigma que debe traerles a todos ustedes de cabeza.
—Debo advertirle que dispongo de excelentes fuentes de
información en todo el mundo, y que nunca he oído, ni en
rumores de escaso fundamento, de ningún Desaparecido que
haya vuelto. Hasta ahora a nadie se le había ocurrido esta
broma. —Rosenman entornó los ojos—. Es curioso. Precisamen-
te voy publicar un artículo en el próximo número de mi revista
en el que pido que se legalice la situación de los Desaparecidos.
Esas pobres personas me preocupan, la posición en que han
quedado sus familias.
—No tengo ningún pariente. —Kanable sacudió la cabeza y
se alisó sus revueltos y húmedos cabellos—. Y quien puede
interesarse por mí no debe saber que he vuelto.
Rosenman quedó perplejo. No comprendió las últimas pa-
labras de Kanable. Se inclinó sobre la mesa y dijo suavemente:
—Vamos a hablar claro. Hay algo que tal vez no ha tenido
en cuenta. Las desapariciones ocurrieron hace casi dos años.
¿Qué ha estado haciendo en ese lugar tan misterioso durante
todo este tiempo? Mire, yo soy partidario de la teoría, poco
aceptada, de que ha habido una permuta, una especie de true-
que de zonas entre la Tierra y alguna parte, otro mundo u otra
dimensión, tal vez otro tiempo. Pero me cuesta creerle, com-
préndalo.
—Sé como piensa porque leí su artículo. Usted es uno de
los pocos que se han acercado a la verdad. —Movió la cabeza,
expresó una profunda amargura en una parca sonrisa—. Han
pasado casi dos años. El maldito asunto del tiempo es lo que
más me ha costado admitir cuando lo descubrí. No lo sabía
hasta que vi la fecha en la revista, y luego lo comprobé en un
calendario de sus oficinas. Dios mío, dos años. Pero para mí
sólo han pasado unos días.
—¿Unos días? —saltó Rosenman. Derramó un poco de
brandy—. ¿No se confunde? ¿Recuerda la fecha en que usted
dejó la Tierra, señor Kanable? ¿No fue atrapado hace varios
días? A veces me pregunto si las desapariciones continúan y los
gobiernos las silencian para evitar el pánico. Ya tenemos dema-
siados problemas en el mundo. Usted pudo haber sido arreba-
tado la semana pasada, por ejemplo.
Raymond negó con vigorosos movimientos de cabeza.
—No, no. Dejé este mundo el 18 de noviembre de 1989, el
Día del Misterio. Y Griffin estaba conmigo.
—¿Y está seguro de que sólo ha permanecido unos días en
aquel sitio?
—Totalmente. Mi reloj, éste mismo, funcionaba y marcaba
las horas. Sólo me percaté de que adelantaba diez minutos
diariamente. Quizás eran días más cortos, no sé... Pero fueron
alrededor de diez días.
—¿No está seguro?
—Tengo una pequeña duda, de un día o dos. No más.
—El «otro lado»... ¿Qué es «el otro lado», señor Kanable?
¿Lo vivió como si estuviera en un sueño?
—¿Un sueño? Ojalá hubiera sido un sueño. Pero todo me
parece ahora que fue una pesadilla de la que no he podido
despertar hasta hace poco.
Kenneth hubiera pedido de buena gana a su interlocutor
que siguiera hablando y terminara de explicarle qué era lo que
había visto, pero optó por decir:
—Tengo que hacerle muchísimas preguntas, pero ahora qui-
siera que me explicara de qué forma ha regresado al cabo de
casi dos años, cuando para usted sólo han pasado unos días.
—Yo no lo esperaba y ocurrió, mientras que otra persona lo
estaba buscando desde hacía tiempo y nunca lo halló.
—Ha de decirme cómo sucedió.
—Lo haré a su debido tiempo. Preferiría explicárselo todo
desde el principio.
Rosenman, irritado, hizo intención de levantarse, pero Ka-
nable le sujetó un brazo.
—Espere, maldita sea —susurró.
—Mis revistas y mis periódicos son tachados a veces de
sensacionalistas, pero jamás he publicado una falsa noticia.
Acostumbro a exigir pruebas, señor Kanable, y hasta ahora
sólo me pide que confíe en usted.
—No puedo decirle cómo he vuelto porque necesito una
garantía por su parte de que no me delatará a las autoridades.
Después le daré pruebas, pero para entonces es posible que no
las necesite.
—Creo que estoy perdiendo el tiempo escuchándole. —Ro-
senman suspiró, resignado—. Está bien. Siga.
—¿Ha dicho a alguien que iba a reunirse conmigo?
—Claro que no. Mi secretaria se hubiera reído de mí. —A
Kenneth le parecía que de repente había aumentado la calefac-
ción en el salón, y empezó a sudar.
—Yo también tengo muchas preguntas que hacerle —dijo
Raymond Kanable.
—¿Usted a mí?
—Claro. Para ustedes he estado ausente mucho tiempo, no
sé nada de lo que ha ocurrido en la Tierra, ni las consecuencias
que han tenido aquí las apariciones de las Islas del Infierno.
¿Qué ha sucedido en el mundo durante los últimos meses?
—Tal vez necesitemos serenarnos —dijo Kenneth, entornan-
do los ojos—. Escuche, este sitio me está poniendo nervioso.
Podríamos continuar en mi casa. ¿Qué le parece?
Kanable le miró fijamente antes de responder:
—Muy bien. Pero no quiero que haya testigos. Tengo mis
razones para que sólo usted escuche mi relato. Poderosas razo-
nes que comprenderá al final.
—Estoy de acuerdo. No tengo el menor interés en que nadie
se ría de mí. —Rosenman sonrió condescendiente. Llamó a la
camarera y pidió la cuenta. Mientras esperaba el cambio estu-
vo observando a Kanable, que a su vez miraba fijamente la Isla
del Infierno, como si ésta ejerciera algún extraño poder de
atracción sobre él.
...Era de esperar. Durante varios días los debates en él Consejo
de Seguridad de la ONU, por llamarlos de alguna manera, porque
más bien parecían peleas entre pandillas de barrio, fueron virulen-
tos. Todos los bloques y pactos se acusaron mutuamente de ser los
causantes de la aparición de las Islas del Infierno. Y me pregunto:
¿Es sensato pensar que pueden ser el resultado de un arma secre-
ta? Serían de poco provecho, a no ser que una nación hubiera
confiado en aplastar a otra cubriéndola de rocas y arenas grises.
De entre las infinitas teorías que he oído y leído, la mayoría
son meras paridas de mentes calenturientas. Particularmente me
ha hecho reír la de ese raro sabio austriaco que jura y perjura
sobre todas las Biblias que le pongan bajo su mano que las áreas
grises proceden del planeta Marte, y que dentro de ellas, ocultas,
están las máquinas de invasión tripuladas por los marcianos. El
día menos pensado, añade, saldrán para arrasar la Tierra con sus
rayos de la muerte.
Hay explicaciones para todos los gustos: las centrales nuclea-
res, las explosiones atómicas en la atmósfera, una mutación del
terreno, una permuta, aunque nadie sabe con qué ni tampoco de
dónde, una consecuencia de la polución, un cambio en las radia-
ciones del Cinturón Van Allen... En fin, he de admitir que en
algunas de éstas hay algo coherente, pero el colmo de los dispara-
tes es la proclama de un sacerdote en Palermo que augura un
aumento en el volumen de las Islas... a medida que crezcan los
pecados de la Humanidad. Este profeta fue llamado al orden por
su obispo y no renegó de su profecía. Ha fundado una nueva
iglesia, y creo que no le faltan seguidores. Algunos son seguidores
ricos que le están cubriendo de oro...
(De un comentario de Kenneth Rosenman en la revista Nue-
vas Visiones, diciembre de 1989.)
LONDRES, 10:20 HORAS
—Tiene una bonita casa, muy confortable —comentó Kana-
ble cuando entraron en el salón.
—He notado que mientras veníamos en el taxi miraba con
mucha atención las fachadas de este barrio. ¿Por qué?
Kanable sonrió enigmáticamente.
—Es usted muy observador.
—Casi saltó del asiento en una ocasión, creo que cuando
dimos la vuelta a una esquina, ante una mansión de dos plan-
tas, con columnas en el pórtico y pintada de blanco.
—Me recordó una que vi no hace mucho.
Raymond Kanable paseó despacio por la amplia estancia,
contemplando los cuadros que decoraban las paredes. Se vol-
vió hacia su anfitrión con un rictus irónico en los labios.
—No entiendo mucho de arte, pero creo que estos cuadros
son valiosos, de firmas cotizadas. Me fijé en el sistema de alar-
ma que protege su casa. Quiere dormir tranquilo por las noches,
¿verdad? Tener sus tesoros a buen recaudo. Dígame, ¿están
provistas de cristales blindados sus ventanas?
—No, por supuesto. —Rosenman puso gesto de sorpresa—.
¿Por qué lo pregunta?
—No sé. Creo que sería una medida muy conveniente.
—Tengo la casa bien protegida, pero no hay que exagerar.
En cuanto a los cuadros, siempre he pensado que invertir en
obras de arte es muy aconsejable en estos tiempos de inflación
que padecemos. ¿Sabe?, desde que aparecieron las Islas del
Infierno, la crisis económica ha ido en aumento. ¿Por qué no se
quita ese gabán que le queda tan grande y se pone cómodo?
Parece muy nuevo. No creo que lo llevara en el otro lado.
—Lo tengo desde anoche.
—Me he fijado en la marca, y es caro. ¿Cómo lo consiguió
sin dinero?
—Para ello tuve que romper el cristal de un escaparate.
Necesitaba algo decente para poder andar por las calles. Diga-
mos que no estaba muy presentable cuando llegué. Por suerte
para mí, era de noche, y no había nadie que fuera testigo de
mis paseos por la ciudad.
Rosenman frunció el ceño. No quiso comentar la opinión
que le merecía la acción de Kanable. Ya se había escandalizado
cuando supo que no abonó el servicio de un taxi.
—Puedo proporcionarle algunas ropas. Tenemos casi la mis-
ma talla.
—Ahora no, gracias, pero más tarde me gustaría tomar un
baño y afeitarme. —Kanable frunció el ceño al observar que
encima de la chimenea había un gran mapa de la Tierra. Los
continentes estaban salpicados por centenares de banderitas de
diversos colores—. ¿Qué significado tiene esto? ¿Acaso hay
guerra a nivel mundial y usted sigue su curso? ¿Esas banderas
rojas son las explosiones rusas y las azules las americanas?
—Por suerte, se equivoca. ¿No adivina lo que son esas seña-
les? —Kenneth había llenado dos vasos con whisky y cubitos
de hielo. Entregó uno a Kanable—. Este mapa es sólo una
muestra de la información que tengo de todo lo referente a las
Islas del Infierno, al menos de las oficialmente reconocidas.
Naturalmente, dispongo de otros archivos más sofisticados,
pero contemplar ese mapa me sirve para no olvidar el drama
que hemos vivido. Que estamos viviendo, debería decir.
Con el vaso en la mano, después de haber bebido un largo
trago, Kanable se dejó caer en la butaca más próxima y se
quedó mirando fijamente el mapa.
—Hay demasiadas marcas. Nunca pensé que fueran tantas.
¿De verdad que no han tenido tiempo de averiguar en dos años
por qué ha pasado todo esto, señor Rosenman?
Kenneth no pudo ocultar la decepción que sintió.
—Vaya, había confiado en que usted me diría cuál ha sido
la causa, señor Kanable, ya que viene del «otro lado». Bueno,
de todas formas su regreso será una noticia sensacional, que
echará por tierra la teoría de que nuestras zonas suplantadas
por las Islas del Infierno se desintegraron, quedaron volatiza-
das.
—¿Usted también lo creyó alguna vez?
—Sí, desde luego. Circularon toda suerte de explicaciones,
los más sesudos científicos, y otros que no lo eran tanto, em-
borronaron toneladas de papel acerca del tema. Hay teorías
para todos los gustos, a cual más fantástica. He tenido que
cambiar de criterio a menudo, con el paso del tiempo y a
medida que reunía nuevos datos. Sin embargo, ya conoce por
cuál me inclino. Pienso que las cosas no pueden desaparecer
así, sencillamente, por arte de magia o encantamiento. No creo
en las brujas ni tampoco en los milagros. Si una masa de pocas
toneladas, o de miles, es arrancada de la superficie de nuestro
planeta, y su lugar queda ocupado por otra equivalente, pero
compuesta de rocas y arena grises que no pertenecen a este
mundo, considero prudente suponer que lo escamoteado ha
debido ir a alguna otra parte. Durante el Día del Misterio todos
los cambios ocurrieron al mismo tiempo, no se produjo el más
mínimo desfase en toda la Tierra. Si el fenómeno tuvo un ori-
gen externo, ignoró la rotación del planeta, y esto me obliga a
pensar que nos cubrió totalmente y al instante, consumándose
el prodigio al unísono, en el mismo segundo.
—Sin embargo, la teoría que tuvo más credibilidad al prin-
cipio fue que todo se debió a un accidente provocado por los
hombres, según he leído esta madrugada.
—Ya. Usted se refiere a lo que escribió uno de mis lectores
en su carta al director. Ese patán de Manchester debe ser uno
de los que continúan creyendo que las Islas del Infierno surgie-
ron debido a la explosión de la central nuclear china, provoca-
da por los incendios de 1987 y del año siguiente, o por la
anterior catástrofe de Chernobyl. Sí, aún se escuchan voces
escandalizadas que exigen a las Naciones Unidas que lleven a
cabo una investigación en el lugar del desastre chino. Pero las
autoridades de Pekín se niegan a ello, alegando que ellos no son
los causantes. Claro que también se echa la culpa al paso del
Halley. Cabezas de turco no faltan.
—Pobres chinos —rió Kanable—. Se quedaron sin bosques,
y encima les acusan de algo que no hicieron. Recuerdo que esos
incendios se achacaron a sabotajes. Y, para colmo de desgra-
cias, les explotó su mayor central nuclear.
—Alguien opinó que todo empezó porque las radiaciones
chinas, tras atravesar la gruesa rejilla de plomo situada en el
subsuelo de la central, penetraron hasta el magma del planeta
y desde allí, tras sufrir una mutación, volvieron a emerger a la
superficie, provocando el cambio. Pero esa teoría perdió adep-
tos cuando se comprobó que ni una sola Isla contenía el menor
rastro de radiactividad. Más tarde se descubrieron en ellas
microorganismos y ciertas formas de vida rudimentaria total-
mente desconocidos en la Tierra. Esto último provocó algún
pánico al principio, se temió la propagación de epidemias mor-
tales. Pero la calma volvió pronto, porque todo elemento orgá-
nico transportado en las masas grises murió y se volatizó a los
pocos días de permanecer en contacto con nuestra atmósfera.
—¿Como en la novela de H. G. Wells? —susurró Kanable
entre dientes.
—¿Qué ha dicho?
—Oh, nada. Hablaba del final de La guerra de los mundos.
—Ah, entiendo. Sí, ocurrió algo similar. El oxígeno y nues-
tros benditos microbios fueron nuestros salvadores. A pesar de
ello, las autoridades sanitarias tardaron en respirar tranquilas,
aunque al final quedaron convencidas de que no había peligro.
Por cierto, ¿tuvo problemas en el «otro lado»? ¿Pudo respirar
el aire que encontró? Dijo que era denso y olía mal.
—Permanecí lo suficiente allí como para creer que no resul-
tó mortal para mi organismo.
—Tal vez las secuelas no se manifiesten inmediatamente.
Raymond soltó una exclamación.
—Dios, usted es estupendo dándome ánimos.
—No pretendo alarmarle, pero mi consejo es que se ponga
en manos de médicos especialistas lo antes posible.
—¿Tiene miedo de que le contagie alguna clase de enferme-
dad que haya podido contraer?
—Oh, no. De ninguna manera. —Rosenman se arrellanó en
el sillón y unió las puntas de los dedos. Era evidente que quería
cambiar de conversación, conducirla a los derroteros que le
interesaban—. Señor Kanable, el día será largo. Ya le advertí
antes que no hay nadie en la casa excepto nosotros. Di permiso
al servicio. Si no desea salir más tarde para comer, puedo
preparar algo. Soy un buen cocinero, créame. El frigorífico y la
despensa suelen estar bien surtidos en esta casa, y mi bodega
es excelente.
Kanable intentó ocultar un gesto de crispación. Rosenman
pensó que aquel hombre mantenía oculto un propósito que por
el momento no estaba dispuesto a confiarle, tal vez porque aún
no se hallaba plenamente convencido de que iba a recibir la
ayuda que él le había prometido.
De pronto, como surgiendo de las profundidades de un mar
de recuerdos, Kanable dijo, señalando el mapa con la mano
que sostenía el vaso:
—Ha dicho que tiene datos, informes de las Islas, de sus
coordenadas y dimensiones, de todo lo que contenían los trozos
de nuestro mundo desaparecidos, personas y propiedades. Quie-
ro esos informes, lo más completos posible.
—Es extraña su curiosidad —dijo Kenneth. Estaba intriga-
do por el interés que Kanable demostraba al respecto—. En mi
despacho de esta casa tengo un ordenador que podría procesar
cuanto quiere en poco tiempo. ¿Puedo saber para qué necesita
esos informes? Son aburridos, sólo cifras y coordenadas...
—Le prometo que se lo diré en su momento oportuno.
—Aguarde un instante —pidió Kenneth.
Regresó de un mueble con una grabadora y varias cintas,
que colocó sobre una mesita situada entre ambos. Conectó la
casette, y sonrió tranquilizador ante la mirada desconfiada de
Kanable.
—Espero que comprenda que debo grabar cuanto diga.
—Lo esperaba. —Raymond inspiró profundamente.
—Me gustaría conocer los antecedentes. Quiero decir que
me diga qué hacía el día antes del 18 de noviembre. Dios, pero
aún no sé si desapareció en Inglaterra o en otra parte.
—Fue en Inglaterra. Digamos que yo estaba haciendo turis-
mo.
Kenneth apreció que el tono de voz de Kanable se había
vuelto de pronto más áspero, como si le disgustara hablar de
las causas que le llevaron a encontrarse en Gran Bretaña el día
en que aparecieron las Islas del Infierno.
Raymond carraspeó y dijo, con tono intrascendente:
—Bien, señor Kanable. ¿Le importaría empezar? —Kenneth
señaló el mapa saturado del marcas, concretamente las Islas
Británicas—. ¿Dónde estaba aquel día?
—En el suroeste de Inglaterra, con un grupo de turistas.
—Los turistas suelen llevar cámaras fotográficas, tomavis-
tas e incluso vídeos portátiles. Habría sido un golpe de suerte
que usted hubiera vuelto con un carrete con fotos sin revelar
del «otro lado»...
—Siento decepcionarle, pero nadie se ocupó de sacar foto-
grafías. A nadie le vi usar una cámara.
—Lástima. Unas pruebas así serían muy importantes.
—¿Para convencerle a usted?
—Oh, no. Me refería a disponer de un testimonio visual. Ya
sabe eso de la imagen... Pienso creerle, aunque espero que esa
prueba que me ha prometido sea definitiva. ¿Qué itinerario
tenía la excursión?
—Entre otros lugares visitamos Lundy.
—Entonces... —Rosenman dio un salto—. ¿Usted estaba en
Lundy el Día del Misterio? ¿Fue allí donde...?
—¿Por qué se sobresalta? —De pronto, Kanable pareció
recordar algo y emitió una leve sonrisa—. Sí, ha debido sonar
mucho lo que pasó en Lundy.
—Observe el mapa. Tengo puesta una marca sobre la pe-
queña isla de Lundy. Casi toda fue afectada. Una buena parte
es una Isla del Infierno. —Sonrió—. Es curioso. Un islote natu-
ral al que se ha adosado una islita artificial. Pero ahora apenas
queda de la intrusa unas rocas como testimonio, piedra pómez
oscura que el mar va desmoronando lentamente. Fue escamo-
teada una zona de una milla y media cuadrada. Junto con las
personas desaparecieron muchos pájaros puffin y docenas de
poneys. —Kenneth entornó los ojos—. Pero creo recordar que
aquel día no había ninguna excursión de turistas en Lundy a
esa hora.
Kanable sacó la mano de un bolsillo del gabán, y un objeto
metálico cayó sobre la alfombra. Lo recuperó y, después de
mirarlo, lo lanzó a su anfitrión, que lo recogió en el aire. Ro-
senman lo estudió intrigado. Era una moneda de cobre del
tamaño de dos peniques.
—Ah, un recuerdo de Lundy —dijo Kenneth después de
mirar el pájaro puffin grabado en el reverso de la pieza. Le dio
la vuelta y leyó bajo la efigie de Martin Cole—: 1965. Ignoraba
que aún pudieran adquirirse estos souvernirs. Creí que ya no
quedaban. Ésta es una reacuñación moderna del capricho de
un hombre que quiso imitar a los reyes de Inglaterra. Martin
Cole fue un excéntrico. Adquirió Lundy en 1925, y cuatro años
más tarde ordenó acuñar monedas con su rostro. Me parece
que le costó 16.000 libras de entonces satisfacer su capricho de
poseer su propio reino. Luego, tal vez cansado, lo vendió a la
corona inglesa. ¿Por qué me enseña esta moneda?
—La adquirió una persona que estaba en la excursión.
Kenneth devolvió la pieza a Raymond, cruzó los brazos y
dijo:
—¿Por qué la tiene?
—Apenas tenía dinero inglés cuando vine, pero no quise
desprenderme de esta pieza. Le tengo cariño.
—En aquellos días se estaba instalando una estación de
radar en Lundy. Desaparecieron la mitad de los norteamerica-
nos que trabajaban en ella. Lo recuerdo. ¿Debo suponer que no
sucedió allí? ¿Donde le sorprendió exactamente el Día del Mis-
terio?
Raymond permaneció en silencio ante la impaciencia de
Rosenman. Al cabo de un rato empezó a hablar.
...Navidad. En muchos países, las Islas del Infierno han sido
cubiertas de nieve. Ojalá el blanco que las oculta las purifique. Me
gustaría verlas siempre así. Su color gris es vulgar.
Éstas serán unas Navidades extrañas, y tristes en muchos
hogares por culpa de las Islas, para aquellos que aún lloran la
desaparición de sus seres queridos. Creo que si hubieran muerto
de otra forma, como en un accidente de coche o de avión, no
serían llorados tan amargamente, porque, si su ausencia ha sido
provocada por algo que se considera causado por el diablo, sus
allegados temen que los Desaparecidos hayan acabado en el mis-
mísimo infierno.
A once años de alcanzar el siglo XXI, los exorcistas, sacerdotes
y toda clase de representantes de Dios, dignatarios de todas las
formas de adorarle y el resto de las confesiones, tienen mucho
trabajo estos días. Hay conjuros, ceremonias, misas, exorcismos,
agua bendita a raudales para combatir la ofensiva demoníaca.
Vade retro, satanás.
Estas malditas Islas, indeseadas Islas, han traído, además de
su misterio, el comienzo de una época oscura al año que va a
empezar.
(Final del artículo de Nuevas Visiones del 22 de Diciembre de
1989, firmado por K. Rosenman.)
17 de noviembre de 1989
LA VÍSPERA DEL DÍA
DEL MISTERIO
Me interesó el programa de la excursión que vi en el esca-
parate de una agencia de viajes porque el autobús, antes de
regresar a Londres, pasaría por Brighton, y yo ya tenía decidi-
do ir allí.
No me importó mezclarme con turistas; por el contrarío,
me convenía. Cuando los conocí la mañana en que iniciamos el
viaje, me dije que eran gente que no me causaría problemas.
Sobre todo me encantó que no hubiera niños en el grupo. No
los soporto.
El conductor y la guía me explicaron que seríamos ocho, y
una pasajera más que recogeríamos en Epsom. A continuación
me dediqué a estudiar los pasajeros. Había un matrimonio
alemán ya mayores, otro de franceses de edad mediana, dos
jóvenes hermanos escoceses y una chica inglesa muy interesada
en la lectura de un grueso libro.
La chica se llamaba Christine Stanley, era de estatura me-
diana, y a pesar de sus gafas y su seriedad tenía cierto atracti-
vo, pero deseché la idea de intentar intimar con ella porque me
parecía demasiado intelectual, y las chicas sabihondas no me
atraen.
En Epsom subió la otra chica, que en seguida me hizo
olvidar a la primera. La nueva pasajera era verdaderamente
bonita, alta y rubia, con un hermoso cuerpo que pude admirar
cuando se quitó el impermeable. Se sentó muy cerca de la guía
e inició con ella una conversación, al parecer muy divertida,
porque ambas se reían constantemente. Oí que la guía la lla-
maba Rose. Las dos se comportaban como si fueran viejas
amigas. Yo estaba sentado atrás, muy separado de los demás.
Siempre me ha gustado observar a la gente, y no suelo sentir-
me cómodo cuando soy objeto de la curiosidad ajena.
Llegamos cerca de Windsor al mediodía, justo para almor-
zar. Lo hicimos en un restaurante próximo a la carretera. Cuan-
do bajamos del autocar me acerqué a la chica rubia y atractiva
y la invité a mi mesa. Pero ella declinó mi oferta con una
sonrisa y la vi sentarse con los jóvenes escoceses y la guía. Tras
mi pequeño fracaso decidí comer solo. La miraba de tanto en
tanto, y en una ocasión descubrí que ella hacía lo mismo cuan-
do pensaba que yo no la observaba. Una vez nuestras miradas
se cruzaron, y acabó lanzándome un mueca burlona. Supuse
que le había divertido mi intento de ligue y ahora pretendía
provocar mis celos mostrándose demasiado cordial con los her-
manos Dunigan, a quienes yo ya había empezado a aborrecer.
Eran dos jovenzuelos que se creían hombres hechos y derechos.
Pensé que la rubia era algo ligera de cascos y le gustaba
coquetear. Me interesó. Tenía que conocerla. Quizá aceptase
acompañarme al continente. ¿A qué chica como ella no iba a
gustarle disfrutar de una vacaciones pagadas en una soleada
playa a cambio de tan poco? Además, podía pasarlo bien a mi
lado. Ninguna chica que se ha ido a la cama conmigo se bajó
de ella defraudada.
John y Lee Dunigan tenían veintidós y veintiún años respec-
tivamente. Más adelante sabría que eran estudiantes de dere-
cho. Creo que desde el primer momento se propusieron acostar-
se con Rose. Era natural. La chica merecía la pena intentarlo.
Cuando reemprendimos el viaje intenté sentarme al lado de
la rubia, pero ella prefirió quedarse cerca de los Dunigan, aun-
que al otro lado del pasillo, y de nuevo me dirigió una mirada
que consideré muy elocuente, tremendamente provocativa. To-
dos los asientos de la parte de atrás del autobús estaban vacíos,
y ocupé uno de ellos.
Un par de horas más tarde, durante la visita programada a
Windsor, me separé del grupo y regresé al autocar. El conduc-
tor, Michael Davis, estaba en su asiento leyendo una revista, y
preguntó si me ocurría algo.
—Ya conozco esto —respondí antes de sentarme en la parte
de atrás, donde tenía mis dos maletas. Siempre que volvía a
verlas, después de separarme de ellas, respiraba aliviado. Yo
no era el único que viajaba con equipaje, pero el mío era el más
voluminoso de todos. Puesto que había advertido previamente
que no regresaría a Londres, sino que me quedaría en Brigh-
ton, la guía y el conductor me habían tomado por un extranje-
ro caprichoso, y no les importó que no quisiera dejar mis per-
tenencias en el maletero.
Cuando el grupo volvió una hora más tarde yo fingí dormir.
Pero no tardé en quedarme dormido de verdad, aunque no lo
estuve por mucho tiempo. Supongo que apenas fueron unos
quince minutos. Me desperté al notar que alguien ocupaba el
asiento contiguo al mío.
Tuve una sorpresa al descubrir que era Rose quien estaba
a mi lado. Sostenía un cigarrillo entre los dedos y sonrió al
preguntarme:
—¿Quieres darme fuego?
Llamó mi atención el silencio que reinaba entre los pasaje-
ros. En seguida observé que todos dormían, incluso la guía. El
conductor tarareaba la canción que emitía una emisora de ra-
dio, íbamos muy despacio; se había levantado algo de niebla y
los cristales estaban empañados. Era como si nos hubiéramos
aislado del mundo en el interior del vehículo.
Busqué mi encendedor e intenté que funcionara, pero la
maldita llama no quiso aparecer. Rose volvió a sonreírme, sacó
de su bolso una caja de fósforos y encendió uno. Me preguntó:
—¿Te apetece un cigarrillo?
Lo acepté, y dejé que ella me acercara la cerilla. Debió
comprender mi mirada un tanto confundida y dijo, mientras
dejaba escapar una columna de humo de su boca:
—Podría decirte que no me gustan los fósforos por el mal
olor que dejan —dijo.
—Pero eso no es la verdad.
—No. Quería hablar contigo.
De cerca me parecía más atractiva. Tenía unos labios muy
bonitos, un cutis fino. Su voz era agradable. Se alisó los cabe-
llos con un elegante gesto. Se sabía observada por mí, y se
sentía halagada.
—¿Al fin te has dado cuenta de mis encantos personales?
—dije mientras le pasaba el brazo por los hombros.
—Estaba cansada de esos niñatos escoceses. Oye, si te mo-
lesto me marcho.
—De ninguna manera. Tengo el presentimiento de que tú y
yo vamos a ser amigos. Muy buenos amigos.
—Tal vez. De momento, quita esa mano.
Le hice caso y seguí sonriendo.
—Me llamo Rose Lorah —dijo, tendiéndome la mano. Se la
estreché—. Celebro conocerte. Tal vez seas un tipo divertido a
pesar de lo serio que pareces.
—Yo me llamo Raymond Kanable, pero puedes llamarme
Ray.
—Encantada, Ray. ¿Qué haces en un grupo como éste? Quie-
ro decir que este circuito no es de los más divertidos que tiene
la agencia. Seguro que no te aconsejaron bien en el hotel.
—Es curioso —sonreí—. Yo había pensado lo mismo de ti.
Voy a quedarme en Brighton unos días, hasta que me canse.
Más tarde tal vez decida cruzar el canal e irme a París. Luego
es posible que vaya a España. ¿Por qué no te vienes conmigo?
Me quedé mirándola, preguntándome si no me habría pre-
cipitado un poco. Rose soltó una risa y se encogió de hombros.
No estaba escandalizada ni sorprendida. Quizá se tomaba a
broma mi proposición.
—Ojalá pudiera, pero tú no aceptarías que mi amigo nos
acompañara.
—Claro que no. —Estaba claro que creía que yo bromea-
ba—. ¿Es cierto eso del novio?
—Sí. Y es muy celoso.
Rose soltó una carcajada. Chris Stanley se agitó un poco en
su asiento, pero no llegó a despertarse. Yo sospeché que no
dormía y que estaba pendiente de lo que hablábamos.
—¿Trabajas en esta agencia? —pregunté.
—Oh, no. Llevo unos meses trabajando en una firma de
antigüedades. Mi jefe me envía a Lundy a hacer un trabajo.
Como tiene un socio en la agencia y yo estaba en Epsom termi-
nando de formalizar unas compras, me pidió que viajara en
este autocar porque en estas fechas suele ir casi vacío y así él
se ahorra dinero.
Sus últimas palabras fueron dichas con tristeza. Presentí
que Rose tenía alguna clase de problema, tal vez con su ami-
guito o en su trabajo. La califiqué en el grupo de esas mucha-
chas calienta braguetas que encima exigen ser tratadas como
auténticas damas. No quise insistir en convencerla de que mi
propuesta iba en serio. Esperaría a que tomara más confianza
conmigo. Nos quedaban muchas horas de estar juntos, y al
menos una noche que pasar en el hotel. Unas copas, unas pala-
bras susurradas en su oído, y luego todo sería más fácil. Rose
no tenía aspecto de furcia, y sería una acompañante ideal para
llevarla del brazo.
Seguimos enfrascados en animada conversación. Cuando
los Dunigan se despertaron y descubrieron que Rose estaba
conmigo me miraron de muy mala manera. Pero ella siguió a
mi lado, y creo que mis chistes la hicieron reír más que los de
los escoceses, pues sus carcajadas atrajeron la atención de to-
dos, incluso de la señorita Stanley, que antes de volver a su
apasionante libro nos dedicó una larga mirada.
Un rato más tarde llegamos al hotel donde pasaríamos la
noche.
LONDRES, 11:05 HORAS
—Supongo que me cuenta todos estos detalles porque los
considera necesarios —comentó Kenneth.
Raymond tardó un poco en contestar:
—Tengo que aprovechar que todo lo tengo aún muy fresco
en mi cabeza.
—Le felicito. Posee una memoria excelente.
—¿Olvida que sólo han pasado algunos días para mí?
—Es cierto —sonrió Kenneth—. Yo en cambio tengo que
hacer un gran esfuerzo para recordar ciertos hechos que acae-
cieron el Día del Misterio. Juego con desventaja con respecto a
usted, porque para mí han transcurrido casi dos años.
—Podría ir directamente al momento crucial, pero esas per-
sonas son importantes, señor Rosenman.
—Si usted lo dice. ¿Cuál era el nombre del hotel?
—Hotel Welbeck. Estaba situado a poca distancia de la
carretera que conducía a Bideford. Era un edificio antiguo pero
recientemente reformado, muy acogedor. En aquella época dis-
ponía de un mínimo personal de servicio y apenas tenía clientes.
Kenneth descruzó las piernas y se enderezó.
—¡Naturalmente!. Ahora recuerdo el nombre. He sido un
estúpido. En ese hotel estaba alojado Gerald Griffin. La rela-
ción de huéspedes del hotel que se tiene es de tres días antes
del 18, y en ella estaba Griffin. En las primeras semanas no se
atrevieron a ponerle entre los Desaparecidos, pero cuando pa-
saron unos meses y no dio señales de vida le incluyeron. Griffin
llegó allí a los pocos días de haberse presentado borracho en
mis oficinas y no atreverse a verme. No logré descubrir dónde
se había escondido hasta que leí su nombre en la lista de los
Desaparecidos del hotel Welbeck. Ese tipo... —Meneó la cabe-
za—. Jamás entendí lo que pasó por su mente aquel día en que
huyó.
—Todo el mundo tiene sus motivos cuando actúa de forma
incomprensible para los demás.
—¿Sabe por qué Griffin se escondió de mí?
—Sí.
—¿Qué le pasó?
—Tuvo miedo, señor Rosenman.
—¿De qué?
—De sí mismo.
—No lo entiendo —suspiró Rosenman—. Está bien. Por
Dios, continúe.
..Ayer, unos estudiantes que visitaban el Regent's Park salta-
ron la valla que rodea la única Isla del Infierno de Londres. La
pareja de policías no pudo impedirlo. Los mozalbetes se burlaron
de ellos y se dedicaron a bailar y gritar. Llevaban botellas de
ginebra y bebieron como condenados, hasta que, totalmente ebrios,
se desnudaron y se dedicaron a masturbarse a la vista del público.
Chillaban que iban a fecundar la tierra gris con su semen. Antes
de que llegara más policías, dejaron la Isla cubierta de orines y
excrementos. Casi todos lograron escapar. Sólo fueron detenidos
seis. Uno de ellos es hijo de un miembro del gabinete, y otro es un
sobrino del líder de la oposición...
(Intervención de Kenneth Rosenman en un coloquio televisa-
do por la ITV, el 15 de enero de 1990.)
18 de noviembre de 1989
LUNDY
Noviembre no era el mes más propicio para visitar Lundy.
El tiempo seguía siendo desapacible, y aquella mañana yo me
hubiera quedado en el hotel. En el comedor vi a Rose seria y
poco comunicativa, y no supe a qué achacarlo. Claro que por
un momento pensé que era porque yo no había entrado en su
cuarto después de la medianoche. Su malhumor era lo que me
faltaba para que se me acabaran de quitar las ganas de sopor-
tar una travesía en el transbordador; pero recapacité y decidí
unirme a los demás. Si no lo hacía mi actitud podría llamar la
atención e incluso levantar sospechas, y eso era lo último que
deseaba.
Cruzar el brazo de mar hasta Lundy no resultó tan molesto
como temí. Sólo se mareó ligeramente la señora Pfaumann,
que fue cuidada solícitamente por su preocupado marido y la
guía.
Apenas desembarcamos en Lundy me alejé de los demás y
busqué refugio en la única taberna que encontré abierta en el
pequeño pueblo, dispuesto a pasar solo las tres horas que iba a
durar la visita. Me importaban muy poco los malditos pájaros
locales y cuantos encantos pudiera tener la isla, que por cierto
yo no vi por ninguna parte. El resto de mis compañeros y la
guía, tras recorrer los lugares programados, dispusieron de una
hora libre para andar a sus anchas, aunque debió resultarles
muy difícil porque una buena parte de Lundy estaba separada
del resto por una alta alambrada, custodiada por soldados ame-
ricanos que la patrullaban a todas horas del día.
Mi mente estaba ocupada en intentar resolver asuntos más
importantes para mí, y yo me sentía atraído por el fondo de mi
vaso de whisky.
Poco antes de la hora prevista para el regreso apareció la
guía en la taberna y me saludó, preguntándome si me encon-
traba bien. Debió pensar que me había mareado durante la
travesía. Le respondí que estaba perfectamente y ella me dijo
que íbamos a regresar en seguida, para proseguir hacia las
otras ciudades que visitaríamos aquel día. Media hora más
tarde nos dirigimos al muelle. La velocidad del viento había
aumentado, y todos subimos al transbordador deseando volver
a la costa antes de que nos alcanzara la borrasca que se aproxi-
maba.
Poco después, una vez en tierra firme, el conductor se diri-
gió a nosotros y anunció preocupado:
—Siento decirles que voy a tener que quedarme toda la
noche intentando reparar una avería. El autobús podrá llevar-
nos al hotel, pero no más lejos. —Hizo una pausa, se restregó
las manos manchadas de grasa y añadió, dirigiéndose a la
guía—: Lo siento, pero debes llamar a la agencia y comunicar
lo que ocurre. Sería una suerte que pudieran enviarnos otro
autobús.
Todos los que protestaron, excepto Rose, Chris Stanley y
yo, se calmaron cuando la guía les dijo que nos alojaríamos de
nuevo en el hotel Welbeck y que por la noche habría una fiesta,
corriendo los gastos por cuenta de la agencia.
—Si no escatiman la cerveza, mi esposa y yo olvidaremos
este cambio en el programa —exclamó Kurt Pfaumann. Su
mujer asintió sonriente.
—Habrá incluso champán francés —prometió la guía mi-
rando a los Livornes, los únicos que seguían mostrándose con-
trariados por el cambio de planes.
—¿Y si el conductor no tiene reparada la avería para ma-
ñana? —preguntó Francois Livornes—. Tenemos que estar de
vuelta a Londres el día previsto.
—El autobús quedará reparado, señor; se lo prometo —dijo
Michael. Miró el cielo encapotado—. Va a llover. Creo que tra-
bajaré más cómodo en el garaje del hotel.
Subimos al vehículo y vi que Rose ocupaba uno de los
asientos traseros, mientras que los demás se acomodaban, como
ya era habitual, cerca del conductor y la guía y se interesaban
por la fiesta prometida.
—Hola —dije a Rose—. No sé si sentarme a tu lado. Toda-
vía estás con peor cara que esta mañana.
Me miró de arriba abajo y se encogió de hombros.
—Dame un trago. Lo necesito.
—¿Cómo sabes que llevo encima una botella...?
—Se te nota demasiado, borrachín.
La saqué y se le di. Había vuelto a llenarla en la taberna de
Lundy. Observé a la chica mientras bebía.
—¿Qué demonios te pasa? —pregunté.
—La gestión en Lundy ha resultado un desastre, y para
colmo tenemos una avería. Mierda, todo me sale mal.
—Puedes tomar un autobús de línea y regresar esta noche
a Londres.
—No hay ninguno hasta mañana.
—Bueno, míralo por el lado bueno. Podrás bailar conmigo.
Me devolvió la petaca. Bebí un poco y la guardé antes de
que alguien la viera.
—¿Qué tenías que hacer en Lundy tan importante?
—Hace un mes pasé a mi jefe la información de que un
residente de la isla poseía más de cien piezas como ésta. —Sacó
de su bolso un objeto circular de cobre metido en un estuche de
plástico. Me pareció una moneda de dos peniques—. Es un
souvenir, un token o una acuñación sin poder liberatorio, des-
tinada a sufragar los gastos públicos de Lundy. No estoy muy
enterada porque no soy experta en numismática, pero sé que se
cotiza a quince libras en el mercado.
—¿Y has comprado más de cien a ese precio? —pregunté
escandalizado.
—Sólo una —suspiró ella—. Eso es lo malo. El propietario,
un verdadero truhán, me ha dicho que hace pocos días vendió
casi todas las que tenía, más de un centenar, a cinco libras
cada una.
—Pues alégrate. Esa moneda de cobre no vale cinco peni-
ques para mí.
—Es que yo pasé la oferta a mi jefe hace un mes y él quiso
enviarme a Lundy inmediatamente, pero siempre retrasé el
viaje por una causa u otra. ¿Qué voy a decirle cuando me vea
aparecer con sólo una moneda y le diga que el resto fue vendi-
do hace una semana? Y encima, estaba tan furiosa que me
ofusqué y he pagado más de la cuenta. Ojalá no lo hubiera
hecho. Ya será difícil revenderla por el mismo precio. Me veo
en la oficina de empleo, Ray. Ya estaban mal las cosas para mí
en la empresa, y ahora me ocurre esto.
Sonreí. La explicación de Rose me complació. Pensé de
nuevo en la posibilidad de proponerle que me acompañara al
continente y decidí deslumbrarla.
Saqué mi cartera y le puse en las manos tres billetes de
cinco libras. Me guardé la moneda sin volver a mirarla.
—¿Qué haces? —preguntó, extrañada.
—Te soluciono tu problema. Le das a tu jefe su dinero y le
dices que el vendedor se ha muerto y no sabes quién tiene las
malditas monedas, pero añades que es posible que dentro de
unos días o unos meses se pongan en contacto contigo los here-
deros para efectuar la transacción. Deja pasar el tiempo y aca-
bará olvidándose del asunto.
Rose contempló los billetes antes de guardarlos en su bolso.
—Estás loco. Pero te adoro.
—De ninguna manera quiero verte triste esta noche.
Agitó la cabeza.
—Quiero advertirte que no voy a quedar obligada a nada
contigo por haberme dado ese dinero, Ray. No me voy a la
cama con nadie por quince libras.
—Me ofenderás si piensas que lo hago con una intención
deshonesta, aunque...
—¿Qué?
—¿Tú crees que es deshonesto querer llevarme de vacacio-
nes al continente a una chica como tú?
—Raymond Kanable, eres un... ¿Pero hablas en serio?
—Nunca he hablado más en serio, pero si quieres pensarlo
tienes tiempo hasta mañana. Te prometo que esta noche, para
no influenciar en ti, sólo tomaré unas copas contigo y bailare-
mos un poco, si es que en ese hotel tienen tocadiscos. Soy un
buen chico, aunque no te lo parezca.
—Está bien. Voy a pensarlo —rió Rose—. Pero has tirado el
dinero. La moneda no vale eso...
—La llevaré siempre conmigo, y cuando me encuentre en
Niza o en Málaga me recordará a una chica estupenda que me
dio calabazas.
Repentinamente, Rose me dio un beso en los labios. Dijo:
—No por quince libras. ¿En tu cuarto o en el mío esta
noche, Ray?
Llegamos al hotel justo en el momento en que la borrasca
rompía furiosamente y caía sobre nosotros una lluvia torren-
cial. Por el ruido que hacía el diesel del autocar comprendí que
a Michael Davis le esperaba un duro trabajo.
Después de comer, los Pfaumann y los Livornes se sentaron
a jugar una partida de cartas, y los hermanos se les unieron al
poco rato. La señorita Stanley pidió algunas revistas a la recep-
cionista y se acomodó junto a una ventana. Al parecer ya había
terminado el libro, y no podía pasarse sin tener algo que leer.
Pero unos minutos más tarde se despidió de nosotros y subió a
su habitación.
Yo estaba con Rose en el pequeño y acogedor bar. Toma-
mos unos martinis. El barman era un joven alto y moreno, de
unos veinte años o pocos más. Su acento despertó mi curiosi-
dad. Cuando le pregunté cuál era su nacionalidad me explicó
que era español. No necesité que me dijera en qué parte de
España había nacido o crecido. ¿Un pañuelo? A veces el mundo
es aún más pequeño que un pañuelo.
Al cabo de un rato Rose se disculpó y dijo que necesitaba ir
al tocador. Me prometió que bajaría en seguida. Sorprendí al
barman observar el trasero de la chica mientras se alejaba.
Nuestras miradas se encontraron y él no se turbó en absoluto.
Se encogió de hombros y dijo pausadamente, sin dejar de fro-
tar una copa que ya no podía brillar más:
—Es una chica muy guapa, señor.
—Eres un descarado, pero tienes buen gusto. Tómate lo que
quieras. Te invito.
—No nos permiten beber mientras trabajamos. Pero se la
acepto. —Me guiñó un ojo—. Este hotel es una basura, señor.
Muy aburrido. Aquí sólo vienen viejos y jubilados. Es posible
que cerremos la semana próxima si el tiempo sigue empeoran-
do. Ya se ha marchado más de la mitad del personal.
—¿Qué harás entonces?
—No sé. Iré a Londres, y si no encuentro otro trabajo vol-
veré a España. Tengo algunos ahorros.
—Me gustaría visitar tu país. ¿Qué lugar me aconsejas?
—Ibiza, Canarias o el sur. Decídase por Marbella. En esta
época todavía encontrará buen tiempo. No sabe usted las ganas
que tengo de regresar. Estoy hasta los cojones de este país.
Para encontrar una chavala como la suya hay que buscar mu-
cho, créame, y tener suerte.
El chico dijo llamarse Jorge Valdivia y se preparó un gin-
tonic. Se apoyó en la barra con desparpajo y empezó a beber.
—La fiesta no valdrá nada, señor. Le sugiero que llame un
taxi y se vaya a la ciudad si quiere divertirse. —Entornó los
ojos y me miró fijamente—. Oiga, ayer creí que estaba usted
liado con la otra pasajera, ésa de las gafas.
—¿Estás loco? —Me reí de buena gana—. Aborrezco a las
intelectuales.
—Pues anoche la vi salir de su habitación, señor.
—Te confundirías.
—La vi entrar y luego salir al cabo de un par de minutos.
Después se encerró en su verdadera habitación. Usted llegó al
cabo de un rato. No sabía que estaba abajo.
La noche anterior estuve hasta muy tarde en el salón, vien-
do los noticiarios de la BBC y luego una película de terror.
—¿Es que te dedicas a espiar a los huéspedes?
—Por supuesto que no. Mi dormitorio está al final del pasi-
llo y lo vi todo sin desearlo, de veras.
Me quedé preocupado durante un instante. ¿Christine Stan-
ley entrando furtivamente en mi habitación? Aquello no tenía
sentido.
Esta visita a mi habitación me produjo de repente una gran
intranquilidad. Puse un billete sobre el mostrador y me dirigí
a la salida del bar. En la puerta tropecé con un individuo que
caminaba con la cabeza inclinada. Apenas me fijé en él, pero le
dediqué mentalmente un insulto por ir tan distraído.
Subí corriendo las escaleras y abrí nerviosamente la puerta
de mi habitación. Saqué las dos maletas y levanté la tapa de la
mayor. Respiré tranquilo al ver el maletín negro guardado
entre mis ropas. Pero necesitaba asegurarme de que todo seguía
como lo había dejado y metí la llave en la cerradura. Quedé
pensativo, sin decidirme a inspeccionar su interior. Cuando al
final lo hice, me quedé sin aliento y creí que el cuarto daba
vueltas a mi alrededor.
Empecé a sudar y me pasé la mano por la frente. Dios mío,
Dios mío, gemí entre dientes, viendo lo vacío que estaba el
maletín. ¿Qué significaba aquello?
Mascullé el nombre de Chris Stanley. Su comportamiento
resultaba extraño. Ahora me parecía que se esforzaba demasia-
do en pasar por una boba y anodina muchacha. Recordé que
ella tenía su cuarto frente al mío la noche anterior, pero era
imposible confundir ambas puertas. Sacudí la cabeza. Tuvo
que haber sido ella. Necesitaba averiguar algo, y cogí el teléfo-
no. Pedí a la recepcionista, que también se encargaba de la
centralita, que me pusiera con la habitación de la señorita
Stanley, y mi sorpresa fue enorme cuando me respondió:
—Creo que la señorita Stanley salió después de telefonear.
—¿Quiere decir que pidió un taxi y se marchó a Bideford?
—No. Hace un instante la vi por la ventana. Paseaba por la
galería.
Le di las gracias, colgué, y salí al pasillo después de cerrar
mi maleta. La cerradura de la puerta del cuarto de Chris no se
me resistió más de cinco segundos. En dos minutos registré el
bolso de viaje de la chica y luego, después de haber visto su
documentación, palidecí y bajé al bar.
Necesitaba urgentemente un trago.
No me di cuenta de que el hombre con quien había trope-
zado poco antes estaba apoyado en la barra. Bebía pausada-
mente, con la mirada fija en el vaso que iba vaciando.
—Jorge, un whisky doble —pedí.
—Seguro que lo necesita —sonrió el barman, echando dos
medidas de whisky en un vaso—. Tiene una cara que asusta,
señor. Como si hubiera visto un fantasma.
Maldije a aquel descarado. Después de un trago, le pregunté:
—¿Cuánto tiempo tardaría en llegar un taxi?
—Calculando que con este tiempo tan malo no habrá mu-
chos libres, creo que media hora. ¿Quiere que le pida uno?
Moví la cabeza negativamente.
—Es demasiado tiempo... para mí. —Me volví. Por la ven-
tana del bar descubrí a Chris Stanley. Paseaba despacio a lo
largo de la galería. La lluvia era ahora apenas perceptible. A
veces miraba el sendero de gravilla que unía el hotel con la
carretera.
—El tiempo, el tiempo. El maldito tiempo es el problema.
Había hablado el desconocido. Giré la cabeza para mirarle.
Seguía jugueteando con el vaso, escrutando su fondo.
—¿Tiene un coche? —le pregunté. Quería aferrarme a una
esperanza. No me daba por vencido.
El hombre inclinó la cabeza y me miró de reojo. Me moles-
tó sentirme estudiado de aquella manera por un borracho.
—Tenía un hermoso coche en mi país, con el volante donde
debe estar el volante en un coche decente.
—¿Americano? —inquirí, de nuevo lleno de desaliento.
—Eso dice mi pasaporte, pero a veces dudo de la fotografía
con mi cara de mono que hay en él. ¿Sabe, amigo? Hay momen-
tos en que no creo que sea mía la mirada que aparece por las
mañanas en el espejo cuando me afeito. Lo peor de todo es que
van a cerrar el bar, y no sé dónde iré.
Jorge sonreía; me hizo un gesto para darme a entender que
el hombre no estaba bien de la cabeza, pero fue sorprendido
por el borracho y éste le apuntó amenazadoramente con un
dedo.
—Maldito chicano, un día de estos te voy a poner en tu
sitio. Sucio espalda mojada.
—Vamos, señor Griffin, yo ya debería tener cerrado el bar.
Y a ver si se entera de una vez que no soy chicano. Joder con
el tío. Termine su copa y vayase a la cama a dormir la mona
—Se acercó a mí y añadió en voz baja—: No lo digo por usted,
señor. Aunque ha pasado la hora de estar abierto, comprenderá
que las autoridades no vienen por aquí. El gerente no es estric-
to en el horario.
Sonreí torvamente.
—Pues empieza a esconder las botellas, amigo; me temo
que vas a tener una sorpresa dentro de pocos minutos.
Jorge no me entendió; alzó una ceja, extrañado, y se alejó
al otro extremo de la barra. El llamado Griffin se aproximó y
dijo, blandiendo su vaso:
—Éste es un cochino país, y me largaré de aquí tan pronto
como alguno de mis antiguos editores me envíe un cheque para
pagarme el pasaje, antes de que cierto inglés me localice y me
llame hijo de puta. Porque puede estar seguro que perderá su
flema y me insultará. —Soltó una carcajada y me arrojó su
aliento cargado de alcohol—. Y el muy desgraciado no sabe que
le estoy haciendo un favor, un gran favor, no apareciendo de
nuevo por su despacho. Debería estarme agradecido, el muy...
Terminé de vaciar el vaso, y me resistí a pedirle a Jorge que
lo llenara de nuevo. Necesitaba tener la mente clara. La visión
de aquel hombre ridículo me había quitado las ganas de beber.
Yo no debía caer en su estado, o estaba perdido. Todavía que-
daba una posibilidad para mí. Si actuaba deprisa, disponía de
tiempo suficiente para subir a mi habitación y salir por la
puerta trasera. La lluvia había cesado. El bosque quedaba cer-
ca, y creía tener una idea muy concreta de la dirección que
debía tomar para salir a la carretera. Con un poco de suerte,
algún vehículo pararía a mis señales.
Cuando intenté salir del bar, el borracho me agarró de un
brazo.
—No se vaya —tartamudeó—. Tome otra copa conmigo.
Su actitud me puso furioso. Cuando escuché que un coche
se detenía delante del hotel, estuve a punto de golpearle. Luego
me sentí mal, casi mareado, y me derrumbé en el taburete. Con
un gesto le pedí a Jorge que me sirviera la copa que me ofrecía
Griffin.
LONDRES, 1:30 HORAS
Rosenman tosió levemente y sacudió la ceniza de su pipa
en el cenicero. Luego apartó el plato con los restos de comida
a un extremo de la mesa y miró a Kanable.
—¿Es que no puede ir más deprisa? —inquirió.
Kanable soltó una carcajada.
—¿De qué se ríe?
—Cristo, le he hablado de Griffin, y parece que ya no le
interesa su importante escritor.
Rosenman enrojeció.
—¿Cómo voy a preocuparme de ese desagradecido en estos
momentos?
El otro movió la cabeza de arriba abajo.
—Sí, está tan ansioso de que le explique cómo ocurrió todo,
que ni siquiera se ha dado cuenta de lo que le he contado de mí.
—¿Qué quiere decir?
—Oh, nada. Maldita sea, se habían llevado todo el dinero
de mi maleta.
—Nunca se debe dejar el dinero en la habitación de un hotel.
—Claro, claro. Casi no me ha entendido. Tal vez sea mejor
así.
El editor volvió la cara. Señaló la casette.
—Mientras usted hablaba yo pensaba en muchas cosas. Re-
conozco que me he distraído en algunos momentos. De todas
formas, todo está siendo grabado, y le aseguro que escucharé
varias veces las cintas.
—¿En qué pensaba?
—Aunque no lo crea, en Griffin. Y en usted. En su porvenir.
—Maldita sea, de mi porvenir me ocuparé yo. En cuanto a
su Gerald Griffin..., bueno, ya era un hombre acabado como
escritor, ¿no?, y ése era su problema. ¿Lo entiende? Por eso
escapó aquel día de sus oficinas, porque de pronto comprendió
que ya no era capaz de escribir una sola línea, y se refugió en
el hotel Welbeck. Ese borracho... Creo que deseé poder macha-
carle la cara por hacerme perder unos preciosos minutos. Prác-
ticamente me obligó a quedarme sentado, esperando como un
imbécil.
Kenneth echó la cabeza hacia atrás y adoptó una postura
ofendida.
—¿Por qué se comportó así? Si le robaron, debió llamar a
la policía...
—¿Para qué llamarla? Ya lo había hecho alguien por mí.
...«¿Han cortado alguna vez una tarta? Pues cuando se corta
un trozo de tarta de manzana, es algo parecido.» Ésa fue la res-
puesta del profesor William Barnes, en su conferencia en el cole-
gio Arnold Prince, a la pregunta de un alumno de doce años,
cuando éste se interesó por los efectos de las apariciones de las
Islas. Y el chico lo entendió. Algunas personas aún no saben que
muchas desapariciones de nuestro planeta fueron traumáticas: el
ejemplo del profesor Barnes explica elocuentemente que el fenóme-
no que ha traído las Islas del Infierno es como ese cuchillo cor-
tando una tarta...
(De una charla por radio de Kenneth Rosenman, 2 de agosto
de 1990.)
18 de noviembre de 1989
EL PRODIGIO
Escuché que se cerraba la puerta de un coche y luego pasos
por el vestíbulo. Al otro lado de éste se hallaban los restantes
miembros de la excursión, algunos enfrascados en la partida de
cartas. Sin embargo todos vieron a los policías, y de pronto
cesaron las conversaciones. La presencia de los uniformes ha-
bía provocado un súbito silencio.
Sentí que Griffin me pasaba un brazo por los hombros y me
decía con voz vacilante:
—Ah, la policía británica. Pues nos va a aguar la fiesta,
amigo. Seguro que cierra el bar. Vamos, apúrese y termine su
copa antes de que se la quiten. George, ¿qué demonios está
pasando? ¿Quién ha sido el hijo de mala madre que ha dado el
soplo de que tienes abierto el bar?
De reojo vi que Jorge palidecía, y el vaso que tenía entre las
manos se le escapó y cayó a la fregadera. A pesar de mi situa-
ción, llegué a sentir lástima por él. Que la policía se presentara
en horas en que el bar debía estar cerrado era un asunto grave
para la dirección del hotel y también para el joven, a quien sus
jefes acabarían echándole la culpa de la infracción.
Vi aparecer a Chris Stanley, escoltada por dos agentes de
uniforme negro y gorra con banda a cuadros. Sus miradas se
clavaron en mí. Ella ya no era la muchacha de aire distraído y
algo tímida. Se había quitado las gafas, y vi que sus ojos eran
duros. Curiosamente, en aquel momento me pareció menos fea,
incluso interesante. Me señaló con una mano enguantada, y la
escuché decir a sus compañeros:
—Ése es el traficante. Se llama Raymond Kanable. Detén-
gale, agente. Espósele. —Se volvió al otro y le ordenó—: Usted
suba a la habitación y baje su equipaje. Dentro hallaremos algo
muy interesante. La cocaína.
No logré articular una sola palabra. Al otro lado de la
puerta había aparecido el encargado del hotel. Detrás de él se
agolparon los demás. Parecían sentirse muy impresionados ante
la idea de haber tenido como compañero de viaje a alguien que
estaba siendo detenido por la policía.
El agente que había recibido la orden de Stanley de dete-
nerme se acercó a mí con unas esposas en las manos. Le escu-
ché recitar con desgana mis derechos, y noté que me agarraba
una mano para esposarme. Instintivamente, como si de repente
me hubiera sacudido un rayo, salí de mi letargo y retrocedí un
paso. El policía hizo intención de ir tras de mí y la mujer le
advirtió que tuviese cuidado, y mientras lo decía ya tenía em-
puñada una pequeña pistola y me apuntaba con ella.
—No se fíe de ese tipo, agente —dijo Christine—. El infor-
me decía que se trata de un traficante muy peligroso.
El policía me miró seriamente.
—Amigo, no complique más las cosas, ¿vale? Venga pacífi-
camente a la comisaría con nosotros, y desde allí podrá llamar
a su abogado. Ande, saque esas manos de atrás.
Christine me había llamado traficante y había dicho algo
de cocaína. Parpadeé. ¿Qué estaba pasando allí? Yo no era un
contrabandista y me dije que no podía ser a quien buscaban,
pero de todas formas, una vez me hallara delante del comisa-
rio, me vería en un aprieto. Por huir de una persecución de la
que creía ser objeto en Londres, tal vez sólo fruto de mi imagi-
nación, me había metido en un lío, había caído en una trampa
que no estaba tendida para mí.
Levanté las manos, pero alejándolas todo lo posible de las
esposas que bailaban delante de mis ojos. En el corredor, Rose
intentaba abrirse paso para entrar en el bar. Tenía una expre-
sión sorprendida, y creo que fue eso lo que me impulsó a inten-
tar convencer a los policías de que yo no era el hombre que
buscaban. Al menos, resultaba evidente que no tenía nada que
ver con ningún tráfico de drogas .
—Si siguen adelante con este error les va a costar muy caro
—dije—. Voy a denunciar el allanamiento de mi habitación, y
pagarán por este atropello, por la humillación que me están
haciendo pasar. ¿De qué se me acusa? Tengo derecho a saberlo.
Chris sonrió levemente. Sostenía la pistola con una firmeza
que me impresionó tanto como sus palabras:
—Déjese de tonterías, Kanable. Los cargos son de tráfico de
drogas. Usted se quedó en la taberna, y en ella entró alguien
que le entregó una importante cantidad de estupefacientes a
cambio de ese montón de dinero que anoche guardaba en su
maletín. Tengo testigos que lo confirmarán.
—¡Está loca! —exclamé—. No hablé con nadie hasta que
llegó la guía y empezó a conversar conmigo. Ella puede confir-
marlo. Y en cuanto a lo que vio en mi equipaje, ese dinero...
Bueno, ¡creo no hay ninguna ley que me prohíba viajar con
efectivo encima! Maldita sea, es usted quien ha debido robár-
melo. Tal vez lo haya escondido y quiera quedárselo... —Alcé
otra vez la voz, para que todos me oyeran—. Usted, por lo
tanto, ha registrado mis pertenencias sin ninguna orden judi-
cial. ¿Puede enseñármela? ¿Sabe en qué lío se ha metido?
Me daba cuenta de que cuanto decía era un montón de
tonterías, pero pretendía retrasar todo lo posible el momento
de encontrarme esposado. Había empezado a acariciar la idea
de escapar de allí. Chris no se atrevería a dispararme habiendo
tanta gente. El problema era: ¿por dónde huir, y cómo?
Estudié la habitación. El bar estaba en un ángulo del edifi-
cio. Había un par de ventanas, pero estaban cerradas. No me
imaginaba lanzándome contra una de ellas, rompiendo los cris-
tales y echando a correr sin recibir ninguna herida. Sólo los
héroes de las películas, es decir sus dobles, saben destrozar
ventanas y salir indemnes. Pero detrás del mostrador había
una puerta que podía llevarme a la parte posterior del hotel.
Sólo necesitaba saltar la barra y pasar por delante de Jorge.
—Tengo derecho a que me escuchen... —insistí. Sabía que
el policía estaba perdiendo la paciencia y no iba a tardar en
echarse sobre mí.
Creo que lo hubiera hecho de no haber vuelto su compañe-
ro en aquel momento, cargado con mis maletas. Los curiosos le
dejaron paso y las colocó sobre una mesa.
Se acercó a Chris y dijo:
—Aquí está todo, pero no encuentro la droga por ninguna
parte. Y el maletín negro está vacío.
—¿Se convence? —grité, viendo que Chris mostraba sorpre-
sa-. Yo no he comprado ninguna droga, todo esto es una con-
fusión. Lo que quiero es mi dinero. Usted quizá pueda decirme
algo al respecto. ¿No es así, señorita Stanley?
Chris parecía desconcertada.
—La tendrá escondida en alguna parte del hotel. Algunos
han usado la caja de seguridad. La inspeccionaremos. Kanable,
le he vigilado, y sé que no ha salido desde que regresamos.
—Giró la cabeza y miró a Rose, como incluyéndola entre los
sospechosos—. Llamaré a más agentes, y todos ustedes serán
registrados. Tal vez tenga un cómplice.
No había que ser un lince para comprender que se refería a
Rose. Al diablo el dinero y quien lo hubiera robado, pensé.
Tenía que escapar.
Pero me había distraído, y el policía consiguió colocarme
una de las esposas en la muñeca derecha. Antes de que me
sujetara la otra mano le empujé violentamente. Su compañero
avanzó para ayudarle.
Yo estaba demasiado furioso por haber sido esposado a
medias. El acero parecía quemarme la muñeca como si estuvie-
ra al rojo vivo. Tiré del policía y le hice perder el equilibrio. Le
arrojé hasta cerca de la chimenea, donde ardían unos troncos,
pero él me arrastró en su caída. Por el rabillo del ojo vi que el
segundo agente iba a golpearme, y empecé a revolverme.
Todavía no había acabado de girarme cuando una luz viví-
sima entró por las ventanas y pareció danzar alrededor nues-
tro. Supongo que entonces pensé que era la tormenta, pero
nunca había visto nada tan violento como aquel estallido lumi-
noso.
Mientras seguían estallando las luces a nuestro alrededor
se produjo un silencio total, pero al instante siguiente sonaron
gritos de sorpresa y miedo. La cegadora sucesión de relámpa-
gos duró apenas un par de segundos. Luego todo quedó a oscu-
ras. La electricidad había empezado a fallar, y después de un
apagón general se encendieron varias bombillas de emergencia.
Me di cuenta de que seguía caído en el suelo. Noté que
nada tiraba de mi mano esposada. Cogí el extremo de la cade-
na y la vi limpiamente cortada. Miré a la penumbra, intentan-
do encontrar al policía.
El suelo de madera terminaba a menos de unas pulgadas
de mis narices. Extendí las manos. Un poco más allá palpé
tierra muy seca. Levanté la cabeza, y no encontré la chimenea
ni la pared.
Conseguí levantarme y me volví sobre los talones. Miré
hacia la salida del bar. Allí estaban todos, formando un denso
y silencioso grupo junto a la puerta. Tenía tanto miedo que ya
no pensaba en huir, a pesar de que era una magnífica ocasión.
Fuera lo que fuese, lo que hubiera ocurrido había arrancado
una pared entera del bar, sin ningún ruido.
Cuanto había al otro lado era tan extraño y oscuro que me
paralizaba las piernas. Me aferré a lo que quedaba de barra y,
sujetándome a ella, me arrastré hasta cerca de donde estaba
Jorge, que había retrocedido al otro extremo y apoyaba la es-
palda en las estanterías.
Parpadeé repetidas veces. Hacía más de un minuto que la
cegadora luz había desaparecido, pero en mis retinas continua-
ban estallando millares de soles. Lo peor de todo, el silencio
que había caído de improviso sobre nosotros. No se escuchaba
la lluvia, tan sólo el rumor de una brisa cálida que provenía de
la oscuridad que había surgido donde poco antes existió una
pared. Aquel suave viento mecía mis alborotados cabellos y
llevaba hasta mi olfato un extraño olor.
Vi el haz de luz de una linterna recorrer lo que quedaba del
bar. Lo dirigía el otro policía y lo enfocó a mis ojos, que protegí
inmediatamente con las manos.
—¿Dónde está Paul? —preguntó el policía, con voz aguda y
temblorosa.
—¡Aparte esa luz, idiota! —grité.
Me obedeció, pero no la alejó mucho de mí. Chris se situó
a su lado e hizo ostentación de su inseparable pistola.
—Ha roto las esposas —la oí susurrar. Parecía tan confun-
dida como yo—. Mierda, ¿dónde se ha escondido ese estúpido?
Recordé que el policía se encontraba cerca de la chimenea
cuando rodamos por el suelo y nos vimos rodeados por los
relámpagos. Ahora no estaban el policía ni la chimenea, y tam-
poco la pared con los viejos cuadros. En su lugar, sólo una
tierra seca y áspera que se perdía en las sombras.
—Jorge, baja al sótano y cambia los fusibles —chilló el
gerente del hotel.
El español corrió hacia la puerta del fondo y desapareció.
Yo miré a Chris y le dije con sorna:
—Aleje de mí su juguete, ¿quiere? Está tan nerviosa que
podría disparársele. ¿Cree que voy a escapar? Maldita sea, soy
inocente.
—¿Dónde está Paul? —repitió el policía, como un loro.
—¿Se llama Paul su compañero? —inquirí.
—¡Sí!
—¡Pues búsquele usted!
Las esposas habían sido separadas a la altura de la corta
cadena. Bajo la luz de la linterna comprobé que el corte era
burdo. Al tocarlo noté que estaba un poco caliente.
Mis ojos se habían ido acostumbrando a la oscuridad, y
traté de ver lo que había más allá de donde estuvo la pared. Lo
que observé me heló al principio la sangre, y luego me la puso
a hervir de tal forma que, dirigiéndome a todos y con una
autoridad que impresionó incluso a Chris, dije:
—Salgamos de aquí. El techo puede derrumbarse en cual-
quier momento.
Tropecé con Griffin. Tenía los ojos tan abiertos que parecía
habérsele quitado la borrachera. Le ayudé a salir, cruzamos el
pasillo y nos reunimos en el salón. Rose dejó pasar a todos para
esperarme, y casi se echó en mis brazos cuando llegué a su
lado. Quizá quería preguntarme qué estaba pasando, pero las
palabras no le salieron de la garganta. Sin embargo, su gesto
era elocuente; creí comprenderla:
—Esto tendrá alguna explicación —dije. Recordaba que, al
salir del bar, había visto por la ventana el coche de la policía
aparcado a pocos pasos de la entrada del hotel, y unos árboles
cuyas ramas eran agitadas por el viento—. Lo mejor es que nos
calmemos.
El policía estaba empeñado en encontrar a su compañero.
Abrió la puerta principal y salió al exterior, taladrando los
alrededores con la luz de su linterna. Debía pensar que había
escapado corriendo. Sacudí la cabeza. Diablos, ese tal Paul
tenía bien agarrada la otra anilla de las esposas. Me pregunté
dónde había ido a parar.
En el salón funcionaban tres o cuatro bombillas que emi-
tían una triste luminosidad. Con nosotros se había reunido la
telefonista, una mujer pelirroja y entrada en años que no cesa-
ba de gimotear.
—En este maldito país se esconde el sol cuando uno menos
lo espera —gruñó Griffin—. Eh, estoy pensando que si es de
noche lo más lógico es que el bar vuelva a abrirse. —Miró a
Christine—. ¿No piensa lo mismo la eficiente policía británica?
¡George, dame una copa!
Aparté de mí a Rose y me acerqué a la ventana. El comen-
tario de Gerald me había asustado de veras. Aunque el cielo
estaba cubierto de nubes, había bastante claridad momentos
antes de los fogonazos. Ahora parecía que era medianoche, tan
oscuro estaba todo.
—Un terremoto. Ha sido un terremoto —sollozó Marie Livornes.
—No ha sido un terremoto —contestó Kurt Pfaumann.
—¿Por qué se ha caído entonces una parte del hotel, dónde
está la pared del bar? —preguntó alguien.
Apareció Jorge. Llevaba una vela encendida, y le dijo al
gerente:
—Los fusibles están bien. Pero no llega la corriente. Sin
embargo funcionan las baterías de emergencia. Señor, tengo
que decirle que... Todo esto es muy extraño.
Intuí que el muchacho había descubierto algo muy grave, y
me acerqué a él para no perderme una sola de sus palabras. Si
quería seguir pensando en escapar me interesaba conocer la
situación.
Todos rodearon al español, quien, después de inspirar pro-
fundamente, dijo:
—El ala este del hotel no existe, señor. En el sótano está
cortado el sistema de cañerías y rotas las conducciones de agua
potable. He visto que hay como un muro de rocas que nunca
había existido allí. Tal vez se haya producido un corrimiento
de tierras...
—No ha sido un terremoto —insistió el alemán—. Nada se
ha movido. Yo estaba en México cuando el temblor del 85, y
puedo asegurarles que esto ha sido muy distinto.
Chris dijo al policía que acababa de volver del exterior,
apenas apareció por la puerta del salón y se apoyó contra ella:
—Llame por teléfono a Bideford y que envíen dos coches
patrulla. Paul tiene que estar por alguna parte. ¡Por Dios, pre-
gunte también qué diablos está pasando! Ellos tienen que saber-
lo.
El agente tenía los hombros hundidos, y tardó en responder
a Chris:
—He buscado a Paul y... ¡Dios mío, no podrán creer lo que
hay ahí fuera!
LONDRES, 14:22 HORAS
Rosenman no podía ocultar totalmente su ansiedad. Regre-
só al sillón con una voluminosa carpeta. Miró a Kanable, y
luego se aseguró de que la cinta de la casette no había termi-
nado.
—El proceso fue brutal —dijo—. No sabemos si algunas
personas fueron cortadas por la mitad o perdieron algún miem-
bro. Probablemente no. Pero varias casas afectadas quedaron
en parte aquí, justo en el borde donde apareció una Isla del
Infierno. Kanable, ¿se dio usted cuenta de que estuvo a punto
de perder esa mano que tenía esposada?
—Más tarde comprendí el riesgo que corrí. Igual pude ha-
ber sido decapitado.
—Mire, es una suerte que yo tenga a mano esta carpeta con
un dossier muy completo de cuanto ocurrió en el hotel Welbeck.
Me ocupé especialmente de él cuando supe que Griffin vivió
allí —dijo Rosenman—. No tendremos que indagar en el banco
de datos del ordenador.
Raymond observó a Kenneth ojear las páginas. Encendió
un cigarrillo y esperó a que finalizara la búsqueda.
—Ésta es la lista de las víctimas del hotel Welbeck, quince
al parecer —dijo Rosenman, tras leer un papel—. Aquí están
todos, incluido su nombre, por supuesto.
