viernes, 12 de septiembre de 2008

libro 3

Ángel Torres Quesada
LAS ISLAS
DE LA GUERRA




Trilogía de las Islas del Infierno

III

Ultramar Editores

Portada: Antoni Garcés.
1.a Edición: Marzo, 1989.
© 1988 by Ángel Torres Quesada.
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser
reproducida, almacenada en sistemas de recuperación de datos ni transmitida
en ninguna forma ni por ningún método, electrónico, mecánico, fotocopias,
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© Ultramar Editores, S.A., 1988. Mallorca, 49. & 321 2400. Barcelona-08029.
ISBN: 84-7386-520-0. Depósito legal: NA-202-1989.
Fotocomposición: Fénix, Servicios Editoriales / CompuSet, S.A.
Impresión: Gráficas Estella, S.A., Estella (Navarra).
Printed in Spain.

Indice

1.- 12 de Junio de 1992 EN LAS AFUERAS DE LONDRES, 12:15 HORAS 8
2.- 11 de Noviembre de 1992 MADRID, 14:12 HORAS 12
3.- UN OSCURO HORIZONTE 18
4.- ...UNIDOS A ELAJAH POR LA MAGIA 22
5.- 22 de Noviembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 20:05 HORAS 28
6.- AL CALOR DEL MEDIODÍA 32
7.- NUESTRO DESTINO 39
8.- 24 de Noviembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 14:34 HORAS 48
9.- MALOS PRESAGIOS 52
10.- EVACUAR LA MESETA 59
11.- 26 de Noviembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 20:12 HORAS 67
12.- EXTRAÑO DESTINO 72
13.- LAS FAMILIAS 78
14.- 28 de Noviembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 23:34 HORAS 87
15.- EL FULGOR DE DIOS 93
16.- SUEÑO EN LOS ROSTROS 100
17.- 29 de Noviembre de 1992 PUNTA PALOMA, 23:33 HORAS 108
18.- CAPITÁN DE ESCUADRA 114
19.- LOS VÍNCULOS 121
20.- MISIÓN DE RESCATE 130
21.- COMO UN RELÁMPAGO 139
22.- LA CIUDAD DE LOS VROWES 144
23.- EL IDIOMA DE ISRAEL 155
24.- UNA MÁQUINA OSCURA 161
25.- SUMIDOS EN LA OSCURIDAD 168
26.- MADRUGADA EN LA MESETA 180
27.- EL MORADOR DE LA COLUMNA 187
28.- LA PLATAFORMA 192
29.- EL MUNDO FABULOSO 197
30.- LUCES CELESTES 203
31.- LA COLUMNA VACÍA 211
32.- FIGURAS DE CERA 215
33.- INSTINTOS TERRESTRES 225
34.- EL TECHO BLANCO 227
35.- MI VIEJO AMIGO INGLÉS 232
36.- EN EL PRINCIPIO... 237
37.- CORTINAS DE FUEGO 242
38.- LA DEBILIDAD DEL ESCUDO 245
39.- OLAS ROMPIENDO EN UN ACANTILADO 251
40.- LA BOCA DEL POZO 257
41.- TORMENTAS DE ARENA 262
42.- 14 de Diciembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 14:30 HORAS 266





Y él mar devolvió los muertos que guardaba,
la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban,
y cada uno fue juzgado según sus obras.
La Muerte y el Hades fueron arrojados al largo del fuego...

Apocalipsis, 20, 13-14

—¿Te has vuelto loco? Estamos fuera de ciclo. ¿Has olvidado que es peligroso para ti?
—No podía esperar a la próxima reunión.
—Te advertí la primera vez del riesgo que corrías comunicándote conmigo fuera de ciclo.
—Lo recuerdo, pero te repito que lo que tengo que decirte es muy importante.
—Por el momento, parece que no te ha ocurrido nada. ¿Cómo te encuentras?
—Sólo un poco mareado.
—Maldito imprudente. Podía haber sido peor. ¿Qué está pasando?
—Nada que no sea capaz, de controlar. Amigo, vamos a poner en práctica tu plan.
—Hey, ¿hablas en serio? No estoy preparado todavía. Los dos tuvimos la idea y la hemos estado discutiendo, pero aún no está madurada.
—A partir de este instante quiero que te quemes las pestañas, si las tienes, para planificarlo todo minuciosamente.
—Es gracioso. Hasta hace poco eras tú quien me pedías paciencia, y ahoras me vienes con estas prisas. ¿Es que olvidas que el problema sigue existiendo?
—Creo haber encontrado la solución. Vamos a llevar a cabo un intento aislado, y luego se hará a lo grande, como tú querías.
—Bien, dime de qué se trata.
—La verdad es que todavía necesito perfilar algunos detalles.
—Ya.
—¿Dudas de mí?
—No, pero creo que deberías contarme lo que está pasando ahí. Temo que tengas dificultades.
—Claro que las tengo, me acaban de estallar de pronto en las narices. Me lo han comunicado hace apenas una hora. Por eso arriesgo mi cerebro contactando contigo fuera de ciclo. Voy a cortar pronto.
—Es lo mejor. No tientes la suerte. En el próximo ciclo ya me contarás todo...
—Nos saltaremos algunos ciclos.
—¿Qué dices?
—Has oído bien. Digamos que durante cinco ciclos no estaré en condiciones de establecer contacto contigo.
—¿Casi tres días?
—Sí.
—¿Por qué? Primero me sorprendes con esta repentina decisión, después de tantas dudas por tu parte, y ahora me dejas helado diciéndome esto. ¿Qué demonios está pasando?
—Tengo que largarme de aquí, no pararé en ningún sitio hasta que me encuentre seguro en un escondite de toda confianza. Hasta entonces, guardaremos silencio.
—Me inquietas...
—Tranquilízate. Te repito que dentro de cinco ciclos, como mucho en el sexto, restableceremos el contacto.
—Bien, si tú lo dices...
—Quisiera...
—Dime, dime.
—Tengo que pedirte algo especial. No será cualquier área la que usaremos, sino una determinada, que yo elegiré. ¿Podrás...? ¿Sigues ahí, no te has dormido?
—¿Quién puede conciliar el sueño contigo, maldita sea? Continúa.
—Te diré cuál será cuando la haya estudiado, exacta en longitud y latitud. Espero que puedas convertir las coordenadas que te daré.
—Sí, sí. Eso está a mi alcance. Oye, me encanta lo que está pasando. Me encontraba muy abatido hasta que apareciste tú. Creo que, de no haber sido por ti, hubiera tomado esa decisión que estaba meditando desde hace tiempo.
—¿Es que ibas a suicidarte?... Hey, ¿qué es eso que escucho? ¿Te estás riendo?
—¡Si. Es fantástico que captes mi risa.
—¿Qué has encontrado que sea divertido?
—Oh, no tiene importancia. Me ha hecho gracia que hayas pensado que me tentaba la idea del suicidio.
—Celebro equivocarme. Entonces, ¿qué te preocupaba?
—Ya me conoces. Tengo mis momentos buenos y mis momentos malos. A veces soy optimista, y a veces ni yo mismo me puedo aguantar. Oye... ¿Seguro que has encontrado una solución a mi problema?
—Claro que sí. Te lo he dicho.
—Es que no puedo creer que alguien se atreva a lo que yo no me atrevo. ¿Por casualidad eres tú ese loco? Ahora voy entendiendo. Una prueba, un intento. Quieres una restitución aislada. Vamos, que voy a tener visita...
—Oh, no. Yo no volvería ni atado y amordazado.
—Esto no es tan malo, de veras.
—Sigo teniendo pesadillas por las noches, y no me avergüenza reconocer que siento un pánico enorme recordando todo aquello.
—No te disculpes, te comprendo. Vamos a dejarlo. Ya hemos estado demasiado tiempo en contacto. Hasta el próximo quinto o sexto ciclo. Esperaré impaciente que me transmitas las coordenadas...
—Sí. Dentro de cinco ciclos, en el sexto como máximo.


1.- 12 de Junio de 1992 EN LAS AFUERAS DE LONDRES, 12:15 HORAS

Gerald Griffin observó cómo el Daimler en el que viajaban sir Warlock y Luis Castro se alejaba por el sendero. Cuando el coche se perdió de su vista tras los árboles, comentó con voz pausada, sin volverse:
—Pobre señor Castro. Se va pensando que no volveremos a vernos. Y me ha creído todo cuanto le he dicho. —Lanzó un suspiro—. He engañado también a ese sir inglés. Tal vez me equivoqué de carrera, y debí ser actor en vez de este extraño escritor en que me he convertido.
—En mi opinión, has revelado demasiado al español, Gerald —dijo Joshua Stolberg—. Pero me ha caído simpático. No merece ser víctima de lo que le va a pasar.
—Pero es necesario. —Gerald sonrió tibiamente cuando levantó la cabeza para contemplar el plomizo cielo. Estaba deseando marcharse de Inglaterra. A aquel cielo sólo le faltaba un tinte ocre para parecerse al de Elajah—. Sí, te cae bien, porque él y tú deseáis lo mismo.
—Tal vez. ¿Vas a dejarle al margen?
—Procuraré que no. Estamos en deuda con él. Una deuda demasiado grande. Ojalá los acontecimientos no nos impidan enviarle una invitación. —Se apartó de la ventana y miró al otro hombre—. Joshua, tienes mala cara.
—¿Cómo no voy a tenerla, si apenas he dormido en las últimas cuarenta y ocho horas?
Griffín escuchó pasos sobre la alfombra. Por la manera de caminar adivinó que McCormick regresaba. Volvió la cabeza y le dirigió una expectante mirada.
—¿Y bien? —inquirió. De reojo observó a Stolberg servirse un vaso de whisky. La boca se le hizo agua, y el sonido de los cubitos de hielo en el vaso le sonaron a música celestial.
McCormick recogió su gabardina y su sombrero. Dijo pausadamente, con una media sonrisa en los labios:
—Tengo que entregarte una carta llena de sellos oficiales y firmas, pero su contenido ya lo conoces porque te lo dije anoche por teléfono. —Sacó un sobre y lo dejó sobre la mesa—. Puedes tirarlo si quieres.
—Me conformaré con que me expliques por qué está ocurriendo esto. Todo lo que me dijiste ayer de madrugada fue claro pero muy escueto.
—No podía extenderme más. Quería que lo supieras cuanto antes. El primer paso que debo dar es requisar los originales y entregarlos a mis superiores. Como sospechabas, no se publicará nada de cuanto has escrito y permitiste leer a Castro en casa de sir Warlock. Luego, tengo que rodear esta casa para evitar que huyas, y procederé a echar a patadas a todos esos estúpidos guardaespaldas tuyos. A partir de este momento dispones de media hora para hacer el equipaje y marcharte con Joshua. Los documentos que necesitaréis están preparados; un hombre de confianza os los entregará. Al atardecer, ninguno de los dos podrá salir del país. Después del mediodía se dará la alarma y os buscarán.
Griffin dejó escapar un suspiro de resignación.
—Lo esperaba, incluso esta pequeña traición de sir Warlock. Estaba seguro de que ocurriría apenas le hice entrega de la charretera para que se la diera a Castro, junto con una copia de mi trabajo. Bueno, quizá no sea un traidor. Él se considera un buen súbdito de Su Majestad británica actuando así. ¿Qué más me reservan los buitres, McCormick?
—Su intención es llevarte a los Estados Unidos dentro de uno o dos días. Ya ves que no te queda otra solución que aceptar mis condiciones. Hasta anoche no me informaron de que habían descubierto la superchería del sobre escondido con importantes revelaciones y que por lo tanto podían parar tu proyecto de publicar el manuscrito. Incluso me engañaste a mí en lo referente al famoso sobre. Gerald, creo que debiste decirme la verdad desde el primer momento.
—Me encantaba ser más listo que tú por una vez. Bien, tus condiciones son ahora irrenunciables para Joshua y para mí. Ojalá no tenga que arrepentirme de aceptarlas —suspiró Griffin. —Yo también lo espero —gruñó Joshua—. Nunca me has gustado, McCormick. Espero que no tenga que buscarte para matarte si tú y ese alemán no cumplís vuestras promesas. ¿Has comprendido? Voy a preparar las maletas. Nos queda poco tiempo.
EJ escritor le vio salir de la biblioteca, luego escuchó sus pasos presurosos por las escaleras. Miró a McCormick.
—Ya conoces a Joshua —dijo—. No ha necesitado fingir delante de nadie para que todo el mundo piense que te odia. Pero es un buen chico, y no te romperá la cara a bofetadas si te portas bien. Y respecto a herr Kirschner, ¿has tenido tiempo de comunicarle que acepto?
—¿También le has explicado el asunto de la charretera, lo importante que es para mí? En realidad, es vital para el proyecto.
—Naturalmente. Pero, al igual que yo, Kirschner cree que debiste demorar un día más la entrega de la charretera a Luis Castro. Esto nos hubiera ahorrado el trabajo que vamos a tener que hacer.
Griffin negó con la cabeza.
—Ya estaba acordado con sir Warlock que hoy se la devolvería. Si le hubiera dado una excusa hubiésemos levantado sospechas, y Joshua y yo no dispondríamos ni de esa media hora que nos concedes.
—Al principio herr Kirschner no lo entendió, y tuve que contarle que sin ella no podríamos llevar adelante la operación. Le ha costado mucho creerme, pero después de saber que en ese pedazo de hierro estaban los recuerdos de Kanable, no ha tenido más remedio que creerlo todo. Él y su equipo harán lo que tú les pidas. Guido Kirschner tiene carta blanca en el asunto y se ocupará de todo.
—¿Y de Luis Castro quién se ocupará?
El gales soltó un jadeo, luego se rió.
—Mis hombres en Madrid. Ya les he llamado.
Griffin frunció el ceño.
—¿No será peligroso?
—En absoluto. Son de toda confianza. Kirschner les pagará en mi nombre por su trabajo.
—No quiero que se haga ni un rasguño a Castro. Físicamente tiene que salir ileso. Si sigue los consejos de sir Warlock, no irá directamente a ver a sus superiores para entregarles la charretera, sino que viajará a Punta Paloma y fingirá encontrarla allí. Por lo tanto, tenéis tiempo de actuar con serenidad: nada de violencia.
—Sería mejor que te olvidaras de él. ¿Qué te importa lo que le pase a ese tipo?
—Tiene que hacerse como digo. Yo también impongo mis condiciones.
—Como quieras. ¿Alguna cosa más?
—¿Los billetes de avión y los pasaportes?
—Un hombre os lo entregará todo en Heathrow, y recuerda que viajaréis con nombres falsos. —Sonrió—. No vayas por ahí firmando autógrafos.
McCormick empezó a abrocharse la gabardina y a alisar el ala de su sombrero.
El escritor caminó por la biblioteca, pasó por delante de la mesa donde estaba la botella de whisky, la miró fijamente, acabó dándole la espalda y se derrumbó en uno de los sillones.
—¿Por qué lo haces, McCormick? —preguntó, cuando el gales se dirigía ya hacia la salida—. Puedo entender el proceder de Luis Castro porque lo hace por su hermana, pero, ¿y tú? ¿Es que piensas solicitar una plaza? ¿Vas a decirme que tú también tienes un pariente en Elajah al que quieres rescatar?
Desde el umbral de la puerta, el galés se volvió un poco, sonrió y dijo:
—Yo no iría allí ni aunque mi madre estuviera encaramada en un palo untado de grasa y rodeada de tramis.
—Conociéndote, seguro que lo dices de corazón. Pero te juegas el cuello, tal vez no puedas seguir en Gran Bretaña después de esto. Podrían descubrir tu juego, tu..., ¿por qué no llamarlo por su nombre? Tu traición a tu país.
—El mundo aún es muy ancho a pesar de las Islas del Infierno. —Hizo una inclinación de cabeza y dijo, antes de cruzar la puerta—: Nos veremos dentro de unos días, Griffin.
—Repito las coordenadas: Longitud, 5 grados, 43 segundos oeste. Latitud, 36 grados, 3 segundos norte.
—Correcto.
—¿Por qué precisamente ese lugar, entre tantos como podías elegir?
—Está cerca de donde me encuentro desde hace meses. ¿Sabes que es un sitio estupendo? Pero ahora hace frío... Tengo que pedirte que te des prisa.
—Hago todo lo que puedo.
—Lo sé. Pero los acontecimientos se están precipitando.
—Te comprendo desde que me explicaste por qué tuviste que salir huyendo en pelotas y esconderte. Bien. Calculo que dentro de doce ciclos podré darte el momento exacto.
—Lo harás, estoy seguro.
—No me sobreestimes. Algunas cosas, en realidad la mayoría, aún las desconozco. Ocurre que soy un autodidacta.
—Un estupendo autodidacta, diría yo. Quizás en los próximos ciclos no podamos hablar de nuestras frivolidades y tengamos que limitarnos a los asuntos importantes, amigo.
—¿Por qué?
—No dispondré de tanto tiempo libre como ahora. Estoy esperando una visita.
—Vaya, te felicito. Has estado buscando a ese amigo tuyo desde hace mucho tiempo. Espero que no te rompa las narices cuando te pongas delante de él. Me alegro de que al fin lo hayas localizado.
—La verdad es que no estoy seguro de si estará aquí mañana. No, no estoy nada seguro.


2.- 11 de Noviembre de 1992 MADRID, 14:12 HORAS

—Mierda, a quien menos esperaba ver aparecer era a usted —exclamó Luis Castro, al abrir la puerta de su apartamento y reconocer al hombre que le dirigía una sardónica sonrisa desde el otro lado.
—Buenos días, señor Castro —saludó Joshua Stolberg, ejecutando un amago de entrar.
Pero Castro no se movió, y obligó al norteamericano a quedarse donde estaba.
—¿Qué busca?
Joshua, sin cesar de sonreír, abrió los brazos y dijo con voz amistosa:
—Vengo en son de paz, amigo. No me sorprende verle con tan mala cara, pero le juro que no esperaba un recibimiento tan poco amistoso.
—Es usted malísimo mintiendo. Lo que debió esperar de mí es una patada en los huevos. Y todavía me pregunto por qué no se la he dado.
—¿Le importa que entre? No me gusta hablar en los pasillos.
—Y a mí no me gusta recibir a gente como usted.
—¿Racista? —rió Joshua.
—En absoluto. En este país no nos molestan los negros, tal vez porque apenas los hay. Está bien, entre. Podría verle algún vecino, y acabaría pensando que tengo amigos muy poco recomendables.
Luis se apartó. Mientras Stolberg pasaba por su lado, dirigió una preocupada mirada al descansillo y estiró el cuello para ver si había alguien arriba o abajo de las escaleras. Luego tosió y cerró la puerta de un golpe.
El norteamericano avanzó, volviendo la cabeza a un lado y otro y chasqueando la lengua reprobadoramente. Se detuvo debajo del arco de medio punto que conducía a un saloncito en el que reinaba un desorden total y dijo:
—No me ha visto entrar nadie, se lo aseguro. El tipo que le vigila desde la cafetería de enfrente estaba en el servicio. Lo comprobé.
—¿Qué puñetas quiere de mí? —espetó Luis, rebuscando en una caja de madera. Sacó un cigarro y lo despuntó de un bocado—. Casi me había olvidado de su negra cara. ¿Qué hace aquí? Ya me han fastidiado ustedes bastante.
Joshua sacó un encendedor y acercó la llama al cigarro que se agitaba en los labios de Luis, que sostuvo la mirada del otro mientras aspiraba. El español tenía un aspecto horrible: profundas ojeras, barba de tres o cuatro días y el pelo revuelto. Su camisa estaba arrugada y los pantalones también, muy caídos bajo su hundido vientre.
—Nosotros no le hemos fastidiado, señor Castro —susurró el norteamericano—. ¿Puedo sentarme?
Luis se encogió de hombros.
—Tire lo que vea encima de cualquier silla y acomódese, o siéntese en el suelo, como prefiera.
—Gracias, muy amable. Mi visita acabará alegrándole, señor Castro. —Joshua estudió los sillones y las sillas del salón. Se dirigió a una de las últimas y de un manotazo arrojó al suelo varias revistas y un par de camisas sucias. Entre ellas había una botella vacía, que se hizo añicos al caer—. Oh, lo siento. No la había visto.
—No se preocupe. Un día de estos mi asistenta hará las paces conmigo y decidirá volver, suponiendo que no le asuste el trabajo que le espera.
—Lamento verle así, señor Castro.
—¿Qué esperaba? Después de la jugarreta que me hicieron, todavía tengo suerte de que no haya ido a parar con mis huesos a Ocaña. Pero no se preocupe, todo se andará. El caso no está cerrado todavía.
—Sé que está expedientado.
—Debo tener tantos expedientes sobre mi cabeza, que si me los arrojaran encima todos a la vez quedaría aplastado por varias toneladas de papel —jadeó Luis. Inclinó otra silla y la sacudió de un montón de periódicos y cajas con restos de comida. Tras acomodarse, con el cigarro fuertemente mordido entre los dientes y las piernas cruzadas, inquirió—: Bien, dígame de una vez a qué debo el honor de su visita y larguese.
—Llámeme Joshua. Y creo que podríamos tutearnos
—Oh, gracias. A mí, ya sabes, puedes llamarme Luis. Cristo, estoy emocionado. Nunca me había pedido un negro que le tuteara.
—Vamos, vamos, no te esfuerces. Estás buscándome las cosquillas para liarte a puñetazos conmigo porque quieres desahogarte, y por eso me insultas. Yo no quiero pelearme contigo. Por el contrario, vengo dispuesto a ser tu amigo.
—Eres un cerdo. Peor que eso. Contigo no se atreverían ni a hacer comida para perros.
—¿No vas a invitarme a una copa?
—Ni lo sueñes. En esta casa no queda ni una gota de alcohol. Llevo cinco días sin pisar la calle, y no conozco a nadie que me haga el favor de subirme unas botellas de whisky. Desde anteayer no lo pruebo. Por eso me encuentras sereno, negro hijo de puta.
Joshua Stolberg se pasó una mano por la cara. Cuando la retiró todavía sonreía, pero algo forzadamente.
—Maldito seas —rezongó. Alzó la cabeza y dijo lentamente—. Mira, voy a decirte para qué he venido, o al final te saldrás con la tuya y nos pegaremos. Estás cansándome, ¿sabes?
—¿Te preocupa destrozarme el apartamento? Podemos ir a la calle, a algún descampado, y le pediremos al tipo que me vigila que actúe de árbitro.
Stolberg echó una ojeada al salón, al sucio desaliño que había hasta el último rincón. Soltó una risa sincera.
—Esta pocilga no podría quedar peor de lo que está, puah. Luis, te concedo veinte minutos para que te metas en la ducha, te afeites y te vistas con un traje decente.
—Si no me hubieran retirado la licencia de armas y la pistola, te pegaría un tiro. Pero puedo encontrar un cuchillo en la cocina.
—¡Mierda, escúchame de una vez: yo no tuve la culpa de nada!
—Tú y Griffin la tuvisteis. Y también ese envarado sir inglés, Patrick Warlock, y el mamón de..., ¿cómo se llama?
—McCormick.
—Ah, sí. Pues bien, ellos y el condenado gobierno de Su Graciosa Majestad me tendieron una trampa. —Luis hizo un gesto grandilocuente con las manos, añadiendo con voz gangosa—: Os hice caso a todos cuando me dijisteis con una gran sonrisa: Váyase tranquilo a casa, míster Castro, muchas gracias por el favor que nos ha hecho; llévese la charretera, entréguela a su gobierno; nosotros no diremos la verdad, afirmaremos que todo el informe ha sido obtenido de otra fuente para no involucrarle, y usted quedará cojonudamente ante los suyos. Reciba nuestros parabienes.
—Sé lo que pasó, Luis. No tienes que dramatizar.
—¿Sabes que, apenas bajar del avión, se me acercó un tipo y me puso una pistola en los ríñones, me llevó hasta un coche donde me esperaban otros tres gorilas, y entre todos me pidieron con muy buena educación que les entregara el maletín? Y yo, tonto de mí, quise resistirme. Me gané unos cuantos golpes. Desperté en la cuneta. ¿Esto lo sabes también?
—Sí. Y no nos gustó lo que pasó.
—¿Nos? ¿A quiénes?
—A Griffin y a mí, hombre. Estamos de tu parte, a ver si lo entiendes. ¿Es que no te has enterado de lo que nos ha pasado a nosotros?
—¿A qué te refieres?
—No se ha divulgado nada, pero Gerald y yo creímos que tú, gracias a tus contactos, sabrías que los dos tuvimos que huir de Inglaterra la misma tarde que te fuiste.
—¿Contactos? —Luis jadeó—. ¿Crees que me quedan contactos? ¿No sabías que han estado más de un mes interrogándome, llevándome de un sitio para otro? Alguien comunicó a Madrid que yo volvía de Londres con la charretera, pero otros se adelantaron y me la birlaron. ¿Y en qué situación me dejaron? Cuando llegué tumefacto a mi casa, me estaban esperando con sus hipócritas sonrisas y me la pidieron. Sólo les faltó someterme al detector de mentiras o inyectarme el suero de la verdad.
—Claro que sabemos eso, Luis. Mira, a Griffin también le engañaron; intentaron tenderle una especie de trampa, pero escapamos de ella. Nosotros no hemos tenido nada que ver, de veras.
Luis dejó de fumar, tosió varias veces, y por primera vez estudió con cierto interés al norteamericano.
—¿Cómo os engañaron? Ese escritor borracho se echó para atrás, no tuvo cojones de publicar lo que me dio a leer, las nuevas memorias de Kanable. ¿Dónde está ese libro que leí? ¡Por ninguna parte! ¿Le convencieron finalmente de que no lo hiciera a fuerza de arrojarle billetes a la cara?
Joshua se levantó bruscamente.
—Se acabó. Mi paciencia está agotada. Luis, he arriesgado mi pellejo viniendo aquí hasta tu maloliente apartamento. Dios, no sabes lo mal que huele esto.
—Si esto es una pocilga, entonces estarás en tu ambiente.
Joshua agitó la cabeza.
—Tal vez no hayas bebido desde ayer, pero la cabeza no te carbura bien. Me pareces un hombre muy distinto al de aquel día, cuando entraste en la casa para hablar con Griffin. Entonces pensé que tú y yo teníamos algo muy importante en común: los dos hemos perdido un hermano en Elajah, y también los dos queremos ir a buscarle. Pero ahora empiezo a creer que Griffin y yo nos equivocamos contigo, y que no mereces que te cuente el motivo de mi presencia aquí.
Luis se quitó el cigarro de los labios, lo miró, contempló su brasa, el hilillo de humo que se desprendía de ella. Transcurrieron unos segundos, tensos y largos. De pronto, sin mirar al otro, dijo con voz ronca:
—Sí, todos los disparates los cometí por mi hermana. Pobre Anita. Ha pasado ya demasiado tiempo.
—No importa el tiempo para nosotros, Luis. Lo importante es llegar a Elajah en el momento justo.
—Tonterías. Estoy cansado de todo. Si no me largo a otro sitio es porque todavía, al cabo de cinco meses, me siguen a todas partes. Estoy suspendido de empleo y sueldo, sin un céntimo, y mis amigos, los pocos que me quedan, se esconden cuando me ven para no tener que prestarme unas pesetas. Nadie sabe la verdad, y yo no puedo contarla.
Joshua apoyó una mano en su hombro.
—Lo siento. Creo que debí haber venido antes. Has pasado por un infierno durante todo este tiempo, pero tus penalidades han terminado, amigo.
—Yo no soy tu amigo. Lárgate de una vez y déjame en paz. No puedo creerte, ni siquiera creo que hayáis tenido que escapar.
—Nos ha costado dar contigo. De haber podido, hubiera venido a buscarte mucho antes, pero hasta ayer no conseguí esta dirección.
—Tuve que dejar el otro apartamento, era demasiado caro y no podía pagarlo, y de éste me van a echar cualquier día. Bueno, ya has visto cómo estoy. ¿Por qué no te largas a la selva y buscas a Tarzán?
Joshua agarró a Luis por los hombros y lo alzó en vilo. Después de zarandearlo varias veces dijo:
—Ya está bien. Vístete, ponte algo decente y vámonos de una vez.
—Hey, no seas loco. No iríamos muy lejos. Nos seguirían. Hay un tipo que me espía desde la acera de enfrente.
—Nadie nos seguirá. Ese tipo duerme sobre la tapadera de un retrete. Vamos, deprisa. No tenemos mucho tiempo.
—¿Y dónde quieres que vayamos?
—Tú necesitas que alguien te explique en qué asunto estamos metidos. Griffin lo hará. Te espera en un lugar seguro.
—¿Es que Griffin está en Madrid?
—Un poco más lejos. ¿Tú no naciste en el sur? Pues por allí anda Griffin, esperándonos. Maldito seas, Luis, ¿es que no lo entendiste? Griffin no podía decirte nada delante de Warlock cuando habló contigo.
—¿Qué maldita cosa se calló?
—Averiguó cosas a través de la charretera, muchas más de las que te dijo. Sus descubrimientos te parecerán sensacionales. Te necesita, Luis. Considera que tiene una deuda muy importante contigo, y desea pagártela.
Luis se zafó de Joshua de un manotazo. Le miró irritado.
—Creo... recordar que mencionó algo de eso, que la charretera encerraba otras propiedades que nos parecerían fabulosas —musitó. Abrió los ojos, más exasperado aún—. ¿Acaso es cierto lo que empiezo a sospechar?
—¿Para qué te saltaste todas las reglas y le llevaste a Griffin la charretera, para qué le quisiste sobornar con ella?
—Maldita sea, ¿es que no lo sabes?
—Claro que lo sé. Pretendías un pasaje para Elajah. Creíste que él podría dártelo como pago a tus servicios, pero aquella mañana no pudo decirte lo que querías oír. Ahora sí. Griffin ya puede contentarte.
—¿Griffin puede enviarme a Elajah?
—Exacto.
—Maldito negro, podías haberlo escupido apenas entraste.
—Te pegaría, Luis. Te pegaría con ganas. ¡No me has dejado!
—Espérame un minuto. Me afeito y me pongo unos pantalones limpios. Me ducharé más tarde.
Entró en el dormitorio, seguido por Joshua. Allí, el negro vio una cama revuelta, un desorden tan grande como el del salón. Mientras se quitaba los pantalones y, en calzoncillos, buscaba un traje en el ropero, Luis preguntó a su visitante:
—Espero que no me mientas, Joshua. Dios, no puedo creerte, lo siento. —Se ajustó el cinturón. Rebuscó en la mesita de noche y empezó a afeitarse con una maquinilla a pilas.
—Bien, creo que si te adelanto algo dejarás de comportarte como un idiota y me harás caso —suspiró Joshua—. Estamos en condiciones de trasladar a Elajah a una o varias personas.
—¿Pero cómo?
—Eso te lo explicará Griffin en su día.
Luis tiró la maquinilla sobre la cama. Miró a Joshua.
—¿Estás seguro de lo que dices?
—Yo no, pero Griffin sí.
Tomando una cazadora de cuero del respaldo de una silla, Luis agarró a Joshua de un brazo y tiró de él hacia la salida.
—¿Qué estamos haciendo entonces aquí? Venga, negro perezoso.
—Por Jehová, recuérdame que luego te propine un puñetazo.
—Vale.