—Pero todavía no es una prueba para usted, ¿verdad? En
alguna parte del otro lado perdí mis papeles, mi pasaporte.
Rosenman le miró fijamente.
—Le creo, Kanable. Ya no tengo ninguna duda de cuanto
me ha dicho. —Bajó de nuevo la mirada a la lista—. Griffin, los
Dunigan, los Pfaumann, los Livornes, Rose Lorah, el gerente
Peter Carrigan, Peggy Brunner la recepcionista... Todos. Inclu-
so Christine Stanley. Usó su verdadero nombre. Sigue habien69
do cierta confusión al respecto, y las relaciones de afectados
nunca pudieron ser confirmadas al cien por cien. Toda persona
desaparecida antes de ese día se supone que estaba en una zona
afectada. Algún marido debió decir a su esposa que iba a com-
prar tabaco, y ella cuenta ahora a sus amigas que fue pillado el
Día del Misterio... Ah, esto le interesará. El agente llamado
Paul Talbot apareció días después, vagando por el campo. Te-
nía síntomas de locura y se hallaba muy débil. Lamentablemen-
te, no pudo dar muchas explicaciones. Acabó en un manicomio,
—Agitó la cabeza, cerrando la carpeta—. Interesante, señor
Kanable. Su testimonio es el primero que tenemos de alguien
que estuvo dentro de una zona afectada.
—Sólo vimos luces, ningún ruido. Apenas hubo una transi-
ción parecida a la que he experimentado en mi vuelta.
—Ah, ¿quiere decir que la segunda vez ha sentido algo?
—No hablemos ahora de ello. Espere un poco más para
saber cómo fue.
Rosenman resopló, aceptando lo que ya creía era una ter-
quedad de Kanable. Dijo, conteniendo mal su contrariedad:
—La guía de la agencia estaba en una habitación del ala
este, así como dos empleados de la cocina y una camarera.
Ellos se salvaron, además de Paul Talbot, pero no perdieron la
razón como el policía.
—Ese policía... ¿Continúa en un manicomio?
—No lo sé. Podría averiguarlo. En el informe se dice que
cuando lo encontraron murmuraba que había visto cómo se
esfumaba un hombre en medio de una luz, era agarrado por
demonios salidos del infierno y conducido a las profundidades
de la Tierra. Es obvio que se refería a usted. Tenía mucha
imaginación.
—Pobre muchacho. No vio mucho más que yo. El resto lo
puso su mente desquiciada. Claro que no hubo demonio algu-
no. —Kanable sonrió—. Bien, si estoy en la lista de desapareci-
dos, he de suponer que oficialmente no existo.
—Sobre esto hay disparidad de criterios. Los magistrados
aún no han decidido nada acerca de las personas desapareci-
das. Se toman las cosas con calma, tal vez porque hay gente
desaprensiva que pretende beneficiarse de la situación, incluir
entre las víctimas a ciertos parientes sin paradero conocido a
los intentan heredar. Si se sumaran todas las denuncias y fue-
ran aceptadas, se triplicaría el número de «muertos» a causa
del fenómeno. Obviamente, nadie hasta ahora ha esperado que
regresara alguien que haya estado en un trozo de tierra esca-
moteado. Su testimonio, señor Kanable, causará una conmo-
ción y provocará grandes dolores de cabeza a los jueces.
De pronto, la sonrisa de Rosenman se esfumó. Su expresión
se tornó seria.
—¿Le ocurre algo? —inquirió Kanable, alzando una ceja.
—No creo... Estaba estaba pensando en lo que me ha dicho.
Esa lamentable confusión de la policía... ¿Por quién le tomaron?
—Más tarde lo averigüé. Por aquel entonces yo también
estaba confundido.
Rosenman alzó las manos.
—Está bien, está bien. No adelantemos los acontecimientos.
—Puedo anticiparle que no estaba involucrado en ese mal-
dito asunto de tráfico de drogas. La Stanley perseguía a ciertos
tipos, y al hallar el dinero en mi maletín pensó que yo lo
llevaba para comprar drogas en Lundy. Creían que allí se for-
malizaban las ventas.
—Hablando de dinero —sonrió Rosenman—. ¿No ha pensa-
do que su historia le supondrá una verdadera fortuna?
—¿Usted cree?
—¡Claro que sí! Mire, estoy pensando en publicar primero
su relato en mi revista, y luego editar un libro. Por cierto,
tenemos que buscar un buen título. Nada de las Islas del Infier-
no y sus derivados. Ya se han publicado centenares de trabajos
con esos nombres.
Kanable se encogió de hombros.
—No me interesa el dinero.
—¿Por qué? Estoy hablando de cientos de miles de libras,
tal vez millones. Será llamado usted a todos los países, los
científicos se pelearán por entrevistarle...
—Dejemos esto.
—Por Dios, estoy hablándole de su futuro.
El ceño de Kanable se juntó, su rostro se hizo de granito.
—¿Cree que me preocupa mi porvenir financiero? Bah, será
mejor que continuemos.
...¿Dónde habrá ido a parar esa parte del muro berlinés que
desapareció al surgir la colina gris cerca de la puerta de Brandeburgo?
Aquella tarde, cinco berlineses del este caminaron sobre la Isla
del Infierno que rompió el muro y entraron en el Berlín Oeste,
usándola como puente. El intruso no entendió de fronteras.
El mundo ya no es lo que fue. Las autoridades de la ciudad
libre de Berlín, por indicación de Bonn, retuvieron a los ciudada-
nos del Este y se apresuraron a darles asilo político, a pesar de que
éstos, una,vez se les pasaron los efectos de la borrachera, insistie-
ron en regresar a sus casas. El único temor que sentían era tener
que enfrentarse a sus respectivas esposas.
Si John F. Kennedy viviera, ya no pasaría a la historia por
decir que es berlinés...
(Nuevas Visiones, septiembre de 1990, editorial de K. Rosenman.)
OSCURIDAD
El policía se llamaba Andrew Porter. Estaba tan asustado,
y explicó tan confusamente lo que había visto en el exterior,
que ninguno de nosotros le entendió nada, aparte de que algo
muy extraño se extendía más allá del sendero que unía el hotel
con la carretera. Temblaba demasiado, y Valdivia le arrimó
una silla, y con una sonrisa sugirió que debíamos darle un
buen trago de brandy.
—Mejor es que traigas la botella —le indiqué mientras iba
a buscar el remedio para los temblores de Porter. El gerente
parpadeó sorprendido, pero no se atrevió a anular mi orden.
Algunas personas se habían acercado curiosas a las venta-
nas del salón, pero desde allí sólo se veía una parte del bosque,
con sus árboles sumidos en la oscuridad apenas disipada por
las tenues luces de emergencia del hotel y el extraño resplan-
dor que llegaba desde el cielo.
Me dirigía a la salida cuando la voz de Chris me detuvo, y
de nuevo su maldita pistola me encañonó.
—No se mueva, Kanable —dijo. Me señaló un rincón—.
Colóquese ahí y permanezca quieto. —Se volvió furiosa al agen-
te—. Vamos, Porter, serénese de una vez y use sus esposas.
Yo empezaba a sentirme ya demasiado irritado. Me planté
delante de ella y la amenacé con un dedo, que sacudí delante
de su nariz respingona.
—Es usted quien va a dejar de hacer tonterías, ¿de acuer-
do? A mí nadie va a esposarme, o recibirá una patada en el
culo. Si estamos en peligro en este viejo caserón, no estoy
dispuesto a permanecer ni un minuto más bajo su techo. Me
largo, ¿se entera? Vamos, atrévase a dispararme.
Ella titubeó y terminó con la boca abierta. Bajó el arma.
—¿Qué piensa hacer? —me preguntó, tras indicar con un
ademán al policía que no se moviera.
—No he entendido nada de lo que su estúpido policía ha
contado, de modo que voy a ver con mis propios ojos el aspecto
que tiene el hotel desde fuera. Además, ¿es que nadie piensa
que puede haber otras personas que necesiten nuestra ayuda?
Michael Davis está en el garaje, por ejemplo; y la guía no
aparece. Mientras tanto, alguien debería intentar llamar por
teléfono y pedir ayuda.
—El teléfono no funciona —dijo Valdivia, entrando con una
botella y varios vasos. Llenó el primero, y lo cogí. Empezó a
echar brandy en el segundo—. Pero la radio del coche patrulla
puede usarse, ¿no?
Dejé de beber y le miré, sonriente.
—Eres listo, muchacho. No había pensado en ello —dije.
Me devolvió la sonrisa.
—Bah, lo único que ocurre es que no soy estúpido.
Era una forma muy sutil de decirnos que nosotros sí lo
éramos, pero creo que nos merecimos su ironía. Propuse a Chris
que saliéramos los dos. Yo la acompañaría hasta el coche, para
que ella hablara con sus superiores pidiendo información.
—Que nos expliquen qué carajo pasa —gruñí entre dientes.
Valdivia se sirvió brandy para él en el último vaso. Los
anteriores se los habían disputado los demás. El único que se
quedó sin beber fue Porter, que dijo sentirse incapaz de tragar
nada.
—Iré con ustedes —dijo el español. Chasqueó la lengua—.
Es un brandy magnífico, muy adecuado para levantar el ánimo,
y eso es lo que todos necesitamos en estos momentos. Tenía
ganas de probarlo.
Rose me dijo que ella me acompañaba también, y yo le
pedí que se quedara para cuidar de la señora Pfaumann, al
parecer tan afectada como el tembloroso policía.
Caminamos por el pasillo, y de pronto nos quedamos quie-
tos delante de la puerta. Porter la había cerrado de un golpe al
regresar. Ahora la veíamos abrirse muy despacio, y una luz
blanca danzaba detrás de ella. Contuvimos la respiración, y
alguien gimió de miedo al aparecer bajo el dintel una figura
alta y oscura.
—Davis —susurré aliviado cuando reconocí al conductor.
Michael terminó de abrir la puerta y se apoyó en el quicio.
Jadeó y nos miró uno a uno. Al descubrir la pistola que empu-
ñaba Chris, comentó con voz ronca:
—Me alegro de que alguien esté armado. Para andar por
ahí fuera es aconsejable llevar una pistola, mejor una metralle-
ta.
—¿Se encuentra usted bien? ¿No está herido? —pregunté,
acercándome a él.
—Estoy muerto de miedo —rezongó Michael.
—No tema contagiarnos esa enfermedad porque ya la pade-
cemos todos —sonrió Valdivia un poco forzadamente. Le arre-
bató la linterna y señaló con ella al exterior—. íbamos a salir.
¿Se atreve a guiarnos?
El muchacho fue el primero en cruzar la puerta. Pasó por
delante de Michael y se alejó unos pasos, rastreando el sendero
con el haz de luz.
Hice un gran esfuerzo por dominar mi miedo y decidí se-
guirle. Davis me dijo, al llegar a su lado:
—No me atreví a salir del garaje hasta un rato después de
los relámpagos. Dios mío, en mi vida había visto nada igual.
No sé lo que hice. Sólo recuerdo que anduve creyendo que me
dirigía a la carretera. Quería encontrarme en un lugar despeja-
do, y entonces...
Le cogí de un brazo y le obligué a salir a la galería.
—¿Qué pasó entonces?
—Caí en un hoyo, rodé, y me di un golpe en el fondo. —Se
frotó los ojos—. En ese momento me di cuenta de que había
corrido en medio de la oscuridad, y me entró pánico. A lo lejos
vi brillar tenuemente las ventanas del hotel, y decidí volver.
—Hizo una pausa para respirar ruidosamente—. No había
carretera, no había más sendero.
Le observé las manos. Estaban sucias, como si las hubiera
hundido en un polvo gris y algo pegajoso. Bajé la mirada, y vi
que tenía mojados los pantalones hasta las rodillas. Creí que se
había orinado, pero él, al verme hacer una mueca de burla, se
apresuró a explicar:
—El fondo del hoyo estaba lleno de agua.
Anduvo detrás de mí. Chris se puso a mi vera, sin duda
para vigilarme de cerca. Tenía que admitir que la chica era
perseverante. Condenada polizonte, aún me consideraba su de-
tenido. Pero se comportaba con valentía dadas las circunstan-
cias. Empezó a despertar mi admiración. Si sentía miedo, sa-
bía disimularlo muy bien.
Quien más me sorprendía era Jorge. Aquel muchacho era
un osado o un inconsciente, pero sobre todo demasiado curioso.
Ya estaba junto al coche de la policía. Había caminado muy
deprisa, sin apenas inspeccionar el terreno antes de pisarlo.
¿Es que no era capaz de pensar que podía haber grietas en el
suelo? Yo seguía pensando que se había producido un temblor
de tierras, a pesar de que Kurt Pfaumann afirmaba que no.
Jorge abrió la puerta del conductor y mostró el interior del
vehículo a la mujer policía, invitándola a entrar con una sonri-
sa y un gesto versallesco.
—Adelante, princesa. Pruebe la radio.
Chris guardó la pistola y se situó delante del volante. En-
cendió la luz del coche y tomó el micrófono.
Valdivia me hizo un gesto con la cabeza para que le siguie-
ra, y me alejé con él. Davis caminó detrás. Cuando estuvimos a
cierta distancia del coche, dijo:
—Éste es el mejor momento para que escape, amigo.
Me quedé quieto y él, sorprendido, volvió a mirarme.
—¿Qué espera? —me espetó—. No tendrá otra ocasión me-
jor que ésta. Esa polizonte hará que vengan docenas de coches
de la policía antes de cinco minutos: lo rodearán todo, y de
aquí no saldrá una mosca.
Sacudí la cabeza para decirle que no.
El español se encogió de hombros. Parecía desilusionado.
—Está chiflado —dijo—. Le cazarán como a un conejo.
—No tengo por qué huir.
—¿No? ¡Qué cara! Allá usted. Que conste que se lo he ad-
vertido. —Se encogió de hombros y empezó a retirarse. Michael
no había oído nada.
Alguien había salido de la casa. Era Griffin. Al llegar a
nuestra altura puso los brazos en jarras y nos miró. No parecía
muy borracho, a pesar de que se había bebido un gran vaso
lleno de brandy hacía poco. Resultaba sorprendente la capaci-
dad de aguante que tenía aquel hombre. Luego sabría, por el
barman, que nunca le vio sobrio en ningún momento; pero
jamás causó problemas, y la dirección del hotel optó por no
pedirle que se marchara.
—¿No lo han notado? —nos preguntó Gerald.
—Vamos, señor Griffin, vuelva con los demás. Estamos in-
vestigando los daños que haya podido sufrir el hotel —le pidió
Valdivia, ignorando su pregunta.
—Yo no me atrevería a ir muy lejos, amigos —dijo Griffin
encogiéndose de hombros, como si ya no le importara que na-
die le hiciera caso—. ¿Es que no han notado nada?
Escuché la voz de Chris a mis espaldas, cada vez más de-
sesperada, intentando contactar con sus colegas de Bideford.
La radio parecía burlarse de sus gritos, permanecía totalmente
silenciosa.
—¿Qué debemos notar, Griffin? —pregunté.
—El aire que respiramos, demonios. Fuera de la casa uno
se da cuenta de que... de que es muy raro, vamos. —Emitió una
risotada—. Tal vez el alcohol haya despertado mi olfato, aun-
que siempre lo tuve excelente.
Hice una profunda inspiración. Antes de emitir mi juicio,
Griffin dijo:
—Huele a gas, a acidez, y es muy denso. Cuesta un poco
respirarlo. —Abarcó con las manos nuestro alrededor—. Aquí
ha pasado algo muy extraño. Por cierto, ¿recuerdan la crisis del
Mediterráneo de hace unos años? Después del primer bombar-
deo se usaron bombas bacteriológicas, lo sé. Sus efectos aún
persisten en el norte de África. Un amigo mío, que era militar
en esa época, me contó que la zona bombardeada olía a ácido
fénico. A muerte. Olía como huele aquí.
Las palabras de Griffin, pronunciadas con cierta solemni-
dad, en medio de aquel silencio sólo agitado por el viento, me
sonaron como si fueran un anatema lanzado por un tenebroso
monje a un grupo de herejes a punto de subir al patíbulo.
Nos dio la espalda y regresó al hotel, muy despacio, sin
prisas, a pesar de habernos advertido que no permaneciéramos
fuera. Todavía pudimos escucharle antes de que llegara a la
galería:
—Siempre se temió una reacción de esa gente a quienes
quisieron castigar los líderes de la mal llamada libertad. Los
fanáticos ultrajados juraron vengar algún día a los suyos, a las
víctimas que fueron ocultadas a la respetable opinión pública
occidental. Pues bien, que sepan los hijos de puta que ya tene-
mos aquí esa tardía pero contundente respuesta: nos golpean
con la misma arma, nos devuelven el daño que les causamos,
ojo por ojo y diente por diente.
Le vi entrar en el vestíbulo, después de abrirse paso entre
las personas que permanecían en la escalinata.
—¿Quién es? —pregunté a Jorge.
—Un borracho, ya lo sabe. Además de eso, un escritor un
poco majareta y algo marxista. Pero marxista a la usanza yan-
qui, ya me entiende. Se dedica a escribir novelas policíacas y
de fantasía. Creo que antes ganaba mucho dinero, pero última-
mente tiene problemas económicos. Nunca leí nada suyo, hasta
que un día me regaló un lote de sus libros. Bah, me aburrieron.
A mí sólo me gustan las novelas del oeste y las eróticas. Pero es
mejor que nos ocupemos de nosotros. Bien, la pregunta es:
¿qué hacemos?
—Ese tipo puede estar borracho, pero no ha dicho ninguna
tontería —murmuré pensativo, impresionado por las palabras
del norteamericano—. Si alguna nación ha lanzado sobre Ingla-
terra una nueva arma o un virus desconocido, tal vez sea tarde
para esconderse, y si no ha sido así, no creo que nos haga
mucho daño permanecer fuera del hotel unos minutos más.
Michael pudo haberse equivocado de camino y por eso no llegó
a la carretera. Deberíamos ir hasta ella y detener al primer
coche que pase.
—Dudo mucho que me equivocara —gruñó el conductor.
Valdivia señaló una dirección.
—Vayamos por allí.
Chris nos gritó que la esperásemos. Corrió hacia nosotros,
nos alcanzó y dijo:
—La radio ha debido sufrir alguna avería. No he podido
conectar con nadie. Tampoco funciona el coche. No sé qué
demonios le pasa, tal vez sea el sistema eléctrico, aunque las
luces se encienden. Oigan, ¿qué van a hacer?
Se lo dije, y creo que estuvo a punto de ordenarme volver
al hotel, pero debió comprender que si yo hubiese querido
escapar ya lo habría hecho. Mantuvo cerrada la boca y se unió
a nosotros. Avanzamos guiados por Valdivia y su linterna, y
nos alejamos por el sendero hacia la carretera.
—Esto no me gusta nada, señor Kanable —me susurró Jor-
ge.
—¿Qué te pasa ahora?
—Mire ahí delante.
Alumbró un espacio despejado hasta donde alcanzaba la
luz. Me encogí de hombros.
—No entiendo —dije, después de mirar.
—Es que usted no recuerda el camino por el que se llega al
hotel, señor, pero yo sí. Y puedo asegurarle que los árboles
continuaban a ambos lados de donde estamos, hasta el empal-
me con la carretera. Aquí no hay nada, ya lo ve.
Avanzamos unos pasos más, y Jorge extendió los brazos
para indicarnos que nos detuviéramos. Se arrodilló y palpó la
tierra con la mano libre.
—Aquí se corta el camino y la hierba. También se acaban
los árboles —dijo—. Más allá hay como... ¿Polvo gris? Es muy
suave.
Michael gritó y señaló hacia la derecha.
—No me confundí de dirección. Ahí es donde caí. Miren ese
hoyo; en el fondo hay agua.
Jorge lo inundó de luz, y vimos, como a un par de yardas
de profundidad, en una oquedad bastante grande, un líquido
sucio. En la ladera descubrimos las señales dejadas por Michael
al subir, las huellas de sus manos y sus zapatos.
—¿Qué diablos ha pasado? —pregunté al aire. Tomé la lin-
terna y avancé unos pasos más, rodeando el hoyo. No me atreví
a seguir más adelante. Frente a mí, el haz de luz me mostraba
un terreno bastante llano en el que no había un solo árbol, una
sola brizna de hierba. Sólo arena gris, increíblemente fina. Y el
hotel, eso lo recordaba perfectamente, estaba rodeado por un
frondoso bosque a su derecha, y tenía un césped muy cuidado,
parterres y macizos de flores por todas partes.
Regresé con los demás. No quise emitir ninguna opinión.
Devolví a Jorge la linterna, y salimos del camino de grava. Sólo
tuvimos que andar unos pasos para convencernos de que exis-
tía algo así como una línea invisible que cortaba la vegetación.
Al otro lado de esa línea empezaba un terreno sucio y descono-
cido, yermo.
De pronto escuchamos como un bramido que procedía de
muy lejos. Nos miramos, confundidos.
—¿Qué ha sido éso? —preguntó Chris.
—Yo diría que es el rugido de una fiera dentro de un pozo,
por la manera cómo ha resonado —dijo Michael.
—A mí me ha parecido como si una colina se derrumbara
—opinó Valdivia.
Mi impresión era de que se trataba del grito de alguien que
moría en medio de espantosos sufrimientos, y me la callé.
Después de que todos aguardáramos expectantes unos mi-
nutos, el ruido no se repitió. Alguien tosió convulsivamente.
—Mientras sea de noche no lograremos sacar nada en claro
—dije—. Será mejor volver al hotel.
—Pero antes deberíamos ver cómo está el edificio —dijo
Valdivia—. ¿No salimos para eso?
Era una sugerencia muy sensata. Si había habido un terre-
moto, resultaría prudente asegurarnos de que el edificio no se
había visto demasiado afectado. Ya conocíamos que una parte
de él se había derrumbado. Claro que nadie sabía dónde habían
ido a parar los escombros.
—Lo que hemos visto concuerda con las explicaciones del
agente Porter —dijo Chris. Su voz me había parecido aliviada.
Era como si el conato de histerismo de su compañero la hubie-
ra humillado a ella, y ahora se alegrara de que éste no hubiera
perdido la cabeza y su miedo estuviera justificado.
—¿A qué explicaciones se refiere? Pero si a ese desgraciado
no se le entendió nada. Nosotros no nos hemos puesto histéri-
cos como él —dije.
Ella se volvió y me mostró su enfado. Mi comentario le
había dolido. Estaba ofendida. Dejé de sonreír. Aunque eso era
lo que había pretendido, no me alegré de ello; caminé en silen-
cio, intentando apreciar los daños ocasionados en el hotel.
—¿Cómo está el garaje, Davis? —pregunté.
—Oh, bastante bien. No se ha derrumbado nada.
—Es una buena noticia que sigamos contando con el auto-
bús. Si supiéramos cómo llegar a la carretera iríamos inmedia-
tamente a Bideford.
—No podríamos en el autobús —replicó el conductor.
—¿Acaso no le dio tiempo de reparar el motor?
—Aja. Estaba a punto de encontrar la avería. Pero en el
garaje hay un todo terreno japonés y un turismo, que nos ser-
virían mucho mejor.
Anoté mentalmente aquello. Por el momento había llegado
a la conclusión de que era arriesgado que yo intentara escapar,
al menos mientras no supiera lo que había pasado. Pero me
alegré de que hubiera un buen vehículo a mi disposición.
—Observen el hotel —exclamó Valdivia.
El edificio estaba intacto en su dos terceras partes. El ala
izquierda de la entrada había desaparecido, precisamente don-
de estaban el bar y otros servicios. Como el garaje quedaba
situado en la parte de atrás, supuse que el resto permanecía en
pie. No se trataba de un derrumbe. Por la causa que fuera, no
había escombros en el lugar donde faltaban las habitaciones.
Aquello era como para volver loco a cualquiera. Pasamos ante
la galería y dijimos a los que permanecían debajo que íbamos
a dar una vuelta alrededor del edificio.
Al llegar a la esquina desaparecida, nos limitamos al prin-
cipio a asomarnos y a mirar desde lejos, pero después de com-
probar que el terreno de arena oscura parecía sólido, camina-
mos por él y nos convencimos de que casi un tercio del edificio
se había esfumado.
Opiné que debíamos seguir, y anduvimos por la arena con
precaución, en hilera, mirando a nuestro alrededor, pero sobre
todo hacia la sección mutilada del hotel. En su parte posterior,
el edificio volvía a estar entero y conservaba un aspecto bastan-
te sólido. Aparte de algunos muebles y algo de yeso, no se había
desprendido nada más de él. El corte brutal, que había desga-
jado una buena parte de la construcción, resultaba increíble-
mente limpio. Pensé que tuvo que haber sido lo mismo que me
había cortado las esposas y separado del agente, enviando a
éste tan lejos que podía estar dando tumbos de un lado para
otro, sin encontrar el camino de vuelta al hotel.
Estábamos ya cerca del garaje. No había luz alguna en él.
Valdivia explicó que hasta allí no llegaba el alumbrado de
emergencia. Nos aseguramos de que los vehículos no habían
sufrido desperfectos, e iniciamos el regreso a la entrada princi-
pal del hotel. Entonces dije a Chris, mostrándole la parte de las
esposas que aún llevaba:
—¿Le importaría quitarme esto? Me molesta mucho. Ese
bruto apretó demasiado.
La chica pareció querer fulminarme con la mirada.
—El agente Paul no aparece por ninguna parte. ¿Qué hizo
con él?
—¿Supone que me lo comí? —Pero ella había sacado una
llavecita y me liberó de la esposa—. Le juro que de pronto
dejamos de estar unidos por estos lazos de acero. Ni siquiera le
miraba en el momento que desapareció. Los destellos me ha-
bían cegado, y Porter ya no estaba a mi lado cuando abrí los
ojos. Sólo puedo decirle que se encontraba en la parte afectada
del bar. Debió echar a correr. Tal vez ya haya llegado a Bideford.
—No se lo tome a broma. No olvide que está detenido.
—Oh, Dios. Lo sensato sería que usted lo olvidara.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—No tardará en darme la razón, cuando comprenda lo que
está pasando.
—Usted está acusado de tráfico de drogas.
—Mire, dejemos eso. Lo sensato ahora es descubrir cuál es
nuestra verdadera situación. —Sonreí—. Claro que si usted es
capaz de decirme por qué nos encontramos así...
—Llevaba mucho dinero en su equipaje, y no se apartó de
él en todo el viaje.
—Pero eso no prueba que lo destinara a comprar drogas...
—Eran libras irlandesas, algunas inglesas.
—Valen algo menos que las inglesas, pero son buen dinero.
¿Por qué no me dice qué hizo con él? Usted me lo robó anoche...
Bueno, digamos que lo incautó.
—¡Yo lo dejé donde estaba!
—Así que reconoce que estuvo en mi cuarto. —Chasqueé la
lengua—. Bonita, eso no estuvo bien. Si yo hubiera entrado en
aquel momento, habría creído que quería meterse en mi cama.
—Es usted un imbécil, un engreído —silbó Chris—. Se figu-
ra que todas las chicas se vuelven locas por usted.
—¿Es que no le caigo simpático? —sonreí.
Me volvió la espalda. Diablos, la había puesto verdadera-
mente furiosa.
Habíamos llegado al porche, y los que esperaban nos ase-
diaron con sus preguntas. Valdivia se encargó de explicarles lo
que habíamos visto, en realidad muy poco.
Una vez todos reunidos de nuevo en el salón, pedí silencio
y dije:
—Óiganme, amigos. Conservemos la calma. Lo único que
sabemos es que estamos aislados, incomunicados del resto de
la comarca. Creo que lo mejor es que nadie pierda los nervios
y aguardemos todos a que amanezca. Aprovechemos mientras
tanto para descansar.
—¿Cree que podemos quedarnos tranquilos? Además, es
media tarde, no lo olvidemos —exclamó el señor Livornes—. Si
de pronto se ha hecho de noche, ¿cómo podemos creer que
amanecerá dentro de poco?
No supe qué contestar, ni nadie fue capaz de hacerlo por
mí. Se produjo un fastidioso silencio.
—Lo que haya pasado no impedirá que el sol vuelva a salir,
como mucho dentro de cinco o seis horas —dije—. Fuera el
cielo está tan encapotado como cuando regresamos de Lundy,
pero por suerte no llueve. Mañana podríamos intentar ir a
Bideford con la luz del día.
—Estoy de acuerdo con lo que ha dicho el señor Kanable
—manifestó Chris.
—¿Es que le apoya? —exclamó el señor Livornes, sorpren-
dido—. Ese hombre está detenido, no lo olvide.
—Nadie puede impedirle que emita su opinión. Al menos lo
que ha dicho tiene sentido —replicó Chris.
Bravo, pensé. La chica tenía genio y era lista. Hizo que el
francés palideciera. A pesar de que sus intenciones hacia mí no
eran las mejores, empezaba a gustarme su estilo. Lo único que
le reprochaba era que me hubiera confundido con el tipo que
andaba persiguiendo.
Me aparté de todos y busqué acomodo en un sillón. Desde
allí escuché al gerente del hotel dar los nombres de las perso-
nas desaparecidas, que Chris se ocupó de anotar en una libre-
tita. Mientras tanto, el agente Porter se había recuperado un
poco y se situó muy cerca de mí, sin apartar la mirada de mi
persona en todo lo que quedó de aquella noche tan especial.
Nadie pegó un ojo, especialmente porque para nosotros no
era de noche. Rose vino a sentarse a mi lado. Apenas hablamos.
Yo le cogí una mano y se la estuve acariciando mientras mira-
ba las lejanas y difusas luces doradas que surgían en medio de
la oscuridad, como hogueras que se encendían y apagaban.
Dos horas más tarde empezó a amanecer.
...Alguien ha dicho que deberíamos conservar las Islas como
un nuevo patrimonio de la Humanidad. Si el gobierno decide
protegerlas, tendrá que elaborar pronto una ley al respecto.
En Escocia se ufanaban de poseer una Isla del Infierno de
mayor tamaño que las aparecidas de Inglaterra, Gales e Irlanda
del Norte. Pobres escoceses. Ya no podrán sentirse orgullosos de
ello. Su orgullo estaba cerca de Invernes. Era una hermosa Isla,
de belleza brutal como lo es todo lo feo y horrible que le impresio-
na a uno. Por tener, tenía hasta un montículo de casi treinta
yardas de altura, algo que no se ha dado en muchos lugares del
mundo. Pues bien, resulta que se están quedando sin récord. Los
turistas y curiosos se han llevado tantas piedras y bolsitas de
plástico llenas de arena que su «monumento» apenas supera ac-
tualmente las dimensiones de nuestra modesta Isla del parque.
Las autoridades locales no han hecho nada hasta ahora por evitar
el deterioro, y me pregunto si su pasividad no es intencionada,
porque una vez que hayan decidido limpiar Escocia de Islas con-
fían que sean los coleccionistas de recuerdos quienes les hagan el
trabajo, con el consiguiente ahorro de dinero...
(De una entrevista hecha a Kenneth Rosenman y publicada en
varios semanarios del mundo, noviembre de 1990.)
LONDRES, 17:05 HORAS
—¿Quiere decir que le pareció que habían transcurrido dos
horas?
—Sólo pasaron dos horas. Estoy seguro. Mi reloj funciona-
ba correctamente —contestó Kanable.
Rosenman hacía un rato que se había quitado la chaqueta,
y ya no tenía el aspecto de un atildado caballero inglés. Sus
cabellos algo alborotados y su mirada ansiosa delataban la
impaciencia que sentía. Todo lo contrario a él, Kanable se
mostraba a cada momento más sereno; ya casi no fumaba, y se
había olvidado de beber whisky.
—El sol salió por un punto algo más al sureste que de
costumbre —dijo Kanable.
—¿Está seguro?
—Jorge Valdivia me lo confirmó. Fue el primero en darse
cuenta. Me dijo que él veía amanecer cada día desde el bar,
cuando bajaba a limpiarlo. Conocía la posición del sol porque
tomaba como referencia los barrotes de la ventana.
—Ese aire tan cargado y con aquel olor... ¿Seguro que no
provocó en nadie alguna especie de problema respiratorio?
—Afortunadamente, Griffin se equivocó. No resultó veneno-
so..., al menos durante los días siguientes, y no creo que ya me
afecte.
—El cambio de posición del sol, pasar de la tarde a la
noche súbitamente, es muy extraño. No me lo explico. Supongo
que ustedes tampoco supieron hallar al principio una respues-
ta. ¿La encontraron más tarde?
—¿Quién podía adivinar lo que había pasado? Estábamos
demasiado confusos. Nadie pensó que ya no seguíamos en la
Tierra.
—El caso del hotel Welbeck no fue el más espectacular que
ocurrió en Inglaterra, y mucho menos en el mundo. Podría
contarle lo que pasó en el norte de Francia, donde una manza-
na entera de casas habitadas desapareció aquel día. Durante
mucho tiempo la gente tuvo pánico, un miedo atroz a que los
fenómenos se repitieran; pero los gobiernos se sacaron de la
manga una teoría, y se aseguró a través de los organismos
internacionales que nada de aquello volvería a ocurrir.
Kanable volvió la cara, y Rosenman se preguntó si oculta-
ba una sonrisa o un gesto de incredulidad. Cuando le miró de
nuevo su semblante era sombrío.
—¿He dicho algo con lo que no está de acuerdo? —preguntó.
—¿Están seguros de que no se han producido nuevas apari-
ciones de Islas del Infierno después de aquel día?
—No lo creo probable. Aunque de algunos países no me fío,
apostaría a que no. ¿Por qué lo pregunta?
Kanable se pasó la mano por la cara. Lentamente, dijo:
—Se han confiado ustedes mucho. Casi dos años más tarde
han perdido el temor a que todo vuelva a repetirse.
Rosenman fue a hablar, pero Raymond se le adelantó:
—Espere. Déjeme continuar. Tengo prisa.
—¿A qué viene esa prisa?
—Estaba diciéndole que amaneció un par de horas después
de que decidiéramos esperar.
Felicidades, Islas del Infierno de todo el mundo.
El planeta Tierra entero debería ofreceros en vuestro primer
aniversario entre nosotros una vela encendida dentro de una rosa
roja para que sintierais envidia de los colores que vosotras, bas-
tardas de la madre Gea, sois incapaces de engendrar.
Bien, ya habéis cumplido un año desde aquel día, conocido
como el Día del Misterio, en que aparecisteis. Y seguís con noso-
tros, algunas de vuestras hermanas algo avejentadas prematura-
mente. Ya sabéis. Los gamberros, la lluvia, el mar y los vientos os
van agostando lentamente. Sois nuestras huéspedes indeseadas y
yo, como casi la mayoría de los seres humanos de este hotel al que
habéis llegado sin ser invitadas, quisiera preguntaros sin desear
ser poco hospitalario: ¿Cuándo os marcharéis?...
(Nuevas Visiones, número monográfico dedicado a las Islas
del Infierno, noviembre de 1990, Editorial de K. Rosenman.)
LA HUIDA
Fue un amanecer muy extraño.
El cielo seguía cubierto de nubes sucias y densas. La luz
que surgió perezosamente por donde todos esperábamos que
hiciera su aparición el sol fue como la de una luciérnaga desfa-
llecida. Tenía un color indeterminado que tiño el horizonte de
ocre, tal vez como consecuencia del efecto que producía al
filtrarse por la espesa atmósfera. Las sombras se disiparon
muy despacio y pudimos contemplar, muy lejos de admirar, el
paisaje que nos rodeaba.
Un rato antes alguien se había ocupado de hacer café, y yo
estaba bebiendo de mi taza junto a la ventana. Rose permane-
cía a mi lado, algo ojerosa y bastante despeinada.
Mirando hacia la dirección donde suponíamos que quedaba
la carretera era posible ver una porción del bosque, del que
apenas quedaban dos o tres docenas de árboles. A su derecha
discurría el sendero que sabíamos que poco más allá quedaba
bruscamente cortado. Donde terminaba la hierba empezaba el
monótono color gris; las rocas, la arena y las lejanas montañas
eran grises. A lo lejos se veían colinas sobre un turbio horizon-
te. Todo lo que alcanzaba nuestra vista era gris, diversas tona-
lidades de gris.
Jorge había salido y le vi caminar por la galería. Había
tomado esta decisión sin consultar con nadie. Me miró desde el
otro lado de la ventana y me sonrió. Luego regresó al interior
y, desde el pasillo, me hizo una seña para que le siguiera al bar.
La puerta estaba cerrada y él la abrió con una llave. Miré algo
cohibido la parte donde antes se había alzado una pared.
—Cuando salimos hace un par de horas apenas nos dimos
cuenta de que la temperatura era algo menos fría que antes de
que empezara todo este jaleo —dijo Valdivia—. ¿Calcula que
hay como unos veinte grados, señor Kanable?
—¿ Centígrados ?
—Sí, desde luego. Ahora hace un poco más de calor, y creo
que a medida que el sol ascienda la temperatura aumentará.
Entonces fue cuando me explicó que le parecía que aquel
sol había aparecido más hacia el sur.
Preparó dos copas de brandy. Griffin, como si hubiera olido
el alcohol, apareció por la puerta y preguntó si el bar estaba
abierto.
—¿Qué opina usted de todo esto, señor Griffin? —le pregun-
tó Jorge, sirviéndole una generosa cantidad de whisky en un
vaso no muy limpio—. Como escritor de fantasía debería tener
una explicación. ¿Ha sido un terremoto, o los rusos han echado
una bomba que ha llenado todo el paraje de ceniza gris?
Griffin se bebió medio vaso y soltó una risotada.
—Qué sé yo. No entiendo nada —murmuró roncamente.
—¿Dónde está su imaginación? —insistió Valdivia—. El año
pasado vi en un cine de barrio esa película que hicieron los
americanos de uno de sus libros. ¿Cómo se llamaba?
—Recuerdo el título —dije—. Yo la vi en Dublín. El último
amanecer de la Tierra, ¿no es así?
—Sí —asintió Valdivia con un gesto de la cabeza—. Fue un
exitazo, un récord de taquilla en todo el mundo. Usted debió
ganar una buena cantidad de dinero con ella, señor Griffin.
—Una mierda es lo que gané. Ésa fue mi primera novela de
fantasía, que escribí porque las del género negro ya no me
daban dinero, y fue llevada al cine después de que los guionis-
tas me la cambiaran de principio a fin. Me pagaron tres centa-
vos, apenas. Siempre he odiado ese tema, de veras. Y no me
pregunten por lo que está ocurriendo, maldita sea. Yo no soy
como Arthur Clarke.
—¿Por qué bebe tanto, señor Griffin? —dije—. Lo hace como
si temiera que el alcohol fuera a terminarse en cualquier mo-
mento.
Me miró de soslayo. Alternaba su interés en mí y su vaso.
No parecía tener ganas de hablar mucho aquella mañana. El
gerente asomó la cabeza por la puerta. Al ver que estábamos
allí llamó a Valdivia.
—Apresurémonos a apagar la sed, muchacho —murmuró el
escritor—, porque temo que el amo de este antro va a cerrarlo
definitivamente. Llega la ley seca.
Jorge salió, y escuché la discusión que sostenía con el ge-
rente. El español le replicaba a todo airadamente. Acabó man-
dando a paseo a su jefe y despidiéndose del empleo.
Griffin, indiferente a lo que pasaba a sus espaldas, y como
si de pronto se acordara de mi pregunta, dijo con voz gruesa:
—Supongo que bebo para olvidar, entre otras cosas, que
dejé plantado hace unos días a un tipo al que habían informa-
do erróneamente de mí; tuvo la mala suerte de no descubrir a
tiempo la verdad, algo que sólo conocen mis antiguos editores.
—Sacudió la cabeza. No me parecía que estuviera menos bebi-
do que amargado—. Todavía vivo del poco dinero que ese des-
pistado me entregó a cuenta. Kenneth Rosenman, ése es su
nombre, me hizo venir de los Estados Unidos para contratar
mis próximos diez libros. ¡Dios, qué cretino debe ser el honora-
ble Rosenman! Bueno, si es que sigue vivo, porque no sabemos
lo que ha pasado en el resto del mundo.
—Gerald...
—Espere, espere. Voy a explicarle algo que pocos saben. Ya
todo me da igual. Algunos críticos dijeron que yo había llegado
al campo de la fantasía aportando una nueva luz, alabaron
cómo manejaba temas inéditos y llenos de un fragante aire
renovador. Mi obras, según ellos, pobres escritores fracasados,
poseían una frescura y originalidad extraordinarias
—Escúcheme, Gerald, voy a necesitar que usted me ayude...
Griffin parecía no haberme oído; soltó una carcajada.
—Cuando descubrieron la verdad, no fueron capaces de
pregonarla a los cuatro vientos —siguió hablando—. Se sintie-
ron tan ridiculizados que no se atrevieron a denunciar que El
último amanecer de la Tierra estaba copiada de una vieja novela
barata que leí un día; yo la remocé, la modernicé, le añadí sexo
y más violencia, algunas citas filosóficas y ciertos problemas de
hoy trasladados al mañana, pero la verdad es que era un plagio
como el Gran Cañón. Tuvo un enorme éxito, fue llevada al cine
por ese director que todo cuanto toca lo convierte en oro. Mi
pequeña o grande estafa pasó desapercibida. Luego vinieron
más libros, todos inspirados en viejas ediciones de los años
sesenta, de una colección que duró poco y casi nadie leyó, de
escritores desconocidos, mal pagados y olvidados. Mis obras
posteriores se vendieron tan bien como la primera, tal vez
porque mi nombre sonaba gracias a la película. Todo cuanto yo
escribía, auténtica basura, era elogiado por una legión de críti-
cos estúpidos.
—Déjese de novelas, Griffin —dije—. Necesito que todos
apoyen una propuesta mía. Mire, usted podría venir conmigo
en el todo terreno japonés...
Volvió la cabeza y me sonrió burlonamente. Nada, no me
había oído.
—Los editores me pidieron más, y yo no pude contentarlos
porque se me agotaron esas viejas novelas y no me atreví a
plagiar otras por temor a que algún aficionado las recordara.
Mientras tanto, los críticos seguían callados como putas. Di
largas a las exigencias de las editoriales, hasta que se cansaron
de enviarme cheques para animarme a acabar lo que nunca
había empezado y me amenazaron con demandarme... Un día
me entrevisté con ese inglés en Nueva York, y me propuso
firmar un excelente contrato con su compañía. Me animó a que
viajara a Londres y me dio un anticipo, un billete de avión, y
quedamos en vernos en su despacho. De eso hace más de un
mes. Lástima que no me entregara también el billete de vuelta.
Lancé una maldición y me alejé de aquel tipo. Cuando
entré en el salón eché en falta a Michael Davis. Rose me explicó
que había ido al garaje a intentar arreglar de una vez el motor
del autobús. Observé que las luces de emergencia estaban apa-
gadas.
—Tenemos que ahorrar combustible —me explicó Jorge—.
¿Quiere un bocadillo, señor Kanable?
Acepté uno de jamón cocido. Mientras comía, Valdivia comentó:
—Toda la comida que hay en los frigoríficos se estropeará
si no vuelve pronto la luz.
—¿De dónde va a venir, muchacho? —inquirí.
El rostro de Valdivia se ensombreció.
—¿Cree usted que el mundo ha desaparecido, señor?
—¿Quien ha dicho eso?
—El alemán. Ha estado diciendo que los yanquis han lan-
zado una nueva bomba sobre Europa y la Unión Soviética para
convertirse en los dueños absolutos del mundo. Una de esas
bombas de neutrones.
Agité la cabeza.
—No lo sé.
—¿Qué podemos hacer?
Terminé el bocadillo y encendí un cigarrillo. Alcé las ma-
nos y pedí a todos que me prestaran atención.
—Amigos, ya ha amanecido, y es el momento de tomar una
decisión. Resulta absurdo permanecer más tiempo aquí, sin
hacer nada. Fuera hay luz suficiente para que dos o tres de
nosotros suban a un vehículo y se lleguen hasta Bideford.
—Lo más probable es que no quede nada de Bideford —res-
talló la voz de Kurt—. ¿Recuerdan la bomba de neutrones?
Pues seguro que los americanos han usado una parecida y han
acabado con sus aliados europeos para liquidar al mismo tiem-
po a sus tradicionales enemigos los rusos.
Miré al viejo, algo sorprendido por el tono de su voz. Su
energía al hablar era una novedad en él. Hasta entonces su
comportamiento había sido exquisitamente correcto en todo.
Incluso su esposa tenía una expresión dura, no quedaba en ella
nada de su habitual bondad. Pensé que los dos estaban dema-
siado nerviosos.
—Ignoro como ustedes lo que ha sucedido —dije. Estudié
de reojo la expresión de Chris. De lo que ella dijera dependería
mucho mi futuro—. Pienso que nadie está capacitado en estos
momentos para afirmar que ha pasado eso o lo otro. La verdad
deberemos descubrirla nosotros, y para ello es preciso salir de
aquí. Hay un buen coche en el garaje, propiedad del hotel
según me he enterado. Propongo que dos de nosotros vayan en
él y vuelvan con noticias.
—¿Quiénes irían? —preguntó Livornes.
—Usted y Michael Davis, por ejemplo.
—¡Ni lo piense! —exclamó el francés.
—Entonces iré yo. ¿Quién me acompaña? —Rogué para
que Chris no dijera que ella se venía conmigo.
—Yo apoyo a Kanable en todo —gruñó Griffin.
Vaya, así que me había oído cuando le pedí su ayuda en el
bar.
—Y yo también —dijo Valdivia.
Los Dunigan se miraron entre sí y asintieron con gestos de
mala gana. Resultaba evidente que yo no les caía simpático.
Chris esbozó una sonrisa.
—En el coche caben muy bien tres personas o más, Ka-
nable. Cuente conmigo. ¿Ha preguntado a Davis si está de
acuerdo?
—Voy a explicarle ahora mismo mi plan.
Me marché con rapidez para que Christine no tuviera tiem-
po de reaccionar. Cuando pasé por la ventana miré al interior
y vi que estaban discutiendo acaloradamente. Había discrepan-
cia de opiniones, maldita sea. Me encogí de hombros y di la
vuelta al edificio, entrando en el garaje.
Encontré a Michael inclinado sobre el motor del autocar.
Me oyó llegar y dijo, sin levantar la cabeza:
—Hola, Kanable. Esto está casi listo. ¿Tiene un cigarrillo?
Le di mi paquete, y él se incorporó para coger uno. Le
ofrecí fuego, y mientras lo encendía miró por encima de mi
hombro.
—¿Ha visto eso? —preguntó.
Me volví. El césped que rodeaba el hotel terminaba como a
unos veinte pies en la parte de atrás. Más allá de lo que yo ya
empezaba a considerar en cierto modo como el límite de segu-
ridad para nosotros se extendía una zona extraña, salpicada
por un gran número de promontorios de tierra gris de forma
casi esférica.
—Es curioso, sí —comenté—. Cuando pasamos antes por
aquí había oscuridad y no me di cuenta de ello.
Davis se pasó el cigarrillo a la comisura derecha de su boca
y sonrió.
—Veo que no se atreve a llamar noche a la oscuridad que
había hace un rato, ¿verdad?
—¿Por qué no pensamos que ha habido un eclipse?
—Los eclipses están previstos y no había ninguno para hoy,
y digo hoy porque para mí sigue siendo viernes.
Me alcé de hombros. A Davis no le faltaba razón, y no
intenté discutir con él en absoluto.
—¿Ocurre algo con esos promontorios? —pregunté.
Michael se limpió un poco las manos con un trapo y andu-
vo varios pasos hasta salir del garaje, quedándose con los bra-
zos en jarras y mirando al frente.
—Cuando llegué se hallaban más lejos. Han estado movién-
dose desde entonces. A esta velocidad no tardarán en alcanzar
la línea del césped, calculo que dentro de veinte minutos o
media hora.
—¿Qué son? —pregunté, de pronto muy preocupado. Me
fijé en los promontorios, y a los pocos segundos me percaté de
que, efectivamente, se movían en dirección al hotel.
—¿Cómo quiere que lo sepa? —replicó Davis con rabia—.
De lo único que me he dado cuenta es de que esta parte de
atrás del hotel está formada por una tierra más oscura que el
resto que nos rodea, incluso más gruesa. Recuerde que «ano-
che» me ensucié de un polvo gris muy fino. Venga conmigo.
Le seguí hasta el borde del césped. Davis se agachó y reco-
gió con la mano un puñado de arena, tan gruesa que parecía
grava. La soltó y se quedó con unos granos entre dos dedos, que
apretó hasta convertirlos en una especie de pulpa. Se limpió en
el pantalón y me miró desconcertado.
—¿No es diferente? —preguntó—. Incluso el olor es distinto
aquí que delante del hotel.
Lamenté estar un poco resfriado. Mi olfato no andaba fino
últimamente. Pregunté a qué le parecía que olía.
—Antes de ser conductor trabajé en una granja. Esto me
recuerda un corral de cerdos.
Empezaba a impacientarme. Al diablo con aquellos mon-
toncitos de arena que a mi entender eran cosa del viento.
—Quería preguntarle si estaría dispuesto a venir a Bideford
—dije sin mirarle, fingiendo indiferencia—. Iríamos usted, Chris
Stanley y yo.
—Vaya, ¿ya no está acusado por la policía de tráfico de
drogas? —rió él.
—Supongo que sí, pero en estas circunstancias sería absur-
do mantener ciertos formalismos, ¿no cree?
—¿Y los demás están de acuerdo en quedarse mientras nos-
otros nos vamos?
—Eso es. Los dejé discutiendo algunos pormenores.
—Deberíamos largarnos en el autobús, al menos los que
vinimos en él. Que se queden los empleados si quieren.
—Iríamos todos excepto la guía. Recuerde que ha desapa-
recido junto con el resto de los empleados.
—Espero que esté viva en alguna parte.
Yo no lo creía así, pero asentí con la cabeza.
—No pienso dejar el autobús aquí —dijo Michael, sacudien-
do la cabeza—; está bajo mi responsabilidad.
—Habíamos pensado en el Suzuki: es un todo terreno, y
mientras no encontremos la carretera es el único vehículo acon-
sejable. Pertenece al hotel, y el gerente está conforme en que lo
utilicemos, pero insiste en que lo maneje un profesional. Usted,
por ejemplo. —Señalé el coche japonés—. ¿Está en condiciones?
—Oh, sí. Esos japoneses saben hacer bien las cosas, los muy
condenados. El depósito tiene suficiente gasoil y las ruedas
están hinchadas, todo en su punto.
—Estupendo. ¿Acepta venir?
—Cuando limpie un poco el autobús iré a decirles que estoy
de acuerdo, pero creo que insistiré en llevarme mi vehículo.
—Vaya ahora mismo. Déme un trapo y yo le terminaré el
trabajo.
—Se pondrá perdido.
—Usaré un mandil.
—Está bien, pero no gaste demasiada agua. Ahí tiene un
depósito que no es potable.
Michael sabía que estábamos utilizando el agua potable de
los depósitos del hotel, que según el gerente no estaban com-
pletamente llenos. Su celo por conservar el agua me produjo
cierta preocupación. Y algo de remordimiento. Tal vez en su
mente bullía algún temor que no quería compartir conmigo.
Podía tomar su actitud como si tuviese miedo de alejarse del
hotel, de la seguridad que parecía brindarnos lo que quedaba
de él en medio de un entorno tan hostil como el que nos rodeaba.
Michael se despojó de su mono de trabajo y se arregló el
nudo de la corbata. Yo ya había tomado una bayeta y empecé
a intentar librar de manchas de grasa la pintura del autobús.
—Volveré en seguida. —Me contempló y meneó la cabeza,
dando por hecho de que a su regreso tendría que terminar lo
que yo había empezado con tan poca pericia.
Apenas se alejó tiré a un lado los avíos de limpieza y me
dirigí al Suzuki. Sonreí al ver la llave de contacto puesta. Me
senté ante el volante y la giré con delicadeza, como si fuera de
cristal y temiera romperla. Cerré los ojos unos segundos al
escuchar el sonido del motor. Saqué el coche y lo detuve a
escasa distancia del garaje. Estaba pensando si debía alejarme
primero un poco a la derecha, rodear lo que quedaba de bosque
y luego girar hacia el sur. Mi intención era no dirigirme a
Bideford. Por nada del mundo pretendía volver al este. Iría a la
costa sur de Inglaterra y luego directamente a Brighton, para
pasar posteriormente a Francia. En mis bolsillos me quedaban
suficientes billetes como para pagar al tipo que podía llevarme
en su pequeño yate al otro lado del canal.
Reemprendí la marcha. Ya estaba cerca de la esquina del
hotel cuando apareció Jorge Valdivia. Frené de mala gana.
Llevaba un par de maletas en las manos, y me sonrió al acer-
carse.
—Olvidaba el equipaje, señor. —Abrió la portezuela y echó
las dos maletas a la parte de atrás—. Sólo traigo una de sus
maletas, señor. La otra es mía.
—Saca del coche tu maleta, muchacho.
—Oh, no se lo aconsejo; se arrepentiría enseguida.
—Maldito muchacho. Eres demasiado listo para venir con-
migo.
—Vamos, no se ponga así. Recuerde que le aconsejé que
debía escapar, señor.
—¿Por qué quieres huir tú, majadero?
—Porque en mi maleta tengo todo su dinero metido en una
bolsa de plástico.
Bizqueé un poco. No protesté cuando subió y se sentó a mi
lado, pero antes de poner de nuevo el coche en movimiento le
dije:
—Así que fuiste tú quien me robaste.
—No, no —rió el español—. Fueron los hermanos Dunigan.
El dinero se lo quité a ellos; lo tenían en su habitación. Ya le
dije que desde donde duermo veo todo el pasillo. Entraron en
su cuarto después de que saliera la policía, probablemente para
gastarle alguna broma pesada, pero se encontraron con el dine-
ro y debieron pensar que la mejor broma sería quedarse con él.
Lo tenían escondido dentro de la cisterna de su cuarto de baño.
—¿Y qué pretendes?
—Amigo, yo no sé qué diablos está pasando, pero estoy
harto y me vuelvo a mi país, si es que allí no han llegado las
bombas o lo que sea. Si no quiere acompañarme me conforma-
ré con diez mil libras de las que he recuperado para usted.
—¿Piensas que te las daré? Puedo echarte del coche a pun-
tapiés.
Habíamos llegado cerca de los árboles, y miré por el espejo
retrovisor, para asegurarme de que nadie se había dado cuenta
por el momento de mi fuga ni tampoco de la desaparición de
Jorge. Seguí adelante, calculando el instante en que debía girar
a la derecha y dirigirme hacia donde encontraría tarde o tem-
prano la carretera. Al menos confiaba en encontrarla una vez
saliera de aquel terreno gris.
—Le advierto que ya tengo en mi poder la parte que me
corresponde, señor Kanable —dijo Jorge, sin mirarme—. Usted
me necesita. Considérelo como mi pago, bien merecido por
cierto. Pude haberlo contado todo a la policía, ¿no cree? Conoz-
co bien esta región; si usted viajara solo tendría que ir pregun-
tando por ahí o consultar a cada momento el mapa de carrete-
ras. Le conviene tenerme como guía... por la módica cantidad
de diez mil libras.
—Eres un hijo de puta.
—Vamos, no se ponga así conmigo. Creo que no es el trafi-
cante que busca la policía, pero sin duda tiene algo pendiente
con la justicia. Como dijo Chris Stanley, no se anda por el
mundo con tanto dinero en efectivo, y yo añado a menos que
sea robado o esté destinado a la compra de mercancía ilegal.
—¿Cómo sabías que iba a largarme?
—A mí no me engañó con el cuento de que quería ayudar
yendo a Bideford, amigo. ¿Recuerda que estuve dando vueltas
fuera cuando salió el sol? —Apenas asentí, añadió—: Fue para
esconder debajo de la galería las maletas, y apenas vi llegar a
Michael pensé: Este tío va a largarse ahora mismo.
—¿Por qué no te has quedado con todo?
—Mire, usted tiene un plan para largarse, seguro. Además,
todavía no me fío de lo que ocurrió antes. Dos hombres pueden
ayudarse.
Por el retrovisor vi que el hotel estaba ya muy lejos. Pronto
lo perdería de vista. Estaba deseando que así fuera. No me
encontraba bien, el estómago me crujía, y lo achaqué al café y
al bocadillo de jamón, pero sospeché que se debía a otra cosa.
No quería acordarme que me estaba comportando como un
malnacido.
—¿Estás seguro de que nadie te vio salir con las maletas?
—pregunté, muy nervioso de pronto.
—Claro que no, ni tampoco cuando tomé la escopeta de
caza del gerente.
—¿Para qué quieres un arma?
—Es una escopeta estupenda, una Benelli. Siempre quise
tener una como ésta. Además, podría hacernos falta.
—Has visto demasiadas películas de gángsters. Odio las
armas.
—Vaya, esto es gracioso. —Jorge soltó una carcajada—. Ya
me dirá luego cómo consiguió ese dinero.
—Eso no te importa. Maldito entrometido, me están entran-
do ganas de romperte la nariz de un puñetazo.
—Pero no lo hará, porque sabe que me necesita. Mire, no sé
de dónde es usted, si inglés o yanqui, irlandés, americano o
latino, pero está en un aprieto, y yo puedo sacarle de él.
Solté una carcajada. Señalé con una mano el maldito para-
je que teníamos delante.
—¿Estás seguro de que conoces esto?
—Ya verá como apenas pasemos esas colinas todo será de
nuevo verde y bonito.
El sol había ascendido muy poco, y las nubes próximas al
horizonte tenían un color amarillo subido. La temperatura era
más alta que una hora antes. El termómetro del coche marcaba
veintiocho grados centígrados.
Veinte minutos más tarde vi algo a mi derecha que me
obligó a pisar bruscamente el pedal del freno.
—¿Qué pasa? —inquirió Jorge—. ¿Se ha puesto nervioso
porque no encuentra la carretera? Tranquilo, hombre. Tiene
que aparecer dentro de poco.
Ocurría que me había fijado en una especie de hondonada
que había a corta distancia de nosotros. Era como un cráter
muy poco profundo, todo cubierto de protuberancias esféricas,
como las que había detrás del garaje y preocuparon a Michael.
Éstas, a diferencia de aquéllas, se movían rápidamente hacia
los bordes del cráter, cuyo terreno era similar al que olía a
porqueriza.
De pronto, de esa tierra granulada emergió algo grande y
negro. Era como un gusano de varios pies de largo, grueso
como el cuerpo de un hombre. Osciló durante unos segundos en
el aire y luego intentó ocultarse perforando con su puntiaguda
cabeza el suelo. Súbitamente todo vibró a su alrededor, y en
menos que dura un parpadeo estuvo rodeado por docenas de
protuberancias redondas, quedó materialmente oculto por una
legión de horribles monstruos que aparecieron después de rom-
per la costra esférica de barro tras la que se ocultaban y en la
que habían estado moviéndose.
El gran gusano culebreó, herido de muerte. Debían ser do-
cenas de enormes bocas erizadas de aguzados dientes las que le
mordían. Los monstruos esféricos se movían perezosamente,
pero eran tantos que su víctima, aunque rápida de movimien-
tos, era incapaz de escapar horadando un túnel.
A mi lado, Jorge gimió asustado. Yo estaba tan saturado de
terror contemplando la lucha como él. El gusano no tardó en
dejar de moverse, y quedó oculto enseguida por la masa de sus
cazadores, que seguían surgiendo del cráter, rompían la costra
en la que se escondían y, dando pequeños saltos, corrían a
participar del festín.
Solté un grito y giré el volante como un loco.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Valdivia, agarrándose al
salpicadero para no caer—. ¡Eh, que estamos dando la vuelta!
—Sí, y si no te gusta puedes bajar y preguntar a esas cosas
de ahí por dónde se va a la ciudad.
—¿Tanto se ha asustado? No pueden alcanzar el coche...
—¿No te diste cuenta de cómo asediaban a su víctima, a ese
gusano? Se acercaban a él camufladas, cubiertas de barro.
—¿Y qué?
—Muchacho, detrás del garaje hay una colonia de esas bo-
las hambrientas.
Tenía hundido a fondo el pedal del acelerador, y hacía que
el coche corriera sin importarme los tumbos que daba. Sólo me
preocupaba eludir una nueva colonia de aquellos horrendos
seres. Al parecer habitaban en las zonas de terreno granulado,
y su presencia podía descubrirse de lejos gracias a su fétido
olor. Donde habíamos estado era tan fuerte que incluso mi
disminuido olfato pudo percibirlo.
Cuando avistamos de nuevo el hotel, me pregunté asustado
si ya no sería demasiado tarde para advertir a la gente del
peligro que les amenazaba. Pensé en las bocas de tiburón de
aquellas cosas.
LONDRES, 10:10 HORAS
Kanable miró a Rosenman.
—¿Impresionado? —preguntó.
—Mucho. Cristo, estaban en un sitio donde la fauna era
totalmente diferente. Esos monstruos...
—Los devoradores. Acabamos llamándolos devoradores.
Era un buen nombre. Se lo comían todo. Su apetito era insa-
ciable.
—Debían ser horribles —musitó el editor, agarrando la bo-
tella de whisky y echándose un poco en su vaso—. Comprendo
cómo debió sentirse mientras corría de regreso al hotel, Kana-
ble.
—Terriblemente mal —sonrió éste—. Vamos, ¿por qué no
suelta esa pregunta que está rabiando por hacerme?
—¿Se refiere a si realmente estaba huyendo de la policía?
—Sí.
—Evidentemente, el dinero no era suyo...
Kanable se encogió de hombros.
—Digamos que me pertenecía. Lo obtuvieron otros, y yo
sólo esperé la oportunidad de quedármelo. ¿Quiere saber más
detalles?
Rosenman estaba incómodo.
—Maldita sea, no entiendo por qué no me ha ocultado esos
detalles. A mí sólo me interesa la historia en general, no sus
motivos particulares.
Kanable se encogió de hombros.
—Está bien. Creo que no tengo otro remedio que contarle
cómo llegó el dinero a mi poder...
—¡No! Ahora no. Quiero que siga, Kanable. Dios ¿qué en-
contró en el hotel?
...Sólo son rumores, pero creo que algunos de ellos son ciertos.
En alguna parte del mundo, y por supuesto tiene que ser en un
país que no intenta ocultarlo como si fuera una vergüenza, han
encontrado en una Isla del Infierno cierta forma de vida mucho
más evolucionada que esos gérmenes que dijeron haber hallado
los primeros días y que murieron, se volatilizaron, con el contacto
del aire. La abundancia de oxígeno, aunque sea de este nuestro
contaminado mundo, los exterminó. Pero los informes que han
llegado hasta mi indican que bajo varios metros, en una Isla del
Infierno en Argentina, los investigadores se toparon con una cria-
tura de un tamaño superior al de un hombre. Los argentinos
anduvieron prestos y lograron aislar al espécimen en una campa-
na estéril. Algunos obreros que estaban cerca contaron en el boli-
che del pueblo que vieron de lejos un bicho muy largo y brillante,
de piel oscura. Luego llegaron camiones del ejército y se lo lleva-
ron a Mendoza...
(Nuevas Visiones, 12 de diciembre de 1990, articulo de K.R.)
DEVORADORES
Cuando decidí regresar al hotel ya dudaba seriamente de
que el mundo siguiera siendo el de siempre.
Mientras conduje el coche todo lo rápido que pude y el
terreno me permitió, estuvo atormentándome la idea de llegar
tarde y perder para siempre el contacto con las personas que
ya creía eran el último eslabón que me unía con la realidad
perdida, el único nexo que me quedaba en aquel entorno infer-
nal con mi mundo.
Mi ansiedad por ir a Brighton había desaparecido. A partir
de aquel momento empecé a creer que aquella ciudad, todas la
ciudades del mundo, estaban fuera de mi alcance.
La aproximación del Suzuki al hotel fue advertida ensegui-
da. Davis, Chris, los Dunigan y el agente Porter habían salido
al oírnos llegar y esperaban junto a la entrada. Resoplé alivia-
do al verlos, aunque todavía no sabía qué ocurría en la parte
de atrás. Estaban sorprendidos. Cuando frené violentamente
delante de ellos les grité:
—¡Hay que irse en seguida de aquí! —Davis fue el primero
en acercarse a mí—. El terreno que vimos moverse oculta una
horda de monstruos, unas enormes bocas devoradoras. Saltan
sobre su víctima cuando la tienen cerca y no le dan la menor
oportunidad de escapar.
—¿Qué disparate está diciendo? —preguntó Michael.
—¡Los hemos visto zamparse un gusano gigantesco! —Se-
ñalé a Jorge, y éste asintió con la cabeza—. Era de varios pies
de largo, más grande que usted, y lo hicieron pedazos en unos
segundos. No, no hemos sufrido ninguna alucinación, deben
creerme. Michael, suba y le llevaré al garaje. ¡Saque el autobús
y larguémonos o nadie tendrá la menor oportunidad de escapar
vivo!
Davis había visto moverse la arena, y fue el primero en
creerme. Saltó al estribo del coche y se aferró a la ventanilla.
Antes de que nadie dijera nada reemprendí la marcha, doblé la
esquina del hotel, y en pocos segundos había situado el coche
frente a la entrada del garaje, después de asegurarme de que
tenía expedita la huida.
Aunque mi regreso no había resultado tardío, apenas eché
un vistazo comprendí que disponíamos de muy poco tiempo.
La masa de tierra con las bolas dentadas debajo había alcan-
zado el muro posterior del hotel por la parte contraria de don-
de estábamos, y ya estaba entrando por una de las ventanas. La
gris avalancha rompió el marco y destrozó parte de la pared de
ladrillos rojos. Las bolas parecían haber enloquecido, y busca-
ban a sus víctimas como si el olor de las personas las estuvie-
ran guiando. Nada parecía capaz de detenerlas. Atravesarían
las habitaciones y las puertas serían derribadas si las encontra-
ban cerradas.
Muchos de los devoradores ya habían invadido el corto
espacio de césped que quedaba entre el granulado suelo gris y
el garaje. Observé que la dirección que llevaban era la que
había tomado el grueso de la horda. La mayoría de los mons-
truos se había desprendido de su camuflaje de barro y mostra-
ban su auténtico aspecto, una piel aceitunada oscura, horribles
fauces, cavernosas y sanguinolentas.
Apenas Michael saltó del coche y corrió hacia el autocar,
las bolas más próximas parecieron olfatearnos, y muchas cam-
biaron de rumbo. Las vi avanzar decididas hacia nosotros, des-
lizándose por la hierba.
Por la manera como habían cazado al gusano todavía se-
mienterrado pensé que su táctica era arrojarse sobre su presa
cuando la tenían a poca distancia. Aquel grupo todavía estaba
lejos de alcanzar la posición que parecía ser la adecuada para
saltar sin riesgo de fallar el ataque, pero a pesar de que su
avance era lento no podíamos distraernos un solo segundo.
Mientras el motor del autobús era puesto en marcha por
Michael, Jorge bajó del Suzuki y entró en el garaje. No com-
prendí entonces lo que se proponía hacer, hasta que empezó a
meter bidones en el interior del vehículo de la agencia, cinco o
seis. Luego corrió hacia el turismo rojo que había al fondo, creo
que un Opel, y se sentó al volante. Davis salió conduciendo su
preciado vehículo, seguido por Jorge, y ambos se alejaron ve-
lozmente. Les vi doblar la esquina. Dios, ¿qué hacía yo allí
parado? Tenía que largarme cuanto antes.
Ya estaba iniciando la maniobra para salir del garaje cuan-
do las vanguardias de devoradores llegaron hasta el Suzuki.
Apenas acababa de subir los cristales de las portezuelas cuando
el primer monstruo chocó contra la ventanilla izquierda y dejó
impresa en ella la huella de su baba. Luego cayó hacia atrás,
botando como una pelota. Pero intentó alcanzarme de nuevo, y
lo pude observar tan de cerca que descubrí cuál era su medio
de locomoción. Si al principio pensé que rodaban, ahora sabía
que se impulsaban dando saltos mediante unos zarcillos mi-
núsculos, como una cabellera de pequeñas púas que tenían en
la parte inferior de su cuerpo. Los devoradores no eran total-
mente esféricos, y cambiaban ligeramente de forma mientras
se desplazaban.
Intenté que el coche retrocediera para poder girar, y noté
que la parte trasera chocaba contra algo duro. Volví la cabeza.
Detrás había tantos devoradores que inmovilizaban el vehícu-
lo. Introduje la primera y pisé a fondo el acelerador; el Suzuki
dio un salto hacia delante y sus ruedas pasaron por encima de
algunos bichos, tan grandes como un balón de fútbol. Otros
pocos habían subido al techo y pude escuchar sus golpes. Por
unos segundos creí que acabarían consiguiendo romper un cris-
tal. Yo desconocía entonces cuál era su fuerza, y hasta llegué a
temer que fueran capaces de desgarrar a dentelladas el metal
de la carrocería.
El siguiente intento para salir de allí fue tan violento que
dejé atrás a todos los devoradores que se habían subido al
coche. Rodeé el edificio y conduje con las manos húmedas de
sudor hasta llegar ante el pórtico. Ya estaban subiendo todos al
autobús, algunos cargando con parte de las escasas pertenen-
cias que habían llevado a la excursión. La empleada del hotel
se afanaba en meter cajas cuyo contenido me intrigó muchísi-
mo. Me irrité con ella y estuve a punto de gritarle que lo
olvidara todo excepto salvar su pellejo.
Salté fuera para ayudar a Rose a subir al autobús. Estaba
pálida, su rostro me pareció de mármol: no conservaba el me-
nor rastro de color en los labios. De pronto el gerente dio
media vuelta, cuando ya estaba a punto de entrar, y echó a
correr al hotel. Le advertí a todo pulmón que los monstruos
llegarían en seguida a la parte delantera. Pero no me oyó, o no
quiso.
La recepcionista del hotel, asomando la cabeza por la ven-
tanilla, dijo desesperada:
—Ha olvidado los libros del hotel y el dinero de la caja.
Estuve a punto de indicar que nos largáramos sin él. No
estaba dispuesto a arriesgar la vida de todos a causa de la
tozudez de un empleado obcecado por llevarse la contabilidad
y los valores depositados en la caja fuerte. Sin embargo, hice
algo que incluso me sorprendió a mí mismo. Abrí la bolsa de
Valdivia y saqué la Benelli. Había una caja llena de cartuchos.
Metí dos en las recámaras y me eché un puñado en un bolsillo.
Michael me gritó que yo también me había vuelto loco. Me
detuve un instante, antes de alcanzar la galería, y le respondí
que si veía aparecer un solo devorador se marchara y se olvi-
dara de mí. Casi me eché a reír a causa de mis propias pala-
bras. ¿En qué película las había oído? Crucé la entrada y me
detuve un instante, creo que ya un poco arrepentido de lo que
iba a hacer. El gerente no me importaba, pero después de
haber iniciado semejante acción digna de un héroe no me veía
dando media vuelta y regresando al Suzuki con la orejas ga-
chas. Aunque en aquel momento todos debían opinar que yo
había perdido la razón, había visto en Chris un destello de
admiración hacia mí, y no estaba dispuesto a defraudarla.
Lo que de ninguna manera pude adivinar fue que Valdivia,
imprevisible siempre en sus acciones, me siguiera.
—El jefe ha debido subir a su despacho que está en el
primer piso —dijo Jorge—. Le guiaré, maldito loco; usted no
conoce esto.
Antes de ascender por la escalera escuchamos ruidos proce-
dentes del fondo de la planta baja y el estrépito de una puerta
al ser derribada. El olor a mierda de cerdo se hacía más intenso.
—Vamos —dije. No quería perder el tiempo discutiendo
con aquel muchacho terco como una mula.
Subimos los escalones. Jorge se adelantó y fue indicándome
el camino; entramos en un pasillo y señaló una puerta, diciendo:
—Ahí es. Le advierto que el jefe es duro de mollera.
Encontramos al gerente en su despacho, sacando papeles
de una caja fuerte empotrada en la pared. Estaba tan nervioso
que no nos vio aparecer. Sobre la mesa había un montón de
libros de contabilidad. Salté a su lado y le agarré de un brazo.
—¡Olvídese de eso, maldito sea, y de los libros! Ya no tiene
que preocuparse por el fisco. Venga con nosotros o acabará en
el estómagos de esos devoradores.
En la expresión de aquel hombre creí adivinar que había
perdido la razón. Quizás empezó a perderla cuando parte del
hotel desapareció en medio de los chispazos. Posiblemente le
atormentaba desde entonces la idea de tener que dar explica-
ciones a los propietarios. Para él debía significar mucho poder
presentarse ante ellos con los libros, el dinero y los cheques
confiados a su cargo.
El gerente me sorprendió usando contra mí una fuerza que
no le creí capaz de poseer. Me apartó de un empujón. Por un
momento me quedé confundido, mirándole con una mezcla de
furia y desprecio. Para mí la vida era lo más importante, y no
comprendía cómo podía arriesgarla por unos malditos libros y
algo de dinero.
—¡Señor Kanable!
El grito de Jorge me hizo volver la cabeza y miré al pasillo.
Por la alfombra roja corría una pareja de devoradores, dando
pequeños saltos hacia nosotros.
Apunté con la escopeta y apreté el gatillo hasta disparar los
dos cartuchos. Los estampidos sonaron como uno solo. Aunque
apenas había apuntado, los monstruos estallaron en mil peda-
zos y lo salpicaron todo. Vi manchas de algo que podía ser
sangre de color marrón.
Mientras recargaba la escopeta, Valdivia agarró al gerente
por los brazos y consiguió sacarlo a rastras del despacho. Aquel
ingrato nos aturdió con sus gritos, exigiendo que le dejásemos
recuperar los documentos.
—Al fondo hay una pequeña escalera que conduce cerca del
salón principal —jadeó Jorge, haciendo grandes esfuerzos para
que el gerente no se le escapase—. Pero si está cortada... Mier-
da, no lo contaremos si esos bichos han llegado antes.
Aparte ese camino, sólo nos quedaba la escalera principal,
y ésta debía estar llena de devoradores subiendo por docenas.
Al otro lado del pasillo encontramos la escalera, estrecha y
de empinados peldaños. Quise que Jorge bajase primero y me
eché a un lado. Entonces el gerente le sorprendió y se libró de
él. Antes de que yo pudiera detenerle ya corría de vuelta a su
despacho.
—Hijo de mala madre... —empezó a decir Jorge.
El español iba a ir tras él cuando un tropel de devoradores
apareció en el pasillo, justo en el momento en que el gerente
entraba en su despacho. Unos segundos después, dando unos
saltitos que podían ser tomados como grotescos y provocar risa
si no fuera porque anunciaban una muerte terrible, un puñado
de ellos se había agolpado en la entrada y se lanzaba al interior
de la habitación.
—Es inútil —dijo Jorge. Pasó ante mí y corrió escaleras
abajo.
Tuve que rendirme a la evidencia. El despacho se había
llenado de bolas de carne y dientes. Otras más avanzaban por
el pasillo.
Bajé los escalones, resbalando en ellos, golpeándome las
piernas contra la baranda y las paredes. Escuché que los moto-
res de los vehículos eran acelerados. Sonó el prolongado toque
de un claxon.
Entramos en el salón. Jorge no se dirigió al vestíbulo. Abrió
una ventana y saltó por ella al exterior. El autocar empezaba a
alejarse y el turismo, conducido por no supe quién, ya estaba
lejos. Corrimos hacia el Suzuki al tiempo que varios devorado-
res formaban una confusa piña bajo el porche y se detenían
allí, como si no se atrevieran a invadir la galería.
Me alegré de haber dejado el motor en marcha. Lo embra-
gué y aceleré, las ruedas rechinaron sobre la dura grava del
sendero, y no volví ni una sola vez la cabeza atrás. Creí escu-
char un prolongado grito de agonía procedente del primer piso.
Era bastante para mí. Vi de soslayo que Valdivia cerraba los
ojos y apretaba los dientes.
Cuando Jorge pudo serenarse un poco y fue capaz de echar
una mirada a la casa, dijo roncamente:
—No nos siguen; no nos siguen.
Aquélla era una buena noticia. Aunque estaba dispuesto a
apostar que nunca podrían alcanzarnos, me alegré de que se
olvidaran de nosotros. Tal vez un extraño instinto les había
advertido que no podían competir con nuestros vehículos. No
supe la razón. Pero no nos siguieron.
Seguí el rastro de polvo gris que levantaban los dos vehícu-
los que nos precedían. Ya hacía un rato que corríamos fuera de
la zona verde que rodeaba el hotel, ahora ocupado por nuevos
y terroríficos huéspedes.
El turismo parecía guiar al autobús, y yo marchaba tras las
ruedas de éste. Me pregunté a dónde se dirigían, pero viendo el
paisaje que nos rodeaba creí que por el momento nuestro des-
tino, fuera cual fuese, no tenía la menor importancia. A cual-
quier parte que echara la mirada sólo encontraba desolación,
un terreno muerto y misterioso.
Jorge había sacado unos binoculares de su bolsa y se había
vuelto, escrutando la mancha verde en medio de la llanura
grisácea que rodeaba el hotel. No tardó en hundirse en el asien-
to y dijo:
—Esos monstruos... Cristo, están saliendo por todas las ven-
tanas y puertas. Acabarán reventando el hotel.
—Dudo mucho que el gerente haya contentado su apetito
—fue mi poco afortunado comentario.
Jorge carraspeó.
—Señor Kanable, ¿qué vamos a hacer?
—Ojalá lo supiera. —Mi respuesta no podía ser más sincera.
Frené cuando observé que los otros dos vehículos se dete-
nían.
Miré a mi alrededor.
—Al menos no hay ninguna zona de tierra granulada cerca
—dije, y bajé de un salto—. Ya sabemos que en esos lugares es
donde tienen sus colonias los devoradores.
Del turismo bajaron John y Lee Dunigan. Los dos mucha-
chos iban en mangas de camisa, y se reían como si estuvieran
de excursión en un parque nacional. No parecían sentirse muy
afectados por cuanto nos ocurría. El mayor de ellos, John, se
interesó por el gerente apenas llegué junto a la puerta del
autobús y todos los demás se congregaban a mi alrededor.
Desde su asiento, Michael también me preguntó por lo ocurri-
do dentro del hotel.
Les dije cuál había sido el fin del gerente. No oculté que su
muerte debió ser terrible. Quería que todos comprendieran que
a partir de ahora debíamos movernos con mucha precaución
en un terreno que no conocíamos.
La empleada del hotel, llamada Peggy, preguntó un poco
bobaliconamente si alguien tenía apetito.
—He traído comida en las cajas —añadió, algo desilusiona-
da porque nadie tenía ganas de comer.
—Ha tenido una idea estupenda, señora —le sonreí para
animarla—. No sabemos cuánto tiempo vamos a estar viajando
por ahí hasta que encontremos una región no afectada...
Kurt Pfaumann empujó a Chris para bajar del vehículo y se
plantó ante mí, desafiante.
—¿Región afectada? ¿Está insinuando que ya conoce lo que
nos ocurre? —preguntó con aspereza.
Otra vez volvió a sorprenderme aquel anciano. ¿Dónde ha-
bía quedado su amabilidad?
—No, no sé lo que pasa —gruñí —. ¿Cómo voy a saberlo?
No llegamos muy lejos, y hasta donde lo hicimos no vimos más
que lugares parecidos a éste. Tal vez anduvimos un poco des-
viados hacia el norte, no estoy seguro.
John Dunigan sonrió irónicamente.
—Fue muy impresionante su gesto cuando intentó salvar al
gerente, pero antes, usted y ese camarero intentaron escapar.
El viento era leve, y aparte de él sólo escuché las respira-
ciones alteradas de cuantos aguardaban mi respuesta. Chris
tenía ladeada la cabeza y sus labios formaban el comienzo de
una sonrisa divertida. Ella era la que esperaba mis palabras
con más interés.
Carraspeé y dije:
—Pensé que antes de marcharnos debía explorar el terreno
y también comprobar el funcionamiento del Suzuki. —Evité
que mis ojos se cruzaran con los de Chris—. Pedí a Valdivia
que me acompañara. No tenía intención de ir muy lejos.
—Habíamos llegado a un compromiso, y usted se adelantó.
¿Y la escopeta?
—Se la pedí prestada al gerente.
—¿Él sabía lo que usted iba a hacer?
—Sí, claro.
—Es una lástima que no esté aquí para corroborarlo.
Empezaba a cansarme de aquel interrogatorio y del esco-
cés. Tal vez el muchachito estaba furioso porque ya no tenía mi
dinero.
—Déjeme en paz. —Inicié una retirada, pero la voz de Chris
me detuvo.
—Espere, Kanable. Y escuchen ustedes. Si Kanable no hu-
biera salido a explorar, esos monstruos nos habrían cogido por
sorpresa. ¡Es absurdo que discutamos! Hagamos un recuento
de nuestras posibilidades y planeemos lo que debemos hacer.
—El autobús dispone de combustible para recorrer unas
ochenta millas —dijo Michael—, pero la reparación que hice no
está garantizada. Lo peor es que el suelo es demasiado abrupto
para mi vehículo.
—El Opel —empezó a decir Lee Dunigan, señalando el tu-
rismo rojo — tiene medio tanque lleno.
—El todo terreno es el mejor, pero desgraciadamente no
cabemos todos —dije—. Calculo que puede andar unas cien
millas. Pienso que sería más que suficiente para ver lo que hay
detrás de esas lomas.
Señalé las pequeñas elevaciones de terreno que se extendían
por el horizonte, de norte a sur.
—Es la mejor dirección que podrían tomar los que fueran a
pedir ayuda — aseguré.
—Ya estábamos de acuerdo en eso, Kanable, pero usted
tuvo la ligereza de marcharse sin advertirnos previamente —me
reprochó Pfaumann.
—¿No le he dicho que Kanable tenía mi autorización para
ir con Valdivia? —dijo Chrís.
Casi me traicioné al mirarla sorprendido. No esperaba de
ella que me apoyara hasta el extremo de mentir tan descarada-
mente. El agente Porter se quedó con la boca abierta, pero no
dijo nada.
De pronto, el señor Livornes emitió una serie de gruñidos y
subió al autocar. Tomó a su mujer de una mano, y ambos se
sentaron atrás. Empezaron a hablar en voz baja en francés.
—¿Qué le pasa al franchute? —musitó Jorge. Luego añadió
una frase en español llena de insultos.
La dureza rocosa del terreno que pisábamos acabó dando
confianza a los más recelosos, y salieron todos del autobús al
cabo de unos minutos, excepto los franceses. Tratamos de olvi-
darnos por un momento de nuestra situación. Pedí a Peggy que
sacara la comida, y empezó a repartir bocadillos y botellas de
cerveza.
—De modo que seguimos adelante con la idea de que algu-
nos de nosotros vayan a explorar —dijo Michael, sonriéndome
con un gesto de complicidad.
—Es lo más sensato —intervino Chris.
—¿Quiénes irán? ¿Usted, Kanable y otro más?
Chris tardó un poco en responder:
—Ya que empezaron Valdivia y Kanable...
—Y Kanable ha demostrado que sabe usar un arma. —Michael
frunció el ceño—. ¿Debe quedarse con la escopeta? Dudo
mucho que usted supiera que Kanable la había pedido presta-
da, señorita Stanley.
—No lo sabía, pero al llevársela ha demostrado que hizo
bien. Presintió el peligro. ¿No cree que deberíamos olvidarnos
de lo que éramos antes de que nos rodearan los relámpagos?
—Tal vez —suspiró Michael. Se levantó, acabó de beber el
resto de su cerveza y añadió, mirándome:— Voy a revisar el
todo terreno, Kanable; no deseo que sufra usted una avería por
el camino. Todos queremos que vuelva con excelentes noticias.
Me quedé a solas con Chris. Ella rehuyó mi mirada al prin-
cipio, pero nuestros ojos acabaron encontrándose y le sonreí.
—Has sido muy amable olvidándote por un momento que
eres policía —dije, tuteándola.
Aceptó el tuteo.
—Tengo la impresión de que he dejado de serlo —suspiró.
Sentí un impulso repentino y dije:
—Valdivia tiene el dinero en su maleta. No lo usé en Lundy
para comprar drogas.
—Es posible que digas la verdad. Te repito que ya no me
importa nada de lo que hayas hecho.
—Pero sigues pensando que oculto algo.
—Es posible.
—Tienes buen olfato, polizonte. Escapé con un botín que
habían robado otros. Yo sólo intervine para conducir un coche,
pero los que me contrataron fueron cazados. Se lo merecían.
No eran ladrones vulgares, sino unos malditos terroristas. ¿Ten-
go que explicarte las conexiones de los miembros del IRA con
otras bandas europeas? Bueno, ahora no importa. Me encontré
con tanto dinero que decidí quedármelo —me encogí de hom-
bros—. Ahora ya lo sabes todo, pero te prometo que si me dejas
ir a echar un vistazo, volveré.
—Estoy segura de que no escaparás.
—¿Por qué tienes de pronto tanta confianza en mí?
—Mira, sé que antes pretendiste huir, pero, cuando viste a
los devoradores, no te lo pensaste y volviste para advertirnos
del peligro que corríamos. Y luego arriesgaste el pellejo para
salvar al gerente. Ray, todo esto me ha hecho pensar mucho.
Yo perseguía a la gente que más aborrezco, a los traficantes de
drogas. Teníamos una buena pista que nos llevaba hasta Lundy.
Sabíamos que de allí, desde hace unos meses, salía cocaína, y
montamos una operación. Había más compañeros que se encar-
gaban de vigilar a los otros grupos de turistas que visitaban
Lundy. La noche en que entré en tu cuarto y vi tanto dinero
creí que iba a ser yo quien atrapara a los traficantes, pero lo
único que logré fue...
Chris alzó los hombros y se calló.
—Vamos, termínalo —dije, restando importancia a lo pasa-
do—. Cazaste a un vulgar aprovechado en vez de un pez gordo.
Sin embargo... Bueno, ahora te veo muy decepcionada. Pienso
que no sólo ha influido en ti el hecho de que yo volviera para
que me consideres menos malo de lo que soy y hayas decidido
apoyarme. ¿Qué otra cosa hay, Chris?
Ella apretó los labios y miró al horizonte por encima de mi
hombro.
—Probablemente la convicción de que no iba a poder entre-
garte a mis superiores, fueras un traficante o el cómplice de un
robo.
Se levantó nerviosamente y dijo, antes de echar a andar
hacia donde se habían reunido los demás para comer:
—Sería una ilusa si pensara que aún existe Scotland Yard,
por ejemplo.
La estuve observando un rato, creo que comparándola con
Rose Lorah. Las dos mujeres jóvenes del grupo eran demasiado
distintas. Si al principio la provocativa rubia fue la única que
mereció mi atención, ahora la pequeña Chris me estaba ense-
ñando su verdadera personalidad, fuerte y decidida. Ella era,
de todos nosotros, la que parecía estar más resignada a un
oscuro futuro, y sin embargo dispuesta a enfrentarse a él. Qui-
zá se preparaba mentalmente para una lucha larga y terrible.
Era una actitud que debíamos imitar.
Me encaminé hasta el grupo con las manos metidas en los
bolsillos. Observé a Jorge acariciar la escopeta. Crucé mi mira-
da con Griffin; bebía cerveza lentamente. Carraspeé para atraer
la atención de todos. Sólo faltaban los Livornes, que parecían
vigilarnos desde el interior del autocar. Dije:
—Vamos a poner en marcha lo antes posible el plan acor-
dado. Teniendo en cuenta lo extraño que es todo, no sabemos
cuándo se hará de noche. Este terreno parece bueno, es de roca,
y no veo cerca nada que se parezca a una colonia de devorado-
res, pero pueden existir otro peligros que aún no conocemos, y
convendría extremar las precauciones. Si alguien dispone de
algún arma, que no se preocupe de si carece de licencia y lo
diga. Opino que se debe montar una guardia y permanecer el
mayor tiempo posible dentro del autocar, con el Opel muy
cerca.
John Dunigan me dio unas palmadas y me dijo irónicamen-
te:
—Bravo, señor Kanable; ha hablado como un líder.
Creo que me sonrojé tanto que en aquel momento no capté
el tono de burla que había en sus palabras.
—Pase lo que pase, no vayas más lejos de unas cuarenta
millas —dijo Chris—. Recuerda que tienes que reservar com-
bustible para volver.
Rose titubeó un poco antes de darme un beso de despedida.
Creo que tenía lágrimas en los ojos cuando se apartó del Suzu-
ki. Miré a Chris.
—Si no encuentro gente al otro lado de las colinas, al me-
nos intentaré localizar un lugar mejor que éste. —Los miré a
todos, y quise que mi voz sonase segura cuando añadí—: Espe-
ro volver antes de cinco o seis horas. Si me retraso un poco
más, no olviden que las carreteras se han vuelto algo deficien-
tes. Confío en no tener que pasar la noche en un motel, pero
ignoramos cuándo se ocultará el sol.
Mi broma no provocó ninguna sonrisa. Me sentí como un
payaso fracasado. Apreté los labios y arranqué el motor. Aceleré.
Nos alejamos a buena velocidad y, cuando los habíamos
perdido de vista, Jorge empezó a tararear una canción en espa-
ñol. Eso me recordó que el coche disponía de receptor de radio,
y le pedí que intentara captar alguna emisora.
No esperaba oír nada.
LONDRES, 20:00 HORAS
—Lo ha soltado por fin —rió Kenneth—. Estaba rabiando
por decirme que estaba infiltrado en una banda de terroristas.
Raymond sabía a qué se refería.
—Sí. Es mejor que lo sepa.
—¿Actuando por cuenta de su gobierno, el que sea?
—Oficialmente, no. Ya conoce cómo se lucha contra esas
bandas que bajo una bandera patriótica no son más que ladro-
nes y asesinos. Me aproveché de lo que ellos robaron. Me con-
trataron para conducir un coche, y me largué con el dinero.
—¿Un asalto a mano armada a un banco?
—Fue hace meses... —Titubeó—. Qué tontería. Quiero decir
que ocurrió unos meses antes del Día del Misterio.
—Le repito que no me importa, pero siento curiosidad por
saber dónde fue. Simple curiosidad.
—¿Por qué?
—Vamos, Kanable. Usted aún no me ha dicho cuál es su
país. No es inglés. Habla bien mi idioma, pero no es el suyo. Me
pregunto si se llama realmente Raymond Kanable.
—Déme un respiro. He visto que tiene una importante bi-
blioteca acerca de cuanto se ha publicado de las Islas. Me
gustaría disponer de un poco de tiempo y poder leer lo más
interesante.
El editor comprendió que Raymond no estaba dispuesto a
revelarle por el momento más aspectos de su vida. Se encogió
de hombros.
—Se dirigían a las colinas.
—Eso es. íbamos hacia las colinas. No sé, pero creí que al
otro lado vería algo mejor que el desierto gris, tan llano como
la palma de mi mano en su mayor parte, excepto las áreas
rocosas que tanto dificultaron la marcha.
—¿Y qué encontraron al otro lado?
...Por fin los hombres que dirigen el mundo a través del Krem-
lin y la Casa Blanca han dicho algo coherente. Quince meses han
necesitado para llegar a un acuerdo: ninguna de las dos máximas
potencias es culpable. El primo americano, vaquero sucesor de
vaquero, ante la proximidad de las elecciones, ha considerado que
no es suficiente una pequeña disminución en los impuestos a sus
súbditos-ciudadanos temporales para que le voten, y ha tratado de
tranquilizarlos afirmando que las Islas del Infierno no son conse-
cuencia de un error humano o de una mala intención humana. Y
no le han dolido prendas en exonerar de paso a los rusos. Incluso
está dispuesto a dar un abrazo a su colega soviético y, si me
apuran, a dejarse besar por él en la boca con tal de conseguir la
reelección. Ante esto último, las comunidades gays no dudarán en
votarle masivamente...
(Nuevas Visiones, enero de 1991, articulo de K. Rosenman.)
LA MESETA ROJA
De la radio no brotaba nada excepto extraños ruidos de la
estática.
Jorge Valdivia dejó de cantar cuando el terreno cambió
tanto que empezó a impresionarle igual que a mí.
Al aproximarnos a las colinas tuve de nuevo esperanzas de
que pronto dejaría de atormentarnos el color gris de aquel
desierto que parecía interminable. Empezaban a vislumbrarse
algunos puntos más oscuros y zonas pardas en la lejanía, que
bajo la extraña luz del sol me parecieron de tonos púrpura;
pero si el paisaje había cambiado era para volverse más inhós-
pito, como no tardamos en comprobar.
Lo peor era que, a pesar del estupendo vehículo del que
disponíamos, no podíamos ir demasiado deprisa porque a ve-
ces creía descubrir a lo lejos una posible colonia de devorado-
res, bien por el fétido olor que producía su concentración o por
el tono gris más oscuro de la arena. Tampoco me facilitaba
mucho las cosas lo accidentado del terreno. Frecuentemente
tenía que dar marcha atrás, cuando se nos interponían enormes
rocas o el paso resultaba demasiado estrecho. No confiaba en
nada, y no quería correr el riesgo de pasar por entre dos muros
de piedras sin saber lo que podía haber arriba de ellos.
Después de que Jorge me asegurase que sabía manejar la
escopeta, le permití que la llevara sobre sus rodillas, pero des-
cargada y con los cartuchos al alcance de su mano. Era eviden-
te que le gustaban las armas. La prueba estaba en que había
sabido elegir la mejor escopeta de entre las varias que poseía
su ex jefe.
De pronto, Jorge dejó de acariciar el pavonado de la esco-
peta y, sin atreverse a mirarme, preguntó:
—¿Vamos a seguir adelante, señor Kanable? Quiero decir si
su propósito es no volver.
—Mira, jovencito, puedes llamarme Ray, y deja de tratar-
me como si yo siguiera siendo un huésped del hotel.
—Gracias, Ray.
—También quiero decirte que conozco un poco tu idioma.
Así pues, ten cuidado con lo que dices entre dientes. Aprendí
toda clase de tacos.
—Vaya, eres un tío listo. ¿De dónde puñetas eres? —Se
echó a reír—. Pero no me has contestado si vas a intentar
escapar de nuevo.
Agité la cabeza, y conduje despacio para encender un ci-
garrillo.
—He prometido regresar. Maldito seas, ¿sigues creyendo
que dentro de poco vamos a encontrarnos con los bosques y los
verdes campos del sur de Inglaterra? —dije, mordiendo la bo-
quilla del cigarrillo—. Tú eres de los que sospechan que aquí
ha pasado algo, pero no hasta el extremo de que estemos aisla-
dos del resto del mundo.
—¿Eres tan pesimista como Stanley?
—¿Qué sabes de lo que ella piensa?
—Escuché que se lo decía a Porter, casi llorando. Pero en
seguida se secó las lágrimas y añadió que debíamos aceptar lo
que nos ha pasado y ser capaces de afrontarlo.
—Eso es que Chris piensa que estamos solos en el mundo.
—¿En qué mundo?
Entorné los ojos y, por primera vez desde que había empe-
zado la pesadilla, decidí que debía comportarme como si todo
fuera irreversible y no hubiera la menor posibilidad de retor-
nar a la clase de vida que consideraba normal. Pregunté:
—¿Crees que somos los últimos seres humanos vivos?
—Algo ha sucedido, es evidente; tal vez relacionado con una
explosión nuclear o un experimento llevado a cabo en Europa.
Radiaciones, gases, qué sé yo. Griffin me contó antes de salir
que él no era capaz de hallar una explicación, pero que situa-
ciones como ésta son frecuentes en los relatos de fantasía, en
los que intervienen la magia o la brujería.
—No puede ser nada de eso —sonreí—. Aunque es imposi-
ble que toda la vegetación haya ardido en una fracción de
segundo, me inclino a culpar de cuanto pasa a los «sortilegios»
de los hombres, al mal uso que hacen de la ciencia. El cambio
ha sido demasiado súbito. Es una lástima que Griffin no dis-
ponga de una buena preparación científica. Hubiera podido
aclararnos muchas cosas. Por ejemplo, si el cielo no estuviera
cubierto de nubes y yo supiera bastante de astronomía, sabría
por la posición de las estrellas si estamos en el futuro o en el
pasado de la Tierra, en nuestro mismo planeta o en otro, enci-
ma de él o en su interior.
—¿Lo comprenderías con sólo echar un vistazo a las estre-
llas?
—Sí. Una vez leí que las estrellas que se ven desde la Tierra
no estaban en el mismo sitio ahora que hace miles de años, y
no hay que ser muy listo para comprender que, vistas desde
otro mundo, serían muy diferentes. Pero, aunque el cielo estu-
viera limpio, de poco me serviría, porque yo apenas sé distin-
guir la Osa Mayor de la Menor, y nunca fui capaz de localizar
el planeta Marte; no he sido un hombre que en las noches
claras se haya embobado en la contemplación de las estrellas.
Siempre he vivido con la mirada puesta en el suelo que pisaba.
—Tal vez se abran las nubes... ¿Sabes? Me alegra que estés
dispuesto a volver.
—Me sorprendes. Has perdido diez mil libras, bribón.
Se encogió de hombros.
—¿De qué nos servirían? Mira, yo estaba tan seguro de que
no pensabas dejar a los demás en la estacada que no las he
traído.
—Maldito granuja... —Me eché a reír—. Hiciste bien. No
veo por ninguna parte algún lugar donde gastarlas.
—Lo que siento es que ya no voy a ver a una chica muy
cachonda que conocí en el West End. Tenía pensado ir a Lon-
dres a visitarla cuando se cerrase el hotel, antes de volver a
España.
—No pierdas esa esperanza. Quiero decir la de ver a la
chica, o la de estar de nuevo en tu país. Tal vez al otro lado de
las colinas encontremos gente, incluso una ciudad. Daría con
gusto todo el dinero con tal de ver una granja y varias vacas
pastando al doblar una de estas malditas rocas.
Jorge empezó a toser. Cuando se secó los labios con un
pañuelo, dijo:
—Creo que me he resfriado. Me resfrío a menudo. Con este
calor sudo mucho y... No respiro bien, Ray.
—El aire es denso. Si estás mareado puedo parar.
—No. Una vez fui a esquiar, y lo que me ocurre me recuer-
da lo mal que lo pasé en la sierra. Pero allí el aire era suave, no
como éste que respiramos ahora, pesado y maloliente.
—George, ¿recuerdas que cuando se hizo de noche había
pequeños resplandores en el horizonte?
—Sí, desde luego.
—He olvidado en qué parte estaban. Me pregunto qué eran
y cómo serían bajo la luz del día.
—Creo que hemos debido pasar cerca de alguno de ellos.
Tal vez ahora no sean visibles.
—¿Y los bramidos? Sonaron horribles...
—Maldita sea —Jorge dio una palmada y se puso serio—.
Cuando pasamos por el hoyo donde cayó Michael debimos ha-
bernos parado un momento.
—¿Por qué?
—Había agua en el fondo, Ray; dentro de poco no tendre-
mos nada que beber, cuando se nos acabe la cerveza que cogió
la señora Peggy.
—Dudo mucho que esa agua fuera potable —gruñí.
—Era agua de las conducciones del sistema de riego. Una
tubería debió romperse.
Jorge había tocado el tema del agua, y me dejó inquieto.
No quise pensar más en ese problema que surgía de pronto en
medio de mis otras muchas preocupaciones.
—¿Qué has hecho con el dinero? —pregunté, con la inten-
ción de cambiar de tema.
—Lo tuyo y mis diez mil libras lo escondí debajo de un
asiento del autocar. Lo más probable es que terminemos usan-
do esos billetes como papel higiénico —terminó riendo.
Sonreí también. Maldito Jorge. ¿Es que no iba a perder
nunca su extraño sentido del humor? Miré hacia delante. Aun-
que estaba convencido de que al otro lado de las colinas no
veríamos la campiña inglesa, eran mi destino obligado al que
debía llegar.
Las colinas estaban cerca, apenas a unos tres o cuatro mi-
nutos. A veces miraba el cuentamillas. No quería ir más allá de
las treinta, treinta y cinco como máximo. Una vez alcanzado
este límite, tendría que decidir si regresaba. Debíamos reservar
combustible suficiente para la vuelta. ¿Qué iba a hacer si al
coronar las colinas no teníamos delante sino una prolongación
del paisaje que habíamos dejado atrás?
Terminé el cigarrillo. Lo había apurado al máximo. En mi
paquete apenas quedaban cinco o seis. Lamenté mucho que la
buena de Peggy no hubiera cogido algunos cartones de los que
había en recepción. Seguro que ella no fumaba, y por eso no se
acordó.
El viento había amainado un poco, y apenas corría aire
cuando poco después empezamos a ascender las colinas. No sé
cual fue el impulso de Jorge al meter dos cartuchos en la esco-
peta. No la cerró, pero le vi tenso y algo pálido. Súbitamente
había desaparecido su insultante despreocupación por todo, su
indiferencia ante los acontecimientos.
Arriba en las colinas, como si fuera un aviso de que más
allá todo iba a ser diferente para nosotros, había como un
pequeño grupo de rocas que se me antojaron árboles petrifica-
dos. No eran muchos, y el coche pudo avanzar entre ellos.
Antes de empezar el descenso tiré de la palanca del freno y
miré la llanura.
No estábamos frente a un terreno exactamente igual al que
teníamos a nuestras espaldas. Había en él detalles distintos,
como las manchas verdes que rodeaban una curiosa montaña
de apariencia circular, una pequeña meseta de altas paredes en
cuya cima parecía estallar un fuego inmóvil, tal era el fuerte
color escarlata y naranja que la coronaba. Aquella aparición de
rojos arriba y verde desvaído abajo, insólitos en medio del
desierto gris, debería haber levantado algo mi alicaído ánimo,
pero no fue así. Yo había estado deseando ardientemente, aun-
que no era muy optimista al respecto, encontrarme ante un
campo inglés, frente a una extensión de terreno totalmente
verde, una vez coronada la colina.
—¿Qué demonios es eso? —murmuró George—. Esa «cosa»
de ahí está tan fuera de lugar como nosotros.
—¿Te refieres a esa meseta roja?
—Por supuesto. Resulta escandalosa. No parece ser muy
grande. —Mientras hablaba sacó los prismáticos de la guantera
y empezó a mirar por ellos después de ajustados—. ¡Ray, es
vegetación roja y naranja lo que hay encima de la meseta;
arbustos y pequeños árboles! ¿Qué demonios significa? Jamás
he visto nada parecido en todo el tiempo que llevo en Ingla-
terra. Diría que tiene un kilómetro de frente y casi sesenta o
setenta metros de altura. Ni un mono podría ascender por sus
paredes.
—La rodearemos y veremos cómo es por el otro lado. Tal
vez haya un camino para subir.
Puse de nuevo el coche en marcha y bajamos las colinas. El
terreno que descendía hasta la meseta era de arena gris, muy
suave. Seguíamos sin oler a porqueriza ni veíamos el granula-
do donde se ocultaban los devoradores. Aparte la meseta no
había nada atrayente en todo nuestro alrededor, excepto más
colinas que subían suavemente a lo lejos hasta perderse en el
horizonte. Al otro lado de la meseta se extendía una zona eri-
zada de rocas. Tanto como ella me intrigaban las manchas
verdes que la rodeaban.
Cuando nos acercamos me sentí desilusionado. Nunca ha-
bía practicado el alpinismo, y me di cuenta de que sólo un
montañero experimentado, y contando con un equipo excelen-
te, se atrevería a intentar escalarla. Calculé que la montaña
tenía una milla de diámetro. Me parecía demasiado circular
para que fuera natural, una caprichosa obra de aquella natura-
leza absurda que se había obstinado en el gris y todos sus tonos
posibles. Lo peor fue comprobar que al otro lado era igualmen-
te inaccesible.
—Tendremos que seguir adelante —maldije—. No podemos
gastar combustible dando vueltas.
Estábamos pasando por encima de la hierba y la observé.
De cerca se veía mustia, como si estuviera agostándose. La
arena gris la iba invadiendo, y creo que no iba a tardar mucho
en desaparecer del todo. Dentro de poco, tal vez en algunas
semanas o unos meses como máximo, no quedaría nada de
aquel color tan grato de ver para mí. El verde era como un
desafío en medio de la naturaleza gris, como lo era también el
rojo llameante en la meseta, pero éste, desde su altura, parecía
defenderse mejor de ser engullido por el desierto.
—Me habría gustado subir —dije, antes de alejarnos.
—Quizá no deberíamos seguir más. —Jorge estaba escri-
biendo algo en una hoja de papel, y le pregunté qué hacía—.
Intento dibujar un mapa del territorio que hemos recorrido.
Apunto los kilómetros, la velocidad media que llevamos, y las
horas transcurridas entre cada punto de referencia que hemos
observado. Si dispusiera de una brújula no sería ningún proble-
ma, pero sin ella... De todas formas, no será complicado enten-
der mis notas para volver luego con la gente, pasando por este
sitio.
—Has tenido una idea estupenda. Oye, ¿qué metiste en el
autocar cuando lo sacamos del garaje?
—Unas latas de gasoil.
—Debiste decírmelo —dije malhumorado—. Con esos bido-
nes habríamos podido ir más lejos.
—Michael me ordenó que no lo comentara con nadie. Al
parecer quiere reservar ese combustible para el autobús.
—A la mierda su autobús. Está chiflado. Sigue pensando
que debe devolverlo a la empresa. Dios, ¿a qué empresa?
—Dice que en el autobús cabemos todos.
Tal vez tuviera sentido su intención, y así lo reconocí ante
Jorge. Al cabo de unos minutos añadí:
—Cuando volvamos, aconsejaré que nos pongamos en cami-
no y tomemos esta dirección. La meseta me intriga muchísimo.
Allí arriba podría haber comida y algo de agua. Si hay árboles,
aunque sean de color rojo, por fuerza tiene que haber agua,
pozos o manantiales, quizá aljibes conteniendo restos de lluvia.
El terreno empezó a descender, y no encontré otra solución
para seguir adelante que meter el coche por una especie de
sendero cerrado a ambos lados por hileras de rocas casi tan
altas como una casa de dos pisos. No me gustaba el sitio, pero
consideré un despilfarro de combustible dar marcha atrás e
intentar avanzar dando un rodeo. La escasez de gasoil me obli-
gaba a ser imprudente por una vez.
Entonces, cuando creí que iba a dejar atrás el camino poco
recomendable y apenas habíamos salido de entre los muros, mi
pie pateó el freno y las ruedas del Suzuki chirriaron y se clava-
ron en el polvo.
A pocos pasos de distancia un par de coches militares nos
cerraban el paso, y encima de ellos tres hombres nos apunta-
ban con armas automáticas. Vestían uniformes de campaña del
ejército de los Estados Unidos.
Un aluvión de ideas golpeó mi mente, pero lo primero que
hice fue bajar con las manos levantadas. Cuando Jorge me
imitó, dejando sobre el asiento la escopeta, eché a caminar
hacia la inesperada aparición. Le escuché decir entre dientes:
—Vaya, por una vez me alegro de verlos.
LONDRES, 20:30 HORAS
Con una taza de humeante café en las manos, Kanable
permanecía de pie junto a la ventana y contemplaba llover en
la calle.
—No vi llover allí —susurró—. Al menos, no durante todo
el tiempo que estuve. Supongo que nunca llovía. Todo estaba
demasiado seco.
—¿Qué pensó al ver esa meseta? ¿No era una porción de
este mundo trasladada a ese lugar?
—No. Entonces yo no sabía lo que ocurría.
—Pero el terreno que la rodeaba sí parecía provenir de la
Tierra, ¿no?
—Tampoco lo pensé. Creí que era una zona que se había
librado de la plaga, de las radiaciones, de lo que fuera que
había hecho desaparecer los bosques y lo había cambiado todo.
—¿Entonces la meseta no pertenecía a la Tierra, era algo
distinto en aquel mundo?
Kanable se apartó de la ventana y volvió a sentarse frente
a Rosenman. Soltó la taza de café.
—Me olvidé de la meseta cuando vi a los soldados.
—Debió ser una gran sorpresa para ustedes. Supongo que
se alegraron, a pesar del poco afortunado comentario del espa-
ñol.
—Pues yo también pensé que los malditos militares estaban
metidos en el asunto. Pero, a pesar de creerles los culpables,
me sentí muy aliviado encontrándolos.
—Esta noche podríamos salir a cenar —dijo Rosenman—.
Lo digo porque usted tal vez no desee comer de nuevo aquí.
—Prefiero quedarme.
—Como quiera. Debe estar cansado.
—¿Cansado? Estoy muerto de agotamiento.
—Si quiere irse a dormir...—sugirió Rosenman, temiendo
que el otro dijera que sí.
—Todavía no. Prefiero continuar un poco más. Si le parece
bien, cenaremos más tarde, y luego me iré a la cama.
—Hablemos claro, Raymond. Usted me dijo en el parque
que necesitaba mi ayuda. ¿Qué clase de ayuda?
—Tiene que procurarme ciertas cosas.
—¿Qué cosas?
—Le haré una lista. Las necesitaré para mañana.
—Mañana es domingo...
—Lo sé, lo sé. Pero un hombre como usted podría pedir
ciertos favores a determinadas personas.
—Tal vez me sobreestima.
—Le daré la lista antes de irme a dormir. Me temo que no
podré terminar de contárselo todo esta noche.
Rosenman esbozó una sonrisa.
—Espero que no lo interrumpa en el momento de mayor
interés.
Kanable terminó de apurar su taza de café.
—Lo intentaré —dijo. Encendió un cigarrillo y, mirándolo,
comentó—: Se nos terminaron, y no sabe usted cuánto los eché
de menos.
Rosenman se acercó a la grabadora y volvió a conectarla.
En realidad fingió hacerlo. No había dejado de registrar un
solo comentario de Kanable ajeno a la narración. Sabía que
luego iba a necesitar todo cuando había dicho y dijera aquel
hombre.
Vio que Raymond cogía un papel y empezaba a escribir
muy despacio.
—¿Qué cosas puede necesitar y para qué?
—Prefiero que no me haga preguntas al respecto.
—Está bien. Sin preguntas. ¿Puede seguir hablando mien-
tras escribe? Estaban ante los muchachos yanquis. Continúe,
por favor.
—¿Impaciente por saber de dónde salieron? —Kanable alzó
la vista del papel, sonriente—. Tal vez detrás de todo esto esté
el Pentágono, y cuanto sucede sea resultado de un plan estraté-
gico fallido. ¿Nunca lo pensó?
Rosenman no supo qué contestar.
...Ya advertí al principio que quien espere leer comentarios
jocosos puede pasar la página e ir directamente al final de la
revista para repasar la programación de televisión. Seguro que
encontrará en qué canal podrá ver una película cómica.
Repito que estoy preocupado. A lo largo de estos últimos me-
ses he recopilado millares de informes sobre las Islas del Infierno
y he obtenido, incluso de Albania y Chile, las listas de todos los
Desaparecidos. Después de procesar los datos, me he quedado
impresionado. Dios mío, son miles de personas las que nos aban-
donaron aquel triste día de noviembre del año pasado; ascienden
a cientos de millones de libras las pérdidas materiales, aunque
esto último es lo menos importante. Lo trascendente son las per-
sonas. ¿Dónde están? ¿Siguen vivas? Sí, han leído perfectamente:
pregunto si continúan viviendo. Finalmente me inclino por la
teoría, tan buena como otras, de que lo ocurrido se debe a la
consumación de un proceso súbito o largamente larvado, da igual,
que ha escamoteado cada yarda cúbica de este mundo para que
otra equivalente ocupara su habitual lugar bajo el sol, una masa
procedente, ¿de dónde?...
(De la serie monográfica «Teoría sobre las Islas del Infierno»,
publicada en Nuevas Visiones, enero de 1991, por K. Rosenman.)
SOLDADOS
—Hola —dije sin bajar las manos, mirando muy preocupa-
do los cañones de los fusiles.
Uno de los tres hombres era de color; soltó una risa nervio-
sa y dijo a sus compañeros:
—Os dije que era imposible que ese coche, y encima japo-
nés, viniera de la meseta. —Nos observó con el ceño fruncido y
añadió, agitando su arma—: ¿Quiénes sois?
—¿Puedo bajar las manos? —pregunté—. Estamos muy con-
tentos de veros, amigos.
—Las manos las mantienes bien altas. Y no soy tu amigo.
Acercaos despacio. ¿Hay alguien más dentro del coche?
—No. Pero dejamos una escopeta. Os lo digo para que se-
páis que no queremos problemas.
—Poneos ahí mientras echo un vistazo —dijo el negro des-
pués de saltar del vehículo—. Vigílalos, Null.
Me fijé que los tres soldados tenían sucios sus trajes y
llevaban barba de varios días. Incluso olían mal.
—¿Dónde está vuestra base? —pregunté, empezando a mos-
quearme.
—Cállate —dijo el llamado Null. Era un soldado de ancha
complexión. Tenía unas cejas muy pobladas que se unían sobre
su chata nariz.
El negro regresó con la escopeta y la bolsa de la comida.
Me di cuenta de que llevaba los galones de sargento. Me dirigí
a él.
—Somos un grupo de turistas...
—Las explicaciones se las darás a nuestro jefe..., mañana.
Hoy te quedarás con nosotros, sin causarnos problemas. ¿De
acuerdo?
Bajé los brazos y le miré, furioso y confundido.
—¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Qué es lo que hacéis?
¿No me habéis oído? Dios, os estoy diciendo que vengo de muy
lejos, y he visto cosas horribles. Prometí a mis compañeros
volver con ellos hoy mismo. Después de haberos encontrado
tengo que decirles cuanto antes que hemos llegado al final de
la pesadilla...
El negro dejó de inspeccionar la Benelli y entregó la bolsa
a uno de sus compañeros, que lanzó una exclamación de ale-
gría al ver las botellas de cerveza.
—¿A qué distancia se encuentra ese grupo, y cuántos
sois?—inquirió el sargento
Le dije cuanto quería saber, pero añadí que no estaba muy
seguro respecto a la distancia.
—¿Cómo te llamas?
—Raymond Kanable, y mi compañero es Jorge Valdivia.
Escúchame bien: tenemos que volver enseguida.
—¿Por qué?
—Demonios, los he dejado nerviosos y algunos están muy
asustados, como podrás suponer. Se merecen que yo corra a
decirles que hemos encontrado otros seres humanos para que
se tranquilicen y se reúnan todos con nosotros.
El negro asintió con un gesto de cabeza.
—Es posible que tengas razón, pero vosotros no os marcháis.
Pronto anochecerá, dentro de dos o tres horas. Lo más probable
es que la noche se os eche encima a medio viaje, y eso es muy
peligroso.
—No será de noche hasta dentro de cuatro horas —dije—.
Tenemos tiempo de ir y volver.
—Hazme caso. Quédate con nosotros. Te estoy dando un
buen consejo.
Ya no estábamos encañonados, pero seguíamos siendo ob-
servados atentamente. Uno de los soldados se subió a nuestro
coche y lo llevó hasta detrás de los vehículos militares. Por un
momento estuve a punto de protestar, pero me callé.
—Soy el sargento Roger Stolberg —dijo el negro—. Podéis
estar tranquilos aquí —golpeó el suelo con el tacón de su bota—.
Esto es seguro, amigo. Pura roca.
—¿Pretendes burlarte de nosotros? ¿A qué viene tanto tea-
tro? Somos paisanos y no toleramos que ningún militar nos dé
órdenes.
Me miró asombrado.
—Pues yo os la doy, y me tendréis que obedecer. ¿De dónde
salís?
—Eso es precisamente lo que me gustaría saber —suspiré.
—No comprendo cómo seguís vivos si habéis aprendido tan
poco —gruñó.
Los otros dos se rieron, y el sargento nos los presentó.
—Charles Panish y Mervin Null —señaló.
—Hola —saludé, como si acabara de llegar—. Supongo que
si estoy bajo jurisdicción militar no tengo más remedio que
acatar vuestras órdenes. ¿Cuándo veré al jefe?
—Ya te he dicho que mañana. No está muy lejos, pero no
podemos molestarle. Vendrá mañana apenas salga el sol. ¿Quie-
res comer?
Descubrí que detrás de uno de los vehículos había una
marmita puesta al fuego. De su interior salía un grato olor.
—Sí, gracias.
—Tu amigo habla muy poco —dijo Stolberg, señalando a
Valdivia.
—Creo que se ha quedado sin habla de alegría al veros
—sonreí—. Estaba convencido de que toda la Tierra había de-
saparecido.
—Sí, eso es lo que pensé —exclamó Jorge, simulando pési-
mamente su contento—. Pero estaba seguro de que al final nos
encontraríamos con los estupendos chicos americanos, como en
las películas.
Los profundos ojos del negro nos escrutaron durante unos
segundos. Acabó encogiéndose de hombros y arrojó la escopeta
al interior del vehículo militar más próximo. Luego se acercó a
la hoguera y se sentó junto a ella. Panish se ocupó del guiso y
Null se alejó unos pasos en actitud vigilante, con un M-16 entre
las manos y mirando en dirección a la meseta roja. A veces se
llevaba unos prismáticos a los ojos y así permanecía un rato,
hasta que volvía a dar pequeños paseos a lo largo del sendero
por donde habíamos llegado Jorge y yo, desaparecía unos mi-
nutos, y regresaba gruñendo entre dientes.
Saqué mi arrugado paquete de cigarrillos y me puse uno
entre los labios. Apenas lo hice descubrí que los dos america-
nos, Null se había vuelto a alejar, me miraban ansiosamente.
No tardé en comprender que querían fumar y eso me descora-
zonó. Si aquella gente no disponía de tabaco yo iba a pasarlo
mal, ya que había confiado en disfrutar de la excelente inten-
dencia yanqui de campaña. Aunque no comprendía nada de lo
que estaba pasando, suponía que estábamos casi fuera de la
zona afectada por alguna clase de catástrofe y sus límites eran
vigilados por el ejército, tanto americano como británico.
Al cabo de un rato, Null volvió de la guardia y se marchó
Panish. El sargento sacó unos platos de aluminio y repartió el
guiso entre todos, ocupándose de llevar al centinela una ración.
—¿No tenéis pan? —preguntó Valdivia, removiendo el gui-
so. Trinchó un rosado trozo de carne y lo probó—. ¿Y un poco
de sal? Esto está soso.
Null le respondió con un gruñido ininteligible, sin levantar
la mirada de su plato. Le vi comer con una rapidez que me
sorprendió. Parecía como si temiera que alguien le quitara su
parte.
—Pues está muy sabroso —dije—. Y la salsa es estupenda.
—No tenemos pan — gruñó Null—. Si no os gusta, pasad-
me vuestros platos. Tal vez mañana no tengamos nada que
comer.
Sus palabras me dejaron perplejo. Quizá las cosas no mar-
chaban tan bien como yo había pensado. El sargento regresó y
empezó a comer en silencio. Null rebañó su plato y luego nos
miró desilusionado porque habíamos dado buena cuenta de
nuestras raciones. Arrojó a un lado el plato y encendió el resto
del cigarrillo que yo le había dado.
—¿Ha descubierto Panish algo interesante, sargento? —preguntó.
—No. Todo sigue como todas las noches.
La respuesta del sargento me dejó sin respiración. Había
oído bien. Dijo todas las noches, no una noche. ¿Qué demonios
estaba ocurriendo? Jorge también lo había oído, y nuestras
miradas se cruzaron. Creo que el español hubiera dicho algo
inoportuno en aquel momento si yo no le hubiese indicado con
un ademán que se mantuviera callado.
Una hora después empezó a ocultarse el sol. Hice un cálcu-
lo y llegué a la conclusión de que la luz solar no había durado
más de ocho horas. Aunque sentía ganas de fumar después de
haber saboreado aquella cena, apetitosa pero poco surtida, me
contuve porque no quería compartir con los demás los cuatro
cigarrillos que me quedaban.
—Vete a dormir, Null —dijo el sargento, ahogando un boste-
zo—. Yo relevaré luego a Panish y te llamaré dentro de dos
horas.
—¿Crees que habrá tormenta esta noche? —preguntó Null
mirando preocupado al cielo.
—No lo creo. El poco viento que sopla no es demasiado frío.
—Llevamos una semana sin tener tormenta. Es extraño.
—Eso debería alegrarte, maldita sea. Siempre estás men-
tando calamidades.
Null se envolvió en un saco de dormir, y al cabo de pocos
segundos roncaba ruidosamente. Con la llegada de la noche
había bajado un poco la temperatura. Jorge preguntó si podía
acostarse en la cabina de nuestro coche y el sargento asintió
con la cabeza.
Cuando nos quedamos solos pregunté a Stolberg:
—¿No puedes decirme algo? ¿Es un secreto militar lo que
está pasando? ¿Quién empezó primero, vosotros o ellos?
—No voy a decirte nada. Será mejor que descanses.
Eché cuentas, y me salió como resultado que debía invertir
un nuevo cigarrillo. Confiaba poder sobornar al sargento para
que me contara lo que yo necesitaba saber sin que él notara mi
ansiedad. Un sexto sentido me estaba gritando desde una parte
de mi ser que en aquel grupo de militares americanos había
algo extraño.
Después de encender el deformado cigarrillo, Stolberg dijo:
—Ojalá fuera de marihuana.
—¿No tenemos ya bastante alucinación?
El sargento soltó una risotada y mostró sus dientes blancos
y grandes. Me escrutó fijamente.
—Dices que hay cinco mujeres en tu grupo —comentó—.
Muy interesante. Mira, dame los nombres de todos, sus datos
completos. Los apuntaré, y mañana el mayor estudiará la situa-
ción antes de verte.
Se lo dije, y él lo anotó en un trozo de papel con un lápiz
casi sin punta. Cuando terminó, me hizo una extraña pregunta:
—¿Qué has estado haciendo desde entonces, Ray?
No le entendí, pero no quise demostrárselo.
—Buscar a alguien que me mostrara el camino de la costa,
de un pueblo o de una ciudad. Quería encontrar la carretera.
—¿Bromeas? —exclamó—. ¿Todavía no os habéis dado
cuenta de la situación?
—Mierda, quiero que tú me la digas. ¿Por qué no lo haces?
—Será mejor que te acuestes. El mayor Blase nos ordenó
hace días que no debíamos hablar con nadie si volvíamos a
encontrarnos con más gente.
Empecé a enfurecerme.
—Ya está bien, Stolberg. ¿Dónde está el cuartel general de
tu unidad, y qué le habéis hecho al mundo? Sí, no me mires
con esa cara de mono. Me refiero al planeta Tierra, porque es
seguro que vosotros, malditos bastardos yanquis, habéis tenido
la culpa de lo que está pasando.
El negro se señaló con ambas manos el pecho.
—¿Te figuras que somos los culpables? ¡Estás loco! ¿Qué
carajo has estado haciendo estos días, en qué los has empleado?
—¿Días? ¿Dices días? Un momento. Uno de nosotros ha
perdido la chaveta, amigo. No llevo más de doce horas metido
en este lío de mierda. Cuando os vi pensé que vosotros los
yanquis habíais tomado posiciones después del ataque ruso y
dejé de creer en cuentos para niños, en alternativas absurdas.
En definitiva, creí que esto ya tenía una explicación, aunque no
me gustara.
El sargento se incorporó y me observó, ceñudo.
—¿Doce horas? ¿Sólo doce horas? Me entran ganas de par-
tirte la nariz, maldito embustero.
Me levanté, y él agarró su arma. Aunque no llegó a encaño-
narme con ella, su actitud era como para temer que acabara
pegándome un tiro. Retrocedí un paso.
Me indicó con el fusil la cabina donde dormía Jorge
—Ya estoy harto de ti y tus mentiras. Métete en el coche
con tu amigo y no salgas en toda la noche, ni siquiera para
mear. Si te entran ganas orinas por la ventanilla.
—¿A qué viene esto?
—Viene a que no me gustan ciertas bromas. Te has vuelto
loco, y a mí me desagradan los locos. Mañana, si te atreves, le
repites lo que me has dicho al mayor Blase, pero voy a darte
otro consejo, amigo: no le mientas o lo pasarás muy mal. Va-
mos, mueve el culo y camina. Quien esté de guardia te dispara-
rá si sales del coche. ¿Está claro?
Retrocedí de espaldas, sin dejar de mirarle. De los tres
hombres, el sargento me había parecido el más asequible para
dialogar, pero debí haber dicho algo que le había enojado.
Cuando abrí la puerta de la cabina le escuché decir:
—No es nada personal, amigo, pero quiero que vacíes total-
mente tus bolsillos. Cumplo órdenes del jefe. No lo hago para
quedarme con tus cigarrillos, consérvalos. El mayor te devolve-
rá todo mañana. Empiezo a no fiarme de ti. Estamos en una
situación de emergencia, ¿lo entiendes?
Asentí con un gruñido y eché al suelo todo lo que llevaba
encima, excepto los cigarrillos y el encendedor. Cuando los
billetes y las monedas cayeron al polvo gris, vi que también me
desprendía del recuerdo de Lundy. Pero estaba tan nervioso
que no quise pedirle al negro que me dejase conservar la pieza
de cobre. Subí al coche. Valdivia dormía profundamente. El
chico debía estar agotado. No era para menos. Apenas me tum-
bé a su lado sentí dolores en todo el cuerpo. A pesar de que
intenté que el sueño no me venciera enseguida, fui incapaz de
mantenerme despierto.
Abrí los ojos cuando la tímida luz ocre del sol del amanecer
empezó a iluminar el horizonte. Sentí la garganta reseca y bajé
a beber un trago de agua. Los malditos yanquis se habían
llevado de nuestro coche todo cuanto teníamos.
La fogata seguía ardiendo. Null la alimentaba con extrañas
ramas secas que sacaba de una bolsa de plástico. Todo me
pareció de repente tan rudimentario que me pregunté dónde
estaban los grandes medios de los que siempre hacía gala el
ejército norteamericano.
—¿Y el sargento? —pregunté.
—Ha ido a buscar al mayor.
Le pedí agua, y Null me pasó una cantimplora. El agua
estaba caliente y me supo horrible. Mientras bebía, descubrí
varias botellas vacías de cerveza tiradas por el suelo. Se las
habían bebido casi todas los muy cabrones.
—¿Qué hay para desayunar? —pregunté malhumorado.
—Carne estofada.
—¿Lo mismo que anoche? ¿Es que la intendencia se ha
olvidado de vosotros? He soñado con huevos fritos y jamón.
Null arrugó su aplastada nariz y me lanzó una mirada
cargada de rabia. Supongo que me habría dicho algo muy fuer-
te de buena gana, pero se contentó con sacudir la cabeza y
ocuparse de echar trozos de rosada carne en la marmita. Segu-
ramente tenía instrucciones del sargento de no hablar conmigo
más de lo necesario.
A lo lejos vi a Panish que montaba guardia en el sendero,
casi siempre mirando en dirección a la meseta, que en aquel
amanecer me parecía siniestra. La luz era todavía escasa y
apenas se podía distinguir su roja cresta.
Jorge apareció restregándose los ojos y diciendo que había
tenido horribles pesadillas. Cuando supo cuál era nuestro desa-
yuno mostró su enfado y soltó unos tacos en español, pero
terminó diciendo que al menos la carne era excelente, lo que
provocó en Null una sonrisa.
Apenas habíamos acabado de comer apareció el sargento.
Llevaba su fusil colgado del hombro y le seguía un hombre con
las insignias de mayor en la gorra, pero con un aspecto tan
poco aseado como los demás. Por su actitud cansada y sus
profundas ojeras parecía como si acabara de regresar de unas
duras maniobras. Al verme, se puso unas gafas de sol y me
estudió. A Valdivia apenas le echó una mirada. Me pregunté
qué le habría contado el sargento de nosotros.
—Soy el mayor Alvin Blase. Quiero hablar con usted, Kana-
ble —dijo. Tenía una voz grave, y su rostro anguloso era como
el de un halcón herido. Al ser llamado por mi nombre compren-
dí que Stolberg le había puesto al corriente de cuanto yo le
conté la noche antes.
Le seguí. Nos alejamos varios pasos del campamento. Val-
divia no nos quitaba la vista de encima mientras el sargento se
ocupaba de llenar su plato de estofado.
El capitán se sentó en una roca después de indicarme con
un gesto que me detuviera. Respiraba mal. La pequeña cami-
nata parecía haberle agotado. De alguna manera le entendí que
no debíamos salir de la plataforma rocosa donde estábamos. Se
cruzó de brazos y me dijo:
—Ya sé cuántos son ustedes y sus nombres. Quiero saber de
qué clase de armas disponen, vehículos, comida, etcétera.
Por mi mente pasó la idea de ocultarle parte de la verdad,
pero no encontré una razón lo suficientemente poderosa para
hacerlo, a pesar de que el comportamiento de aquel reducido
grupo de militares no podía parecerme más extraño y descon-
certante.
Mi instinto es desconfiado por naturaleza, y creo que se
había hecho más fuerte desde hacía unas horas. Sin embargo,
el encuentro con otros hombres significaba mucho para mí y
mis compañeros, y en aquel momento sólo pensé que lo sensato
era ponernos bajo la protección de los norteamericanos. Aun-
que albergaba ciertos recelos, mis conclusiones me empujaban
a confiar en que los militares acabarían por conducirnos a un
lugar seguro, lejos de la zona devastada, ocasionada por Dios
sabía qué maldita catástrofe. Además, recordé la advertencia
del sargento Stolberg y decidí ceñirme a los hechos, pero exclu-
yendo los motivos personales de cada componente del grupo,
sobre todo los míos. Siempre tendría tiempo de hablar de mi
pasado, decidí. Al capitán no le importaba por el momento el
que yo me hallara en una especie de libertad bajo palabra.
Expliqué todo al capitán, incluyendo mis experiencias per-
sonales, las opiniones que había recogido de cada miembro del
grupo, y lo que yo pensaba en particular de la situación. Lo
hice con prisas. Deseaba que llegara pronto mi turno de pregun-
tas.
—Usted no sería capaz de inventarse una mentira tan ab-
surda, Kanable —dijo el capitán. A partir de la mitad de mi
relato tenía su mano derecha descansada sobre la funda de la
pistola que llevaba colgada del cinturón.
—¿A qué se refiere?
—Según sus palabras, ustedes fueron rodeados por el des-
tello el viernes dieciocho de noviembre, pero afirma que ocurrió
hace apenas veinticuatro horas. ¿Cómo es posible?
—Sigo sin entender... —musité humildemente, pero yo ya
sabía a qué se refería. El sargento había comentado con Null
que llevaban allí varios días, aunque yo creí que había escucha-
do mal o se equivocaban. Además, se irritó cuando le dije que
sólo habían pasado doce horas desde que nos encontramos en
medio de aquella extraña desolación.
—También era el dieciocho de noviembre cuando ocurrió
algo y nos vimos en este infierno tras un breve relámpago. Pero
mis hombres y yo llevamos aquí trece días, trece malditos días.
¿Cómo se explica que a ustedes les ocurriera lo mismo que a
nosotros y sólo lleven aquí menos de un día?
Sacudí la cabeza.
—No lo sé. —Estaba perplejo. Entonces era verdad lo que
le oí a Stolberg. Ellos conocían lo que pasaba desde hacía trece
días, doce más que nosotros. Sentí un ligero mareo—. De ver-
dad que no lo sé. Es cierto cuanto le he dicho, señor. Créame.
—Tengo que creerle, maldita sea. ¿Qué iba a ganar usted
mintiéndome?
Dios, aquel hombre estaba tan confundido como yo. Si él
no sabía lo que había pasado, ¿quién podía decírnoslo? Enton-
ces, ¿era todo el mundo el que había cambiado y el planeta
entero era como aquello que veíamos? ¿Continuaba la misma
desolación más allá de las líneas que yo creía controladas por
el ejército?
El capitán se estremeció y dijo:
—No me gusta nada lo que está pasando, pero su explica-
ción concuerda con muchas cosas que he visto. Mis hombres y
yo lo hemos pasado muy mal, Kanable. Han muerto varios de
ellos, sobre todo al principio. Caían como chinches. Eran caza-
dos por esas cosas que salían del suelo. Esto es un maldito
lugar lleno de peligros que desconocemos. Éramos doce hom-
bres cuando salimos de la base.
—¿Dónde estaba su base?
—En un maldito islote llamado Lundy.
En mis labios se dibujó una sonrisa que, al percatarme de
que enfurecía al capitán, me apresuré a explicar:
—Resulta curioso que hace poco más de un día estuviéra-
mos tan cerca de ustedes. Bueno, un día para mí y... trece para
usted, según sus cuentas.
—Ya. Sé que ustedes visitaron Lundy el día dieciocho, pocas
horas antes de que el mundo se volviera loco a nuestro alrede-
dor —gruñó el capitán. Extendió el brazo y señaló el supuesto
oeste de aquel mundo—. Vinimos por allí. Nuestro propósito
era ir a Londres. Dios, aquella tarde fue horrible, como si la
Tierra se hubiera secado en un abrir y cerrar de ojos. De pronto
no había agua alrededor de Lundy, sólo esta sucia tierra gris.
Nos pusimos en marcha con seis camiones, por suerte para
nosotros bien cargados de combustible. Pero a los dos días
quedábamos la mitad de los hombres y habíamos perdido tres
vehículos. Primero nos topamos con unas bolas que saltaron
sobre nuestra retaguardia.
—Los devoradores. Los conocemos demasiado bien. Ellos
nos obligaron a abandonar el hotel.
—Esas malditas bestias no son el único peligro. Existen
otros peores.
—¿Se refiere a las tormentas? Sus hombres las menciona-
ron.
—No son tormentas como las que usted conoce, Kanable.
Cae arena del cielo, y entre ella vuelan millones de pequeños
insectos parecidos a cucarachas. Dos soldados fueron devora-
dos por ellos en cuestión de segundos porque no tuvieron tiem-
po de refugiarse dentro de los coches. Y luego están los sables
curvados.
—¿Qué es eso?
—Salen de la tierra, como las bolas con dientes, pero son
mucho más peligrosos que ellas porque poseen una velocidad
endiablada. A su lado los devoradores son tortugas.
—Vi un gran gusano que también se escondía bajo tierra...
—¿Un gusano? —Después de un gesto de extrañeza, el ma-
yor dibujó con esfuerzo una sonrisa—. Ah, sí. Sé a lo que se
refiere. No son peligrosos, resultan casi inofensivos. Pero esas
serpientes en forma de sables curvados... Apártese de ellas. No
dan la menor oportunidad de defenderse. Miden una yarda y
son delgadas, con todo su cuerpo cubierto de pequeñas bocas;
se pegan a la piel, y sus mordeduras llegan con una facilidad
increíble hasta los huesos de un hombre en cuestión de segun-
dos. No hay salvación para su víctima si la tienen agarrada, no
hay forma de despegarlos de la carne que trituran a dentelladas.
Palidecí. Pensé en mis compañeros. Ellos sólo conocían la
amenaza de los devoradores.
—No han ido muy lejos después de tanto tiempo —dije.
—Mis hombres se asustaron, de modo que decidí volver al
sur y buscar la costa. Hace cuatro días, con sólo tres soldados
supervivientes, descubrimos la montaña, y desde entonces esta-
mos aquí.
Observé que al mayor le relampaguearon los ojos al referir-
se a la meseta.
—Una montaña muy rara —comenté—. Es casi imposible
subir a ella. Mi amigo y yo pensamos que arriba podríamos
encontrar agua.
Blase se pasó la mano por la bota y de pronto empezó a
temblar de una manera que me hizo sospechar que se encon-
traba enfermo. En aquel momento fui incapaz de adivinar la
verdad.
Se levantó, y regresamos. Dijo, señalando el suelo:
—Éste es un buen sitio para esperar. Ya hemos aprendido
a adivinar cuándo llega la tormenta con su cargamento de
bichos y otras cosas. Pero hay peligros ocultos que aún desco-
nocemos. Siempre tenemos que estar alertas. Me preocupan
sus compañeros, Kanable. Creo que alguien debería ir a buscar-
los. ¿Es verdad que disponen de alimentos?
—Pocos, los que pudimos sacar del hotel. ¿Es que tienen
escasez de comida?
—Bastante, pero nos lo arreglamos bien desde que llegamos
a esta zona. Más allá del suelo de rocas hemos encontrado una
solución temporal al problema de la comida.
No le comprendí inmediatamente y dije, aún un poco con-
fundido:
—Puede que sus reservas no estén muy surtidas, pero la
carne del estofado es muy buena.
El capitán esbozó una sonrisa que me provocó un desagra-
dable augurio.
—Me alegra que le guste la carne de eso que llamó gusano
gigante —dijo.
Fue una de las pocas veces en que sentí auténticos deseos
de vomitar, pero conseguí reprimirlos.
LONDRES, 21:05 HORAS
Kenneth dejó de cortar lonchas de jamón cocido y se frotó
las grasientas manos. Apartó el cuchillo y miró a Kanable, que
le observaba burlonamente.
—¿Gusano? ¿Comieron carne de gusano? Dios mío. —El
editor palideció—. Comprendo que se sintiera fatal cuando se
enteró.
—Uno acaba acostumbrándose a todo. Creo que de no ha-
ber sido por los norteamericanos, jamás se me hubiera ocurri-
do la idea de cazar un bicho de aquellos y guisarlo. Panish y
Stolberg eran expertos en despedazarlos. Tenían una carne muy
tierna y con abundante grasa. Abiertos en canal no tenían tan
mal aspecto, se lo juro.
Rosenman apartó el plato donde había estado depositando
los fiambres y se dirigió al frigorífico.
—Creo que prepararé una ensalada —dijo, tras eructar—.
Esta noche comeré frutas y verduras.
Ray se encogió de hombros y empezó a comer del plato,
jamón, salami italiano y pequeños trozos de huevas de bacalao
danés. Tenía a su lado varias latas de cerveza y abrió una.
Desde el otro lado de la cocina, su anfitrión dijo:
—No dejo de preguntarme por qué causa ustedes aparecie-
ron en el «otro lado» doce días después que los norteamerica-
nos. ¿Consiguió averiguarlo?
—No completamente. —Kanable trinchó un trozo de lechuga y apio.
—¿Qué quiere decir?
—He cruzado por segunda vez una especie de misteriosa
dimensión que separa este mundo de aquél. Quizá ahí esté la
explicación.
—Me ha dicho que en el hotel no sintió nada...
—Pero al volver he sentido algo alrededor de mí, como un
frío glacial, y he creído percibir una oscuridad tan densa que
temí haberme quedado ciego. Luego, de pronto me encontré en
Londres. —Kanable sonrió al ver la expresión de ansiedad del
inglés—. Lo siento. Aún no ha llegado el momento de que sepa
cómo he vuelto. ¿Sabe? Estoy preguntándome si el hecho de
haber podido percibir algo de lo que es ese paso obligado entre
un lugar y otro, como una especie de limbo, ha influido para
que hayan pasado tantos meses desde que me fui.
Rosenman dejó de comer ensalada.
—Es posible que tenga razón. Para que se produzcan los
traslados tiene que haber algo que los provoque, tal vez una
poderosa energía que ha llegado repentinamente a la Tierra, o
una emanación de las profundidades del planeta.
Kanable se encogió de hombros.
—No lo sé. Confío en que la tercera vez que cruce ese limbo
tenga tiempo de ver o palpar algo.
El tenedor de Rosenman cayó en la fuente de la ensalada.
—¿He oído bien? ¿Ha querido decirme que piensa regresar
a ese infierno?
—Tenga, lea esto. —Kanable le tendió un papel—. Es todo
lo que necesito. Lo quiero mañana. Precisaré de algún tiempo
para inspeccionar el material y prepararlo.
Rosenman levantó la vista del papel. Estaba sorprendido.
—¿Para qué necesita todo esto? ¿Es que pretende irse a
conquistar un país suramericano? Armas, vituallas, medicinas...
¡Drogas! ¿Para qué quiere las drogas? ¿Es usted drogadicto?
Ese camino que le ha permitido volver, ¿puede conducirle de
regreso al «otro lado»?
Kanable inspiró profundamente antes de responder:
—Escúcheme bien. Voy a volver, me iré de aquí. No voy a
decirle ahora cuándo ni tampoco de qué forma, pero me iré. Y
usted no podrá impedirlo. Tengo su palabra de que me dará lo
que le pido. Ya ve que no es demasiado.
—¡Pero usted no puede irse! Tiene un compromiso con la
gente, tiene que contar a todos lo que ocurre...
—Lo estoy haciendo. Se lo estoy contando, ¿no?
...¿Dónde han ido a parar los desaparecidos?. Esa legión de
investigadores no ha conseguido nada salvo una colosal cosecha
de fracasos. Ninguna teoría ha podido ser probada, ni ninguna
desechada. Por lo tanto, no comprendo la réplica del Sun a lo
publicado en los números anteriores de Nuevas Visiones. Ellos
parecen ofendidos porque dije que tal vez la respuesta la encuentre
el médium que logre establecer comunicación con un Desapareci-
do...
(Editorial de K. Rosenman en Nuevas Visiones, enero de
1991.)
FUEGO FATUO
Panish partió. Jorge le entregó su burdo pero práctico mapa,
y yo me esforcé por explicarle dónde habíamos dejado a nues-
tros compañeros. Se llevó también una carta firmada por mí
para que nadie desconfiara de él y le obedecieran en todo du-
rante el viaje de vuelta.
El mayor me había comentado poco antes de que Panish se
marchara que no tenía muchas esperanzas de que el autobús
consiguiera llegar hasta el campamento, pero consideraba que
debía intentarse porque podíamos convertirlo en un buen refu-
gio para todos en caso de tormenta.
—Incluso dudo que puedan traer el turismo —añadió Blase.
Volvió la espalda a la estela de polvo que había levantado el
camión al alejarse—. No obstante, si el autobús se queda atas-
cado, todos pueden caber en nuestro vehículo. Es amplio y ha
demostrado ser capaz de vencer cualquier obstáculo.
—Panish se está desviando demasiado hacia el norte —dije
al observar la dirección del vehículo—. Va a dar un rodeo muy
amplio. ¿Confía en que encuentre a mi gente? La brújula que
lleva no funciona bien aquí. He observado que existen algunos
grados de diferencia. Nosotros no teníamos otra forma de orien-
tarnos que mirar el resplandor del sol tras las nubes. Ya le he
dicho que no sale por donde debería salir.
—Desde el primer día nos dimos cuenta de que la brújula
no era fiable del todo, pero es lo mejor que tenemos. No se
preocupe, Kanable. Panish no se equivocará. Además, posee un
curioso sentido de la orientación.
—Me habría gustado ir en su lugar, o al menos acompañarle.
—Le comprendo, pero Panish tiene más experiencia que
usted, conoce bastante este infierno, y sabrá proteger al grupo.
También sabe olfatear los peligros. Más de una vez nos ha
salvado la vida a los que quedamos.
Caminó unos pasos y le seguí, un poco rezagado. Se secaba
constantemente el sudor. Yo estaba cada vez más convencido
de que el mayor tenía fiebre.
—He ordenado al sargento que instruya a usted y al joven.
Les necesito para que nos ayuden a vigilar. Les daremos armas.
¿Tienen experiencia militar? Quiero decir si saben manejar un
fusil automático.
—Sé usar un M-16. Pero no sé si Valdivia...
—Ah, el español. —El capitán sacudió la cabeza—. Prescin-
diremos de él. Se quedaría dormido estando de guardia. Sé por
experiencia que a gente como él no se le puede confiar nada; se
lo toman todo a la ligera.
—Se equivoca. Jorge es valiente, lo ha demostrado.
—No dudo de su valentía, sino de su sentido de la respon-
sabilidad. En fin, ya veremos. Escucharé la opinión de Stolberg.
Ahora debo retirarme. Tengo un trabajo pendiente.
—Perdone, mayor, pero cuando llegamos usted estaba en
otra parte. ¿Es que disponen de un segundo campamento?
Blase se detuvo. Parecía impaciente por alejarse de mí.
—No se trata exactamente de eso. Detrás de esas rocas hay
otro vehículo, pero sufrió la rotura de un eje apenas llegamos,
y lo utilizo como oficina y dormitorio. A veces necesito estar a
solas para pensar.
Se alejó con pasos rápidos. Aunque hacía evidentes esfuer-
zos por caminar erguido, a veces sus piernas le flaqueaban.
Cuando desapareció por el mismo lugar donde un rato antes
había llegado acompañado del sargento, me volví y busqué a
Valdivia. Los otros americanos no estaban a la vista.
Los rayos del sol, tristes y vencidos tras cruzar la densa
capa de nubes, caían sobre la cima de la meseta, y la vegeta-
ción roja me parecía, más que el día anterior, el fuego inmóvil
de una gigantesca hoguera.
Jorge apareció al cabo de un rato, cuando yo ya estaba a
punto de ir al puesto de guardia para preguntar por él a quien
estuviera vigilando.
—¿Dónde te has metido? —inquirí, contrariado—. No debe-
mos alejarnos de la plataforma de rocas.
Valdivia me hizo una seña para que le siguiera hasta detrás
del Suzuki. Después de asegurarse de que nadie nos veía, sacó
su mano derecha del bolsillo. La tenía cerrada, y la abrió muy
despacio, acercándomela a la nariz.
Vi una bolsita de plástico. Dentro de ella había algo blanco.
Al principio no supe lo que era, pero lo intuí más que lo averi-
güé por el olor; susurré:
—Cocaína.
—Y de magnífica calidad. Es un resto. Quien usó esta dosis
estaba tan ansioso por calentarse las venas que dejó un poco.
—¿Cómo la has conseguido?
—Pregunta mejor dónde. He estado al otro lado de las ro-
cas, echándole un vistazo al vehículo averiado. El mayor Blase
es drogadicto.
—No me sorprende —dije. No obstante, estaba preocupado.
Ahora comprendía los temblores de Blase. Maldita sea, si se
quedaba pronto sin su ración, podía acarrearnos problemas.