3.- UN OSCURO HORIZONTE

Su último recuerdo era que estaba nadando. Entonces todo sucedió de una forma fulminante y fantástica para ella. Ana Castro, Anita para sus amigos e íntimos, creyó haber parpadeado un par de veces, e inmediatamente vislumbró algo extraño y difuso encima de un oscuro horizonte que apenas permaneció en sus retinas un latido de su entonces acelerado corazón.
Nunca olvidaría, sin embargo, que antes del prodigioso suceso tenía la mirada puesta en el grupo de chicos y chicas que la animaban desde la orilla a que alcanzara la pelota de goma que la bajamar se llevaba en su reflujo. Ninguno de ellos se había atrevido a zambullirse, temiendo encontrar el agua demasiado fría a aquella hora tan temprana de la mañana.
En aquel instante se vio rodeada de una luz blanca y deslumbradora. Fue entonces cuando parpadeó y tuvo la visión del extraño horizonte. Antes de que su mente fuera sacudida por la verdad de lo que estaba ocurriéndole, dejó de ver a sus amigos, la arena de la playa y la gran duna blanca que se alzaba a su izquierda. Dejó de estar en el agua, dejó de vivir en la Tierra, y dejó de respirar el aire con sabor a sal y aroma de algas de la costa atlántica gaditana.
Al segundo siguiente, o al otro minuto, o en la lejana eternidad, estaba en Elajah.
Ana Castro cayó al suelo en medio de una turbulenta y espumeante masa de agua, como si de pronto hubiera sido engullida por la succión de un torbellino. En el momento antes del relámpago el agua podía cubrirle la cabeza si tocaba la arena del fondo con los pies. De pronto, ya no había ninguna profundidad. Su espalda rozó algo blando, luego dio un salto y sacó la cabeza por encima de la agitada superficie del agua que bajaba de nivel, y se quedó sentada y mirando perpleja a su alrededor. Las olas habían desaparecido de repente y, sentada como había quedado, el agua apenas le llegaba a la cintura.
Contempló atónita la pequeña laguna que la rodeaba. Un poco más allá vio un borde de arena humedecida, y sobre ella varios peces asfixiándose en el aire. Entonces no les dio importancia, no pasó por su mente la idea de recogerlos. Todavía no sabía dónde se encontraba, ni había pasado remotamente por su imaginación que los echaría de menos cuando cayera en la cuenta de que le habrían servido para saciar el hambre que pronto iba a sentir.
Cuando se puso en pie, frotándose la espalda y, anduvo turbada unos metros por la zona enfangada, chapoteando ruidosamente, levantó la cabeza y contempló el nublado y amarronado cielo, el débil sol que se ocultaba tras la muralla algodonosa. Sufrió una violenta convulsión al ser golpeada brutalmente por la idea de lo que le había pasado, y dijo susurrante, asustándose de oír su propia voz en medio de aquel silencio:
—Mierda, estoy en...
No llegó a pronunciar la palabra Elajah, aunque la pensó, porque en aquel instante descubrió un hermoso y fugaz relámpago en el cielo que se alejaba en dirección a un punto del horizonte que luego sabría era el norte en aquel mundo, como también lo era en la Tierra. Se quedó mirándolo hasta que desapareció, preguntándose qué podía ser. Entonces, tras aspirar una bocanada de aire, que encontró denso y cargado de un sabor dulzón, consiguió decir:
—Esto es Elajah. ¡Mierda!
Caminó por el barro gris, casi negro. El nivel de la charca bajaba rápidamente. El suelo reseco absorbía con avidez el agua llegada del Atlántico. Pisó algo que se agitaba, y levantó rápidamente el pie al sentir aquel contacto frío y vivo. Resopló aliviada al descubrir que era un pez. Sus ojos redondos y saltones agonizaban, y a los pocos segundos dejó de moverse.
—Has venido a parar a un sitio de lo menos recomendable para tí, pequeñín —dijo nerviosamente, todavía temblorosa. Lo primero que imaginó al sentir al pececito era que había pisado un trami o un devorador—. Maldita sea, pero si aquí no hay agua. ¿Por qué se te ha ocurrido venir? ¿No te lo habían advertido?
Ni gente, se dijo en silencio; tampoco había gente allí. Sabía que el miedo podía acabar apoderándose de ella, y trató de hacer un esfuerzo para comprender lo que le había ocurrido. Allá donde había ido a parar no había seres humanos. Sólo desolación y muerte por todas partes.
Bien, le había tocado; sin embargo, jamás pensó que pudiera ocurrirle a ella, y mucho menos estando a varios metros de la orilla, nadando tranquilamente y burlándose de sus amigos, animándoles a que se lanzaran al agua con ella. Había sucedido que en el mortal sorteo que estaba volviendo loco a todo el planeta le había correspondido el premio gordo de la mala suerte.
Era una Desaparecida más, que a diferencia de la mayoría de los Desaparecidos no había sido arrojada a Elajah sobre un trozo de terreno o en el interior de una casa, sino envuelta en un gran volumen de agua de mar, que el reseco suelo de aquel lugar no cesaba de absorber. Se arrodilló, hincando su rodilla derecha en el fango, y con una mano tomó un puñado de aquella oscura arena.
Dios mío, estoy en otro mundo, en ese lugar que el escritor Gerald Griffin visitó; de pronto me encuentro a millones de años luz de la Tierra, o quizás a milenios en el pasado o en el futuro de mi planeta, murmuró mientras el barro gris se deslizaba por entre sus dedos. No puedo creerlo, pero sé que es cierto. Me ha tocado, me ha tocado. ¿Cómo sospechar que yo iba a ser uno de esos desgraciados que desaparecieron en un instante hace años y que ahora vuelven a desaparecer día tras día? Es tan grande la Tierra... ¿Por qué me ha tocado a mí? Según las estadísticas, es más fácil morir en un accidente aéreo, o pillar el cáncer o el SIDA, que ser enviado aquí. Pero me ha ocurrido, me ha tocado. Y, maldita sea, no es fácil escapar de esto, porque, de todos los seres que fueron secuestrados, sólo uno volvió.
Y, para colmo de desgracia, ni siquiera estaba en un sólido pedazo de su mundo donde sentarse a descansar, un trozo de hierba o de buena tierra en la que poder dormir cuando llegara la noche y sentirse segura de que no sería sorprendida por una bandada de sables curvados o por una horda de bolas dentadas. Conocía a estas alimañas por haber leído el libro de Griffin, que devoró apenas apareció en su versión original: su hermano Luis lo llevó a casa el mismo día que se recibieron varios ejemplares en las oficinas del Comité en Madrid.
Bien, pues a lo hecho pecho, pensó, apretando los dientes. A su favor tenía el que no estaba en las precarias condiciones de los Desaparecidos que acabaron en Elajah el Día del Misterio, ya que ella al menos disponía de ciertos conocimientos y sabía, en teoría por supuesto, cómo eran los peligros que la acechaban. Pero, maldita sea, en su contra tenía el haber sido arrancada de la Tierra junto con una gran masa de agua, que ahora se filtraba en el subsuelo y se evaporaba con rapidez en aquel cálido ambiente.
Y, además, no llevaba encima nada más que la parte inferior de su bikini. Se estremeció al recordar que aquella mañana estuvo a punto de meterse en el agua completamente desnuda, para animar a sus amigas a que hicieran lo mismo. No es que le importara andar por aquellos solitarios parajes en monokini, pero pensaba que estaría mejor con un vestido, que al menos la librara de los mosquitos. Pero, ¿había mosquitos en Elajah?
Dios mío, ¿y mis amigos? Estaban en la orilla. Se preguntó angustiada si alguno habría sido atrapado también, y echó a correr por todo el perímetro enfangado, hasta que al llegar a uno de sus bordes resecos se detuvo bruscamente. Ante ella se extendía una inmensa llanura de arena gris. ¿De qué forma se identificaba, según el libro, la arena donde se escondían las alimañas de Elajah a la espera de una víctima? Esas carroñeras siempre hambrientas nunca estaban a la vista.
Retrocedió y empezó a dar vueltas, mirando a todas partes. Por la posición del sol, después de recordar que allí aparecía y se ocultaba casi igual que en la Tierra, se atrevió a calcular que era alrededor del mediodía, aunque en Elajah la noche llegaba antes, como en un invierno en el norte de España. Bien, no había el menor rastro de nadie, de ningún ser humano. Otro maldito golpe de mala suerte, se dijo. Nadie había sido arrastrado con ella a Elajah. Estaba sola. Maldita sea, mierda de suerte. Aquel tipo, Griffin, además de haber tenido la fortuna de volver a la Tierra, apareció en Elajah acompañado de gente, y disponían de vehículos, y mientras huían, creyendo todavía que se hallaban en la Tierra, fueron encontrando a más seres humanos.
De pronto se fijó que en dirección al sur brillaba un extraño montículo. Hizo sombra sobre sus ojos con la palma de la mano y volvió a mirar con más atención. Le pareció que la fuente brillante era una especie de ingente formación de vidrios de colores. Pero quedaba lejos, como a unos dos kilómetros, y aunque el terreno que se extendía hasta allí era rocoso, no se sentía con ganas ni tenía el valor suficiente para caminar tanto con el fin de satisfacer su curiosidad.
Mientras la oquedad siguiera mojada no estaba dispuesta a abandonarla. Pensaba que, en un mundo donde el agua era escasa, o probablemente no existía, la llegada de aquellos miles de metros cúbicos actuaría como un agente ahuyentador de las depredadoras formas de vidas nativas. Seguro que los tramis y los devoradores nunca habían tomado un baño en su vida, y habrían huido como ratas de la inundación si en el momento del cambio estaban agazapados en el subsuelo.
Se sentó en el borde del alargado cráter, con las piernas encogidas. Observó morir a los peces. Ya casi ninguno se movía. Sacudió la cabeza. Ella no quería acabar así, pataleando como una imbécil, muriéndose de sed. Porque estaba segura que acabaría muriendo de sed antes que de hambre.
Durante un momento cerró los ojos y se esforzó por recordar todo cuanto había leído en el libro Elajah, el Otro Lado, de Gerald Griffin. El escritor norteamericano, hasta el momento, era el único hombre que tras haber sido declarado oficialmente Desaparecido había conseguido regresar de lo que él mismo llamó Infierno Gris en su obra, asegurando que su nombre oficial, adoptado por muchos seres, humanos de la Tierra y de Ankar, era Elajah. Griffin se presentó una noche en Londres y contó sus experiencias a cierto editor inglés, quien se apresuró a publicar la historia primero en una revista y luego en un libro que continuaba vendiéndose como rosquillas calientes en todo el mundo.
Al diablo el libro y la envidiable suerte de Griffin, decidió. Lo importante ahora era recordar todo lo que se afirmaba en el relato; tenía que aprovechar las experiencias adquiridas por el otro.
Abrió los ojos, y parpadeó al elevarlos en dirección al sol que flotaba tras las nubes. Veamos, ¿cómo decía el libro? Griffin escapó de Elajah porque cayó en un fuego fatuo. Ana miró a todas partes. No vio un solo fuego fatuo cerca. No le importaba que las frías llamas color oro pudieran llevarla al mundo de los inyindanis. Inyindan no podía ser peor que Elajah. Pensó que si veía una de aquellas zonas, al parecer cambios que no acababan de consumar el prodigio entre Elajah y otro mundo, no lo dudaría y se arrojaría a ella de cabeza. Además, podía tener la suerte de acabar en Ankar y encontrarse rodeada de seres maravillosos, de chicas de una belleza irreal, como las describió Griffin, y que Raymond Kanable conoció mejor que nadie. Sonrió. Y los hombres de aquella raza, al parecer, eran también muy atractivos.
Volvió a escrutar los alrededores, fijándose en cada pequeño risco gris que sobresalía de la llanura y en los desniveles del terreno. Todo era una gama de tonalidades grises, no había el menor atisbo verde o de otro color agradable. El Día del Misterio no hizo surgir ninguna Isla del Infierno cerca de Punta Paloma, reflexionó, lo cual significaba que cerca de donde estaba no iba a encontrar un solo pedazo de su mundo. Tampoco había sucedido algo parecido durante las jornadas que los periodistas llamaban la Segunda Oleada, iniciada inesperadamente pocas semanas antes. Si en aquella parte de la provincia de Cádiz había desaparecido algún pedazo, ella no tenía la menor noticia.
Lamentaba ahora el que desde hacía algún tiempo le hubiera aburrido el tema de las Islas del Infierno, tal vez porque su hermano siempre estaba ocupado con ellas y, cuando se veían, no hacía más que hablarle a todas horas del enigma que cada vez le apasionaba más. A Luis le encantaba su trabajo en el Comité, no añoraba su anterior destino en una comisaría de barrio. Bueno, a fin de cuentas era su trabajo, con el que se ganaba la vida y a ella le permitía continuar unos estudios universitarios que tenían todas las trazas de ser eternos. Sí, sentía de veras no haber prestado más atención a su hermano cuando le hablaba de las malditas islas.
Había quedado con Luis que se encontrarían por la tarde, y lo había estado deseando ansiosamente, porque tenía que pedirle dinero para poder continuar las vacaciones y alquilar unas tablas. Pero Luis iba a llevarse un gran disgusto cuando se enterase de que la única víctima de la aparición de la Isla del Infierno en Punta Paloma había sido ella. Bueno, creía que no había más desaparecidos, puesto que seguía sin descubrir a nadie cerca.
De pronto se estremeció. El calor que descendía del cielo cubierto de nubes iba secando la arena que la rodeaba. Aquélla iba a ser una noche terrible para ella. Y encima se había equivocado. Pronto anochecería. Había llegado a Elajah muy al atardecer.