Tal vez debiera ir pensando en plantearle el asunto al sargento
y sugerirle que cuando el síndrome de abstinencia se apoderara
de Blase le retirara el mando. En un lugar como aquél, el
mayor no iba a tener ninguna posibilidad de inyectarse algo
que le aplacara cuando se quedase sin cocaína.
Por supuesto que sus nombres debían saberlo, y lo más
probable era que también fueran adictos. Del que no tenía la
menor duda que lo sabía era el sargento. La noche antes no
permitió que yo viera al mayor porque sabía que se había
refugiado en su coche particular para disfrutar del pinchazo,
tal vez el último que le quedaba.
—El interior de ese vehículo me dio náuseas, Ray —dijo
Valdivia. Se guardó cuidadosamente la bolsita, después de do-
blarla para que no se desparramase lo que quedaba.
—¿Qué había?
—Estaba lleno de vómitos. Además, ese cerdo ni se molesta
en salir fuera a orinar. ¿En qué manos hemos caído?
—No lo sé. —Sacudí la cabeza—. Pero nos han aceptado, y
después de oírles hablar de los peligros que han visto es preciso
que todos los humanos nos agrupemos y tratemos de sobrevivir.
—¿Viviendo como salvajes y cazando gusanos para comer?
—¿Quién te ha contado que la carne es de gusano?
—Null. Ese hijo de puta se divirtió viéndome palidecer. Sí,
debió disfrutar mucho. No creo que vuelva a probar ese estofa-
do de mierda.
—Ellos están comiéndolo desde hace días, y no han muerto
envenenados —repliqué—. Ya cambiarás de parecer cuando
sientas crujir tus tripas.
—Esperaré hasta poder comer un bocadillo de la señora
Peggy cuando regresen los nuestros, aunque esté duro como
una piedra.
—Pueden tardar. Blase me ha dicho que Panish tomará
toda clase de precauciones y que es posible que no estén de
vuelta hoy mismo. El mayor ha demostrado mucho interés en
que a nadie le pase nada.
—No es que desconfíe de las buenas intenciones de ese
oficial yanqui, pero yo no pondría a mi hermano pequeño en
sus brazos.
Le miré.
—Tú sabes reconocer una excelente cocaína. ¿No tienes
nada que explicarme?
—Eh, ¿qué estás pensando? Conozco el asunto porque antes
de venirme a Inglaterra trafiqué un poco en Algeciras. Pero
sólo eso, de veras. Como consumidor no he pasado del hachís,
no estoy loco. Créeme, Ray, nunca he estado enganchado.
—Ése sería tu problema, muchacho. Muy grave aquí, por
cierto, donde no ibas a encontrar ningún camello. Ésta es una
clínica perfecta de desintoxicación.
—Mira, nuestro problema es descubrir qué están haciendo
Blase y sus hombres en este lugar. ¿Por qué vigilan a todas
horas esa meseta? ¿Qué se traen entre manos?
—No lo sé todavía. Tendrán que decírnoslo si desean que
les ayudemos. Por cierto, ¿has disparado alguna vez un fusil?
—¿Bromeas? No pude librarme del servicio militar. Sé ma-
nejar un Cetme, y en todas las ferias de mi pueblo yo era el
terror de las casetas de tiro, a pesar de sus carabinas trucadas.
—Espero que te crean, y ojalá te tomes en serio tu trabajo
cuando tengas que hacer una guardia.
—¿A qué viene esto? ¿Se figuran estos yanquis que soy
idiota o qué?
—Olvídalo, hombre —me eché a reír.
Lo dejé para ir en busca del sargento, y lo encontré con el
fusil cruzado sobre las piernas, vigilando la montaña y el llano
que la rodeaba.
—Creo que tienes que darme instrucciones, Stolberg. El
capitán dice que me ponga a tus órdenes. Ah, y puedes contar
con Valdivia. El chico sabe manejar un arma.
—Ya veremos. Oye, ¿te queda uno de esos cigarrillos?
Saqué el penúltimo del paquete y lo partí por la mitad.
Entregué al sargento la parte que tenía el filtro. Él se dio
cuenta de mi maniobra, y aceptó con una sonrisa que yo me
reservara la parte mayor del cigarrillo.
—A tu jefe se le ha olvidado devolverme mis cosas. No me
acordé de pedírselas —dije.
—Le hablaré de eso más tarde.
—¿Qué tengo que vigilar?
—La montaña. Creí que lo sabías.
—¿Pero qué exactamente?
Stolberg emitió un gruñido. Fumó hasta que la brasa pren-
dió el filtro, arrojando despacio el humo que había estado acu-
mulando en los pulmones. Se humedeció los labios con la pun-
ta de la lengua y comentó:
—Estaba bueno. Espero que tus compañeros tengan más.
—No has respondido a mi pregunta.
El sargento agitó la cabeza de un lado a otro.
—Muchacho, seguro que el mayor te dará tus cosas, pero no
todas las explicaciones que buscas; se limitará a ordenarte que
nos avises apenas descubras algo extraordinario cerca de la
montaña.
—¿Como qué? ¿Por qué no habéis subido a ella en vez de
permanecer aquí como pasmarotes? Arriba puede que haya
agua y comida. Vamos a necesitar dentro de poco alimentos
frescos si no queremos caer enfermos de escorbuto. Una dieta a
base de carne de gusano es insuficiente, y eso si aprendemos a
dominar las náuseas al comerla.
—Tú no has visto de cerca las paredes de esa montaña. Ni
un mono treparía por ellas. Tenemos que conformarnos con
vigilar desde aquí y descubrir el camino para subir. Ellos co-
nocen un sendero, estamos seguros.
Me quedé con cara de tonto al oírle decir aquello.
—¿Ellos? ¿Me estás diciendo que ahí arriba hay gente?
—Eso creemos.
—¿Lo creéis, o estáis seguros?
Stolberg volvió a emitir uno de sus roncos gruñidos. Yo
estaba temiendo que le molestara tanto mi interrogatorio que
me echara de allí a culatazos. Me acordaba de lo furioso que se
puso la noche anterior.
—Hay gente, sí —asintió, sin querer mirarme a los ojos.
—No entiendo nada. Vuestra actitud es como si ellos fueran
vuestros enemigos. —Entorné los ojos—. Ahora comprendo por
qué nos recibisteis con desconfianza anoche. ¿Pensasteis que
habíamos bajado de la montaña?
—Eso creímos al escuchar el ruido del motor, pero en se-
guida nos dimos cuenta de que no era así.
—Pero esa gente ha debido venir como todos nosotros, haya
ocurrido hace pocos o muchos días, y habrá sufrido las mismas
penalidades que todos. Estarán asustados, deseando encontrar-
se con otras personas.
Stolberg acarició el rifle y se encogió de hombros.
—¿Por qué teméis a esa gente, si es que de verdad hay
alguien ahí arriba? —insistí.
—No son humanos, aunque lo parezcan. Un día los descu-
brimos. Volaban en un extraño artefacto y los seguimos hasta
aquí. Viven en la montaña.
Me quedé atónito. De pronto expresé mi disgusto con un
gesto de incredulidad.
—Tu jefe y tú habéis visto visiones, sobre todo él, un drogadicto.
El sargento se envaró.
—¿Cómo sabes lo del mayor? —inquirió.
—Tengo experiencia —contesté rápidamente—. Sé cuando
alguien está enganchado, y el mayor lo está hasta la médula.
Bueno, ya se lo había soltado. No parecía demasiado irrita-
do porque yo lo supiera. Le miré. Stolberg no me daba la
impresión de ser como el mayor.
Volvió a acomodarse en la roca que había estado usando
como asiento. Compuso una expresión que me hizo verle como
si de pronto se hubiera convertido en un muchacho desvalido,
asustado e indeciso. Dijo, guturalmente:
—Alvin estuvo en Centroamérica, y allí empezó primero a
esnifar cocaína y luego a inyectársela, como lo hacían la mayo-
ría de los combatientes, para poder soportar ese otro infierno.
No lo ha dejado desde entonces. Tuvo muchos problemas. Siem-
pre andaba pidiendo dinero, y hubo un tiempo en que ganó
bastante al juego, pero luego la suerte le volvió la espalda y se
llenó de deudas. Yo continué a su lado, estuvimos en bases
operacionales de Italia, España y Bélgica, hasta que nos man-
daron a Lundy para supervisar la instalación del radar. A Blase
le seguía a todas partes un grueso expediente. Creo que no
habrían tardado en expulsarle del Ejército.
—Y tú le has estado protegiendo, ¿no? Le ayudabas a ocul-
tar a sus superiores que él estaba acabado como oficial. No lo
entiendo. ¿Por qué?
—Le debo mucho, Kanable. Le debo la vida. Nunca he
olvidado lo que hizo por mí durante las últimas semanas que
estuvimos luchando.
—¿Por qué has estado corriendo esos riesgos? A Blase le
habrían enviado a un hospital, lo mejor que podía pasarle.
—Eso hubiera sido la muerte para Blase, se habría suicida-
do. A veces me contaba que creía tener tras él a ciertos agentes
del servicio de seguridad. Tal vez fueran manías suyas, pero en
Italia me enteré que había personas en la base investigando
cada paso que daba. Supongo que le habrían expulsado hace
tiempo, a pesar de mis esfuerzos, si no fuera porque hay pocos
especialistas tan competentes como él, y le necesitaban para
trabajar en la nueva base de Lundy. Pero después de eso...
De pronto me miró con una dureza tan grande en su expre-
sión que me hizo comprender que no bromeaba cuando dijo:
—Null y Panish no lo saben. Ten cuidado con tu lengua,
Kanable.
No había esperado tanta sinceridad por parte del sargento.
Me quedé sin saber qué responderle.
—¿Cuánto tiempo podrá resistir? —pregunté al cabo de un
rato—. Quiero decir, antes de que enloquezca.
—No miro en sus bolsillos. Ignoro cuánto le queda.
—Eso cuesta demasiado dinero. No creo que Blase tuviera
mucha reserva de coca hace trece días.
—Te repito que no lo sé, y no quiero continuar hablando de
este asunto.
—Entonces cuéntame lo que sabes de la meseta.
—Sí, será lo mejor. Después de convencernos de que jamás
encontraríamos gente, ciudades, y que este desierto no termi-
naba nunca, pensamos que en la costa sur habría agua, a pesar
de haber visto, desde lo que quedaba de Lundy, que no existía
el mar que nos había separado de Inglaterra. Pero el mayor
creía que en la península de Cornwall todo sería distinto. La
verdad es que estaba desorientado, pero yo era el único que
comprendí que su intención era levantar la moral de los que
quedábamos. Al día siguiente, al amanecer, descubrimos un
objeto en el aire y empezamos a seguirlo en los vehículos. No
viajaba a demasiada velocidad. Parecía un pequeño globo. En-
tonces vimos en el horizonte la montaña, y el aparato volador
descendió sobre ella.
—¿A qué altura volaba?
—Como a unos mil pies. El globo se posó arriba de la
montaña, pero en la base había un pequeño grupo de seres,
sobre la hierba verde, a escasa distancia de nosotros, íbamos a
ir a su encuentro cuando todos echaron a correr. Al llegar
donde los vimos no los encontramos por ninguna parte.
—Tal vez los asustasteis.
—Espera. Aquella noche acampamos cerca, y Finnell apare-
ció muerto. Lo mataron mientras montaba guardia.
—Pudo haber sido algo que aún no conocéis, un animal
como los devoradores o un sable curvado.
—No. Finnell tenía el vientre agujereado, como si le hubie-
ran disparado un tiro de postas a bocajarro. Los perdigones le
atravesaron de parte a parte. Estaba muy lejos de donde debía
hacer la guardia. Todos pensamos que alguien le atrajo con
engaños para matarle: los seres de la montaña. Finnell debió
creer que eran amistosos y se acercó confiado a ellos, y enton-
ces lo asesinaron.
Acabé irritándome.
—Dios, si le dispararon un cartucho de perdigones, sólo
podía ser un hombre con una escopeta como la nuestra. ¿Por
qué creéis que los habitantes de la meseta no son humanos?
—Porque yo los vi, y también los otros. A uno de ellos le
brillaba la piel bajo la luz del atardecer. Nos retiramos de la
montaña y nos escondimos aquí. Llevamos tres días vigilando,
y te juro, Kanable, que no nos iremos hasta haber vengado a
Finnell. —Stolberg hizo una pausa—. Si tú los hubieras visto
sabrías que no son humanos. Aunque caminaban sobre dos
piernas y tenían dos brazos y una cabeza, no eran humanos.
—¿Los viste lo bastante cerca como para no equivocarte?
—Ocurrió la tarde que íbamos a retirarnos. Yo acababa de
dar sepultura al pobre Finnell y estaba solo, cubriéndolo depri-
sa con piedras sobre un lugar rocoso. Aquí un cuerpo humano
se pudre pronto. Mis compañeros se habían ido a establecer
este campamento. Entonces apareció desde detrás de la monta-
ña, volando a muy baja altura, el vehículo. Se desvió ligeramen-
te y regresó para descender a escasa distancia, muy próximo a
un fuego fatuo...
—¿Un fuego fatuo? ¿A qué llamáis un fuego fatuo?
—¿Es que nunca has visto uno de esos sitios que brillan por
la noche y a veces hasta durante el día?
—Sí, la primera vez fue después de los relámpagos. Enton-
ces pensamos que eran zonas radiactivas o incendios forestales.
Pero aquí no hay árboles, y no sabemos si hay radiactividad.
¿Qué son los fuegos fatuos?
—No lo sabemos. Siempre que hemos visto uno no nos
hemos atrevido a acercarnos. A veces no duran mucho tiempo.
—¿Qué hacía aquel tipo al lado del fuego fatuo?
—Su vehículo aéreo, como un extraño globo con una espe-
cie de barquilla, se detuvo en la oscuridad a poca distancia de
la roca que brillaba, y él bajó. Era horrible, con un aspecto
terrorífico. Su piel brillaba, y tenía una cabeza monstruosa.
Entonces me di cuenta de que había olvidado mi fusil y corrí a
buscarlo. Pero debió oírme y saltó a su globo, elevándose de
inmediato a mucha altura. Yo agarré mi M-16 y le lancé una
ráfaga. Me contestó disparándome con la misma arma que
mató a Finnell.
—Si estaba a mucha altura, poco daño podía hacerte con
una escopeta.
—¡Pulverizó una gran roca que había a mi lado! Cuando se
alejó hacia la montaña miré donde había estado la roca, y no
hallé ni una sola posta, ni un perdigón, como tampoco encon-
tramos ninguna munición en el cuerpo de Finnell. Me asusté
tanto que salí corriendo y no paré hasta llegar aquí.
Si anteriormente había mirado la meseta con curiosidad,
ahora lo hacía con aprensión.
—¿No me crees? ¿Piensas que los cuatro estamos locos?
—preguntó.
Me encogí de hombros.
—Yo ya me creo todo lo que me cuenten. ¿Habéis vuelto a
verlos?
—No. Ellos ignoran que estamos aquí. Tarde o temprano
bajarán a la hierba verde o a inspeccionar uno de los muchos
fuegos fatuos que aparecen por esta zona. Entonces los cazare-
mos, y nos dirán cómo subir a la meseta. O los mataremos.
—Tal vez sepan dónde estamos —dije pensativamente—. Es
posible que el otro día vieran mi coche desde arriba, cuando
rodeamos la montaña, o esta mañana hayan descubierto a
Panish dirigirse al oeste. Qué sé yo. Dudo mucho que se atrevan
a bajar sabiendo que son vigilados.
—Tendremos paciencia. Cerca de aquí hay una colonia co-
mestible que no ha sido descubierta por los devoradores, sus
enemigos mortales. No nos faltará comida.
Torcí el gesto con disimulo. A pesar de todo lo que había
asegurado a Jorge, me desagradaba la idea de sobrevivir única-
mente a base de carne de gusano.
Vimos que Null se acercaba para relevar a Stolberg, y éste
me dijo en voz baja:
—No te he contado nada, ¿O.K.? Cuando llegue tu hora de
montar guardia te diré oficialmente lo que has de hacer.
Sentí una gran decepción, porque no sabía si en otro mo-
mento encontraría al sargento tan bien dispuesto a hablar.
Regresé con Stolberg al campamento y, para no pensar en
Panish y mis compañeros, me distraje revisando el motor del
Suzuki. Me preocupaba el poco combustible que quedaba en el
depósito.
Aunque al principio pensé que era mejor no compartir con
Valdivia lo que había averiguado, acabé contándoselo todo, y
él a su vez me informó que al mayor aún debía quedarle algo
de droga. En aquel momento yacía en su vehículo, sumido en
un profundo sueño.
A Jorge el asunto de la montaña y sus habitantes no pareció
inquietarle demasiado. Aunque no me lo manifestó, comprendí
que no creía nada de cuanto me había contado el sargento,
quizá porque suponía que todos los yanquis habían perdido un
tornillo a causa de la coca, ya que no aceptaba que sólo fuera
drogadicto el mayor.
—Estos tipos ven demasiadas alucinaciones —concluyó, an-
tes de dirigirse con resignación en busca de su ración de esto-
fado.
Estaba atardeciendo, y ya habían pasado más de doce ho-
ras desde que partiera Panish. Empezaba a sentirme preocupa-
do. Stolberg me tranquilizó:
—Si Panish ha comprendido que no puede llegar aquí antes
de que oscurezca, buscará un lugar seguro para pasar la noche
con tus compañeros. Lo más probable es que estén de regreso
mañana al mediodía. Olvídate de eso y ayúdame a cazar comi-
da para cuando ellos aparezcan. Nos queda poca carne.
Empecé a decirle que no me interesaba, y él me echó una
mirada cargada de decepción.
—Vaya —dijo—. Me había equivocado contigo. Creí que ya
te habías dado cuenta de que estás condenado a esta tierra y de
que cuanto antes te adaptes a ella tanto mejor para ti. Si
quieres seguir vivo tendrás que aprender a buscar tu propio
alimento.
Enrojecí. Tenía razón, y caminé tras él. Pensé que si Jorge
hubiera escuchado los reproches de Stolberg me habría pregun-
tado si yo había sido sincero con él un poco antes, cuando le
aseguré que él acabaría comiendo proteínas de gusano.
El sargento sacó del coche militar un saquito y una larga
vara de hierro, a la que había atado un machete cuya punta
había sido doblada. Parecía un gran anzuelo.
Me llevó caminando hasta el mismo borde de la plataforma
rocosa y empezó a observar el terreno arenoso.
—Los bichos suelen reptar a poca distancia de la superficie
al atardecer; ésta es la mejor hora para sorprenderlos. Los que
viven por aquí son muy confiados porque no hay devoradores,
y la colonia de sables curvados más próxima está a mucha
distancia.
Me senté a su lado, con gesto cansado y aburrido.
—¿Qué vas a hacer? ¿Echar el anzuelo?
—Algo parecido. Para sorprender a cualquier especie se
requiere un cebo y paciencia. Observa que esa parte de arena
de ahí se mueve; debajo tenemos a nuestra presa. Estamos de
suerte.
Stolberg sacó un puñado de algo blanco de la bolsa y lo
esparció sobre la arena gris próxima al borde rocoso.
—Es sal —me explicó—. Creo que esos bichos se alimentan
de lo que encuentran en el subsuelo, otras formas de vida más
pequeñas, como orugas y larvas, tal vez unas grandes hormigas
que he creído ver en alguna ocasión. También buscan sal.
—¿Cómo descubristeis que les gusta la sal?
—Cierto día uno de ellos se acercó a nuestros coches y se
alzó como un perrito para alcanzar nuestra reserva de sal. Lo
matamos. Aquel día estábamos tan hambrientos que alguien
sugirió que comiéramos su carne, y nadie se opuso porque
todos sabíamos que si no lo hacíamos terminaríamos convir-
tiéndonos en caníbales.
—¿Y qué haréis cuando se os termine la sal?
—Hemos aprendido a obtenerla de otro lugar, cerniendo la
arena. Mira con atención. La presa está a punto de saltar. Ah,
y no tengas miedo. Sólo son peligrosos si están heridos de
muerte y te dan un golpe. Entonces podrían romperte un hueso.
Delante de nosotros la arena empezó a moverse, formando
remolinos. Contuve la respiración cuando de pronto apareció
algo oscuro y brillante; se elevó como una yarda y se agitó en
el aire. A pesar de que el sargento me había jurado que aquella
especie no era peligrosa para nosotros, tuve pánico. La peque-
ña boca sin dientes del gran gusano osciló a muy poca distan-
cia de mí, hasta que bajó en busca de la sal esparcida.
Stolberg ya estaba medio incorporado. Tenía su arpón bien
agarrado con ambas manos y se movió con precisión, demos-
trándome que había adquirido mucha pericia en aquel novísi-
mo deporte de la caza del gusano gigante.
El sargento asestó un golpe seco con la punta doblada de la
bayoneta en la boca del gusano, giró la vara de hierro, y la
sangre del monstruo surgió a borbotones.
Luego empezó a tirar de la presa hacia la costra de rocas,
luchando contra los esfuerzos que hacía el monstruo para re-
gresar a las profundidades del lago de arena.
Stolberg me pidió que le ayudara, y colaboré con él como
mejor pude para terminar de sacar el gusano de su elemento
natural. Cuando lo tuvimos totalmente fuera, el sargento lo
remató y lo dejó inmóvil.
Entonces me di cuenta de que al final de aquel cuerpo
grueso y flexible había una concha negra, grande como un
tonel, redonda.
—Es... ¡Es un caracol gigante, no un gusano! —exclamé.
—¿Es que nunca lo habías visto entero? —preguntó el sar-
gento, sorprendido.
—No, claro que no. ¡Estupendo, fantástico!
Stolberg jadeó y soltó una sarta de maldiciones. Siguió
tirando del gran caracol hacia el campamento.
—Mierda, ¿es que cambia algo que sea un gusano o un
caracol?
Me reí de buena gana. Empecé a ayudarle.
—Desde luego que lo cambia —dije—. Los caracoles me
encantan. —Me acordé de Jorge—. ¿Sabías que a los españoles
les gustan bastante?
LONDRES, 21:59 HORAS
—Mis aficiones culinarias nunca se han inclinado por los
gasterópodos, pero comprendo, señor Kanable, que usted sin-
tiera bastante alivio al conocer la verdad. Siempre resulta me-
jor ese poco apetitoso manjar que degustar un sucio gusano,
sobre todo tan grande, parecido a una mitológica serpiente
—dijo Rosenman después de encender un cigarrillo.
Kanable guardó silencio. Mantuvo los ojos entornados mien-
tras Kenneth se ocupaba de cambiar la cinta de la casette.
—¿Tiene sueño? —le preguntó su anfitrión al alzar la cabe-
za tras conectar el aparato—. Pronto será medianoche. Si lo
prefiere podemos dejarlo para mañana. Cada vez tiene peor
aspecto.
—Puedo continuar un poco más.
—Como quiera —asintió Kenneth, en realidad alegrándose
de seguir.
—No por mucho tiempo. Creo que usted tendrá que hacer
varias llamadas a sus amigos esta noche. No quisiera que nin-
guno de ellos se enfadara si lo saca de la cama.
—Ah, sí. Tal vez me llamen mañana a primera hora para
decirme si puedo contar con ese material tan extraño —esbozó
una sonrisa—. Sé de uno que se sorprenderá mucho cuando le
pida un poco de cocaína. Terminará pensando que es para mí.
Por cierto, algunos artículos serán muy difíciles de conseguir
en tan poco tiempo. Debe darme más días.
—Lo necesito todo, Rosenman —le interrumpió Kanable—.
Y pronto. Confío en su palabra. No me decepcione
—Lo intentaré —gruñó Rosenman
—Tendrá que hacer lo imposible. Por cierto, ¿ha descuarti-
zado alguna vez un gusano gigante?
...Va de anécdotas. Una triste anécdota, me temo.
Existe ese larguísimo país en América del Sur llamado Chile,
de también ya larga tradición dictatorial. Su amo se empecinó en
cumplir los plazos de su permanencia en el poder, y los cumple a
rajatabla. Admirador de otro viejo dictador, suspira por seguir sus
pasos y se arrima al purpurado, aunque éste en parte le rehuya.
Pero siempre encuentra eco a sus deseos en determinados niveles,
y poco le falta para proclamar su propia cruzada contra sus ene-
migos, como lo hiciera en medio de una atroz guerra su venerado
maestro.
Oficialmente, Chile es la única nación donde no hay una sola
Isla del Infierno, por pequeña que sea. La razón que da el Palacio
de la Moneda es que Dios no ha permitido que Chile sea contami-
nado con algo enviado por el diablo. Si usted recorre el país no
verá ninguna Isla, es cierto. De eso se encargaron una noche, días
después de que aparecieran, cientos de camiones custodiados por
carabineros. Toda la roca, toda la arena gris que recibieron fue a
parar al Pacífico. Chile está intocado por el diablo. Inmaculado.
Palio y gloria al dictador...
(Nuevas Visiones, febrero de 1991, artículo de K. R.)
LA GUARDIA
Tuve que ayudar a Stolberg a separar las partes más apro-
vechables del caracol.
Aquel día en que me inicié como matarife aprendí bastante
del oficio, por ejemplo cómo usar el afilado cuchillo. Por suerte
disponíamos de abundante sal, y preparamos casi treinta libras
de carne para conservarla.
El sargento me explicó que de aquel ejemplar apartaba una
cantidad mayor de lo habitual porque esperaba recibir en el
campamento a mucha gente para la mañana siguiente, y su
intención era obsequiarla con un banquete. Agregó riendo que
sólo después de que comieran les revelaría de dónde procedían
los filetes. De no necesitar tanta comida no hubiera merecido
la pena conservar toda aquella carne, ya que el ambiente la
corrompería al cabo de dos días, a pesar de la preparación que
le habíamos dado.
De repente recordé algo y le pregunté, sorprendido:
—¿Por qué hacéis el estofado soso teniendo tanta sal?
—Bueno, es que sucede algo curioso. Cuando esta carne se
guisa, pierde casi toda la sal que contiene y la que se le añade.
La realidad es que este bicho no es un caracol como esos pe-
queñitos parientes suyos que conocemos.
—¿Qué es?
—Se trata de una especie, y no sólo por su tamaño, muy
peculiar, como habrás comprobado por su ligero sabor a vena-
do.
Stolberg fue metiendo los trozos de carne en un bidón de
plástico que había dentro del vehículo militar. Una vez lleno
hasta el borde, transportamos los despojos y los arrojamos
lejos, a una oquedad donde vi varios otros caparazones de ca-
racol y restos de carne descompuesta, la más reciente casi pul-
verizada, convertida en granulos negros.
—Así quedan a las pocas horas los cadáveres en este paraje
de mierda, amigo —gruñó Stolberg.
—¿Tan rápida es la corrupción aquí?
—Mucho. A nuestros compañeros muertos los tuvimos que
enterrar enseguida, siempre que pudimos, excepto al pobre
Bill, al que tuvimos que dejar atrás precipitadamente para
escapar de una tormenta. Aquí el dueño de una funeraria se
arruinaría, porque siempre llegaría tarde a amortajar al difun-
to. Por este motivo tenemos que sacar de la arena un gusano
cada dos días.
—Caracol —le corregí.
—Llámalo como te parezca —Stolberg se encogió de hom-
bros—. Te confieso que nosotros nos equivocamos al principio
como tú y cuando los vimos pensamos que eran gusanos, y así
seguimos llamándolos a menudo.
—¿Habéis probado a guisar los sables curvados?
—¿Estás loco? —exclamó el sargento.
—¿Qué les hace diferentes de los caracoles?
—A esos chupadores no hay quien los cace, pero yo perso-
nalmente tendría que estar demasiado hambriento para guisar
uno y probar a comérmelo.
—¿Por qué?
—Tengo entrañas, aunque no lo creas. He visto a dos de mis
amigos ser triturados por los sables curvados, y como no con-
seguimos matarlos y se nos escaparon, siempre que veo uno me
imagino que pertenece al grupo de los que engordaron a costa
de ellos. Sería como comerme parte de un ser humano.
Stolberg se desperezó y dijo, dándome una palmadita en
las espaldas:
—Vamos, tienes que ir a relevar a Null. Quedamos en que
empezarías tu guardia al anochecer, y el sol está a punto de
ponerse. Yo iré cuando falten cuatro horas para el amanecer, y
luego será tu amigo quien vigilará. Veremos cómo lo hacéis.
Toma. Lo necesitarás. —Me entregó mi reloj de pulsera.
Le vi rebuscar dentro de una caja de madera que había
debajo de un montón de mantas.
—No he vuelto a ver al mayor desde que se marchó esta
mañana —dije, fingiendo despreocupación.
Stolberg no respondió. Su silencio me indicó que no desea-
ba hablar de su jefe.
Había sacado un rifle automático, y me lo entregó junto
con dos cargadores. Señaló los cartuchos y me advirtió:
—Una bala vale aquí más que su peso en oro. No dispares
si no es necesario, pero no dudes en hacerlo sí te ves en peligro.
—Creí que a este lugar no llegaban los devoradores y que
tampoco había cerca sables curvados...
—Uno nunca sabe lo que tiene a su alrededor. Si notas que
el viento arrecia y se vuelve frío, corre a meterte dentro de un
coche y cierra todas las ventanillas, porque lo más probable es
que unos minutos después aparezca una tormenta, y lo que
flota en ella es peor que meter los testículos en un nido de
serpientes de cascabel. —Stolberg se rascó la nuca—. Seguro
que una serpiente de cascabel lo pasaría muy mal aquí.
Por el camino, mientras me dirigía al puesto de observa-
ción, me dediqué a familiarizarme con el rifle y metí un carga-
dor. Me recordó una época en la que mis disputas con Tos
suboficiales de mi compañía me acarrearon demasiados proble-
mas, un tiempo ingrato de recordar.
Encontré a Null impaciente y hambriento. Me dijo que no
había visto nada digno de contarme, y sólo me señaló que
debía observar cierto lugar, no muy lejos, donde creía que
podía surgir un fuego fatuo aquella noche. Al menos él estaba
seguro de haber visto los prolegómenos del acontecimiento.
—¿Debo avisaros si aparece? —pregunté, examinando el
sitio, para mí tan anodino y a la vez tan horrendo como todo el
terreno que se extendía hasta la montaña.
—No, maldita sea. ¿Para qué? Simplemente recuerda todos
los detalles, y se lo cuentas al sargento cuando te releve. Esas
rocas que te he señalado están en un terreno poco adecuado
para caminar, te lo advierto.
—Pero vosotros habéis recorrido varias veces ese camino,
¿no?
—Si esta mañana hubieras observado con detenimiento el
sendero que conduce a la meseta, habrías notado a la luz del
día una serie de manchas más claras: son las que usamos para
acercarnos al enemigo. Las otras zonas oscuras son las peligro-
sas. Puede haber sables curvados en ellas, o algo mucho peor
que todavía no se ha dejado ver.
Comprendí que los americanos estaban obsesionados con lo
desconocido. Seguramente se trataba de alguna clase de para-
noia que a mí no tardaría en afectarme también.
—¿Cómo es de cerca un fuego fatuo? —pregunté.
—¿Nunca te has encontrado con ellos?
—Los únicos que he visto, si es que lo eran, estaban muy
lejos.
—Lo primero que descubrirás será destellos dorados inter-
mitentes que surgirán de las rocas o el suelo, y luego la forma-
ción de un nimbo gaseoso. Un fuego fatuo puede desaparecer a
los pocos minutos o durar horas. Bueno, esto es todo. Buena
guardia, compañero, y no te duermas.
Le repliqué con un gruñido y me acerqué hasta casi el linde
de la plataforma rocosa, con la mirada fija en el lugar señalado
por Null.
No encontraba nada anormal en las rocas puntiagudas que
se elevaban como unos quince pies del suelo. Pronto no podría
distinguirlas de las demás, cuando se ocultara el sol y apenas
quedase en el cielo el ligero resplandor que algunos días, según
me había dicho Stolberg, duraba hasta el amanecer, y que él
creía que era debido a que la luna hacía cuanto podía para
indicarnos su presencia detrás de las nubes.
Me cansé de observar las rocas puntiagudas y durante un
rato dediqué mi atención a la montaña.
Cerca del sitio donde había estado Null vi una manta muy
arrugada, y sobre ella dos botellas de agua, un trozo de carne
de caracol ahumada y mis prismáticos, que habían sido confis-
cados y destinados al puesto de observación.
Hasta que el sol se ocultó y el resplandor de aquella noche
en las nubes me lo permitió, estuve escudriñando la meseta.
Efectivamente, sus paredes serían la desesperación de los esca-
ladores más expertos. Eran casi lisas, y para colmo poseían una
ligera inclinación hacia fuera a medida que ascendían.
En lo alto de la montaña, la vegetación roja, vista a través
de los prismáticos, poseía también tonalidades naranjas y ama-
rillas, y parecía como si debajo de ella existiera una pequeña
pero hermosa fuente de luz. Me costó un gran esfuerzo apartar
la vista de esa visión tan subyugante.
Los minutos fueron transcurriendo lentamente y llegó a
cumplirse la primera hora, la segunda y... Creo que estaba en
mi tercera hora de guardia y ya me había fumado despacio,
todo lo despacio que pude, mi último cigarrillo, cuando de
soslayo percibí un ligero resplandor delante de mí y a mi de-
recha.
Por dos veces el viento había arreciado ligeramente, y yo
había puesto mis cinco sentidos en intentar captar si la tempe-
ratura bajaba al mismo tiempo.
La idea de ser sorprendido por una de las temidas tormen-
tas me angustiaba, sobre todo porque desconocía cuáles podían
ser las verdaderas consecuencias para mí, el peligro real que
transportaba en sus torbellinos de arena.
Lo olvidé todo cuando tuve la certeza de que en el sitio
indicado por Null florecía una curiosa luminosidad. Era como
si existiera un fuego interno en las agudas y elevadas rocas.
Quedé extasiado en la contemplación de aquel fenómeno
que imponía su toque de color diferente y bello en el paisaje
monótono y hostil. Mi corazón parecía gritarme que yo no
tenía nada que temer de aquella luz, pero mi mente me adver-
tía que no me acercase a ella. En aquel momento lamenté que
no me hubieran dado más información acerca de los fuegos
fatuos.
Anduve hasta el borde de seguridad. La luminosidad crecía
como a unas cien yardas. Di los primeros pasos sobre la arena
suave y clara para acercarme a las rocas que brillaban cada
vez con más intensidad; ya apenas parpadeaban como al prin-
cipio. Él resplandor era constante, a cada segundo más hermo-
so.
Caminé sujetando el fusil con una mano, usándolo como un
bastón de ciego para tantear el terreno que iba pisando, mien-
tras mi mirada permanecía fija en las rocas luminosas. Me
detuve al llegar como a unos veinte pasos. De pronto me asaltó
el pensamiento de que estaba siendo atraído a las rocas como
si de ellas surgiera el canto de las sirenas.
Vi al lado del fuego fatuo, un fuego frío y hermoso, una
elevación del terreno que consideré ideal para usarlo como
lugar de observación. Desde allí podría estudiar el fenómeno a
una distancia prudencial.
Cuando estaba a mitad del camino comprendí asustado que
había andado sin tomar las debidas precauciones, olvidándome
de los consejos de Null y Stolberg. No había advertido la clase
de terreno que pisaba. Pero ya era tarde para volver, tenía mi
objetivo más cerca que la plataforma de seguridad, y continué
adelante.
No me costó mucho trabajo ascender por la ladera de aque-
lla elevación rocosa. AI llegar arriba repté hasta el borde y me
asomé. El fuego fatuo estaba debajo de mí, a pocos pies. No
percibí ningún calor y me quedé inmóvil, embelesado por los
tonos dorados de las tres rocas inundadas de luz.
Estuve un rato respirando suavemente, sin moverme, hasta
que algo en el cielo atrajo mi atención y alcé la cabeza.
Descubrí que un objeto alargado bajaba de las nubes próxi-
mas a la meseta y se dirigía hacia donde yo estaba.
Creo que hubiera abandonado mi improvisado observatorio
y corrido al campamento si mi curiosidad no hubiera vencido
en un rápido combate a mis recelos.
El objeto tendría unas seis yardas de largo, y debajo de él
había una góndola suspendida, algo más pequeña. No escuché
que hiciera el menor ruido al desplazarse por el aire, hasta que
estuvo sobre la vertical del fuego fatuo, y entonces creí escu-
char, cada cierto tiempo, como un sordo rugido, que se in-
terrumpía para dar paso a un silbido corto y agudo.
Me dediqué mentalmente una serie de insultos al darme
cuenta de que había dejado atrás los prismáticos. A pesar de no
disponer de ellos, cuando el objeto estuvo más cerca, flotando
a escasa altura del fuego, mi primera impresión fue que se
trataba de un globo y el ruido era producido por un quemador
para llenarlo de aire caliente. La góndola llegó hasta un par de
pies del terreno, y de ella apareció una figura que sacó por el
borde una pierna larga, brillante y dorada.
No podía pegarme más al suelo, tenía hundida la cara en
una parte arenosa de la roca. Sentí que mis manos temblaban.
Debajo de mi pecho el fusil me transmitía a la piel el frío de su
cañón.
A la primera pierna siguió una segunda, y luego pude ver
el resto del cuerpo.
Era una figura esbelta, un hombre que podía ser considera-
do como bien constituido. Sería un hermoso ejemplar humano,
de no ser porque su cabeza me pareció lo más inhumano y
grotesco que hubiera visto en mi vida.
Muy despacio, el desconocido caminó hacia las rocas bri-
llantes, después de sacar del interior de la góndola una especie
de arma que se sujetó al antebrazo derecho.
Su cabeza seguía pareciéndome impresionante. En lugar de
ojos tenía dos bolas blancas que irradiaban una especie de halo
dorado, y las facciones bajo este resplandor eran abultadas y
deformes. El cráneo, liso y de color plateado era muy abombado por detrás.
Caminó después de mirar a todos lados. Por un momento
temí que fuera a alzar sus fríos globos oculares hacia el pro-
montorio y me descubriera, pero no lo hizo; se acercó al fuego
fatuo, hasta rozarlo con la yema sus dedos negros como el
carbón.
Aunque disponía de mi arma, para cogerla tenía que mover-
me mucho, y temí hacer tanto ruido que el ser, por fuerza,
acabaría oyéndome. Y lo último que yo deseaba era ser descu-
bierto. Recordaba el encuentro que tuvo Stolberg con ese hom-
bre, o lo que fuera, o con otro semejante a él.
Al cabo de un rato, después de estudiar mi situación, me
dije que el desconocido estaba tan distraído contemplando el
fuego de las rocas que difícilmente se daría cuenta de mi pre-
sencia si no hacía ruido.
Si me deslizaba por la pequeña ladera podría alcanzar el
suelo, dar un rodeo y regresar al campamento. Mi obsesión era
avisar a mis compañeros de aquella aparición. ¿No quería Stol-
berg coger al asesino de Finnell? Pues ahí lo tenía.
Seguro que al sargento le iba a agradar mucho poder cazar
una pieza semejante. Su idea de venganza era obsesiva, y me
pregunté si no debería controlarse, pensar que el ser le serviría
más vivo que muerto para averiguar la forma de llegar a la
cima de la meseta. Eché una ojeada al globo. Si nos apoderá-
bamos de él, sería muy sencillo alcanzar la floresta roja.
Casi conseguí llegar abajo, pero al ir a volverme se me
erizaron los cabellos y mis dientes castañetearon. A poca dis-
tancia había un grupo de delgadas varas que se movían y osci-
laban, dobladas en su extremo superior.
Nadie tenía que explicarme que un grupo de sables curva-
dos había estado acechándome y ahora se acercaba a mí.
LONDRES, 22:25 HORAS
—Jesús, no sé si rogarle que me diga qué era esa aparición
con aspecto de alienígena o que me explique antes cómo logró
salir de aquel sitio lleno de serpientes —jadeó Rosenman. Be-
bió un trago, chasqueó la lengua—. Al infierno el orden crono-
lógico de los hechos. Esa criatura, ¿era un habitante de aquel
lugar, un auténtico aborigen?
Por la expresión de Kanable, Rosenman comprendió que no
estaba dispuesto a anticiparle nada, y se resignó a esperar.
Sonriendo, dijo:
—De acuerdo. Continúe. A ver de qué forma pudo salir con
vida, porque es evidente que pudo hacerlo.
—¿Por qué lo cree? —preguntó Kanable.
—Maldita sea, sobrevivió, ¿no? Está contándomelo.
—¿Es que el protagonista de una novela contada en prime-
ra persona no puede morir?
—Evidentemente, no. Al menos hasta el final de ella. Y
usted no está muerto.
Kanable alzó la mirada hasta las molduras del techo. Su
entrecejo estaba fruncido cuando replicó:
—Creo que llegué a morir. Posiblemente resucité.
...El embajador no ha tardado en presentar sus protestas ante
el secretario de Asuntos Exteriores y ante mí. Un honor. No. Sería
un honor proviniendo de otra persona, pero no de él. Ni siquiera
he arrojado su carta a la papelera. En ella hay otras más honestas
que merecieron terminar allí. La carta en cuestión tuvo el empleo
que le correspondía. El perro de mi mayordomo, un encanto de
perro, acostumbra a hacer sus necesidades en sitios no adecuados,
y había que recogerlo con algo...
(Nuevas Visiones, febrero de 1991, contestación de K. Rosen-
man a un escrito recibido dos días después del anterior número de
la revista.)
LA CRIATURA
Mi primera intención fue echar a correr, pero enseguida me
di cuenta de que aquellas serpientes me cortaban toda posible
huida. A mis espaldas tenía la elevación del terreno, y a izquier-
da y derecha apenas disponía de sendos pasillos de tres o cua-
tro pies de ancho. Me quedé paralizado, acogotado por el mie-
do. Sostenía el rifle entre las manos, pero sabía que de poco iba
a servirme. Los sables curvados se habían desplegado y yo
tenía a los más cercanos a mi alcance. Mejor dicho, ellos me
tenían a su alcance. Se movían despacio, echando hacia atrás y
hacia delante su delgada cabeza, de cuyo diminuto hocico su-
perior, el principal de la docena larga de que disponían, sur-
gían agudos silbidos.
En aquel momento recordé el grito infrahumano que escu-
chamos la primera noche y pensé que sólo podía proceder de
un hombre atacado por monstruos iguales a los que me rodea-
ban.
Sabía que una vez que saltasen sobre mí no me quedarían
más que unos segundos de vida; cientos de pequeñas bocas
situadas a lo largo de los cuerpos de reptil empezarían a devo-
rarme hasta llegar a mis huesos. Mi sufrimiento resultaría terri-
ble, eterno para mis sentidos, aunque apenas durase unos segun-
dos.
Me revolví casi enloquecido y empecé a apretar el gatillo.
Los estampidos sonaron igual que cañonazos en aquel paraje.
No sé si los sables curvados podían oír, pero creo que el ruido
y los fogonazos los aturdieron un instante. Los que estaban
aproximándose por mi izquierda se echaron hacia atrás. El
pasillo de aquella parte quedó un poco más despejado, y corrí
hacia él.
Pero antes de que hubiese avanzado un par de pasos sentí
que algo duro y cálido se enroscaba en mi cintura, y luego otra
de esas horribles cosas se pegó a mi hombro derecho.
Aunque todavía no había comenzado a sentir ningún dolor,
grité como si mil colmillos ya me estuvieran desgarrando las
entrañas.
Apenas conseguí ver unas sombras largas y delgadas que se
agitaban a mi alrededor. El resto de los sables curvados se
cimbreaban cada vez más aprisa, tal vez impacientes por ocu-
par una parte de mi cuerpo y poder empezar su festín.
Escuché siseos, mordiscos en mis ropas. Los dientes no
tardarían en alcanzar la carne. Volví a gritar. En realidad seguí
con el mismo grito que había iniciado para confesar al viento
mi pánico.
De alguna forma pude situar el rifle delante de mi cara, y
una serpiente saltó y se enroscó en el cañón. Durante un segun-
do vi sus ojos pequeños y rojos fijos en los míos. Aparté el arma
y la arrojé lejos.
Debió ser al mismo tiempo que sentí la primera herida en
el vientre cuando escuché algo parecido al ruido que produce
un taladro casero. Yo había empezado a cerrar los ojos para no
ver la muerte que me aprisionaba, pero los abrí, y vi al desco-
nocido acercarse. Había dado la vuelta a la roca y tenía exten-
dido su brazo derecho. De la boca de su extraña arma salía un
foco de luz rojiza que empezó a barrer a los monstruos que me
rodeaban.
Los sables curvados fueron rebanados por muchos sitios a
lo largo de su cuerpo, divididos en docenas de trozos. Escuché
silbidos de agonía. La presión que sentía en mi cintura cedió de
pronto, y los dientes que habían destrozado la hombrera de mi
chaqueta ya no se hincaban en mi piel.
Durante unos instantes me mantuvo de pie un súbito vigor
que nació de mi desesperación, y tuve la sangre fría de mirar
al desconocido. Terminaba de expulsar a los sables curvados de
los alrededores con el arma pegada a su antebrazo. Pero aún
quedaban bastantes, y media docena de ellos saltaron sobre él.
Entonces caí de rodillas, pensando que si mi salvador moría yo
estaba perdido: luego de acabar con él, los monstruos se ocu-
parían de mí. Ya no me quedaban fuerzas para dar un solo paso.
Pero el desconocido soportó la acometida de los sables cur-
vados con una serenidad increíble. No ejecutó un solo movi-
miento que no estuviera estudiado previamente; tomaba pun-
tería, volvía la luz contra las serpientes, y las destrozaba hasta
que iban soltándose de su brillante traje, caían al suelo, y él las
apartaba a puntapiés, ya muertas, como si siempre hubieran
sido inofensivas.
No podía mantenerme erguido, ni siquiera de rodillas. Me
sentía desfallecer. Decenas de agujeros en mí carne se llenaban
de brasas, y los dolores empezaban a lacerar todo mi cuerpo
mordido.
El desconocido caminó hacia mí. Mi mirada estaba fija en
su figura altiva de triunfador. Tuve la certeza de que todo
había concluido para mí, que él iba a rematar la obra inconclu-
sa de los monstruos.
El leve resplandor de la noche, proveniente de las nubes,
pareció acrecentarse de pronto, y pude ver con más nitidez la
cabeza del desconocido. Sus grandes ojos blancos estaban po-
sados en mí, y observé trémulo que me acercaba sus negras
manos; vi en uno de los antebrazos el arma que había extermi-
nado a los sables curvados, y en el codo del otro brazo un resto
de serpiente aún pegado por sus propias entrañas a la piel
dorada y brillante de su exterminador.
Algo resbalaba por mi frente, posiblemente una mezcla de
sudor y sangre, y me cegó el ojo derecho. Con la visión dismi-
nuida, la poca entereza que me quedaba desapareció y caí de
espaldas en la arena cubierta de trozos de sables curvados y
humedecida por un líquido espeso y frío.
Aquel ser dio media vuelta y desapareció tras las rocas.
Al poco rato escuché el rugido sordo del vehículo, y luego
creo que atisbé de soslayo una sombra volar hacia la meseta.
Mi soledad en medio de las serpientes destrozadas me abru-
mó, y perdí la poca fuerza que aún quedaba en mi ser. Me
restregué las ropas, sentí mis manos manchadas por mi propia
sangre. Todo mi cuerpo estaba acribillado de dolor.
Varias veces perdí totalmente la noción de las cosas y del
tiempo.
Pensé en los soldados. Dios mío, ¿es que no iban a venir a
socorrerme? ¿Acaso no habían escuchado mis disparos, mis
gritos?
No pude sostenerme más tiempo de rodillas y caí de bru-
ces. Chapoteando en el fango hecho con tierra y sangre mía y
de las serpientes, conseguí revolverme y me quedé mirando el
sucio cielo.
De pronto, cuando había transcurrido lo que ya me parecía
una agonía eterna, volví a escuchar el ruido del vehículo aéreo.
Luego silencio, luego unas pisadas en la arena.
Otra vez apareció la resplandeciente figura del ser junto a
las rocas. Me miró. Echó a caminar hacia mí. Maldito seas,
maldito seas, pensé, notando en mi garganta una bola de san-
gre. Escupí. Volvía a verme morir o a rematarme de una vez.
A partir de entonces todo sucedió confusamente. No llegué
a comprender realmente que no se inclinaba sobre mí para
rematarme, sino para tomarme entre sus fuertes brazos y lle-
varme hasta su vehículo. Fui depositado en el fondo de la gón-
dola con sumo cuidado, y luego él ocupó una posición en el
otro extremo para manejar un aparato de control.
Supongo que perdí totalmente el sentido dos o tres veces,
pero lo recuperé durante unos segundos, justo para percatarme
que el vehículo ascendía y volaba hacia la meseta. El descono-
cido manejaba los mandos, y cada cierto tiempo accionaba un
dispositivo que hacía que algo rugiera en el interior del globo.
En uno de mis momentos de lucidez descubrí que nos
aproximábamos a la pared de la montaña. De cerca era tremen-
damente lisa y muy oscura. Ascendíamos, y luego, de pronto,
surgió la vegetación roja por el borde.
Entonces perdí totalmente el conocimiento.
Cuando lo recobré descubrí cerca de mí a la más increíble
y maravillosa criatura que había visto en mi vida. Era como el
personaje de un sueño del que uno nunca quisiera despertarse,
una muchacha de bellísimas y suaves facciones. Su piel, leve-
mente rojiza y fina, era como la porcelana. Iba desnuda de
cintura para arriba y sus pequeños y firmes pechos eran tan
perfectos que no los contemplé con deseo, sino con admiración,
como si fueran el resultado de una irrepetible y perfecta obra
de arte, la escultura salida de las manos del más grande artista
de todos los tiempos, el resultado de un trabajo de años.
Estaba arrodillada a mi lado, tan cerca de mí que podía
oler el perfume de su cuerpo, Yo me encontraba completamen-
te desnudo, tendido en un colchón muy suave situado a ras del
suelo. Ella limpiaba delicadamente mis heridas con una espon-
ja diminuta que tenía cogida entre sus pequeños dedos. De vez
en cuando la impregnaba de un aceite aromático que iba exten-
diendo sobre mi piel, dejándome una agradable sensación de
bienestar.
Desde que abrí los ojos no aparté mi vista de ella, y tardé
en darme cuenta de que me encontraba en una habitación de
techo bajo y abovedado, que me daba la impresión de estar en
el interior de una esfera partida por la mitad. Su superficie era
blanca, casi transparente. Al otro lado de la puerta había una
vegetación roja, compuesta de árboles pequeños y plantas cu-
yas hojas anaranjadas trepaban por sus troncos.
La muchacha me dirigió una sonrisa. Se había dado cuenta
hacía un rato de que yo ya no estaba inconsciente, pero ni un
solo instante dejó de acariciar mi cuerpo con la esponja y sus
manos. A cada segundo que transcurría me liberaba del dolor,
y todo mi ser era embargado por un extraño placer.
Me habló, y supe que mis oídos jamás podrían percibir una
voz tan dulce como la suya. No podía entender sus palabras,
pero estaba seguro de que su intención era consolarme y devol-
verme el ánimo.
Hice un intento por incorporarme y ella me obligó a per-
manecer acostado, ejerciendo una ligera pero decidida presión
sobre mi hombro, a la vez que negaba con la cabeza y me
sonreía.
Tenía una frente muy despejada, casi grande. Pero eso no la
afeaba, sino que por el contrario le daba un encanto más, un
toque de exotismo. Su cabello, corto y casi blanco, la hacía
parecer curiosamente más joven, casi una niña con cuerpo de
mujer.
Lamenté mucho que la cura llegara a su fin. Ella se levantó
sin dejar de sonreírme y entonces vi que alguien entraba incli-
nándose por la puerta. Era otra muchacha, para mí casi geme-
la de la primera. Ver dos criaturas tan perfectas y hermosas me
pareció demasiado, y quedé aturdido.
La segunda mujer tomó el lugar de la que debía ser su
hermana, quien después de recoger los avíos usados para curar-
me o lavarme, exactamente no lo sé, aunque creo que el aceite
servía para cumplir los dos cometidos, se retiró caminando tan
grácilmente que pareció flotar a pocas pulgadas del suelo.
La recién llegada llevaba una bandeja de plata en las ma-
nos. Alcé la cabeza y vi que contenía una especie de jalea. Usó
una cuchara de mango labrado y fue dándome de comer.
Aquella papilla de color naranja era suave y dulce. La comí
toda. Luego sentí un sueño irresistible y volví a sumirme en la
inconsciencia. Pero no tuve ninguna pesadilla. Creo que fue la
primera vez en muchos años que dormí como un niño.
No puedo saber si desperté varias horas más tarde o apenas
unos minutos después. Cuando abrí los ojos no lo averigüé.
Afuera había la misma luz que cuando me dormí, y no llevaba
puesto mi reloj de pulsera, que más tarde encontraría al pie del
lecho. Luego conocería cuánto tiempo había necesitado mi cuer-
po para sanar. En él no quedaba el menor rastro de las morde-
duras de los sables curvados.
No había nadie en la habitación y me alarmé. Me asustó la
ausencia de las muchachas. A pesar de mis temores, pude po-
nerme de pie sin la menor dificultad. Sentí miedo de encontrar-
me débil o que un mareo me obligase a acostarme, pero me
equivoqué. Estaba fuerte, con la mente despejada. Caminé has-
ta la puerta y salí.
Además de la curiosidad que tenía por conocer aquel lugar,
mis piernas parecían caminar impulsadas por un irresistible
deseo: necesitaba encontrarme de nuevo con las muchachas.
Anduve por uno de los muchos senderos que se abrían en el
bosquecillo rojo y naranja. Una buena parte de los árboles eran
frutales, y vi curiosas frutas colgar de sus ramas. Pensé que la
papilla que había tomado debió estar preparada a base de
aquellos frutos.
Me guié por un murmullo de voces que hablaban en la
lengua cantarina de las muchachas. Casi tuve que refrenar mis
ansias de echar a correr. Aparté unas ramas y descubrí un
pequeño claro. Al fondo había una hilera de casitas en forma de
media esfera, y delante de ellas un grupo de personas sentadas.
De pronto, al ir a dar mi primer paso fuera del bosque, una
mano fuerte se posó en mi hombro y me obligó a volverme,
muy despacio.
Antes de perder de vista al grupo descubrí que estaba for-
mado por seis muchachas casi iguales a las dos que me habían
cuidado, seis hombres jóvenes y apuestos, muy parecidos entre
sí, y seis niños de sexo indefinido que jugaban un poco aparta-
dos de los mayores.
Antes de enfrentarme al dueño de aquella mano que me
sujetaba volví ligeramente la cabeza y vi sus dedos negros y
brillantes. Era el ser que me había salvado la vida.
Había creído encontrarme en el paraíso, y de pronto apare-
cía el diablo.
Retiró su mano de mi hombro y se la miré. Bajo la claridad
del día descubrí que su negrura se debía a que la llevaba enfun-
dada en un guante muy ajustado. La cara que tenía delante no
era exactamente la misma que me había horrorizado a causa
de su fealdad y los saltones ojos blancos, tan grandes como
pelotas de ping-pong. Por ejemplo, éstos ya no estaban. En su
lugar había unas gafas de una sola pieza, alargadas, como las
que se usan para la nieve. Pero a través de las ranuras vi una
mirada azul y humana.
El hombre se llevó las manos a la cabeza y se quitó las
gafas primero. Luego se sacó el casco de metal que alargaba su
cráneo, apartó las orejeras que casi le llegaban a la boca, y que
yo imaginé cuando le vi por primera vez que eran parte de sus
facciones.
Apareció ante mí el rostro corriente de un hombre corrien-
te. Era delgado, aguileño y escasamente bronceado. Aparenta-
ba unos cuarenta años. Sus labios, largos y finos, se movieron;
escuché:
—Aléjate de ellos. No debes importunarlos.
—Hablas mi idioma —exclamé tras aspirar profundamen-
te, atónito por la sorpresa.
Y aunque no me pareció el fin de los tiempos, pensé que
algo se rompía dentro de mí, tal vez la incipiente ilusión en la
que me sentía tan confortable. A pesar de lo teatral de su
aparición, aquel hombre, con su cara vulgar, había destrozado
todo el encanto que me envolvía. Era como si parte de la magia
de aquel lugar se hubiera esfumado al hablarme una persona
que era de mi mundo, que evidentemente pertenecía a cuanto
había dejado atrás aquella tarde en el hotel Welbeck.
Me volví para echar una mirada al grupo. Seguían hablan-
do entre sí, ajenos a nosotros. Ni una sola vez dirigieron sus
ojos al lugar donde nos encontrábamos.
—Déjalos —insistió el hombre.
—Quería dar las gracias a las mujeres que me cuidaron
—fue mi excusa para no marcharme.
Me tomó de un brazo y me apartó del linde del bosque. Me
dejé conducir por él; caminamos durante unos minutos. Nos
detuvimos a pocos pasos de un río de escaso cauce y cristalinas
aguas, que se curvaba al llegar al borde de la montaña y eludía
graciosamente precipitarse a la llanura en una diminuta casca-
da, regresando al interior para volver a serpentear por entre los
árboles.
Cerca de allí estaba el habitáculo donde yo había desperta-
do.
—Vivirás ahí, y procurarás no acercarte a la Familia a
menos que seas invitado —me advirtió.
—¿Quiénes son? ¿Ellos son la Familia?
—¿No prefieres que primero te diga quién soy yo?
—Bien, dímelo.
—Me llamo Adrián Stenzel, y soy un hombre como tú.
—Eso ya lo veo —repliqué secamente.
—Quiero decir que procedo del mismo lugar.
Había advertido que no llevaba su arma sujeta al antebra-
zo. Yo quería que me dejase en paz para echar a correr hacia
el claro y sentarme cerca del grupo. Mi deseo era puramente
platónico. Posiblemente no iba a lograr entenderme con ellos,
me estaría vedado intervenir en su calmosa conversación, pero
eso no me importaba. Sencillamente, deseaba verlos, y no sólo
a las muchachas, sino también a los jóvenes, y jugar con los
niños. Era extraña mi ansiedad, pero la encontraba muy natu-
ral.
Sin embargo, Adrián Stenzel podía impedírmelo, ya fuera
usando su fuerza o sirviéndose de alguna otra arma que tuviera
oculta, aunque el traje que llevaba, muy ajustado al cuerpo,
como una segunda piel que le cubría hasta el cuello, no parecía
ocultar nada.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.
—Raymond Kanable. ¿Eres inglés?
—Holandés. ¿Y tú?
—De por ahí. Mi último pasaporte era irlandés.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Soy un trotamundos. —Intenté sonreír—. Ahora
creo verdaderamente que soy un trotamundos, si es que esta-
mos en otro mundo. Oye, tu nombre no parece holandés...
—Mi padre era austriaco y mi madre danesa.
—Ya. Entiendo. Con esos antecedentes y estando aquí, tú
eres el holandés errante.
No conseguí arrancarle la más leve sonrisa. Consiguió amar-
gar mi incipiente euforia.
Mi cabeza insistía en volverse hacia la dirección donde
habitaba la Familia, como la había llamado Stenzel. Él me
agarró de nuevo y me condujo cerca de lo que iba a ser mi
habitáculo.
—Ellos saben que les estás agradecido. En otro momento
podrás decírselo. Ahora es preciso que los dejes en paz. Están
en uno de sus momentos íntimos.
—Soy un ingrato. Aún no te he dado las gracias por haber-
me salvado la vida.
—No me las des. Estuve a punto de permitir que los tramis
acabaran contigo.
—¿Los tramis? —sonreí—. Ah, sí. Los sables curvados tie-
nen un nombre. Tramis. Dime, ¿por qué cambiaste de opinión?
—No eres uno de los cuatro hombres que están vigilando
esta Morada. Si hubieras sido uno de ellos habría dejado que
los tramis te devoraran, aunque eso me hubiera acarreado re-
cibir una pequeña repulsa por parte de la Familia.
Sacudí la cabeza y eché los hombros hacia atrás.
—Dios mío, no entiendo nada. Tú eres un hombre, estás en
este infierno igual que yo, y sin embargo pareces haberte adap-
tado a este ambiente. Tal vez llegaste unos días antes que los
yanquis, es posible, pero debo admitir que has sabido elegir la
mejor compañía..., la Familia. Estoy admirado por tu suerte,
Adrián.
—¿Cuándo apareciste?
—Si no me equivoco, hace tres noches.
—Entonces es una semana. Has dormido cuatro días.
Debí palidecer tanto que imaginé que Stenzel se sonreía un
poco a causa de mi incredulidad.
—No es posible...
—Créelo. Estabas muy mal. Los tramis te hicieron mucho
daño. Si no hubiera sido por la sabiduría de la Familia ahora
estarías muerto, después de sufrir una horrible agonía. Los
dientes de los tramis segregan un veneno, es por eso que sus
presas apenas se defienden a los pocos segundos de ser ataca-
das. El veneno estaba en tu organismo, y ha sido muy laborioso
extraértelo.
Me rasqué la nuca. Mi mano pasó por mi cara, y me sor-
prendió hallar mis mejillas rasuradas.
—No te crecerá la barba durante un par de días —explicó
Stenzel—. Yo llevo tanto tiempo usando el sistema que he em-
pleado en ti que tardo mucho en necesitar un nuevo afeitado.
Entorné los ojos. No me pasó desapercibido lo que había
dicho.
—¿Cuánto tiempo has necesitado para convertirte en un
experto, en aprender a moverte por aquí?
—Bastante. Durante las primeras semanas fue como si el
ángel de la guarda hubiera estado protegiendo mi vida, hasta
que encontré a los ankaris. Luego empezaron a llegar más pe-
dazos de la Tierra. Creo que puedo ostentar el título, mientras
no se demuestre lo contrario, de ser el primer hombre de nues-
tro mundo que apareció en Elajah.
—¿Cuánto tiempo llevas exactamente? —inquirí, empezan-
do a sentir hacia Stenzel una rabia que me avergonzaba.
—Ocho meses, pero sólo algunos de ellos en contacto con
esta Familia ankari.
Me sentí muy nervioso al pensar que Stenzel podía revelar-
me los misterios de aquel infierno que él había llamado... ¿Cómo
lo había llamado? Lo recordé, y casi le agarré para zarandearle
al preguntarle:
—¿Dices que esto es Elajah? ¿Qué es Elajah? ¿Otro mundo,
lo que ha sido el nuestro en el pasado, lo que será en el futuro?
—Es un vocablo de Ankar. Elajah es una expresión arcaica
que sirve para definir una especie de infierno. Algo que se
ignora. Elajah es lo desconocido.
...Parece que fue ayer, pero ya ha transcurrido casi año y
medio. Anoche me comentó un amigo que dentro de poco las Islas
del Infierno serán las Serpientes del Verano para nosotros los
periodistas, que hablaremos de ellas cuando no tengamos una
noticia mejor a mano. Tal vez tenga razón, aunque dentro de mí
algo me grita que no será como pronostica.
(Réplica de K. Rosenman en una entrevista para la edición
dominical del periódico Manchester Herald, marzo de 1991.)
ELAJAH
Las siguientes horas transcurrieron llenas de sorpresas y, a
veces, de desconcierto para mí. Había confiado en que me iban
a ser desvelados algunos misterios, pero sólo obtuve de Stenzel
una serie de respuestas decepcionantes. Y lo peor de todo fue
que realmente parecía ignorar la mayor parte de los secretos
de Elajah.
Adrián Stenzel, sin embargo, me contó que estaba casado y
se encontraba de vacaciones con su esposa Ingrid, sueca de
origen, a unas treinta millas del hotel Welbeck. Ella había ido
aquella tarde a un pueblecito cercano a comprar provisiones, y
él se quedó durmiendo la siesta dentro de la caravana. Cuando
despertó, necesitó mucho tiempo para convencerse de que esta-
ba al pie de una misteriosa meseta y no sufría ninguna pesadi-
lla como creyó al principio. Me confirmó que eso ocurrió el
viernes dieciocho, el mismo día que yo tuve idéntica experien-
cia. La única y gran diferencia estaba en que él apareció en
Elajah casi ocho meses antes.
—Es como el resultado de una carrera a campo través —me
dijo, al comentarle yo que me parecía muy extraño que el
fenómeno provocase tantos desequilibrios temporales—. Todos
los corredores salen a la misma señal, pero van llegando a la
meta a lo largo de varias horas. Resulta evidente que yo fui el
ganador.
—Mientras no aparezca otra u otras personas que digan
que llevan viviendo aquí desde mucho antes que tú.
—Así es. Pero por ahora todos llegaron detrás de mí a la
meta.
Stenzel apenas se separaba de mí, y empecé a sospechar
que lo hacía para vigilarme. Más tarde comprendería sus mo-
tivos. Pero le agradecí su compañía, porque podía conversar
con él y profundizar en algunos de los enigmas de aquel mundo
que me abrumaban. Al principio sospeché que prefería reser-
varse algunos conocimientos, tal vez porque desconfiaba de mí,
pero no tardé en llegar a la conclusión de que eran pocos los
secretos que me ocultaba intencionadamente.
Se había resignado hacía tiempo a no volver a ver más a su
esposa, y me aseguró que ya sólo le preocupaba lo que pudiera
haberle ocurrido a ella.
—Ojalá no le haya pasado nada. ¿Qué habrá sido del resto
del mundo que dejamos? Tal vez los que no murieron estén en
peores condiciones que nosotros —dijo, encogiéndose de hom-
bros. No le veía apenado cuando mencionaba a Ingrid, y me
parecía casi indiferente a la catástrofe que hubiera podido
ocurrir en la Tierra.
Me contó que algunos ankaris recorrían los alrededores de
la meseta el día en que él llegó. Habían bajado llenos de curio-
sidad a investigar el terreno con vegetación verde que de pron-
to rodeaba su Morada.
—Me encontraron cuando yo estaba a punto de salir del
círculo de pasto traído de la Tierra. Me sentía muy aturdido, y
creo que hubiera acabado cayendo en una colonia de tramis
que llamó mi atención de no haber sido porque ellos lo impi-
dieron.
»A1 principio estuve a punto de perder la razón, pero los
cuidados de la Familia fueron tan exquisitos que a veces sospe-
cho que condicionaron mi mente y evitaron que enloqueciera.
—Soltó una de sus secas risas que tan poco me gustaban—.
Ellos salvaron mi vida y mi equilibrio mental, pero algunas
veces pienso que aún no estoy totalmente cuerdo.
A continuación me explicó uno de los misterios:
—La Familia de Ankar no pertenece a Elajah. Están aquí
por la misma causa que nosotros. Tal vez lleven varios años, no
lo sé. O apenas llevaban unos días cuando aparecí al pie de la
Meseta. Fueron traídos a esta llanura con su propio hogar. Su
filosofía les ha ayudado a sobrevivir hasta ahora con pocos
problemas.
—Creí que pertenecían a este planeta...
—¿A esta basura? Claro que no. Creo que no han querido
decirme toda la verdad, o no la saben; pero sólo puede haber
dos explicaciones. Una es que proceden del futuro de la Tierra,
son descendientes nuestros, muy evolucionados y más perfectos
que nosotros, y ahora están en nuestro propio mundo mucho
más avejentado, a millones de años del siglo XX.
—¿Y la segunda explicación?
—Hemos sido arrancados de nuestro planeta y trasladados
a otro, al igual que ellos. Todos somos extraños aquí. Creo en
esta teoría.
Contemplé el césped anaranjado sobre el que estábamos
sentados.
—Yo también. Extraña clorofila —comenté, acariciando la
hierba—. Bueno, creo que en la Tierra hay cierta flora de un
color parecido. Lamento no entender mucho de esto. Si ellos no
pueden o no quieren decirnos por qué ocurre todo eso, nunca
sabremos si son descendientes nuestros o seres de otro mundo.
—Yo era contable en Rótterdam, no un sabio —sonrió Sten-
zel—. Tampoco puedo ayudarte mucho.
—¿Qué has hecho durante este tiempo?
—He intentado ganarme su confianza. Me temo que al prin-
cipio la Familia no me aceptaba con agrado. Tal vez yo signifi-
caba una molestia en su modo de vida. ¿Sabes cómo funciona
una familia ankari?
Me alcé de hombros para darle a entender que no podía
saberlo.
—Para nuestra moral puede resultar escandaloso, porque
viven en incesto —siguió Adrián—. Los ankaris apenas enveje-
cen, y cuando alcanzan la madurez se quedan en ese estadio de
su desarrollo físico hasta morir de manera fulminante, después
de una existencia mucho más prolongada que la nuestra, sin
enfermedades, dolores ni sufrimientos. Sólo cuando uno de ellos
desaparece deciden los restantes que es el momento de engen-
drar a otro ser que ocupe el lugar del fallecido. Por eso las
Familias se componen generalmente de dieciocho personas.
—Ahora comprendo el enorme parecido que tienen todos.
Pero ese sistema conduce a la degeneración de la raza.
—Tal vez para ellos sea la perfección. Pienso que disponen
de defensas naturales para no provocar el mestizaje —añadió,
sin mirarme y preocupado—. Aunque los considero totalmente
humanos, la unión de uno de sus miembros con un ser de la
Tierra podría resultar estéril.
—¿Cómo lo sabes? —sonreí.
Adrián se sonrojó levemente, y ésa fue la primera vez que
le vi titubear, ponerse nervioso.
—Lo sé.
Su lacónica respuesta me hizo sospechar que él no se había
sentido demasiado solo entre los ankaris. Creo que desde aquel
momento comprendí que mi presencia en la Meseta no le com-
placía. ¿Por qué me había salvado entonces? Quizá no quería
compartir conmigo ninguna de sus prerrogativas, si es que
realmente las tenía.
—Fui el primer terrestre que vieron los ankaris —dijo—.
Durante varias semanas me alimentaron, pero no me permitie-
ron subir a la montaña. Bajaban mi comida, y me proporcio-
naron un habitáculo que monté al pie de las paredes. Yo acep-
taba todo aquello resignadamente. Los hombres y las mujeres,
y a veces los niños, me visitaban. Fueron muy pacientes conmi-
go. Me enseñaron su idioma y me hablaron de su sociedad, de
sus costumbres. Supongo que querían estudiarme antes de
traerme aquí para compartir su existencia.
»No sé cuánto tiempo hubiera pasado en mi exilio si el
anillo que rodea la meseta no hubiese empezado a ser engulli-
do por la maldita arena gris, con el consiguiente peligro para
mí de que los tramis o las bolas devoradoras, que no se atre-
vían a acercarse por evitar pisar la hierba, me sorprendieran
una noche mientras dormía. Aunque ya me habían entregado
este traje que llevo, no estaban seguros de que fuera suficiente
para defenderme de un ataque masivo y prolongado de los
tramis. Un día me comunicaron que accedían a acogerme como
huésped de la Familia. Habían pasado casi tres meses.
—Una prueba muy larga —dije—. Me alegro de no haber
tenido que pasar por ella. ¿Intercediste por mí?
El holandés hizo una mueca, guardó silencio un rato y
luego añadió, contrariado:
—La Familia cree que todos los terrestres son como yo, y
actualmente no se opondría a que la meseta se llenara de refu-
giados. Tuve que disuadirles de que acogiéramos a cuantos
fueran apareciendo. Me costó mucho convencerlos de que todos
los humanos no merecen ser salvados.
Observé en silencio a Stenzel, y me pregunté si yo tenía
derecho a decirle que estaba equivocado en la opinión que
tenía de la humanidad y que se comportaba demasiado cruel-
mente con sus hermanos de raza. De todas formas, no podía
estar de acuerdo con su postura. La consideraba demasiado
egoísta.
No había vuelto a ponerme mis viejas ropas, rotas y sucias,
manchadas con mi sangre y la de los tramis, aunque la guar-
daba en mi habitáculo. Me sentía cómodo andando desnudo
por la montaña, en donde la temperatura era ideal y el aire que
se respiraba parecía mucho mejor que el de la llanura, quizá
porque la vegetación roja proporcionaba un oxígeno muy puro.
Sin embargo, a Stenzel sólo lo veía sin su traje en las ocasiones
en que se bañaba en un remanso del río que recorría la super-
ficie de la meseta.
Cuando me habló de aquel extraño traje que llevaba, sentí
cierta curiosidad y lo toqué. Mis dedos sintieron una extraña
sensación, como si estuviera cargado con una corriente eléctri-
ca muy baja. Me fijé en la especie de charretera de metal negro
con extraños dibujos en altorrelieve que llevaba en el hombro
izquierdo. Le pregunté si se trataba de un adorno.
—Aunque no es su verdadero nombre, lo llamo traje de
combate ankari —dijo Stenzel—. Es transpirable, y hasta me
permite evacuar mis necesidades fisiológicas si no deseo des-
prenderme de él. Me cubre desde el cuello hasta los tobillos.
Para proteger mis manos utilizo los guantes negros que ya
conoces, muy resistentes, y una botas del mismo material. El
casco que tenía puesto cuando me viste por primera vez com-
pleta el equipo. Los globos oculares que te hicieron creer que
yo era un monstruo son unas gafas que me permiten ver en la
oscuridad.