4.- ...UNIDOS A ELAJAH POR LA MAGIA

Al cabo de un rato susurré:
—¿Es que no lo entendéis?
Jorge Valdivia parecía haber olvidado a qué me refería. Mantuvo cerrada la boca, se limitó a mirarme, y esperó a que yo le sacara de dudas.
Esshei no se movía. Continuaba sentada ante los paneles, indiferente a lo que un momento antes había ocurrido: la desaparición del trozo de Elajah con los vrowes. Parecía que sólo estaba interesada en conducir la nave al norte, hacia la segunda Meseta Roja. Volví a pensar en lo que había visto, una gran masa de agua suspendida durante unos segundos en el aire, y que de pronto se había precipitado al suelo recién rebañado por el efecto del cambio.
Ella hubiera debido detener la nave. ¿Por qué siguió adelante, imperturbable? Apenas pude ver esfumarse aquel pedazo de terreno, no me dio tiempo de estudiar realmente lo que surgía en su lugar, con cuál de los mundos que estaban unidos a Elajah por la magia se había producido el trueque.
—¡Esos demonios han podido ser enviados a la Tierra o a Ankar! —grité de pronto.
Jorge agitó la cabeza.
—Te has olvidado de Inyindan. ¿Es que no te preocupan los inyindanis? —me reprochó—. Esa partida de energúmenos también ha podido ser arrojada al mundo de los gigantes, ¿no? Pero puede ocurrir, o ha ocurrido ya, que ese grupo haya regresado a su maldito mundo de origen. O puede que queden flotando eternamente en el Limbo. —Se encogió de hombros—. Nunca se sabe lo que puede ocurrir al atravesar ese paso, que tú dices es oscuro, y donde creíste ver hombres y cosas extrañas.
Farfullé algo ininteligible. Si había algo que me enfureciera más que sentirme desnudo era la pérdida de mi charretera. Al volver del Templo de Cristal había confiado en recuperarla, pero la súbita culminación del proceso del fuego fatuo que fluctuaba cerca de donde fueron arrojados los vrowes me arrebató las pocas esperanzas que me quedaban. Mi preciado traje de oro se había largado a otro mundo, a cualquiera de los que por el momento estaban misteriosamente conectados con Elajah a través del Limbo.
Pensé amargamente que, antes de dirigirnos al Templo, hubiéramos debido intentar recuperar mi charretera deteniéndonos un instante sobre la zona donde Adrián Stenzel había caído entre los enfurecidos vrowes. ¿Por qué tanta prisa para ver aquella extraña construcción de cristales de colores que una torpeza de Esshei había acabado convirtiendo en añicos? Ahora no había templo, la muchacha no disponía de su fuente de información, y yo me sentía irritado por haber pedido mi segunda piel, dorada y casi invulnerable.
No pude evitar que mis ojos se posaran en el metal oscuro que llevaba Jorge sobre su hombro derecho, en su charretera. Tenía que hacerme con otra, me había acostumbrado a su liviano peso, a su tacto cálido, y a la sensación de seguridad que me proporcionaba. Sin ella era como ir desnudo, o peor, y ahora casi lo estaba a pesar de vestir grotescamente unas tiras de cuero y un faldellín vrowes.
—Resígnate, Ray —escuché decir a Jorge—. Y anímate. ¿Ya has olvidado lo que nos decías hace un momento? ¿Dónde has dejado tus proyectos?
Acabé sonriendo. El chico, para no variar, tenía razón. ¿Qué importancia tenía la charretera, si disponíamos de una nave con la que podíamos hacer realidad todos los proyectos que compartíamos Kenneth Rosenman y yo? No merecía la pena llorar la pérdida del costoso equipo que trajera el editor a Elajah, ahora que habíamos conquistado lo que podía ser la única nave existente en Elajah, capaz de llevarnos a cualquier parte de aquel misterioso planeta, e incluso a otros mundos si, como parecía ser, era un vehículo estelar. ¿Por qué no volver a la Tierra a bordo de ella, si no descubríamos el medio de hacerlo con ciertas garantías a través de los fuegos fatuos?
Tomé asiento al lado de Esshei. La chica era como una esfinge. Sus facciones no se movían en absoluto. Si no fuera porque de vez en cuando sus dedos rozaban alguna sección del panel, subiendo o bajando módulos y doblando las formas geométricas que eran los extraños controles, juraría que se hallaba en trance. Lo achaqué a que todavía no había digerido la destrucción del Templo, hecho del que sentía culpable por no haber previsto que, al ser acompañada por nosotros, seres de otro mundo, activaría un extraño dispositivo de seguridad que lo pulverizaría todo antes que liberar los conocimientos que encerraba.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a la Meseta? —pregunté. En seguida escuché un gruñido de reproche de Jorge. Quizás el muchacho creía que ella no debía ser molestada—. Porque vamos a ir a la Segunda Morada, ¿no?
La respuesta de Esshei tardó tanto en llegar que empezó a irritarme.
—Apenas amanezca —dijo al fin.
—Éste va a ser un viaje demasiado largo...
—No quiero forzar los sistemas de impulsión.
No entendí aquello. Noté que una mano de Jorge se apoyaba en mi hombro. Tiró de mí, obligándome a levantarme; cedí, y consentí en seguirle hasta la sala grande que se abría detrás del puente de mando.
Jorge me miró furioso.
—¿Qué estás haciendo? No la molestes más.
Fruncí el ceño.
—No la veo tan agotada como hace un rato...
—¿Es que no lo entiendes? Está preocupada y triste, sus ojos no brillan como antes desde que pasó lo del Templo.
—Bueno, tal vez aparezca otro. Si ocurre, ella lo sabrá, aunque surja al otro lado de este mundo. Adivinó que había aparecido ése, ¿no? Pues también sabrá en qué momento llega uno nuevo.
La verdad es que no confiaba en que de Ankar nos lloviera otro Templo de la sabiduría que ilustrara a Esshei de todas las cosas que necesitaba conocer.
Jorge me apartó otros metros del puente, llevándome hasta cerca de la salida del salón donde horas antes fuimos obligados a batirnos con los vrowes. Todavía podía verse en algunas partes del suelo la sangre de aquellos seres, ahora seca y oscura.
—Está ocurriendo algo raro, amigo —dijo Jorge en voz baja, mirando preocupado a Esshei.
—Diablos, explícate.
—¿Es que no te diste cuenta? Ella nos dijo que el Templo venía de Ankar.
—Claro.
—Pero el Templo estaba a ras del suelo, como lo están los pedazos de la Tierra que llegan a Elajah. —Viendo el gesto de incomprensión en mi rostro, añadió nerviosamente—: Las áreas de Inyindan aparecen a unos dos o tres metros por encima de la superficie de este lugar, la gran extensión de Vrow se eleva casi cinco metros, y las mesetas de Ankar tienen una altura de cuarenta o cincuenta metros. ¿Por qué, entonces, el Templo de Cristal estaba a nivel del suelo gris? Y no había ninguna zona de vegetación roja a su alrededor, ninguna prueba de que procediera de Ankar.
—El terreno que lo circundaba tenía un aspecto, ahora creo recordar, como más oscuro, no exactamente compuesto de arena o rocas grises, pero era muy poco extenso, apenas un par de metros de ancho —susurré, visiblemente impresionando por la revelación de Jorge. ¿Cómo no me había dado cuenta de aquella anomalía?—. ¿Qué crees tú?
—¿Cómo voy a saberlo? Sólo he comprobado que hay algo extraño, pero no puedo decirte qué es. Y no se te ocurra preguntarle a Esshei nada al respecto.
—¿Por qué? Ella podría darnos la respuesta.
—No lo creo. Por el momento, es mejor que no le recordemos el asunto del Templo. ¿Es que no la ves preocupada y triste?
—Maldito seas, claro que sí, pero no sé a dónde quieres ir a parar.
—Yo tampoco —jadeó el muchacho—, pero sospecho que a ella le ha ocurrido algo importante en el templo.
—Seguro. Se siente culpable de su destrucción. Le preocupa la falta de la información que hubiera podido obtener. No es para menos.
—No sé. Me temo que es algo mucho más grave. —Antes de que yo le increpara para que me revelara sus inquietudes me dijo—: Seamos prudentes. Ahora dependemos demasiado de ella para inquietarla más.
—¿Qué demonios temes que le ocurra?
—Ojalá me equivoque, pero temo que pierda la razón.
Jorge ya me había dado la espalda y se alejaba de mí. Me quedé observándole unos segundos. Me pregunté si realmente temía que Esshei, sometida a tantas presiones durante los últimos días, estuviera en peligro de sufrir un agotamiento psíquico que dañase de forma temporal o permanente su cerebro, o simplemente me mentía, trataba de asustarme para que dejase en paz a la muchacha durante algún tiempo. No quise pensar que Val hubiera urdido semejante patraña con el fin de alejarme y permanecer con ella más tiempo a solas.
De todas maneras, procuraría comportarme prudentemente con Esshei, no le plantearía por el momento ningún problema, y olvidaría el interrogatorio exhaustivo al que me hubiera gustado someterla; pero no dejaría por ello de observar el comportamiento de Jorge, y si aquel maldito enredador no se mantenía también apartado de ella, estaba dispuesto a ajustaría las cuentas de una vez por todas y dejar las cosas claras y en su justo lugar.
Me acerqué al borde del puente de mando y dije:
—Sería conveniente inspeccionar la nave de punta a punta. Necesitamos conocer sus posibilidades para albergar pasajeros humanos.
—Es una magnífica idea —sonrió Jorge, pero sin moverse del lado de Esshei.
—Tú vendrás conmigo. Es un trabajo para los dos.
—Claro, tienes razón.
Se apresuró a seguirme; sonriéndole, le invité a dirigirse al túnel de salida.
Unas horas después estábamos de regreso, y ninguno de los dos podíamos ocultar nuestra satisfacción. El recorrido por la nave nos había convencido de que sólo teníamos que llevar a cabo unos pequeños acondicionamientos para convertirla en un habitáculo adecuado para los seres humanos, sobre todo en el departamento que creímos era la cocina de los vrowes. Lo primero que había que hacer era deshacernos de parte de lo que se almacenaba en la despensa. No toda la comida de los nativos de Vrow era adecuada para nuestros delicados estómagos.
—Encuentro las literas un poco duras para mi gusto —apostilló Jorge, sonriendo.
—Me gustan las camas así —repliqué, mirando a Esshei. Me pregunté si debía decirle lo que habíamos visto. Después de todo, ella u otro ankari tendría que ayudarnos pilotando la nave. Me pregunté si el sargento Stolberg, el único que tenía conocimientos de vuelo, ya que había sido piloto de helicópteros, tendría la suficiente sesera para entender aquellos mandos si la ankari le daba algunas lecciones.
Más tarde sabríamos que pilotar una nave de manufactura vrowe era más sencillo de lo que pensamos en un principio, gracias a su sistema de vuelo programado. Disponía de un ordenador muy próximo a la quinta generación. Lo que ocurría era que Esshei no usaba la palabra ni el convertidor de idiomas, sino que prefería utilizar el método manual. En aquel momento no sospeché que la facilidad con que se podían descubrir en el puente los programas de la nave iba a ser en parte la causa de nuestras preocupaciones.
Eché una mirada al visor de proa y creí ver a lo lejos, porque era fácilmente destacable, la silueta de una meseta con cresta roja, que no podía ser otra que nuestra meta.
—Vaya, estamos llegando —susurró Jorge con alivio. Le notaba tenso, sorprendentemente nervioso, y creí adivinar lo que estaba pensando, algo parecido a lo que ya llevaba rato danzando en mi mente. Todavía ignorábamos lo que había pasado en la Meseta. Me preocupaba que en la isla de Inyindan, la primera conquista de los vrowes, hubiera quedado un respetable contingente de fuerzas enemigas. Rezaba para que no hubiesen asaltado la Morada durante nuestra ausencia, tras haber perdido su valiosa nave.
—Supongo que podríamos hacerle algunas preguntas no muy comprometedoras —sugerí en voz baja a Val, señalando a Esshei.
—¿Por ejemplo si debería tomar precauciones antes de descender en la meseta?
—Por ejemplo, sí.
Ambos nos adelantamos, situándonos a cada lado de Esshei; inclinándome sobre ella, pregunté:
—¿No crees que antes de bajar deberíamos asegurarnos que los vrowes no hayan desembarcado?
Ella movió la cabeza de uno a otro lado, miró primero a Jorge, luego a mí, y creí ver un amago de cansada sonrisa en sus labios cuando respondió:
—Situaré la nave en el borde, no la posaré sobre el claro; ya hicieron bastante daño los navegantes vrowes en el bosque.
—¿No me has oído? —pregunté, nervioso—. Me refiero precisamente a ellos. ¿No temes que estén esperándonos?
—Ya no quedan vrowes por los alrededores. Hace un rato recibí un mensaje en el que se me comunicaba que han evacuado la isla de Inyindan.
Arrugué el ceño. No había ningún ankari en la Meseta que hubiera podido enviar a Esshei el mensaje telepático.
—¿Estás segura? ¿Quién te lo ha transmitido?
—Pat.
Ah, la chica. Sentí un escalofrío. La unión mental de la niña con la muchacha de Ankar era, por lo tanto, mucho más fuerte de lo que llegué a sospechar en un principio. Recordé varios detalles, entre ellos que Esshei salvó a Pat de morir a manos de las alimañas nativas apenas apareció en Elajah, protegiéndola con una envoltura púrpura. También fue Pat quien recibió la llamada de Esshei dirigida a mí, cuando mi mente estaba tercamente cerrada a cualquier intento suyo de comunicarse conmigo.
—¿No se habrá equivocado? Quiero decir que Pat es una niña, y que no puede estar segura de lo que ocurre en la isla inyindani...
—No hay ningún error. Además, todos han visto alejarse los dahimes vrowes en dirección a su gran isla.
—¿Por qué?
—Parece ser que los vrowes están sufriendo en su territorio la amenaza que durante siglos han estado temiendo que les llegara procedente del espacio.
—Vamos, respóndeme. Dios, llevo un rato sin oírte en este ciclo. ¿Qué está pasando? ¿Es que no me recibes bien? A veces creo escucharte, pero todo se difumina...
—Hey, pero si estoy aquí, oyéndote. Es como si me gritaras. Siento tu excitación.
—Creí que había perdido para siempre el contacto, no sé. Pensé que te había pasado algo.
—Siento haberme retrasado. Ha sido a causa de nuestro huésped. A veces no sé qué decirle para alejarme de él. ¿Alguna novedad?
—Ninguna, aparte que estoy cansado e impaciente. Mierda, no creí que esto fuera a llevarme tanto tiempo, pero ya casi lo tengo terminado.
—¿De veras?
—Claro que sí. He perdido unas horas porque después de nuestro último contacto sentí que algo perturbaba la zona.
—¿Qué clase de perturbación?
—No lo sé exactamente. Olvídalo. Ha debido ser que la soledad me ha hecho ver cosas que no existen. Sigamos, amigo. ¿Qué tal andan las cosas?
—Todo dispuesto, esperando tu señal. Dios mío, ¿cuándo será?
—Según mis cálculos, dentro de dos ciclos. Esta vez no fallaré.
—Ojalá sea verdad.
—Vaya, has suspirado o jadeado, no sé. No estarás temiendo que os localicen, ¿verdad? Después de tanto tiempo, no creo que den con vosotros...
—Eso nunca se sabe. Ocurre que estamos haciendo demasiado ruido, y podemos acabar llamando la atención.
—Mira, lo tengo todo como si estuviera dentro de mi puño, bien controlado. Sólo necesito unas comprobaciones, y listo.
—Magnífico. Oye...
—Dime.
—¿Por qué no me dices quién eres?


5.- 22 de Noviembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 20:05 HORAS

—Gerald, siempre me estás impresionando con extraordinarias y costosas mansiones —dijo Luis, apoyándose en la balaustrada de espaldas al mar—. ¿Esto también es tuyo?
A su izquierda se extendía una playa, desde la falda de la montaña donde se alzaba aquella propiedad, cercada como si fuera un baluarte, hasta el pequeño pueblo de Zahara. En las proximidades había un hotel, ahora cerrado en invierno, y poco más allá la mole de otro que no llegó a terminarse, debido a la falta de licencia municipal o a que intentaron construirlo con mayor altura de lo permitido originalmente.
A la derecha del monte, totalmente urbanizado de chalés, había otra playa, igualmente desierta ahora, también hermosa, grande y de dorada arena. Desde donde estaba Luis podía verlas ambas.
—Esto no me pertenece —le contestó Gerald Griffin, mirando distraídamente las gaviotas que volaban sobre las aguas y las olas que rompían espumeantes en la orilla—. Su dueño es un industrial alemán, un amigo mío y antiguo admirador de mi trabajo como novelista. Me lo ha cedido por el tiempo que lo necesite. Ya ves que es un buen escondite. Llevo aquí varios meses.
Desde el otro extremo de la atalaya, Joshua Stolberg vigilaba con unos prismáticos la carretera que unía el cercano pueblo con Barbate. Se volvió y trató de explicar a Luis:
—Lo que Griffin quiere decirte es que ya teníamos esta oferta cuando empezamos a tomar en serio la idea de que algún día podíamos tener que salir huyendo a toda prisa de Inglaterra. Además, es un lugar estupendo porque está a poca distancia de Punta Paloma, la zona que nos interesa.
—¿Alguien o algo sospechoso por lo alrededores? —preguntó Griffin, divertido.
—-Sí, ríete, pero el día que se presenten aquí los chicos del Tío Sam te echarás a llorar.
Griffin miró a Luis.
—¿Qué crees tú? ¿Supones que nos encontrarán en semejante escondrijo?
Luis se encogió de hombros.
—No sé si descubrirán pronto o tarde que estamos aquí, pero estoy seguro de que ahora me buscan furiosos. Mi desaparición de Madrid, y el hecho de que Joshua dejara en el retrete de la cafetería, sin sentido, al tipo que me vigilaba, son razones más que suficientes para que a mis antiguos jefes ya no les quepa la menor duda de que yo tengo la charretera y crean que el robo fue una farsa inventada por mí.
—Confío en que nos dejen tranquilos por unos días —suspiró Griffin—. Demonios, se está levantando frío. Estaremos mejor dentro. Un café bien caliente nos animará.
—¿Cuántos días necesitas, Gerald? —preguntó Luis, caminando detrás del escritor—. Maldita sea, todavía no me has dicho lo que estamos esperando. ¿Estás seguro de que vamos a ir a Elajah?
—Hey, un momento —protestó Gerald—. Yo nunca he dicho que vaya a acompañaros. Con una vez que he estado allí tengo más que suficiente. Yo me quedaré aquí calentito, esperando en esta confortable casa todo el tiempo que haga falta, o hasta que me descubran mis compatriotas y me lleven a un dorado encierro en los Estados Unidos. Vamos, no pongas esa cara. Os garantizo que si vais, que iréis, seguro, volveréis. Podréis fallar vosotros allí, pero no el sistema que utilizaréis.
Luis descubrió una mirada de complicidad entre Griffin y Joshua.
Entraron en el salón y cerraron las puertas cristaleras. Al otro lado quedaron el frío y el rumor de las olas.
—¿Cómo vamos a ir a Elajah Joshua y yo, Gerald? —insistió Luis, mirando a Griffin quitarse el abrigo—. ¿No crees que después de once días de estar aquí merezco saberlo todo? ¿Es que no os fiáis de mí?
Joshua Stolberg se dejó caer en una butaca cercana al hogar donde ardía un pequeño fuego y empezó a llenar dos copas de coñac.
—No te molestes, Luis —dijo—. Gerald no te dirá nada. Le gustan las situaciones misteriosas. Creo que en estos momentos está disfrutando como si estuviera escribiendo algo de su cosecha. Toma, bébete esta copa. Si él dice que podemos saltar a Elajah, saltaremos.
—Así es —suspiró Griffin. Luis creyó verle mirar con envidia la copa de coñac que se estaba llevando a los labios—. Estoy esperando una señal.
—¿Como los profetas? —se burló Luis—. ¿Un ángel que baje del cielo?
—¿Por qué no? En cierto modo, esto que estamos haciendo tiene mucho de profecía.
—¿Cómo fuiste iluminado?
—Leyendo a Kanable, dejando que cuanto había en el nódulo inundara mi mente hasta saturarla de unos conocimientos que ni siquiera él había sabido interpretar.
—Entonces me mentiste en Londres, cuando me juraste que no podías decirme cómo ir Elajah.
—¿Cómo iba a decírtelo delante de Warlock? —exclamó Gerald—. Jamás me encontré a gusto con él. Mira, Luis, me siento engañado por Warlock. Le pedí que lanzase una gran edición de mi nuevo libro sin consultar previamente con nadie. Ya sabes, mi intención era provocar una situación que resultase irreversible.
—¿Por qué querías que ardiese Roma, Gerald?
—No estoy loco, como dicen algunos historiadores que lo estaba Nerón. Me cansé de las mentiras, es todo lo que puedo decirte para explicarte mi proceder. Mi pretensión no era crear un fuego gigantesco a mi alrededor que me permitiese leer por la noche las odas de Virgilio. Tal vez, lo admito, mi ego necesitaba, lo sigue necesitando, que se me reconozca algo mío, aunque sea la versión literaria del testimonio de otro hombre, que iría unida a mis propias revelaciones. Dime, ¿quién ha sido capaz de trasladar al papel los pensamientos de alguien de la manera que yo lo hice?
—¿Conservas una copia del manuscrito?
Luis comprendió, viendo el gesto de Griffin, que así era. El escritor dijo:
—Dame tiempo y saldrá a la luz, aunque tenga que imprimirse en Hong-Kong y a hurtadillas. Fui un tonto. —Su voz tenía un tono de rabia—. Mejor dicho, me pasé de listo. Monté una mentira que al principio se creyeron, y yo pensé que los tenía en mis manos para siempre, pero cuando adivinaron la verdad y supieron que les iba a hacer daño con el nuevo libro, decidieron quitarse sus máscaras de amabilidad y se mostraron como son realmente.
—¿Cómo descubrieron que no tenías escondido ningún documento que vería la luz si no te dejaban actuar libremente?
—No lo sé. Sospecho también de Warlock. Me sonsacó algo. ¿Sabes?, me encantaba tenerlos en vilo, ir cada semana a Londres y meterme en una cabina telefónica distinta cada vez, fingir que hablaba con alguien. No podían controlar las miles de cabinas que hay en la ciudad. Soy escritor, ¿no? —Griffin rió nerviosamente—. Bueno, al menos yo me lo creo. Tenía que idear una farsa, y hasta cierto momento me dio resultado, porque los mantuve acojonados.
—Siempre creí que era McCormick quien pasaba la información al gobierno.
—McCormick ha ganado muchísimo dinero estando de mi parte, amigo —sonrió Griffin—. Gracias a él pudimos largarnos antes de que nos lo impidieran.
—Le tenías comprado, ¿eh?
—¡No! Otros se me habían adelantado, y lo tienen a su servicio. Oficialmente, McCormick desconocía todo lo concerniente a la charretera, su existencia y el que tú me la entregaste. Pero no era así. Todo cuanto averiguaba lo pasaba a un grupo muy especial, una especie de corporación.
Luis se levantó y empezó a caminar nerviosamente por la habitación. Cuando se detuvo, dijo intempestivamente a Griffin:
—Lo siento, pero sigue dándome vueltas en la cabeza la forma como iremos. Me atormenta la diferencia de tiempo. Sé que Kanable no perdió un solo minuto respecto a Elajah tras su estancia de cuarenta y ocho horas en Londres, pero ¿nos ocurrirá lo mismo a nosotros?
—Eso —contestó Griffin— depende del inevitable paso por el Limbo. ¿Qué es lo que temes, Luis?
—Temo llegar demasiado tarde para ayudar a mi hermana. ¿Quién entiende por qué algunas personas aparecieron allí en seguida, y otras tardaron tanto tiempo?
—Sí, es un misterio. Te voy a contar un ejemplo que no es mío. —Griffin sonrió astutamente—. Es de un amigo, y me gustó. ¿Sabes cómo representó él la diferencia de los planos temporales que hay entre la Tierra y Elajah? Ante el silencio del español, Griffin añadió: —Imagínate una rueda de bicicleta. —Trazó un círculo en el aire con las manos, y luego marcó el eje con su índice derecho—. Ya sabes cómo son sus radios: se cruzan, pero todos acaban aquí, en el eje. El aro es la Tierra y su plano temporal. Los radios son los caminos conocidos y por conocer que la unen con Elajah, y Elajah es el eje donde todos los radios se concentran, y también es esa breve curva por donde camina el lento transcurrir del tiempo de aquel mundo. ¿Lo entiendes?
—No del todo... ¿Quieres decir que mientras un cuarto del radio de la rueda es la Tierra y su marcha del tiempo, un cuarto del disco del eje es Elajah y también su lenta progresión en el tiempo?
—Si
—¿Y bien?
—Por lo tanto, nosotros caminamos deprisa, nos movemos con más rapidez, pero es una sensación subjetiva. Todo el espacio por donde pasan los radios es el Limbo. ¿Qué ocurriría si de pronto la línea que se curva en el eje se estirara, se estirara y se uniera con la rueda?
—No lo sé.
—Si la teoría es cierta, podríamos tender una mano y tocar el eje, en este caso Elajah.
Luis parpadeó.
—¿Tiene esto algo que ver con tu misteriosa forma de abrir un agujero para pasar a Elajah?
Griffin, después de consultar la hora de su reloj, ahogó un bostezo.
—No, no tiene ninguna relación —dijo—. Pero me gustó lo que me contó mi amigo. A veces pienso que creemos estar muy lejos de Elajah, pero tal vez se halle a la vuelta de la esquina. Dios mío, estoy que me caigo de sueño. Buenas noches, amigos.


6.- AL CALOR DEL MEDIODÍA

Nunca olvidaría aquella noche. Cuando despertó del todo, al clarear el día, aún no sabía cómo había podido soportar tantas horas de sobresaltos, de duermevela.
Ana Castro no había dejado de tiritar, y al amanecer seguía sin saber si fue debido al miedo que pasó o al frío suave, sin viento, que llegó al anochecer y estuvo atormentando hasta el alba su cuerpo desnudo. El suelo aún estaba húmedo cuando el sol se alzó por detrás de los bajos montes que discurrían a lo largo de una buena parte del horizonte situado al este. Entonces empezó a temer que el calor del mediodía acabase secando la arena y los sables curvados o las saltarinas bolas devoradoras se acercaran a ella.
Antes de incorporarse para desentumecer las piernas, intentó alejar de su mente una imagen que le atormentaba, la de una humeante taza de café con tostadas y mantequilla. Se humedeció los labios, cogió un puñado de arena seca y la examinó. No le parecía demasiado gruesa, sino más bien suave. Según afirmaba Griffin, las colonias depredadoras sólo se desarrollaban en las zonas de arena gruesa, áspera y maloliente. ¿Pero era realmente así? ¿No se habría equivocado Griffin, o habría inventado algunos de los pasajes de su libro? Podía ocurrir incluso que no existieran las alimañas que habitaban en el subsuelo.
Volvió a olfatear el aire. Aparte del olor dulzón que tanto le desagradaba, no percibía nada que le advirtiese de la proximidad de una porqueriza. Griffin contó en su libro que así olían las concentraciones de vida nativa de Elajah.
Con la luz del nuevo día observó que apenas quedaban zonas húmedas a su alrededor. Había manchas dispersas aquí y allí, pequeñas lagunas con restos de agua salada en lo más profundo de la oquedad. Más allá, en dirección al montículo de cristal, que ya empezaba a brillar como si de una montaña de hielo de colores se tratara, volvió a estudiar el sendero amplio y zigzagueante de rocas oscuras, que le recordaba una antigua vía romana.
Bien, no puedo quedarme aquí en medio de esta charca que se seca rápidamente, se dijo, frotándose las manos en la sucinta tela del bañador. Y ni siquiera era suyo, sino de su amiga Juanita. Dios, ¿cómo podía recordar tales simplezas en una situación semejante?, exclamó entre dientes, burlándose de sí misma.
No quiso pensar en lo bien que estaría en compañía de sus amigos ahora, en los apartamentos que habían alquilado cerca de la playa. ¿Cómo se llamaba el complejo? Lo había olvidado. Apenas estuvo allí un día con su estupenda noche, y ya no se acordaba del nombre. Sólo estaba segura de que era el título de una vieja serie del oeste de la televisión. ¿Bonanza? No, creía que eran apartamentos La Ponderosa. Soltó un gemido de rabia. ¿Por qué pensaba en tales nimiedades?
¿Qué podía hacer? Meneó la cabeza mientras avanzaba unos metros más. Vamos, adelante, arriésgate a entrar en el círculo de arena seca. Caminó unos metros por la zona mojada, y se volvió para mirar las huellas de sus pisadas.
Cualquier cosa menos quedarse quieta. Quizás se hubiera producido otra desaparición cercana a la playa, un trozo de bosque o un terreno con alguna casa y gente en ella. Tal vez no estuviese lejos de un lugar donde pudiera sentirse segura por algunos días, o al menos a salvo durante la noche. Pensar que el día tenía que acabar y que de nuevo volvería aquella oscuridad tan extraña, con la luminosidad irreal que surgía de las nubes, la aterrorizaba.
El promontorio brillante la atraía como un imán. Ahora el sol arrojaba sobre él sus rayos del amanecer, y los destellos que le arrancaba lo hacían aún más misterioso y atrayente.
Con los dientes apretados y atenta a no desviarse lo más mínimo del camino que había trazado visualmente, reanudó el avance. Bah, a la mierda tantas precauciones. Iría recta, aunque tuviera que salirse del sinuoso sendero que podía conducirla al promontorio brillante. Caminaría por la arena si era preciso, fuera cual fuese su tono, aunque la sintiera gruesa bajo sus pies y despidiera el maldito olor a cerdos. Al diablo con todo. Quizá Griffin exageró en su libro, y las alimañas de Ela-jah no eran tan peligrosas como se deleitó describiéndolas, sin duda para impresionar a sus ingenuos lectores. ¿No le había dicho repetidas veces su hermano que presentía algo extraño en el relato?
A ambos lados de las placas rocosas se alzaban pequeños riscos, muñones de piedra casi negra, de unos dos metros de altura los más pequeños y de casi cuatro los más altos. A Ana le recordaba el estrecho sendero que en algunos pueblos conducía al cementerio local, con sus cipreses flanqueándolo como si fueran centinelas fúnebres.
Siguió avanzando, con el sol a su izquierda. Sus pies descalzos eran punzados a veces por pequeñas piedrecitas.
Tenía la mirada fija en el promontorio brillante, y a medida que se acercaba a él concibió la idea de que se trataba de un montón de cristales rotos. Empezó a sentirse desilusionada. No era un palacio de diamantes, sino un enorme montón de ruinas.
Sí, eran cristales de colores. Algunos ofrecían un plano lo bastante grande al sol, y éste les arrancaba reflejos azules, rojos y amarillos.
De pronto, al alzar la mirada a un risco cuyas rocas le pareció que tenían la forma de un ser humano, se detuvo.
No se trataba de una obra pétrea de la naturaleza de aquel mundo la que parodiaba la silueta de una persona. Allí arriba había un hombre, muy quieto. Y la miraba fijamente.
La había descubierto antes del amanecer gracias a sus lentes especiales, cuando aún se hallaba a más de un kilómetro de distancia. Durante un rato la observó dormitar, despertarse bruscamente, y luego volver a encogerse sobre sí misma para tratar de dormir otra vez. Al poco rato la vio levantar la cabeza y repetir los mismos movimientos. La muchacha, le calculó unos veinte años, estaba tan agotada que a veces el sueño vencía el miedo que debía de sentir.
Había dado un largo rodeo, con las luces del vehículo apagadas, y esperó a que el sol acabara de salir para encaramarse en lo alto del risco. Se había hecho consigo mismo la apuesta de que la desconocida acabaría dirigiéndose a los restos del Templo de Cristal, y después de seguirla con la mirada ir de un lado a otro, como pensándoselo, la vio encaminarse hacia donde se encontraba él.
Cuando Stenzel la tuvo tan cerca que comprendió que el más leve movimiento que hiciera llamaría su atención, se preguntó si merecía la pena darse a conocer. Un rato antes había escudriñado entre los montones de cristal, y no tenía ninguna duda de que ya nada le retenía allí. Podía largarse, y la muchacha no sabría nunca que había estado cerca de ella.
—¡Eh, usted! —escuchó que le gritaba en español. Stenzel no lo hablaba perfectamente, pero podía mantener una conversación bastante aceptable en este idioma si se esforzaba por recordarlo. Lo aprendió un poco cuando trabajó como delegado en Valencia de una multinacional de su país dedicada a las auditorías.
Terminó se esconder debajo de la camisa caqui las lentes para ver en la oscuridad y agitó una mano. Podía mostrarse cordial. ¿Por qué no? Al moverse bruscamente, su brazo derecho envió un vendaval de dolor a su cerebro, y apenas consiguió ocultar una mueca de irritación.
—Hola —saludó, tratando de sobreponerse.
Aquella joven vestida con un sucio bañador dio un salto y echó a correr hacia el risco, lanzando gritos de alegría.
—Hey, muchacha, quédate donde estás —le advirtió Adrián Stenzel, gritándole en inglés. Se puso en pie sobre la parte plana de la roca, confiando en que el agudo dolor del brazo acabara de desaparecer. Añadió en español:— ¿Me entiendes? Te digo que no sigas avanzando.
—¿Por qué? —rió ella nerviosamente, interpelándole en inglés—. Dios mío, Dios mío, he sido afortunada.
—¿Afortunada viniendo aquí? Vamos, no digas tonterías. Hija, estoy convencido de que ayer estabas cómodamente tumbada en la arena de una playa o en una piscina.
—¿Cómo lo sabe?
—No creo que acostumbres a andar por las calles luciendo tu bonito cuerpo, ¿verdad?
—Claro, lo ha adivinado. —De pronto ella recordó cómo iba vestida y se ruborizó ligeramente—. Mire, amigo, usted debe ser extranjero, pero me alegro de haberle encontrado. Me llamo Ana Castro. ¿Hacía usted turismo en España? Oh, creo que acabo de decir una tontería. Ahora los dos somos extranjeros aquí, ¿no?
Stenzel comprendió que la pregunta de quien se había presentado como Ana Castro, una española, confirmaba su teoría de que había acabado su largo viaje en una región equivalente en Elajah a la península Ibérica, concretamente del sur de ésta. Se volvió y empezó a bajar de la roca por la ladera que quedaba oculta a la mirada de ella.
Antes de volver a enfrentarse a la muchacha se preocupó de que la culata de su pistola no fuera advertida. Por el momento dejaría que las cosas siguieran así; más adelante decidiría qué hacer con la muchacha.
Ana permanecía obediente en el lugar donde le había sido indicado, casi ordenado, que esperase.
—Me alegra verte, Ana —dijo en inglés, sin darse cuenta. De repente se había olvidado de comportarse de la manera que un instante antes había creído que debía adoptar.
Un nuevo amago de dolor en el brazo le había hecho olvidar que debía representar otro papel. Tendría que volver a aflojar la venda de su brazo que cubría la manga de su camisa; le apretaba demasiado. Bah, de todas formas, la maldita herida no tardaría en dejar de molestarle; se trataba de los últimos estertores, una señal de que cicatrizaba rápidamente.
—Pues usted no sabe cuánto me alegro yo —replicó Ana, también en inglés.
—Magnífico. Así no va a haber problemas en entendernos.
—¿Es usted inglés, americano?
Stenzel se tomó un respiro antes de responder:
—Me llamo Larry Moore. —De pronto se dio cuenta de que no le gustaba el nombre que acababa de decir, el primero que le había venido a la cabeza. Debía recordarlo, se dijo.
—Vaya, vaya. Qué extraño.
—¿Qué te parece extraño?
—Lleva usted unos pantalones y una camisa del ejército español, me parece que de la marina. Y dos estrellas de teniente en la galleta. Pero es extranjero. Bueno, lo era antes. Aquí los dos somos extranjeros. Por cierto, ¿en qué parte se encontraba cuando fue atrapado?
—¿No crees que haces demasiadas preguntas? Eres observadora —sonrió Stenzel. Decidió no dar un paso más hacia la joven. Quizá no había sido una buena idea dejarse ver.
Una vez había ayudado a un extraño porque le obligaron. Ojalá no lo hubiera hecho. Sintió un ramalazo de rabia. Fue el mayor error de su vida, y lo estaba pagando muy caro.
Ana estaba contenta, ya no le preocupaba hallarse prácticamente desnuda ante aquel hombre. Se dio una palmada en la frente y se echó a reír.
—Cerca de Punta Paloma, creo que por Barbate o Zahara, hay una zona perteneciente al ejército donde llevan a cabo maniobras militares. ¡Sería estupendo también que...! Oh, no puedo creerlo.
Stenzel se acercó más a Ana.
—¿Qué te parece increíble?
—Es que había pensado que tal vez le hubiera acompañado un batallón entero en el salto.
—Estoy solo.
Un soplo de desilusión cruzó por los ojos de Ana.
—Bueno, entonces debo alegrarme por los chicos que iban con usted, porque no hayan sido atrapados. Pero si he ser sincera, lo lamento por mí, porque me habría sentido más segura en medio de una compañía entera, y armada hasta los dientes, o al menos un pelotón. Oiga, ¿qué hacía usted?
Stenzel le hizo un gesto para que le siguiera y, tras pensar sí merecería la pena correr el riesgo, dijo:
—Eran unas maniobras conjuntas con unas unidades de la OTAN. Vamos, sígueme. Quiero enseñarte algo.
Ana no se extrañó de que Moore, ¿inglés, norteamericano?, echase a andar por el sendero de placas de piedra hasta el informe montón de cristales. Evidentemente, aquel tipo sabía lo que hacía. Quizá llevase muchos días en Elajah.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí...? —empezó a preguntar—. Qué idiota soy. Ha debido venir a la vez que yo. Quiero decir que fue arrancando de la Tierra el mismo día, ya que hasta entonces no había aparecido ninguna Isla del Infierno por los alrededores de donde me encontraba.
—¿Qué día era cuando fuiste traída aquí?
—El 22 de marzo.
—¿De qué año?
Ana se atragantó. ¿Era preciso especificar el año?
—1992 —replicó, turbada. ¿Qué estaba pasando? ¿Cuánto tiempo llevaba allí el oficial?—. Eran las ocho y media de la mañana. Yo me encontraba en el agua, nadando a pocos metros de la orilla. ¿Y usted?
Ana no dejaba de observar el montón enorme de aristas de cristales de colores que había delante de ellos.
—No importa ahora el día que fui cazado, muchacha. Me sería difícil explicártelo, ya que a veces las desapariciones permanecen en un lugar extraño...
—Ah, sí. El Limbo. Conozco el problema que causa.
Stenzel la miró sorprendido.
—¿Cómo es que estás enterada de tantas cosas? ¿Qué más sabes, aparte que has venido a un mundo que yo conozco como Elajah, y que todos los seres y cosas que son atraídos a él pasan por una zona que alguien llamó Limbo?
—He leído el libro de Griffin. Y creo que fui una de los primeros que lo leyó en España. Mi hermano llevó a casa un ejemplar de la edición inglesa, ampliada, que se editó a los pocos días de haberse publicado resumido en la revista Nuevas Visiones.
El holandés inspiró profundamente. Decidió que por el momento podía soportar la presencia de Ana Castro, si a cambio obtenía cierta información que no estaría de más conocer. Sin embargo, le interesaba que no descubriese que estaba fingiendo ser otra persona.
Conocía la existencia del libro al que se refería la muchacha. El hombre que lo editó, Kenneth Rosenman, tenía algunos ejemplares en su casa. Los vio cuando fue invitado a recorrer aquella especie de fortaleza en la que el inglés había llegado a Elajah con ínfulas de conquistador. Sonrió. Entonces no tuvo ocasión de ojearlo. Ahora ya no debían existir. Los inyindanis los habrían usado para hacer fuego después de que saquearon la casa.
Se alegró de no haber dado su verdadero nombre. Aquel maldito libro debía mencionarle, y si era cierto que estaba basado en los relatos de Kanable, como le informó Kenneth Rosenman, él no saldría bien parado. Desde el primer momento se dio cuenta de que Kanable le envidiaba por ser huésped de los ankaris, y había acabado odiándole.
—¿Es que usted no lo ha leído, señor Moore? —preguntó Ana, tan sorprendida que su expresión resultó patética.
—Pues no —sonrió Stenzel—. Siempre quise leerlo, pero nunca me decidí a comprarlo. Quizá porque tenía la idea preconcebida de que todo era una patraña.
No era una mala respuesta, pensó. La muchacha no debía saber, ni aproximadamente, cuánto tiempo llevaba allí. Lanzó un resoplido. Bien, tendría que tener paciencia y sonsacar más adelante a la joven con habilidad. Siempre serían más fiables sus revelaciones si se ganaba su amistad que interrogarla a la fuerza. Si tenía que ser su amigo, lo fingiría por el momento.
Ana estaba absorta contemplando las ruinas del Templo.
—¿Qué es esto? —inquirió, señalando los vidrios.
—No lo sé. Lo descubrí ayer desde lejos, y pensé que sería interesante acercarme a echarle un vistazo.
—Yo también lo descubrí ayer, pero no me atreví hasta ahora a salir del terreno que inundó el agua que se vino conmigo. —De pronto miró a Stenzel con el ceño fruncido—. ¿No está usted muy lejos de la zona de maniobras? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
Stenzel sonrió y empezó a caminar alrededor de los trozos de cristal. Ana le siguió, y cuando hubieron dado la vuelta se encontró con una sorpresa al otro lado.
—¡Un jeep! —exclamó, alborozada. Se fijó en la matrícula del ejército español—. Vaya, ¿estaba conduciéndolo cuando le tocó la varita del mago de Oz?
—¿Qué dices?
—Nada, una tontería. —Hizo una mueca, como preparándose para recibir una mala noticia—. No tiene gasolina, ¿verdad? ¿O está averiado?
Stenzel saltó al interior, puso las manos sobre el volante, y señaló los bidones metálicos que estaban en la parte posterior, medio ocultos por una lona.
—Sonríe, chica. El depósito está lleno, y esos bidones también.
—Vaya, voy recuperando poco a poco la fe perdida. Ahora sólo falta que me invite a desayunar.
El rostro de Stenzel se ensombreció. El problema era la poca comida que había en el vehículo. Tendría que compartirla con Ana si quería enterarse de todo cuanto había ocurrido en la Tierra desde que él faltaba.
—Tengo unos bocadillos, algunas latas de carne y de sardinas, y una cantimplora con agua —dijo lentamente—. Pero tendremos que racionarlo todo muy severamente, ¿entiendes? Comeremos y beberemos lo imprescindible para mantenernos en pie. Si no estás de acuerdo, puedes echar a andar y buscar alguna hamburguesería por ahí.
Ana se encogió de hombros y rió nerviosamente, titubeando antes de subir al jeep.
—Yo como poquísimo, y además odio las hamburguesas. Aquí tenemos que ayudarnos los unos a los otros, ¿no, señor Moore?
—Alguien me dijo algo parecido en cierta ocasión —musitó Stenzel.
—¿Qué dice?
—Nada. Me duele el brazo, creo que me lo partí ayer.
—Déjeme que le eche un vistazo. Entiendo algo de eso. Estudié medicina hasta que me cansé de ver sangre y coleccionar suspensos.
Lentamente, Stenzel se arremangó hasta el codo y mostró el tosco vendaje que cubría su brazo hasta la muñeca.
—Hay un botiquín detrás. También encontrarás unas camisas y algunos pantalones. Tal vez me alegre de verdad de haberte encontrado.
—De eso no tenga la menor duda —sonrió Ana. Revolvió entre unas mantas y un macuto, y encontró la caja del botiquín. Al mismo tiempo descubrió una bolsa de lona, que al abrirse le permitió ver que contenía bocadillos envueltos en celofán. Se le hizo la boca agua, pero se volvió con un esfuerzo, acomodándose al lado del hombre y añadió—: Primero la hora de la consulta, ¿vale? Luego podemos comer algo. ¿De acuerdo?
Stenzel dibujó, por primera vez desde que había descubierto la presencia de Ana Castro, una sonrisa cargada con una pizca de sinceridad.
—Conforme. Luego te invitaré. ¿Crees que tengo el brazo roto?
—Sin duda. Eh, qué extraño. Parece que el hueso se está soldando, y la piel le cicatriza rápidamente. ¿Cómo se lo rompió?
—Caí desde una altura de varios metros. Vamos, mírame ese hueso y dime cómo lo encuentras. Aprieta si quieres; te prometo que no gritaré, y si grito no importa, porque nadie nos oirá tampoco en este sitio.
Stenzel se divirtió con el gesto de asombro que compuso Ana al examinar su brazo, roto por varias partes cuando fue arrojado de la nave por Kanable. Ahora estaba casi curado; dentro de pocos días, a lo sumo dos o tres, estaría como siempre, o mejor.
Se acarició la charretera que escondía debajo de la camisa.
Todo cuanto estaba recibiendo de ella, sólo por haber encontrado los filamentos y haberse insertado dos de ellos, podía considerarse como sobrenatural. Si hubiera descubierto antes sus poderes, todo cuanto encerraba...
Y aún quedaban tres filamentos, que algún día haría que penetraran en su carne. Pero los que ahora tenía dentro de él habían sido suficientes para librarle de los malditos vrowes que quisieron despedazarle, y además estaban curándole las heridas, soldando sus huesos rotos.
La suerte no le abandonaba del todo; se limitaba a jugar con él, pero finalmente le mostraba su lado generoso. Caer de la nave le había valido para que, fortuitamente, encontrara el nódulo que controlaba los filamentos.
Dijo a Ana:
—Vamos, salgamos de aquí. Tengo que llegar a un sitio lo antes posible.