—¿Y el arma que tenías adosada al antebrazo?
—Es un lanzador de arena, lo más ofensivo que he logrado
obtener de la Familia. Ellos son exageradamente pacifistas,
hasta el extremo de que no levantarían un solo dedo para
defenderse. Por eso yo tengo que protegerles, cuidarles. ¿Entien-
des? Están indefensos. Lo saben, y han comprendido que me
necesitan. Pero sigo estando a prueba, porque a causa de mi
naturaleza agresiva aún no soy aceptado plenamente por ellos.
En cierto modo, según su criterio, estoy en constante pecado y
contaminado por la violencia que es innata en mí y de la que
no puedo librarme.
—Ese globo... Utilizas un curioso medio de transporte, aun-
que algo rudimentario.
—Sí, el globo es eficaz, pero demasiado lento. No dispongo
de otra cosa mejor, ésa es la verdad. Los ankaris no usan nada
que contamine. —Adrián hizo una mueca de desagrado—. Po-
drían servirse de una tecnología mejor, pero no desean recupe-
rar nada de lo que hace siglos fue rechazado por sus antepasa-
dos. En algún lugar de la meseta disponen de un especie de
archivo de todos los logros científicos y mecánicos que su raza
consiguió a lo largo de miles de años, pero que dejó de utilizar
por voluntad propia. A veces me pregunto si entre tantas ma-
ravillas no estará el medio para regresar.
—Creo que ellos te lo habrían dicho, o hace tiempo se hu-
bieran largado de aquí. No creo que se sientan a gusto viviendo
en Elajah.
—Se ve que no entiendes a los ankaris —dijo Stenzel enig-
máticamente
Me había acostumbrado a llamar Elajah a lo que desde un
principio me pareció el infierno. Una vez conocida su proceden-
cia fonética y su significado, lo consideraba bastante adecuado.
—Es muy curioso tu traje. No veo ninguna costura. ¿Cómo
puedes quitártelo sin arrancarte la piel?
LONDRES, 23:10 HORAS
—Ese hombre, Adrián Stenzel, era un Desaparecido, un
humano. —Apenas asintió Kanable, Rosenman añadió—: Pero
los componentes de la Familia... ¿Tenían algo que les hiciera
diferentes a nosotros?
—Sólo su carencia de imperfecciones. Si había algo en ellos
que les hacía parecer criaturas no humanas era su belleza.
—Seres de otro mundo, una cultura diferente a la nuestra
—musitó el editor—. Y vivían allí...Dios mío, la gente no dará
crédito a nada. Necesitaremos muchas pruebas para poder con-
vencerla. Si Ankar no era una zona de Elajah, entonces, ¿de
dónde procedía y por qué se hallaba en medio de aquel erial?
Rosenman pensó entonces que Kanable ocultaba su cuerpo
por una causa. Recordó las heridas que le causaron los tramis.
Dios, es posible que este hombre sobreviviera al ataque de
aquellas serpientes de múltiples bocas, pero que las huellas de
sus dientes hayan quedado en su cuerpo para siempre. ¿O le
ocurrió algún otro percance después que le había dejado horri-
blemente desfigurado? Kanable había dicho que le curaron de
las mordeduras, pero tal vez no era cierto. ¿Acaso el ambiente
de Elajah no era tan inofensivo como le había asegurado?
Se estremeció. No podía apartar de su mente la idea de que
Kanable no quería revelarle un secreto que le humillaba. ¿Eran
las heridas que había sufrido el motivo de su deseo de regresar
al infierno gris?
Kanable sacó de un bolsillo un par de guantes negros, que
arrojó sobre la mesa. Rosenman se dio cuenta entonces de que
las botas que llevaba también eran del mismo material.
Permaneció en silencio, con la respiración contenida, mien-
tras Kanable se despojaba del gabán.
Lanzó una exclamación de sorpresa al ver que llevaba en-
fundado un traje semitransparente que parecía pegado a su
cuerpo y que lucía sobre el hombro izquierdo una especie de
charretera negra, parecida a las que llevaban los antiguos sol-
dados de principios del siglo pasado. Había una especie de
tubo oscuro sujeto al antebrazo derecho de Kanable. Rosenman
lanzó un jadeo. Aquel era el bulto que tanto le intrigó al prin-
cipio: el lanzador ankari.
El editor, nervioso, se incorporó e intentó tocar con la mano
el pecho de Kanable, pero no llegó a rozar el traje hasta que el
otro le animó a hacerlo.
Rosenman retiró en seguida la mano. Se frotó los dedos.
—Es como si hubiera tocado la pantalla de un televisor
encendido —dijo—. Es fantástico. Dígame, ¿cómo lo consiguió?
¿Acaso es el mismo de Adrián Stenzel, acaso se lo...? —Rosen-
man tosió, nervioso. Iba a decir que el holandés se lo prestó,
pero al ver la expresión de Kanable imaginó que se había
apropiado de él, probablemente sin el consentimiento de su
dueño—. Sí, al tocarlo siento una extraña sensación.
—Pero a mí no me afecta. Bien, creo que es el momento de
darme una ducha. No es que la suciedad traspase el traje, sino
que deseo recordar lo que es el agua caliente y el jabón. —Se
pasó una mano por la cara—. Y terminar de afeitarme correc-
tamente. Los efectos del rasurado ankari no son eternos. ¿De-
sea acompañarme?
—Por supuesto que sí. No quisiera perderme el espectáculo
de verle desnudarse, pero entienda que lo deseo desde un punto
de vista profesional —sonrió el editor—. Es que no comprendo
cómo se quita un traje sin aberturas.
Rosenman se adelantó y le indicó que subieran al primer
piso. Le mostró a Kanable su habitación y el cuarto de baño.
Luego esperó. Su invitado, después de desprenderse del lanza-
dor de arena, se llevó una mano a la charretera, la aprisionó
ligeramente con dos dedos y entonces, como en un acto de
prestidigitación, quedó totalmente desnudo. Sólo tenía sobre
su hombro la charretera de metal oscuro.
—¿Cómo lo ha hecho?—exclamó Rosenman— ¿Dónde está
el traje?
Kanable le mostró la delgada charretera que ahora sostenía
en su mano.
—Aquí dentro —dijo, sonriente. La colocó en una repisa y
se metió en el baño. Dejó que el agua discurriese por su cuerpo.
Rosenman carraspeó.
—Ha sido muy interesante —admitió—. Le traeré un pija-
ma.
—No se moleste. Prefiero acostarme desnudo.
—Muy bien. ¿Le parece que le despierte a las diez?
—Usted levántese cuando tenga por costumbre; yo ya me
despertaré solo.
—Espero que no sea muy tarde. Aún tiene mucho que con-
tarme.
—Por favor, señor Rosenman, ocúpese de esas cosas que
necesito. La lista con todas las apariciones de Islas del Infierno
en Europa es muy importante.
—Sí, claro. Buenas noches.
Kanable no le respondió. Lo último que Rosenman vio de
él aquella noche fue que se tendía en la bañera y cerraba los
ojos.
Rosenman bajó las escaleras y entró en su despacho. De
repente, a solas, se sentía muy extraño. Echaba de menos la
compañía de Kanable. Miró la grabadora y extrajo la cinta,
marcó el estuche con un número y lo colocó junto a las otras
dos dentro de una caja. Luego se sentó ante su mesa de trabajo,
giró el sillón y pulsó un botón situado debajo de un gran cua-
dro que representaba una marina, el trabajo de un pintor anó-
nimo y mediocre. Era la única obra de arte de su casa que no
valía ni el marco que la sostenía.
El cuadro se alzó suavemente, y apareció una mesa con un
sofisticado ordenador.
Antes de conectarlo, Rosenman se detuvo a meditar. Su
propósito era ir preparando un listado con los datos que desea-
ba Kanable para entregárselo apenas se despertara. Pero antes
de empezar a trabajar se dijo que le gustaría repasar las gra-
baciones, aunque se quedase toda la noche sin dormir. Pero la
idea le horrorizaba. Si manejaba el ordenador no iba a poder
irse a la cama hasta dentro de una hora o más. Además, tenía
que hacer varias llamadas. Aquello era lo que más le molesta-
ba. Algunos de sus contactos pertenecían a los bajos fondos,
confidentes y enlaces que frecuentemente le proporcionaban
noticias para la revista y los periódicos. Uno de ellos tenía que
suministrarle la cocaína. Dios, si Kanable pensaba volver, de-
bía querer regalársela al mayor. Eso quería decir que el oficial
vivía. ¿Cuántos miembros del grupo vivían aún en Elajah? Emi-
tió un suspiro y conectó el ordenador, insertó el disco con la
información de las Islas del Infierno y esperó unos segundos.
Decididamente no se quedaría en vela, por muchas ganas que
tuviese de volver a escuchar el relato de Kanable. Si terminaba
pronto y se acostaba enseguida podría dormir unas cinco ho-
ras. Tendría que poner el despertador a todo volumen para no
quedarse dormido, ya que iba a necesitar algún somnífero para
poder conciliar el sueño.
En la pantalla aparecieron los indicadores de que la memo-
ria estaba dispuesta para suministrarle los datos que fueran
requeridos.
Empezó a tabular, pensando que Kanable le había dejado
con la miel en la boca.
Cuando la impresora empezó a funcionar, descolgó el telé-
fono e hizo la primera llamada.
SEGUNDO DÍA
Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva,
porgue el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y
el mar ya no existía.
—Apocalipsis, 21-1
...Hace tiempo que no escucho ningún chiste divertido acerca
de las Islas. Tampoco los humoristas los emplean en sus actua-
ciones. Ya no arrancan la sonrisa y mucho menos la risa. La
gente va habituándose a las Islas del Infierno. Ya son como un
adorno más en muchos sitios, y donde irrumpieron desgajando
una casa o partiendo en dos un jardín son motivo de discusión
sobre si deberían ser eliminadas.
La famosa serie de televisión producida por la ABC, a la que
siguieron otras similares, baja de audiencia. El público se ha
cansado pronto de las venganzas y rencores de esa familia de
petroleros téjanos, unos pocos buenos y la mayoría compuesta de
seres perversos, que habiendo recibido en sus tierras enormes ex-
tensiones de rocas grises se despellejan vivos por el dominio abso-
luto de la compañía, ya que un proceso químico descubierto por
un científico permite convertir la materia de las Islas del Infierno
en petróleo.
Pero como la ficción se encarga de ganarle siempre a la reali-
dad, me he enterado de que una famosa firma de cosmética feme-
nina está a punto de lanzar al mercado una crema o potingue
capaz de quitar las arrugas de las damas, compuesto a base de
elementos extraídos de la arena gris...
(Comentario de K. Rosenman en un coloquio de televisión
sobre actualidad en la BBC, 28 de marzo de 1991.)
15 de septiembre de 1991
LONDRES, 8:15 HORAS
Después de ducharse y afeitarse aquella mañana con la
maquinilla eléctrica para ganar tiempo, Rosenman bajó
corriendo las escaleras. Quería tener preparado el café para
cuando despertara su invitado. Un poco antes había utilizado
el teléfono de su dormitorio para hacer unas llamadas. Las
promesas que recibió le tranquilizaron. Si eran cumplidas, an-
tes del mediodía empezaría a recibir la mercancía. Confiaba en
que Kanable acabara aceptando que ciertos artículos se demo-
rasen hasta el lunes.
El asunto del pedido le preocupaba, pero no tenía la menor
intención de convertirlo en un motivo de incordia que deterio-
rase sus relaciones con el otro hombre.
Al llegar al vestíbulo se detuvo delante del espejo e hizo un
gesto de desaprobación. Tenía un aspecto horrible, con bol-
sas oscuras rodeando sus ojos. Le hacían parecer más viejo; ha-
bía dormido poco y mal, pese al sedante. El despertador le
había sacudido hacía una hora, y sólo la idea de continuar
hablando con Kanable le dio fuerzas para abandonar la cama.
Entró en la cocina y emitió un gemido al ver el desorden
que había en ella, restos de comida y vasos, botellas de cerveza,
de whisky, ceniceros atestados de colillas. Al día siguiente el
servicio se preguntaría qué había ocurrido durante el fin de
semana. El salón tendría un aspecto parecido, pensó lleno de
desaliento. No le gustaba dar motivos a sus criados para que
murmurasen.
—Buenos días, señor Rosenman.
Se volvió y descubrió a Kanable de pie junto a la cocina.
En aquel momento apartaba del fuego la cafetera que acababa
de hervir. En la plancha se tostaban varias rebanadas de pan
sobre una capa de mantequilla. Su invitado vestía una bata y
llevaba un pañuelo anudado al cuello. Rosenman se preguntó
si debajo tendría puesto el traje de guerra de los ankaris.
—Buenos días, amigo Raymond —susurró Kenneth—. Me
sorprende que se haya levantado tan pronto. Son poco más de
las ocho.
—Me he permitido preparar el desayuno. Creo que esta
noche he soñado con el placer de volver a tomar café bien
fuerte al despertar. Me gustaba mucho el que hacían en una
pizzería de Londonderry, al estilo italiano. ¿Tostadas y mante-
quilla, o prefiere huevos con jamón?
—Sólo un poco de café. Nada más. No tengo mucho apetito.
Rosenman se había sentado al lado de la mesa, y empujó
algunos platos para poder apoyar los codos. Miraba fijamente
a Kanable, que acabó dándose cuenta de que era estudiado y
dijo:
—También me permití tomar prestada una de sus batas.
Espero que no le importe.
—Claro que no. Su aspecto es excelente —dijo Rosenman.
—Gracias. En cambio el suyo no es muy satisfactorio.
—He dormido poco —gruñó.
—Y ha debido costarle mucho despertarse —sonrió Kana-
ble. Se acercó llevando la cafetera y dos tazas, que llenó con un
líquido muy negro y espeso—. Si le parece fuerte el café...
—Lo tomaré con leche. Gracias.
—Usó un despertador que ha debido alarmar a todo el
barrio.
—¿Ya estaba usted despierto a las siete y cuarenta y cinco?
—Sí, llevaba un rato repasando lo que imprimió del orde-
nador para mí. Le agradezco el trabajo. En otro momento lo
estudiaré a fondo. Ah, llamó la señorita Zerder. Parecía algo
intranquila. Me dijo que ayer se marchó usted indispuesto de
la oficina.
—Usé esa excusa para ir a verle al parque. ¿Qué le contestó?
—Que ya se encontraba perfectamente. Me pidió que le
comunicara que las pruebas quedaron listas sin necesidad de
llamar a Oliver para que la ayudara.
—Pobre Anne. Se habrá quedado muy confundida. Ella co-
noce todas las voces del servicio, y estará preguntándose con
quién habló.
—Por supuesto, no le dije que yo era el mismo que ayer la
asustó. ¿Un poco más de café?
Rosenman dijo que no con la cabeza. Aquel café, demasia-
do concentrado, le sentaría a su estómago como si fuese veneno.
—Ha mencionado Londonderry. ¿Es usted irlandés? Dejó
que Adrián Stenzel se lo figurara...
—Antes fui un maldito ciudadano de la Tierra. Ahora me
considero un apátrida. En realidad siempre lo fui. Tal vez ya
pertenezco más a Elajah que a ningún otro sitio.
—No comprendo su afán por volver a... a ese infierno. A
pesar de todo, de los ankaris y de sus compañeros, si yo fuera
usted me agarraría fuertemente a cualquier cosa sólida de esta
habitación para que nada me volviera a arrancar de aquí y me
llevara allí de nuevo.
Kanable le miró por encima de la taza de café que tenía en
los labios.
—¿Está seguro de que, si de pronto se le presentara la
oportunidad de hacer una visita a Elajah, la rechazaría?
—¡Por supuesto!
—No esté tan convencido de ello —rió Kanable—. Quizá
desee ir a Elajah dentro de poco.
—No estoy loco. Lo siento, no quiero ofenderle, pero no
entiendo por qué... ¿Podría darme una razón?
—Tengo que volver. Bueno, eso espero. Si no pudiera...
—¿Es que no está seguro de conseguirlo?
—Nadie puede estar seguro de nada. ¿Cuándo traerán las
cosas?
—Oh, espero que pronto. Créame, no ha sido fácil. Las ar-
mas que necesita no se venden en los supermercados. Por cier-
to, ¿cómo supo elegirlas? Mi contacto me ha dicho que son las
mejores...
—Las conozco un poco.
Rosenman sacudió la cabeza. Una súbita timidez le impi-
dió preguntar a Kanable qué era además de alguien que lleva-
ba encima una gran cantidad de dinero, al parecer procedente
de un robo. Toda su relación con extrañas bandas armadas...
Había insinuado que trabajaba para un gobierno. Ahora se
preguntó si le había dicho la verdad.
—Si no tiene ningún inconveniente, podemos pasar al salón
y seguir hablando mientras esperamos las entregas —dijo Ka-
nable.
Rosenman, confundido, parpadeó. Kanable ya estaba junto
a la puerta de la cocina y le miraba impaciente.
Se levantó y preguntó:
—¿A qué viene esta prisa?
—¿No siente curiosidad por saber lo que les pasó a Charles
Panish y mis compañeros? Recuerde que ellos se dirigían al
campamento de los yanquis la noche en que me atacaron los
sables curvados.
—Sí, claro...
—Estupendo. Tengo prisa.
—¿Para qué?
Habían llegado al salón. Kanable empezó a sacar un cigarro
habano de su funda de aluminio.
—Quiero terminar de contarle todo antes de medianoche.
—Oh, vamos. ¿Como si usted fuera la Cenicienta? —excla-
mó Rosenman.
Kanable humedeció un extremo del cigarro con los labios.
Antes de encenderlo, dijo jovialmente:
—Sí, algo parecido. No puedo perder la carroza, he de su-
birme a ella antes de que se convierta en calabaza.
Rosenman se acercó a la grabadora y pulsó una tecla.
—Cuando quiera —dijo—. No quisiera que a causa de su
repentina prisa omita algún detalle importante.
—He procurado no hacerlo hasta ahora. Tendremos tiem-
po...hasta esta noche para hablar.
—¿Y luego?
—Entonces decidiré cómo solucionar un grave problema.
LA MUCHACHA ANKARI
Los hombres ankaris me obsequiaron con una especie de
faldellín igual a los que usaban ellos. El motivo de su regalo no
fue para evitar que yo anduviera totalmente desnudo cerca de
sus mujeres o pequeños y los escandalizara, ya que tales prejui-
cios no existían en su mente, sino como una demostración de
que se alegraban de mi curación y de que yo era aceptado
como huésped, me explicó Stenzel, aunque añadiendo que mi
categoría de invitado era ínfima.
A veces me encontraba con la muchacha que me había
curado. A pesar de que al principio me habían parecido todas
iguales, ya sabía reconocerla. Ella me hablaba dulcemente,
siempre con una sonrisa en los labios. Yo lamentaba mucho no
poder entenderla. Recordaba sus manos sobre mi cuerpo, y
tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no tomarla por los
hombros y abrazarla, cubrirla de besos. Lo curioso es que no
me apetecía ir más allá; me conformaba con ese amor platóni-
co. Llegué a preocuparme por mi falta de deseo sexual, hasta
el extremo que se lo confesé a Adrián. Cometí un error de
cálculo.
El tema que le planteé pareció no complacerle, y zanjó la
cuestión diciéndome que al principio él había experimentado
algo parecido, que no me preocupase y que olvidara mis temo-
res de que en la comida o en el agua que me daban hubiera
algún producto que aplacaba mis ardores sexuales.
—Tu actitud es consecuencia de la paz que reina en la
Morada. Es la serenidad que sientes cuando estás cerca de la
Familia. Aunque desees a sus mujeres, por ahora no tendrás
más deseo que el de acariciarlas.
Cometí otro error y le pregunté:
—¿Y luego? ¿Cómo me comportaré cuando mi amor infan-
til deje paso al adulto?
Adrián llevaba aquella mañana, el tercer día de mi estancia
consciente en la montaña, una falda de color rojo. Puso los
brazos en jarras y miró hacia la llanura, en dirección al cam-
pamento de los norteamericanos. Aquel sitio, próximo al borde
de la meseta, parecía haberse convertido en nuestro lugar favo-
rito para conversar.
Sin embargo, en aquel momento temí que estuviera calcu-
lando si debía darme un empujón y arrojarme al vacío. Yo ya
había comprendido que le había molestado mi comentario.
Cambió de tema rápidamente. Señalando el sitio donde me
salvó la vida, dijo.
—El fuego fatuo se apagó hace cinco días. Estuvo «ardien-
do» durante más de veinticuatro horas. Cuando tus compañe-
ros llegaron, aún brillaba. Tal como había previsto al principio,
y debido a las características que observé, no se consumó
el prodigio. ¿Te había dicho que en cierto modo también es
un prodigio para los ankaris el hecho de que estemos aquí?
No presté demasiada atención a sus últimas palabras. Co-
nocía su afición a estudiar los fuegos fatuos, y lo consideraba
un capricho suyo. Mi mente sufrió una fuerte sacudida con su
comentario acerca del regreso de mis compañeros. De pronto
pensé que debí haberlos recordado antes. Por supuesto que yo
había tenido en mis pensamientos a Rose, Chris y los demás,
pero de una forma demasiado vaga. Al mencionarlos ahora
empecé a preocuparme de veras por la suerte que podían haber
tenido todos.
La placidez de la Morada de los ankaris, aquel trozo de
granito traído desde sus lares a Elajah, y la compañía de la
Familia, parecían haber embotado mis sentimientos de una
manera muy extraña. Tal vez me había convertido en un egoís-
ta, posiblemente mucho más de lo que siempre me consideré.
Pero tenía en mi disculpa el que quisiera aferrarme desespera-
damente a mi nuevo baluarte de seguridad, en donde me halla-
ba a salvo de los horrores de la llanura.
—¿Sabes si Charles Panish volvió con ellos? ¿Estaban to-
dos? —pregunté.
—Eso no lo sé. Mientras estabas inconsciente realicé un
vuelo nocturno, después de que llegaran al campamento, y vi
un autobús grande y rojo aparcado junto a los otros vehículos,
y a bastante gente alrededor de esas fogatas que encienden y
creen que no son vistas por mí. No desisten de vigilarnos. Sé
que quieren conquistar la montaña.
—No podrán resistir mucho ahí abajo. Uno tras otro irán
muriendo, hasta que no quede ninguno si tú y yo no los ayuda-
mos.
—Adivino lo que estás pensando. No permitiré que esa mul-
titud suba a la Meseta.
Miré a Adrián como si hubiera dictado una sentencia de
muerte colectiva.
—¿Es tu decisión, o la de la Familia?
—Mía. Los ankaris no saben que esos seres humanos están
acechándonos. Nunca deben enterarse.
—Dios, hablas de ellos como si no pertenecieran a tu raza.
Blase y sus soldados piensan que los habitantes de la montaña
son sus enemigos porque tú los atacaste.
—No tuve más remedio que matar a uno; estaba a punto de
apresar a varios ankaris cuando estudiaban las plantas de nues-
tro mundo que aún quedan al pie de la montaña.
—Estamos a tiempo de aclarar los equívocos.
—Es una cuestión de supervivencia. No insistas. Ya fui dé-
bil el día en que te libré de los tramis. ¿No entiendes que aquí
no hay sitio para tanta gente? La Familia no sería capaz de
obtener alimentos para todos.
—¿Por qué me salvaste, entonces?
Stenzel me miró de una manera que me hizo sufrir una
sacudida.
—Cometí el error de contar lo que te pasó. Alguien de la
Familia insistió en que bajara a por ti.
—Mierda —exclamé—. Ahora recuerdo que te fuiste. ¡No
volviste por tu voluntad, te obligaron! Y yo que creí que te
debía la vida. ¿Quién te lo ordenó?
—A mí nadie me da órdenes —replicó, furioso—. Tengo la
misión de cuidar de la Familia. La protejo. Vamos, no drama-
tices, amigo —dijo. Evitó que sus ojos se cruzaran con los
míos—. Puedes quedarte algún tiempo, o para siempre. Tú no
me molestas, pero no quiero más gente en la Morada. Hoy
serían diez o doce, y mañana otros tantos. Pronto la Meseta
rebosaría y, después de habernos comido su hierba, nos pelea-
ríamos por un trozo de suelo donde poder asentar nuestro culo.
Me froté los ojos.
—Este lugar es como si estuviera embrujado —dije—. Y tú
estás hechizado. Sólo deseas complacer a la Familia porque
sueñas con que algún día te acepte. ¿Es que ya no piensas en
tu mujer?
—No tanto como al principio, Ray. De ella conservo un
dulce recuerdo, nada más. Por Ingrid, por volver a su lado,
trabajé e investigué duramente en los primeros tiempos, como
un desesperado. Por entonces confiaba en escapar, pensaba que
tenía que haber una puerta, un medio de regresar, incluso lle-
gué a creérmelo. De toda aquella idea descabellada sólo me ha
quedado el interés por los fuegos fatuos. Cada día que pasa
deseo menos salir de aquí, explorar como lo hacía antes. Mis
últimos viajes fueron muy dolorosos para mí. Ya no los hago.
Cuando estaba lejos no tenía en la mente más idea fija que
regresar a la Meseta, al lado de la Familia.
—Nunca me has hablado de esos viajes, Adrián...
—Pensaba hacerlo. He recorrido los lugares donde teórica-
mente debían estar Francia, Dinamarca, España e incluso Po-
lonia. Una vez, a los cuatro meses de vivir aquí, llené la góndo-
la de víveres y crucé lo que debía ser la distancia que separa
Inglaterra de los Estados Unidos.
—¿Qué viste?
—Espera. Al regreso de mis primeras exploraciones, siem-
pre contaba a la Familia todo lo que había visto. Sin embargo,
esa vez no lo hice, porque a la altura de las Azores encontré
otro trozo de terreno como éste, procedente de Ankar. Era una
meseta de las mismas dimensiones, pero la diferencia, la terri-
ble diferencia, es que sus moradores estaban muertos. Encon-
tré sus cadáveres y sus habitáculos arrasados. Había huellas de
seres humanos. Gente como nosotros los habían matado. Eso
no se lo conté a la Familia, ¿entiendes? Mi deber es que ellos
no sufran.
—¿Entonces no hay nada de la Tierra, no ha quedado ni un
rastro de nuestro mundo? —pregunté desesperadamente.
—Deja de soñar, Ray; esto no es la Tierra, pese a todo lo
que hayas podido pensar; no es el mundo que conocimos. Es
posible que Dios sepa lo que ha pasado, pero te juro que nin-
gún ser inteligente que he visto comprende nada.
—¿Encontraste otras personas de la Tierra?
—Sí. Y al parecer siguen llegando más. Aunque todos par-
timos el mismo día, algunas zonas arrancadas continúan flotan-
do en una misteriosa dimensión, hasta el momento en que les
llega la hora de materializarse. Pero yo he visto desde el aire
hechos espeluznantes, grandes extensiones de terreno que no
son grises y que no han podido llegar de la Tierra del siglo XX.
He observado restos de ciudades en los desiertos que ahora
ocupan el lecho donde debía asentarse el Océano Atlántico;
ruinas de monumentos que han podido pertenecer a Elajah y
que debieron ser sobrecogedores por sus dimensiones; partes
de estatuas de seres sin apariencia humana; cauces de enormes
ríos ahora secos... Ray, mis ojos han contemplado demasiadas
cosas, pocas de ellas atractivas. Y durante mi último viaje he
comprendido que son muchos los sitios que proceden de nues-
tro mundo, pero que hay otros que albergan seres que no me
atrevo a calificar de humanos; hay superficies desiertas y algu-
nas con viviendas, incluso barrios enteros de alguna ciudad
que resultó desafortunada en este misterioso sorteo. Lo peor
fue comprobar que el genuino suelo de este planeta es hostil a
los recién llegados. Hay otras muchas formas de vida nativa,
tan horribles que harían parecer inofensivos a los tramis.
—¿Todo lo averiguaste volando en tu globo, asomado a la
góndola? ¿No fuiste capaz de bajar a ayudar a esos desgracia-
dos y advertirles de los peligros que les acechan?
—¿Crees que no lo hice al principio? Claro que sí, y en más
de una ocasión tuve que huir. Me tomaban por un demonio. Es
muy difícil establecer contacto con gente asustada. La última
vez, recorriendo la vertical de la supuesta costa del sur de los
Estados Unidos, bajé y llegué a hablar con un grupo de hom-
bres aterrados y hambrientos. Les di de comer y de beber.
Vivían en lo que quedaba de una base de la NASA. Me contaron
una historia muy interesante y horrible a la vez. Me mintieron.
Me dieron motivos suficientes para que yo les hubiera matado
allí mismo. Algún día te diré lo que hicieron con otras personas
para merecer mi desprecio. Escapé con vida por pura suerte.
Ya tenían planeado asesinarme para robarme cuanto llevaba.
Olvídate de la gente, Ray. Te ofrezco una oportunidad. Puedes
quedarte a vivir con esta Familia.
—Quiero bajar, Adrián.
—Maldita sea, temía que me lo pidieras. No sabes lo que
dices.
—La Familia se enterará por mí de que hay otros seres que
necesitan ayuda. Si estamos condenados a permanecer en Ela-
jah, debemos reagrupar a cuantos encontremos y procurar so-
brevivir colaborando mutuamente.
—Qué equivocado estás. En cierto modo es comprensible,
porque eres un recién llegado. Además, ¿cómo vas a decírselo a
los ankaris? —Se echó a reír—. Necesité mucho tiempo para
aprender su idioma. Cuando lo conozcas habrán pasado meses.
—Entonces déjame bajar. Te lo suplico.
Stenzel esbozó una sonrisa burlona.
—¿Caminando? No llegarías a la mitad del camino que nos
separa del campamento.
Empezó a volverse, dándome la espalda. Antes de desapa-
recer entre la maleza, añadió:
—Te resultaría menos doloroso arrojarte de cabeza que pre-
tender recorrer a pie la distancia que hay hasta el campamento.
Me quedé un rato allí. Cuando decidí regresar a mi habi-
táculo, descubrí que una de las muchachas había estado obser-
vándome oculta tras el follaje. Quise ir a su encuentro, pero
ella echó a correr.
No la seguí, pero al pasar por donde había estado descubrí
algunos objetos en el suelo. Adiviné que habían sido dejados
para mí y los recogí.
Había entre otras cosas una charretera, es decir el envolto-
rio de un traje de guerra de Ankar, un par de botas, y unos
guantes de color negro. Parpadeé extrañado. ¿A qué se debía
aquel regalo? El último objeto era una bolsa conteniendo bote-
llas. Abrí una, y por el olor que surgía de su interior supe que
contenía aquella jalea que sintetizaban en sus cocinas solares,
de alta concentración nutritiva.
Lo llevé todo a mi habitáculo y luego caminé hasta el claro.
La Familia me recibió con sonrisas. Habían dos hombres y dos
mujeres, pero no lejos se escuchaban los gritos y las risas de los
chicos y de otros adultos. La muchacha que me había entrega-
do los regalos llevaba una falda de un azul tornasolado. Me
senté a su lado. Era la misma que me había curado.
La miré fijamente a los ojos y dije:
—Gracias. Sospecho que Adrián, a pesar del tiempo que
lleva con vosotros, aún no os entiende. ¿Sabéis leer los pensa-
mientos o comprendéis de alguna manera lo que decimos?
Ella me sonrió, sin dejar de tejer una tela que parecía
crecer misteriosamente entre sus manos. Le acaricié los dedos,
largos y delgados, y dije, antes de incorporarme:
—Dile a Adrián, cuando sea necesario, que no pienso tirar-
me de cabeza al vacío, pero que tengo que bajar.
Estaba seguro de que la muchacha me entendió, porque
sacó la otra mano de la tela y rodeó con ella la mía. Sentí su
calor, y le quedé profundamente agradecido por su afectuosa
despedida.
—Intentaré volver —sonreí—. En esto sí que comprendo a
Stenzel. Después de haberos conocido me cuesta mucho irme.
Volveré.
Me alejé del claro. Los demás miembros presentes de la
Familia dejaron de trabajar en sus labores y se quedaron mi-
rándome hasta que los árboles del sendero me ocultaron.
Tomé toda clase de precauciones para no despertar las sos-
pechas de Adrián. Mi intención era marcharme lo antes posi-
ble, pero comprendí que no debía hacerlo hasta que oscurecie-
ra. Sin embargo, aproveché las horas de luz que quedaban para
prepararlo todo.
Cuando estuve seguro de que Stenzel se hallaba en el otro
lado de la montaña, ayudando a la Familia a recoger los frutos
que utilizaban para transformarlos en comida, registré su ha-
bitáculo. Encontré el lanzador de arena, y lo escondí junto con
los regalos de la muchacha ankari. Luego me dirigí al terraplén
donde estaba el globo. Aunque su manejo me parecía muy
sencillo, quedé preocupado. No podía permitirme el lujo de
efectuar una prueba antes de lanzarme fuera de la meseta.
Apenas lo pusiera en funcionamiento tenía que emprender el
viaje.
El globo contenía una especie de gas ininflamable que, al
calentarse por medio del quemador que llevaba en su interior,
era impulsado hacia delante o hacia atrás, ayudado por un
timón situado en la cola de la góndola. La velocidad máxima
que podía desarrollar viajando a favor del viento era de unas
veinte millas por hora. Lo que menos me gustaba de aquel
trasto era lo reducido de su barquilla, apenas lo bastante gran-
de para que viajaran cuatro personas en ella, y encima no sabía
si sería capaz de soportar tanto peso.
Cuando se ocultó el sol regresé al claro. Era la hora de la
comida. Una mujer y un hombre ankaris estaban distribuyén-
dola. Aquel día habían cocinado una especie de pan muy dulce,
y los purés preparados tenían unos sabores deliciosos. Para mí
era un misterio cómo se las ingeniaban para sacar tanto prove-
cho y variedad de los frutos del bosque.
No tuve más remedio que sentarme al lado de Stenzel,
como hacía siempre, para no despertar sus recelos. De todas
formas creo que mi comportamiento no fue el acostumbrado,
sobre todo porque estaba demasiado tenso y me costaba ocul-
tar mi nerviosismo. No olvidaba que Stenzel me había salvado
la vida y estaba en deuda con él, aunque la decisión de llevar-
me a la Meseta no hubiera sido suya.
Llamó mi atención el comportamiento de la Familia. Aun-
que ninguno de sus miembros hizo algo fuera de lo habitual, ni
un gesto que levantara las sospechas de Stenzel, presentí que
había algo extraño en los ankaris aquella tarde, sobre todo en
los adultos. En los pequeños también podía captarse cierto
síntoma que parecía reflejarse en su falta de risas aquel atar-
decer. Era frecuente que durante las comidas charlaran anima-
damente entre ellos. Me pregunté si conocían mis propósitos.
Casi terminada la comida, Adrián volvió a hablarme de sus
viajes. Estaba muy alegre, como si quisiera congraciarse con-
migo después de su negativa a prestar su ayuda a la gente del
campamento. Si en la actitud de la Familia había algo extraño,
él aún no lo había detectado. ¿O era yo quien veía cosas que no
existían a causa de mi nerviosismo?
Stenzel me dijo que el día antes la Familia le había comu-
nicado que creía haber captado la llegada a Elajah de una
importante masa de terreno, aunque todavía no sabía cómo lo
habían averiguado ni tampoco si pertenecía a la Tierra. Añadió
que tal vez alguna mañana se despertase con ganas de viajar al
norte, como a unas cuarenta millas, donde creía que estaba
desde hacía varios días, y echarle un vistazo.
—Sí, ahora que estás aquí, es posible que reconsidere la
posibilidad de volar otra vez y vayamos a ese lugar. Un día de
estos —dijo. Preferí no hacerle más preguntas para que no
continuáramos hablando. Necesitaba retirarme pronto, que él
se marchara también a descansar. Cuando se levantó, le acom-
pañé hasta que nos separamos para ir cada uno a su habitácu-
lo. Nunca me ocupé de averiguar si Stenzel descansaba solo o
volvía al claro con la Familia cuando creía que yo dormía.
Aquella noche me oculté cerca de su vivienda y esperé,
mirando sin cesar mi recuperado reloj, aguardando a que trans-
currieran una o dos horas después de la medianoche. Al menos
en esta ocasión Stenzel no salió para nada, y cuando me acer-
qué pude escuchar sus ronquidos. No cabía duda de que dor-
mía profundamente.
La claridad procedente de las nubes era mínima, y anduve
casi a tientas hasta llegar donde estaba el globo, después de
recoger mi equipo. Lo primero que hice fue cargar la góndola
con frutos tomados furtivamente y la bolsa con los frascos de
jalea. Luego me quité la falda y coloqué sobre mi hombro
izquierdo la charretera. Puse dos dedos en las hendiduras y
presioné.
Sentí enseguida como un cosquilleo que me recorría toda la
superficie del cuerpo, y en menos de unos segundos quedé cu-
bierto por el traje de guerra. Moví las piernas y los brazos y me
encontré ligero y cómodo. Era una experiencia muy extraña
estar vestido con algo transpirable y tan fuerte a la vez, invul-
nerable a las dentelladas de un trami o a las de una legión de
ellos. Stenzel me había sugerido que incluso era capaz de dete-
ner el impacto de una bala, aunque nunca pensaba hacer ese
experimento porque desconocía si el traje también protegería
del impacto a quien lo llevara.
Me calcé las botas y me enfundé los guantes. Lo único que
no había encontrado era el casco para la cabeza, aunque sí
llevaba los globos oculares. Antes de saltar a la góndola ajusté
el arma a mi antebrazo. Su depósito de arena comprimida
estaba lleno, y además sabía cómo renovarlo. La energía para
accionar el lanzador estaba en un pequeño dispositivo que se
recargaba con la luz solar. Para disparar sólo tenía que doblar
la muñeca, y la arena saldría proyectada a gran velocidad, casi
al rojo vivo, mientras no volviera a enderezar la mano.
El lanzador de arena no era realmente un arma ofensiva,
sino un viejo elemento ankari utilizado para el pulido de los
metales. En otros tiempos los habitantes de Ankar fueron orfe-
bres muy diestros, aunque yo no vi por ninguna parte de la
Meseta un solo ejemplo de su arte olvidado. Adrián había en-
contrado por casualidad el lanzador, y comprendió en seguida
que podía llevarlo en sus viajes para defenderse. En un mundo
sin repuestos para las armas automáticas, era más valioso que
un rifle o una pistola. Su munición estaba en todas partes, y
tomaba la fuerza para impulsarla de los rayos del sol.
Eché una última mirada al bosque y volví a pensar en la
Familia. Ojalá Stenzel llegara a comprender mi actitud. Mi
intención era regresar a la Morada algún día, y confiaba que
para entonces no me guardara rencor. No quería ser recibido
por un enemigo.
Volví la cabeza una vez, pensé en la muchacha ankari. Dios
mío, cuánto me costaba irme de aquel lugar.
Subí a la góndola y cerré los ojos unos segundos en el
momento de inyectar aire caliente al globo con el quemador. El
leve rugido me pareció como el trueno de una tormenta. Duran-
te un instante temí que Stenzel apareciera corriendo.
El globo ascendió unas pulgadas, y volví a insuflar más aire
caliente. Luego lo impulsé hacia delante, en dirección al borde
de la montaña. Ya no podía retroceder. Si cometía algún fallo
en el manejo del vehículo, caería al abismo desde una altura de
muchas yardas.
Antes de partir había calculado la ruta que debía seguir, y
una vez fuera de la montaña descendí el globo muy lentamen-
te, hasta que flotó como a unos doce pies del suelo. Ya estabi-
lizado en la altura que yo creía adecuada para que desde el
campamento no descubrieran mi aproximación, forcé la veloci-
dad del artefacto y lo hice avanzar como a unas diez millas por
hora.
Al llegar a una distancia prudente del campamento, dejé
escapar un poco de aire caliente y detuve el globo. Me coloqué
las lentes y miré en la oscuridad. Lo vi todo de color rosado,
con unas extrañas luces que surgían del suelo. Mi visión noc-
turna era buena, pero sospeché que perdía la noción de las
distancias. Las lentes globulares debían estar diseñadas para
unos ojos distintos de los humanos.
Antes de bajar de la góndola saqué mis ajadas ropas del
saco donde las había metido y me las puse sobre el traje de
guerra. Las había limpiado y cosido lo mejor que pude. Mi
intención era regresar al campamento, pero no contar nada de
lo que me había ocurrido, ni tampoco hablar de la Familia. El
lanzador abultaba un poco debajo de mi manga, pero ya tenía
pensado decir que llevaba vendado el brazo si alguien me pre-
guntaba.
Había elegido un terreno estéril, es decir que no podía al-
bergar una colonia peligrosa. Eran unos conocimientos que
había recibido de Adrián, y nunca se lo agradecería bastante.
Después de asegurarme que el globo quedaba oculto entre unas
rocas y bien anclado, empecé a caminar hacia el punto de
observación del campamento, pero procurando desviarme de la
zona que siempre era escrutada por los centinelas para vigilar
la Meseta Roja.
Al pasar junto a las rocas elevadas donde se produjo el
fuego fatuo que atrajo el interés de Stenzel, me detuve un
instante. Ya no quedaba en ellas el menor rastro del hermoso
fulgor. Al otro lado, los tramis despedazados acababan de pu-
drirse.
Cuando rebasé aquel punto me volví y comprobé que esa
noche no había nadie de guardia. Aquel descubrimiento me
preocupó. Sin embargo, un poco antes había creído ver el res-
plandor de una hoguera más allá del sendero. Me pregunté de
qué medios se valía Stenzel para ver desde la montaña las
fogatas del campamento. A mi entender estaban bien ocultas, y
la leña mezclada con aquella especie de carbón mineral que
usaban apenas producía llama. La leña era en realidad viejos
tubérculos que crecían a pocas pulgadas de profundidad. Como
resultaban incomestibles, se usaban para quemarlos mezclados
con las piedras que ardían.
Llegué al claro, y me detuve al no ver los camiones. Sólo
había suciedad por todas partes. El resplandor de la hoguera
procedía del otro lado, exactamente de detrás de las rocas que
ocultaban el vehículo averiado y usado por el mayor. Continué
caminando, crucé un paso rocoso más estrecho, y me detuve al
llegar al final.
Vi un grupo formado por tres personas alrededor de un
fuego en el que asaban trozos de carne sobre una parrilla. El
olor que se desprendía del asado no era nada agradable. Avan-
cé unos pasos, y de pronto escuché una voz nerviosa a mis
espaldas:
—Quieto. Un solo movimiento y disparo.
Aunque Jorge no me lo había pedido, levanté los brazos.
Había reconocido su voz. Era la primera vez que se la escucha-
ba asustada. Las tres figuras sentadas de espaldas a mí junto a
la hoguera se levantaron bruscamente.
Sentí una gran alegría al reconocer a Chris. Le sonreí. Ella
tardó en darse cuenta que era yo; todavía con el ceño fruncido,
gritó mi nombre como si no pudiera creer que aún seguía vivo.
Detrás de la muchacha estaban Michael Davis y Gerald
Griffin. A los dos les costó convencerse de que no había apare-
cido un fantasma.
Escuché pisadas a mis espaldas, y Jorge Valdivia apareció
a mi lado. Tenía la Benelli entre las manos. De su boca abierta
por la sorpresa no brotó una sola palabra, pero sus excitados
gestos eran elocuentes. Se arrojó sobre mí y me abrazó con
fuerza. No me soltó hasta que los demás le apartaron para
tocarme y convencerse de que el recién llegado era real-
mente yo.
—¿De dónde sales, muchacho? —preguntó Griffin. Su voz
sonaba distinta estando sobrio. Elajah acabaría convirtiéndole
en un abstemio.
Chris no me dejó contestar. Sus labios se aplastaron contra
los míos, y el beso fue tan prolongado que me dejó casi sin
aliento.
Aparté a Chris y di unos pasos, mirando a mi alrededor sin
comprender nada. Al fondo había un vehículo militar inclinado
sobre un eje roto.
—¿Y los demás? —inquirí.
—No hay nadie más, Ray —dijo Jorge.
—¿Qué ha pasado?
Griffin se acercó al fuego y volvió a sentarse. Se ocupó de
dar la vuelta con un destornillador a los trozos de carne.
—Ven aquí, muchacho. Estábamos a punto de comer algo.
Has llegado justo a tiempo. Dinos, ¿qué has estado haciendo
durante estos días? Cuando llegamos, el sargento nos dijo que
habías desaparecido mientras estabas de guardia.
—Así fue.
—Pues algunos de nosotros pensamos que nos mentían, y
discutiendo sobre eso empezaron los jaleos con los malditos
militares.
—Vaya facha que traes. Pareces haberte peleado con todos
los monstruos de las profundidades —dijo Jorge—. ¿Qué demo-
nios te ha pasado?
Los miré. Ellos esperaban mis palabras. Griffin ensartó un
trozo de carne, algo chamuscado para mi gusto. Pareció adivi-
nar mis pensamientos y me explicó:
—La carne un poco quemada disimula bastante el hecho
que está algo pasada.
—¿Cuándo se cazó ese caracol? —pregunté.
—Hace tres días —gruñó Michael—. No nos dejaron nada
para procurarnos comida fresca. Además, ninguno de nosotros
sabe cómo se caza uno de esos repugnantes bichos.
Aspiré profundamente. Necesitaba unos minutos para pen-
sar.
No estaba dispuesto a que mis amigos comieran aquella
carne casi corrompida. Les pedí que me esperaran y regresé al
globo, recogí casi todos los víveres, y volví apresuradamente.
No quería que nadie me siguiera. Se lo había pedido, y ellos
respetaron mi deseo. Deposité las bolsas junto al fuego y repar-
tí los frutos y varios frascos con jalea.
—Os aseguro que nada está hecho con carne de caracol
—sonreí.
Jorge, escarmentado, probó la fruta con un pequeño mor-
disco. Sonrió al degustar su sabor. Luego bebió un poco de la
jalea, y terminó convencido de que iba a disfrutar de un gran
banquete.
—¿Dónde encontraste el supermercado? —preguntó Chris,
mirándome de soslayo.
—Luego. Antes me gustaría saber lo que ha pasado —dije.
Michael Davis consultó a los demás con la mirada. Pareció
recibir una muda aprobación para que él fuera quien tomara la
palabra. Dijo:
—Charles Panish se presentó al atardecer, y todos pensamos
al verle que el ejército iba a ocuparse de nosotros. Nos mostró
tu carta y comprendimos que la situación mejoraba algo, aun-
que no se solucionara del todo.
—¿Por qué no regresasteis esa misma noche? —pregunté—.
¿Hubo algún contratiempo?
—Panish se interesó por el coche patrulla de la policía que
dejamos abandonado cerca del hotel Welbeck. ¿Tú le hablaste
al mayor de la radio que llevaba?
Asentí.
—Sí, claro; pero le advertí que el motor fallaba desde aque-
lla noche de los relámpagos, y que la radio no servía para nada.
—Panish tenía órdenes muy concretas de su jefe —dijo Grif-
fin—. Más que estar llevando una misión de rescate, parecía
tener instrucciones de regresar con un material que Blase le
había pedido que recogiera.
—¿La radio? —pregunté.
—Fuimos a buscarla —sonrió Jorge.
—¿Regresasteis al hotel? —Sentí un escalofrío.
—Eso es —siguió hablando Michael—. Los Dunigan, Valdi-
via y yo acompañamos al soldado. Bueno, no tuvimos proble-
mas. El hotel estaba casi destrozado. Parecía como si hubiera
sido reventado por un millón de devoradores, pero lo extraño
es que vimos muertos a muchos de ellos, casi totalmente
corrompidos. No nos entretuvimos en investigar la causa de su
muerte. No encontramos a ninguno vivo rodando por entre las
ruinas.
—Creo que la hierba no les agrada —dije—. ¿Qué hicisteis?
—Arrancamos la radio del coche patrulla y volvimos a reu-
nimos con los demás, pero ya se nos había echado la noche
encima, de modo que Charles sugirió que nos quedáramos don-
de estábamos. Era un buen sitio para esperar el amanecer.
Apenas salió el sol, emprendimos la marcha.
—Desde un principio vi algo en el soldado que no me gustó
—dijo Griffin—. Apenas vio los bocadillos de la señora Peggy,
devoró una docena y se bebió tres botellas de cerveza.
Chris me miró fijamente.
—Se interesó mucho por los Livornes. Demasiado a mi en-
tender, y los franceses se mostraron muy inquietos desde el
momento en que supieron que un tal mayor Alvin Blase estaba
al mando de los soldados.
—¿Es que ellos conocían al mayor? —inquirí, muy extraña-
do.
Ella sonrió.
—¿Lo has comprendido? Los Livornes eran los comprado-
res de la droga en Lundy, y el mayor su vendedor. Eso lo
supimos luego, cuando llegamos aquí y empezó el segundo
problema. El primero fue por tu causa, Ray. Aunque Jorge nos
aseguró que no te había visto desde que fuiste a montar la
guardia, varios de nosotros no quedamos conformes con tu
desaparición. Llegué a pensar que te habían asesinado. Bien, el
mayor, apenas vio al señor Livornes, se precipitó hacia él y le
exigió que le devolviera la droga, o parte de ella, que le había
vendido en Lundy.
—Vaya —bramé—. Así que traficaba para sufragarse los
gastos.
—Blase estaba bien enganchado. Además, jugaba mucho.
Tenía enormes deudas. Una poderosa organización internacio-
nal le facilitaba la coca, y él vendía la mayor parte valiéndose
de las prerrogativas de las bases americanas en todo el mundo.
El resto se lo quedaba para su uso particular, y los beneficios
para seguir apostando.
—¿El francés le devolvió la droga?
—No —suspiró Chris—. Ojalá hubiera sido así. El mayor se
habría calmado y no hubiera empezado a comportarse como
un cerdo. Los Livornes dijeron que perdieron la mercancía al
huir del hotel. Estaba en la caja de seguridad del gerente.
Quizá se la comieron los monstruos. Entonces el mayor se puso
hecho una furia y golpeó a Francois. El agente Porter intervino,
yo no pude evitarlo, y el soldado Null le pegó un tiro en la
cabeza. A partir de ese momento se rompieron las relaciones
entre los soldados y nosotros. El único norteamericano que
conservó la calma fue el sargento; intentó aplacar los ánimos,
pero ya era demasiado tarde porque había habido un muerto.
Estuvimos dos días en el campamento, casi sin dirigir la pala-
bra a los soldados. Ellos se quedaron con lo poco que sacamos
del hotel, y a cambio nos dieron comida de caracol y agua del
pozo subterráneo. Mientras tanto, el mayor se encerró en el
coche averiado, y le escuchamos gritar y romperlo todo.
«Hace tres días se calmó al fin, y Roger Stolberg pudo
hablarle.
—Es que le di al sargento el resto de coca que había encon-
trado en su coche, Ray —dijo Jorge—. Lo hice porque temía
que en cualquier momento tomara un fusil y se liara a tiros con
nosotros.
—Después de hablar con Stolberg —dijo Chris—, Blase nos
comunicó que se marchaban, y que quien quisiera seguirle
podía hacerlo. Lo preguntó a los hombres. Daba por hecho que
las mujeres iríamos con él. Yo le dije que prefería quedarme
que acompañar a un loco. Los Livornes decidieron irse; los
Pfaumann, llorando, nos explicaron que ellos no podían perder
la oportunidad de encontrar la civilización. Los Dunigan no
estaban dispuestos a permanecer con nosotros. Peggy y Rose
fueron obligadas a subir al autocar, que Michael se negó a
conducir para Blase.
—¿Como es que a ti te dejaron aquí? —pregunté.
Ella se encogió de hombros a la vez que sonreía. Señaló a
Jorge.
—Gracias a este muchacho —dijo—. Recuperó la escopeta,
y cuando Null y Panish iban a agarrarme para subirme al
autobús, les amenazó con matarlos si no me soltaban. Ellos no
estaban armados y corrieron a los vehículos militares en busca
de sus rifles, pero el mayor, impaciente por irse, les ordenó que
nos dejaran, y se largaron.
Sacudí la cabeza.
—¿Pero a dónde? Blase tenía mucho interés en este lugar,
en vigilar la montaña. No me explico por qué cambió de opi-
nión.
—Stolberg conectó la radio de la policía a una batería, y
estuvo dos días enteros intentando establecer comunicación
con alguien —dijo Griffin—. Creo que al final lo consiguió.
—¿Le contestaron?
—No lo sabemos con certeza —dijo Jorge—. Sólo sé que
Stolberg, antes del incidente, me comentó que había captado
un mensaje procedente de un lugar que parece estar situado a
unos setenta kilómetros. Más o menos donde deberían estar los
arrabales del noroeste de Londres. Lo más probable es que se
hayan dirigido allá. Disponían de suficiente combustible.
—Habéis hecho una tontería al no marcharos —dije.
Jorge dijo con malhumor:
—Me llamaron chicano, los muy hijos de puta, incluso ese
negro de mierda. ¿Qué se creyó? Si no hubiera agarrado la
escopeta me habrían dejado aquí igual, pero desarmado.
—La verdad es que no querían que les acompañaran dema-
siados —dijo Michael—. Además, nosotros nos enfrentamos
abiertamente a ellos la noche anterior.
—Y, después de lo que hicieron, yo no estaba dispuesta a
acompañarles —murmuró Chris.
—¿Qué pasó además esa noche? —pregunté.
—Null y Panish se emborracharon con la cerveza que que-
daba, y se llevaron a Rose a un vehículo —dijo Griffin cuando
los demás parecieron no tener ganas de seguir con las explica-
ciones—. La chica sólo intentó mostrarse amable, pero los sol-
dados estaban ebrios y la violaron uno detrás de otro. El cabrón
del mayor llegó al final, y se contentó con darle una paliza a la
pobre Rose.
Pensé en Stolberg. El negro no había participado en aque-
lla villanía, pero de Panish y Null podía esperarse cualquier
salvajada. Al sargento lo tenía considerado como el más equi-
librado del maldito cuarteto. Pobre Rose, pobre muchacha.
Crispé los puños. De todas formas, el sargento hubiera debido
impedirlo.
—¿Qué hizo Stolberg? —inquirí.
—Si tuvo ganas de tirarse a Rose se aguantó, tal vez porque
no se había emborrachado —dijo Jorge—, pero no hizo nada
por evitarlo. Lo peor es que nos impidió con su rifle que Mi-
chael y yo entráramos en el camión para sacar a Rose. Luego
dijo que no quería más muertes, y que Null y Panish nos hubie-
sen disparado.
Volví alarmado la cabeza hacia Chris. Ella sacudió la cabe-
za y dijo:
—No se atrevieron conmigo, no sé por qué. Tal vez Rose les
gustaba más, o no querían nada con una policía, pero creo que
al mayor le habría gustado volarme la cabeza cuando se enteró
de que yo andaba tras él y los Livornes. También por esto
decidí quedarme, a pesar de saber que no íbamos a tener mu-
chas esperanzas de sobrevivir los cuatro.
Guardé silencio durante un rato, viendo comer a mis ami-
gos. Me pregunté si, en caso de volver con ellos a la Meseta,
podría convencer a Adrián para que les diera refugio, aunque
sólo fuera temporalmente. Pero el holandés tenía que estar
furioso conmigo. No iba a perdonarme tan fácilmente mi hui-
da, ni me creería si le decía que sólo había intentado hacer una
visita al campamento.
—Podría ser cierto que Stolberg escuchara una llamada
procedente de Londres —susurré.
—¿Acaso existe Londres? —rió Griffin.
—No lo sé, pero puede haber un buen trozo de la ciudad,
con gente y recursos. Estoy pensando si deberíamos ir también.
Michael soltó una carcajada.
—¿Andando? —preguntó.
Dije que no con la cabeza y añadí burlonamente:
—Oh, no. ¿Te parece mejor volando?
...Un viejo pescador de una pequeña isla del Pacífico fue tes-
tigo de una aparición en el mar. Lógicamente, muchas Islas del
Infierno debieron irrumpir en la superficie de los mares y los
océanos. Cuenta que, después de un breve resplandor blanco, cre-
yó ver durante unos segundos algo que flotaba. Luego se hundió.
Allí la profundidad no es mucha, pero nuestro pescador tenía
viejos los pulmones para bucear, así que otro día regresó con su
nieto, y el joven se zambulló, y volvió a la superficie para contarle
que en el lecho arenoso había unas rocas grises que aún burbu-
jeaban. En sus manos llevaba un pedazo de ellas que, al contacto
con el sol, se secó rápidamente y se pulverizó...
(Relación de testimonios de las Islas del Infierno, Manchester
Today, marzo de 1991, por cortesía de Publicaciones Rosenman.)
LONDRES, 11:49 HORAS
Kanable esperó a que regresara Rosenman. Tardaba bas-
tante. Mientras aguardaba escuchó voces en el vestíbulo, pisa-
das, y el ruido de varios paquetes depositados en el suelo.
Se levantó cuando Kenneth apareció en el salón.
—Supongo que sus amigos han traído la mercancía —dijo
Kanable.
—Sí —contestó el editor, guardándose el talonario de che-
ques.
—Voy a inspeccionarla.
Rosenman carraspeó y desvió la mirada.
—¿No puede terminar de contarme lo que ocurrió después?
—Llévese la grabadora. Mientras lo reviso todo puedo se-
guir hablando.
El editor emitió un suspiro de resignación. Cogió la graba-
dora y dejó que Kanable pasara delante. Mientras le seguía,
dijo:
—Algunas cosas han resultado imposible localizarlas. Tal
vez mañana...
Kanable se detuvo ante los paquetes amontonados junto y
sobre la mesa del recibidor. Se volvió y dirigió una desconfiada
mirada a Rosenman.
—Espero que esté lo más importante.
Se inclinó y empezó a abrir una caja. Cogió entre sus ma-
nos una pequeña y moderna metralleta. Sonrió al acariciarla.
Rosenman se sentó a su lado, con la grabadora funcionando
entre las manos.
—Le prometo que mañana tendrá el resto, lo poco que falta.
—¿Mañana? —Kanable torció el gesto—. Oh, vamos. ¿Aún
no se ha convencido de que mañana ya no estaré aquí?
—¿Qué es lo que me oculta, Kanable? ¿Es que aprendió un
pase mágico para ir de un lado a otro de esa dimensión que
separa la Tierra de Elajah? ¿Hizo un pacto con el diablo para
que le otorgara ese poder?
Kanable abrió una caja de municiones. Arrimó una de las
dos grandes bolsas de cuero y nailon, de llamativos colores rojo
y amarillo.
Al verlas, Rosenman frunció el ceño.
—¿Por qué las quería con esos colores?
Ray soltó una carcajada.
—A veces uno se vuelve sentimental. Olvídelo. La razón es
que desde lejos son fáciles de ver con esos colores. Ahora preste
atención, Rosenman. ¿No quería saber lo que sucedió?
...El año próximo se celebran los Juegos Olímpicos en Barce-
lona. Estuve en esa ciudad hace un par de meses. Ya saben.
Invitaron a un montón de periodistas de todo el mundo, nos
pagaron los gastos, nos alojaron en estupendos hoteles y nos ro-
dearon de chicas encantadoras. Una mañana nos hicieron presen-
ciar un baile que llaman sardana y bailan en círculo, mirando al
centro y alzando las manos. Fue muy bonito. Cinco grupos de
danzantes formaron los aros olímpicos.
A la mañana siguiente nos llevaron a visitar las instalaciones.
Comprobé que eran estupendas y casi todas estaban a punto.
Serán unos buenos juegos. Pero en Montjuic observé en una lade-
ra un curioso hueco, y pregunté a mi guía qué era aquello. Me
respondió que allí había caído —sí, dijo caído y no aparecido—
una Isla del Infierno en forma de colina. «¿Dónde está?», inquirí.
«Oh, era de roca muy dura, no de esa clase de piedra pómez
común en la mayoría de las Islas, así que decidieron darle una
utilidad», me respondió. «¿En qué?», insistí. La guía me señaló el
centro de la ciudad que se extendía a nuestros pies. Su dedo, firme
como el de Colón, apuntó hacia las afiladas torres de la Sagrada
Familia y dijo orgullosa: «Ahí están. Las piedras de la Isla han
servido para rematar las torres.» «¿Es que no tenían a mano un
material similar o mejor? ¿Acaso lo han hecho con un fin deter-
minado?», pregunté, no contento con su respuesta. Ella, volviendo
a sonreirme y creo que pensando que yo era un inglés duro de
entendederas, me respondió: «No es cuestión de dinero, sino de
símbolo. La obra de Gaudí merecía ser coronada con algo caído
del cielo.» «¿Del cielo? En todas partes se las llaman Islas del
Infierno.» «Aquí también.» «Las Islas han causado víctimas...»,
le recordé. «Pero no en Cataluña. A nosotros no nos ha afectado.
Por eso muchos piensan que una piedra tan valiosa y hermosa
debe estar en la obra de uno de nuestros más grandes hombres.»
(«Mis viajes por las Islas del Infierno del continente», artícu-
los publicados en varias cadenas de periódicos europeos por Ken-
neth Rosenman, abril de 1991.)
TORMENTA DE ARENA
A la vista del globo me hicieron menos preguntas de las que
me temía, y por el momento me ahorré tener que darles fasti-
diosas explicaciones. Aún faltaban dos horas para el amanecer,
y yo quería alejarme de allí cuanto antes. Adrián era capaz de
hallar la manera de bajar hasta la llanura e ir en mi busca
aunque fuera andando si los ankaris no le proporcionaban otro
globo. Del misterioso archivo de la Familia podían esperarse
muchos prodigios.
Jorge me agarró del brazo donde llevaba oculto el lanzador,
y soltó una exclamación al notar la dureza que había debajo de
la manga. Me preguntó si estaba herido, y le respondí que se
trataba de un vendaje.
—Me herí al huir de los devoradores.
—Has eludido explicarme lo que has hecho durante estos
días, pero no puedes engañarme. Te ocultaste en algún lugar. Y
de ahí sacaste este globo.
—Tal vez te lo cuente en otro momento.
Valdivia escupió al suelo.
—Creí que éramos amigos.
—Claro que lo somos. ¿Es que no puedes darme tu confian-
za sin exigirme algo a cambio?
—Supongo que sí. Oye, ¿este trasto vuela?
—Por supuesto. He venido de muy lejos.
Jorge miró la cresta roja de la montaña.
—Quizá no sea de tan lejos.
Sonreí. Era difícil engañarle.
—Vamos, sube —dije—. Déjame libre la parte de atrás para
que pueda manejar los controles.
—Raymond, tengo mis dudas de que esto pueda elevarse
—me gritó Griffin, haciendo un esfuerzo para sentarse entre
Chris y Michael. Se puso encima una bolsa con comida y con-
tinuó protestando.
Me dije que yo también recelaba de que el globo ascendiera
con tanto peso, pero me limité a encogerme de hombros y a
subir a la góndola. Eché a un lado la escopeta de Jorge y
conseguí acercar mis manos a los controles.
—Si no logramos subir vamos a saberlo muy pronto —gruñí.
—Entonces tendremos que aligerar peso —comentó Jorge.
Y en español para que nadie entendiera su broma de escaso
gusto en aquellos momentos, añadió—: Echaremos fuera a Grif-
fin, por supuesto.
Accioné el quemador. Mientras el globo recibía aire calien-
te no pude dejar de pensar en lo que tendría que hacer si no
lograba levantarlo. ¿Pedir el sacrificio de alguien y dejarle solo
en el abandonado campamento? Por nada del mundo deseaba
encontrarme ante semejante dilema.
Viajar al lugar donde teóricamente debía estar Londres era
importante para mí. Tal vez el sargento había sufrido una alu-
cinación y el mensaje sólo había sonado en su mente. Sin em-
bargo, la zona de donde se suponía que había partido la res-
puesta a sus llamadas era aproximadamente la misma donde
la Familia afirmaba que había aparecido un territorio nuevo y
misterioso.
—¿Si levanto una pierna aliviaré de peso al globo? —rió
Jorge, de nuevo en su idioma.
A pesar de que llegué a sonreír, sentí ganas de echarlo por
la borda y acabar así con el problema del exceso de peso; pero
en lugar de ello continué insuflando calor al globo. Jorge me
miró confundido. No había esperado que yo le entendiera.
De pronto la góndola dio un pequeño salto y se alzó unas
pulgadas del suelo. Grité entusiasmado, y volví a soltar una
exclamación de alegría cuando estuvimos a varias yardas de
altura. Entonces manejé el timón, y el vehículo, ligeramente
zarandeado por nuestros movimientos y el aire, se impulsó
hacia delante.
—Vaya, lo has conseguido —dijo Chris—. Ahora mi pregun-
ta es: ¿sabrás encontrar el camino?
—Volaremos a unas cien yardas del suelo; no quiero forzar
demasiado este trasto —dije—. Pero cuando estemos cerca de
nuestro destino intentaré subir más para tener una mejor pers-
pectiva.
A veces la góndola crujía, y yo me estremecía a la vez.
Temía que los cables de acero que la sujetaban al globo acaba-
ran rompiéndose. También recelaba de la fortaleza del fondo
de la góndola. Aunque parecía estar construida en aluminio o
un material parecido, no dejaba de pensar que entre todos
sumábamos demasiadas libras de peso.
No podíamos estar más incómodos; apenas conseguíamos
movernos. Para que alguien sacara un brazo si quería rascarse
la nariz tenía que pedir permiso antes a los demás.
—¿No se acabará el combustible del quemador? —pregun-
tó Michael al cabo de un rato.
Le respondí con un gesto de elocuente ignorancia. Eso sí,
sin dejar de sonreír. Demonios, yo no había tenido tiempo ni
ocasión para preguntar a Stenzel lo que debía hacer si el que-
mador dejaba de funcionar. El caso es que tenía que accionarlo
muy a menudo para compensar el exceso de peso. El globo no
estaba diseñado para usarse como un autobús.
El maldito viento nos daba de frente y retenía mucho nues-
tra marcha. Calculé que apenas avanzábamos unas veinte mi-
llas a la hora. De todas formas, no estaríamos viajando más de
dos horas. Si mis cálculos eran correctos y no nos desviábamos
demasiado, antes de ese tiempo sabríamos si realmente existía
algo que nos compensara del riesgo que estábamos corriendo.
De pronto, Chris se alzó el cuello de su chaqueta y dijo:
—Se está levantando fresco.
Un par de horas más tarde, el sol empezaba a emitir sus
primeros destellos en el brumoso horizonte. El paisaje, a aque-
lla hora, poseía una belleza brutal.
Pero lo que me preocupaba era el comentario de Chris. Yo
también había notado el viento algo frío. Valdivia me miró
preocupado.
—Tal vez deberíamos bajar a descansar —dijo el español.
Michael volvió la cabeza. Estaba enfadado cuando replicó:
—¿Ahora que estamos tan cerca? Vamos, no digas tonterías.
¿Es que te has mareado y tienes ganas de vomitar?
No dije nada. Había comprendido al español. Seguí atento
al viento. Jorge era el único que sabía que, si aumentaba el
frío, eso podía significar el preludio de una tormenta. Y noso-
tros estábamos en el aire, sin ninguna protección.
Me alcé dando empujones y miré hacia abajo. Ya había
algo de luz, y pude observar que estábamos sobrevolando una
zona desierta y llana como la palma de mi mano. Si bajábamos
para protegernos de la tormenta, ¿dónde ocultarnos?
Alcé la mirada y escruté el nublado cielo. Si al menos su-
piera desde qué altura bajaba la tormenta de arena con su
carga mortal, podría intentar remontar el vuelo por encima de
ella. Agité la cabeza. Sería imposible hacerlo con tanta carga.
Pero guardé en mi mente la idea para otra ocasión. Si salíamos
de aquel trance tenía que intentar ascender por encima de las
nubes y ver las estrellas, averiguar si eran las mismas de siem-
pre o me revelaban que estábamos en otro universo.
De pronto, la dirección del viento cambió. Ahora procedía
de nuestras espaldas, y era más fuerte y frío. Si no se trataba
de un síntoma parecido pero con diferente resultado, la tormen-
ta se nos vendría encima dentro de poco.
Volví la cabeza y miré hacia atrás. A lo lejos, casi encima
del horizonte, se agitaba una masa de aire muy negro, como un
torbellino que danzaba tembloroso.
Consulté los indicadores del bloque de control. Eran muy
sencillos de comprender, a base de barras que contenían líqui-
dos de colores, densos como el mercurio. La velocidad del glo-
bo había aumentado considerablemente al recibir el viento de
popa. Habíamos sobrepasado las treinta millas de velocidad.
Oteé con ansia el terreno que teníamos delante. Pensé que de-
bíamos estar a punto de llegar a nuestro destino. Sin embargo,
seguía sin ver nada anormal sobre la llanura gris.
El aparato empezó a perder altura, y mis viajeros, excepto
Jorge, no comprendieron mis intenciones y protestaron.
—Creo que hemos alcanzado el punto, amigos —dije para
tranquilizarles—. Vamos a echar un vistazo.
No quería decirles todavía que si nos alcanzaba la tormen-
ta estábamos perdidos. Jorge me miraba muy preocupado y
demasiado pálido. Era evidente que le asustaba el peligro co-
nocido por referencia, mucho más que el ya experimentado.
Al bajar el globo, la góndola se inclinó excesivamente sobre
la proa, y aquella posición me permitió ver una masa oscura y
verdosa que se alzaba del suelo gris como a unas cien yardas
más adelante, íbamos demasiado deprisa y no pude fijarme
bien en sus detalles, pero de pronto pensé que era otra clase de
intruso en Elajah. Lo peor es que no confiaba en llegar hasta
allí, si acaso a su base. No se trataba de una montaña tan alta
como la Morada; apenas tendría unos cincuenta pies de eleva-
ción y comenzaba con una ladera nada incómoda para subirla
caminando.
La quilla de metal botó y rechinó ruidosamente al tocar el
suelo. Nos golpeamos unos contra otros. Griffin me maldijo y
Jorge soltó un exabrupto en español.
—¡Salgamos! —grité. Cogí la escopeta, la lancé a las manos
de Jorge, y desde fuera ayudé a Chris a bajar.
Mientras desalojábamos la góndola miré a todas partes,
buscando un resguardo. En el oeste, la tormenta era ya una
masa enorme que cubría todo aquel frente y nos lanzaba su
aire frío y turbulento.
—Mierda, es una tormenta —exclamó Michael al descubri-
rla—. ¿Pero no crees que te has asustado demasiado? Admito
que sería molesto soportarla volando, pero no comprendo tanta
precipitación al bajar. Hemos podido rompernos la crisma.
Liberé la mayor parte del aire caliente del globo y lo afian-
cé a la góndola. Luego lo amarré todo al suelo. Esperaba que
la tormenta no se llevara nuestro medio de locomoción. Corrí
de un lado para otro, desesperado.
—¿Estamos lejos del final de nuestro viaje? —preguntó
Chris—. Lo digo porque esa colina de ahí me parece una zona
intrusa.
—Lo es, preciosa —asentí—. Propongo que corramos hacia
ella, y quien encuentre un hueco, una cueva o algo parecido,
que lo diga; lo vamos a necesitar para salvar el pellejo.
Me recriminé por no haber pedido a Stenzel más informa-
ción acerca de las tormentas. Seguro que él conocía los medios
para protegerse de ellas.
Cada cual cargó con una parte de los víveres, y echamos a
correr hacia la colina. El cielo, a pesar de que acababa de salir
el sol, volvió a oscurecerse. Avancé, mirando a izquierda y
derecha y sin dejar de escrutar el terreno que íbamos a pisar.
Pensé con amargura y bastante fúnebremente que lo único que
nos faltaba era caer de bruces en una colonia de tramis o
devoradores. Pero la arena seguía siendo fina y clara, y no
parecía haber cerca ninguna zona de aspecto granulado y color
gris oscuro.
El rugido que producía el viento iba en aumento, y a los
pocos segundos ya éramos golpeados por millones de granos de
arena. Me pregunté dónde estaban sus malditos pasajeros, los
insectos que eran transportados por las ráfagas.
Chris gritó al sentir una dolorosa picadura en la mejilla, y
yo la rodeé entre mis brazos. Al volver la cabeza descubrí a
pocos pasos de distancia una hendidura entre las rocas. Está-
bamos casi al pie de la ladera que conducía a la colina, pero no
podíamos arriesgarnos a intentar subirla. El ojo de la tormenta
estaba lejos, pero ya nos llegaba con fuerza hasta nosotros.
Señalé aquel agujero estrecho y alargado.
—¡Meteos ahí dentro! —aullé en medio del fragor del viento.
Griffin se lanzó a su interior, seguido por Michael, y luego
entró Jorge. Situé a Chris lo mejor que pude, fui colocando los
bultos con nuestras provisiones y ropas sobre ellos y luego me
tendí de manera que mi cuerpo cubriera toda la abertura.
Desde dentro, Jorge me gritó:
—Aunque des la espalda a la tormenta no podrás resistirlo,
Ray.