7.- NUESTRO DESTINO


Todavía era de noche cuando alcanzamos nuestro destino.
Observé por el visor, con el corazón latiéndome frenéticamente, la aproximación de la nave a la Meseta. Me pregunté qué había ocurrido realmente, qué significado real tenía el que Pat hubiera transmitido a la mente de Esshei que los vrowes habían abandonando los alrededores, evacuando los restos de sus fuerzas de combate estacionadas en la isla inyindani, horas después de que la estampida de las alimañas les echara de su campamento de operaciones situado a doce kilómetros más al norte.
Esshei no había vuelto a hacer ningún comentario al respecto, y durante todas aquellas interminables horas, extrañamente largas, que convirtieron el viaje de regreso en un tedioso e inacabable periplo, inusitadamente extenso y sin razón que justificara su dilación, sus facciones no exteriorizaron la menor emoción, y empecé a preocuparme seriamente ante su silencio.
—¿Por qué hemos viajado tan lentamente? —exclamé nervioso, mirando sin pestañear la silueta de la Meseta Roja bañada por la luz de las lunas que cortejaban a Elajah—. Dios mío, más de doce horas para recorrer unos dos mil kilómetros. ¿Acaso hemos llegado aquí dando la vuelta a este mundo?
Pero yo sabía que no podía ser así, ya que, por haber seguido el curso del sol hasta que se hundió en el oeste, siempre tuve la seguridad de que volábamos hacia el noroeste, dejando a nuestras espaldas el teórico sur de la península Ibérica, con la proa de tres puntas de la nave siempre enfilada al lugar donde discurriría el Támesis si el río inglés estuviera en Elajah. Habíamos estado volando a poco más de cien kilómetros por hora. Incomprensible.
—Quizá lo haya hecho para ahorrar combustible —me comentó Jorge un rato antes, contemplando sin ganas de hincarle el diente una ración de comida vrowe, al parecer una pasta de carne y verduras de feo aspecto y peor olor.
Le respondí negativamente con la cabeza y dije:
—Más bien creo que se debe a que este trasto no es muy versátil en cuestión de velocidades. O vuela por encima de un mach, o se comporta como una tortuga. A ver si al final resulta una mierda para viajar por el espacio.
—Entonces deberíamos averiguar cuanto antes qué tal lo haría.
—¿Quieres decir en un vuelo estelar a la Tierra?
—Claro. Seguro que la gente querrá largarse de aquí apenas se entere de que puede volver a casa.
—Quizá no atraiga a nadie un viaje por las estrellas que dure años, porque seguro que estamos en el otro confín de la galaxia. Lo contrario me sorprendería muchísimo. Apenas entiendo de astronomía, pero las estrellas que vi eran muy diferentes a las que pueden observarse desde la Tierra. Y esas lunas... Jesús, había docenas de todos los tamaños, un enjambre.
—¿No has oído hablar del hiperespacio?
—¿Cómo se come eso?
—No sé exactamente si con tenedor o con cuchara, pero en todas las novelas y películas de ciencia ficción se usa para ir en pocas horas de un mundo a otro, a través de años luz, doblando el espacio.
Miré a mi alrededor. Quizá los vrowes habían dotado a su nave de una tecnología que le permitiera desarrollar algo parecido a un vuelo superlumínico que se burlase de las leyes einstenianas que convertían a los astronautas en huérfanos al regresar a su mundo muchos años después de haber partido, pese a que para ellos apenas habían transcurrido unos meses durante su misión. ¿Por qué no? Los demonios negros llevaban mucho tiempo deambulando por el espacio, a pesar de que sentían un profundo pavor hacia él. Demostraban un terror paranoico ante un misterioso peligro que ahora parecía haberse materializado sobre el gran pedazo de su mundo traído a Elajah. Reflexioné. ¿No habían capturado en una ocasión a un terrestre, a ese amigo de nuestro entrañable aliado inyindani, maestro del pragmatismo? El llamado Joe, imitando a San Juan Bautista, impuso al gigantesco ser de cetrina piel y achatada cara el nombre de Smith, demostrando con ello ser poco original a la hora de escoger nombres. Joe escapó de sus carceleros, cansado de ceder células de su cuerpo para que éstos obtuvieran de ellas torpes clones a los que acababan despreciando.
Si los vrowes raptaron a Joe de la Tierra, eso significaba que al menos en una ocasión la armada de Vrow anduvo merodeando los alrededores de nuestro mundo. Quizás al principio lo apresaron para convertirlo en un trofeo, una pieza viva de caza que poder mostrar, pero luego decidieron servirse de él para reproducir cientos de esclavos a los que al final no supieron sacarles tanto provecho como a los clones obtenidos de Smith. Era indudable que conocían la ruta de la Tierra. Tal vez en alguna parte de la nave, dentro de una consola o un computador, estuviera trazada la ruta que les llevase automáticamente a su mundo. Y si ellos podían así ir a Vrow, entonces nosotros teníamos razones para soñar con poder volver al nuestro. Esta teoría me atrajo, y abrió en mi mente una nueva posibilidad de actuar. ¿Sabría Esshei usar los programas de vuelo de la nave vrowe?
—Antes de arrojarnos de cabeza a una aventura tan arriesgada como es intentar volver a casa surcando el espacio, esta nave debería servirnos para conocer mejor Elajah, hasta su último rincón —dije, pensativo.
Jorge esbozó una sonrisa.
—Aja. Finalmente has sido tentado por la curiosidad, amigo. Tu espíritu aventurero ha vuelto a surgir. Pero no has pensado en una circunstancia.
Alcé una ceja a manera de interrogación.
Y el joven, cruzándose de brazos y recobrando su actitud de superioridad, dijo:
—La propiedad de esta nave es discutible. ¿Quién es su dueño? Como botín de guerra, está por ver a quién pertenece. ¿Qué harás si Esshei quiere que el primer viaje sea a Ankar, para dejar allí a todos los ankaris... y a ella misma?
—No creo que lo proponga, pero si lo hiciera, tú serías el primero en comprar un billete para ese sitio, ¿no?
—Es posible, y no te iba a decir dónde estaban a la venta.
Me liberé del aire que había retenido en los pulmones. Miré de reojo al muchacho, convencido de que él seguía obsesionado por Esshei, que no la había apartado de su corazón. Al contrario que yo, él no estaba comprendiendo las cosas. Ahora todo había cambiado, lo presentía, pero Jorge ni siquiera había tenido un atisbo de duda. Tras resoplar ruidosamente, y tratando de que mis palabras sonaran calmadas a los oídos de Jorge, dije:
—Resultaría ridículo e infantil que yo alegara haberla visto primero, pero lo cierto es que tú estás sobrando en este juego, muchacho. No tienes los años suficientes para comprender algunas cosas.
—¿Qué cosas?
Estaba irritado. Sonreí, volviendo la cara para que no me viera la sonrisa. Decidí seguir adelante para acabar de conocer su postura.
—¿No te has parado a pensar que ella puede tener muchos más años que tú? No olvides que, a pesar de que a nuestros ojos parece una niña de menos de veinte años, puede ser que esté a punto de cumplir los cuarenta o más. Quizá envejece más lentamente que las mujeres de la Tierra.
—O puede que haya cumplido un siglo de los nuestros. No me fastidies, Ray.
—Puede, sí.
—Por lo tanto, sería incluso demasiado mayor para ti. Pienso que tal vez algunos de esos bonitos niños de la Familia sean suyos, quizá tenga un compañero estable, una especie de marido, que sería alguno de esos varones tan hermosos. O todos pueden ser sus maridos. No conocemos sus costumbres sexuales. Poligamia compartida, por ejemplo.
Jorge soltó una carcajada. Yo no pude contener la mía.
—¿Estás intentando irritarme? —dijo, mirando hacia el fondo del puente de mandos. Esshei, al menos eso suponía, no podía oírnos.
Divertido a pesar de todo, di unas palmadas en la espalda de mi amigo y le confesé:
—Dejemos las especulaciones, porque quien acabará irritándose seré yo. Mira, a mí esa chica me volvió loco desde el instante mismo en que la vi. Regresé por ella, no por ninguno de vosotros. Por mí hubierais podido pudriros.
—Eso está claro. Yo habría hecho lo mismo.
—¿Habrías vuelto también por la chica?
—Quiero decir que, de no haber sido por Esshei, me habría quedado en Londres si hubiera caído en el fuego fatuo en tu lugar.
Le miré de soslayo.
—Quizá tenga una hermana menor. Al fin y al cabo, todos están emparentados. Le pediré que te la presente.
—No. Mejor es que yo le pregunte si tiene una hermana mayor que ella que le vaya bien a un anciano como tú.
—Oh, así no vamos a ir a ninguna parte.
Al retornar al puente de mandos descubrimos que estábamos a punto de llegar a la Meseta. Amanecía, y los dos nos quedamos en silencio y muy preocupados. Qué ridicula me parecía ahora la conversación que habíamos sostenido; me sentía como un bizantino cansado de hablar inútilmente que de pronto ve aparecer las hordas de Mohamed II.
A pesar de los desperfectos causados por el anterior aterrizaje de la nave sobre la Meseta, ésta brillaba en las brumas del amanecer con el característico fulgor rojo y naranja que brotaba de la floresta. Busqué nerviosamente en el norte la silueta alargada de la isla inyindani. Creí ver en ella algunas hogueras, y me extrañó. Los inyindanis supervivientes habían sido llevados en su mayoría a la meseta por los vrowes para descargar los explosivos con que pensaban destruirla, a la vez que aplastaban aún más el hundido orgullo de los seres guerreros de Inyindan. Me pregunté si aún estaban ardiendo los bosques que fueron incendiados durante la batalla.
—¿Alguna novedad de Pat? —pregunté a Esshei.
—Ninguna —contestó ella—. Hace un rato me confirmó que todo está en calma; no ha quedado ningún vrowe cerca.
—¿Pero por qué se retiraron tan precipitadamente? ¿Acaso se han acobardado al ver que les habíamos arrebatado su nave?
—Ya os lo dije: evacuaron para defender su isla, su territorio inesperadamente amenazado.
—¿Pero amenazado por qué?
Esshei no me respondió, y ni siquiera me molesté en enfurecerme. Había aprendido a ser paciente con ella. Con la ankari uno tenía que armarse de paciencia o darle un pellizco en la nalga para que abandonara su actitud a veces displicente, y esto era lo último que estaba dispuesto a hacer, aunque la verdad es que me habría gustado. Que yo estuviera volviendo a la realidad, olvidándome de mis sueños, no significaba que rechazara la oportunidad de acariciar tan bonito culo.
Crucé una mirada con Jorge, le vi encogerse de hombros, y me pregunté qué táctica estaría madurando mi amigo para intentar seducirla.
De pronto, una vez más, todo aquello me pareció tan pueril que me sentí avergonzado. Cristo, aún seguía cayendo en la tentación de cortejar a Esshei. ¿Cómo lo habría hecho de haber seguido adelante con mis deseos ya casi esfumados? Quizá lo más sensato hubiera sido decirle a la primera ocasión que se me hubiera presentado que estaba loco por acostarme con ella, y que deseaba convertirme en su único amante, durante el tiempo que me aceptase o para toda la vida, al menos la de uno de nosotros. Quizá nuestras respectivas cotas de longevidad no fueran parejas.
Sentía dolor en los riñones cada vez que estaba cerca de ella, los deseos de tocarla no habían disminuido, y a veces temía no poder reprimir mis ansias de estrecharla y llenarla de besos, de pedirle que me besara...
Dejé de soñar despierto y volví a la realidad. La nave estaba bajando sobre la meseta, pero no se posó sobre ella, sino que se quedó inmóvil junto al borde.
—Bajemos —fue la única palabra que nos dijo Esshei mientras se incorporaba. Pasó entre nosotros y caminó hacia la salida.
Jorge jadeó y me susurró:
—Habría que preguntarle si ha echado bien el freno. Demonios, estamos flotando sobre el abismo.
No compartí sus temores, convencido de que Esshei sabía lo que estaba haciendo. Anduve deprisa detrás de ella. Cruzamos los pasillos, llegamos a la sala de entrada, y allí nos encontramos con la compuerta abierta y la rampa tendida sobre el vacío y bien aposentada al otro lado, donde ya nos estaban esperando nuestros compañeros.
Era bueno ver allí un comité de bienvenida compuesto por Kenneth Rosenman, Anne Zerder, Roger Stolberg y John Dunigan. ¿Dónde estaban los demás? Echaba en falta a Rose Lorah, Pat, el otro Dunigan, Christine Stanley, Michael Davis, Peggy Brunner, los Pfaumann, Marie Livornes y el soldado Mervin R. Nuil. Y, por supuesto, al inyindani Smith.
Esshei avanzó resueltamente por la rampa, pisó la hierba rojiza, y se detuvo a poca distancia del grupo. La seguimos y nos acercamos a nuestros amigos, y no caí en la cuenta, hasta que Ken se apresuró a tranquilizarnos diciéndonos que todos estaban bien, de que la pequeña Pat, la nueva e íntima amiga de Esshei, no andaba por allí. ¿No era su contacto mental? ¿Por qué no había corrido a recibir a la ankari? Pregunté por ella.
—Está en la Bóveda, con los demás —dijo el editor inglés.
—¿Y los inyindanis que los vrowes trajeron aquí? —pregunté, escrutando los árboles. Más allá se apreciaba una zona de vegetación aplastada, consecuencia del anterior y brutal aterrizaje de la nave. Me pregunté si los explosivos dejados por los prisioneros estaban realmente neutralizados.
—Han regresado a su territorio. Los trasladamos ayer en el globo. Tuvimos que hacer muchos viajes. Allí quedaban todavía un par de docenas, la mayoría heridos, que los vrowes habían abandonado. Esos demonios negros estaban tan asustados que se olvidaron de ellos.
Quedé perplejo.
—¿Por qué quisieron irse? Debisteis convencer al resto de los inyindanis para que vinieran aquí, donde estarían seguros...
Rosenman lanzó una mirada preocupada a Esshei. La ankari permanecía inmóvil y seria junto a la rampa. La situación se me antojó extraña, y sospeché que al inglés le costaba trabajo hablar en presencia de ella.
—Temo no estar seguro de lo que ha pasado —dijo, titubeante—. Cuando vimos a los dahimes alejarse de la isla inyindani, poniendo rumbo al norte, no podíamos creer que esa horda abandonara su proyecto de conquistar o destruir esta meseta, como Smith nos advirtió que se proponían hacer. Pero Pat nos tranquilizó, aunque al principio no la creímos, afirmando que los vrowes tenían problemas en su propia isla, y que regresaban corriendo a ella para defenderla de un peligro procedente del espacio.
—Sabemos que Pat se comunicó mentalmente con Esshei —dije. Se me habían quitado las ganas de contar nuestro fracaso en el Templo de Cristal, y todo lo ocurrido a bordo tras habernos apoderado de la nave—. Conocemos la huida de los vrowes, pero Esshei no ha podido explicarnos qué peligro amenaza a los demonios negros.
—Ni nosotros lo hemos averiguado tampoco. Lo extraño es que ayer, antes del anochecer, Pat nos dijo que Esshei nos aconsejaba que si los inyindanis deseaban regresar a su territorio y reconstruir sus poblados, enterrar a sus muertos o quemarlos, y quedarse allí, les ayudáramos.
Miré a Esshei, y ella soportó imperturbable mi gesto de reprobación.
—Es como si los hubierais expulsado —exclamé.
—¿Qué querías que hiciéramos? Smith nos aseguró que era lógico, porque conoce a su gente y les preguntó lo que querían. Ninguno de esos gigantes, antes orgullosos y desde su derrota humillados y sumisos, quiso permanecer en la Meseta.
—¿Y Smith? ¿Dónde está?
—Dijo que se quedaría con ellos todo el tiempo que fuera preciso.
—¿Cuánto tiempo?
Ahora fue Rosenman quien me contempló sorprendido.
—¿Cómo voy a saberlo? Tu amigo es muy raro. Pat nos advirtió que Esshei volvía con vosotros para evacuarnos a todos a la primera Meseta, donde están las dos Familias. ¿Es que ella no os ha explicado nada durante todas esas horas que habéis estado por ahí?
Negué con la cabeza, como si me pesara una tonelada. No dejaba de contemplar de soslayo a Esshei.
—No entiendo nada, amigo Ray —musitó Jorge, evidentemente violento.
Stolberg se acercó.
—Smith nos contó lo de Griffin —dijo—. Sentimos mucho lo que le hicieron esos salvajes al pobre Gerald, amigos...
Le volví la espalda. ¡Claro que yo también sentía la desaparición de Griffin! ¿Por qué me miraba Stolberg de aquella manera, como si me culpara de que el escritor borrachín hubiera muerto por mi culpa? Mierda, yo no era culpable de nada. Estuve rodeado de espadas y armas cuando los vrowes se lo llevaron. ¿Cómo iba a adivinar que lo conducían al matadero?
Pero ahora me acuciaban otras preocupaciones. No conseguía entender la actitud de Esshei. ¿Por qué se había comportado de una forma que me hacía creer que prefería librarse de los inyindanis? Y esto no podía ser, iba totalmente en contra de sus creencias. Estaba demasiado furioso cuando me volví para enfrentarme a ella.
—¿Qué significa esto de marcharnos a la otra Meseta, dejando a los inyindanis sin armas ni medios para sobrevivir en su devastada isla?
Esshei me miró sin pestañear, y me sentí terriblemente mal. Hice un esfuerzo para no apartar mis ojos de los suyos.
—Los inyindanis, sea cual sea su signo, no tienen ya nada que temer —respondió.
—No sobrevivirán mucho donde están, sin agua ni víveres...
—Os repito que no tienen que preocuparse. Nosotros en cambio debemos trasladarnos a la otra Meseta, donde nos esperan mis hermanos. Tengo que hablarles cuanto antes. Ellos deben saber lo que está pasando.
—¿Es que nosotros no tenemos derecho a saberlo, y cómo nos puede afectar la amenaza que se cierne sobre los vrowes? —mascullé—. Se ha presentado otro peligro en este infierno, y no sabemos de qué se trata. Y tú eres la única persona que puede decírnoslo. ¿No te parece que esos pobres y humillados guerreros ya han sido utilizados bastante como carne de cañón contra los vrowes, para que sean masacrados nuevamente ante ese otro peligro que ha aparecido?
—Los inyindanis serán socorridos en breve, y se les proveerá de cuanto necesiten para subsistir —replicó ella.
—Deberíamos llevarlos con nosotros.... Maldita sea, cabrían en la nave. Además, si dices que no corren peligro, ¿por qué hemos de evacuar esta Meseta?
Tardó un instante en replicar. Pareció como si necesitara acudir a alguna clase de información o a sus más lejanos recuerdos para obtener la respuesta.
—Lo que amenaza a los seres de Vrow no pondrá en peligro a los inyindanis, ni a nosotros si estamos en la otra Meseta. Ahora debemos marcharnos.
—¿Y Smith? —Meneé la cabeza—. Oh, no. No le dejaré abandonado. Es nuestro amigo y nos lo llevaremos, a no ser que su deseo sea quedarse con los restos de las dos tribus. Pero tengo que oírselo decir a él.
—Será avisado.
Rosenman intervino.
—El globo quedó en la isla tras el último viaje.
—¿Cómo vamos a avisarle? —increpó Stolberg a Esshei, con un tono de voz que incluso llegó a irritarme, a pesar de lo mucho que ya lo estaba con ella.
Esshei caminó hasta el borde de la Meseta y se volvió en dirección a la isla inyindani. Abrió los brazos, sus manos se contorsionaron, y de entre sus dedos surgió una pompa blanca y transparente que empezó a crecer y a adquirir un hermoso tono púrpura.
Jorge y yo ya conocíamos las mágicas burbujas púrpuras, pero no creíamos que las energías hubieran vuelto tan pronto a Esshei como para que ya estuviera en condiciones de realizar aquel prodigio.
Cuando la burbuja alcanzó el diámetro de dos metros, flotó fuera de la Meseta y se dirigió velozmente hacia la isla inyindani.
Esshei dijo:
—Volverá con Smith, y él decidirá. Ahora, preparadlo todo para la marcha.
—¿Y abandonar esta Bóveda? —exclamó Rosenman. Nos miró a Jorge y a mí, como implorando nuestro apoyo. Le disgustaba dejar atrás el fantástico depósito de maravillas que creía tener al alcance de la mano.
Esshei había dado unos pasos y contemplaba con tristeza la desolación que ofrecían los árboles rojos y los hermosos arbustos anaranjados. Sin mirar a nadie en concreto, mientras la burbuja desaparecía sobre la isla inyindani, respondió:
—Nada de cuanto hay aquí será utilizado por nadie. Ningún ser podrá bajar a la Bóveda, os lo aseguro. No lo lamentéis, porque hay otra semejante en la Primera Meseta.
Pensé que no teníamos otra alternativa que confiar en ella. ¿Cómo esperar ningún mal de sus decisiones? Podía equivocarse, como se había equivocado al creer que el Templo le revelaría cuanto necesitaba saber, llevándonos a nosotros con ella. A pesar del desastre ocurrido horas antes, la muchacha y sus Familias eran la única posibilidad de que disponíamos nosotros los terrestres en Elajah para sobrevivir y descubrir su misterio.
Pero sobre todo, me dije, totalmente resignado, si queríamos valemos de la nave para explorar el planeta y llegar hasta las Columnas Azules, Esshei o alguno de sus hermanos de raza tenían que brindarse para pilotarla.
—Hagamos lo que ella dice, sabe lo que se hace —aseguré a cuantos me miraban, esperando mi opinión.
Jorge volvió la cabeza hacia mí, abrió la boca para protestar. Seguramente también había recordado el error cometido por Esshei en el Templo de Cristal. Su amor por ella no le obligaba a creer en su infalibilidad, pero acató mi decisión y guardó silencio.
Unos minutos más tarde la burbuja púrpura regresó de la isla inyindani, y dentro de ella, sereno y calmado, como si viajar en su interior fuera lo más natural del universo para él, Smith nos dirigió una amplia sonrisa, y sus facciones no humanas se asemejaron por una vez al regocijo de un niño al volver a ver a sus compañeros de juego.
En aquel momento llegaban también los demás miembros del grupo. Todos tenían muchas cosas que preguntar. Sonreí al ver a Chris, ella hizo el esfuerzo de devolverme la sonrisa, pero en seguida se puso seria apenas descubrió a Esshei.
Luego, cuando todos empezaron a subir a la nave, la presencia de Pat hizo que me estremeciera. Me asustaba la niña, me intranquilizaba demasiado el cruce de miradas entre ella y la ankari, como si ambas compartieran un secreto que no estaban dispuestas a revelar a nadie.
Pero yo tenía una pregunta para Smith. Después de estrecharnos las manos y decirle que nos mudábamos a la otra Meseta, le pedí que me explicara lo que pensaba hacer.
—Voy donde vayáis vosotros, amigos míos —respondió él, gozoso—. He comprendido que debo hacerlo. Si quiero ayudar a mis atrasados hermanos de raza a volver a su mundo o a sobrevivir en éste, las respuestas las hallaréis vosotros, no yo. Lo sé. Y yo necesitaré conocerlas.
—Estoy trabajando en él asunto del tiempo.
—Sí, comprendo que es lo más difícil de coordinar.
—Pero dispongo del diagrama espectral de la rueda. Puedo aplicarlo a la Tierra. Creo que daría resultado. Por cierto, ¿podrías soportar un fracaso?
—Yo sí, pero temo que mis socios no. Se trata de una operación de envergadura, y tan llamativa como una mujer desnuda en la Capilla Sixtina. ¿Qué margen necesitas?
—Yo pediría horas.
—Podría darte cinco minutos.
—¿Cinco minutos?
—Está bien. Digamos diez. Más no me atrevería a pedirles que esperasen. Si permanecen más tiempo en el aire, ventilando a la gente que esté cerca, al cabo de un cuarto de hora tendrán encima un regimiento y una flotilla de helicópteros, además de los guardacostas.
—Entiendo.
—Puedo captar tu preocupación. ¿Qué temes? ¿Otra vez el desfase temporal?
—No, no. Ya no hay problemas. Al principio tú me infundiste ese temor, cuando me informaste de lo que ha pasado; pero ahora sé que está todo ajustado y lo tengo bajo control.
—Estupendo. Por cierto, ¿cuándo vas a decirme tu nombre, quién eres? Yo te lo he contado todo de mí.
—Déjalo por ahora.
—Como quieras.
—¿Hasta el próximo ciclo?
—Hey, ¿a qué viene esta prisa? Podemos seguir en contacto un rato más.
—¿Te has librado de tu huésped?
—Nada de eso. Pero a esta hora pasea por la playa.
—Discúlpame, pero tengo que interrumpir el contacto. Quiero revisar algunas cosas antes de ponerme a trabajar. No me gusta lo que estoy detectando.
—¿Otra vez crees ver fantasmas, oyendo cosas extrañas procedentes del exterior?
—No estoy seguro. Ojalá sólo sean aprensiones mías, y todo no resulte ser más que una falsa alarma.
—Estoy impaciente porque me hagas una descripción detallada de todo cuanto tienes a tu alcance, amigo. Dios, quisiera saber tu nombre y cómo llegaste ahí, saberlo todo respecto a ti.
—En otro momento, en otro ciclo. Hasta la vista.
—Adiós...


8.- 24 de Noviembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 14:34 HORAS

Unas llamadas a Madrid, a un par de amigos en los que aún podía confiar, proporcionaron a Luis Castro algunas informaciones. Por ejemplo, supo que por el momento la gente que podía andar buscándole no sospechaba ni remotamente que se encontraba en el sur de España. Se le suponía fuera del país, intentando vender a buen precio la charretera. Aquello le dolió al principio, luego le enfureció.
—Maldita sea, si hubiera pensado quedármela no habría vuelto con ella a España después de habérmela llevado a Inglaterra —se lamentó a Griffin.
Era por la tarde, y Joshua había ido al pueblo a comprar algunos víveres y los periódicos. A pesar de que escuchaban los informativos de la radio y veían los telediarios, los tres hombres repasaban cada día la prensa local y nacional, y la internacional que a veces se vendía en el cercano pueblo, destinada a los extranjeros residentes, pocos ya en aquella época del año. En ninguna parte se hablaba de ellos. No se había hecho público el cese de Castro como directivo del Comité, y a ningún medio de comunicación había llegado la noticia de la existencia de la charretera encontrada en Punta Paloma semanas antes. Los sucesos del mundo y la disminución de apariciones de Islas del Infierno eran las noticias más importantes, aparte las que hacían referencia a las distintas guerras que siempre ardían aquí y allá.
Griffin escuchó en silencio las quejas del español y se limitó a encogerse de hombros. Tenía un vaso de naranjada en la mano, y Luis se preguntó si el escritor no añadiría ahora un poco de ginebra a sus zumos de frutas. Finalmente, el estadounidense respondió:
—Han jugado con nosotros, Luis, como el gato con el ratón. Y en este caso el gato era demasiado listo y el ratón un pardillo; todos pecamos de ingenuos, yo más que ninguno, me temo. Pero nos vengaremos de ellos, les dejaremos en ridículo. ¿Qué dirán cuando vosotros volváis de Elajah? Entonces nos reiremos a carcajadas, y los que pensaban que estoy loco y soy un borracho acabarán respetándome.
Luis encendió uno de sus cigarros y contempló el gesto de desagrado de Griffin. Para colmo, se había convertido en un furibundo enemigo del tabaco, y pensó que no había nada más insoportable que convivir con un ex fumador. Cada vez que prendía fuego a un cigarro tenía que soportar la mirada cargada de reproche de Gerald.
En aquel momento se escuchó el coche de Joshua detenerse delante de la casa, e inmediatamente el ruido de la portezuela al ser cerrada de la forma violenta que al negro, como buen norteamericano, tanto le gustaba.
Luis carraspeó. Estaba decidido a plantear a Griffin el asunto que venía preocupándole, no permitir que pasara un día más sin que conociera, si no la fecha, al menos el modo de ir a Elajah.
Joshua entró en el salón, cargado con bolsas llenas de comida. Luis agradeció al negro que se hubiera acordado de proveerles de bebidas. Vio el gollete de su coñac favorito, con la conocida silueta del negro toro.
—Hola —saludó Joshua—. Hace un frío que pela. Nunca imaginé que aquí hiciera tanto frío.
—Estaba a punto de pedir explicaciones a Gerald. Ahora que has venido os las pediré a los dos.
Joshua, mientras vaciaba las bolsas de comida, dijo:
—Ha desaparecido un oficial hace unos días. Iba en un jeep. No lo encuentran por ninguna parte.
Gerald alzó la cabeza. Parecía muy interesado en la información.
—¿Crees que es importante? ¿Se ha visto una nueva Isla del Infierno por las cercanías?
—No, pero están rastreando toda la comarca.
—Eh, amigos. No os molestéis en desviar la conversación. Tengo derecho a conocer al menos cómo nos tiraremos de cabeza a Elajah, aunque tú, Gerald, no quieras confiarme la clase de pirueta que tenemos que hacer. Supongamos que llega el día en que me digas que al amanecer podemos largarnos. ¿Me sigues, Gerald?
—Sí, te sigo —asintió Griffin, sonriente, y sin embargo como ausente pese a su afirmación.
—Sólo me habéis dicho que algo mágico nos llevará a Elajah, y que no tendremos que ir muy lejos. Bien. Esto me gusta, porque apareceremos cerca de donde fue arrebatada mi hermana. Punta Paloma no queda muy lejos. Sin embargo...
Luis captó un cruce de miradas entre Joshua y Gerald, y creyó que él era el tonto del trío, el único que no estaba enterado de nada, y le costó un gran esfuerzo reprimir su rabia, mantener una aparente tranquilidad.
—¿Qué te preocupa? —preguntó Joshua.
—Deberías saberlo, jodido negro —silbó Luis, temiendo perder la calma—. No se puede ir a Elajah en traje de calle, ¿estás de acuerdo?
—Completamente. Para semejante viaje uno tendría que prepararse como para una guerra —asintió Joshua, sin mirarle ni dar muestras de haber escuchado cómo le había llamado el español, tal vez porque ya se había acostumbrado a su manera de expresarse, que podría ser considerada como un insulto si no fuera por el tono amistoso que solía emplear Castro cuando lo hacía sin ánimo de ofenderle.
—Pues en toda la casa no hay otra arma que tu revólver —prosiguió Luis, tras resoplar profundamente—. Y para andar por Elajah hace falta un tanque y un verdadero arsenal, algo parecido a lo que reunió Kenneth Rosenman en esa mansión que acondicionó como una fortaleza... —De pronto miró las paredes del salón y casi saltó del sillón—. Un momento. ¿Acaso a esta especie de castillo medieval le va a ocurrir lo mismo que a la casa de Rosenman?
—Ojalá fuera así —suspiró el escritor—. Todo sería mucho más sencillo.
—¿Entonces...?
—Puedo anticiparte, amigo Luis, para que te calmes, que apareceréis en el equivalente de Punta Paloma en Elajah. Por supuesto que ya no hallaréis allí el agua que se fue con tu hermana, y está previsto que vosotros llegaréis allá uno o dos días después. Tres como mucho.
—No creo que esto lo hagas por mí, quiero decir que hayas elegido Punta Paloma por hacerme un favor.
—Sinceramente, no. Quiero que lleguéis cerca de lo que quedó del Templo de Cristal.
Luis sintió un escalofrío.
—¿Has hecho un pacto con el diablo, y éste te ha revelado que otro pedazo de playa de Punta Paloma será cambiado?
—No. Se trata del que ya existe, de una restitución. La masa que fue arrancada con tu hermana, agua y aire, será devuelta. Faltará el agua y la chica, pero un bloque de muchos metros cúbicos de no sé qué volverá a la Tierra, y vosotros cabalgaréis con lo que salga de aquí para Elajah.
—¿Y conoces el momento?
—Aproximadamente, con un margen de error de apenas cinco o diez minutos.
—¿Quién dicta las reglas?
Griffin se pasó una mano por la cara. Otra nueva mirada preocupada con Joshua, y dijo:
—Ten confianza en mí, Luis. No sé cómo pedirte que confíes en cuanto te digo.
—Dios, al menos dime cómo lo haremos.
—Si te contara ahora lo que te queda por saber me abrumarías con tus preguntas y... con tus reproches.
—¿Por qué tendría que hacértelos?
—Ahora los harías. Luego, cuando lo comprendieras todo, tú mismo me pedirías disculpas.
—Maldita sea, odio los enigmas. En cuanto a los medios: ¿volveremos de la misma manera que nos iremos?
—Sí.
—Cristo, todo esto es demasiado extraño. Si no has pactado con el diablo, ¿quién te ha revelado que se producirán las restituciones?
—Eso no puedo decírtelo por el momento.
—¿No podrías hacer alguna modificación en el plan para que el nuevo cambio de masas se produzca un minuto después de que Ana haya aparecido en Elajah?
Joshua soltó una maldición.
—¡Cochino egoísta! —espetó al español—. ¿Y mi hermano? Te gustaría que Ana regresara sin tener que arriesgar el pellejo, ¿verdad? Pero, ¿y Roger? Mi hermano estará muy lejos del punto donde apareceremos, ¿no te parece?
—Lo siento —dijo Luis, avergonzado—. Me había olvidado de Roger. ¿Pero cómo iremos a buscarle? Tú mismo has dicho que estará muy lejos. Y esto me recuerda mi preocupación. ¿De qué medios dispondremos una vez en Elajah? No creo que podamos contar con vehículos todo terreno, a no ser que los llevemos en barcazas y esperemos en ellas cerca de la orilla de Punta Paloma. Y eso cuesta dinero y mucha preparación.
Stolberg movió la cabeza de un lado para otro. Luis tuvo la impresión de que deseaba hablarle más claro. El negro dio la espalda al escritor y dijo al español:
—Dispondremos del equipo suficiente, el mejor y más adecuado, para cruzar miles de kilómetros en Elajah. Todo está previsto: víveres, armas y medicinas para mucho tiempo. ¿Estás más tranquilo ahora?
—¿A qué medios de transporte te refieres?
—Dos modernos helicópteros.
—¿Hablas en serio?
—Totalmente.
—¿Quién más está detrás de todo esto? Porque vosotros dos no podéis hacer solos todo ese trabajo. Se requiere una organización, gente capacitada. Conseguir dos helicópteros y lo demás no está a vuestro alcance.
—Nuestros patrocinadores se ocupan de ello.
—¿Patrocinadores? ¿Es que tú y yo vamos a llevar un logotipo en el pecho y otro en la espalda?
—No digas tonterías. Creo que no me he expresado bien. Tenemos socios, gente altamente capacitada que está muy interesada en el proyecto y lo financia. Gerald no puede disponer de su dinero, ni siquiera de sus fondos en Suiza,
—¿Quiénes son?
—No debes saberlo por ahora —dijo Griffin—. Por Dios, ten confianza en mí. ¿No fuimos a buscarte y te trajimos aquí para que pudieras ir a Elajah? Tenía una deuda contigo, y quería pagártela. Sólo te pido, Joshua y yo te pedimos, incluso por tu bien, porque te conocemos y creemos saber cómo eres y cómo piensas, que no debes enterarte hasta el último momento de quiénes pagarán las facturas. Escúchame bien, y no olvides nunca lo que voy a decirte, Luis. Aunque llegues a enterarte de algo que te haga pensar que no somos sinceros contigo, nos consideramos tus amigos, y jamás haríamos nada que te perjudicara.
—¿Qué piden a cambio? No me creáis tonto. Algo querrán, ¿no?
Gerald asintió con la cabeza.
—Te he dicho que serán dos helicópteros. Por lo tanto, varias personas os acompañarán. Ir a Elajah es su pago, lo que quieren a cambio de su ayuda. Y ya no te diré nada más.
Por la mirada del escritor, Luis no tuvo ninguna duda de que así sería.


9.- MALOS PRESAGIOS

El jeep no cesaba de dar saltos mientras avanzaba. El más ligero sonido extraño que producía el motor llenaba de malos presagios a Ana Castro. La muchacha se estremecía de terror pensando en que pudiera detenerse, a su entender demasiado cerca de una enorme colonia de tramis que se extendía a su derecha. Su acompañante aseguraba que nunca había visto tanto terreno de aquellas características, y si todo él estaba dominado por los tramis, allí debía de haber millones de ellos. Ana estaba cansada de verlo, y se preguntaba cuándo acabaría y el horror quedara atrás definitivamente.
Larry no dejaba de preguntarle cosas, a cuál más extraña, acerca de la situación de la Tierra y las Islas del Infierno, y ella ya no sabía qué decirle, no recordaba nada más que pudiera interesarle; incluso le había contado todos los chistes sobre el tema que conocía. Se sentía abrumada con sus preguntas, y molesta también porque Moore había establecido desde el primer momento unas egoístas reglas del juego: él hacía las preguntas, y no respondía a ninguna de las que ella le hiciera.
—¿Por qué está tan interesado en esas cosas? —jadeó al fin la muchacha, cansada—. No recuerdo, por ejemplo, cuántos kilómetros cuadrados han desaparecido de la Tierra y han sido transferidos aquí, de veras que no me acuerdo. Hace mucho tiempo que leí uno de esos aburridos informes que mi hermano llevaba a casa. ¿Qué importancia tiene?
La mirada de Larry pareció perderse en la atormentada llanura por la que avanzaban. Al frente, muy lejos todavía de ellos, se elevaban unos montes.
—Me interesa todo cuanto le ocurra a este mundo. Temo por él.
Ana puso cara de asombro.
—¿Teme por este cochino planeta?
—Sí. Existe algo que está intentando detener el proceso.
—¿Qué está diciendo?
Su acompañante tenía el cetme sobre las rodillas, y lo acariciaba sin cesar mientras ella conducía. Ana parpadeó. Sabía que también escondía una pistola. A veces no entendía a Moore. Había momentos en que actuaba de manera misteriosa, como si se creyera en posesión de la verdad. ¿Pero qué verdad? A veces descubría en sus ojos, siempre entornados, un brillo místico. Pero apenas éste se apagaba, se ponía serio y mascullaba palabras en un idioma que no entendía, aunque le parecía alemán. ¿Por qué no le había dicho su nacionalidad? Tan sólo admitía que podía ser americano o inglés y andaba por España de observador de unas maniobras militares. Pero su camisa e insignias eran de la Infantería de Marina del ejército español. Le resultaba muy extraño el comportamiento de aquel tipo con quien se sentía en deuda, porque creía deberle la vida. Por ejemplo, había demostrado conocer profundamente Elajah, pero no quería revelar cuánto tiempo llevaba allí. ¿Por qué? Pese a ello, a su comportamiento tan introvertido, Ana se consideraba afortunada estando a su lado. De no haberle encontrado, hubiera podido estar muerta hacía muchas horas.
—Digo que cuanto está ocurriendo en Elajah es un milagro.
—¿Qué clase de milagro va a molestarse de hacer el buen Dios en este sitio de mierda? —exclamó la chica.
Stenzel giró la cabeza. Sonrió a Ana cuando le dijo muy suavemente:
—Dios ha comprendido que se equivocó con la raza humana en nuestro mundo, y quiere aprovechar la buena tierra que entregó a los hombres para remozar Elajah, entregarle todo lo que nosotros no supimos cuidar y en cambio estábamos agostando, para que en esta otra muestra de su infinito poder se lleve a cabo una milagrosa regeneración. Nada de cuanto pertenece al Supremo Hacedor se desperdicia, jovencita. ¿Has entendido?
Ana sonrió forzadamente. Estaba acostumbrada a llevar la corriente a los santones y a las beatonas. En su familia había habido una tía que corría a visitar cualquier lugar donde surgiera una supuesta aparición celestial. Hasta su muerte fue más conocida y popular en el Palmar de Troya que el mismo papa Clemente. Las veces que Ana la visitaba en compañía de Luis, se armaba de paciencia, y jamás se atrevió a contradecirla. Sabía que era inútil discutir con los fanáticos. Lo mejor era decirles a todo que sí. Se preguntó si con Moore debía aplicar la misma teoría.
—La gente estaba haciendo de la Tierra un estercolero. —Stenzel se arrancó de la camisa la galleta con las estrellas y la arrojó lejos con ademán despreciativo. No se pudo reprimir una carcajada al añadir—: Claro que echar mierda sobre mierda no parece muy práctico, pero está pasando algo grande, lo presiento. Lo veo venir. El gran orden estelar ha elegido este mundo y el nuestro. Tal vez todo parezca extraño, pero no poseemos capacidad para juzgar unos métodos que nos pueden parecer misteriosos, sólo podemos esperar y ver los resultados.
—¿Y qué resultado se va a obtener de todo este lío? ¿Sabe lo que pasará si no paran de llegar pedazos de nuestro mundo y allí son reemplazados por toda esta asquerosa tierra gris?
—¿Qué tontería está pasando por tu torpe cerebro?
—Pues que al final estará aquí toda la gente de la Tierra, y allí acabarán esos infectos seres junto con su pestilente arena. Al final todo será igual. La costra de Elajah cubrirá nuestro mundo, y éste llenará con agua y vegetación esta porquería. ¿Qué habremos ganado? ¿Un cielo siempre cubierto de sucias nubes y no saber dónde estamos? Cristo, vaya estupidez.
Ana calló. Pensó que no estaba cumpliendo con su propósito de evitar discutir con Moore. No era una táctica aconsejable rebatir sus ideas. ¿Para qué molestarle? Ya tenía suficiente tratando de adivinar a qué sitio quería llevarla. Lo último que deseaba era provocar su enfado. Pero no parecía haberse ofendido por sus palabras.
Moore volvía a interesarse por el lejano horizonte, y al cabo de un rato de silencio dijo:
—Lloverá la buena tierra de los cielos, pero la maldad que vendrá unida a ella deberá ser exterminada. Dios siempre ha esperado la ayuda de los mortales que conservan la fe en su sabiduría. Aquellos que comprendan su intención serán sus favoritos el día del Gran Juicio. Ya han llegado sus ángeles exterminadores, que conservarán puras las tierras destinadas a regenerar este pobre mundo, que pronto será la mejor prueba de su poder.
No, mi tía no hablaba así, pero estaba tan majareta como este individuo, se dijo Ana. Vaya suerte que he tenido. Y encima no es guapo. Y está chiflado. Quizá le ha dado demasiado esta mierda de sol en su cabeza. Apretó un poco más el acelerador, viendo que el terreno era llano y los obstáculos disminuían. Al fin quedó atrás la gran zona que Moore le había asegurado que era la colonia de alimañas más grande que jamás había visto.
—Dios nos vigila, está pendiente de cuanto ocurre en Elajah. —Stenzel sacudió la cabeza y movió su brazo con brusquedad. No le dolía en absoluto, no quedaba el menor indicio de la rotura de huesos que sufrió, ni la más mínima marca de las heridas que le causó el lanzador de arena cuando Kanable se lo destrozó—. Yo he visto a Dios.
—Pues qué bien. Es usted muy afortunado —susurró Ana.
—¿No me crees? Yo vi su silueta magnífica. Detrás de él había una luz maravillosa y hermosa.
—¿Cuándo fue eso?
—Durante mi tránsito por el Limbo. ¿Y tú? ¿Percibiste algo parecido cuando lo cruzaste?
—Estaba demasiado asustada para fijarme en nada. Sólo recuerdo un relámpago y una total oscuridad que se mezclaron, hasta que abrí los ojos y sentí que mi culo daba con el suelo. Oiga, ¿está seguro que sabe dónde vamos? ¿Es que otra revelación divina le obliga a viajar al oeste?
Stenzel negó con la cabeza.
—Esta vez no ha sido necesario recibir una señal. Donde vamos lo he visto con mis propios ojos. Es una muestra de que este mundo podrá convertirse en un paraíso si eliminamos los parásitos que están contaminándolo en contra de los deseos de Dios.
La chica frunció el ceño. No entendía a su compañero, pero de ninguna manera pensó en pedirle que le aclarase lo que había dicho. Estaba harta. Sin embargo, al cabo de un rato, sintiéndose peor callada, preguntó:
—¿Qué ha visto?
—Un prodigio en azul que se alzaba al cielo hasta tocar las nubes.
«Está chiflado», pensó Ana. «¿Es posible que con este sol tan esmirriado haya sufrido una insolación? No lo entiendo. Yo he tenido suerte, más que él. No me he vuelto loca al darme cuenta a dónde he venido a parar, pero Moore debió perder la chaveta al abrir los ojos y comprender que estaba en Elajah.»
Casi una hora más tarde, después de atravesar un páramo de suelo duro, sortear riscos y subir montes, la actitud de Stenzel pareció cambiar bruscamente. Su semblante, a criterio de Ana, era más normal, se le había esfumado del rostro el irritante gesto de misticismo.
—¿Estás segura de que Gerald Griffin llegó vivo a la Tierra el día que me has dicho? —preguntó de pronto el hombre, dando un sobresalto a Ana.
—¿Es que lo duda?
—No si tú lo dices... Pero me parece extraño.
Stenzel pensó que no debía seguir interrogando a la muchacha sobre aquel asunto que no acababa de entender. Recordó que, antes de ser curado de la herida de bala en la cabeza por la ankari llamada Esshei, ella y el muchacho español volvieron a la isla inyindani diciendo que Raymond había caído en un fuego fatuo y desaparecido en él. Y Kanable regresó a Elajah exactamente dos días después, asegurando haber estado en la Tierra. El editor y periodista llamado Kenneth Rosenman le confió que había sido Kanable quien le proporcionó las pistas para encerrarse en una casa determinada de Londres y esperar a que ésta fuera cambiada por un pedazo de Elajah.
—Todo esto es tan extraño... —repitió, y una vez más se preguntó si no habría llegado el momento de librarse de Ana Castro. No era que le estorbara, pero sí le preocupaba tener que compartir con ella la mitad de sus provisiones. Además, era demasiado bonita, y podía acabar despertando sus deseos. Y él era un servidor de Dios que no podía contaminarse con una intrusa en Elajah—. Dime, ¿qué idea te hiciste de los compañeros de Griffin leyendo su libro?
—Que debe ser una gente estupenda. Se portaron valientemente. Y Kanable es un tipo que los tiene bien puestos.
Stenzel torció el gesto. Kanable le había derrotado en una batalla, pero quedaban otras por librar. Odiaba a Kanable, no le perdonaría jamás la humillación que le había infligido.
—Ese Raymond Kanable, por lo que me has contado, parece un tipo algo misterioso.
Ana sonrió, recordando que cuando leyó el libro soñó con Kanable, su héroe durante unos días. Luego se olvidó de él por otro chico que conoció, a pesar de que Kanable estaba rodeado de un atrayente halo de aventurero.
—Quizá. Conozco algo interesante de Raymond Kanable. Son contadas las personas que supieron, al leer el libro de Griffín, que Kanable es tan español como yo. Hace algunos años, creo que desde 1987, empezó a trabajar para un nuevo grupo antiterrorista que actuaba en el extranjero sin involucrar al gobierno de Madrid. Primero le enviaron al sur de Francia, donde llevó a cabo unas misiones a satisfacción de sus misteriosos jefes.
»Pero Kanable no se había metido en aquel fregado por deseos de venganza, como creyó el tipo que un día le convenció para que trabajara para él, la mañana del entierro de varias víctimas del terrorismo en Barcelona. Creo que le vieron llorar y gritar que iba a vengarse. Quizá le confundieron con un familiar de los que murieron en el atentado, y le propusieron un asunto con poco riesgo.
»Pero Kanable, y eso se supo más tarde, no era más que un aventurero que había vagado por el mundo metido en negocios no muy limpios, incluso en contrabando de armas, y no precisamente para vendérselas a gobiernos democráticos. Todo lo hacía por dinero. Pero era un tipo con agallas, sí señor.
—¿Acaso tu hermano tenía algo que ver con esas bandas?
—¡Claro que no! Luis siempre aborreció las organizaciones paralelas. Si conoceré yo a mi hermano. Si no hubiera sido tan estricto con sus ideas, habría ascendido hace tiempo en el cuerpo. Por eso acabó en el Comité, y mi hermano, que es tan tontito, creyó que le habían ascendido. Pero lo hicieron para librarse de él. Mire, apenas apareció el libro de Griffín, un antiguo colega de mi hermano se presentó un día en casa. Llegó muy pálido, y le oí decirle a Luis que temía que saliese a la luz de nuevo el maldito asunto de Kanable, que ya parecía estar olvidado, porque ese escritor había vuelto a recordar al mundo que un tal Raymond Kanable anduvo por el sur de Inglaterra huyendo y llevando consigo un montón de libras irlandesas e inglesas, precisamente arrebatadas a los terroristas irlandeses y españoles que las robaron en un atraco, hecho que se achacó a elementos del IRA en Londonderry, ayudados por tres españoles.
—Ese Kanable no es más que un maldito hijo de puta.
Ana dejó de escrutar durante un instante el terreno por el que avanzaban para mirar a Moore con asombro. No encontraba justo el insulto que había brotado de sus labios.
—Mi hermano —siguió diciendo Ana, tratando de disimular su turbación— intentó tranquilizar a su visitante, asegurándole que nadie relacionaría a Kanable con los elementos antiterroristas salidos de España ni con los hampones marselleses pagados por empresarios españoles para combatir a quienes les extorsionaban con el impuesto revolucionario, al menos mientras no se averiguase su verdadero nombre, ya que el tal Kanable no era más que un pobre diablo que creyó encontrar en su nuevo trabajo un medio para ganar dinero rápido si se andaba con cuidado. Luis estaba convencido de que era así, ya que Kanable no desaprovechó la primera oportunidad que se le presentó y se largó con un sustancioso botín, burlándose de los terroristas. Los abandonó, y algunos de ellos, por su causa, cayeron en manos de la policía británica, cantaron todo lo que sabían, y la estructura que estaban organizando los terroristas españoles se hundió estrepitosamente. Raymond Kanable era un hombre marcado, y tenía que esconderse y recuperar su verdadero nombre o pedir que le dieran una nueva personalidad. Entonces, mientras huía, fue trasladado aquí cuando se hallaba en el interior de un hotel cerca de Bideford. Y eso fue su salvación, porque unos compañeros de su antigua banda le estaban siguiendo la pista, y aunque se hubiera librado de ellos, también andaba cerca un asesino a sueldo español para acabar con él si escapaba de los terroristas. Todo eso se lo oí a aquel tipejo cuando se lo contó a mi hermano. Kanable era un hombre marcado.
—¿Y Griffin lo reveló todo en su libro?
—No. En el libro Kanable aparece como un hombre algo extraño, que fue acusado equivocadamente de traficar con cocaína. Griffin no tuvo más remedio, creí llegar a esta conclusión leyendo el libro, que contar todo lo que sabía de él, porque al fin y al cabo fue Kanable quien más cosas averiguó acerca de Elajah. Kanable fue rescatado de una muerte horrible entre los tramis por un holandés llamado Adrián Stenzel, estuvo en una isla paradisíaca de vegetación roja procedente de un planeta llamado Ankar, y convivió con unos seres deliciosos, que formaban una Familia y eran pacíficos y hermosos. A propósito, ¿ha visto alguna de esas mesetas?
—¿Qué dijo Griffin del holandés?
—Bueno, no le dejó en muy buen lugar.
—¿A qué te refieres?
—Kanable contó a Griffin que Stenzel tenía unas ideas un tanto extrañas, y que su comportamiento le pareció muy egoísta. No pudo averiguar lo que quería exactamente, lo que buscaba con su actitud, y él dedujo que no deseaba relacionarse con ningún superviviente de la Tierra.
—¿Ah, sí? ¿Qué más supuso Kanable que quería Stenzel?
—Convivir con la Familia, integrarse en ella. En definitiva, ser un ankari más.
—Creo que le juzgaron mal. ¿Acaso no apareció tripulando un globo sobre la isla inyindani y alejó a los guerreros que estaban atacando a los hombres y mujeres de la Tierra? ¿No es eso una prueba de que quiso ayudar a ese grupo de Desaparecidos?
Ana se encogió de hombros. Se abrochó la camisa. Había descubierto que su compañero la miraba últimamente con demasiada intensidad.
—Me trae sin cuidado. ¿Qué me importa a mí ese individuo?
—No hay libro más falso e hipócrita que una autobiografía. El autor de ese libro no ha podido ser sincero.
—Es posible. Estoy de acuerdo que nadie escribe de sí mismo contando la verdad pura y llana. Pero recuerde que Griffin reproduce la opinión que Kanable tenía de Adrián Stenzel, no dice que él también llegara a creer que el holandés fuera un cerdo.
Stenzel le indicó que aminorara la marcha. Había observado que el depósito estaba quedándose vacío. Había que llenarlo con el contenido de uno de los bidones. Ana frenó, y Stenzel le pidió que se ocupara de ello mientras él vigilaba, añadiendo con una sonrisa tranquilizadora:
—Baja sin temor. Todo lo que nos rodea es terreno rocoso. No hay alimañas por aquí.
Mientras la joven se ocupaba de repostar, Stenzel se arrellanó en el asiento del conductor y entrecerró los ojos. Aquél podía ser el momento ideal para librarse de la muchacha. Ya había obtenido de ella toda la información que necesitaba para satisfacer su curiosidad. Además, desde que conocía la opinión que tenía de Adrián Stenzel, había empezado a aborrecerla.
Reflexionó mientras escuchaba caer la gasolina en el depósito. Seguía abstraído en sus pensamientos cuando escuchó que Ana le decía:
—Bien, esto ya está listo, Moore. Cuando quiera podemos seguir.
Stenzel la observó por el espejo retrovisor. Puso en marcha el motor. Si aceleraba podía dejarla atrás. Sólo escucharía sus gritos y sus maldiciones durante un rato, hasta que la perdiera de vista.
Ana seguía fuera del jeep, sujetando el bidón vacío en la parte de atrás, junto a los otros que estaban llenos. Todavía puedo dejarte ahí tirada, muchacha, pensó, acariciando el volante.
—Moore, creo que debería decirme a dónde nos dirigimos —dijo ella, mirando a su alrededor—. Desde que salimos de las ruinas de cristal seguimos una dirección determinada. Es como si supiera usted cuál es nuestro destino. ¿Estamos buscando una gran isla con árboles y gente?
Stenzel esperó a que ella se sentara a su lado.
—Llevamos casi dos días viajando. ¿Te imaginas dónde estamos? —le preguntó—. Me refiero, naturalmente, al lugar geográfico si estuviéramos en la Tierra.
—No.
—Pues acabamos de cruzar Portugal, y nos dirigimos a las Azores.
—¿Por qué? —inquirió Ana, asustada de repente. Su compañero había demostrado siempre ser un tipo listo a pesar de sus rarezas, y nunca había parecido dudar de que sabía lo que estaba haciendo—. Claro, ahora comprendo por qué no vemos ninguna isla en la lejanía desde hace horas. Por Dios, Moore, por aquí no hallaremos ninguna zona ajena a esta mierda de mundo. Lo que haya podido venir de nuestro planeta por estas latitudes sólo puede ser agua del Atlántico.
—¿Es que no consideras ésta una buena ruta?
—¡No! La única posibilidad de salvar el pellejo es hallar gente, zonas traídas de otros mundos que nos permitan dormir tranquilos por la noche. ¿Por qué no nos dirigimos al norte, al sur de Inglaterra por ejemplo, y tratamos de localizar el grupo al que perteneció Griffin? Es el camino mejor. Atravesaríamos la península Ibérica, cruzaríamos parte de Francia, y siempre tendríamos más posibilidades de toparnos con personas. Además, si halláramos al grupo de Kanable, podríamos decirles que su amigo Gerald Griffin está sano y salvo en la Tierra. Eso les animaría, y entre todos podríamos buscar el fuego fatuo que usó Griffin para saltar a Londres. Pero para ello tenemos que dirigirnos al noroeste, no al oeste.
—¿Te gustaría conocer a los protagonistas del libro? Olvídalo. Lo más probable es que todos hayan muerto. Sobrevivir en Elajah no es fácil.
—No me anima con sus palabras, caramba. ¿Qué le parece buscar una Meseta Roja?
El rostro de Stenzel se ensombreció.
—No digas tonterías. Sería una pérdida de tiempo.
—Bien. Usted pretende ir al oeste. ¿Sabe que por aquí no encontraremos Islas del Paraíso?
Stenzel se dejó vencer por un extraño impulso y puso el jeep en marcha. Le asustaba la soledad, no tener a nadie con quien hablar hasta que llegase a su destino. Esperaría un día, tal vez dos. Luego ya decidiría qué hacer con ella.
—Muchacha, no me has creído cuanto te he hablado de que Dios me ha impuesto una misión. El sueño azul existe, se trata de algo grande y fantástico. Es una columna de cientos de metros de altura. Y no se trata de una ruina.
Ana le miró. No pudo sonreír aunque lo intentó. Algo dentro de su ser le decía que el hombre no estaba contándole una fantasía de sus sueños. Tal vez no existiera lo que decía, pero él creía de buena fe que sí.
—He visto una columna azul en medio de un páramo enorme. Durante un momento en que las nubes que lamían su cúspide se apartaron, pude admirar su bella plataforma superior. Era colosal. No me preguntes sus medidas. No sabría decirlo. Pero era gigantesca. Pronto la veremos alzarse en el horizonte.
—Espero que sea cierto y la hallemos cuanto antes, pues no creo que tengamos combustible suficiente para volver.
—¿Volver? —Stenzel soltó una carcajada—. Muchachita, una vez allí, ya no tendremos que ir a ninguna parte.