Le dije que cerrase la boca. Mi único punto vulnerable era
la cabeza, y me la tapé con la lona de una bolsa. Antes de que
empezara a notar los zumbidos de los bichos transportados
entre la arena de la tormenta, me cubrí la nuca con las manos.
Tenía que confiar en la dureza de mis guantes.
Crhis estaba debajo de mí, sus labios muy cerca de los
míos. Le ofrecí mi pecho para que se protegiera el rostro y
esperé. Luego sentí la pierna de uno de mis compañeros clavar-
se en mi barriga. Casi me ahogaba, no podía moverme.
Esperé.
La tormenta, poderosa y ensordecedora, avanzaba vertigi-
nosamente encima nuestro.
Cerré los ojos en el momento en que mis espaldas fueron
bombardeadas por millares de minúsculos pero poderosos pin-
chazos. Era algo infinitamente peor que soportar un granizo a
cuerpo descubierto. Lo más desagradable era la sensación que
tenía en la cabeza, el rugido que resonaba en mis oídos al
desgarrarse el fuerte tejido de lona que la protegía.
Escuchaba como la bolsa era picoteada por infinitos agui-
jones. Me agaché más, y creo que hasta llegué a recitar una casi
olvidada oración para rogar al dios que me estuviera escuchan-
do que hiciera cesar pronto el huracán y lo dejara continuar su
ruta hacia el infierno de donde debió haber surgido.
Es posible que el fragor que me ensordecía no durase más
de unos minutos, pero yo pensé en aquellos momentos que mi
sufrimiento no iba a terminar nunca, y, cuando el viento amai-
nó y dejé de sentir los ataques en mi cuerpo, casi no llegué a
creérmelo.
A pesar de considerar que el peligro había pasado, dejé
transcurrir un rato hasta decidirme a salir de la hendidura. Me
costó un gran esfuerzo levantarme. Dirigí una mirada a mi
alrededor. El paisaje después de la tormenta parecía haber
cambiado poco, pero nuestras huellas en el polvo habían desa-
parecido. Me incliné para ayudar a Chris, y pregunté si todos
se encontraban bien. Me respondieron que seguían vivos, aun-
que magullados. Jorge se quejó de tantas apreturas. Preferí no
preguntarle si el pie que estuvo a punto de hundirme el estó-
mago era suyo.
Al bajar la mirada al suelo descubrí que había millares de
pequeños insectos muertos parecidos a cucarachas. No me in-
cliné a observarlos mejor porque desde pequeño sentía un
horror psíquico hacia esos bichos; me repugnaban demasiado.
—Voy inspeccionar el globo —dije.
Apenas me alejé unos pasos, el grito asustado de Chris me
detuvo. Volví la cabeza. Estaba señalando horrorizada mi espal-
da.
—¡Dios mío, estás destrozado, Ray!
Le faltó poco para echarse a llorar. Debía estar temiendo
que yo me desplomara de un momento a otro, herido de muerte.
Jorge corrió hacia mí y palpó mi espalda. Me llevé las
manos a la raída chaqueta y toqué los desgarrones que había
por todas partes, y entre los jirones de la tela rocé los bultos
fríos de muchas cucarachas aplastadas.
Se me revolvió tanto el estómago que no sé cómo pude
acabar de desprenderme a tirones y sin vomitar de mis viejas
ropas. Incluso los pantalones, que me colgaban de la parte
delantera, los arrojé lejos.
Al quedarme con el traje de guerra ankari, mis amigos
enmudecieron y me contemplaron como si estuvieran en pre-
sencia de un alienígena. Tal vez mi aspecto debía ser algo
aterrador o mitológico. Mi cuerpo cubierto por la película se-
mitransparente debía ofrecer a sus ojos un espectáculo más
que suficiente para dejarles sin respiración.
Valdivia señaló el lanzador de arena y dijo:
—Es un vendaje algo raro, amigo.
Me recriminó, recalcando la palabra amigo, mi falta de
sinceridad con él. Les sonreí torpemente y dije que les debía
una explicación, pero que antes quería inspeccionar el globo.
Si pretendíamos subir a la colina, sería mejor hacerlo a bordo
de nuestro vehículo.
Valdivia se atrevió a rozarme el traje, emitió un silbido,
mezcla de admiración y sorpresa, y comentó, dando en el blan-
co sin proponérselo:
—Nos cubriste, condenado, porque sabías que los aguijones
de esos bichos no podrían traspasar tu traje. —Se agachó para
coger la lona que cubrió mi cabeza y me la mostró. Se me
aceleró el corazón al comprobar lo cerca que habían estado los
pasajeros de la tormenta de llegar a mi cuero cabelludo. Unos
minutos más, y el recio tejido no habría podido evitar que
ahora tuviera cientos de pequeños túneles hasta mi cerebro.
Jorge meneó la cabeza y arrojó el resto de lona—. ¿Quién te ha
regalado este pijama?
Inspiré profundamente cuando oí que Griffin y Michael ten-
drían poco interés en seguirme hasta el globo mientras no les
diera una explicación.
—Alguien que llegó aquí varios meses antes que nosotros
—repliqué a Jorge—. Apareció con una porción de campo inglés
junto a la Meseta. Ahora vive en ella con una familia de seres
como nosotros, aunque no sabría deciros si proceden de la
Tierra o de otro mundo.
—Tú apuntaste la posibilidad de que en la Meseta hubiera
agua y alimentos, Ray —dijo Jorge—. Está claro que acertaste.
¿Por qué no nos llevaste a ella en vez de seguir el rastro de los
yanquis hasta aquí? —Se volvió para señalar la colina—. ¿Crees
que ahí encima encontraremos algo mejor? Bah, o estás loco o
sigues ocultándonos la verdad. ¿Cuáles son tus propósitos?
¿Otra vez actúas para tu provecho?
—Debí haberos dejado en el campamento —repliqué, aira-
do—. Por bajar a ayudaros rompí mis lazos de amistad con ese
hombre, el holandés Adrián Stenzel, y la Familia de Ankar.
—¿Qué significa todo este lío? —preguntó Chris.
—La Morada de la Meseta está vedada para vosotros —ex-
clamé, cada vez más furioso—. Estoy intentando buscar otro
lugar para todos, un sitio seguro donde poder vivir.
Traté de no perder la calma, guardé unos segundos de si-
lencio, y dije con mayor mesura:
—El holandés me habló de un territorio que había llegado
hace unos días a este lugar. Si no se trata de un trozo de Ankar,
tal vez sea algo que nos sirva como refugio, lo bastante grande
como para albergarnos cómodamente. Me gusta muy poco la
idea de convivir con ese yanqui drogadicto, pero no podemos
rechazar la oportunidad de mantenernos unidos los escasos
humanos capaces de formar una comunidad. Tal vez seamos
los únicos sobrevivientes de la catástrofe, o lo que sea, que nos
ha traído a este sitio.
—Es un bonito discurso electoral —sonrió Griffin—. Para
los conservadores, claro.
Jorge soltó un bufido y hundió los hombros.
—Está bien —dijo, resignado—. Tú ganas. Te habías inves-
tido de héroe y sólo te faltaba el traje adecuado; ahora ya lo
tienes, puedes ejercer tu oficio de personaje del comic.
En vez de encolerizarme de nuevo, la salida de Valdivia me
produjo un efecto relajante y me eché a reír.
—Ojalá pudiéramos celebrar la buena armonía restableci-
da con un trago —suspiró Griffin—. Oye, esos tipos llamados
ankar, tantar o lo que sea, ¿no tenían nada bebible con una
pizca de alcohol?
—Ankaris —le corregí. Miré hacia arriba. Tras alejarse la
tormenta volvía a esparcirse la claridad procedente de las nu-
bes, y era fácil observar los altos de las colinas y la ladera que
comenzaba a escasa distancia de nosotros.
Anduve unos pasos y los demás me siguieron. Les dije:
—Tal vez sería aconsejable no ir en globo; podrían descu-
brirnos.
—¿Quienes podrían vernos llegar? —preguntó Chris en voz
baja.
—Y yo qué sé. Los soldados, por ejemplo. Si fueran ellos,
razón de más para andarnos con precauciones. De lo que estoy
seguro es de que arriba debe haber vida. Mirad la hierba que
desciende por la ladera y llega hasta aquí. ¿ No os parece mara-
villoso este color verde?
Me arrodillé para estudiar las hojas anchas y aguzadas que
crecían en el terreno gris. Aquello me sorprendió doblemente.
Primero porque era un tipo de hierba de un color tan fuerte
como nunca había visto en ninguno de los varios países que he
recorrido en mi vida, y son muchos. El segundo hecho extraño
resultaba alentador, porque hasta ahora sólo había observado
que el cochino suelo de Elajah devoraba cualquier manifesta-
ción de nuestro mundo, agostando su vegetación. Aquí, en cam-
bio, ocurría lo contrario: la hierba se desplazaba de la zona
extraña e irrumpía con evidente vigor en los alrededores, arrai-
gando.
Por supuesto que también había pensado otra cosa, pero
era una idea que me pareció más conveniente archivarla en mi
subconsciente. Sin embargo, fue Jorge quien puso palabras a
mis temores cuando dijo:
—Esta hierba no es de nuestro mundo, amigos. —Arrancó
un puñado, y por entre sus dedos se escurrió una savia abun-
dante y espesa. Se limpió las manos y añadió—: Su olor es
fuerte, pero no desagradable.
—Una clorofila lo bastante poderosa como para sobrevivir
en medio de esta basura —comentó Griffin—. Bien, ¿seguimos
adelante?
—Desde luego —dije, empezando a caminar con decisión.
Otro detalle que descubrí fue que el rastro de cucarachas
muertas que dejó la tormenta cesaba bruscamente al comienzo
de la ladera. Me pregunté si debía considerar como bueno aquel
indicio. Aspiré el aire de la colina y lo encontré más agradable
que el de la llanura, casi tan bueno como el que había en la
Meseta.
Antes de llegar arriba ya veíamos plantas de exquisita be-
lleza, árboles gruesos y bajos de cuyas ramas colgaban frutos
parecidos a los nísperos, pero mucho más grandes y de color
verde con motas rojas. Advertí a mis compañeros que no pro-
baran nada. En la Morada comí todo lo que me ofrecían porque
procedía de los ankaris.
Si tenía algún temor de sufrir trastornos el día en que comí
carne de caracol, se me disipó al asegurarme Stenzel que él no
consideraba dañino el gasterópodo gigante para el metabolis-
mo humano. No obstante, de poco tiempo atrás se me había
desarrollado una cierta aprensión hacia toda clase de comida
que no me resultara familiar o estuviera probado que no con-
tenía alguna sustancia venenosa para mí.
La ladera terminó, y delante de nosotros se extendía una
llanura que se perdía hasta el horizonte, una agradable alfom-
bra de intenso color verde, salpicada por árboles de pocos pies
de altura y plantas casi tan altas como éstos. La impresión que
daba el lugar como si no tuviera límite podía deberse al hecho
de que, al estar algo elevado con respecto a la llanura, eso le
proporcionaba una falsa impresión de grandeza. De todas for-
mas, era mucho mayor que la superficie de la meseta de los
ankaris.
—Creo que el viaje ha merecido la pena —rió Chris. La
miré. Estaba encantadora. Era una chica estupenda, muy dife-
rente de Rose. Al pensar en la otra joven me enfurecí. Rose
estaba en manos de los soldados, y no creía que fuera feliz con
ellos. No me importaba lo que hiciera, pero no toleraba que
fuera forzada a servir de diversión a aquellos tipos, a nadie.
Pobre Rose. Era una chica estupenda.
Seguimos caminando, cada vez más confiados. Al dar la
vuelta a un grupo de árboles nos detuvimos, y me dije que
nunca más volvería a bajar la guardia.
Delante de nosotros había una especie de estatua. El sol
aún estaba bajo, y sus rayos filtrados por las nubes incidían en
la espalda de una impresionante figura en actitud de reposo,
como si fuera un tótem indio que vigilara el coto de caza de
alguna tribu celosa de sus dominios ante la llegada del hombre
blanco.
La estatua tenía apariencia humana, esculpida en posición
sentada, sus largas piernas recogidas como si fuera un hindú
que orase. Algo largo y metálico sobresalía de ella, de entre las
manos unidas sobre su regazo.
Jorge, emocionado, dijo:
—Quizás estaba en algún museo londinense... Ya sabes, una
estatua griega del Museo Británico...
Avancé unos pasos, y alcé los brazos para que nadie se
moviera ni se acercara más.
Después de haber pasado la tormenta, el viento había dis-
minuido tanto que tardé en darme cuenta de que movía ligera-
mente la capa que medio cubría la figura. Inmediatamente
dejé de creer que «aquello» fuera una estatua.
Se trataba de un ser, pero tan inmóvil que no debía hacer-
me ningún reproche por haberlo confundido momentos antes
con una escultura.
El metal que sobresalía era un arma de fuego, no una lanza
o una alabarda. Se trataba de un extraño fusil de larguísimo
cañón, que dejaría pequeña a la espingarda de un árabe del
desierto.
Instintivamente, levanté mi brazo armado y volví a dar
otro paso. Observé de reojo que Jorge cargaba la escopeta.
Yo había perdido algo de mi serenidad y ahora empecé a
recobrarla. La figura seguía sin moverse, excepto el leve agitar
de los pliegues de la capa o túnica que le caía desde la espalda.
La cabeza estaba semicubierta por una capucha que ocultaba
en parte su rostro. Semejante inmovilidad me obligó a pensar
que allí ocurría algo extraño.
—Es un centinela —musitó Jorge
—Era un centinela —le corregí—. Está muerto.
Hice un gesto para que nadie se moviera y seguí solo ade-
lante, hasta situarme apenas a dos pasos del vigilante.
LONDRES, 13:17 HORAS
—¿Otra forma de vida inteligente? —preguntó Rosenman,
con la boca abierta—, Cristo, esto es demasiado. ¿Estaba muer-
to?
—Era un guerrero gigantesco. Desde ese momento le cono-
cimos como el centinela.
...En Helsinki, los respectivos secretarios de asuntos exteriores
de USA y la URSS estuvieron a punto de reanudar la crisis mun-
dial. Se acabó la súbita entente cordiale y seguimos con los misi-
les de largo y corto alcance. La estrecha colaboración surgida a
consecuencia del interés de estas dos naciones por llegar al fondo
del asunto de las Islas del Infierno se ha esfumado. Si no fuera
porque temo ser malinterpretado, desearía que de pronto aparecie-
ran sendas Islas en los jardines de la Casa Blanca y ante la tumba
de Lenin. Tal vez les devolviera la cordura verlas por la ventana, y
sentir otra vez. el temor que experimentaron ante ellas les despena-
ra la inteligencia dormida, aunque me temo...
(Nuevas Visiones, abril de 1991, editorial de K. Rosenman.)
LA ISLA VERDE
No me atreví a tocarlo hasta asegurarme de que estaba
verdaderamente muerto y no iba a encañonarme con su largo
fusil cuando yo me aproximara a él. A simple vista tenía las
proporciones de un hombre, pero gigantesco. Le calculé doce
pulgadas más alto que yo. No necesité inclinarme para estudiar
su rostro, tan cerca lo tenía del mío.
Me impresionaron sus ojos abiertos. Eran muy grandes,
celestes y brillantes, a pesar de carecer de vida. Poseía una piel
oscura, y me pregunté si en vida habría tenido el mismo color
o era la muerte la que se la había oscurecido. Las facciones
hubieran pasado a simple vista por las de un ser humano, de
no ser por su nariz. En realidad no tenía nariz. Ni siquiera se
le podía llamar chato. Simplemente, carecía de nariz; sólo un
par de pequeños agujeros encima de una boca larga y de an-
chos labios.
—Este tipo le gana a Null —bromeó Jorge nerviosamente—.
Tiene menos nariz que el yanqui, y es tan feo como él. ¿De qué
habrá muerto?
Yo también pretendía averiguar cuál había sido la causa de
su muerte. Me armé de valor y le quité la capa. Debajo de ella
se cubría con un traje confeccionado en piel marrón, muy bri-
llante. El amplio pecho estaba cruzado por dos correas negras
de las que colgaban pequeñas esferas de metal. A la altura del
cuello descubrí varias manchas redondas. Eran de sangre seca.
Aparté ligeramente el arma que tenía fuertemente agarrada
con ambas manos, grandes y nervudas, con cinco dedos termi-
nados en uñas largas y azuladas. Esta coloración podía haberla
adquirido como consecuencia de las horas que llevaba muerto.
Michael se acercó y estudió en silencio el cadáver durante
unos minutos. Sacó un cuchillo y hurgó con la punta en las
heridas. Se volvió hacia mí y aseguró:
—Impactos de bala de un M-16.
Yo había tenido en mis manos una munición igual no hacía
muchos días.
—Es la que usan los soldados norteamericanos —dije—.
Ellos han pasado por aquí. Ellos lo han matado por la espalda.
—Pero debieron llegar hace tres días, y este tipo no lleva
muerto tanto tiempo.
—Tal vez se retrasaron en el viaje, quizá tuvieron proble-
mas. A este ser no pueden haberlo matado hace más de diez
horas. Los cadáveres se descomponen con rapidez en este am-
biente. Estoy seguro de que alguno de los cuatro soldados dis-
paró contra el centinela. Le sorprendieron por la espalda. Los
proyectiles salieron por delante.
Michael se apartó unos pasos y contempló el muerto.
—¿Pero quién es? —exclamó—. Resulta evidente que no es
humano. ¿Es de la misma raza que los moradores de la Meseta,
Ray?
—Por supuesto que no —sonreí—. Los ankaris son hermo-
sos, perfectos.
Intenté arrebatar el fusil al muerto, y no lo conseguí. El
rigor mortis le había agarrotado los miembros, y el arma pare-
cía pegada a sus dedos. Rocé la piel aceitunada de su cara y me
estremecí al sentir su frialdad. Fruncí el ceño. Resultaba obvio
que la descomposición aún no había empezado a actuar, a
pesar de que el cadáver parecía tener más de un día.
Después de emplear todas mis fuerzas logré apoderarme
del fusil, y lo examiné. No había que ser un experto para com-
prender que disparaba proyectiles impulsados por algún tipo
de explosión que se generaba en el interior del cañón. Había
una especie de botón grande al lado de la culata de acero, y un
cerrojo debajo que debía servir para montar el arma. A simple
vista se trataba de algo muy primitivo, como si perteneciera al
siglo XIX, un fusil de retrocarga con ligeras variantes de los
usados por las infanterías del mundo de aquella época. Pero
presentí que no era exactamente como pensaba.
Me pregunté si la munición serían las esferas que llevaba el
muerto colgadas de los dos cinturones. Entregué el arma a
Valdivia, y le previne de que no apretara el botón que hacía las
veces de gatillo. Luego me ocupé de desabrochar los dos cintu-
rones con las supuestas municiones y se las entregué también.
Entonces me di cuenta de que había unas cintas doradas col-
gadas de las hebillas.
—Si este tipo no está solo y los yanquis hace poco que lo
han matado, lo más prudente será que nos larguemos antes de
que aparezcan sus compañeros, si existen, y nos echen la culpa
de lo ocurrido —dijo Valdivia, mirando inquieto a todas partes,
escudriñando cada árbol.
Su recelo era justificado. Dije que debíamos marcharnos,
pero antes quise comprobar algo más; eché hacia atrás la ca-
pucha del centinela.
Aunque ya sabía que su frente era estrecha y terminaba
donde comenzaba una cabellera muy negra, no me imaginé
que ésta fuera tan brillante y larga. Le llegaba hasta más abajo
del cuello. Parecía haber sido peinada recientemente. Le aparté
los aladares y observé su oreja derecha. Poseía un tamaño mu-
cho mayor que las nuestras, casi redonda. A pesar de la situa-
ción, llegué a sonreír. No me explicaba cómo aquel tipo, si
realmente había tenido un oído tan fino como enormes eran
sus orejas, no escuchó aproximarse a sus asesinos.
Resultaba sorprendente también que después de recibir los
impactos no cayera de bruces. La muerte le había sorprendido
sentado, y así permanecía después de varias horas, con los ojos
abiertos, como si insistiera en mantenerse en su puesto de guar-
dia y seguir oteando el valle gris.
—Tampoco me explico cómo no lo ha derribado la tormen-
ta —rezongó Michael.
—No llegó hasta aquí —contesté—. Nosotros la soportamos
muy disminuida, en sus límites. Aquí arriba apenas se habrá
notado. Ya vimos que los bichos que transportaba no pasaron
de la ladera. —Vámonos de una vez.
No nos movimos de allí, nadie pareció haberme escuchado,
y el más sordo a mis palabras fue Jorge. El español se había
puesto de espaldas al cadáver y miraba en la dirección que éste
debió estar vigilando cuando le sorprendió la muerte.
—¿Qué haces? —pregunté, escrutando también la parte del
llano que él inspeccionaba.
—Ese tipo permanecía aquí por alguna razón muy concre-
ta, Ray —replicó Jorge—. Creo que miraba hacia allí.
—Pero ahí enfrente no hay nada interesante...
—Creo que tenía puestos sus cinco sentidos en aquella oque-
dad en la llanura. Mírala, resplandece en tonos dorados.
Me fijé bien. Era un enorme y extraño fuego fatuo. Si el
centinela no había cambiado demasiado de postura al ser al-
canzado por los disparos, debía haber estado observando el
lugar indicado por Jorge, una porción de terreno gris allá al
fondo que parecía haber sido rebañada por una gigantesca pala.
—Sí, es posible que tengas razón. Creo que eso es el fin de
un fuego fatuo, o su comienzo. Tal vez sentía curiosidad y se
sentó a verlo —dije—. Probablemente su misión era descubrir
la aproximación de un posible enemigo o la aparición de un
peligro.
—Bah. Estaba para vigilar que esas asquerosas bestias de
las profundidades no se acercaran —dijo Michael.
—Ninguna forma de vida se aproxima a las zonas de vege-
tación que aparecen en este mundo —dije, tal vez un poco
precipitadamente.
Jorge sonrió y me señaló mi error:
—¿No? Pues los devoradores no se lo pensaron mucho para
entrar en el hotel.
Pensé rápidamente en la respuesta. Cuando Stenzel me ex-
plicó esta teoría, yo no recordé que tuvimos que escapar del
hotel invadido por las bolas hambrientas. Tal vez el holandés
hubiera contestado lo mismo que yo:
—Pero muchas de ellas murieron, y las restantes se marcha-
ron apenas acabaron con la comida. No había ninguna viva
cuando regresasteis a buscar la radio. Les repulsa la hierba, el
terreno que no es gris.
Jorge se encogió de hombros.
—Es posible. —Miró a su alrededor—. Este lugar sería bue-
no para establecernos, si no hubiera más tipos como el fiambre.
—Lo mejor es que nos alejemos de aquí. Podemos compro-
bar lo grande que es este sitio caminando a su alrededor —dijo
Chris.
Nos pusimos en marcha. Jorge iba el último, mirando hacia
atrás a cada momento. Creo que veía por todas partes gigantes
cubiertos con trajes de piel y armados con largas espingardas.
Aunque en silencio me reí un poco de su excesiva precaución,
pedí a mis compañeros que se mantuvieran en todo momento
ocultos entre los árboles y matorrales mientras avanzábamos.
Michael fue el primero en descubrir nuestro autobús, volca-
do en la ladera. Lo contemplamos desolados. Su aspecto no
podía ser más lamentable. Estaba ennegrecido, con los hierros
retorcidos. El fuego apenas había dejado legibles unas pocas
letras de la agencia de viajes.
—Dios mío —exclamó Michael, antes de echar a correr ha-
cia los restos del vehículo.
Me enfureció el atolondramiento del conductor al ponerse
de aquel modo al descubierto precipitándose hacia su maldito
autobús. ¿Es que aún se creía responsable ante sus jefes? Corrí
detrás de él. Los demás me siguieron. Llegamos junto al auto-
bús, y Michael soltó una sarta de maldiciones. Jorge jadeó y se
detuvo a mi lado, con la espingarda entre las manos, las tiras
de tela dorada del correaje que llevaba colgado de un hombro
flotando suavemente al viento.
—Puedes decir adiós a tu dinero, Ray —dijo el muchacho.
Al infierno el dinero, pensé. Ya nos habíamos expuesto a ser
descubiertos, y no importaba que nos arriesgásemos un poco
más. Me aseguré de que dentro del vehículo no había ningún
cuerpo carbonizado, y comenté que los viajeros habían tenido
tiempo de escapar de las llamas. Luego examiné los alrededo-
res. Me extrañó muchísimo no descubrir huellas de las ruedas
del autobús. Pensé que debió haber resbalado por la ladera
antes de llegar arriba, y entonces se incendió, pero después de
que sus ocupantes lograran ponerse a salvo.
Tampoco encontramos en la parte superior de la ladera
señales de las ruedas de los dos vehículos militares, del Suzuki
o del turismo. Lo más probable era que este último se hubiera
quedado a mitad del camino.
—Al menos sabemos que los soldados han llegado hasta
aquí —dije—. Debemos buscarlos.
—¿Y una vez que les encontremos? —preguntó Griffin—.
¿Qué les decimos? Hola amigos, celebramos que estéis vivos y,
¿qué os parece si nos olvidamos de la putada que nos habéis
hecho?
Jorge me miró preocupado.
—Tu situación sería la peor de todos nosotros —dijo—. El
traje y tu ausencia les harán pensar que estuviste en la Meseta,
y te harán muchas preguntas con muy poca delicadeza.
—Sigamos recorriendo este terreno —dije, ligeramente tur-
bado por lo que Jorge había dicho y también porque nuestras
provisiones eran limitadas. Empezaba a tener sed, y sólo dispo-
níamos de dos botellas de agua. Aunque encontrásemos un
pozo, nos llevaría mucho tiempo destilar la poca que consiguié-
ramos para quitarle las impurezas. Me preguntaba si no sería
mejor volver junto al globo y recorrer aquel terreno desde el
aire. Pero seguía pensando que si lo hacíamos seríamos fácil
mente descubiertos, y ofreceríamos un blanco estupendo para
el posible tirador, humano o gigante.
Un rato más tarde nos detuvimos. De pronto había cesado
el viento, algo que solía ocurrir muy a menudo. Nos miramos,
e hice una señal para que prosiguiéramos avanzando. Entonces
la hierba se movió a nuestro alrededor, y de detrás de los
árboles surgieron varias figuras muy parecidas al centinela
muerto. Pero aquellos gigantes estaban vivos, y las armas que
sostenían nos apuntaban amenazadoramente.
—Quietos todos —dije, al ver que Michael hacía intención
de levantar la escopeta—. Si hubieran querido matarnos lo
habrían hecho antes de salir de sus escondites.
Los seres, cinco exactamente, estaban como a veinte pasos
de nosotros, y se habían detenido. Se limitaban a mirarnos, y
ninguno parecía demasiado asombrado de encontrarse ante no-
sotros. Pensé que, si nos culpaban de la muerte de su compañe-
ro, no iban a tener demasiada consideración con nosotros. Tal
vez sólo les movía la curiosidad, pero me inquietaba que, una
vez satisfecha ésta, decidieran atacarnos. También cabía la po-
sibilidad de que no fueran tan salvajes como me hacía pensar
su imponente aspecto.
A pesar de haber recomendado calma a mis amigos, moví
mi brazo derecho y dispuse el lanzador para dispararlo en
abanico apenas creyera descubrir en los gigantes el menor in-
dicio de hostilidad.
De pronto vi, horrorizado, que Jorge alzaba el largo cañón
de la espingarda, y adiviné su intención de dispararla. Iba a
gritarle que se detuviera cuando apretó el botón. Esperé una
detonación, pero me llevé una gran sorpresa, porque del arma
surgió una llamarada roja que culebreó fulgurante en el aire y
provocó una explosión a poca distancia de los pies de los gigan-
tes.
A pesar de mi confusión, en aquel momento comprendí
cuál había sido la causa de que se incendiara el autobús, y
comprendí claramente que los absurdos guerreros eran nues-
tros enemigos.
El disparo de Jorge les sorprendió tanto que ninguno de
ellos hizo funcionar su arma. Grité a los demás que se arroja-
ran al suelo, contraje mi mano, y el lanzador silbó y arrojó un
haz de arena a presión. Pero el manejo de aquel artefacto an-
kari era nuevo para mí, y toda la furia que lancé pasó por
encima de las cabezas del grupo.
Michael no se lo pensó dos veces y apretó el gatillo. La
doble detonación retumbó profundamente en el inmenso valle,
y me pareció que uno de los seres fue alcanzado en un brazo,
ya que estuvo a punto de soltar su arma. Sus compañeros le
ayudaron a mantenerse en pie, y todos emprendieron la retira-
da. El último en hacerlo se detuvo un instante y señaló a Jorge
al tiempo que emitía gritos estridentes, pero su paroxismo fue
al descubrirme. Entonces echó a correr y desapareció por entre
los árboles.
Ayudé a Chris a levantarse. Grité a Jorge que no cometiera
más locuras cuando intentó seguirlos. Griffin se acercó a mí.
Estaba muy pálido, e imaginé que la causa era el miedo que
había pasado. Pero el americano me señaló la tierra gris. Volví
la cabeza, seguí la dirección que señalaba con su brazo, y mi
mirada se detuvo en la oquedad que creíamos estuvo vigilando
el centinela. Del fondo de ésta surgía una nueva luminosidad
que me llevó a pensar que allí se estaba iniciando un verdadero
y gigantesco fuego fatuo.
Empecé a sonreír a Griffin para tranquilizarle.
—No te asustes. Eso no tiene ninguna importancia, incluso
se puede tocar sin peligro... —empecé a decir.
No continué hablando. Nos habíamos olvidado de los seres
gigantescos, y no me gustaba volverles la espalda. Pero lo que
me había obligado a callar era que alrededor del terreno bajo
estaba empezando a estallar una hermosa gama de luces dora-
das y blancas.
Eran tan vivas como las que me cegaron aquella tarde en
el hotel. Pero entonces yo estaba dentro, y ahora en cambio
presenciaba el fenómeno desde fuera. Lo que sentí me hizo
creer que podía morir al segundo siguiente. Era como si el aire
hubiera desaparecido súbitamente a mi alrededor.
Tuve que abrir la boca, buscar ansiosamente oxígeno. Te-
nía a Chris cogida por la cintura, y la escuché jadear. Debía
estar pasándolo muy mal.
Se produjo un nuevo relámpago en la oquedad, y cuando al
cabo de unos segundos se apagó la luz, el prodigio quedó con-
cluido y apareció, como el final de un sortilegio increíble, una
meseta coronada de vegetación roja. Era similar a la Morada
ankari donde yo había vivido unos días inolvidables.
El aire regresó a nuestro alrededor, y conseguimos recobrar
el resuello.
—Esto era lo que esperaba el centinela —musitó Chris en
medio del viento, que había regresado tan súbitamente como
desapareció.
No era una temeridad pensar que aquel ser abatido en su
puesto de vigilancia sabía lo que iba a ocurrir, aunque no
cuándo. Conocía sin embargo, como debían conocer sus compa-
ñeros que acababan de huir, que la oquedad de la llanura iba
a ser ocupada por una masa traída desde otro mundo. El terre-
no arrebatado tenía que ser suplido por uno equivalente en
volumen. Era ésta la ley inflexible de aquel lugar, el misterio
que se repetía constantemente.
—Y los fuegos fatuos son el anuncio del prodigio —murmu-
ré emocionado—. Condenado Adrián Stenzel, si estuvieras aquí
te faltaría tiempo para convertirte en el gendarme de la nueva
Meseta, les impondrías a los ankaris tu protección... Suponien-
do que ahí arriba haya ankaris.
Solté una estruendosa carcajada que hizo que todos me
miraran asombrados. Debían pensar que me había vuelto loco.
LONDRES, 15:10 HORAS
—¿Sólo esto? Aquí no hay más de cinco gramos —exclamó
Kanable, sopesando la bolsita de plástico.
Rosenman frunció el ceño. Raymond tenía un buen cálculo
con la mano, pensó.
—¿Cree que eso y todo lo demás se compra fácilmente?
—replicó con irritación—. Lo que tiene en la mano ha costado
mucho dinero, y conseguirlo ha entrañado cierto riesgo. Consi-
dero que es el momento de preguntarme si merece la pena la
inversión que he hecho para cubrir sus extrañas peticiones.
Dios, se trata de un material muy sofisticado: esas armas, los
equipos... ¿Cuál es su guerra particular?
Kanable apretó los puños. Luego, con gestos bruscos, cerró
la última caja que había inspeccionado. Al buscar un cigarrillo
en los bolsillos se le abrió la bata, y Rosenman descubrió que
no llevaba nada debajo.
—Por Dios, Raymond, debe comprender que he hecho cuan-
to he podido; yo mismo me asombro de haber reunido tanto.
Pero el lunes o el martes...
Kanable agitó negativamente la cabeza. Terminó encon-
trando los cigarrillos. Hizo un gesto para dar por terminada la
discusión. Miró por la ventana. La lluvia había cesado desde
hacía un rato.
—No confío en que hoy brille el sol —comentó Kanable—.
Es una lástima. Me hubiera gustado verlo, de veras.
—Pienso que merezco una mayor sinceridad por su parte,
Kanable —dijo Rosenman. Había un marcado tono de resenti-
miento en su voz.
—De acuerdo, de acuerdo —sonrió Kanable—. Por un mo-
mento he perdido los estribos. Discúlpeme. Ha logrado reunir
bastante en tan pocas horas. Tendré que conformarme. ¿Qué le
parece si seguimos?
—Deberíamos pensar en salir y estirar un poco las piernas.
Propongo que vayamos a comer a un buen restaurante.
—¿Por qué?
—Sospecho que se ha cansado de los fiambres y de estar
encerrado.
—No tengo apetito.
Rosenman cogió la grabadora.
—Como quiera —dijo gravemente—. Si vamos a continuar,
creo que estaremos más cómodos en cualquier otro sitio que en
el recibidor.
...También son importantes las revueltas campesinas en Co-
lombia, El Salvador, Venezuela, México, Costa Rica, Perú y Boli-
via. Todos quieren que se respete la neutralidad de estos países, y
todos intervienen en sus asuntos internos. La deuda externa les
ahoga demasiado. Algunos ya están demasiado estrangulados, y
se clama por soluciones drásticas.
Y puede volver a recrudecerse el conflicto en el Golfo Pérsico.
Tal vez Libia salga de su letargo y reclame por los últimos ataques
sufridos...
(Nuevas Visiones, junio de 1991, artículo de K.R.)
LOS GIGANTES
La meseta estaba como a tres millas de distancia, y pensé
que para ir a ella debíamos regresar hasta donde habíamos
dejado el globo. Pero mi idea fue frustrada cuando Jorge gritó:
—¡Regresan los monstruos!
Para él aquellos seres eran monstruos, gigantes y guerreros,
y así los llamamos hasta que supimos cuál era su verdadero
nombre.
Un grupo algo más numeroso que el anterior que habíamos
puesto en fuga se acercaba por donde habíamos llegado, cortán-
donos el camino de vuelta al escondite del globo. No iban muy
deprisa. Creo que incluso avanzaban temerosos. Por un momen-
to consideré la posibilidad de intentar parlamentar con ellos.
Eché una última mirada a la meseta y los restos calcinados del
autobús. Agarré a Chris de una mano, y echamos a correr.
No nos detuvimos hasta haber dejado muy lejos a los guerre-
ros. Entonces miré hacia atrás. El grupo se había detenido al
borde de la ladera, contemplando la meseta con un respeto casi
místico.
—No les importamos nada —jadeó Jorge—. Sólo tienen
ojos para la montaña.
—Este lugar no es seguro —dijo Griffin—. En cualquier
momento podría caernos encima algo parecido a eso que cayó
en la llanura...
Le respondí que la meseta no había caído del cielo, sino
que había surgido de la misma oquedad; pero esto no importa-
ba, sino lo que debíamos hacer a partir de ahora. Propuse dar
un gran rodeo a la isla verde y regresar al punto por el que
habíamos entrado en ella para recuperar el globo. A pesar de
que iba a ser una gran caminata, creí que era lo mejor que
podíamos hacer.
—No quiero un enfrentamiento con los gigantes —concluí.
—Tal vez no tengamos otro remedio que combatirlos tarde
o temprano, si vamos a permanecer en este valle —dijo Michael.
—¿Por qué eres tan pesimista? Podríamos acabar entendién-
donos
—Ni lo sueñes. Para ellos nosotros somos los que matamos
a su centinela.
Griffin se había alejado unos pasos y observaba los alrede-
dores. Excepto a nuestras espaldas, en el borde mismo del
terreno, por todas partes se extendía un bosque de árboles.
—Esto parece muy grande —dijo el escritor—. Quizás he-
mos llegado a un sitio donde el terreno no es estéril y aquí se
acaba el infierno, el desierto gris.
Pero unos minutos más tarde su teoría, por desgracia, se
vino abajo. Habíamos caminado en dirección al norte, y pronto
volvió a aparecer a nuestra izquierda la llanura gris. Ya no
tuvimos ninguna duda de que nos encontrábamos en una gran
isla, pero una isla al fin y al cabo.
A veces el terreno se elevaba, y podíamos ver porciones
rocosas donde apenas crecían arbustos. Luego encontramos un
riachuelo de aguas inmóviles, y tuve que mostrarme firme con
Jorge para que no la bebiera. Le permití que echara un trago
de una de las botellas. Aprovechamos aquel descanso para co-
mer algo de las vituallas que llevábamos. La idea de acabar de
dar la vuelta a la isla de los monstruos, recuperar el globo y
volar a la cima de la reciente aparición nos dio nuevos ánimos
y fuerzas para seguir andando.
Habíamos olvidado un poco el grupo compuesto por los
norteamericanos y nuestros amigos, hasta que encontramos en
el fondo de un desnivel uno de los camiones militares.
—El bruto que lo conducía no se percató del hoyo —dijo
Jorge, señalando, y sin pensarlo dos veces dio un salto y corrió
hasta encaramarse a la cabina. Se volvió y nos gritó—: No hay
nadie, y se han llevado cuanto transportaban.
Michael encontró huellas de pisadas que se dirigían al nor-
te, perdiéndose tras unos montículos coronados por grupos de
árboles cargados de frutos parecidos a las bananas.
Le dije que él y yo nos adelantaríamos a explorar, mientras
los demás se quedaban cerca del camión. Naturalmente, Chris
y Jorge protestaron. La chica opinó que no debíamos separar-
nos, pero la convencí diciéndole que si nos veíamos obligados
a huir, dos hombres podían desenvolverse mejor que cinco per-
sonas.
—Jorge sabe manejar la espingarda —dijo Michael, acari-
ciando la escopeta—. Si se queda puede protegernos de una
posible retirada. Escondeos cerca del vehículo, ahí entre esas
rocas.
Les señaló las oscuras entradas de unas grutas, aconseján-
doles la mayor de ellas, situada a unas yardas de distancia de
la cabina del camión.
Antes de marcharnos, Christine se acercó a mí y me miró
muy fijamente a los ojos. Dijo:
—No te arriesgues, Raymond Kanable. No quiero que ha-
gas tonterías.
Me sorprendió tanto el tono de su voz que no atiné a con-
testarle nada. Le acaricié las manos y la sonreí para darle
confianza. Cuando me aparté de ella, susurré:
—No te dejaré, pase lo que pase. Eres mi mujer policía
favorita.
Michael Davis me esperaba un poco alejado, y me dirigió
una mueca socarrona cuando me puse a su lado. Creo que
estuvo a punto de hacer un comentario, pero se lo reservó, y se
mantuvo en silencio todo el rato que estuvimos caminando. De
pronto se detuvo y me susurró que había creído escuchar rui-
dos detrás de los montículos.
Subimos arrastrándonos a ellos y volví la cabeza. Desde
allí no veía el agujero donde quedaba el camión, pero sí una
parte de la meseta y su floresta roja. Luego, al girarme, descu-
brí lo que Michael estaba observando. A pesar de que se trata-
ba de algo que debía sorprenderme, me había acostumbrado ya
a no extrañarme ante nada que hubiera en aquel maldito lugar.
El límite de la gran isla estaba a nuestra izquierda, y como
a unas quince yardas de éste, y rodeada de suelo gris, se alzaba
una típica casa londinense de dos plantas, pintada de blanco.
A su alrededor, un resto de jardín, una porción de garaje y un
poco de muro de otra vivienda colindante que no fue traslada-
da completa.
Michael y yo nos miramos. Me encogí de hombros y le pedí
calma con un gesto. Estábamos en una posición ventajosa, y le
susurré que debíamos asegurarnos de que no íbamos a correr
peligro si la abandonábamos.
—Creo que hay gente en esa casa —dijo Davis—. Me ha
parecido ver una sombra en la ventana situada encima del
pórtico.
Le señalé la parte de la ladera que estaba frente a la casa.
Empezó a buscar con la mirada. Volví a señalarle el sitio donde
debía mirar y añadí:
—Hay dos yanquis apostados, vigilando la casa, como si la
asediaran.
Michael no entendió al principio que los norteamericanos
apuntaran con sus fusiles a la casa. Luego, cuando decidimos
bajar un poco más y nos refugiamos detrás de unas rocas, a
medio camino del promontorio y el bosque, casi pisamos el
cadáver de un gigante oculto entre la hierba, y poco más allá
vimos que se asomaba el bulto de otro junto a un árbol.
—Que me frían si entiendo algo —gruñó Michael.
Continué mirando a todas partes. Creí descubrir un unifor-
me verde que se movía cerca del árbol donde estaba el segundo
cadáver, pero las ramas dejaron de agitarse al cabo de un rato
y ya no volví a verlo.
Permanecimos casi sin movernos varios minutos, hasta que
por mi reloj calculé que llevábamos así media hora. Michael
había empezado a ponerse nervioso y estuvo a punto de apretar
el gatillo de la escopeta cuando creyó que algo le acechaba por
detrás.
Afortunadamente no lo hizo porque se trataba de Chris, que
se acercaba arrastrándose. Me volví furioso para decirle que
regresara, y ella me puso un dedo lleno de tierra en los labios
para mantenerme callado. Nos dijo, susurrante:
—Hemos encontrado a los demás, escondidos en una gruta.
Nos oyeron, pero estaban tan asustados que no se atrevieron a
salir.
Pregunté a Chris si estaban todos.
—Sólo falta Francois Livornes —contestó—. Cayó del coche
en el que iba al pasar sobre una colonia de devoradores, cuan-
do viajaban hacia aquí. Los demás están bien, aunque ham-
brientos. John Dunigan tiene una herida en el brazo derecho,
pero creo que es un rasguño sin importancia. ¿Qué ocurre?
Le señalé la casa, y le dije que había al menos dos soldados
vigilándola.
—También hay un par de monstruos cerca de aquí, creo
que muertos. Han debido liquidarlos los yanquis. ¿Qué demo-
nios han estado haciendo los soldados desde que llegaron? Sólo
supieron darle al gatillo.
—Durante el viaje perdieron todos los vehículos, excepto
un camión y el autobús.
—¿Qué pasó con el autobús? —preguntó Michael.
—Tuvieron que abandonarlo porque no fue capaz, de supe-
rar la pendiente. Los soldados se marcharon a explorar. Enton-
ces encontraron al centinela y lo mataron.
—Malditos sean. Dispararon sin pensar. Ellos han converti-
do a los guerreros en enemigos de todos los humanos —dije.
—Tal vez te equivoques —dijo Chris—. Varios monstruos
los atacaron cuando regresaban a los vehículos. Dispararon
contra el autobús y lo incendiaron. Escaparon después de po-
nerlos en fuga, y entonces se dirigieron aquí.
—¿Es que dentro de esa casa hay más monstruos?
Chris negó con la cabeza.
—Al parecer son humanos armados, que no permiten que
se acerque nadie. Antes de que los soldados llegaran, los mons-
truos estaban atacando la casa. El sargento y sus hombres los
hicieron huir.
Fruncí el ceño. Miré la mansión y me pareció ver que al-
guien se movía detrás de las cortinas de una ventana.
—Aquí pasa algo extraño —musité—. Si las personas de la
casa es la primera vez que ven seres humanos desde que están
en Elajah, lo normal es que se volvieran locas de alegría y
abrieran la puerta de par en par, sobre todo después de que los
soldados pusieran en fuga a los monstruos que los acechaban.
¿Qué tontería debieron cometer esos bastardos yanquis para
asustar también a esa pobre gente?
Chris agitó la cabeza.
—Lee Dunigan asegura que nada. Una voz de hombre les
gritó a través de un altavoz que no se acercaran, y como adver-
tencia disparó una ráfaga de ametralladora al aire. Dios mío.
Es como si todo el mundo se hubiera vuelto loco.
—Quizás hayan perdido la razón al verse aquí. —Escruté
de nuevo la mansión.
Al principio creí que los soldados no habían disparado aún
contra el edificio, porque todos los cristales de las ventanas
estaban intactos, pero Chris me aseguró que sí lo habían hecho,
y que los defensores, si eran más de uno, les contestaron a
través de unas troneras practicadas en los muros. Todo aquello
me confundió aún más.
—Pues han tenido buen olfato adivinando que no deben
invitar a desayunar a esos hijos de puta —dijo Michael—. El
mayor Blase está demostrando ser un incompetente como mi-
litar y un irresponsable como diplomático. La droga debe ha-
berle perturbado la mente de forma irreversible. ¿Te han dicho
cuánto tiempo llevan intentando entrar, Chris?
—Más de un día. Blase está más furioso que nunca, me dijo
Peggy, obsesionado por apoderarse de la casa. Confía en encon-
trar en ella alguna clase de droga. Pero no es posible acercarse.
—¿Por qué no? Apenas hay que recorrer unas yardas —ex-
clamó Michael.
Comprendí en seguida por qué los soldados no se habían
acercado a la casa. Todo el terreno gris que la rodeaba era
granulado, y a veces el viento llevaba a mi olfato el desagrada-
ble olor a mierda de cerdo.
—Sí, son devoradores —suspiró Chris antes de que yo lo
dijera—. A partir de donde acaba la ladera todo está plagado
de devoradores, hasta los mismos escalones de la entrada. Los
guerreros estaban arrojando piedras y ramas sobre el terreno
para formar un sendero sobre el que caminar, pero cuando
apenas llevaban cubiertas unas yardas les dispararon desde la
casa, impidiéndoles continuar.
—Esa mansión ha tenido la mala suerte de aparecer sobre
una gran colonia de devoradores —dije—. Sin el consentimien-
to de sus habitantes será imposible llegar hasta ella. Blase ha
debido comprender que es inútil insistir, al menos de día.
—¿Es que piensas darle una idea para conquistarla? —pre-
guntó Michael.
—Claro que no —Entorné los ojos—. ¿De qué parte de
Londres ha podido venir la casa, Chris?
Ella se alzó un poco y dijo, no muy convencida:
—Creo que de un barrio situado en las afueras, un sitio
elegante si nos fijamos en su arquitectura. —Señaló hacia atrás
con una mano—. Si no me equivoco, Trafalgar Square podría
estar por allí, al este, si te sirve como punto de referencia.
Como a unas tres o cuatro millas.
Después de pensarlo un rato, dije:
—Volvamos con los demás. No tardará en anochecer. Segu-
ro que los yanquis intentarán seguir en la oscuridad el trabajo
que empezaron los monstruos, y creo que ése será un buen
momento para que yo tenga una conversación con el sargento
Stolberg.
—¿Qué tontería estás pensando? —preguntó Michael.
—Stolberg es el único de los cuatro que tiene dos dedos de
frente. Quizá le convenza para que aparte al mayor del mando.
Tenemos que convencer a la gente de la casa de que lo que
queremos es ayudarles.
Chris puso una mano sobre mi hombro.
—El sargento respeta demasiado al mayor, y los otros dos
le temen. No será sencillo, Ray.
—Ya veremos. Regresemos a la gruta.
—¿No irán allí los soldados cuando anochezca?
—Al menos no han aparecido desde que decidieron atacar
la casa —dijo Chris—. Creo que uno de ellos se esconde en
algún punto para vigilar a los guerreros, aunque éstos no pare-
cen muy dispuestos a luchar contra unos seres que les horrori-
zan.
Michael sonrió.
—Tiene gracia —dijo—. Me parecen tan horribles que no
me había parado a pensar que nosotros debemos ser también
para ellos unos tipos más bien feos.
—Ray...
Me volví hacia Chris.
—Dime.
La vi preocupada.
—He repartido la comida entre los demás. Apenas nos que-
da.
—Has hecho bien. Ahí dentro debe haber alimentos. Espero
que podamos aguantar un par de días a dieta.
Eché una última mirada a la casa.
—Es extraño. Los soldados no han destrozado un solo cris-
tal.
—Los guerreros ya habían disparado hasta cansarse cuan-
do llegaron los norteamericanos, Ray —dijo Chris—. Los cris-
tales de las ventanas son a prueba de balas.
Me quedé con la boca abierta, y ella dijo:
—Sí, es cierto. Todos me han dicho que los gigantes dispa-
raron varias veces, pero las descargas de fuego de sus espingar-
das apenas afectaron a la fachada, y cuando los soldados toma-
ron el relevo, apuntaron a las ventanas y a la puerta principal,
hasta que se convencieron de que era inútil disparar. Descubrie-
ron que los cristales son a prueba de balas. Y la puerta tiene
que ser de acero.
Hice una señal para alejarnos de allí. Mientras retrocedía-
mos, me hice docenas de preguntas.
LONDRES, 15:55 HORAS
—Sospecho que usted sabe mucho más de Elajah de lo que
me ha dicho hasta el momento— dijo Rosenman, visiblemente
preocupado.
—¿Qué insinúa? —preguntó Kanable. Mientras hablaba, ha-
bía estado estudiando esporádicamente el listado de las Islas
del Infierno.
Rosenman se pasó varias veces la mano por la frente, acabó
sacudiendo la cabeza y dijo:
—Todo ese material que me ha obligado a comprarle... Dios,
cuando todo esto salga a la luz, se publicará con letras rojas y
bien grandes en los periódicos rivales. Tengo muchos amigos,
pero también demasiados enemigos.
—¿Qué le preocupa?
—Demasiadas cosas. Todo lo que me ha contado debe ser
publicado, pero no será fácil que le crean.
—¿Por qué? —sonrió Kanable.
—Se investigará el pasado de Raymond Kanable, y se des-
cubrirá todo lo que no quiere decirme. Ese dinero que no pare-
cía ser suyo...—dijo Rosenman. Volvió la cara para enfrentarse
a la mirada burlona de Kanable—. Aunque omitiéramos ese
asunto, acabaría saliendo a relucir.
—A mí ya no me preocupa que se averigüe quién soy y que
aquella tarde estaba siendo detenido en el hotel Welbeck. Pero
quisiera no involucrar a otras personas.
—Ya. Usted confía en volver, no le inquietan las consecuen-
cias que deje atrás. ¿Pero cómo va a volver? ¿Encontró la má-
quina del tiempo de Wells o ha regresado a bordo del crucero
estelar del capitán Solo? ¿Acaso posee un filtro mágico, un
talismán todopoderoso, conoce las palabras cabalísticas? Su-
pongamos que se marcha. Si no se queda, ¿cómo demostraré la
veracidad de cuanto se publique?
Kanable permaneció en silencio unos instantes.
—Le dejaré una prueba. Aparte de ella, estarán los datos de
la gente que viven en Elajah, informes exactos. Todo coincidi-
rá. También le diré a su debido tiempo algo que convencerá a
los incrédulos después de algunas semanas de que hayan leído
mi... —Kanable torció la boca—. Creo que tiene razón en cuan-
to a que un desconocido como yo no debería firmar un trabajo
tan importante. ¿Por qué no dice que ha sido Gerald Griffin
quien se lo ha contado? Es un escritor famoso. O lo fue. Si él lo
firma volverá a ser conocido, ahora en todo el mundo.
—Pero él no estará para testimoniar...
—Oh, búsquese una excusa. Esos son pequeños detalles que
se pueden solucionar más adelante. Diga a la gente que después
de haber vuelto no quiere ver a nadie, que se halla demasiado
afectado por lo sucedido para enfrentarse a la prensa y la tele-
visión.
Rosenman agitó la cabeza.
—No sería una mala idea —dijo sin entusiasmo—. La con-
sideraré.
Kanable desvió los ojos a la ventana. Había vuelto a llover
desde hacía unos minutos, aunque poco intensamente. El día se
iba oscureciendo.
—Ese lugar está recibiendo trozos de otros mundos —dijo
el editor—. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin?
—Sigue convencido de que todo tiene una explicación cien-
tífica, ¿eh?
—Desde luego. No creo en el azar. Según sus testimonios,
allí hay islas llevadas desde tres lugares muy diferentes. ¿Con-
tinuarán llegando más de otros mundos?
—El proceso no ha terminado aún tampoco para la Tierra.
Rosenman palideció.
—¿Está insinuándome que van a producirse más desapari-
ciones en la Tierra, que ese maldito sitio continuará devorando
fértiles tierras y devolviéndonos eriales?
—Le juro que cuando la meseta surgió en aquel hoyo yo
ignoraba muchas cosas —dijo Kanable con vehemencia—. Por
favor, déjeme continuar. No me queda mucho tiempo.
Rosenman se levantó del sillón como si le hubieran pincha-
do.
—¿Piensa marcharse pronto?
Le prometo que conocerá el momento de mi marcha con
la suficiente antelación. Ahora siga escuchando y registrando
en su maldita grabadora cuanto voy a decirle. Estoy cansado
de tanto hablar. No sabía que esto fuera tan fatigoso. Necesito
un trago.
...Mis lectores son suspicaces e inteligentes, y la mayoría de
ellos se habrá dado cuenta de que apenas he comentado la postura
adoptada por las confesiones más influyentes de la Tierra respecto
a las Islas del Infierno, aparte el hecho de haberme referido a
ciertas anécdotas acaecidas en países donde la iglesia católica es
predominante y ejerce un claro poder en coalición con las oligar-
quías tradicionales. Hasta ayer, por ejemplo, el Vaticano había
mantenido oficialmente un silencio total, sin emitir ningún comu-
nicado que aclarase su postura.
El comunicado finalmente emitido es ambiguo, y elude decan-
tarse por ninguna de las teorías más conocidas. No obstante, me
resulta deliciosamente conmovedor.
Al parecer, tras sesudos debates, los purpurados de la Plaza de
San Pedro afirman que la Iglesia admite la posibilidad de que las
Islas —omite la palabra Infierno— sean un aviso del Altísimo
para prevenir a la Humanidad de que, al final del proceso —no
aclara qué clase de proceso—, la Divina Providencia será impla-
cable con aquellos enemigos de la verdadera Fe.
Hubieran podido decir sin rodeos que, a su parecer, deben
prepararse aquellos que se han apartado del único Camino para la
Salvación, obviamente el trazado por ellos...
(Nuevas Visiones, julio de 1991, por K. R.)
LA MANSIÓN
Cuando regresamos a la caverna, lo primero que hice fue
asegurarme de que era un buen refugio. Aunque teóricamente
los tramis, los devoradores o cualquier otra alimaña de las
tierras grises no se asentaban en los territorios extraños a aquel
mundo, me sentí más tranquilo después de comprobar que las
paredes y el suelo eran de pura roca. La entrada resultaba algo
angosta, pero después de un estrecho pasillo se abría una am-
plia estancia natural de elevado techo, por el que se filtraba a
través de varias grietas la luz del muriente día. El único factor
negativo que encontré es que era conocida por los militares,
pero confiaba que esa noche ninguno de ellos fuera a hacernos
una visita. Estaban demasiado ocupados vigilando la mansión.
Habían encendido una hoguera en el centro de la gruta, y
el humo que desprendía, blancuzco y no muy denso, escapaba
por las aberturas del techo.
Mi aparición y la de Michael fue recibida con entusiasmo.
Sólo la viuda Livornes no acudió a mi encuentro y permaneció
en el rincón donde estaba sentada cuando entramos.
A John Dunigan le encontré muy cerca del final del pasillo,
junto a su hermano, que le limpiaba cuidadosamente la herida
que tenía en el brazo derecho. Ambos me sonrieron al inclinar-
me sobre ellos, y pensé que debíamos olvidar nuestras peque-
ñas diferencias, aunque tendría que hacer un gran esfuerzo
para no acordarme de que ninguno defendió a Rose cuando ella
lo necesitó.
—¿Es grave? —pregunté a Lee. Los dos seguían observando
llenos de extrañeza mi traje de combate ankari y el lanzador
sujeto a mi antebrazo.
—Espero que no —dijo Lee en voz baja.
—Lo peor es que no sabemos si una herida como ésta puede
cicatrizar sin ningún problema en este maldito lugar —dijo
John, tras dibujar una mueca—. Temo que se me infecte, Raymond.
—Sanará —dije. Pero lo afirmé con escasa convicción. ¿Qué
sabía yo? Si salí con vida de los mordiscos de los tramis fue
porque la muchacha ankari utilizó en mí la antiquísima cien-
cia, casi milagrosa, de la Familia.
John estudió mi traje con ojos enrojecidos por la fiebre.
Forzó los labios para sonreír.
—¿Aprovechaste unas rebajas, Ray? —inquirió—. ¿O debo
preguntarte de dónde lo robaste? Lo siento, no quería ofender-
te. Ha sido una estúpida broma por mi parte.
—Me gasté el dinero del botín en equiparme, muchacho.
—Le estreché la mano y me incorporé—. Apenas tenga un mo-
mento libre te daré la dirección de mi sastre.
Les di la espalda, y me encontré frente a frente con Rose.
Ni siquiera intenté sonreírle. Por encima de sus hombros obser-
vé a los Pfaumann, un poco distanciados y esperando su turno
para acercarse a mí. Los viejos querrían preguntarme muchas
cosas, pensé. Volví mi atención a la chica, y me apenó su aspec-
to. Tenía el vestido muy sucio y desaliñado. Seguro que soñaba
con una buena ducha desde hacía días.
—Te encuentro muy bien —mentí descaradamente—. El
mundo sigue siendo un pañuelo, ¿no?
Ella torció el gesto y agitó la cabeza.
—Vamos, Ray, no te esfuerces por ser trivial. Estos días no
he dejado de pensar en que debí aceptar tu oferta y marcharme
contigo al continente apenas me lo propusiste.
—¿Y el chico de Londres?
—En realidad había demasiados. Pero ya no merece la pena
lamentarse. —Alzó los ojos hasta los míos, y creo que me desa-
fió cuando preguntó—: ¿No estás rabiando por saber cómo me
han tratado?
—Algo me contaron. Lo siento mucho, Rose.
—No fue tan malo. Dicen que sólo se pasa fatal cuando una
se resiste. Ya sabes. Si se colabora, no se trata de una violación,
y el bastardo que lo intenta se siente muy frustrado.
—¿Es que Stolberg no intervino? —pregunté. Quería saber
a qué atenerme cuando me encontrara con los soldados—. ¿Te
pegó el mayor?
—¿Qué importa eso, cariño? —suspiró Rose—. El mayor
sólo me dio unos azotes. Cuando acabó se sentía tan cansado
que no estaba para más.
—Ese hijo de mala madre... —gruñí. Me ponía enfermo
imaginar a Rose entre los soldados. Un ramalazo de racismo
me enfureció al pensar en el sargento Stolberg y ella—. Creo
que me equivoqué con ese negro. Le creía mejor persona. Debió
impedirlo.
—Supongo que no pudo —susurró ella, sonriendo por fin.
Le había costado un gran esfuerzo componer aquella sonrisa—.
Quizá no tuvo otro remedio que quedarse fuera vigilando a los
demás para que no intervinieran, hasta que se cansó y entró
gritando a Null y Panish que me dejaran. Pero ellos ya habían
acabado. Creo que entonces perdí un poco el sentido común y
no aproveché el momento para aliviar la tensión.
Entorné los ojos. No sabía lo que quería decir.
—¿Qué hiciste?
—Pobre Roger Stolberg. Le pregunté si se ponía así de
furioso porque no era un hombre, y le invité riendo a entrar en
el camión. Desde entonces no volvió a hablarme. Fui una tonta,
Ray. Roger se marchó, y entonces llegó el mayor. Si él hubiera
estado allí, tal vez me habría librado de la paliza. Ésta es la
verdad de lo que pasó.
—Fuiste muy valiente. Otra chica habría complicado más
las cosas, tal vez hubiese obligado a los otros hombres del
grupo a intervenir en su defensa:
Ella se alzó de hombros.
—Olvídalo —dijo—. Ahora dime qué piensas hacer tú.
—Esta noche o mañana a primera hora intentaré acercar-
me a Stolberg. Tengo que hablarle. Estoy convencido de que es
el único de los norteamericanos en quien podemos confiar.
Le di una palmada en la mejilla, y me alejé de ella después
de sonreírle animosamente. Los Pfaumann me esperaban.
La anciana se adelantó a su marido y me dijo:
—Tiene que hacer algo, señor Kanable. Sáquenos de aquí.
Kurt está enfermo, es diabético. Necesita seguir su tratamien-
to. Yo tenía que inyectarle insulina cada día, y la que nos
quedaba la perdimos cuando se incendió el autobús.
—Cállate, Greta —dijo el señor Pfaumann, molesto—. Hay
otros problemas más acuciantes. Señor Kanable, sólo quisiera
saber si ha descubierto usted durante los días que ha permane-
cido fuera algún medio de salir de este infierno.
Negué con la cabeza. Empezaba a comprender el compor-
tamiento airado de los Pfaumann cuando dejamos atrás el ho-
tel. La enfermedad del anciano les alteró los nervios.
—Tenemos hambre —dijo la mujer—. Hemos pasado ham-
bre y sed. A veces he estado a punto de comer esas frutas, pero
me da miedo porque pueden envenenarme. Kurt necesita un
régimen especial de comida. ¿No lo comprende?
—Déjalo, cariño —pidió Kurt a su mujer—. Yo puedo resis-
tir, señor Kanable. Me preocupa mi esposa. Ella no es muy
fuerte, y los médicos le recomendaron reposo. Todas estas emo-
ciones la van a matar, y... ¡Por Dios, no deseo volver a comer
carne de caracol!
—Ojalá pudiéramos cazar alguno —repliqué de mala
gana—. Eso solucionaría un grave problema. No hemos traído
mucha comida, y la poca que nos queda debemos repartirla
entre demasiada gente.
—En esa mansión puede que haya alimentos, incluso medi-
cinas —dijo la mujer con excitación—. ¿Qué esperan para en-
trar en ella? No es justo que esos asquerosos la emprendan a
tiros contra cualquiera que intente acercarse a ellos.
—Descansen ahora. Tal vez mañana les pueda dar una bue-
na noticia.
Me marché de su lado preguntándome cuál podía ser la
buena noticia que había prometido darles. Saludé a Peggy. La
mujer pelirroja nos había oído, y parecía conformarse con lo
que yo había hablado con los Pfaumann. Busqué a la señora
Livornes, quien, apartada de los demás, parecía abstraída en
sus pensamientos y ajena a cuanto pasaba a su alrededor.
—Blase confiaba en recuperar la droga, o parte de ella, que
ustedes le compraron —le dije sin preámbulos—. Me servirían
de mucho unos gramos, señora Livornes.
La mujer volvió la cabeza y me contempló con desprecio.
—¿Qué intenta? —preguntó, con una voz tan profunda que
me impresionó.
—Que el mayor se confíe conmigo si no consigo hablar a
solas con el sargento Stolberg. Espero convencer a los habitan-
tes de la casa para que nos dejen entrar, y si los soldados no se
retiran lo veo muy difícil.
—¿Quiere comprar a ese loco? —Marie Livornes se encogió
de hombros—. No hizo nada cuando Francois se cayó del ca-
mión, no ordenó que parásemos para intentar rescatarle de ese
lodazal del que salían enormes bocas por todas partes. Le odio,
Kanable. Odio a Blase con todas mis fuerzas, y si tuviera un
poco de coca la soplaría delante de sus ojos para que enloque-
ciera al verla flotar en el aire.
—Usted no es precisamente la persona más indicada para
censurarle. —Fruncí el ceño—. En compañía de su marido iban
a todas partes detrás de Blase para comprarle la mercancía,
¿verdad?
Marie inspiró profundamente y dijo, tras una pausa que me
mantuvo en vilo:
—No conoce la verdad. Y ahora no me importa decírsela. A
Blase le pagaban con drogas las informaciones que pasaba a
agentes de otras potencias. ¿No comprende la clase de juego
que tenía montado? Vamos, Raymond, entiéndalo de una vez.
Francois y yo sólo éramos traficantes. Pero Blase se había ven-
dido hacía tiempo, se quedaba con una parte de la mercancía
que obtenía por su traición y el resto la vendía a través de una
red de enlaces por todas las bases norteamericanas a las que
era enviado. Entre sus clientes contaba con oficiales que le
daban información, gente capaz de comerciar con la seguridad
de su país. El dinero que conseguía lo entregaba a los aposta-
dores. Otro de sus vicios eran las apuestas. Una bella trayecto-
ria militar la de Blase, ¿no le parece? Por mí puede irse al
infierno gritando de dolor.
—Debe pensar en los demás —señalé las personas que ha-
bían en la gruta—. Ellos merecen mejor destino del que usted
desea para Blase.
—Lo siento. No tengo nada. Es cierto que contactamos con
Blase y volvimos de Lundy con la mercancía, que dejamos en
el hotel. Francois no se atrevió a pedirle al gerente que la
sacara de la caja de seguridad cuando vimos por la ventana
que llegaba la policía. Esas bocas de carne hambrientas debie-
ron comérsela como postre. Ya lo sabe todo. Ahora déjeme en
paz.
Decidí no insistir. Me había convencido de que, aunque
tuviera algo de cocaína, no me la daría. Marie quería ver morir
a Blase en medio de grandes sufrimientos.
Hablé con los hombres, y nos pusimos de acuerdo para que
uno de nosotros estuviera siempre de guardia en la entrada de
la gruta. Echamos a suerte los turnos, y a Lee le tocó el prime-
ro. Michael le entregó la escopeta y los cartuchos que queda-
ban. Le acompañé hasta el exterior y me aseguré de que desde
allí no se veía el resplandor de nuestra hoguera. Me preocupa-
ba que alguien descubriera el humo que se filtraba por las
grietas, pero confiaba en que la noche cerrada, con escaso res-
plandor en el cielo, lo ocultara.
Luego volví al interior y elegí para pasar la noche un sitio
próximo al túnel. Algunos dormían ya, pero no Chris. Ella arras-
tró una manta hasta donde yo estaba y la tendió a mi lado,
diciéndome:
—Esta gruta parece húmeda y temo que será incómoda de
noche. ¿Te importa que me acueste a tu lado?
Sonreí. En su proposición no podía haber ninguna segunda
intención. No cabía esa posibilidad. Los dos estábamos rendi-
dos, y creo que sinceramente sólo deseábamos sentirnos el uno
cerca del otro, nada más. De todas formas, me habría gustado
dormir sin el traje.
Ella comprendió lo que yo buscaba al ver que movía la
cabeza de un lado para otro y me dijo:
—Rose duerme desde hace un rato. Me pregunto hasta qué
punto te interesa. Si prefieres irte con ella...
Para convencerla de que me encontraba a gusto a su lado
la besé primero en la mejilla y luego, cuando no capté ningún
rechazo por su parte, lo repetí en sus labios. Chris empezó a
acariciarme, y yo terminé de cubrirnos con la manta. Se me
ocurrió la idea de llevarme los dedos a la charretera y quedar-
me desnudo, pero temí que gritara, no asustada ni ofendida,
sino porque desconocía que yo podía librarme del traje en un
instante.
Al cabo de un rato Chris dormía en mis brazos, y yo lo hice
pensando en los guerreros de traje de piel marrón, en sus lar-
gos fusiles y en la casa cuyos ocupantes la defendían a tiros,
como si conocieran de antemano las intenciones de los solda-
dos. Creo que lo último que pensé fue que de allí partió la
llamada por radio que impulsó a Blase a abandonar la vigilan-
cia de la meseta.
Cuando fui despertado para la guardia, Chris quiso compar-
tirla conmigo. La verdad es que en su compañía me pareció
que los minutos transcurrían más rápidos. Cuando llegó Griffin
para relevarme, seguía manteniendo con ella una animada con-
versación.
Entregué al escritor la escopeta y le dije que, aparte algu-
nos movimientos en los matorrales próximos al borde del hoyo,
no habíamos visto nada anormal.
—¿Qué crees que haya sido? —preguntó nerviosamente, mi
rando hacia el otro lado, donde estaba tumbado el vehículo
militar.
—Unos animales pequeños y asustadizos, peludos y pareci-
dos a las ardillas. Deben salir de noche en busca de comida.
—¿Cómo pudiste verlos en la oscuridad? —inquirió Griffin,
aguzando la mirada. Todavía quedaba más de una hora para
que saliera el sol.
Le mostré mis gafas para ver en la noche. Las habían esta-
do usando todos los centinelas que me precedieron. Se las di.
—Póntelas cuando creas que hay algo interesante que mi-
rar. Sin el casco no son muy cómodas de llevar.
Chris y yo no teníamos sueño, y seguimos sentados cuando
Griffin se acomodó a mi lado. El hombre se alegró de que le
hiciéramos compañía.
—Un trago de algo fuerte y me sentiría estupendamente
—dijo, esbozando una sonrisa—. Amigos, hace un rato que es-
toy despierto, y pensaba que si quedara gente viva en la Tierra
para leer, volvería a sentarme delante de una máquina de es-
cribir. Me siento con ganas de reanudar mi carrera de novelis-
ta. Bueno, en realidad no sería un libro de ficción. Relataría
nuestras aventuras. ¿Os imagináis el éxito que tendría?
—Claro que puedo imaginarlo, Gerald. —Solté una risita.
Era increíble cómo Griffin era capaz de soñar—. Para ello sólo
tienes que despertar de pronto y verte de nuevo en Inglaterra.
¿Qué harías si te sucediera?
—Supongo que correría en busca de ese editor a quien dejé
plantado y le ofrecería el mayor éxito de toda su historia edito-
rial. ¿Sabes que Kenneth Rosenman me ofreció un contrato en
exclusiva para mis diez próximas novelas, y que por ello estaba
dispuesto a pagarme quinientas mil libras, más un extra del
veinte por ciento si algunas eran llevadas al cine? Además, me
reservaba los derechos de traducción para todo el mundo. ¡Dios,
un contrato como ése nadie me lo volverá a poner delante de
las narices! Pero con un libro como el que estoy pensando no
tendría que volver a escribir más en toda mi vida para vivir
como un rey.
Sonreí. Griffin hablaba excitadamente, era feliz soñando
despierto. Pero Chris se ocupó de hacerle volver a la realidad:
—Eso sería posible si cuando regresaras el mundo siguiera
existiendo.
—¿Qué quieres decir?—inquirió el americano.
—Gerald, es posible que detrás de nosotros no haya queda-
do nada de lo que conocimos. Eso ya lo hemos hablado.
—Eres una pesimista...
—Soy realista. ¿Por qué no te convences de que estamos
atrapados aquí para siempre? —dijo Chris, demasiado dura-
mente a mi entender. Le apreté una mano para que no siguiera
por aquel camino. Demonios, la chica debía permitir que Grif-
fin mantuviera la esperanza de salir de la ratonera.
—¿Qué le dirías a tu editor, Gerald? —le pregunté.
Pero Griffin ya había perdido su entusiasmo, y dijo queda-
mente:
—No sé.
—Vamos, hombre. Cuéntamelo.
—Pues iría a sus oficinas, o mejor directamente a su casa
en Paddingley Road. Maldita sea, una mañana me presenté en
la redacción de la editorial. Estaba totalmente borracho. Ro-
senman aún no había llegado. Los empleados me miraban rién-
dose, y sentí tanta vergüenza que salí corriendo. Me di cuenta
de que ya no valía para nada. Si me atrevía a firmar el contra-
to, todo lo que le presentara a Rosenman por escrito sería pura
basura. No fui capaz de engañar a nadie más, amigos.
De pronto, enderezó los hombros y añadió con voz segura:
—Pero si volviera a Londres le buscaría, y él no me repro-
charía nada cuando le dijese que gracias a mi cobardía de
entonces le llevaba la mejor historia que un editor pudiera
publicar.
—Estoy convencido de que te recibiría con los brazos abier-
tos —sonreí, y no lo dudé.
Chris había comprendido su metedura de pata, y trató de
congraciarse con Griffin:
—Sería un libro estupendo, Gerald —dijo—, porque descri-
birías un mundo sorprendente.
Griffin sacudió la cabeza. De nuevo le invadió la tristeza.
—Pero estoy diciendo tonterías. Jamás escaparemos de este
lugar de mierda, sea lo que sea. Además, no sabría explicar por
qué estamos aquí, ni tampoco lo que es en realidad.
No supe qué contestarle. Al cabo de un rato me levanté y
dije:
—Va a amanecer. Es el momento de que vaya en busca de
Stolberg.
Como temía, Chris dijo en seguida:
—No debes ir solo. Te acompañaré.
Y Griffin, incorporándose, se ofreció a seguirme.