10.- EVACUAR LA MESETA

Rosenman insistió en llevar consigo todo lo valioso que habíamos logrado salvar del saqueo cometido por los inyindanis en su mansión. Esshei no se opuso. Entre las muchas cualidades que poseía estaba la de evitar cualquier discusión si al final de ésta iba a acabar cediendo. A la muchacha, era evidente, lo único que la preocupaba era evacuar la Meseta lo más rápidamente posible.
Yo comprendía que el editor no quisiera deshacerse del material, sobre todo del literario, que había logrado reunir, aunque muy deteriorado, tras el saqueo, y que todavía se hallaba revuelto y sin clasificar en cajas de cartón.
Esshei contagió sus prisas a los habitantes de la Meseta, y todos colaboramos activamente en el traslado de nuestras escasas pertenencias. Cuanto antes acabáramos antes nos marcharíamos de aquellos parajes, que parecían haberse vuelto poco hospitalarios. El material fue reunido en una estancia próxima a la esclusa principal de la nave.
Cada vez que Kenneth se cruzaba conmigo me hacía alguna pregunta referente a la Columna Azul, pero también se interesaba por las posibilidades que disponíamos de rescatar al mayor número posible de Desaparecidos, ahora que podíamos contar con la nave vrowe. Yo sólo le contestaba en lo que se refería a la Columna, porque seguía creyendo que no debíamos perder tiempo dedicándonos a buscar personas.
Una vez finalizado el trabajo, me quedé a varios metros del bosque, contemplando la nave flotar sobre el abismo. Michael Davis y Rose charlaban al pie de la rampa. Un poco más arriba estaba Kenneth, muy impaciente y restregándose las manos. No veía por ninguna parte a los Dunigan. Quizá ya estaban a bordo, curioseándolo todo ahora que podían. Sentían fascinación por el vehículo. Habían hecho muchas preguntas a Esshei, hasta que me cansé de que la molestaran y les pedí que la dejasen en paz. Después me sentí intrigado viéndoles hablar con Marie Livornes, pero no tardé en olvidarme de ello. Me fastidiaban tanto los dos hermanitos que luché por apartarlos de mi mente.
Todos esperábamos el regreso de Esshei. Aunque ella no dijo a dónde iba, yo la suponía en la Bóveda, y no dejaba de preguntarme nerviosamente qué hacía allí. Me respondí a mí mismo, para tranquilizarme, que había bajado por un motivo sentimental. Quizá quería despedirse de aquel lugar, que probablemente no volveríamos a ver.
Jorge apareció por la esclusa. Estaba nervioso ante la tardanza de la chica. No era muy hábil disimulando sus sentimientos. Sonreí. Debía llamarle Val, ¿no? Pues Val no era mi rival. Cada vez estaba más convencido de que él no tenía nada que hacer con Esshei, y no había llegado por pura vanidad a esta conclusión, sino tras haberme descalificado.
Estaba en una de mis angustiosas horas bajas, en las que el pesimismo se adueñaba de mí y todo lo que había pensado y calculado el día antes, todas mis esperanzas, las encontraba ridiculas y carentes de razón, y era incapaz de mantenerlas si continuaba analizándolas fríamente.
De pronto apareció Esshei por entre los árboles. Dios, qué bonita y atractiva la encontré. Di un respingo. Pat la acompañaba. No me acordaba de que la niña la había seguido a la Bóveda. Las dos caminaban cogidas de la mano, como dos hermanas, o como una profesora de paseo con una de sus alumnas.
—¿Todo está bien? —fue lo único que se me ocurrió preguntarles.
Esshei se limitó a asentir con la cabeza. Apenas se detuvo un instante a mi lado, y siguió caminando hacia la nave. Era nuestra piloto, dependíamos de ella, de su estado de ánimo, y no quise molestarla más. Me dije que más adelante tendría que hablarle a solas. Anduve detrás de las dos, casi dócilmente.
Yo ya no vestía los ridículos atavíos vrowes que apenas cubrían mi cuerpo. Ahora llevaba una amplia camisa, una cazadora grande y unos pantalones vaqueros, pero calzaba las recias botas ankaris, lo único que conservaba de mi antiguo equipo de combate.
Smith entró corriendo en la nave. No quería quedarse fuera. El inyindani aún no había terminado de contarme cosas de su mundo que yo necesitaba conocer, sobre todo la clase de relaciones que su raza mantuvo con la de Ankar.
Jorge, aunque desde nuestra vuelta no quiso lucirse por ahí con el traje, no había dejado en ningún momento de llevar su charretera al hombro, pero la cubría con una chaqueta de cuero que había encontrado entre las cajas traídas de la isla inyindani. Creo que estaba temiendo que yo se la pidiera. Nunca lo habría hecho. ¿Cómo iba a atreverme a desposeer a un héroe como él de su brillante armadura?
Mientras caminaba delante de mí, Esshei se inclinaba a veces para hablar casi en voz baja con Pat. No podía oír lo que se decían, y me quedé muy intrigado, preguntándome cuál era la amistad que se había establecido entre ellas. Tal vez la mente infantil de la niña era más penetrable, dúctil y manejable para la ankari que cualquiera de las nuestras. Sin embargo, por un momento me asaltó un temor que ya no conseguiría apartar de mis pensamientos. ¿Es que Esshei era todavía una adolescente entre los suyos, y el deseo de amar aún no se había despertado en ella, y ésta era la causa de que se sintiera a gusto en compañía de una verdadera niña como Pat?
Finalmente partimos de la Meseta.
Esshei no se opuso a que todos nos acomodáramos alrededor de ella en los sillones del puente de mando. Pero en esta ocasión, no sé por qué, no se encendieron las pantallas frontales que podían ofrecernos vistas panorámicas desde todos los puntos de la nave. Por lo tanto, no vimos cómo nos alejábamos de aquel pedazo de tierra de Ankar que durante algún tiempo pensé que iba a ser nuestro hogar, o al menos la base desde la que llevaríamos a cabo una concienzuda exploración de Elajah.
Curioso.
Fue curioso aquel viaje. No tardamos más de media hora en salvar la distancia que nos separaba de la Primera Meseta, alrededor de unos doscientos kilómetros. Comparado con lo que tardamos desde el sur, resultó un viaje muy rápido. Volvíamos a uno de nuestros puntos de origen, nos aproximábamos al lugar donde comenzó la aventura, a la península de Cornwall. Más al oeste debía haber un resto de Lundy. ¿Qué habría pasado con sus pájaros puffin? Seguro que el primer día de su estancia en Elajah echaron a volar y se perdieron por los desiertos grises. ¿Y los poneys? Pobres caballitos. Stolberg no mencionó a estos animales, ni tampoco lo hizo ninguno de los soldados. No se preocuparon de ellos. Si echaron a trotar por las llanuras debieron acabar cayendo en una colonia cuyos moradores se encargaron de dar buena cuenta de todos, y aquel día degustaron carne de lindo caballo de la Tierra, un manjar inédito hasta entonces para sus paladares.
Pat estaba sentada en el regazo de Esshei. A veces se reían, como si todo aquello fuera un juego para ellas. Vaya, la niña era por el momento la única capaz de borrar la tristeza de Esshei y devolverle a veces su bonita sonrisa.
Me distraje estudiando a mis compañeros. Desde donde estaba, en un extremo de los asientos, podía ver sus caras y sus dispares expresiones.
Kenneth y el sargento discutían entusiasmados. Adiviné que el inglés le contaba al norteamericano lo que habíamos visto Jorge y yo, la Columna Azul, y el resto de una gigantesca estatua. Tal vez ya le había explicado que el Templo de Cristal se autodestruyó con nosotros dentro, y que apenas tuvimos tiempo de ponernos a salvo. Debían estar haciendo proyectos para explorar este mundo de punta a punta, pero yo no estaba seguro de si la primera etapa que Ken eligiría iba a ser la gran llanura situada en las cercanías de las Azores y echarle un vistazo a la misteriosa Columna de granito azul, que con una mole de sus proporciones resultaría fácil de localizar, porque sería como un potente faro iluminado en la noche.
Rose Lorah y Michael Davis estaban juntos y se cogían de las manos. Al parecer era verdad que se habían relacionado íntimamente más de una vez. Sonreí, socarrón, y me pregunté si la rubia también le había dicho que una chica como ella en Elajah, con un porvenir tan incierto, debía aprovechar todos los momentos que se le presentaran para disfrutar de unos segundos de placer. De todas formas, sentí un remalazo de extraños celos.
Giré la cabeza para contemplar a Chris. Estaba muy ensimismada en sus pensamientos. Ya conocía la noticia de que su marido se había casado con otra, apenas un juez dictaminó que al tratarse de una Desaparecida y haber transcurrido dos años desde el Día del Misterio, su esposo quedaba libre de contraer nuevas nupcias. No tuve más remedio que sonreír. ¿Qué pasaría si Chris volvía a la Tierra? Para la chica no habría pasado más de un mes, y por lo tanto la ley no se ajustaba al plazo establecido para ella, y la decisión judicial resultaría unilateral e ilegal. Chris era estupenda. Lo sabía todo de mí, conocía mis sentimientos y no había ido por ahí contándolos a todo el mundo. Quizá fuera cierto que me quería. Creo que empezó a sentir algo por mí la misma noche que intentó detenerme. Tal vez su matrimonio ya no marchaba bien, y pensaba en el divorcio. Era una chica necesitada de cariño. Ojalá yo pudiera darle todo el que se merecía.
Los Dunigan, unos asientos más allá de los Pfaumann, eran para mí demasiado introvertidos, y no quise molestarme intentando adivinar cuáles podían ser sus sucios pensamientos. A la mierda los dos. Siempre estaban intentando ridiculizarme ante los demás, y discutían por hábito mis decisiones. Además, se habían hecho muy amigos de la viuda Livornes. Precisamente Marie estaba al lado de John. En el otro extremo, Nuil limpiaba una de las armas. Era el armero del grupo, el que se encargaba de ellas, y también de los enormes riñes vrowes que conservábamos. En cierta ocasión me pidió que le explicara qué diablos disparaban las armas de Vrow para escupir un fuego tan concentrado, y yo le repliqué que estudiara el manual. El muy bruto me dijo, preocupado, que no sabía leer el idioma de Vrow. ¿Qué se puede esperar de un mercenario como él, de un soldado profesional con un dedo de frente que iba saltando de un conflicto a otro, sin preguntarse para qué demonios luchaba y pensando sólo en su paga?
Marie Livornes me parecía más avejentada. Estaba muy delgada aquella hija de puta traficante de sueños. ¿Por qué no se cayó junto con su marido del camión y se la zamparon también los devoradores cuando se dirigían a la isla inyindani?
Quien siempre despertaba en mí un sentimiento dulce y maternal era Peggy Brunner. Era una señora silenciosa, que apenas hablaba porque parecía temer ofender a alguien si lo hacía. Sin embargo, fue la única que tuvo un atisbo de anticipación de cuanto iba a ocurrimos y cargó con un montón de comida el día que escapamos a toda prisa del hotel, cuando las bolas hambrientas lo estaban invadiendo y acabaron reventándolo.
Volví a posar la mirada en los viejos alemanes. ¿Por qué acaparaban a veces mi atención si no eran más que una desdichada pareja de jubilados, cuyo pecado no podía ser otro que haberse inscrito en una excursión señalada por el destino a ir mucho más lejos de lo que ofrecía la agencia de viajes?
Pero a veces desaparecía en ellos su mirada conformista, y me parecía que sus ojos brillaban con rabia. Yo no sabía si tenían parientes, nunca les escuché hablar de sus hijos o de sus nietos. Tan sólo les preocupaba a ambos la enfermedad que padecía él, una diabetes bastante aguda.
Tuvo suerte el anciano Kurt de que Rosenman le hubiera proveído de insulina en abundancia. Pero no le duraría eternamente. Algún día se acabarían las ampollas, y entonces no tendría nada que inyectarse. Pobre señor Pfaumann. Le sobraba azúcar. Me sentí ruin pensando que si un devorador se lo comía iba a encontrarlo muy dulce.
No dispuse de más tiempo durante el viaje para otras divagaciones. De pronto pasó la media hora, y sentí que la nave desaceleraba. Se encendieron entonces las pantallas de proa y vimos la Meseta. Alguien pudo creer que habíamos regresado al lugar de partida, pero yo estaba seguro de que el pedazo de Ankar que estaba viendo era el mismo donde fui devuelto a la vida por Esshei.
Y Esshei nos demostró una vez más que para ella era una maniobra sencilla situar la nave a pocos centímetros del borde de la Meseta. Me pregunté si pensaba dejarla allí. Creía que en aquella posición consumiría mucha energía, y temía que fuera despilfarrada manteniendo la nave en el aire, cuando lo mejor sería dejarla posada sobre terreno firme, aunque para ello aplastara algunos metros cuadrados de hermoso bosque rojo.
Desembarcamos. En su conjunto, toda la superficie, calvero y viviendas, componía la Morada. Esto lo supe a los pocos días de despertar allí, pero entonces yo ignoraba que debajo existía otro importante elemento y un misterio más: la Bóveda.
Apenas habíamos andado unos metros a lo largo de un sendero abierto cerca del cauce de agua, los ankaris salieron a nuestro encuentro. Estaban todos los componentes de las dos Familias que ahora vivían allí.
Mientras mis demás compañeros se quedaban atrás y no se atrevían a dar un paso, yo me adelanté y seguí a Esshei. Para todos ellos, excepto Val, era la primera vez que veían a tantos ankaris juntos. Esshei se reunió con los suyos, siempre llevando a Pat de la mano, y los saludó.
El reencuentro entre Esshei y los ankaris fue extraño y emocionante a la vez. Las mujeres, los hombres y los niños la rodearon, pero no hubo abrazos ni besos. Se tomaron de las manos, se acariciaron los brazos y se sonrieron. Sus voces suaves y cantarinas llenaron el bosque como los trinos de las aves lavanderas que yo veía volar en bandadas al atardecer sobre la bahía de Cádiz, hacía muchos años, cuando era un muchacho y ya se estaba fraguando en mi mente la idea de recorrer mundo y vivir aventuras.
Sentí a Jorge a mi lado y le oí respirar profundamente. Le miré de reojo. Estaba confundido, a pesar de que ya había visitado a una de las Familias en la Segunda Meseta, por petición de Esshei, para entregarles un mensaje. Creo que se sentía aturdido ante tantas chicas bellas y físicamente parecidas. Incluso yo me hallaba impresionado, pero no por ello dejaba de saber quién era Esshei. Para mí sólo había una Esshei; sería capaz de reconocerla entre un millar de muchachas ankaris.
Creo que Jorge también estaba un poco apabullado ante la presencia de los varones de Ankar. Todos eran altos y físicamente bien constituidos, pero no musculosos. En definitiva, increíblemente hermosos.
—Dios mío, si éste es su prototipo de la belleza... —empezó a decir. Sacudió la cabeza y se alejó. Estaba moralmente hundido.
Sólo los niños y niñas ankaris mostraban un poco de curiosidad hacia nosotros, pero su actitud no era insolente. Si nos miraban, lo hacían de soslayo y sin afán de burla. Reconocí algunos, particularmente a un chico que apenas tendría diez años aparentes y con el que había jugado varias veces a un simple y bonito juego de bolas que flotaban dentro de una caja de cristal.
¿Por qué razón me parecía aquella Meseta más hermosa que la recién abandonada, si las dos eran iguales?
Al volverme para contemplar a mis compañeros, me vino al recuerdo la presencia de Lucifer en el paraíso. Quizás allí éramos demasiados Luciferes. Y Nuil era el más horrendo de todos.
Pero éramos los invitados, y sentí curiosidad por saber dónde seríamos alojados.
Esshei dejó de hablar con sus hermanos y se volvió hacia mí, tal vez porque yo era el más próximo a ella de los terrestres, y me dijo:
—Hay otro grupo de viviendas cerca de aquí, creado para vosotros.
Asentí. Así que nos relegaban a otro barrio, a un gueto. Los judíos de Varsovia no debieron sentirse peor que yo me sentí en aquel momento.
Pero admití que era lo racional, aunque en la Meseta el aire y el ambiente eran tan suaves que uno podía echarse a dormir al aire libre. Allí parecían haber sido alejados los olores desagradables y la pesada atmósfera que reinaba en las llanuras.
—Dale las gracias a los tuyos, Esshei —dije—. Queremos agradeceros vuestra hospitalidad.
Ella me miró con un gesto de extrañeza, como no entendiéndome. Quizá creía que cuanto habían hecho por nosotros no merecía nuestra gratitud.
Las demás personas de la Tierra se fueron acercando lentamente. Nadie se atrevía a hablar, pero Rosenman se adelantó y, situándose a mi vera, rompió aquella especie de hielo e inquirió:
—¿Podremos empezar en seguida los preparativos para iniciar las exploraciones?
No sé por qué, pero creo que además de Esshei le entendieron todos los demás ankaris, pues les vi mirarse los unos a los otros, algunos como consternados. Esshei, tal vez porque ya conocía nuestras intenciones, no se inmutó y respondió calmadamente:
—Yo puedo comprender vuestra curiosidad, pero no mis hermanos. Tendréis que esperar unos días.
Rosenman se mordió los labios.
—¿Qué quiere decir? Esshei, contamos con usted para que pilote la nave. Sin ella, compréndalo, será imposible visitar las islas de la Tierra...
Ella tardó, a mi criterio, demasiado tiempo en contestar. No sé por qué, pero intuí que, además de haber meditado la respuesta, la había consultado mentalmente con sus hermanos de raza.
—No es aconsejable en las actuales circunstancias desplazarse por Elajah en un vehículo de Vrow. —Y, antes de que Kenneth, súbitamente alarmado, protestara, añadió—: Pero dispondremos de otros medios de viaje mejores y menos llamativos. Necesitaremos al menos dos días para que nos sean suministrados.
Pensé en la Bóveda y en sus incalculables medios encerrados en los tubos de cristal. ¿Qué iba a darnos Esshei para movernos por Elajah a cambio de renunciar a la nave vrowe? Ella no quería que la usáramos, eso resultaba evidente. ¿Por qué no lo dijo cuando nos oyó a Jorge y a mí planificar la exploración?
Pero yo seguía teniendo confianza en ella. Pregunté:
—Esshei, ¿no os importa que echemos un vistazo a esa gran columna de granito? ¿Crees que puede ser peligroso acercarse a ella?
—No estoy segura. Pero os acompañaré.
—No es necesario que vengas si no quieres...
—Lo deseo.
Ella no era curiosa. Era demasiado perfecta para dejarse seducir por lo desconocido. Por lo tanto, quería ir a la Columna. ¿Por qué? Sonreí. Algo muy importante debía de haber en aquella construcción.
—¿Qué crees que es?
—Tengo que ir para verlo —respondió.
Miré por encima de sus hombros a los ankaris. Si no me equivocaba juzgando sus semblantes, ellos estaban de acuerdo con lo dicho por Esshei, la Eiyen Daray que decidía por todos.
Pero Rosenman no estaba conforme; dijo, nerviosamente:
—La nave es un magnífico vehículo, al menos mientras no se nos demuestre lo contrario.
—Sería peligroso volver a usarla.
—¿Por qué?
—Tiene que ser escondida lejos de aquí —dijo ella, eludiendo en parte la respuesta.
—¿Pero por qué?
—Por la amenaza que ha caído sobre el territorio de Vrow.
—Creí que aquí nos libraríamos de ese peligro...
—Confío en que así sea. El mal que azota a los seres de Vrow no afectará a los inyindanis ni a nosotros, pero quien esté a bordo de una nave vrowe estará en peligro.
En aquel momento algo gélido se abatió sobre la Meseta, un resplandor verde que bajó del cielo y dibujó un trazo de luz a lo largo de las sucias nubes.
Retrocedí para ver mejor a través de las copas de los árboles. Las mujeres de la Tierra lanzaron exclamaciones, los hombres maldijeron, y sólo los ankaris permanecieron impasibles.
Miré a lo alto y contemplé aquel fenómeno de luz verde, una forma extraña que volaba velozmente. Había llegado del norte y describió un círculo cerrado sobre nosotros. Luego ascendió y se perdió en la capa nubosa.
—Cristo, ¿qué es eso? —susurré.
Ya no se veía nada verde en el cielo. Había desaparecido tan rápidamente como llegó. Miré a Esshei. Ella me cogió una mano, me estremecí como siempre cuando sentía su contacto, y dijo:
—Tranquilízate. Tranquilizaos todos. Lo que ha aparecido no es peligroso para nosotros, pero se trata de un aviso. La próxima vez no debe estar aquí la nave de Vrow.
Vaya. Así que teníamos que deshacernos de la nave. Había comprendido. Miré aquella belleza plateada con la que había pensado recorrer Elajah y registrar hasta su último rincón.
¿Cómo iba Esshei a librarse de ella? Me horrorizó la idea de que pensara destruirla.
—Están presionándome.
—Voy por buen camino. Me he demorado más de lo que pensaba porque he tenido que ocuparme de otras cosas.
—¿Qué cosas?
—No tienen importancia.
—Me preocupa que estés preocupado.
—Tranquilízate. Es un asunto que sólo me concierne a mí. Si tú, desde ahí, estás impaciente, ya puedes figurarte cómo estoy yo aquí. ¿Crees que no tengo ganas de dejar todo esto? Llevaba mucho tiempo esperando que ocurriera algo parecido, que alguien viniera en mi ayuda, porque yo solo no puedo largarme, maldita sea.
—Bien, ¿cuándo supones que podrá ser?
—Prometo decírtelo con exactitud en el próximo ciclo. Sólo me queda comprobar los cálculos.
—Yo...
—¿Por qué te callas? Hey, ¿sigues ahí?
—Sí. Estoy escuchando algo. Voy a cortar. Seguro que se traía de ese tipo a quien todavía no he dicho nada de ti. Creo que se acerca.
—De acuerdo. Lástima que terminemos tan pronto. Hoy tenía ganas de hablar.
—En otro momento te diré cómo marcha todo por aquí.
—Saludos a tus socios.
—De tu parte. Les diré que pronto sabrán el momento.

11.- 26 de Noviembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 20:12 HORAS

Luis apagó el televisor. Las noticias que había transmitido el telediario eran más o menos como siempre. No había ninguna novedad que le interesara. El mundo seguía ignorando que Gerald Griffin, el hombre que había vuelto de Elajah, era ahora un fugitivo que estaba siendo buscado por los departamentos de inteligencia de varios países. Lo único que llamaba la atención es que hacía dos días que no se detectaba en ninguna parte del mundo la aparición de una Isla del Infierno, y creyó que eso no era una buena noticia para él.
Miró el reloj. Eran las nueve y media de la noche; estaba lloviendo desde el mediodía, y parecía que iba a seguir así durante muchas horas más. La tormenta que rugía sobre el estrecho no acababa de alejarse hacia África.
Miró la escalera que conducía al piso de arriba. Gerald estaba en su habitación. Se encerraba a menudo en ella, y no permitía que nadie entrara, ni siquiera Joshua Stolberg. Al pensar en el negro se preguntó dónde se metía todos los días durante varias horas. Le veía por las mañanas salir en el coche y tomar el camino que conducía hasta lo alto de la montaña, donde se alzaban varias casas que en su mayor parte no estaban habitadas en invierno. Creía que entraba en una cuyas ventanas permanecían iluminadas hasta bien pasada la medianoche. En ella vivían ciudadanos alemanes a quienes apenas había visto un par de veces, y siempre de lejos.
Llevaba en aquella casa doce días, y a veces se sentía como un prisionero, y en otras ocasiones creía ser tratado como un mueble más.
Subió sigilosamente las escaleras y se detuvo ante la cerrada puerta del dormitorio del escritor. Prestó atención, y no oyó nada. Si Griffin se encerraba para escribir debía estar usando una pluma, ya que no oía el sonido de ninguna máquina de escribir, a no ser que utilizara un ordenador y estuviera almacenando todo su trabajo en un disco. Pero tampoco se oía su característico tecleo, por débil que fuera.
Se sentía como la mujer de barbazul a punto de abrir la puerta prohibida, y acabó riéndose de sí mismo en silencio, y se dijo que si entraba podía esgrimir cien disculpas distintas para justificar su presencia allí. Al fin y al cabo, ¿no estaban los tres metidos hasta el cuello en aquel asunto?
Giró el picaporte. La puerta se abrió, y terminó de empujarla.
Griffin estaba sentado frente a una mesa, de espaldas a él. Al oírle entrar se apresuró a guardar algo en un cajón.
—¿Ocurre algo, Luis? —preguntó, con una mezcla de turbación y enfado en la cara.
—Sí. Se me está agotando la paciencia.
Griffin sonrió y empezó a levantarse. Llevaba unos papeles en las manos, que iba doblando con lentitud.
—Te comprendo.
—¿Qué está pasando? Te encierras aquí, siempre a las mismas horas, y Joshua se larga al pueblo o se mete en una casa de ahí arriba y permanece en ella casi todo el día, hablando con unos tipos que se expresan en un inglés de Oxford, pero que huelen a teutón desde un kilómetro. Incluso me llega su tufo a neonazis.
—Tu imaginación es exagerada —rió Griffin—. Todos los que os sentís demócratas veis fascistas y nazis por todas partes. Pero en el fondo sois un poco como ellos, porque os gustaría ejercer un poder total y arreglar las cosas a vuestro antojo, convertiros en dictadores porque pensáis que éste es el único sistema posible para luchar contra los dictadores.
—¿Qué sabes tú de mí, Gerald?
—Algunas cosillas.
—¿Me has investigado?
—He tenido ocasión de leer algunos informes sobre ti.
—¿Quién te los ha dado?
—¿Te molesta que se hurgue en tu pasado? Cuando estabas en activo tú hacías lo mismo con muchas personas, yendo de un lado para lado, recabando información y pagando con datos de otros ciudadanos a tus colegas. Conozco ese juego. Tú me pides algo de este sujeto, pero antes tienes que decirme lo que sabes de ese otro. Así trabajáis los polizontes, amigo. ¿Verdad que uno se siente muy mal cuando se entera de que es espiado?
—¿Y qué has averiguado de mí?
—Oh, algunos aspectos muy interesantes de tu pasado, aunque en definitiva eres un tipo bastante aceptable, dentro de lo que cabe. —Griffin no dejaba de sonreír—. Lo que me ha preocupado desde el principio es tu fobia por todo lo que huele a nazi.
—¿Qué tiene eso que ver con nuestros proyectos?
—Ya sabes que tenemos unos mecenas.
—¿Y tus mecenas se pasean por ahí con casco prusiano?
—Pero sin pico ni cruz gamada. No hay ruido de sables ni pisadas de botas con herraduras. Sabes que necesitamos ayuda, y no sólo económica. Por nada del mundo os permitiría ir a Elajah sin estar bien protegidos por un grupo de hombres expertos en el combate y que conozcan a fondo la ciencia de sobrevivir. Como yo no sé nada de esto, he de confiar en los que entienden para que se ocupen del asunto.
—Acaba, Griffin. . —Siéntate y escúchame, Luis.
Luis retrocedió, tropezó con una silla y tomó asiento, sin dejar de mirar a Griffin.
—Creo que todo lo que vayas a decirme ahora pudiste habérmelo dicho el primer día. Lo considero una falta de confianza por tu parte.
—No, no se trata de eso. Es que conocía tus sentimientos y temí que te asustaras.
—¿Asustarme yo?
—La ayuda que vamos a recibir procede de un grupo de financieros alemanes, la misma gente que nos protege aquí. Ellos nos facilitan todos los marcos necesarios y los demás medios de que dispone su organización, que son muchos, para satisfacer nuestras necesidades de armas y un buen equipo. ¿Crees que los helicópteros se encuentran a la venta en la tienda de comestibles del pueblo?
—¿Cuántas personas están enteradas del asunto y están dispuestas a subirse al carro?
—Una docena de hombres bien preparados.
—¡Eso es una multitud!
—Los imprescindibles para enfrentarse a cualquier clase de peligro. Ya sabes cómo están las cosas en Elajah. Aquello no es un prado donde uno pueda extender una manta y sentarse a merendar, porque al final acabaría convirtiéndose en la merienda de un alegre grupo de tramis.
—Me imagino cómo es Elajah por las revelaciones de Kanable y tus testimonios. ¿Pero es necesario que vayamos protegidos por guardaespaldas? ¿Temes que aún dure la batalla que enfrentaron a inyindanis y vrowes y tienes miedo de los demonios negros?
—Entre otras cosas, sí. A veces el tiempo pasa rápido en Elajah para los que permanecemos en la Tierra, o demasiado lento para los que están allí respecto a nosotros, todo es cuestión de matices. Acuérdate del ejemplo de la rueda de bicicleta y los radios. En otras ocasiones, como le ocurrió a Kanable, el tiempo se ajusta exactamente al de aquí, pero todo está siendo estudiado para que vosotros aparezcáis cuando allí apenas hayan pasado dos días desde que llegó tu hermana. Es posible que después algo falle, y seáis enviados unas semanas o unos meses más tarde. ¿Quién puede predecirlo? Por lo tanto, es sensato pensar que os podéis encontrar con una situación muy cambiada a la que yo vi y luego nos relató Kanable. En consecuencia, llegar allí bien equipado es lo más prudente que se puede hacer, y para ello tenemos que adoptar ciertas medidas.
—¿Y cuáles son?
—Consideré muy conveniente aceptar el ofrecimiento que me hicieron de que os acompañarían unos hombres jóvenes y fuertes, conocedores del manejo de las armas y acostumbrados a enfrentarse a terrenos áridos y a ser capaces de comer lo que se les eche a la boca.
—¿Y dónde está el material y esos superhombres?
—Todo se está preparado desde hace semanas.
—Joshua se pasa muchas horas en el pueblo o en esa casa de arriba la montaña.
—Cierto, y en otras ocasiones se traslada a ese hotel abandonado.
—¿Para qué?
—Todo está oculto allí, perfectamente camuflado; incluso los helicópteros.
—¿Qué ha pedido esa gente a cambio? —silabeó Luis.
En aquel momento escuchó un leve ruido a sus espaldas. Antes de volverse comprendió que alguien acababa de llegar.
—Además de acompañarnos para conocer Elajah, quieren algunas cosas de escasa importancia si las comparamos con todo cuanto nos ofrecen —dijo Joshua Stolberg.
Luis se volvió. Stolberg estaba apoyado en el marco de la puerta. A su lado había un hombre rubio y de estatura mediana, de unos treinta años. Su impermeable estaba tan mojado como la gabardina del norteamericano.
—¿Quién es ése? —inquirió Luis, a pesar de que había reconocido al rubio como uno de los alemanes que vivían en la casa situada en lo alto de la montaña.
—Es Guido Kirschner —dijo Joshua.
Griffin asintió con la cabeza.
—Queríamos que esta noche os conocierais. Kirschner se ocupa de la organización, y será el jefe del grupo armado.
El alemán se acercó sonriente a Luis, tendiéndole la mano.
—Encantado de conocerle, señor Castro. Me han hablado mucho de usted. Fue estupendo que intuyera que debía entregar la charretera al señor Griffin.
—¿Qué quiere decir? —exclamó Luis.
Joshua y Gerald se miraron preocupados. A Luis le pareció que el alemán acababa de darse cuenta de que no debía haber dicho aquello y le oyó carraspear.
—Quise decir que gracias a que el señor Griffin dispuso de la charretera unos días en Inglaterra, sabe ahora cómo enviarnos a Elajah —se apresuró a decir—. ¿Por qué su gesto de enfado? ¿Teme que el secreto se esté divulgando demasiado? No se preocupe. Mis muchachos son de mi absoluta confianza. Ellos no hacen preguntas. Conocen dónde van y lo que tienen que hacer, y eso es suficiente.
—Ojalá no hubiera encontrado nunca ese pedazo de metal —jadeó Luis.
—No diga eso. Todos estamos entusiasmados con el proyecto. Será la primera vez que un grupo bien organizado vaya a Elajah. No ocurrirá como con la estúpida aventura que planeó el inglés Kenneth Rosenman. Los ingleses aún se creen capaces de conquistar un imperio para su reina enviando un solo hombre. Ya han pasado los tiempos de Kipling.
—Sí, tiene razón. Los tiempos actuales requieren métodos nuevos para conquistar imperios, ¿verdad? Nada mejor que unas divisiones panzer remozadas o una buena colección de misiles nucleares. Por su edad usted no puede haber pertenecido a las juventudes hitlerianas, pero se expresa como si fuera uno de ellos. ¿Acaso sueña con conquistar en Elajah el espacio vital para la Gran Alemania?
—¡Por Dios, Luis! —exclamó Joshua nerviosamente, mirando a un Kirschner súbitamente pálido—. Estás lleno de prejuicios. La gente como tú no duerme tranquila temiendo que pueda renacer el Tercer Reich y que Hitler resucite. ¿Entiendes ahora por qué no te contamos todo el primer día?
Luis sonrió y acabó estrechando la mano que el alemán le seguía tendiendo.
—Bien, usted será el jefe del comando, pero debe quedar bien claro que las decisiones las tomaremos nosotros. No olvide que lo primero que haremos será rastrear la zona donde estaba el Templo de Cristal. Cerca de allí debió aparecer mi hermana.
—Claro, señor Castro —sonrió el alemán. Empezó a quitarse el impermeable—. No iremos a ninguna otra parte hasta que hayamos localizado a la señorita Ana Castro. Como puede ver, estoy bien enterado de lo que debemos hacer. Después de eso, al norte, y luego... —Dirigió una mirada saturada de burla a Griffin—. Luego ya veremos.
—He notado cierta ansiedad cuando ha mencionado el norte, señor Kirschner, y no creo que sea debida a que también desea rescatar al hermano de Joshua, el sargento Stolberg.
—¿Por qué no? Esta misión será de salvamento, pero también científica.
—¿Puede explicarme por qué arriesga su pellejo y el de sus amigos yendo a un sitio tan peligroso?
—¿No es suficiente razón para usted poder satisfacer la curiosidad que podemos sentir y el deseo de conocer algo tan misterioso como Elajah? Usted no entiende a la gente, señor Castro. Si pusiéramos un anuncio en los periódicos, recibiríamos millones de solicitudes de voluntarios. ¿Olvida que en el norte están los personajes del libro de Griffin?
—Me enternece su interés por el destino de Roger Stolberg...
—Lamentaría que me juzgara equivocadamente. Por supuesto que nos alegraremos de que usted encuentre sana y salva a su hermana y Joshua Stolberg al sargento, pero mis amigos y yo, sépalo ya de una vez, queremos rescatar al señor Pfaumann y su esposa.
Luis abrió la boca desmesuradamente.
—¿Quiere decir que hacen todo esto por el anciano Kart Pfaumann? ¿Quién es ese hombre tan importante para ustedes?
—La operación la financian muchos amigos suyos, personas relevantes en las finanzas de la República Federal. Mis hombres y yo trabajamos en sus empresas, y queremos ayudarle a volver. —Guido titubeó, pero sonrió en seguida y añadió—: Somos voluntarios, nadie nos obliga a ir. Apreciamos a herr Pfaumann, y estamos dispuestos a todo por él. Además, también está la aventura y el placer de vivirla.
—¿Se ha preguntado en algún momento si tenemos posibilidades de volver? Quizá podamos ir, pero no sé aún cómo regresaremos.
El alemán arrugó el ceño, consultó a Griffin con la mirada, y Luis, de espaldas a él, no consiguió ver la silenciosa respuesta del escritor.
—El señor Griffin sabrá encontrar el camino de vuelta, de la misma manera que sabe cómo iremos —aseguró Kirschner.
Luis asintió. Tenía un montón de preguntas que hacer a Gerald cuando aquel tipo, al que sólo le faltaba vestirse con el uniforme negro y plata de la Gestapo, se hubiera largado.
Esperaría hasta mañana, podría soportarlo. Estaba acostumbrándose a ser paciente. Pero no más tiempo. O aclaraba las cosas, o se marchaba.
No estaba dispuesto a ser informado a cuentagotas.