—Espera un poco. Michael vendrá en seguida. Deseo ir con-
tigo. Recuerda que necesito conocer cosas para mi libro.
—Oh, no —dije—. Si aparece Davis, este grupo va a ser
demasiado numeroso.
Pero en lugar de Michael llegó el español. Se restregaba los
ojos. Había escuchado lo suficiente, y dijo:
—Necesitarás alguien que te cubra las espaldas, amigo. ¿Y
quién mejor que yo para ese trabajo? —Recogió la espingarda
que había dejado apoyada en las rocas—. Esta noche he apren-
dido a cargarla, y estoy seguro de que no cometeré una estupi-
dez como la de ayer. Ray, es un arma magnífica.
Griffin soltó la escopeta apenas llegó Michael.
—Ya está formado el equipo —dijo con entusiasmo.
LONDRES, 18:55 HORAS
A la segunda llamada del timbre de la puerta, Rosenman se
levanto y pidió disculpas a Kanable.
—Tal vez vengan a entregarle el resto de la mercancía —dijo
Raymond.
—¿A estas horas? Son casi las nueve. Por favor, pare la
grabadora. Vuelvo en seguida. Si usted no hubiera estado todo
ese tiempo estudiando los datos de las Islas y ojeando los li-
bros...
Kenneth salió algo furioso del salón, recorrió el pasillo y
entró en el vestíbulo. A medida que avanzaba la tarde, su ner-
viosismo había ido en aumento. Presentía que Raymond estaba
a punto de terminar de contarle sus aventuras y también que
se aproximaba el momento en que se marcharía. ¿Pero a dón-
de? ¿Cómo diablos se las pensaba arreglar para trasladarse de
nuevo a Elajah?
Con la mano puesta en el picaporte, echó una mirada dis-
gustada a los bultos colocados junto a la mesita y en el suelo,
las fuertes bolsas donde el enigmático hombre pensaba meterlo
todo. ¿Qué explicación daría a quien llamaba si se trataba de
algún conocido? ¿Qué pensaría del desorden existente en la
casa? Aquel día y el anterior había dejado de cumplir muchos
compromisos con sus amigos, y temía que alguno de ellos se
presentara en la mansión para interesarse por él.
Exhaló un suspiro y terminó de abrir la puerta, e inmedia-
tamente dijo muy sorprendido:
—Señorita Zerder...
Su secretaria pareció tranquilizarse al verle, y entonces
empezó a mostrarse turbada.
—Le ruego que me disculpe, señor Rosenman, pero estaba
preocupada por usted. He intentado telefonearle varias veces, y
siempre estaba comunicando.
Rosenman pensó que no había sido una buena idea descol-
gar el teléfono por la mañana, apenas Kanable le dijo que su
secretaria había llamado. Excepto los momentos en que hizo
varias llamadas para apremiar a los suministradores de la mer-
cancía, todos los teléfonos de la casa estuvieron desconectados.
—Tengo una avería... —empezó a decir, pensando que se
comportaba descortésmente con Anne no invitándola a pasar.
—Mañana mismo pediré a la compañía que envíe un ope-
rario.
—Sí, gracias.
Ella siguió mirándole.
—Le veo preocupado —dijo. Y avanzó un paso.
—Le aseguro que estoy perfectamente.
Se dio cuenta entonces de que ella llevaba una carpeta bajo
el brazo, la misma que contenía las pruebas de la revista.
Anne comprendió que su jefe había descubierto los docu-
mentos y dijo:
—Tengo que dejarlos en los talleres esta noche, señor. Pen-
sé, bueno, he creído que usted querría echarles antes un vistazo.
—Le dije que me parecería muy bien cuanto hiciera.
—Insisto en que los vea, señor.
Rosenman fingió ahogar un bostezo y no se apartó.
Anne adoptó una actitud autoritaria y dijo firmemente:
—Sé que hoy no están sus criados, señor, e insisto en que
debe salir a comer algo. Si quiere convencerme de que no
ocurre nada, acompáñeme al restaurante de la otra calle, ya
sabe cuál es. Le esperaré el tiempo que necesite para arreglarse
un poco y ponerse el abrigo.
Kenneth acarició la tentación de cerrar la puerta en las
narices de Anne, pero pudo controlarse y dijo débilmente:
—Estoy trabajando en algo muy importante y no puedo
acompañarla. Por favor, entregue las pruebas y vayase a dor-
mir. Le prometo que mañana le contaré algo muy interesante.
Ella negó vigorosamente con la cabeza.
—Nada de eso. Le espero en el restaurante, y le aconsejo
que no deje de presentarse, o pensaré que alguien le retiene en
su casa en contra de su voluntad y me obligará a considerar la
posibilidad de avisar a la policía.
Rosenman se horrorizó.
—Deje en paz a la policía. Mire, estoy seguro de que lo hace
con la mejor voluntad del mundo, señorita Zerder, pero en
estos momentos me gustaría que no se preocupara tanto por mí.
Kenneth se arrepintió en seguida de lo que había dicho. Las
mejillas de Anne se pusieron coloradas, y a él le pareció más
encantadora que otras veces. A luz de las farolas de la calle, la
encontró de pronto bonita y muy atractiva.
—Está bien. Pero necesitaré tiempo. ¿Le parece dentro de
una hora?
A ella debió parecerle muchísimo tiempo, y así se lo dijo.
—No podrá ser antes —dijo él—. Lo que estoy haciendo
requiere unos minutos más de mi atención antes de dejarlo
momentáneamente.
—No me importará ayudarle a terminar lo que sea, señor...
Kenneth comprendió que Anne estaba deseando entrar en
la casa y convencerse por sí misma de que no era una mujer la
causa que retenía a su jefe en ella, o un atracador que le estaba
apuntando por la espalda con una pistola. Le sonrió lo mejor
que supo en semejantes circunstancias y aseguró, antes de
cerrar la puerta:
—Estaré con usted dentro una hora, pero si me retraso un
poco, le pido que sea paciente conmigo.
Anne asintió con un gesto y se alejó. Cuando cerró la puer-
ta, se apoyó en ella y resopló. Vio que Kanable estaba en la
entrada del salón. Había un gesto burlón en sus facciones.
—Esa mujer le adora, Kenneth —dijo.
—Es una buena empleada, nada más —replicó, contenien-
do su irritación. Le hubiera gustado reprocharle a Kanable el
haber escuchado detrás de la puerta.
—Está ciego y no se da cuenta, pero ella está enamorada de
usted. ¿Piensa ir al restaurante?
—Maldita sea, si no lo hago es capaz de volver con la poli-
cía. Pero no me iré sin qué termine usted antes la cinta que
tengo en la casette.
—¿Cuánto tardará en volver?
Kenneth se estremeció. De pronto se sintió incómodo, teme-
roso de dejar solo a Kanable. Sin embargo, ¿era lógico concebir
la idea de que se marchara durante su ausencia? Recordó la
promesa de Kanable de advertirle con tiempo del momento de
su marcha. Hizo un ademán con las manos para que entraran
en el salón y volvió a conectar la grabadora.
—Siga, por favor. No sabe lo impaciente que estoy por
conocer de una vez el medio del que se valió para huir de ese
infierno... de Elajah.
...En la serie de incidencias provocadas por las Islas, merece
destacarse lo ocurrido en el Palmar de Troya. He viajado hasta
allí. Me interesó aquel pintoresco lugar porque me consta que
«peregrinan» a la extraña basílica del otro Sumo Pontífice, trenti-
no y tremendista, miles de europeos con el propósito de entregar
donativos a la ya muy rica congregación. A ella afluyen grandes
cantidades de dinero. Me explico. A cambio de unos centenares de
libras, o de miles de francos o marcos, el generoso donante obtiene
un recibo por una cantidad doble o triple, incluso multiplicada
por diez., de la limosna. He visto uno de esos comprobantes. Es un
papel hermoso, con una gran cantidad de sellos y firmas y el
membrete de la iglesia de la Santa Faz. Impresionante incluso
para un inspector de Hacienda cuando pide cuentas al contribu-
yente y quiere ver por qué ha desgravado tanto en concepto de
donativos a una entidad religiosa. Apabullado por semejante exhi-
bición de muestras de legalidad, acaba admitiéndolo.
Para colmo, una bonita Isla del Infierno apareció en los terre-
nos propiedad de la comunidad regida por el papa ciego, y ahora
se especula con la clase de aviso divino que puede ser, a la vista
de la actitud adoptada por el Vaticano al respecto, y se ha desata-
do una enconada lucha verbal y escrita, llena de contradicciones,
réplicas y contrarréplicas. Ante el próximo y cuarto viaje de Su
Santidad Romana a España, concretamente a Sevilla, se teme que
con él apasionamiento del pueblo andaluz, tan dado como ya
sabemos a los extremos, pues lo mismo quema conventos que se
flagela en las magnas exhibiciones de Semana Santa, se calienten
los ánimos, y la visita de buena voluntad pueda ser capitalizada
por los numerosos núcleos de marginados del sur...
(Nuevas Visiones, agosto de 1991, relato de los viajes por
Europa de K. Rosenman.)
EL ATAQUE
Salimos de la hondonada después de asegurarnos de que no
había nadie por los alrededores, guerrero o soldado.
A pesar de mis precauciones, unas pocas yardas más ade-
lante estuve a punto de tropezar con el cuerpo de un gigante
muerto medio oculto por la hierba. Jorge me preguntó si era
uno de los que yo había visto el día anterior, y le contesté que
debía tratarse de otro, y para comprobarlo di la vuelta al cadá-
ver. Me enfrenté a un rostro con crispadas facciones semihuma-
nas y algo arrugado de piel. Calculé que debía llevar más de
dos días allí tendido, y ya empezaba a descomponerse. La pu-
trefacción, era evidente, no se iniciaba tan pronto como Stol-
berg me había asegurado que ocurría con cualquier cuerpo sin
vida que estuviese sobre la tierra gris. Tal vez el aire de la zona
intrusa, sin duda purificado por su flora, retrasaba el inicio de
la descomposición.
Jorge pareció sentir una súbita curiosidad hacia el gigante
y se inclinó sobre él. Buscaba la espingarda. Me extrañó no
verla cerca y escruté los alrededores. Que no apareciera por
ninguna parte podía ser interpretado como que por allí había
pasado alguien, humano o gigante, y se la había llevado. Pero
Valdivia persistió en su investigación. Desnudó parcialmente al
muerto, y se levantó diciendo que se trataba de una hembra, y
embarazada por cierto.
Chris se agachó, comprobó que Jorge no se equivocaba y
comentó:
—Jesús —exclamó, impresionada. Se levantó, pálida, y se
restregó las manos.
—La mataron de varios disparos por la espalda, como viene
siendo habitual en la forma de actuar de los soldados —dijo
Griffin, después de que Jorge volviera a poner de bruces el
cadáver—. Y debió suceder pocas horas después de que liquida-
ran al centinela.
—Creo que la alcanzaron mientras huía de la casa, en don-
de posiblemente ayudaba a sus compañeros a tender el puente
sobre la colonia de devoradores.
—Los soldados, como siempre, demostraron su escasa sese-
ra al interrumpir el trabajo de los gigantes —dijo Jorge—. Si
no fueran tan bestias habrían esperado a que terminaran el
puente antes de emprenderla a tiros y echarlos. Ray, es posible
que el grupo que ayer nos encontramos se dirigiera a conquis-
tar la casa.
Volví a mirar con aprensión los árboles que nos rodeaban.
—Tal vez. No eran muchos, pero sospecho que debe haber
un poblado de estos seres gigantescos no lejos de aquí. Es lo
único que nos faltaba. Me gustaría averiguar cuántos gigantes
hay en esta zona para saber a qué atenernos. —Agité la mano
para indicarles que reemprendiéramos la marcha, y añadí preo-
cupado—: En este enorme valle gris se han dado cita tres tro-
zos de terreno de diferente procedencia cada uno.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Chris.
—No lo sé, pero mi cabeza acabará estallándome si sigo
dándole vueltas a la idea de que todo este misterio ha de tener
una explicación.
Cuando consideré que estábamos cerca de los promontorios
donde Michael y yo permanecimos el día antes estudiando la
casa y sus alrededores, pedí que me dejaran ir delante. Les
prometí que me reuniría con ellos después de comprobar que
no había ningún peligro. Temía que uno de los hombres de
Blase nos sorprendiera y disparase sin molestarse en averiguar
primero contra quién lo hacía.
Me deslicé por entre los matorrales. Tal vez porque aún era
temprano, los animales que me recordaban a las ardillas se-
guían correteando de un lado para otro, y varios pasaron por
delante de mis piernas. Pensé que, si eran comestibles, podían
solucionarnos el problema de nuestra alimentación. Tan pron-
to como dispusiéramos de una ocasión debíamos cazar uno y
probar su carne.
De pronto escuché el ruido de unas ramas al quebrarse y
me agaché. Una sombra se movió a mi derecha. Se trataba de
un guerrero, llevaba la típica espingarda en ristre, con sus
grandes manos aferradas a la culata. Como novedad, del cañón
surgía una especie de bayoneta larga y muy delgada, y del
correaje llevaba prendida una cinta negra y plata. Me pregunté
si serían colores de guerra o de casta, recordando que el centi-
nela muerto llevaba una cinta de color dorado y un distintivo
circular diferente en el peto.
El gigante siguió avanzando, muy encorvado. Cuando se
alejó unos pasos decidí seguirle. El viento me daba en la cara
y esto me tranquilizó. El guerrero no podía captar mi olor, y en
cambio yo recibía el suyo, una mezcla de sudor muy fuerte con
cuero mal curtido.
Aquel gigante se dirigía hacia la casa. A los pocos minutos
de seguirle pude verla cuando los árboles se hicieron menos
densos. De pronto, a lo lejos, descubrí la figura de un hombre
con uniforme verde recostado contra un árbol. El guerrero tam-
bién lo había visto; se echó a la cara su largo fusil, tomando
puntería.
Mi intención era no darme a conocer tan pronto a los sol-
dados, pero no podía permitir que uno de ellos muriese a ma-
nos de un extraño individuo. Aunque odiaba a los hombres de
Blase, y a éste sobre todo, cualquier vida humana valía para mí
más que la de un gigante. No titubeé y disparé el lanzador.
El arma o herramienta ankari emitió un zumbido, y el grito
del gigante al ser alcanzado atronó mis oídos. Llegué a temer
que hasta el más alejado de sus compañeros pudiera oírle.
Le herí en el vientre. Por desgracia, no lo maté en el acto;
se revolcó en la hierba, y me descubrió. Entonces movió sus
manos alrededor de la espingarda. Yo estaba a punto de dispa-
rarle de nuevo cuando bruscamente la bayoneta saltó del cañón
como una flecha, y sentí que su punta me golpeaba el pecho.
Lo primero que pensé era que tenía que librarme de una
vez de él, y volví a accionar el lanzador. La nueva descarga le
destrozó la cabeza, y dejó de patalear y gemir. Cayó hacia
atrás, con el rostro convertido en una masa informe y sangui-
nolenta.
El pecho me dolía un poco y bajé la mirada, temiendo ver
la bayoneta clavada en mi carne, pero me quedé estupefacto al
comprobar que el acero estaba a mis pies, con la punta dobla-
da. Palpé el lugar donde había sentido el impacto, y apenas
encontré una ligera raspadura en el traje, que desapareció a los
pocos segundos.
Me volví hacia donde estaba el soldado norteamericano. En
todo aquel tiempo no se había movido en lo más mínimo. Me
acerqué, y cuando estuve casi a su lado solté una exclamación.
Se trataba del mayor Blase. Tenía a su lado un fusil automáti-
co, una cantimplora y una bolsa de tela. De esta última salían
algunos bocadillos envueltos en papel. Era parte de la comida
que Peggy había sacado del hotel. La inmovilidad de Alvin
Blase era tal que en un principio pensé que estaba muerto,
pero luego vi que su pecho se agitaba levemente al respirar.
Terminé de acercarme y retiré su arma. Le zarandeé, y
empecé a maldecirle al ver que no reaccionaba. Para mí que
estaba más muerto que vivo, probablemente agonizante.
Registré sus bolsillos para ver si llevaba escondida alguna
pistola, y saqué las manos llenas de monedas y arrugados bi-
lletes ingleses. Cuando vi la pieza de Lundy me acordé de Rose,
y sentí deseos de dejar a Blase que se pudriera bajo el sol.
Aquel maldito había estado reuniendo todo el dinero que había
quitado a la gente, como si creyera que aún podía servirle.
Nerviosamente, escondí dentro de mi bota parte del botín. Rose
se alegraría si le devolvía el pequeño recuerdo. Me pregunté
qué debía hacer con el mayor.
El aspecto de Blase no podía ser más deprimente. Estaba
muy delgado, pálido y sucio. Debió haberlo pasado muy mal
sin una dosis que le calmara. Pero yo no entendía qué hacía
allí. Si se había adelantado a sus hombres para prevenirles de
un ataque de los gigantes, no podía haber hecho peor el trabajo.
Miré hacia atrás al escuchar ruido a mis espaldas. Como a
unas cien yardas vi acercarse un grupo de guerreros, todos
armados, sus tiras de tela negra y plata flotando al aire, como
si fueran estandartes de guerra.
Maldije al mayor y me lo cargué a las espaldas. No quería
dejarlo en manos de los gigantes. Afortunadamente, Blase esta-
ba muy delgado y no pesaba demasiado. Corrí deprisa hasta
donde me esperaban mis amigos. Cuando Jorge asomó su asom-
brada cara le grité que salieran del escondite y me siguieran.
—Escuchamos un grito, Ray; estaba a punto de ir a buscar-
te —dijo Valdivia—. ¿Qué ha pasado?
—Tuve que matar a un guerrero que iba a quemar al mayor
—jadeé—. Dios, ayúdame a llevarlo hasta la mansión.
—¿Por qué no lo arrojas bien lejos? —escupió Griffin.
Agarré a Blase por las axilas y Jorge le sujetó las piernas.
Corrimos en dirección a la casa. Chris, que había tomado la
espingarda del español, iba detrás, y nos avisó que el grupo de
guerreros perdía terreno. Los gigantes parecían no tener prisa
por iniciar el combate.
—¡Quietos!
El vozarrón de Stolberg hizo que nos detuviéramos en seco.
Miré sorprendido el M-16 con que nos apuntaba el sargen-
to. Resultaba evidente que estaba asombrado de vernos. Se fijó
en el mayor.
—¿Dónde le habéis encontrado? —inquirió, señalando a su
jefe.
—Si te parece bien te lo cuento luego, cuando estemos lejos
de los guerreros que vienen detrás de nosotros.
Apenas los descubrió entre los árboles, Stolberg bajó el
arma y señaló en dirección a la casa.
—Id hasta el borde de la ladera y esperadme junto a las
cajas de municiones.
Le miré con recelo.
—¿Qué me dices de tus amigos Null y Panish? Esas malas
bestias pueden dispararnos.
—No están. Los mandé a buscar al mayor. Ese idiota desa-
pareció anoche. Creo que se raspó el interior de los bolsillos
para sacar algo de coca y se inyectó una basura. No murió
reventado, pero se puso histérico y escapó con la comida que
nos quedaba. Venga, moveos de una vez.
Me entraron ganas de pedirle a Griffin que ocupara mi
puesto y llevara con Jorge a Blase allá donde quería Stolberg,
pero los guerreros seguían acercándose, de modo que preferí no
perder más tiempo hablando.
Al pasar junto al sargento le pregunté qué se proponía hacer.
Stolberg se limitó a sonreír y montó su arma. Le dejé atrás.
Apenas alcanzamos las proximidades de un montón de cajas de
metal, todas vacías de municiones, escuchamos una corta ráfa-
ga de metralleta.
Al poco tiempo, el sargento se reunió con nosotros.
—¿Y los gigantes? —pregunté.
—Han huido. Bastan unos disparos para alejarlos por unas
horas. Tardarán en volver. Se asustan con los estampidos.
Giré la cabeza para mirar la mansión, y luego me volví
hacia el sargento.
—No puedo creer que sean tan cobardes.
Stolberg se encogió de hombros. Metió otro cargador en su
arma, y entonces pareció darse cuenta de mi extraña indumen-
taria; pero no me preguntó de dónde la había sacado.
Parecía preocupado por otros asuntos, particularmente por
la salud de su jefe. Se agachó a su lado y le tomó el pulso.
—Saldrá de ésta —gruñó—. Si no fuera por su salud de
hierro, habría reventado hace tiempo.
—¿Te has cansado de ser su niñera? —sonreí.
Stolberg agitó varias veces la cabeza. Tuve la sensación de
que estaba a punto de derrumbarse, aunque yo no sabía si a
causa de un profundo agotamiento o porque estaba harto de
todo, de vagar y de correr peligros.
—Deseo que se muera de una vez, pero mientras viva he de
cuidarle —rezongó. Me miró suspicazmente—: ¿De dónde apa-
reces, Kanable? Creí que estabas dentro de los estómagos de
las bolas dentadas, quizá ya convertido en mierda. ¿Por qué
has venido con ésos?
—¿Hubieras preferido que se quedaran allí donde los aban-
donasteis, sin comida ni agua? —estallé.
Stolberg apretó los dientes y dijo, silbante:
—Yo obedecía órdenes de mi superior, Ray. No tengo culpa
de nada.
—Maldita sea vuestra obediencia debida. Estoy harto de
oírsela decir a los militares —repliqué—. Eres un cerdo. ¿Qué
te liga al Ejército aquí, donde no hay nada excepto nosotros y
esos seres que habéis convertido en nuestros enemigos? Dios,
disparáis contra todo lo que se mueva sin preguntar antes, sin
intentar entablar un diálogo.
—¿Cómo quieres que conversemos con esos gigantes que
sólo desean acercarse a nosotros lo suficiente para que sus
fusiles sean efectivos?
—Vosotros matasteis al centinela por la espalda, atacasteis
a los que estaban aquí echando piedras y arena sobre la colonia
de devoradores. ¿Qué quieres que piensen de nosotros?
—Todo lo empezó el jefe, Ray. ¿Cuántas veces tengo que
decírtelo? Yo quise salir en tu busca cuando desapareciste aque-
lla noche, te lo juro. Quise hacerlo apenas oí los disparos, pero
el mayor me lo impidió.
—Lo que quiero ahora es que te sacudas de Blase y tomes
tus propias decisiones. Asume el mando. Si no nos controlamos
acabaremos matándonos los unos a los otros. No podemos per-
mitir más actos de salvajismo entre nosotros.
Stolberg bajó la cabeza.
—Te refieres a Rose.
—Pudiste impedirlo, ¿no?
—Panish y Null tampoco son culpables.
—¿De veras? —exclamé. Detrás de mí, Valdivia soltó un
juramento en español, muy fuerte—. ¿Quién tiene la culpa?
—Esos dos hombres fueron instruidos para actuar como
ayudantes de los asesores de los contrarrevolucionarios surame-
ricanos, una profesión nada fácil. No puedes imaginarte lo que
es un trabajo semejante.
—¿Un trabajo? No me hagas reír, Roger. Claro que no pue-
do comprender un oficio como el vuestro. En este mundo so-
bran los que ponen una bomba y luego huyen, no son peores
que vosotros, terroristas uniformados. —Me di cuenta de que
Jorge me miraba sorprendido. Yo me había enfurecido dema-
siado. Sacudí la cabeza. Señalé la casa—. Dejemos eso. ¿Quién
hay ahí dentro?
—No lo sabemos. No quieren que entremos. La llamada de
radio procedió de la casa. Fue algo muy extraño, como querien-
do advertir a alguien que habían llegado, y luego una música.
Al principio les grité que éramos amigos. ¿Es que esos malditos
no vieron que pusimos en fuga a los guerreros? Deben haberse
vuelto locos o son estúpidos.
—Puede ser que os teman más que a los gigantes —dijo
Jorge.
—Dile a ese muchacho que cierre la boca o se la aplasto de
un puñetazo — dijo Stolberg.
—Estupendo —rió Jorge—. Si los de la casa nos están vien-
do y oyendo, la próxima vez que intentemos llegar hasta ellos
no nos dispararán. ¿Para qué? Sólo tienen que esperar a que
nos matemos entre nosotros.
—¿Por qué no caminas sobre la colonia e indigestas a un
montón de devoradores, chico? —dijo Stolberg.
—Callaos de una vez —exclamé, cansado—. Roger, la casa
podría ser una fortaleza para nosotros. Es preciso que hable-
mos con sus mofadores y les convenzamos de que nos den
refugio, al menos por algún tiempo.
—No digas tonterías. Ellos saben que si nos dejan entrar
jamás nos marcharemos. Acabaremos con cuanta comida ten-
gan. Luego volveremos a buscar caracoles o comeremos devo-
radores, si no aceptamos otra solución menos civilizada.
—¿No viste la aparición de esa otra meseta? —pregunté,
señalando a mis espaldas.
—Sé que está ahí. ¿Tú crees que es la misma que estuvimos
vigilando, que ha dado un salto en el aire para seguirnos?
—Es otra meseta, Roger. Y es posible que en ella haya
gente, unos maravillosos seres humanos, pero también puede
ocurrir que esté deshabitada, y te aseguro que no hay mejor
lugar en este infierno que una de esas mesetas para que no
tengamos problemas de comida y agua.
Stolberg sonrió, mostrándome su blanca dentadura de ca-
ballo satisfecho.
—¿Y cómo vamos a subir? Ya sabes lo que nos ocurrió con
la otra, y ésta es casi igual, con paredes inaccesibles.
—Volando. Dispongo de un globo que nos transportará has-
ta arriba. Pero primero iré yo solo a parlamentar con la Fami-
lia ankari... si es que hay una. En caso contrario viajaremos
todos. La casa podemos usarla si se nos niega la entrada en la
Morada. Mierda, tenemos que convencer a los de ahí dentro de
que estarán mejor en la meseta que aquí abajo. Dejemos tran-
quilos a los guerreros en su territorio. No los consideremos
pieles rojas que hay que aniquilar o recluirlos en una reserva
para que los blancos dispongamos de los mejores pastos.
—Eso de los blancos tiene gracia —sonrió Jorge, pero hizo
el comentario en su idioma y Stolberg, afortunadamente, no le
entendió.
El sargento seguía mirándome como si antes yo le hubiera
hablado en chino.
—¿Morada, Familia, ankaris? ¿Tienes un globo? Por Júpi-
ter, Ray, estás más loco que el mayor.
—Es verdad, Stolberg —intervino Chris—. Existe un globo.
Michael, Griffin, Jorge y yo hemos viajado con Ray en ese
globo hasta aquí.
—¿Dónde está Davis? —preguntó Roger.
—Se quedó con los demás en una gruta que encontramos
cerca del vehículo volcado —dije.
—¿Y el globo?
—Escondido a poca distancia.
Stolberg se rascó el mentón. Miró al inconsciente Blase.
—Supongo que podré convencer a Panish y Null para que
hagamos un trato —dijo, como si le costara mucho admitir que
yo tenía razón—. Me pregunto qué puedo hacer con Blase.
Ojalá no despertara nunca.
—Lo prefieres muerto a tener que enfrentarte a él, ¿verdad?
—pregunté suavemente.
Roger pareció no oírme.
—Volverán cuando se cansen de buscar a Alvin —dijo, mi-
rando hacia la casa—. No tienes mucho tiempo para intentar
convencer a esa gente de que no nos disparen.
Me levanté y observé la ladera. Donde terminaba ésta em-
pezaba la colonia de devoradores que rodeaba el edificio.
—Tal vez no oyeron mis gritos —añadió Stolberg con so-
carronería—. Eso pensó Blase, y ordenó que disparásemos para
que se enteraran. Pero ni caso.
Empecé a caminar hasta el borde, y me detuve a unos
pasos de la tierra granulada. El olor allí era nauseabundo. Me
fijé en la arena gruesa que se agitaba formando bultos. Las
criaturas se movían debajo. Tal vez los devoradores nos habían
olido también y se aprestaban a aparecer, aunque no creía que
se atrevieran a salir de su cloaca para saltar sobre la hierba
verde oscura que parecía repelerlos.
Calculé que, corriendo, podía llegar al porche en unos se-
gundos. Busqué el montón de piedras que los gigantes habían
estado echando. Ellos ya debían conocer cuán peligrosos eran
los devoradores. Caminé por la ladera y avancé sobre el estre-
cho espigón. No era muy largo, pero al menos me ahorraría un
buen trozo de frenética carrera sobre el terreno que defendía el
«castillo».
Desde arriba, Chris me preguntó alarmada:
—¿Qué te propones, Ray? Si estás pensando lo que creo, no
lo hagas.
Puse el pie derecho sobre la blanda masa, al tiempo que
disponía mi lanzador.
Ayer me propusieron hacerme un seguro contra las Islas del
Infierno. Naturalmente, el agente no era de la LLoyd's. Según este
individuo, por una módica cantidad podía tener una póliza que
me cubriría de cualquier riesgo sobre mi persona o propiedades si
en los próximos veinte años me veía afectado por una Isla.
Un antiguo compañero de colegio estaba escuchando a mi
lado y pidió más informes. Le dije que no debía gastar así su
dinero, y entonces me di cuenta de que se lo estaba tomando en
serio.
Por aquel tiempo estaba convencido de que no íbamos a sufrir
una nueva irrupción de Islas del Infierno...
(Respuesta de K. Rosenman a una encuesta publicada por
The Times en agosto de 1991.)
LONDRES, 20:45 HORAS
—Coloque otra cinta y continúe —pidió Rosenman mientras
luchaba con el nudo de la corbata.
Desde la entrada del dormitorio, Kanable asintió y regresó
al salón. Hizo el cambio de cinta y colocó la usada junto con
las demás. El editor entró poniéndose la chaqueta.
—Siga, por favor—dijo—. Disponemos de algunos minutos.
—De ninguna manera. Anne se impacientará. Será mejor
que vaya a reunirse con ella o volverá con medio Scotland Yard.
—¡Ni lo sueñe! Antes necesito saber cómo entró en la casa
y quién era la persona que emitía las llamadas por radio —dijo
Kenneth, muy serio y nervioso.
—Esperaré a que vuelva —bostezó Ray—. Mientras cena en
agradable compañía, seguiré leyendo todo lo que se ha escrito
acerca de las Islas.
—Supongo que le parecerá ridículo por mi parte si le pido
que prometa esperarme.
Kanable asintió con la cabeza.
—Sí, bastante ridículo. Conocerá el resto de la historia, se
lo aseguro. ¿No lo entiende? Necesito que usted conozca todo lo
que sé.
Cogió el abrigo azul de Kenneth y le ayudó a ponérselo.
—Estupendo —aprobó con una sonrisa irónica—. Está muy
elegante. Es comprensible que esa mujer esté enamorada de
usted. No tiene aspecto de haber cumplido sobradamente los
cuarenta, se conserva bastante bien. Y ella es bonita. ¿Es que
no se había fijado en lo atractiva que es?
—¿Anne? Oh, sí, claro.
—¿Nunca se ha acostado con ella?
—Raymond, no le permito...
—Vamos, Kenneth. Está loca por usted. No me explico cómo
aún no se ha dado cuenta.
—Jamás he intimado con mis empleadas.
—Es usted demasiado severo, aburridamente conservador.
Seguro que Anne sueña con una velada en su compañía. ¿Por
qué no hace una cosa?
—¿Qué?
—Despídala, pasen esta noche juntos, y mañana la vuelve a
contratar. De esta forma no rompe su norma.
—No estoy para bromas.
—Entonces tendrá que casarse con ella.
—Será mejor que me vaya —gruñó Rosenman.
Kanable le acompañó hasta la salida. Con la puerta abier-
ta, Kenneth dudó un instante antes de empezar a bajar los
escalones. Miró la calle vacía y comentó:
—Es extraño. —Parecía confundido—. No sé cómo no lo he
pensado antes.
—¿Qué le parece extraño?
—Usted creía haber estado en el «otro lado» en un sitio
equivalente de este barrio de Londres, y sin embargo no ha
desaparecido ninguna casa de aquí.
—Ahora que lo dice me doy cuenta de ello —dijo Kanable,
con el rostro medio oculto por la oscuridad del pasillo—. Debí
pensarlo cuando me enteré de que en Londres sólo había desa-
parecido ese trozo del Regent's Park.
Kenneth volvió a subir el escalón que había bajado. Ray se
adelantó hasta la puerta y tomó el picaporte para cerrarla.
—No haga esperar más a la señorita Zerder —dijo.
—Sólo un minuto. ¿Cómo se explica que estuviera allí esa
casa londinense?
Kanable tardó unos segundos en responder.
—Tal vez nos equivocamos y la mansión fue trasladada
desde otra ciudad, o nosotros no estábamos en las coordenadas
de Londres como creímos. Vamos, luego discutiremos eso.
—Sí, ésta puede ser la explicación. No tardaré en volver
—asintió Rosenman. Pero presentía que Ray le mentía.
—Tómese el tiempo que quiera —susurró Kanable cuando
Rosenman se alejaba por la acera. Retrocedió dos pasos, cerró
la puerta y miró los paquetes.
Rosenman anduvo muy preocupado hasta el final de la
calle. Sintió varias veces deseos de volver, pero supo dominar-
los. Cuando cruzó la entrada del comedor se dio cuenta del
error que había cometido acudiendo al restaurante elegido por
Anne. Ahora pensó que hubiera sido más discreto encontrarse
con ella en otro sitio. Allí había demasiada gente conocida, y
no pudo evitar el tener que aceptar la invitación de Lord y
Lady Compton de que se sentara a su mesa en compañía de
Anne.
Su secretaria tampoco mostró ninguna alegría por aquel
inesperado encuentro. Había confiado en estar a solas con Ken-
neth y averiguar de una vez por todas lo que le estaba ocurrien-
do desde el día anterior por la mañana.
Para Anne, los Compton eran un matrimonio bastante inso-
portable. Kenneth tampoco sentía simpatía hacia ellos, pero
antes hubiera permitido que le aplastaran un pie que desairar-
los. En ciertos círculos de la trasnochada sociedad londinense,
estaba muy mal visto que alguien le cayera antipático a aque-
lla pareja tan influyente. Además, poseían un importante pa-
quete de acciones de su compañía editorial.
Casi una hora más tarde, después de una insulsa conversa-
ción y una cena de la que apenas probó bocado, Kenneth miró
furtivamente su reloj por enésima vez y empezó a sudar. Su
nerviosismo iba en aumento, y se devanó los sesos intentando
encontrar una excusa para marcharse y regresar a su casa. De
pronto vio que su secretaria se levantaba e hizo lo mismo. Lord
Compton se incorporó cortésmente y retiró la silla de Anne,
quien dijo sonriente:
—Voy un momento al tocador, discúlpenme.
A Rosenman le entraron ganas de seguirla y tranquilizarla
de alguna manera. Pero tuvo que reprimir sus deseos y la vio
caminar por entre las mesas hacia la salida del comedor.
Estaban en los postres y él sostenía una copa de brandy en
la mano, mirando con forzada sonrisa a Lady Compton, que
hablaba sin parar, no dejando que su marido abriera la boca.
Le volvió a amenazar cordialmente para que no dejara de asis-
tir a la fiesta que iba a dar el próximo fin de semana en su
finca del campo.
—Desde allí disfrutamos de la visión, horrible pero encan-
tadora a la vez, de nuestra Isla del Infierno particular, señor
Rosenman —dijo la mujer con su voz chillona—. ¿Le dije que
quisieron comprarnos la propiedad porque en ella tenemos esa
fealdad? No, claro que no hemos podido contárselo. La oferta
nos la hicieron hace tres días. Resulta increíble, pero es cierto. I
Al principio nos horrorizaba la idea de tener en nuestras tierras
una Isla del Infierno. Llegamos a temer que nos la había des-
valorizado, pero en cambio ahora nos llueven las ofertas.
—Por supuesto, no pensamos aceptar —logró decir Lord
Compton, aprovechando que su mujer callaba un momento
para respirar—. Nuestro terreno con la Isla puede aumentar de
valor en pocos meses. ¿Es cierto ese rumor de que en la arena
gris se ha encontrado una sustancia capaz de curar el cáncer?
—No he oído nada al respecto — replicó Kenneth. Dios,
¿dónde se había metido Anne? Esperaba con impaciencia su
regreso.
—Vamos, amigo mío. Usted tiene que estar enterado de eso.
Seguro que piensa publicar la noticia dentro de poco —rió la
mujer.
Rosenman estaba perdiendo la serenidad. La llegada de un
camarero le salvó de mandar al diablo a la vieja dama.
—Lord y lady Compton —dijo el camarero, tras una cortés
inclinación de cabeza—, hemos recibido una llamada telefóni-
ca para ustedes.
—¿Quién se atreve a molestarme cuando estoy cenando?
—exclamó Lady Compton por su marido—. Diga a quien sea
que no estamos.
—No ha esperado, milady. Me ha rogado que les comuni-
que que Big Hamlet no se encuentra bien. Me parece que llamó
su jefe de cuadras.
El camarero volvió a inclinarse y se retiró. Rosenman vio
que los Compton palidecían. Les podían haber dicho que su
nieto estaba enfermo o que su mansión de Londres ardía y no
se hubieran inmutado, pero la noticia de que su mejor caballo
de carreras estaba enfermo era demasiado para ellos. Los dos
se pusieron inmediatamente en pie, él nervioso, ella lanzando
grititos que atrajeron la atención de los comensales más próxi-
mos. Lord Compton empezó a rumiar unas excusas y pidió la
cuenta.
—Por Dios, Lord Compton —se apresuró a decir Rosen-
man—. Vayanse cuanto antes. Para mí es un placer invitarles.
—Gracias, amigo mío —casi sollozó Lady Compton al pasar
rauda junto a Kenneth—. ¿Qué le habrá pasado a mi pobre Big
Hamlet?
Rosenman resopló al quedarse solo en la mesa. Anne no
tardó en aparecer, y él le dijo que los Compton habían tenido
que marcharse apresuradamente.
—Lo sé —dijo ella sonriendo—. Seguro que se tranquiliza-
rán mucho cuando lleguen a su finca y encuentren sano y fuer-
te a su querido potro.
—¿Cómo sabes que su caballo más valioso tiene problemas?
—Su cuadra de carrera es lo único que les importa. Por eso
dije al camarero que se trataba de Big Hamlet.
—Dios mío, ¿te has atrevido a...?
Anne se dio cuenta de que Kenneth la estaba tuteando. Era
la primera vez que lo hacía desde que ella empezó a trabajar
para él. Se ruborizó por ello, y porque de pronto pensó que tal
vez se había excedido en su estratagema.
—Siento que no le haya gustado lo que he hecho, señor
Rosenman.
—Nada de eso, Anne. —Kenneth había empezado a reír y
tomó una mano de ella, acariciándola—. Todo lo contrario. Has
estado magnífica. Empezaba a sentir deseos de mandar a paseo
a ese par de viejos insoportables. ¿Quieres una copa?
—Lo que quiero es hablar con usted.
Rosenman comprobó, alarmado, que llevaba una hora lar-
ga en el restaurante, mucho más tiempo del que había dicho a
Kanable que iba a estar ausente.
Pero la angustiada mirada de Anne le hizo olvidar a Kana-
ble. Apretó más la mano de la mujer. Siempre había sentido
cierta simpatía hacia ella. Estaba preocupada por él, eso era
evidente. Demonio de mujer...
—No me ha ocurrido nada grave, Anne —afirmó.
—Pero su actitud de ayer y hoy... Sabe muy bien que jamás
me he metido en su vida privada, pero usted nunca se había
comportado así. ¿Dos días encerrado en su casa, sin salir? Por
Dios, señor Rosenman, ¿desde cuándo se ha perdido un fin de
semana en el club de equitación o participando en algún cam-
peonato de tiro?
Kenneth apuró el resto del brandy, chasqueó la lengua y
dijo:
—Se lo diré todo. De todas formas, tendré que pedirle
autorización a Kanable para explicarle a usted lo que ocurre.
Seguro que él comprenderá.
—No entiendo lo que dice.
—Hay un hombre en mi casa.
—Lo sé.
—¿Recuerda la nota que dejó ese hombre que dijo llamarse
Gerald Griffin?
—Claro que sí.
—Había un número de teléfono. Llamé. Era el de un hotel.
Quedé citado con él en el Regent's Park.
—Pero si Griffin desapareció el Día del Misterio —parpadeó
Anne—. No, no podía ser el escritor. ¿Por qué decidió ver al
hombre que se presentó en la oficina haciéndose pasar por él?
—Por curiosidad, precisamente porque ambos creíamos no
era Griffin. Quien utilizó su nombre dice llamarse Raymond
Kanable. —Rosenman se encogió de hombros—. La verdad es
que sospecho que ése tampoco es su verdadero nombre.
—¿Por qué mintió?
—Creyó que yo acudiría a la cita si se hacía pasar por
Griffin.
—Pero si usted sabía que sólo podía tratarse de un impos-
tor....
—Confieso que por un momento albergué la esperanza de
que fuera Griffin, que durante todo este tiempo se hubiera
mantenido escondido. En la nota que te dejó había algo que
sólo conocíamos Griffin, yo y el abogado que redactó el contra-
to. Por eso fui.
—Griffin pudo haber contado a ese tal Kanable las condi-
ciones del contrato antes de desaparecer.
—Yo también lo pensé, pero, ¿no recuerdas otros detalles
de la nota?
—No, no me acuerdo. —Anne empezó a sonreír—. Vamos,
señor Rosenman, no irá a decirme que creyó que Griffin había
vuelto del infierno de donde proceden las Islas.
—Pero Kanable sí ha vuelto de allí. Estuvo con Griffin y
con otras personas desaparecidas.
—¿Y usted le ha creído semejante disparate?
—Estoy completamente seguro de que Kanable no me ha
mentido. Lleva dos días hablándome del «otro lado», de ese
lugar que él llama Elajah.
Anne le miró como si dudara del equilibrio mental de su jefe.
—Está usted agotado. Debería irse a un hotel y descansar,
no aparecer por su casa esta noche.
—Estás proponiéndome que no vuelva a ver a Kanable —rió
Kenneth—. ¿Quieres librarme de su perniciosa influencia?
Anne, eres deliciosa.
—No puedo consentir que ese tipo le engañe.
—Te propongo una cosa: ven conmigo y te lo presentaré. Tú
y yo le escucharemos juntos el resto de su historia, y luego, si
quieres, podrás revisar las cintas que hemos grabado.
—Nadie ha vuelto de allí, señor —dijo Anne muy lentamen-
te.
—Kanable lo ha conseguido. No sé cómo, pero él ha vuelto.
Y piensa regresar a Elajah.
—¿Acaso es un paraíso donde se vive rodeado de ríos de
miel en una eterna primavera?
—Elajah es todo lo contrario a un edén, Anne; pero Kana-
ble daría años de su vida por volver. —Entornó los ojos—. Ha
debido dejar allí algo muy importante. Casi he estado a punto
de enterarme del motivo de su interés..., aunque puedo adivi-
narlo.
—¿Qué piensa hacer con esa historia, señor?
Rosenman la contempló sorprendido.
—¿Qué voy hacer? Pues publicarla, naturalmente. Anne, es
lo más sensacional que ha ocurrido hasta ahora en el mundo,
mucho más que la aparición de las Islas del Infierno. La gente
sabrá que nada ha desaparecido, sino que ha sido enviado a
otro sitio. A Elajah.
Se levantó impulsivamente.
—Debemos marcharnos.
Ella le siguió, aturdida. Salieron del comedor. Al pasar por
el bar, fueron llamados por un grupo de caballeros que espera-
ba turno para cenar. Aunque Kenneth simuló no haber oído
nada, se vieron rodeados antes de alcanzar el guardarropa.
Algunos estaban algo bebidos, y le obligaron a ir a la barra.
Anne se quedó junto al guardarropa. Su jefe iba a tardar
algunos minutos en poder librarse de la nueva compañía. Casi
todos los caballeros eran socios del Real Club de Tiro y no
estaban acompañados precisamente por sus esposas, sino por
varias chicas de una compañía de ballet francés que actuaba en
un teatro del West End.
Aprovechó que Kenneth le daba la espalda para coger su
abrigo y abandonar el bar. Una vez en la calle, se dirigió a su
coche. Aunque la casa de su jefe estaba a menos de cien yardas,
decidió ir en él.
Sabía que su actitud iba a enfurecer a Kenneth, pero se
sentía obligada a poner en práctica una idea que bullía en su
mente: necesitaba enfrentarse a solas con Raymond Kanable,
hablarle, interrogarle hasta acabar desenmascarándole.
Aquel individuo no la engañaría como a Kenneth, faltaría
más. Descubriría su superchería. Si insistía en haber estado
fuera del mundo, haber vivido en el lugar de donde aseguraba
que procedían las Islas del Infierno, ella estaba segura de poder
descubrir sus verdaderos propósitos, que no podían ser otros
que estafar a Kenneth, sacarle un montón de libras. Y eso no
tendría demasiada importancia. Lo peor era que Rosenman
estaba decidido a publicar una sarta de mentiras, y acabaría
haciendo el ridículo más espantoso.
A pesar de que no tenía que ir muy lejos, condujo deprisa,
y aparcó bruscamente delante de la mansión de Kenneth. Ob-
servó que había luz en varias ventanas.
Ascendió los escalones, llegó hasta el porche y se inclinó
para levantar el felpudo. Cogió la llave colocada en la ranura
que había entre dos losas. Kenneth le había confiado su costum-
bre de ponerla allí. De eso hacía varios años, y ella nunca pensó
que pudiera llegar el momento en que tuviera que usarla.
Ño quiso pararse a pensar otra vez que estaba a punto de
cometer una imprudencia. Cuando abrió la puerta y entró en el
vestíbulo, lo primero que echó en falta fueron las cajas en el
suelo y sobre la mesita. Se armó de valor y dijo, alzando la voz:
—Señor Kanable, quiero hablar con usted. Soy Anne Zerder.
Entró en el salón, y frunció la nariz al ver el desorden que
había y percibir que el aire olía demasiado a tabaco y alcohol.
Se asomó al pasillo que conducía al piso superior. Arriba sólo
había una luz en el descansillo. Volvió a llamar a Kanable. No
llegó a pronunciar el nombre por tercera vez. Comprendió que
no había nadie en la casa.
Volvió al salón y descubrió la casette en una mesa, entre
vasos vacíos, botellas y ceniceros atestados de colillas y tabaco
quemado de la pipa de Kenneth. A un lado, un estuche con
varias cintas. En las etiquetas habían sido escritos unos núme-
ros.
Se sentó, desolada, sin saber qué pensar. La ausencia de
Kanable no tenía ninguna explicación para ella. Miró la graba-
dora. Contenía una cinta, totalmente pasada. Fue a rebobinarla
y, apenas pulsado el botón, se preguntó si tenía derecho a
inmiscuirse hasta este extremo en la vida privada de su jefe.
Sentía alegría porque Kanable se había marchado, quizá
para siempre. Pero al mismo tiempo lo lamentaba. Le habría
gustado descubrir su juego.
Consideró la posibilidad de volver al restaurante. Quizás
aún dispusiera de tiempo para evitar que Kenneth la echara en
falta. Una vez de vuelta a la casa, le sería fácil fingir que no
había estado en ella.
Pero ya había hecho retroceder la cinta unos segundos, y
pensó que al menos debía oír la voz del farsante.
Pulsó la tecla y escuchó:
—...No he buscado intencionadamente esta despedida. Así
acabó todo. Esto es cuanto pasó en Elajah. Se lo he contado
todo, incluso le he revelado mis sentimientos. Espero que com-
prenda por qué quiero volver. Me atan demasiadas cosas allí.
Sólo le he ocultado mi verdadero nombre, mis razones por las
que no quería que la policía me descubriera. Hubiera implica-
do a demasiada gente que debe permanecer en el anonimato.
Mi trabajo lo considero muy importante para mi país. Además,
confío encontrarme con mi compatriota. Y la chica. Sobre todo
con la chica. Ella es mi razón, amigo Kenneth. Siento no poder
discutir con usted algunas cosas que le habrían gustado. La-
mento haberme precipitado un poco, pero durante su ausencia
me he convencido de que es mejor que nos despidamos así.
Espero no tener dificultades en el parque para volver a Elajah.
Apenas dispongo de tiempo para llegar allí a la hora prevista.
Mi estancia en la Tierra está sujeta a un horario muy estricto.
Un horario de este mundo, que espero sea el correcto. Si no es
así, volveremos a vernos, porque no tendré más remedio que
regresar a su casa con el rabo entre las piernas, y eso es algo
que no quiero que suceda. Ojalá no nos encontremos de nuevo,
Kenneth. Confío que esas personas estén esperándome, que no
haya pasado demasiado tiempo para ellos. Dos horas nada más.
Dos días aquí, dos horas allí. En la Tierra se envejece rápida-
mente. Hasta la vista, tal vez.
La cinta siguió funcionando unos segundos más, pero ya no
tenía grabado nada.
Anne se quedó pensativa.
Salió a la calle, y permaneció inmóvil e indecisa unos mi-
nutos junto a su auto, con la portezuela abierta. De pronto
desechó todas sus aprensiones y se sentó frente al volante, giró
la llave de contacto y arrancó. Recordó que la voz había habla-
do de un parque. Aunque en Londres había varios, sólo en uno
estaba la única Isla de Infierno de la ciudad, y curiosamente
fue allí donde acudió Rosenman para conocer a Kanable. Era
sólo una intuición, pero se había equivocado pocas veces cuan-
do la sentía tan fuerte como en aquella ocasión.
LONDRES, 22:38 HORAS
Kenneth vio de reojo que Anne salía del restaurante. Mien-
tras trataba de convencer a sus alegres y molestos amigos para
que le dejaran marchar, pensó que el comportamiento de su
secretaria sólo podía tener como explicación que se había enfa-
dado con él y había decidido abandonarle. Confiaba en que al
día siguiente no fuera a encontrarse con su dimisión encima de
la mesa. Aunque intentó ir en seguida tras ella, no lo consiguió
hasta transcurridos unos minutos.
Cuando al fin salió a la calle, no encontró el coche de Anne.
Soltó una imprecación que habría ruborizado a Lady Compton,
y echó a correr. No había ningún taxi, y buscarlo a aquellas
horas era perder el tiempo.
Llegó jadeante a su casa y abrió nerviosamente la puerta.
Se llevó la temida y desagradable sorpresa de encontrarla vacía.
Era obvio que Kanable se había marchado hacía rato, como
sospechó que acabaría haciendo. Se había llevado toda la mer-
cancía, las bolsas.
Sin embargo, apenas se acercó a la mesita donde estaba la
casette y las cintas, captó el perfume de Anne, dominando por
encima del olor a ambiente cerrado y cargado de humo de
tabaco. Había estado allí. ¿Dónde habría ido ahora? Por un
breve instante estuvo tentado de llamar a la policía, pero se
dijo que si lo hacía lo único que iba a conseguir sería complicar
más las cosas.
Trató de serenarse, y buscó el vaso menos sucio entre los
que había en la mesa del bar. Lo frotó con su pañuelo y echó
en él un poco de ginebra. Luego miró la grabadora. Estaba
conectada, aunque la cinta que contenía permanecía inmóvil.
La sacó y leyó el número que Kanable había escrito en ella. Si
había sido grabada por ambos lados, debía tener bastante in-
formación. La introdujo por el principio de la primera cara y
trató de concentrarse en lo que iba a oír, aunque su pensamien-
to estaba puesto en Kanable y en Anne. Escuchó:
INYINDANIS
Confieso que de pronto sentí un poco de miedo. En realidad
bastante miedo, si debo ser sincero. Mantenía mi pierna dere-
cha en el aire, sobre la arena granulada. Mi nariz estaba frun-
cida debido al intenso mal olor que me llegaba desde abajo. Si
retrocedía nadie iba a censurármelo, nadie se atrevería a lla-
marme cobarde. Todos conocíamos cómo se las gastaban los
devoradores, y cualquiera me comprendería si cambiaba de
opinión. Chris respiraría aliviada si abandonaba.
Aún estaba considerando las posibilidades cuando, del inte-
rior de la casa, surgió una ronca y poderosa orden, amplificada
por un altavoz portátil, de esos que usan la policía o los diri-
gentes de una manifestación.
—¡Quédese donde está!
Alcé la mirada hacia la casa, y descubrí una silueta en la
ventana situada a la izquierda de la entrada. Me pareció ver
una segunda sombra moverse detrás de la primera, agitando
las cortinas.
—¡Somos amigos! —grité con todas mis fuerzas. Confiaba
en que me oyeran—. ¡Sólo quiero hablar con usted, con ustedes!
—Conoce el peligro que va a correr. Es un suicidio caminar
por encima de esa porquería —contestó el de la casa.
Aunque la voz me llegaba distorsionada por el amplifica-
dor, supe que era la de un hombre.
—Hay más personas esperando para reunirse con nosotros,
cuando les digamos que hemos encontrado un refugio —dije.
—Los soldados han dado pocas muestras de amistad.
—Lo sé. He hablado con ellos, y están dispuestos a llegar a
un acuerdo con ustedes. Aceptaremos sus condiciones. Sólo
quiero que mis compañeros se refugien en su casa hasta que yo
explore la meseta que apareció ayer. ¿Acaso no ha comprendí -
do dónde está, es que aún ignora que jamás volveremos a nues-
tro mundo? Si lo ha averiguado, llegará a la conclusión de que
todos los humanos estamos obligados a ayudarnos mutuamente.
Se produjo una pausa en la que creí escuchar una risa que
fue emitida cerca del altavoz, aunque sin intención de que
llegara hasta mí.
—No puede venir —fue la respuesta del hombre de la man-
sión.
—Permítame intentarlo. Sólo le pido que no dispare.
—Hasta ahora no he tenido que emplear todos los medios
de disuasión de que dispongo, pero lo haré si no respetan mis
decisiones.
—No le entiendo, de veras que no le entiendo. Si no tienen
comida, nosotros conocemos la forma de subsistir en este mun-
do, y estamos dispuestos a compartir con ustedes nuestros se-
cretos. ¿Cuánto tiempo llevan aquí?
—Eso ahora no importa.
—Maldita sea, yo podría advertirle de muchos de los peli-
gros de este mundo, que necesitaría semanas o meses para
conocerlos.
—No necesito su información... en estos momentos.
—Diablos, ¿qué se propone?
—Le pido paciencia. No debe cruzar la colonia de devora-
dores. Sería una tontería correr un riesgo tan grande.
Me enfurecí.
—Comprendo que desconfíe de nosotros, pero le repito que
deseamos colaborar. Pueden quedarse con su comida, si tienen,
o compartir la nuestra, la poca de que disponemos, si carecen
de ella.
—La comida no es ningún problema para nosotros.
Esbocé una leve sonrisa. Al menos ahora ya sabía que en la
casa había más de una persona. No había sufrido una alucina-
ción al creer ver la otra sombra.
—Voy a ir hasta usted para convencerle de que nuestras
intenciones son honestas. Como puede ver, no estoy armado.
—Estaba seguro de que aquel hombre no podía sospechar que
el lanzador fuera un arma. Lo más que podía imaginar era que
se trataba de un objeto que yo usaba como un entablillado de
mi brazo.
Una voluta de humo en la tronera abierta al lado de la
ventana, un estampido, y una bala que se hundió en la arena
gris a un par de pies de donde yo estaba, me hizo comprender
que no me quedaba otro remedio que obedecer al ocupante de
la casa. Si hubiera querido, con el rifle de precisión que debía
estar usando, seguramente con mira telescópica, hubiera podi-
do meterme la bala entre los ojos.
Retrocedí algunos pasos y salté fuera del pequeño espigón.
—¡Merece que los devoradores entren en su condenada casa
a través del sótano y empiecen a comérselos a todos por el
culo! —le grité, enfurecido.
—No sueñe con eso —rió el otro—. Esas bestezuelas jamás
podrán perforar con sus mandíbulas mis dos metros de hormi-
gón.
—¡Es usted peor que ellos, más repugnante que un trami!
¡Me ha disparado, maldito bastardo, a un hombre desarmado!
—¿Desarmado? No me haga reír. Además, por aquí no hay
tramis, por si no lo sabía. Los tramis están lejos, creo que al
otro lado de esta isla de los gigantes.
—¿Quién es usted? ¿Cómo sabe que los sables curvados son
los tramis? —Tras una pausa exclamé—. ¡Maldito seas, tú eres
Stenzel!
Chris se había acercado a mí.
—¿Conoces a ese hombre?
—Es Adrián Stenzel —dije—. No puede ser otro más que
ese maldito holandés al que conocí en la Meseta Roja. No
comprendo cómo ha llegado hasta aquí y se ha adueñado de la
casa, pero lo ha hecho, probablemente con la ayuda de la Fa-
milia.
De pronto, mi propia explicación no me gustó del todo.
Contenía demasiadas lagunas. Si los habitantes de la casa eran
los que lanzaron los mensajes por radio que atrajeron a los
soldados hasta allí, en el momento en que se emitía la señal
Stenzel estaba conmigo en la Morada, a no ser que hubiera
usado el globo mientras yo permanecía inconsciente y hubiese
viajado hasta la casa para poner en marcha la emisora median-
te un sistema automático.
Podía haber ocurrido también que Stenzel dispusiera de un
medio de transporte más rápido que el globo y me lo hubiera
ocultado. De todas maneras, no comprendía su actitud. Yo ha-
bía esperado de él una actitud más hostil hacia mí por haberle
robado el vehículo apenas me tuviera delante, y sin embargo
no se había referido para nada a mi huida.
Me volví hacia la ventana y agité mi brazo izquierdo.
—Stenzel, sé que eres tú. Si no quieres ningún trato conmi-
go, acepta a los demás. Hay ancianos enfermos y mujeres. Dé-
janos que terminemos de tender un camino seguro hasta la
casa. Podemos derribar algunos árboles y...
—¡Nadie entrará aquí hoy!
—Dios, debes haber perdido la razón. ¿Quién es la otra
persona que te acompaña? ¿Una ankari? Déjame hablar con tu
acompañante.
—Mañana daré hospitalidad a sus amigos.
—¿Por qué no hoy? Déjales entrar. Si es tu capricho, yo
esperaré fuera hasta mañana.
—No sabe hasta qué punto quisiera ayudarles, pero no pue-
do. Me duele tener que negarles ayuda. Ahora olvídeme y ocú-
pese de otros asuntos más importantes para usted. Renuncie a
llegar a mi casa. No lo hará, créame.
—Hablas como si no entendieras la situación.
—La verdad es que soy el único que la entiende.
—Stenzel...
La sombra se retiró de la ventana, y la cortina cayó sobre
ella.
—¡Stenzel! —repetí.
Stolberg, Jorge, Griffin y Chris se acercaron cuando les
indiqué por señas que quería hablarles.
—Tal vez disponga de un micrófono direccional y nos escu-
che —dije en voz baja.
—Esta noche vimos durante varios segundos una bombilla
encendida en el ventanuco del ático —dijo el sargento—. Ese
bribón produce su propia electricidad, aunque pretenda apa-
rentar lo contrario.
—Razón de más para que entremos. Si no quiere acceder
por las buenas, tendrá que hacerlo a la fuerza —dijo Griffin.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Valdivia—. Con el
rifle que tiene podría matarnos tranquilamente a todos.
—Voy a buscar el globo, volaré por encima de la casa, y
saltaré sobre el tejado. Si ese loco no se aviene a razones,
tendré que matarle.
—Alguien debería acompañarte para que el globo no se
pierda una vez hayas saltado —dijo Chris.
Stolberg agitó la cabeza, preocupado.
—Si piensas ponerte en seguida en marcha, no cuentes con-
migo. Yo no me muevo de aquí hasta que vuelvan mis compa-
ñeros. —Miró a Blase—. Y a ése tampoco pienso abandonarle.
—Tal vez sería mejor que avisáramos a los que esperan en
la gruta para que se reúnan con nosotros. Debemos permanecer
todos juntos —dije—. Regresemos a buscarlos. Luego, Michael
y yo seguiremos hasta donde escondimos el globo. Griffin y
Jorge darán escolta al grupo durante el camino. Los de la casa
deben creer que vamos a resignarnos a esperar a mañana para
entrar.
Jorge me tocó en el hombro donde tenía mi charretera.
—Ray, mira a Blase... Está despertando.
Me parecía increíble que aquel hombre se recobrase tan
pronto. Alvin se había sentado en el suelo, y nos miraba a todos
como si fuéramos fantasmas de sus alucinaciones.
Stolberg soltó una maldición y empezó a caminar hacia él,
pero no llegó a ponerse a su lado. Del interior del bosque nos
llegó una sucesión de disparos de espingardas, y vimos sus
fogonazos por entre la maleza.
—¡Son los gigantes! —advirtió Jorge.
Corrimos para tomar posiciones tras las cajas. Stolberg
sacó su pistola y se la entregó a Chris.
—Tú sabes manejar un arma, bonita. Demuestra que apren-
diste a tirar en la policía.
—Esta vez han recobrado el valor demasiado pronto —re-
criminó Valdivia al sargento.
—¿Quién puede predecir nada en este cochino mundo? —se
lamentó el norteamericano.
Primero surgieron las cabezas de los guerreros, antes inclu-
so de que apareciera corriendo delante de ellos uno de los
soldados, y detrás su compañero. Estallaron más disparos a sus
espaldas. El rezagado dio un enorme salto hacia delante: una
de las bolas ígneas había eclosionado demasiado cerca de él.
—¡Mierda, le han dado a Panish! —bramó Stolberg.
Se levantó y disparó una ráfaga. Creí ver que uno de los
gigantes, cuando se disponía a apuntar contra los soldados, se
desplomaba y desaparecía entre la hierba.
Null se había dado cuenta de que su compañero estaba en
dificultades y retrocedió para ayudarle. Pensé que cualquiera
de ellos se merecía lo peor, pero ambos eran valientes. Null no
había dudado en arriesgar su vida para proteger al herido.
Temí que Stolberg fuera a salir corriendo a enfrentarse solo
a los demás guerreros. Antes de que lo hiciera, ajusté mi lanza-
dor y disparé una larga andanada. Barrí una buena extensión
de árboles y arbustos, y creo que pulvericé a un par de gigan-
tes, hiriendo probablemente a otros.
Los gigantes no siguieron avanzando, pero acudían más, y
me estremecí. Eran demasiados para nosotros. Si sabían trazar
un plan de ataque, si disponían de un jefe inteligente, nos
barrerían. Sólo tenían que desplegarse y avanzar por los flan-
cos mientras un pequeño grupo se ocupaba de hostigarnos por
el centro. Pero en lugar de ello retrocedieron.
La indecisión de los gigantes permitió a Null llegar hasta
nuestra posición. Arrastraba a Panish, y comprendí en seguida
que el herido carecía de la más mínima posibilidad de sobrevi-
vir. Tenía toda la espalda achicharrada. Afortunadamente para
él, había perdido el conocimiento y no sufría. Null sollozaba
cuando lo dejó caer al suelo.
El mayor se acercó renqueante y miró a Panish con ojos
vidriosos.
—Soldado, será juzgado por un consejo de guerra, acusado
de deserción. ¡Levántese e informe!
—Cállese, Alvin —dijo Stolberg.
Me impresionó la fuerza con que el sargento apretaba los
dientes. Creí oírlos rechinar.
—Sargento, llévese a este sucio soldado y arréstelo —orde-
nó el mayor. Su voz era como si surgiera de un profundo pozo.
No dejaba de moverse de uno a otro lado. Parecía costarle
mucho poder mantenerse en pie.
Null se levantó y agitó las manos cerca del rostro demacra-
do de Blase.
—¡Panish está muerto! —Miró lleno de rabia al mayor—.
Muérdase la lengua, tío de mierda. Charles ha muerto por su
culpa, por buscarle a usted. ¡Debería matarle con mis propias
manos!
—¡Vuelven! —nos advirtió Griffin.
Jorge apretó el botón de la espingarda y envió una bola de
fuego contra los guerreros. Pero seguía sin tener experiencia
con un arma tan extraña para él, y el disparo pasó muy por
encima de la cabeza de un gigante.
Eché una mirada atrás. Maldije a los ocupantes de la casa.
Quizás estuvieran divirtiéndose mucho. Ahora, aunque quisie-
ran ayudarnos, no había tiempo para que cruzáramos el terre-
no infestado de devoradores. Decidí olvidarme de Stenzel, de
su obstinación o su locura, y traté de pensar en cómo librarnos
de la avalancha de gigantes que se nos venía encima.
—¿No tienes más armas, Stolberg? —pregunté.
—Sólo las que ves, muchacho, y las municiones ya son
escasas. En Lundy no había un gran arsenal. Recuerda, cada
bala vale en este infierno su peso en oro.
Así pues, mi lanzador era la única arma que no tenía pro-
blemas de municiones.
Los guerreros formaban un amplio frente y avanzaban des-
plegados, dirigiendo sus largos fusiles hacia nosotros, ahora
más impresionantes con las bayonetas caladas.
¿Para qué molestarme en reprochar a los soldados el que
con su llegada cargada de violencia y su irresponsabilidad nos
hubieran convertido en enemigos irreconciliables de unos seres
que tal vez sólo nos atacaban para defender su territorio? No-
sotros los humanos los habíamos juzgado por su aspecto y los
habíamos considerados salvajes sin más.
Estábamos condenados a combatir por nuestras vidas. Em-
pecé a tener el presentimiento de que íbamos a morir en un
pedazo de tierra que ni siquiera era de nuestro mundo.
Me situé al lado de Chris, dispuesto a defenderla hasta el
último momento. Jorge tuvo dificultades al principio para re-
cargar su espingarda, pero cuando lo consiguió sus disparos
fueron bastante rápidos, aunque no tanto como para impedir
que los guerreros siguieran ganando terreno.
Stolberg y Null se ocupaban de que los gigantes no alcan-
zaran los bordes situados a nuestros flancos y nos cogieran
entre tres fuegos. En medio, Griffin disparaba un rifle no auto-
mático, Chris apuntaba cuidadosamente antes de apretar el
gatillo de su pistola, y yo intentaba que mis lanzamientos de
arena formasen una pequeña pero infranqueable muralla ante
los guerreros.
El único que parecía ajeno a cuanto sucedía era el mayor.
Se había sentado en el suelo, y contemplaba atentamente la
tierra que removía con los pies.
De pronto un guerrero, tras eludir nuestros disparos, llegó
cerca de Stolberg y lo amagó con la bayoneta. El sargento se
echó a un lado y trató de golpearle con la culata de su metra-
lleta, falló, y se abrazó al gigante. Rodaron ambos por la lade-
ra. De reojo vi que se detenían justo a un palmo de la colonia
de devoradores y la emprendían a golpes. Los dos habían per-
dido arriba las armas, pero el norteamericano pudo sacar su
puñal y lo hundió en el vientre de su contrincante.
Tuve que dejar de prestar atención al singular combate
para concentrarme en la lucha.
Los guerreros sólo necesitaban un empuje más para desbor-
darnos. Y en aquel maldito momento la reserva de mi lanzador
estaba a punto de quedarse vacía. Si no lo recargaba, iba a
convertirse en un trasto inservible en mi antebrazo.
Intenté retroceder para apoderarme de la metralleta de
Stolberg, y me detuve horrorizado. A Chris se le habían termi-
nado las balas, y dos gigantes estaban a punto de llegar hasta
ella. Un par de bayonetas se levantaron sobre su cabeza.
No tuve tiempo de buscar una posición desde la que poder
disparar a los guerreros. En aquel momento empezó a caer del
cielo lo que en un principio pensé que era la extraña y hasta
entonces inédita lluvia de Elajah, pero se trataba de algo más
denso y oscuro, que producía un siniestro ruido.
Alcé la vista hacia el objeto que extendía una gran sombra
sobre nosotros.
Me costó comprender lo que estaba pasando. En el cielo,
sobre nosotros, como a unas treinta yardas, flotaba un vehículo
formado por dos globos que se deslizaba silencioso sobre los
gigantes. De una de las góndolas brotaba un torrente continuo
de arena al rojo vivo, creando un huracán caliente encima de
los sorprendidos guerreros.
Los dos seres que habían amenazado a Chris se apresura-
ron a dar media vuelta y huyeron.
Stolberg subía por la ladera, contemplando asombrado el
giro que había tomado la batalla. En una mano llevaba el
puñal lleno de sangre. Abajo había quedado su rival, con varias
heridas mortales en el pecho, tan cerca de la colonia de devo-
radores que éstos no tardaron en saltar sobre él, le hincaron
sus terroríficos dientes, y lo arrastraron a las profundidades sin
parar de darle dentelladas.
El globo, conducido por dos personas, como pude ver du-
rante el breve instante en que perdió algo de altura, ascendió
de nuevo y llevó a cabo otra pasada sobre los gigantes más
rezagados. No provocó una matanza; se limitó a espolearlos,
arañándoles los talones para que se apresuraran a huir.
—Quien sea, no ha podido llegar más a tiempo —suspiró
Chris.
Me hablaba a mí, pero no le respondí. Estaba demasiado
aturdido. Acababa de reconocer que uno de los globos era el
mío, sujeto a otro exactamente igual.
Despacio, sin arrojar lastre, simplemente dejando escapar
aire caliente, el doble vehículo fue descendiendo. Antes de que
las góndolas tocasen el suelo, yo ya había identificado a los dos
ocupantes.
Uno de ellos era la muchacha ankari que me había curado,
y resultaba obvio que el otro, por su complexión, no pertenecía
a la Familia. Se trataba de un hombre que vestía un inconfun-
dible traje de combate de Ankar. Cuando se quitó la máscara
musité su nombre con asombro:
—Stenzel...
Inmediatamente volví la cabeza hacia la casa. Estaba em-
pezando a pensar que el holandés había salido por detrás del
edificio, donde debió tener ocultos los globos, pero en una ven-
tana de la casa divisé a las dos personas asomadas entre las
cortinas.
Empecé a caminar hacia los globos apenas quedaron ancla-
dos.
Adrián, antes de saltar de la góndola, susurró unas palabras
a la ankari y luego me miró. No parecía enfadado conmigo. Se
detuvo a poca distancia y me dijo:
—Hola, Kanable.
—Hola, Adrián. Gracias por tu ayuda.
—No me las des —dijo, haciendo una mueca—. Apenas
encontré tu globo escondido imaginé que habías tenido un fin
terrible, muchacho, pero más tarde descubrí a tus amigos junto
a la entrada de una gruta, y me dije que eres un hueso muy
duro de roer cuando un tal Michael Davis me explicó que se-
guías vivo.
Rodeamos a Stenzel, excepto el sargento y Null. No se olvi-
daban de los guerreros puestos en fuga y vigilaban los alrede-
dores.
—Seguirán corriendo hasta llegar a su poblado del otro
extremo —dijo Stenzel al notar el temor de los dos soldados.
Señaló a la ankari que nos observaba desde la góndola—. Ella
me rogó que os salvara, cuando vimos que estaban a punto de
arrollaros. Se lo debes a la muchacha, Kanable.
Le miré perplejo.
—¿Hubieras dejado que acabaran con nosotros?
—No creas que me hubiera alegrado —replicó Stenzel—.
No soy insensible, Ray.
Miré al holandés y a la ankari, alternativamente. La mucha-
cha me dirigió una cálida sonrisa.
La parca sonrisa de Stenzel desapareció, y de nuevo volvió
su expresión grave que tan bien recordaba.
—Vaya, todavía quedan algunos de esos tipos violentos.
—Se refería a los soldados. Era evidente que no le gustaban. El
oficial continuaba con su soliloquio, sentado y de espaldas a
nosotros—. Tus compañeros que quedaron en la gruta no tar-
darán en llegar. Les dije que siguieran el camino de la ladera,
sin asomarse al borde. No se encontrarán con ningún inyindani.
—¿Inyindani? ¿Son otra especie de malas bestias de este
mundo?
—Te equivocas. Los inyindanis son esos seres a los que
habéis atacado. Esos desgraciados han sido arrebatados de su
mundo como nosotros.
—Creí que tú eras el tipo de la mansión —dije. Recordaba,
aunque vagamente, las palabras salidas del altavoz, y seguían
pareciéndome extrañas.
—Por supuesto que no. —Stenzel me miró, otra vez con un
tono divertido en su voz—. No gozo del don de la ubicuidad.
Esa casa inglesa es muy interesante. Su presencia confirma las
predicciones de la Familia. El ciclo se completa.
—Por dios, Stenzel, no sigas hablándome en jeroglíficos. En
la maldita casa hay un par de tipos, uno de ellos loco, que nos
dijo hace un rato que nadie entraría en ella hasta mañana.
¿Cómo te enteraste que estábamos en dificultades? ¿Acaso es-
cuchaste las llamadas por la radio?
Stenzel me miró sorprendido.
—No dispongo de ningún medio para captar las ondas de
radio, Ray.
—¿Por qué has venido entonces? —casi grité—. ¿Cómo su-
piste que éramos atacados?
—No sabía nada de cuanto os pasaba. Ya te conté que
conocía la llegada de este trozo de terreno, aunque entonces
ignoraba de dónde procedía. Nunca sentí deseos de explorarlo.
Sin embargo, hace unas horas, la Familia me comunicó que
una porción de su mundo había aparecido con ankaris en ella,
y me pidieron que viniéramos a darles la bienvenida.
Sentí ganas de reír.
—¿Se puede dar la bienvenida a alguien a su llegada a este
infierno? Más lógico sería expresarle las más sinceras condolen-
cias, ¿no te parece?
—Es tu modo de ver las cosas, pero para la Familia es un
motivo de alegría tener cerca a más hermanos, «sentirlos».
Ellos me pidieron que viniera con uno de sus miembros. Su
propósito era instruirles y darles ánimos.
—Has dicho algo respecto de un ciclo —murmuré—. ¿A qué
te refieres?
Stenzel me cogió un brazo y me llevó hasta cerca de los
globos. Los demás nos siguieron, deteniéndose a una distancia
respetuosa pero suficiente para poder oírnos. Vi de reojo que
Chris, algo celosa, admiraba la belleza serena y casi sobrenatu-
ral de la ankari, quien a su vez contemplaba indiferente al
grupo. La muchacha parecía algo triste. ¿Acaso por las muertes
de los inyindanis? Ya conocía que eran profundamente pacifis-
tas.
Adrián se apoyó en el gran lanzador que estaba instalado
en la góndola de su globo. Al verlo comprendí el que hubiera
podido poner en fuga a los guerreros con relativa facilidad. Su
poder de fuego de arena debía ser terrorífico. Me sentí obligado
a comentar:
—Celebro que tuvieras un segundo globo.
—Puedo tener todos los que necesite, Ray. La capacidad de
reproducción de los archivos de los ankaris es casi ilimitada.
—Eso lo ignoraba. De haberlo sabido, me habría marchado
de la meseta menos preocupado.
—Estaba seguro que acabarías haciendo lo que hiciste —rió
Stenzel lúgubremente.
Empezó a inquietarme aquel sujeto. No obstante, le sonreí.
—Ahora cuéntame lo que sea. Estoy deseando acercarme a
la casa y mandar a la mierda a sus ocupantes, porque supongo
que ahora no nos negarás tu ayuda.
—¿Por qué lo crees?
—Tú no sabías que los ankaris disponían de medios casi
ilimitados para dar de comer a mucha gente, estoy seguro.
Ellos debieron decírtelo cuando te anunciaron la llegada de
una nueva meseta de su mundo con otra Familia, y entonces te
revelaron sus verdaderas posibilidades.
—¿Crees que eso cambia las cosas? —susurró Stenzel.
—Contéstame a una pregunta: Si la chica no te lo hubiera
pedido, ¿nos habrías ayudado a ahuyentar a esos inyindanis?
Stenzel miró hacia la casa.
—Será mejor que sus ocupantes os dejen entrar.
—En la Meseta estaríamos más seguros. Incluso esos locos
de ahí...
—Ni lo sueñes. —Stenzel me miró asombrado—. No entien-
des nada. Muchacho, los prodigios han vuelto a reanudarse. He
conocido cierta... ¿profecía? Sí, eso es. Una profecía.
LONDRES, 23:13 HORAS
Anne Zerder se mordió los labios.
Ya estaba arrepentida de haber dejado plantado a Kenneth
Rosenman en el restaurante.
No quería ni imaginar la cara que pondría su jefe al entrar
en la casa y encontrarla vacía. Se estremeció al pensar que
podía llegar a culparla de la desaparición de Kanable, cuando
se enterara de que ella había estado en su casa. Pero confiaba
que en la grabación hubiera alguna explicación del misterioso
hombre que la exonerara. De todos modos, no podía sentirse
peor, y su angustia aumentaba a medida que se iba alejando de
la mansión.
Condujo temerariamente por Maida Vale, hasta que al al-
canzar el desvío de St. John's Road giró bruscamente, y las
ruedas chirriaron cuando dio un violento y seco pisotón al
pedal del freno. Se asustó al percatarse de su imprudencia, y se
dijo que no debía conducir a tanta velocidad.
Antes de entrar en Park Road se reprochó el haber cometi-
do tantas torpezas durante las últimas horas, que comenzaron
con el hecho de presentarse ante su jefe con absurdas intencio-
nes, como si se hubiera adjudicado el papel de salvadora.
A pesar de estar segura de que Kanable se había referido al
Regent's cuando en su despedida grabada habló de un parque,
temía no poder encontrarle. Le llevaba demasiada ventaja, tal
vez se hallase en cualquier otra parte de Londres. Ahora todo
le parecía una gran estupidez. Probablemente Kanable había
cogido un taxi cuando dejó la residencia de Rosenman.
Empezó a acariciar la posibilidad de regresar a su aparta-
mento y llamar desde allí a su jefe, intentar descubrir a través
del teléfono lo enfadado que podía estar con ella. No obstante,
decidió entrar en Outer Circle.
Una vez en la carretera que rodeaba el parque, fue frenan-
do. Todavía quería conservar, aunque sólo fuera por unos ins-
tantes, la esperanza de encontrar a Kanable. Por dos veces
creyó verle a lo lejos, pero en ambas se equivocó al confundirlo
con caminantes solitarios.
Al acercarse al Bedford College observó que una parte de la
valla de mampostería estaba en obras de restauración, y deci-
dió detenerse. Pensó que aquél era el camino adecuado, por ser
el más directo, para que alguien que no quisiera ser descubier-
to penetrara en el parque. Antes de bajar del coche miró con
aprensión las desiertas y húmedas calles, escasamente alumbra-
das por diseminadas farolas.
De pronto descubrió una figura, alta y enfundada en un
gabán, que avanzaba por la acera en dirección al colegio. La
luz le daba en la espalda, y Anne pensó que no podía ser otro
que Kanable. Sin dudarlo, abrió la portezuela y avanzó unos
pasos.
—Kanable —llamó, pero en seguida comprendió que estaba
nerviosa y su voz había sonado tan baja que el otro no podía
haberla oído desde la distancia a la que se encontraba. Carras-
peó y repitió con más fuerza—: ¡Señor Kanable!
El caminante apresuró el paso, dirigiéndose a su encuentro.
Anne se dio cuenta demasiado tarde de su error, cuando el
hombre estaba ya muy cerca de ella y no le quedaba tiempo
para correr a refugiarse en el coche. Se trataba de un africano
enorme y tambaleante, que intentó abrazarla apenas llegar a
su lado.
Anne quiso gritar pidiendo ayuda, pero de su garganta no
brotó el menor sonido a causa del pánico. Sintió náuseas al
percibir el nauseabundo olor corporal del hombre y el fuerte
aliento a alcohol que le lanzó al rostro.
Una sombra surgió de entre los materiales de las obras,
unas manos poderosas asieron al africano por los hombros y lo
apartaron brutalmente lejos de Anne.
—Lárgate de aquí o lo lamentarás —dijo secamente el hom-
bre al borracho.
Tal vez el africano pensó en un principio que lo mejor era
obedecer, pero debía estar demasiado bebido, y el whisky ba-
rato enturbiaba tanto su mente que sacó el valor suficiente
para empuñar una pequeña navaja automática. Mostrando sus
dientes y hablando en su lengua tribal, empezó a moverse,
estudiando a su víctima para asestarle un primer golpe que la
dejase indefensa para luego rematarla.
Anne vio que el recién llegado, después de retroceder un
paso, se colocaba debajo la luz de la farola más próxima, y le
reconoció:
—Señor Kanable... —susurró—. ¡Cuidado, tenga cuidado
con ese hombre! ¡Va armado...!
—Ya he visto el cortaplumas —replicó Kanable—. Tengo
tan buena vista como oído. Oí que me llamaba cuando cruzaba
el jardín del colegio. —Apuntó al borracho con un dedo y le
amenazó—: Oye, muchacho, no cometas más tonterías y már-
chate de una vez a tu selva.
Pero el africano se había envalentonado, y Kanable com-
prendió que no le quedaba más remedio que hacerle frente.
Cuando creyó que iba a lanzarle la cuchillada, movió la mano
derecha, y del interior de su bocamanga brotó un haz cárdeno
que emitió un sordo silbido.
El negro recibió el impacto en el vientre y soltó la navaja.
Quedó encorvado, lanzando gemidos de dolor.
—Si no has tenido bastante, dímelo y lo repetiré, pero mu-
cho más fuerte —dijo Kanable. Se acercó a Anne para evitar
que echara a correr hacia el coche.
El africano no se molestó en recuperar su navaja antes de
huir. Aunque renqueante, pudo alejarse a buen paso, sin mirar
hacia atrás ni una sola vez, hasta cruzar Circle Outer y perder-
se corriendo entre los árboles.
—Sólo está un poco magullado, pero se le pasará —dijo
Kanable—. Sus ropas y la costra de mierda que indudablemen-
te cubre todo su cuerpo han debido amortiguar el impacto a
baja presión. —Se volvió hacia Anne—. Bien, señorita Zerder,
no esperaba verla por aquí. ¿Dónde está el señor Rosenman?
Ella se libró de la mano de Kanable y le miró desafiante.
—Le dejé en el restaurante porque quería hablarle a solas,
señor Kanable. Pero usted, como si fuera un delincuente, ya se
había marchado de la casa cuando llegué.
—No podía perder más tiempo —sonrió Ray—. Es evidente
que la velada estaba resultando muy agradable para ustedes
dos. Me cansé de esperar. Señorita Zerder, ¿cómo averiguó que
iba a venir aquí?
—Lo comprendí después de escuchar su despedida.
—Muy sagaz. Si quería verme a solas, eso quiere decir que
Kenneth le habló de mí. —Ray agitó la cabeza—. No esperaba
que le confiara nuestro secreto, aunque debo admitir lo temía.
—¿Secreto? Su fraude, querrá decir.
—No la entiendo...
—En cambio, yo he entendido que usted se ha inventado
una sarta de mentiras y fantasías para engañar a Kenneth.
Pretende embaucarle con el cuento de que fue llevado al «otro
lado», a un lugar llamado Elajah, y que ha permanecido unas
semanas allí. No toleraré que sea publicada su historia en nues-
tra editorial. Si se hiciera, nos convertiríamos en el hazmerreír
del Reino Unido, de todo el mundo, y significaría la ruina para
mi jefe, su fin como editor y periodista.
—No me gusta lo que dice, pero la comprendo y la admiro.
Es increíble que ese tonto que tiene por jefe no se haya dado
cuenta de lo maravillosa que es usted. Kenneth siempre ha
creído que su fidelidad hacia él se debía a sus excepcionales
cualidades como secretaria. Qué ciego ha estado estos años, sin
darse cuenta de que usted le quiere mucho más de lo que se
merece.
Anne sintió que sus mejillas ardían. El mejor modo que
encontró para defenderse fue mostrarse más despectiva.
—Impediré a toda costa que Kenneth haga la menor men-
ción de usted. ¿Quién iba a creerle sin pruebas? Todo se reduce
a unas cintas con sus palabras. Le convenceré para que le
olvide, señor Kanable.
Ray pareció preocupado.
—Anne, sospecho que es usted capaz de eso y mucho más.
¿Puedo tutearte? Es lo que deberías hacer con Kenneth. Tal vez
sería un buen comienzo para romper ese muro de hielo que se
interpone entre vosotros.
La mujer se mordió los labios. Recordó que poco antes su
jefe había puesto en práctica la sugerencia de Kanable, quizá
dejándose llevar por un súbito impulso, o tal vez debido al
cansancio que debía sentir después de casi dos días de estar
encerrado con aquel farsante, escuchando un embuste tras otro.
Sospechó que Kanable estaba intentando mostrarse simpático
con ella con alguna intención oculta, y decidió que no se deja-
ría embaucar por sus amables palabras.
Pero él no la dejó hablar. De pronto, con cierta acritud,
añadió:
—No dispongo de todo el tiempo que quisiera. Después de
lo que me has dicho, creo que serías capaz de convencer a
Kenneth para que esta noche se duerma pensando que soy un
fraude, a pesar de haberme creído casi desde el principio.
—Déjeme marchar. Si usted va a desaparecer de nuestras
vidas, mejor.
—No, lo siento; no permitiré que te vayas. Hace un rato
creí que Kenneth debía acompañarme esta noche, quizá porque
empecé a sospechar que cuando se quedara a solas podía cam-
biar de opinión y llegar incluso a destruir las cintas, olvidarse
completamente de mí. Celebro que estés conmigo. Ayer por la
mañana, en este mismo parque, le prometí pruebas tangibles,
pero luego pensé que él no las necesitaba. —Agitó la cabeza—.
Me equivoqué. Va a necesitar al menos una prueba. Ven conmi-
go.
—Gritaré si trata de retenerme...
—Vamos, eres una mujer inteligente y valiente. No voy a
obligarte, pero, si no te atreves a seguirme porque me tienes
miedo, más tarde te arrepentirás, cuando escuches en compa-
ñía de Kenneth las cintas y te asalten las dudas. Te prometo
que, si me acompañas, acabarás creyéndome, y le pedirás a
Kenneth que siga adelante con sus proyectos.
—No le tengo miedo, señor Kanable. ¿Qué quiere que haga?
—Llámame Ray, encanto. Espera un segundo.
Kanable anduvo hasta detrás de los montones de ladrillos
y regresó con dos grandes bolsas de nailon. Por la forma como
las llevaba, Anne supuso que debían pesar mucho.
—Sólo tienes que seguirme —dijo Ray—, y atravesar el
colegio y el Queen's Mary Carden. Luego podrás volver con tu
jefe. Apenas faltan unos minutos.
—¿A dónde piensa ir?
A Kanable le entraron ganas de echarse a reír.
—¿No lo adivinas? A la Isla del Infierno. Allí tengo una cita.
Ella empezó a seguirle, pero se detuvo para preguntar:
—¿Qué lleva ahí?
—Oh, no es la cubertería de plata de los Rosenman. Todo
esto va serme muy útil allá donde pienso ir. Lo compró tu jefe
para mí, de veras, aunque lamentablemente no completó la
lista de mis necesidades. Faltan algunas cosas.
—¿Lo va a necesitar en la cárcel? Seguro que acabará entre
rejas —sonrió ella, más tranquila y satisfecha porque volvía a
ser capaz de mostrarse irónica.
—Si no confías en mí, puedes marcharte —replicó Ray,
maldiciendo el peso de las bolsas.
Ella sonrió y agarró unas de las asas.
—Le ayudaré. Tal vez le he juzgado mal. Iré con usted
hasta la Isla del Infierno. Y luego me echaré a reír, cuando
fracasen sus palabras mágicas.
—Una chica lista, ¿eh? Kenneth no adivinó que ése es mi
destino. Y eso que estuvo dándole vueltas en la cabeza, desde
hace horas, a la forma en que yo iba a volver a Elajah.
—¿De verdad cree poder volver?
—Lo verás pronto. Si funciona, será tan sencillo como son-
reír.
—Me habría gustado conocerle mejor antes, por ejemplo
desde ayer. —Su voz sonó dolida—. Ojalá Kenneth me hubiese
permitido asistir a sus conversaciones.
—Gracias, pero yo le exigí que no hubiera nadie presente.
Claro que entonces no sabía lo maravillosa que eres. Tal vez
algún día incluso llegues a comprenderme, pero ahora debo
decirte que me gustará que esta noche sea la última que nos
veamos en este mundo.
—Eso suena a grosería.
—Quiero decir que para mí significaría un gran fracaso que
mañana volviéramos a encontrarnos aquí —rectificó Ray.
Anne estaba segura de que Kanable había querido decir
otra cosa, pero siguió caminando a su lado sin abrir la boca.
Mientras se adentraban en los jardines del College, volvió a
pensar en Kenneth Rosenman.
...Un segundo aniversario. Dentro de dos meses las Islas cum-
plirán dos años con nosotros. Recuerdo que en mi artículo del
primer aniversario se me ocurrió felicitarlas, y les preguntaba
hasta cuándo iban a estar con nosotros, y si algún día no llega-
rían a desaparecer de una manera parecida a la que irrumpieron
en nuestros paisajes.
Un antiguo camarada de regimiento, a quien no veía desde
hacía mucho tiempo, me dijo anoche que él temía que volviera a
reproducirse el fenómeno. Tomamos unas copas y terminé no
haciéndole caso. Pero esta mañana, cuando iba a empezar este
trabajo, me he preguntado si no tendría razón.
No deseo alarmar a nadie, pero debería extenderse por todo el
mundo un toque de alerta, y que se avisara inmediatamente a los
organismos competentes apenas se descubriese que había surgido
otra Isla...
(Nuevas Visiones, septiembre de 1991, editorial de K. Rosen-
man.)
LA PROFECÍA
Y LA ENCRUCIJADA
En cierto modo comprendía que Jorge mirase embobado a
la ankari, aunque me molestaba que lo hiciera tan descarada-
mente. El muchacho no apartaba los ojos de ella, y cuando la
chica se volvió para observarle temí que acabara cayéndosele
la baba.
Todos seguíamos pendientes de las palabras de Stenzel,
excepto los dos soldados. Ellos, movidos por un sentido prácti-
co, tal vez condicionados a causa de su preparación militar, no
parecían muy interesados en saciar su curiosidad, y se ocupa-
ban de localizar un buen lugar donde enterrar a su camarada
muerto.
Me desinteresé de ambos. No me iba a sorprender si luego
querían deshacerse también de los guerreros muertos. Allá ellos
y sus hábitos castrenses. A quien a veces echaba una mirada
preocupada era al mayor, que se sentaba inquieto, volvía a
levantarse, gemía, y no dejaba de lanzar grititos que nos mo-
lestaban. Nos miraba con expresión ausente, sobre todo al ho-
landés. Era curioso que le llamara más la atención el traje de
combate ankari de Adrián que el mío, me dije pensativo.
Apremié a Stenzel para que nos explicara a qué profecía se
había referido.
—Creo que debo marcharme —dijo evasivamente.
—Antes tienes que contarme lo que sepas —advertí.
—Está bien. Cuando los ankaris «sintieron» la llegada de
esta otra meseta, me pidieron que viniera hasta aquí con uno
de ellos, y me explicaron que habían llegado a ciertas conclu-
siones, como por ejemplo que el proceso aún no ha finalizado.
—¿Qué significa eso?
—No estoy muy seguro de haber entendido a esta mucha-
cha que me habló en nombre de la Familia. Su planeta-hogar
se halla en un lugar del cosmos que intentó explicarme sin
resultado. Me han vuelto a asegurar que ignoran si Elajah es la
Tierra en su pasado o su futuro. Ellos desconocían nuestra
existencia. Sólo están convencidos de que han venido a parar
muy lejos de su planeta, e ignoran por qué causa han sido
traídos hasta aquí.
—Pues no han descubierto mucho —dije, bastante desilusio-
nado.
Stenzel dibujó una enigmática sonrisa. Se apartó un poco
de mí y apoyó una mano en la góndola, al lado de donde estaba
la muchacha. Temí que saltara dentro de ella y se largara.
—¿Y esta gente que llamas inyindanis? ¿De dónde vienen?
¿Del mismo mundo que los ankaris? —preguntó Chris, señalan-
do a la chica—. ¿Cómo es que conoces el nombre de la raza de
los gigantes?
—Lo sé por esta muchacha. Creo que originalmente, hace
miles de años, las dos razas vivieron juntas en el mismo mun-
do, pero, mientras las Familias desarrollaban una filosofía muy
avanzada, los inyindanis continuaron sumidos en la barbarie y
practicando su deporte favorito: la guerra. A pesar de sus cons-
tantes matanzas, su número aumentaba sin cesar, y un día los
ankaris decidieron enviarlos a otro mundo, muy lejos de su
sistema planetario.
—¿Los expulsaron de un planeta al que tenían derecho a
vivir? Un sistema digno del Tercer Reich. —Griffin chasqueó la
lengua.
—¿Cómo llevaron a cabo el traslado? —pregunté—. ¿En
enormes naves.
—Los ankaris no hicieron ningún daño a un solo inyíndani
—protestó Stenzel, primero a Griffin y luego a mí—. Pero no sé
cómo hicieron el traslado. La Familia no supo decírmelo. Fue
hace tanto tiempo que lo han olvidado.
—¿Qué pasó con los inyindanis?
—En su nueva patria, en la nueva Inyindan, se encontraron
cómodos para procrear y también para matarse entre sí al
mismo tiempo. Sin embargo, algo bueno de las costumbres
ankaris quedó en ciertas tribus. Parte de su filosofía arraigó en
muchos inyindanis, y éstos repudiaron la violencia como cos-
tumbre habitual, limitándose a guerrear únicamente para de-
fenderse de las incursiones de las comunidades belicosas. Pero
eso ocurrió hace muchísimo tiempo. ¿Quién sabe cómo han
evolucionado al cabo de cientos de años?
Se volvió para mirarme y añadió, irritado:
—¿Es que nadie se ha dado cuenta de que hay inyindanis
que usan diferentes colores en sus tiras de tela? ¿Nadie ha visto
sus distintos signos en los petos? Los que llevan la banda dora-
da son seguidores de la filosofía ankari, y anuncian que sólo
pelearán si son atacados, mientras que los guerreros que por-
tan dos colores diferentes combatirán contra cualquiera que no
sea de su tribu, según su costumbre.
—El primer inyindani que vimos era un centinela y estaba
muerto. Llevaba esta banda —dije, mostrándosela a Stenzel en
los correajes que tenía Jorge—. Pero no lo matamos nosotros.
Al parecer estaba de guardia, vigilando el lugar donde poco
después apareció la meseta.
—Creo que algunos inyindanis poseen poderes premonito-
rios. Aquel que visteis podía estar esperando la aparición de
sus maestros ankaris —dijo Adrián. Su rostro se ensombreció
al añadir—: Habéis cometido una gran torpeza. La muerte de
ese centinela os costará muy caro. Con vuestra torpe actitud
habéis provocado la alianza entre las tribus que viven en este
trozo de Inyindan para expulsaros.
—Entonces no tienes otro remedio que ayudarnos.
Stenzel puso una mano en el hombro de la ankari. Le miré
furibundo. No me gustó que la tocara.
—Ella ha sido llamada por la Familia que vive en la nueva
meseta. La necesitan, según me ha dicho. Voy a volar allí con
ella en seguida.
—¿Por qué ella y no otra de las muchachas?
Stenzel me miró, sorprendido por el tono violento de mi voz.
—No lo sé. Ni me importa. Ahora estoy seguro de que me
será permitido integrarme plenamente en la Familia. Y será
pronto. Es lo que siempre he querido.
Envidié a Stenzel. Intenté pensar que yo ya tenía unas
obligaciones muy fuertes y estrechas con mis compañeros hu-
manos, estaba ligado a ellos, y creo que a Chris en especial.
—¿Y nosotros?
—Ah, debo hablaros de la profecía —sonrió Stenzel—. De-
béis ser prudentes hasta que empiecen a llegar más zonas de la
Tierra. Entonces podréis alojaros en alguna de ellas.
—¿He entendido bien? —inquirí, asustado. Me preguntaba
qué demonios estaría pasando mientras tanto en nuestro mun-
do, y las consecuencias que tendría para él si se cumplía la
profecía.
Stenzel señaló la mansión londinense.
—Tras unos cálculos que están fuera de nuestra compren-
sión, los ankaris han trazado un mapa en el que han marcado
los sitios donde aparecerán los nuevos grupos de terrenos, aun-
que no pueden predecir el volumen de cada uno. Por ejemplo,
esa casa pertenece ya a la siguiente oleada, es como un anticipo
de lo que ocurrirá aquí dentro de poco. No estoy loco si te digo
que en la Tierra ese edificio continúa estando en su barrio de
siempre, y sus propietarios ajenos a la inminente pérdida que
sufrirán del inmueble.
Agité la cabeza. No sabía qué decir.
—Señor Stenzel, ¿está seguro de lo que dice? —preguntó
Griffin—. Los soldados dijeron que las llamadas de radio par-
tieron de esta casa hace cinco o seis días. Si está aquí, ¿cómo
se explica que todavía falte algún tiempo para que comience el
nuevo ciclo de cambios? En todo caso, en estos instantes el
edificio ya habrá desaparecido de nuestro mundo, mientras
que las zonas condenadas al traslado estarán, como mucho, en
esa especie de limbo que cruzamos para acabar apareciendo
aquí.
—Es lógico que dude —dijo Adrián—. A mí también me
cuesta entenderlo.
—Entonces... ¿Quieres decir que en la Tierra habrá otro día
en el que las cosas y las gentes desaparecerán? —pregunté,
horrorizado.
—Eso es. En nuestro mundo, al cabo de más de dos años
del día en que nosotros desaparecimos, ocurrirán los mismos
hechos terribles por segunda vez. El cruce a través de una
extraña dimensión provoca un desfase en el tiempo. Yo fui uno
de los pocos seres humanos que sufrí el cambio al instante,
mientras que otros que fueron atrapados aquel dieciocho de
Noviembre estuvieron semanas, incluso meses, en ese limbo en
el que es posible que se hallen ahora miles de kilómetros cua-
drados de la Tierra del próximo ciclo que irán apareciendo en
Elajah dentro de poco, cumpliendo un proceso inflexible y pre-
visto. Algunos ya están firmemente aposentados aquí, pero sus
«copias» continúan en sus lugares de origen. Se produce un
desdoblamiento, y por algún tiempo existen dos materias igua-
les, una en cada lado, hasta que una deja de vagar en el limbo
y se consuma el «cambio», quedando la original a la espera, sin
saber cuál será el momento en que quedará rodeada de luz y
arrancada de su lugar para que una masa igual procedente de
Elajah ocupe el espacio que dejará vacío.
—¿Por qué ocurre todo esto, Adrián? —exclamé—. ¿Es que
el Universo se ha vuelto loco? ¿Te han hablado los ankaris de
si existe alguna esperanza de salir de Elajah?
—No sé por qué está pasando todo esto. En cuanto a tu otra
pregunta... Me respondieron místicamente que es posible esca-
par de cualquier infierno, pero la cuestión es saber encontrar el
camino adecuado. Yo lo busqué. ¿Recuerdas que te dije que
sentí mucha curiosidad hacia los fuegos fatuos?
—Cierto. En un principio pensabas que en esas pequeñas
áreas estaba la solución que buscabas cuando aún soñabas en
que algún día terminaría esta pesadilla para ti. Era una época
en la que deseabas volver a reunirte con tu esposa.
El rostro de Adrián se ensombreció. Me pregunté si no le
había gustado que le mencionara a Ingrid.
—Voy a contarte lo único que te oculté. He hecho algunos
experimentos. Cada vez que veía en la lejanía una luminosidad,
volaba hacia ella y me quedaba a su lado hasta que desaparecía.
—¿Te refieres a los fuegos fatuos?
—Sí. En algunas ocasiones arrojé objetos al fuego frío, y los
vi esfumarse. Pero a veces eran devueltos. Cierto día eché mi
reloj, y me fue restituido poco antes de acabarse el prodigio. Se
trata de un buen cronómetro calendario, y marcaba cuarenta y
ocho horas más tarde, o este mismo tiempo y la suma de un
mes exacto, pero creo que estuvo en el «otro lado» durante dos
días.
—¿Qué son los fuegos fatuos? —pregunté.
—Aún no lo sé, pero sospecho que son intentos fallidos de
traslación de masas desde otros mundos a éste. Una vez estuve
a punto de entrar en un fuego fatuo. Creía que si culminaba su
proceso podría volver, pero...
—¿Por qué no lo hiciste?
—Era como jugármelo todo a una posibilidad contra tres.
Podía terminar hallándome en Ankar, lo que sería un golpe
afortunado, en nuestro mundo, o en Inyindan. Pensé que arries-
gaba demasiado y desistí.
Quedé pensativo un rato. Al final reaccioné, después de
parpadear. Tenía que concentrarme. Dije:
—Voy a intentar convencer a esas personas de la casa para
que nos permitan ir en globo hasta ella. Si no quieren que
entremos, es posible que consientan en venir con nosotros a la
meseta. Si se quedan aquí, corren el peligro de que los inyin-
danis los maten tarde o temprano.
Al volverme descubrí, en la parte de la ladera que partía
del sur, que se acercaba el grupo formado por nuestros amigos
que se habían quedado en la cueva. Chris los saludó con una
mano, y yo me alegré de que estuvieran todos vivos. Al parecer
nadie había sufrido ningún percance durante la caminata.
Stenzel empezó a agitar negativamente la cabeza.
Nos distrajimos, nadie miraba al mayor, y cuando nos di-
mos cuenta de lo que pretendía hacer ya era demasiado tarde
para impedírselo. Blase se apoderó de la metralleta de Stolberg
y, de un salto, se subió al interior de la góndola, donde estaba
la mujer ankari. Le colocó el cañón del arma en la espalda y,
mirándonos con una expresión que me aterrorizó, dijo:
—Fuera todos, apartaos. ¡Largo de aquí!
Sentí rabia al ver que Blase aferraba a la ankari por la
cintura, le hundía sus sucios dedos en el vientre. Estaban en el
globo de Stenzel, y de reojo observé que ella nos miraba a
todos desesperadamente. El holandés llevaba otro lanzador pe-
queño en el antebrazo, pero no se atrevía a usarlo por miedo de
herir a la muchacha, tras la que se escudaba el mayor.
—Suelta la amarra —me ordenó Blase—. ¡Vamos, suéltala!
Dirigí a Stenzel una mirada interrogadora antes de obede-
cer.
—Hazlo —dijo el holandés, muy pálido.
Me acerqué al globo, preguntándome si sería capaz de sor-
prender al norteamericano. Pero éste no dejaba de vigilarme.
Liberé la góndola. Cuando el vehículo dio un pequeño salto y
Blase se apartó de la ankari para activar el quemador, Stenzel
intentó saltar sobre él.
Pero Blase habría perdido la razón, pero no sus reflejos.
El globo había subido unos pies, y el mayor bajó el cañón de la
metralleta hacia Stenzel, que se había agarrado al borde de
la góndola. Sonaron varios disparos.
Supongo que si los proyectiles le hubieran alcanzado en su
cuerpo protegido por el traje ankari el holandés habría escapa-
do sólo con unas fuertes magulladuras, pero le vi abrir los
brazos y caer hacia atrás con el rostro ensangrentado. Había
recibido los proyectiles en la cabeza.
Liberado bruscamente del peso de Stenzel, el globo dio un
gran salto hacia arriba y ganó bastante altura. Yo titubeé un
instante y me quedé indeciso, apuntando mi lanzador al ve-
hículo. Pero no disparé. Había pensado en agujerear el globo y
obligarlo a descender. No lo hice. Temí que cayera bruscamen-
te y la ankari resultase herida.
Corrí hacia el segundo globo, miré a Stenzel, y su aspecto
me impresionó. Debía estar muy mal herido, probablemente
muerto. No podía entretenerme más; salté al interior de la
góndola. Accioné torpemente el quemador. Antes de que despe-
gara, Jorge se arrojó dentro, y le maldije porque tuve que
calentar más el aire para ganar altura.
Lo último que vi de mis compañeros fue a Chris, que había
acudido a socorrer a Stenzel. Alzó la mirada hacia mí y me
agitó los brazos. No entendí lo que quiso decirme. Luego, al
avanzar unas yardas, siempre tras el vuelo torpe del globo
manejado por Blase, descubrí que el grupo precedido por Mi-
chael se reunía con los demás.
Jorge logró sentarse y me miró estupefacto. Creo que sólo
en aquel momento empezó a darse cuenta de lo que había
pasado.
Después de resoplar, dijo:
—Les alcanzaremos, Ray. Vamos a darle a ese yanqui su
merecido.
Yo confiaba en lograrlo. Tenía más experiencia que el ma-
yor en aquel tipo de globo, aunque él tal vez había practicado
con los del ejército.
Sin embargo, su ventaja era que él disponía de una metra-
lleta y un lanzador de gran tamaño. Recé para que no supiera
ponerlo en funcionamiento.
Mientras pensaba en eso, no dejé de aumentar la velocidad
de mi globo.
...Ya está. América del Sur hierve. África agoniza en medio de
la sequía y el hambre. Los Estados Unidos han reforzado su
frontera con México para impedir la invasión de miles de refugia-
dos que huyen de la represión. En el sur de Asia la violencia es
diaria, y las secesiones en la India se suceden una tras otra. En
Rusia los planes aperturistas reciben la unánime repulsa de la
vieja guardia, y en China vuelve a extenderse la cortina de bambú.
Este mundo necesita calma. Este mundo necesita un revulsivo.
('Nuevas Visiones, septiembre de 1991, editorial por K. Rosen-
man.)
LA ISLA DEL PARAÍSO
—Debí haber dejado a ese hijo de puta donde le encontré, y
que los inyindanis le hubieran pisoteado los huevos —grité
furioso, mientras introducía constantemente aire caliente en el
globo y manejaba el timón.
En mi ofuscación, causada por la ira que me dominaba, no
me di cuenta de que no había hablado en inglés. Usé el más
genuino acento del sur de España, y Jorge se volvió para mirar-
me asombrado.
—Bien que te has quedado conmigo, paisano —exclamó en
español—. Joder con el tío.
No estaba para explicaciones, pero a pesar de la tensión del
momento le dirigí un gesto como disculpándome. Debía man-
tener mi aparato encima del globo del mayor para evitar que
éste dispusiera de un ángulo adecuado y nos disparase.
—¿Qué hacías en Irlanda? ¿Te dedicabas a asaltar bancos?
—preguntó Jorge, gritando para hacerse oír en el viento, cada
vez más fuerte.
—Olvídalo, ¿quieres? Ya te explicaré.
Me maldecía constantemente, pensando que yo tenía parte
de culpa de que la ankari se encontrase en peligro, y mi rabia
se me hacía insoportable, imaginándome a Blase tocándola con
sus sucias manos.
—¿Cómo piensas hacerlos bajar? —preguntó Jorge—. Dia-
blos, nos estamos saliendo del terreno inyindani.
Efectivamente, Blase nos conducía fuera de la zona arbola-
da. Tenía puesto rumbo al noroeste, supongo que por el mismo
motivo que podía dirigirse a cualquier otra dirección.
Una de las veces que miré hacia abajo vi un par de pobla-
dos, formados por casas de mampostearía con techos blancos, y
alrededor de ellas a varios inyindanis. Volábamos como a unas
cincuenta yardas del suelo, y desde esta altura no alcanzaba a
distinguir los colores que llevaban prendidos en sus correajes.
En seguida empezamos a navegar sobre la tierra gris y hostil
del gran valle.
Jorge me tocó un hombro y señaló una oscura concentra-
ción de nubes en el norte, sobre el horizonte.
—Puede ser una tormenta de arena —dijo, preocupado.
Yo no estaba seguro de que lo fuera, pero me dije que debía
hacer algo antes de alejarnos más. En la mente enloquecida del
mayor no podía haber una intención lógica que justificase su
huida. En cualquier momento podía perder el control del globo
y precipitarlo al suelo.
Teníamos debajo de nosotros el vehículo de Blase. Ya sabía
que le seguíamos, puesto que en varias ocasiones le vi sacar la
cabeza para intentar apuntarnos con su metralleta, pero su
propio globo y las oscilaciones de la barquilla le impedían
encontrar un ángulo para dispararnos.
Me asomé y ajusté mi lanzador al mínimo. Calculaba que,
perforando ligeramente el otro globo, por más que el mayor se
esforzara por impedirlo inyectándole aire caliente, acabaría
perdiendo altura. Aquella solución, que no terminaba de gus-
tarme, era la única que veía posible; comprometería la integri-
dad de la ankari, pero su suerte sería peor si la dejaba en poder
de Blase. Además, podía ocurrir que todos acabáramos metién-
donos en la tormenta si continuábamos adelante.
Jorge adivinó mi intención.
—No hay otra forma?
—Esta o dejarles escapar.
Apunté con cuidado, y disparé un haz muy corto. La arena
impulsada produjo un agujero del tamaño de una moneda de
medio penique en el globo, y en seguida escuché silbar el aire
al escaparse.
Estaba pensando si debía provocar una segunda abertura
cuando vi que el globo se tambaleaba y caía demasiado rápi-
damente para mi tranquilidad.
Empecé a dejar escapar nuestro aire caliente y me mantuve
sobre la vertical del globo del mayor, hasta que éste tocó el
suelo. Había temido que cayera sobre una colonia de devorado-
res, de tramis o de algo desconocido y peor. Sin embargo, lo
hizo en una franja de césped y árboles, una mancha de verde
en medio del horrible tono gris de Elajah. No obstante, los
bordes de aquel trozo de mi mundo estaban siendo corroídos
por la materia oscura que lo rodeaba. Al contrario que ocurría
con las tierras de Inyindan, las procedentes de mi planeta se
descomponían a los pocos días de haber sido trasladadas. Así lo
había visto en todas partes, si exceptuaba el fenómeno observa-
do por Jorge cuando regresó al hotel Welbeck y comprobó que
allí, además de haber provocado la masacre de los devoradores
que lo invadieron, algo extraño había hecho retroceder el avan-
ce de las arenas grises sobre la hierba y los árboles.
El otro globo se estaba deshinchando, y conseguí que el
nuestro se detuviera a poca distancia encima de él. Antes de
echar la amarra, salté sobre el tejido que iba cubriendo la
góndola, utilizándolo como colchón de aire para amortiguar mi
caída.
De todas formas, rodé fuera del deshinchado globo y caí a
unos pasos de Blase, que forcejeaba con la ankari para sacarla
de la góndola.
Jorge acababa de estabilizar el globo a poca distancia y se
disponía a saltar. Corrí hacia Blase y le sujeté, logrando apar-
tarle de la muchacha. El mayor se revolvió y empleó contra mí
una fuerza que no le creí capaz de conservar. Sus manos se
engarfiaron alrededor de mi lanzador, y no pude evitar que
luego me rodeara con sus brazos. Ambos rodamos fuera de la
hierba.
Blase me golpeaba torpemente, pero sus puños me hacían
daño, los sentía a pesar del traje de guerra. Conseguí separar-
me un poco de él y le propiné dos puñetazos en el bajo vientre.
Era increíble, pero no conseguí separarme de él, seguía aferrán-
dose a mí, e intentó asirme el cuello con las manos.
Escuché un grito de advertencia de Jorge y una exclama-
ción de terror de la ankari. Entonces sentí que, debajo de Blase
y de mí, el terreno crujía. Al mismo tiempo percibí el conocido
olor a detritus, y mi sangre se heló súbitamente a causa del
miedo que sentí al comprender donde estábamos.
Habíamos caído encima de una colonia de tramis, los temi-
bles sables curvados que tan bien conocía.
De pronto tuve muy cerca el rostro descompuesto y babean-
te de Blase. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y su boca
vibró cuando el primer trami se enroscó en una de sus piernas
y sus bocas empezaron a morder.
Gritó de dolor al sentir que la hilera de dientes traspasaba
la tela de su pantalón y se le hincaba en la carne. Entonces me
soltó.
Me retorcí para incorporarme y retroceder hasta el verde y
agostado terreno de mi mundo. Chapoteé en la arena que se
agitaba a consecuencia del despertar de decenas de tramis.
Vainas delgadas y curvadas en su parte superior empezaron a
surgir por todas partes, rodeándonos. Varios de aquellos mons-
truos danzaron frenéticamente, y muchos iniciaron el acoso de
Blase. Otros se revolvieron contra mí. Antes de que hubiera
conseguido avanzar unos pasos hacia mi única salvación que
era el borde de hierba los tenía enroscándose en mis piernas.
Uno silbó y trató de ceñirse a mi cintura. Mis manos enguanta-
das lo agarraron, y conseguí desprenderlo. Aunque mi traje
parecía resistir las mordeduras, sentí a través de su fina pero
poderosa textura el roce de los diminutos dientes, que fracasa-
ban una y otra vez en sus intentos de devorarme.
Jorge y la ankari asistían impotentes desde el césped a mi
lucha contra aquella jauría. Intenté ponerme a salvo, evitar
que algún trami subiera hasta mi desprotegida cabeza. Si lle-
gaban a ella estaba perdido; un simple rasguño, y su veneno
me paralizaría.
Durante unos segundos vi que Blase estaba ya materialmen-
te cubierto por tramis. Se fue doblando muy despacio por la
cintura bajo el peso y el dolor infinitos que le infligían cientos
de dentelladas. Tuve tiempo para jurar que ni un hombre como
él merecía una muerte semejante.
Logré agitar mi brazo y disparé durante varios segundos el
lanzador, sin apuntar. Creo que el zumbido que produjo, junto
con el calor de la arena que proyectaba, apartó un poco de mí
a los tramis que me cortaban el paso, y conseguí alcanzar con
las manos el borde de hierba.
Mis amigos corrieron para ayudarme, pero vi que se dete-
nían. Delante de ellos se produjo en aquellos momentos la
aparición del fenómeno que conocíamos como fuego fatuo, jus-
to en un área situada entre ellos y yo, a pocos pies de la hierba.
Dos hordas de aberraciones dentadas se aprestaron a cor-
tarme el paso hacia uno de los lados situado fuera del fuego
fatuo. Los tramis parecían haber adivinado que yo tendría que
retroceder a su terreno y buscar otro acceso a la zona verde
para escapar de ellos.
El fuego fatuo aumentó su resplandor, y no lo pensé más.
Si permanecía otro segundo donde estaba acabaría cubierto de
tramis, y en el momento en que uno solo alcanzara mi cabeza
todo habría terminado para mí.
Había una posibilidad entre tres de acabar en un sitio poco
agradable, pensé, recordando las palabras de Stenzel acerca de
sus experiencias con los fuegos fatuos, pero incluso ir al mundo
Inyindan sería infinitamente mejor que quedarme en la colonia
de tramis.
Me arrojé al fuego fatuo. Detrás de mí, como si hubieran
sido expulsados por el resplandor, quedaron los tramis que se
habían enroscado a mis piernas.
LONDRES, 23:55 HORAS
—En el «otro lado» debe seguir brillando el fuego fatuo
—dijo Kanable cuando llegaron a poca distancia de la Isla del
Infierno—, mientras que aquí parece que sólo se muestra du-
rante unos segundos, al principio y al final del proceso.
—Entonces... ¿apareció usted aquí? —dijo Anne, observan-
do muy fijamente el extremo de la isla, el pequeño promonto-
rio que Kanable le había dicho que había sido su plataforma
para viajar de un mundo a otro—. ¿Qué sintió?
—No sabría explicarlo. He intentado recordarlo. Mis recuer-
dos son confusos. He intentado contarlo, está grabado en las
cintas. Ya las escucharás. Ahora no disponemos de tiempo.
Mira, el vigilante se irá pronto al otro extremo, y apenas dis-
pongo de los minutos justos para correr y situarme en el lugar
adecuado. Tenemos que despedirnos, Anne. Bueno, espero que
esto sea una verdadera despedida.
—¿Qué hará si su teoría está equivocada y el proceso no
sirve para volver?
—Lo lamentaré, créeme. Tengo que regresar.
—¿Por qué? No lo entiendo. Debe ser un lugar horrible si
todo él es como la Isla del Infierno.
—Hay mucha gente que me espera —sonrió Kanable—. Bue-
no, creo que me estarán esperando. Lo más seguro es que allí
nadie confíe en volver a verme. No sé lo que habrá pasado
durante mi ausencia, ni tampoco cuánto tiempo habrá trans-
currido porque el paso inevitable por esa misteriosa dimensión
es impredecible. Lo siento, Anne, pero tienes que esperar a
escuchar todo mi relato para comprender muchas cosas.
Kanable titubeó. A pesar de esforzarse por mostrar sereni-
dad, Anne creyó que se hallaba nervioso.
—Si todo sale como espero y me ves desaparecer cuando se
produzca el resplandor del fuego fatuo, no dudarás de mí.
—Pero siempre habrá quien no lo crea. Si hubiera traído
usted alguna prueba, un testimonio...
De pronto Kanable se subió la manga del gabán y despren-
dió el lanzador de su antebrazo. Lo puso en manos de Anne.
—Dáselo a Kenneth, y que él lo presente como una prueba
irrefutable de que cuanto he dicho es la verdad. El análisis del
metal y su tecnología será suficiente. Ésta no es la prueba que
le prometí, pero servirá. Te pido que apenas yo desaparezca
vuelvas con él. Pídele que te deje oír mis últimas palabras
grabadas antes de empezar a escuchar el relato completo.
—Es un arma muy extraña... —Anne levantó la mirada del
lanzador—. ¿No va a necesitarla en el «otro lado»?
—En las bolsas llevo todo un arsenal, además de muchos
artículos que nos ayudarán a sobrevivir. Sé indulgente conmi-
go cuando pongas en marcha las grabaciones. No me siento
orgulloso de todo cuanto he hecho.
—Oí el final, pero no comprendo lo que quería decir.
—Es posible que no lo escucharas todo. Adiós... o hasta la
vista, Anne.
—Parece tener poca fe en que las cosas salgan como desea.
Se alzó sobre las puntas de los pies y le besó en ambas
mejillas. Ray cogió las dos pesadas bolsas y le volvió la espal-
da, después de dirigirle una afectuosa sonrisa.
Antes de alejarse, dijo:
—No me refería a fracasar ahora, a que no consiga volver a
Elajah, sino todo lo contrario. Respóndeme con la verdad: ¿Es-
tarías dispuesta a seguir a Rosenman a cualquier parte?
—¿Eh?
—No me hagas caso. Pase lo que pase, creo que te veré
dentro de poco.
Anne se mordió los labios. Estaba perpleja. El vigilante
acababa de desaparecer tras el primer saliente de la Isla del
Infierno.
Retrocedió unos pasos, y se escondió detrás del gran árbol
donde había esperado con Kanable. Siguió al hombre con la
mirada.
Kanable caminó hacia la Isla del Infierno. No podía ir muy
aprisa a causa de las pesadas bolsas. Anne le vio saltar con
dificultad la doble valla de tubos de hierro y ascender por la
empinada cuesta de tierra gris, hasta situarse en la parte alta
del pequeño promontorio. Se quedó allí quieto.
Pasaron tres minutos. De pronto, el vigilante volvió de com-
pletar la ronda, y Anne se llevó las manos a la boca para
ahogar un grito de advertencia a Kanable.
Éste permanecía sin moverse en su lugar, con la cabeza
vuelta hacia donde estaba ella, pero Anne creyó que no podía
verla.
De pronto, cuando menos lo esperaba, de los pies de Ray
brotó una fosforescencia dorada que ascendió despacio, despa-
cio, hasta cubrirle todo el cuerpo.
El vigilante estaba al otro lado de la Isla del Infierno, y se
detuvo al ver el resplandor. Antes de que echara a correr para
averiguar lo que ocurría, el fuego fatuo se consumió, y al desa-
parecer se llevó consigo a Kanable.
Anne dejó escapar un suspiro y, muy despacio, empezó a
alejarse. Una pequeña parte de la Isla del Infierno del parque
se había volatilizado, y en su lugar había una mustia vegetación.
Cuando consideró que el vigilante no podía oír sus pisadas
apresuró el paso. Sentía la imperiosa necesidad de reunirse con
Kenneth Rosenman. Mientras se alejaba, apretaba el lanzador
contra su pecho.
...El pequeño retraso que ha sufrido este número en salir se
debe a que se publica, en forma resumida, el testimonio más
sensacional de toda la historia del periodismo. En otras publica-
ciones diarias tan sólo leerán la noticia de agencia, a las que he
informado inmediatamente, así como al gobierno de Su Majestad
y a los organismos internacionales.
Dentro de unas semanas se publicará un libro con mayor
profusión de detalles de esta singular narración.
El mundo ya ha rasgado el velo del misterio que rodea las
Islas del Infierno. Un hombre ha regresado de un lugar extraño.
De allí llegaron las rocas y arenas grises. Y allí terminaron nues-
tras islas robadas y los seres que en ellas estaban.
El hombre que ha vuelto ha reunido las impresiones de sus
compañeros de aventuras, y nos ofrece..
.
(Presentación de K. Rosenman del relato publicado en el nú-
mero especial de Nuevas Visiones, 18 de septiembre de 1991.)
16 de septiembre de 1991
LONDRES, 0:32 HORAS
—A estas alturas, Kenneth, habrá comprendido usted que
aparecí en la Tierra una noche, en el Regent's Park. Ahora ya
sabe dónde ocurrió, y del medio que me valí para regresar sin
habérmelo propuesto. Le aseguro que no sentí nada. Fue algo
parecido a lo experimentado en el hotel Welbeck, aunque me-
nos brusco. Mi paso por la dimensión desconocida debió ser
instantáneo. Me pregunto cómo será mi tercera incursión por
eso que me gusta llamar Limbo.
»Creo que, cuando aún me encontraba tumbado sobre la
porción de arena gris que había sido transportada conmigo,
experimenté la desagradable sensación de tener la mente en
blanco. Al cabo de un rato comprendí que la suerte había ele-
gido para mí la opción de volver a la Tierra, y no supe exacta-
mente qué pensar, si considerarme afortunado o no. De lo que
sí me alegraba era de haber escapado de los tramis. Y disponía
de una excelente oportunidad.
«Escuché acercarse los aburridos pasos del vigilante y de-
seché la idea de gritarle entusiasmado que había vuelto del
mismísimo infierno. De pronto comprendí que podía acabar en
un manicomio. Además, mi indumentaria no podía resultar
más escandalosa. Era de noche, y aproveché las sombras para
salvar dos vallas y correr hacia los árboles. Cuando estuve
detrás de ellos me volví para mirar lo que más tarde sabría que
era llamada una Isla del Infierno, una denominación bastante
adecuada, como ya he admitido.
»E1 vigilante volvió a alejarse, y yo necesité unos minutos
para descubrir, tras escuchar en el silencio de la noche los
rugidos de las fieras, que estaba cerca de un zoo.
»Y poco después vi a lo lejos la cúpula del planetario y el
edificio del museo de cera de Madame Tussaud, que había
visitado una tarde, hacía una eternidad. Comprendí en qué
parte de mi mundo había reaparecido.
»Hasta me pareció lógico que así hubiera sido. Nuestra
creencia de que estábamos en la teórica zona que debía ocupar
Londres era cierta.
«Entonces vi una tienda, y pensé que necesitaba algo que
ocultara mi traje de combate ankari. Aunque hasta entonces no
me había encontrado con nadie, no podía caminar mucho tiem-
po por las desiertas calles londinenses vestido con algo que era
como una segunda piel, calzado con botas y llevando guantes.
Mi aspecto debía ser ridículo o amenazante, pero irremediable-
mente llamativo.
«Rompí el cristal del escaparate, y elegí el gabán más largo
que encontré. Apenas se veían mis botas. No estaría muy ele-
gante, pero aquello era mejor que nada. No me entretuve en
buscar un traje completo porque la rotura del escaparate podía
atraer a la policía.
«Luego, mientras caminaba deprisa, fui recordando algunas
calles que me resultaban familiares. Me detuve en una cabina
telefónica y busqué en el interior de mis botas. Del dinero que
puse allí sólo quedaba un arrugado billete de veinte libras y
algunas monedas, entre ellas el souvenir de Lundy. Me pregun-
té qué podía hacer con tan poco efectivo.
«Ya le he explicado lo que sucedió a continuación, la bús-
queda de un hotel donde no me pidieron documentación, el
hallazgo de su revista. Al leer su nombre recordé, lo asocié con
Griffin, y decidí hacerme pasar por él para que me recibiera.
Luego vendría el choque emocional al darme cuenta de que
había estado veintidós meses ausente de la Tierra, diez días en
Elajah.
»Si todo cuanto me había dicho Stenzel era cierto, disponía
de dos días si quería aprovechar el «billete de vuelta» en que
se convertiría el fuego fatuo pasado este plazo. El resplandor se
había esfumado antes de que apareciera el vigilante. Si volvía
a aparecer, sería exactamente dentro de cuarenta y ocho horas,
y yo sería reintegrado a Elajah si en aquel momento me encon-
traba en él.
»Así empezó mi visita a la Tierra.
»De todo cuanto le pedí para equiparme y volver a Elajah,
lo que más le extrañó fue la inclusión de la cocaína, y seguro
que a lo largo de mi relato pensó en más de una vez que la
quería para tranquilizar al mayor, comprarle con ella. Ya sabe
ahora que ese desdichado no la necesitará más.
«Creo que la cocaína que había en el hotel invadido por los
devoradores fue la causa de que éstos cayeran fulminados al
poco tiempo, apenas engulleron la mercancía que ocultaban los
Livornes en la caja de seguridad, y que debió sacar el gerente
poco antes de morir. Tal vez me equivoque, pero es una teoría
que necesito comprobar. Si queremos que los trozos de la Tierra
que existen en Elajah, y los que habrá cuando quede concluida
la segunda oleada, se mantengan, debemos preservarlos de la
acción de la materia gris, y pienso que la cocaína, mientras no
encontremos otro producto más asequible, es lo único que pue-
de ayudarnos por el momento a conservar esas islas que han
sido arrebatadas de nuestro planeta, junto con las que se arran-
carán más adelante, y que para nosotros, en el otro lado, no
serán del infierno, sino del Paraíso.
«Puede imaginarse fácilmente para qué necesito el resto de
la mercancía que tanto le costó reunir. Unas pocas armas, mu-
niciones, utensilios de extraordinario valor en Elajah. Espero
que puedan ser reproducidos por los ankaris.
«Cuando trataba de conciliar el sueño la primera noche en
su casa, me dije que ojalá Stenzel hubiera podido decirme
cuáles son las zonas que serán afectadas por el siguiente prodi-
gio, para ustedes un nuevo Día del Misterio, otra jornada en
que cundirá el pánico. Por lo tanto, no puedo decirle nada al .
respecto. Ignoro cuándo sucederá con exactitud, pero creo que
será dentro de cuatro o seis meses a partir de hoy. Ya sabe que
existe una distorsión en el tiempo. Yo apenas he estado una
decena de días en Elajah, pero en la Tierra han transcurrido
casi dos años. Existe esa especie de limbo o barrera en la cual
los objetos trasladados permanecen un tiempo impreciso, a
capricho de unas leyes extrañas. Esa mansión con la pareja...
Tengo que hablarle de ella. No he dejado de pensar en su
misteriosa presencia, Kenneth. Y por fuerza tengo que callar
algo que me gustaría decirle, aunque sólo fuera para tranquili-
zar mi conciencia. El tiempo como dimensión y los aconteci-
mientos están fuertemente entrelazados, y considero que cual-
quier intento por cambiar lo que ha de suceder es una pérdida
de energía..., o muy peligroso. Pasará lo que está previsto que
pase. Lo siento por usted si mis últimas conclusiones no están
equivocadas. De todas formas, ¿cómo voy a convencerle para
que no cometa una locura y se aleje del peligro, si estoy seguro
de que nada le hará cambiar de intención? Porque usted, a
pesar de que considera el mundo de Elajah un infierno, deseará
conocerlo. Querrá ir a Elajah.
«A pesar de mis prevenciones, ya que no deseo involucrarle
más de lo que está previsto por el destino, no he podido evitar
dejar en mi relato suficientes indicios como para que llegue a
formarse cierta idea. Obre de acuerdo con la decisión que tome.
Por lo tanto, si yo no estoy equivocado, puede eludir el riesgo
con facilidad, o afrontarlo con todas sus consecuencias, porque
no podrá escapar de él, si es que el destino puede ser alterado.
«Albergo la esperanza de que los fuegos fatuos faciliten el
regreso de cuantos deseen escapar de aquel infierno al que yo
deseo volver. En cuanto a mi relato, que espero publique y
conozca todo el mundo, quiero que no esté firmado por mí,
sino por Gerald Griffin. Oculte que he sido yo quien he vuelto,
que se piense que ha sido Griffin el viajero y no yo; y si alguien
va a beneficiarse económicamente, que sea él. Es posible que
Griffin regrese algún día a la Tierra, aportando más datos que
hagan saber a la Humanidad lo que está pasando en Elajah. Si
no es así, tendrá que convencer usted a la opinión pública de
que él está en la Tierra y no quiere ver a nadie. Se está acer-
cando la hora, y debo marcharme. He de terminar pronto. No
tengo más que decirle, a pesar de que podría ser mucho. Usted
sigue en el restaurante, y falta poco para mi cita con el fuego
fatuo.
«Mi mente, en estos momentos decisivos, está un poco des-
quiciada, tal vez por ese temor que me ha estado atormentando
tanto estas últimas horas. ¿Imagina cuál es? Simplemente: que
aunque el medio de transporte para regresar no falle, temo
encontrarme muy lejos del tiempo en que abandoné a mis com-
pañeros, a mis amigos..., a los ankaris. Dejé solos a Jorge y a la
muchacha. Me horroriza la idea de que hayan podido pasar
meses o muchos años y no encuentre a nadie. Necesito volver a
verles, ir a la casa y esperar la invitación de sus moradores a
entrar, averiguar si Stenzel murió..., necesito saber tantas co-
sas a mi vuelta...
»Voy a prepararlo todo para irme. De pronto me ha entra-
do una gran prisa, un frenético deseo de que llegue el momento
decisivo y salir de dudas. No he buscado intencionadamente
esta despedida. Así acabó todo. Esto es cuanto pasó en Elajah.
Se lo he contado todo, incluso le he revelado mis sentimientos.
Espero que comprenda por qué quiero volver. Me atan dema-
siadas cosas allí. Sólo le he ocultado mi verdadero nombre, mis
razones por las que no quería que la policía me descubriera.
Hubiera implicado a demasiada gente que debe permanecer en
el anonimato. Mi trabajo lo considero muy importante para mi
país. Además, confío encontrarme con mi compatriota. Y la
chica. Sobre todo con la chica. Ella es mi razón, amigo Ken-
neth. Siento no poder discutir con usted algunas cosas que le
habrían gustado. Lamento haberme precipitado un poco, pero
durante su ausencia me he convencido de que es mejor que nos
despidamos así. Espero no tener dificultades en el parque para
volver a Elajah. Apenas dispongo de tiempo para llegar allí a
la hora prevista. Mi estancia en la Tierra está sujeta a un
horario muy estricto. Un horario de este mundo, que espero sea
el correcto. Sí no es así, volveremos a vernos, porque no tendré
más remedio que regresar a su casa con el rabo entre las pier-
nas, y eso es algo que no quiero que suceda. Ojalá no nos
encontremos de nuevo, Kenneth. Confío que esas personas es-
tén esperándome, que no haya pasado demasiado tiempo para
ellos. Dos horas nada más. Dos días aquí, dos horas allí. En la
Tierra se envejece rápidamente. Hasta la vista, tal vez.
—La cinta se detuvo a los pocos segundos de que se produ-
jera un total silencio en el salón.
Lentamente, Kenneth desconectó la casette, extrajo la cin-
ta, y la guardó como un preciado tesoro junto con las demás.
Miró el reloj. Era más de medianoche. Lunes. Aquél iba a
ser un día terriblemente agotador, lo presentía. Y se sentía
cansado, muy cansado, como si hubiera estado corriendo du-
rante mucho tiempo.
Se llevó lentamente un cigarrillo a los labios y lo encendió.
Apenas fumó; lo dejó consumir entre sus dedos. Luego arrojó la
colilla.
Cuando unos minutos más tarde escuchó el timbre de la
puerta, se levantó como impulsado por un resorte y corrió a
abrirla.
En el umbral estaba Anne, y él se echó a un lado para
invitarla a entrar.
—Necesito una copa —dijo ella. Depositó sobre una butaca
el objeto metálico que había llevado en los brazos.
Mientras vertía un poco de coñac en un vaso, Kenneth re-
conoció el lanzador de Kanable.
—¿Qué ha pasado, Anne? —preguntó, algo fatigado.
El sonido del timbre le había hecho pensar que Kanable
volvía, tras haber fracasado en su intento de regresar a Elajah.
Ahora, el lanzador sobre el asiento del butacón parecía anun-
ciarle que ya no volvería a verle.
—Encontré a Kanable en el Regent's Park. Me entregó su
arma. Cree que la necesitará como prueba.
—Hace muchas horas que decidí creerle.
—Él pensaba en los demás. Yo sospechaba que se trataba
de un fraude y pretendí desenmascararle. —Anne sonrió amar-
gamente—. Ya ve. Ahora estoy más convencida que usted. Le vi
desaparecer, Kenneth. Su cuerpo se disipó en medio de una
hermosa luminosidad que apenas duró un par de segundos. La
Isla del Infierno, la atracción del parque, vuelve a ser como
siempre, sin ese pequeño trozo que nadie se dio cuenta que
estaba de más desde hacía dos días. ¿Cree que habrá llegado
sano y salvo?
—De eso no tengo la menor duda. Sin embargo, me preocu-
pa la cuestión del tiempo. Sería horrible para él que allí hubie-
ran transcurrido años y que su llegada se produjera demasiado
tarde. Me pregunto si los ocupantes de la casa esperarán en
vano su regreso.
Anne no prestó mucha atención a sus palabras. Se sentó y
miró la cajita con las cintas.
—Sólo escuché un poco el final. ¿Me permitirá oírlas todas?
Kenneth asintió con la cabeza.
—Claro que sí. Tú comprendiste que Kanable iba al parque.
Fui un torpe. Debí adivinar que era allí donde daría el salto,
por llamarlo de alguna manera. No sé cómo no me di cuenta.
—No se atormente. Yo sólo tuve suerte, una intuición feme-
nina. —Después de beber medio vaso de brandy, Anne miró a
su jefe. Se dio cuenta de que había empezado a tratarle fami-
liarmente, y no lo encontró extraño ni irrespetuoso. De pronto,
ella también pasó al tuteo—. ¿Qué piensas hacer?
—Esta noche no voy a poder dormir. —Kenneth entornó los
ojos—. ¿No crees que valdría la pena llamar a los talleres e
interrumpir la edición de la revista?
—Sí, valdría la pena —sonrió Anne—. Saldrá a lo sumo un
par de días más tarde, pero compensará. ¿Quieres que transcri-
ba las cintas? ¿Lo haremos en una sola entrega, o dividiremos
la historia en dos o tres números? Tal vez haya material para
unas seis semanas.
—No me preocupa el negocio. Pienso que el público merece
conocerlo todo de una vez, aunque tengamos que editar un
número monográfico. Sólo suprimiremos algunas referencias
privadas de Kanable, y el narrador será otra persona. No me
mires así, es deseo de Raymond. Ya lo entenderás. Ordenaré
que tripliquen edición, y mientras se vende preparemos otras,
corregidas y aumentadas, en las que incluiremos las primeras
opiniones que recibamos.
—¿Y luego, Kenneth?
—¿Eh?
—Te pregunto qué haremos luego, cuando pase la sorpresa.
Rosenman se sentó al lado de Anne y la tomó por los hom-
bros.
—Desgraciadamente, esto no va a concluir tan pronto. Ha-
brá otro día del Misterio. Pero esto no podemos decírselo al
público. ¿De qué serviría si, desgraciadamente, Kanable no
pudo traer consigo los datos de las áreas que serán afectadas?
Sólo lo sabrá el Gobierno; que él decida.
—¿Estás seguro de ello?
—Sólo tenemos que esperar unos meses, hasta que sepamos
que ha vuelto a aparecer otra Isla del Infierno. Y esta vez los
cambios no serán todos al mismo tiempo, sino que se prolon-
garán durante semanas. ¿Kanable no te habló de ello?
—No..., no tuvo tiempo. Su comportamiento me pareció
algo misterioso. No lo recuerdo muy bien porque estaba nervio-
sa, pero se refirió a que podíamos volver a vernos y que desea-
ba estar equivocado. No lo comprendi muy bien.
—Lo entenderás cuando escuches las cintas. Kanable habla
de una casa que apareció en el otro lado, ocupada al menos por
dos personas muy tercas, de comportamiento extraño y obsti-
nado. Ahora que lo pienso, creo que había algo de lógica en la
actitud de esos individuos. Y esa casa, querida Anne, estaba
como preparada para enfrentarse a una situación muy peligro-
sa. Por ejemplo, su dueño había cambiado los cristales de las
ventanas por otros blindados, y había construido troneras des-
de las que poder disparar, y había puesto puertas de acero.
¿Por qué? Era como si hubiera sabido que iba a ser trasladado
a Elajah con la casa. ¿No es muy extraño?
—¿Kanable no tuvo tiempo de averiguar nada más?
—No. Pero apenas esté en Elajah, lo primero que hará es ir
a esa casa, a la que sus dueños ya no le negarán la entrada.
Ellos le dijeron que sólo se lo permitirían al día siguiente. La
incógnita está en que ignoramos si aparecerá al cabo de dos
días de su tiempo o después de años. Creo que él confía en que
todavía le estén esperando Jorge Valdivia y una deliciosa mu-
chacha de otro mundo llamado Ankar.
—¿Podrías localizar la cinta donde te describió la mansión?
—No es necesario, recuerdo que no hizo una descripción
muy profunda. Su relato no se distingue precisamente por ser
muy detallado. Era una vieja casa londinense, de rancio abo-
lengo, de dos plantas, con un porche, una pequeña escalera y
pintada de blanco...
—No ha desaparecido ninguna casa así en Inglaterra, al
menos que nos hayan informado.
—Pero va a desaparecer, Anne. La casa continúa en la Tierra,
aguardando su momento. Es... muy complicado, pero ocurre
así. Los objetos y las personas permanecen en una dimensión
desconocida, en un lapso temporal, en una especie de bucle
dimensional. Esa casa sigue aquí, y está al mismo tiempo en el
«otro lado», y si su dueño supiera lo que yo sé, escaparía de
ella para no verse atrapado.
Anne presentía tantas cosas a la vez que no se atrevió a
decir nada. Permaneció callada. Las manos de Kenneth resba-
laron de sus hombros, y ella las tomó entre las suyas.
—La zona residencial era Paddingley —murmuró Rosen-
man—. No hay que preguntarse si el dueño de esa casa dispuso
de tiempo para acondicionarla, llenarla de comida, de cosas
que serían inapreciables en el otro mundo para sobrevivir. Ha
de ocurrir así, porque Kanable y sus amigos vieron la casa
convertida en una pequeña fortaleza. Cuando veníamos del par-
que, Kanable se sobresaltó al ver cierta casa. Creo que la reco-
noció. Es la casa que desaparecerá.
—¿Y las personas? ¿Quiénes eran, quiénes se ofrecerán a
quedarse dentro cuando llegue ese nuevo Día del Misterio?
Kenneth sacudió la cabeza.
—Más de una vez, mientras escuchaba a Kanable, le envi-
diaba por haber estado en el otro lado, en ese mundo que
puede hallarse en otra dimensión o en el extremo de la galaxia.
—No sé lo que estás pensando.
Kenneth esbozó una sonrisa.
—Esta noche no podemos pensar más que en lanzar la
edición. Más adelante ya tendremos tiempo de tomar una deci-
sión. Quiero hacerte una proposición, Anne.
—Hazla.
—Tal vez sea pedirte demasiado. Ya te he dicho que Kana-
ble se refirió a una casa de dos pisos, con un porche y una
ventana sobre éste, pintada de blanco. No hay muchas así a
pesar de estar en Paddingley Road, un barrio elegante como
éste, y creo recordar una igual que está tres calles más abajo.
A su dueño no le importaría vendérmela.
Anne miró a Kenneth en silencio durante unos segundos.
Con voz muy baja preguntó:
—¿Quieres que me encargue de comprarla? Eso no es pedir-
me mucho, Kenneth.
—Espera. En la casa había un hombre, eso es seguro, pero
la segunda persona... pudiera ser una mujer. ¿Me entiendes,
querida Anne? Esas dos personas somos tú y yo.
...Apenas regresar de hablar con el Primer Ministro, mis ayu-
dantes me esperaban nerviosos para que acabara el prólogo del
libro Elajah, que Gerald Griffin ha revisado después de la publi-
cación resumida de sus testimonios.
Todo el mundo quiere ver a Griffin. Todos los medios de
difusión desean entrevistarle. Pero Gerald Griffin prefiere descan-
sar. Ha realizado un gran esfuerzo. Antes de disfrutar de su mere-
cido descanso y retirarse a un lugar tranquilo y protegido, llevó a
cabo la enorme tarea de escribir lo que ustedes pueden leer ahora:
sus memorias y todos los testimonios de cuantos estuvieron con
él en Elajah.
El Primer Ministro ha comprendido sus razones. Griffin no se
presentará al Parlamento. El jefe de la oposición también está de
acuerdo con la decisión de Griffin. El crédito concedido a cuanto
afirma es absoluto. Quienes recibieron la prueba de que él estuvo
en el «otro lado», como llamó a Elajah cuando volvimos a encon-
trarnos, esa arma denominada lanzador, en realidad una herra-
mienta para crear obras de arte, no dudan de que no pudo ser
construida en la Tierra.
El camino encontrado por Griffin para retornar a la Tierra
sigue abierto. Confiemos en que pronto otros Desaparecidos, ojalá
fueran todos, puedan estar de nuevo con nosotros.
(Del prólogo de Kenneth Rosenman para el libro Elajah, por
Gerald Griffin, Ediciones Rosenman, 5 de octubre de 1991.)
REGRESO A ELAJAH
Abrió los ojos y parpadeó.
Un tibio sol le cegó momentáneamente, y permaneció tum-
bado. Sentía bajo sus espaldas la aspereza de la arena. Cerró de
nuevo los ojos. Tenía los brazos extendidos, y sus dedos se
movieron alrededor de las asas de las bolsas. En ningún mo-
mento las había soltado.
Dios mío, he perdido el conocimiento, no sé cuánto tiempo
he permanecido en medio de una oscuridad total. He visto
luces en las sombras, formas extrañas en ese sitio, en el Limbo.
Esta vez todo ha sido muy diferente, demasiado dilatada mi
estancia.
Raymond Kanable miró las nubes marrones que corrían
perezosas por el cielo de Elajah. Porque estaba en Elajah. Ha-
bía vuelto, aunque no sabía a qué distancia en el tiempo de
cuando partió. Estaba muy cansado, como si hubiera hecho
andando el camino a través de las estrellas, miles de años luz
desde la Tierra.
Giró la cabeza, miró hacia su derecha. Un resplandor cu-
brió todo el lejano horizonte gris. Es una nueva aparición de un
pedazo de otro mundo en éste, pensó.
El segundo ciclo, se dijo. Sus dientes rechinaron. Tenía la
impresión de que iba a volver a perder de nuevo el conocimien-
to, y no quería.
Cuando volvió a despertar el sol no había avanzado dema-
siado en el cielo. Consiguió alzarse y se quedó sentado. Sus
manos continuaban agarrando las bolsas. Miró a su alrededor.
Estaba sobre un trozo de tierra gris. Detrás se extendía la
larga franja de hierba que una vez estuvo en el parque. Delan-
te, la masa oscura donde pululaban los tramis. Debajo de la
corteza de arena debían yacer los huesos de Blase.
A un lado descubrió el globo deshinchado, como el morro
de una ballena varada en una playa. No había el menor rastro
del otro globo, de Jorge ni de la muchacha ankari.
Se incorporó, sintiendo mareos. Tenía frío, y hundió las
manos en los bolsillos del gabán. A pesar del calor, le parecía
que el aire era frío aquella mañana.
¿Acaso no habían transcurrido sólo dos horas en Elajah
mientras él permanecía cuarenta y ocho en la Tierra?, jadeó
desesperado. Dios, Dios, ¿dónde estoy ahora, en qué lugar del
tiempo en Elajah?
Su esperanza de que Jorge y la ankari estuvieran aguardan-
do su regreso apostados en la seguridad de la franja verde se
había esfumado.
Se habían marchado. Quería suponer que, cansados de es-
perar, habían subido al globo y regresado con los demás.
Miró hacia el oeste. La isla inyindani no podía estar muy
lejos. Estaba armado, y con un poco de paciencia podía llegar
a ella caminando antes del anochecer.
Miró las bolsas. Eran pesadas, le retrasarían mucho. Quizá
no necesitara nada de cuando había traído. En la mansión
tendrían todo lo que quisieran. Rosenman era un hombre pre-
visor. Estaba seguro de encontrar dentro a todos sus amigos.
Una vez que él partió tras el mayor, Rosenman y Anne habrían
comprendido que ya podían darse a conocer a los que queda-
ban. El círculo del tiempo se había completado, ya no había
que temer que se rompiera.
Kanable empezó a sonreír. Se sintió mejor. No quería recor-
dar lo que vio, o creyó ver, mientras cruzó el Limbo.
Agarró las bolsas.
De pronto le pareció ver algo que flotaba lejos a su derecha.
Volvió la cabeza.
En el turbulento horizonte, que antes de desmayarse había
visto arder con una luz dorada, había un objeto que volaba
hacia él.
No podía ser otra cosa que el globo, pensó, alegre. Jorge y
la chica ankari regresaban a buscarle.
Ellos habían comprendido al fin que iba a volver.
Soltó las bolsas y empezó a agitar los brazos para llamar su
atención.
Voy a verla de nuevo, y ahora ya nada ni nadie podrá
apartarme de su lado, murmuró.
El objeto seguía acercándose.
Ella, la mujer de Ankar, estaría pronto a su lado.
Y luego, la aventura.
Elajah tendría que rendirse, acabaría sucumbiendo y les
revelaría todos sus secretos.
Fin.
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