12.- EXTRAÑO DESTINO

La mirada de Ana saltaba de la brújula del salpicadero del jeep a la llanura que tenía delante. A veces volvía la cabeza con rapidez para echar un vistazo a los asientos posteriores, donde Moore dormía profundamente tumbado entre los bidones, de los cuales ya sólo quedaban dos llenos. Comprendía que su compañero estuviera cansado porque había estado conduciendo más de diez horas seguidas. Su prisa por llegar a aquel extraño destino seguía siendo un enigma para ella.
Había tenido que insistirle a aquel hombre, cuyo carácter cambiante tanto la confundía, para que la dejara conducir de nuevo; no es que le agradara hacerlo, pero temía que si Moore no descansaba acabaría durmiéndose al volante y caerían en una colonia de depredadores o en uno de los muchos fosos o cráteres que salpicaban el páramo. Desde el día antes el paisaje, imperceptiblemente al principio, había empezado a cambiar. No es que el color de las rocas o de la arena fuera distinto, sino que la configuración del terreno, desde que calcularon que dejaban atrás la zona que en la Tierra correspondía a la costa portuguesa, era inquietantemente más tenebroso. A veces penetraban en pequeños valles, los cruzaban con arduo trabajo, y para salir de ellos tenían que superar pendientes que hasta entonces no se habían encontrado; y los riscos eran más altos, de roca desgastada, como limados por vientos que ya no existían. A Ana todo aquello le recordaba los viejos campos de batalla de la Primera Guerra Mundial que había visto en el cine. Sólo faltaban las trincheras, las alambradas y los gases venenosos.
La peor experiencia para ella tuvo lugar al amanecer del día anterior, cuando supo lo que era una tormenta de arena y conoció el horror que viajaba en ella de un lado a otro del planeta: las pequeñas cucarachas, de quitina tan dura como el caparazón de una tortuga.
Afortunadamente, su compañero de viaje pareció olfatearlas con suficiente antelación, y dispusieron de tiempo para protegerse. Alzaron la capota del jeep, y sobre ésta echaron unas lonas engrasadas con aceite del motor.
—Servirá como repelente —le explicó Moore.
Luego cerraron el jeep y se cubrieron con todo cuanto tenían, ropas y objetos, e incluso colocaron encima de sus cuerpos los bidones vacíos. Las cabezas se las protegieron con cubos de aluminio, por si alguna curachara o un enjambre entero se filtraba, comentó Moore, nervioso a pesar de que se esforzaba por aparentar tranquilidad.
Antes de meter la cabeza en el cubo, Ana miró a través del parabrisas. La tormenta se acercaba por el oeste, bajando a medida que se aproximaba. Escuchó un zumbido prolongado y fuerte, como si de un millón de colmenas hubieran salido millones de furiosas abejas.
Cuando leyó el libro, uno de los pasajes que más la impresionó fue el encuentro de Griffin, acompañado por Kanable, Jorge, Chris y Michael, con la tormenta. Sólo Kanable conocía su peligro porque Stenzel, el holandés misterioso y errático, le previno de él, y tuvo el acierto de obligar a sus compañeros a refugiarse en una oquedad del terreno, que él mismo taponó con su cuerpo. De no haber vestido el traje de combate dorado, la espalda de Kanable hubiera sido devorada y las cucarachas habrían llegado en pocos minutos a sus huesos.
Con la aproximación de la turbulencia, el aire se hizo más frío. Cuando una tormenta descendía, escribió Griffin en el libro, bajaba la temperatura, y sólo volvía a subir al retirarse la horda, que siempre dejaba atrás un reguero de sus temibles componentes, aquellos que morían mientras vagaban por la enrarecida atmósfera de Elajah, los más débiles de la horrenda comunidad.
El paso de la tormenta no fue tan terrorífico como había temido Ana, pero los minutos que permaneció medio ahogada, con la cabeza metida en el cubo y escuchando el tamborilear de miles de cucarachas sobre el jeep, pringándose con el aceite que impregnaba las lonas, fue una experiencia que tardaría en olvidar.
Cuando al fin el hombre se incorporó y anunció que el peligro había pasado, Ana no se atrevió a salir, y tuvo que ser el otro quien primero lo hiciera, animándola a ello y riéndose del miedo reflejado en su pálido rostro.
Todo el terreno alrededor del jeep estaba cubierto de cucarachas muertas, miles de ellas salpicaban las lonas, el capó, el vehículo entero. Algunas aún se agitaban, moribundas. Su hora de morir había llegado mientras otras nacían dentro de la tormenta, siempre flotando entre torbellinos de arena.
Después del desagradable trabajo de limpiar las lonas y el jeep, reemprendieron la marcha. Ana le preguntó a Moore si eran frecuentes las tormentas, y la respuesta de él la desmoralizó: no eran estacionales. Lo mismo podían transcurrir meses sin verlas, que encontrarse con dos en un mismo día.
Y continuaron la marcha, siempre siguiendo el camino del sol.
Ana ya había visto los tramis y las bolas devoradoras, e incluso en una ocasión creyó descubrir en un terreno elevado, agujereado como un queso de gruyere, gusanos de varios metros de largo y delgados como dedos. Su compañero, en cambio, no alcanzó a verlos, y dijo que ella debió haber visto visiones, y en el caso de que no hubiera sido así podía tratarse de una especie todavía desconocida. Tampoco Griffin la había descrito en su libro.
—Tiene que haber muchas cosas que aún desconocemos —musitó el hombre, acelerando.
—¿Cómo encontraremos esa torre? Es fácil perderse por aquí... —Ana seguía dudando que el sueño de Moore fuera verdad.
—Es alta como diez veces el Empire State, y la veremos. Te he dicho que nos guiará como un faro. Su cúspide surgirá en el horizonte. Además, sé por donde voy, y no me perderé. —Moore se echó a reír—. Su piedra azul parece desprender un olor, y yo puedo percibirlo.
Este hombre bromea, pensó Ana; pero parecía tan seguro de encontrar la columna o la torre de color azul... ¿Por qué sabía que existía en Elajah una torre de una gran altura construida con enormes bloques de granito azul, tan pulidos que el sol se reflejaba en ellos?
Moore seguía sin decirle cuánto tiempo llevaba exactamente en Elajah. ¿Por qué se obstinaba en mantener aquel estúpido secreto?
Podía haber llegado sólo unos pocos días antes de que ella apareciera, o varios meses. Tampoco le reveló la fecha en que saltó de la Tierra para acabar allí. Moore era un tipo extraño, pero le debía la vida, le debía el comer cada día, aunque fuera frugalmente, y le debía el poder beber de su escasa agua. Y no se le había insinuado. Si bien desde el primer momento temió que acabara haciéndolo, ahora se sentía ofendida a causa de su frialdad. ¿Es que no le gustaban las chicas?
Echó una mirada al cuentakilómetros. Iban a unos cuarenta por hora, lo cual no estaba mal teniendo en cuenta que el terreno era infernal. Aún quedaban unas dos horas de luz solar, y sabía que aprovecharían hasta el último momento de claridad para avanzar. Luego, antes de que los últimos rayos del sol desaparecieran, buscarían un terreno duro donde pasar la noche.
El día anterior, en dos ocasiones, vieron a lo lejos algo que parecía ser un isla procedente de la Tierra, manchas de color verde que resaltaban escandalosas en medio de la monotonía gris del paraje. Pero sólo una vez, cuando uno de aquellos atisbos verdosos no estaba muy lejos de su ruta, el hombre consintió en desviarse hacia el oeste y echar un vistazo.
Una vez cerca de la isla, no supieron si procedía de la Tierra o de Inyindan, el otro mundo misterioso que Elajah también iba devorando con pausadas dentelladas. Se trataba de un trozo pequeño, de unos doscientos metros de largo por diez o doce de ancho. La hierba ya estaba agostada y los árboles se morían. En Elajah, donde apenas existía agua y había que horadar muchos metros para encontrarla, sucia y fangosa, la vida vegetal terrestre estaba condenada a morir tarde o temprano.
Ana se rascó los pechos. Maldita sea, todavía le picaba la sal que impregnaba todo su cuerpo. Apenas tenían para beber, y no dejaba de pensar que necesitaba urgentemente un buen baño. Arrugó la nariz. Percibía el mal olor que se desprendía de su cuerpo, y la ropa que llevaba no la ayudaba a sentirse limpia. En el vehículo había un saco con pantalones y camisas del ejército, que sin duda estaban allí para ser llevados a la lavandería.
Cada vez estaba más convencida de que aquel paraje era diferente al que había visto alrededor del montón de vidrios pulverizados. A su entender, estaba viendo demasiados indicios de que por allí había ocurrido algo muy parecido a una batalla. El terreno estaba excesivamente removido, y a veces creía avistar a cierta distancia restos de construcciones que luego, al acercarse a ellas, descubría que no eran otra cosa que rocas con una caprichosa configuración.
También le intrigaba que desde hacía mucho tiempo las áreas de arena gruesa y malolientes eran menos frecuentes. Aspiró profundamente. Uno de los misterios de aquel mundo, discutido por los científicos de la Tierra hasta la saciedad, era su atmósfera. Donde no había océanos ni bosques resultaba imposible que pudiera haber un aire aceptablemente respirable.
Un mundo sin lluvias, sin ríos y sin mares; sólo arena y rocas, y bestias asquerosas que no daban tregua a ningún otro ser viviente. Ya había presenciado de lejos a los devoradores atacar a los gigantescos y pacíficos caracoles.
Al pensar en los caracoles el estómago de Ana tuvo un sobresalto, y temió acabar vomitando. El hombre ya la había advertido. Si se les terminaban los víveres antes de avistar la Columna Azul, tendrían que empezar a pensar en cazar uno de aquellos enormes gasterópodos.
—Sí, creo que la sal les atrae —había musitado Ana, recordando el pasaje del libro donde Griffin describía cómo Kanable y el sargento norteamericano Roger Stolberg cazaron un caracol a arponazos. Pero ellos no tenían sal. Se preguntó preocupada si el extraño oficial pensaba usarla a ella como cebo para atraer un gusano.
—No te asustes antes de tiempo —se había burlado de ella aquel tipo—. No creo que tengamos que recurrir a esa clase de comida para subsistir. Antes que nos veamos obligados a despanzurrar un caracol habremos llegado a nuestro destino, de veras.
¿Es que confiaba encontrar allí un supermercado? Mejor sería que fuera fabricando el arpón si no quería gastar unas balas del Cetme para cazar un caracol.
A veces no comprendía a Moore. ¿Por qué no se habían dirigido al norte en vez de recorrer un terreno que por fuerza no podía ofrecerles nada de interés? ¿No estaban en el norte las Mesetas Rojas con aquellos hermosos seres de un mundo que debía ser maravilloso? Ana no entendía nada.
Moore le había prestado su reloj de pulsera, un digital barato, advirtiéndola que le despertara dos horas antes del anochecer.
Todavía faltaba más de hora y media cuando escuchó un ruido a sus espaldas. Pero al mismo tiempo también percibió otro extraño sonido. Aguzó el oído y trató de identificar su origen.
Stenzel llevaba despierto unos minutos, y fingía seguir durmiendo. Movió ligeramente la cabeza para ver la brújula del salpicadero. Se quedó tranquilo al comprobar que Ana no se había desviado de la ruta que él marcara antes de tumbarse a descansar.
Chasqueó la lengua, sintiendo reseca la garganta. De buena gana echaría un buen trago de agua, pero quedaba poca. Además, no quería que la muchacha se diera cuenta de que ya no dormía. Deseaba permanecer tumbado y reflexionar. Si se sentaba al lado de Ana, no tardaría en sentirse incómodo con sus preguntas, aunque últimamente la chica parecía haber comprendido que a él no le gustaba que se las hiciera.
Si sus cálculos no estaban equivocados, y creía que no, ya no faltaba mucho para que avistaran la Columna. Si acaso, y eso era algo que temía desde un principio, verían aparecer su pico algo desviado a la derecha, lo cual no tendría demasiada importancia, ya que sólo necesitarían recorrer algunos kilómetros más para corregir el error.
Miró de reojo los dos bidones con gasolina que aún quedaban. Confiaba que no les faltaría el combustible. Le asustaba la idea de quedar inmovilizados.
Bien, pensó, es muy posible que mañana veamos la Columna, como la vi desde la nave y tomé mis notas para poder localizarla más tarde. ¿Qué haré con esta nenita que imagina que soy su niñera? Estoy harto de ella, de su obscena presencia que me recuerda todo lo malo de la Tierra. No es que me importe que acabe descubriendo lo que soy, porque ella sabe quién fue Adrián Stenzel. Será difícil, no obstante, que llegue a sospechar la verdad, aunque me trae sin cuidado. Ese maldito escritor, según me ha contado Ana, escribió un libro que le hizo ganar mucho dinero tras su regreso a la Tierra a través de un fuego fatuo. Pero él me suponía muerto, porque estaba presente cuando el mayor Alvin Blase me disparó un tiro en la cabeza. Mejor. Es mejor que me crea muerto. Griffin no me hizo ningún favor en el libro, y sus lectores debieron hacerse una idea poco halagüeña del Adrián Stenzel reflejado allí. Pero me da igual. ¿Qué me importa lo que piensen de mí esos bastardos?
Stenzel se pasó la mano por la cara y notó su barba crecida. Después de tantos días del último rasurado ankari, volvía a crecerle.
No conseguía apartar de su mente la imagen de la Columna Azul, y se preguntaba por qué mala jugada del destino no la había visto antes. Ni siquiera llegó a descubrir los restos de la gigantesca estatua cuando cruzó en globo toda el área que podría ocupar en Elajah el océano Atlántico y alcanzó las teóricas costas norteamericanas, en donde nada de cuanto encontró le complació. La situación de los supervivientes que halló, más necesitados de ayuda que en disposición de ayudarle a él, le convenció de que en todo el planeta no se toparía con nada mejor que la Morada ankari, y decidió suspender sus incursiones lejos de ella.
Metió la mano izquierda por debajo de su camisa y tanteó la charretera. Sonrió satisfecho, pero se dijo que lamentablemente había perdido demasiado tiempo. Si desde el primer momento los ankaris le hubieran explicado cómo debía colocársela correctamente, no habría cometido tantas torpezas. Fue una suerte para él que al caer de la nave, cuando Kanable prefirió perder su charretera a seguirle abajo, donde les esperaban unos rabiosos vrowes, se le encajara de tal forma en el hombro que por primera vez sintió en su ser casi todas sus verdaderas y maravillosas propiedades. Y creía que había más a su disposición en el trozo de metal negro, y estaba seguro de poder ir poseyéndolas a medida que insertara en su carne los pequeños filamentos. Quedaban tres. Mediante los nódulos, que siempre creyó que eran adornos y que sólo uno de ellos servía para guardar el traje de energía, lo iría logrando.
Gracias a la charretera, al hecho de estar realmente unido a ella, pudo escapar de los furiosos vrowes. Sólo lamentaba haber dejado atrás la charretera de Kanable, pero lo importante era su vida, y casi estuvo a punto de perderla dejándose atrapar por el fuego fatuo que le hubiera llevado, siguiendo el ejemplo de Kanable y en contra de su voluntad, de vuelta a la Tierra. La idea de alejarse para siempre de Elajah le horrorizaba. Aquél era su mundo, lo amaba a pesar de todo, y ahora más que nunca porque estaba en condiciones de ser su conquistador, de comprender sus más profundos misterios y encontrar los medios para dominarlo. Dios le había puesto allí para una misión, y tenía que cumplirla.
Sus dedos se deslizaron por el extremo más delgado de la charretera y tocaron los filamentos que se hundían en su carne, no sabía hasta qué profundidad, aunque no le causaban el menor dolor ni molestia. Por el contrario, le proporcionaban unas sensaciones de superioridad y de seguridad que hasta entonces nunca había experimentado.
Miró la nuca de Ana y volvió a sonreír. Pobre muchacha. Creía que sus torpes conocimientos de medicina habían soldado el hueso de su brazo. Ana intentó curarle cuando ya estaba muy avanzado el proceso de cicatrización, pero de eso se encargaba la charretera. Desde luego, Kanable, aquel hijo de puta con quien tenía una cuenta pendiente que ajustar, le golpeó con saña.
Kanable. Kanable. Debió haber dejado que muriese la primera vez. ¿Por qué tuvo que hacer caso a las peticiones de los ankaris y lo llevó a la Meseta?
Algún día se ocuparía de que Kanable recibiese su castigo. Kanable jamás debió enfrentarse a un enviado de Dios en Elajah. Pero ahora lo urgente era llegar a la Columna Azul. Si bien las Bóvedas en el subsuelo de las Mesetas eran vitales para sus fines, apenas tenían algún valor comparadas con el poder de la Columna.
La raíz del enigma.
Se levantó, pasó las piernas por entre los asientos, ocupó el que estaba junto a Ana y permaneció de pie mientras el jeep seguía avanzando.
—¿Lo ha oído, lo ha oído? —le estaba preguntando Ana, volviendo la cabeza hacia él.
—Estoy oyéndolo. Cállate, déjame escuchar. Para y apaga el motor.
Apenas el jeep quedó inmóvil y en silencio, Stenzel percibió con más nitidez el ruido. Llegaba del horizonte, por encima de ellos, como si estuviera cerca de las nubes.
Le recordaba el sonido del viento al pasar a través de tubos de metal.
Stenzel volvió a lamentar la pérdida del lanzador. Echó mano del Cetme y lo agarró con ambas manos.
Entonces bajaron del cielo, rasgando las nubes marrones, tres puntos de luz verde, y cayeron sobre la línea del horizonte, allí donde parecía alzarse un extraño y aplanado risco.
—¿Es...? —escuchó que empezaba a decir Ana.
No necesitó que la joven siguiera hablando para comprender que aquello no era una formación rocosa que tenía una extraña forma.
Era la cúspide de la Columna Azul que surgía por encima de una serie de onduladas colinas, el otro lado del enorme cráter que estaban casi a punto de cruzar.
Y las luces verdes, tres trazos de esmeraldas, caían sobre la aparición azul.


13.- LAS FAMILIAS

Rememoré los días que viví una extraña y dulce felicidad en la Morada tras despertar de mi muerte aparente, pero, caminando por los senderos abiertos en el bosque, me topaba con alguien de mi raza, y la ilusión se venía abajo. No estaba a solas con los ankaris. Ahora todo era diferente. Habían pasado demasiadas cosas.
Un día después de nuestra llegada, y aunque nadie me lo comentó, y yo no lo hablé con ninguno de mis compañeros, ni siquiera con Jorge, tenía ya la sensación de que los ankaris habían marcado las distancias en las que debíamos permanecer para mantenernos alejados de ellos. Nuestras viviendas, domos pequeños pero confortables, estaban situadas cerca del borde occidental de la meseta, a muchos metros del claro que se abría en su centro y donde las Familias solían estar la mayor parte del tiempo.
La nave fue llevada lejos por Esshei, como a unos seis kilómetros, y la dejó anclada en el fondo de una profunda oquedad. Luego regresó tripulando un globo que debió ser materializado mientras dormíamos, reproducido de un modelo alojado en un tubo de cristal del Archivo. Me pregunté por qué no usó una Burbuja. Evidentemente no había recobrado del todo sus fuerzas y aún le costaba crearlas. Al menos esto es lo que pensé aquella tarde, mientras la observaba cuando era ayudada por sus hermanos a sujetar el globo cerca del borde oeste de la Meseta. Ella nos había pedido algún tiempo para facilitarnos un medio de transporte, y yo especulaba con la posibilidad de que al final nos entregara algunas Burbujas.
Aunque ya las conocía porque nos vimos cubiertos y aislados por ellas cuando corrimos peligro en la nave, no me seducía la idea de flotar dentro de una de aquellas pompas de jabón a mucha altura y desplazándome a gran velocidad. Las consideraba demasiado etéreas y poco sólidas. La verdad era que habíamos perdido la nave, y yo seguía sin comprender el motivo de la decisión de Esshei.
Apenas amaneció el segundo día de nuestra estancia en la Morada, busqué a Jorge y a Ken y les pedí que me acompañaran.
No estaba dispuesto a aguardar más. Esshei tendría que darme las respuestas que necesitaba. Además de mi impaciencia, estaba el hecho de que los demás se iban poniendo nerviosos, y yo temía que alguno acabara perdiendo los estribos y ocurriese algo de lo que tuviéramos que arrepentimos más tarde.
No encontré a Esshei en el claro, ni tampoco a Pat. Una muchacha ankari, cuando le pregunté por ellas, me respondió con un gesto y señaló el suelo. La entendí, y creo que incluso comprendí lo que me habló, pues supe el significado de las dos cortas palabras que usó para acompañar su indicación con las manos.
—La encontraremos en la Bóveda —dije a mis sorprendidos acompañantes.
—¿Crees que es el momento de mostrarse exigente? —preguntó Jorge.
—No lo sé. De lo que estoy seguro es de que no podemos dejar que pase más tiempo. Si hemos de volver a la Tierra tenemos que actuar deprisa. Cada minuto que pasemos aquí significa allí una hora o más, y no tengo la menor intención de encontrarme a mi regreso con un mundo desconocido.
Nos dirigimos hacia el extremo de la Morada. Yo ya sabía que la entrada a la Bóveda de esta Meseta estaría en el mismo sitio que en la otra, y la encontramos sin ninguna dificultad después de caminar unos minutos.
La abertura estaba a nuestros pies. El círculo dividido por dos tonos de luz era el ascensor mágico que nos llevaría a muchos metros de profundidad. Bajamos, cruzamos el túnel, y alcanzamos la caverna de dimensiones gigantescas. Mientras caminábamos por entre los mazos de tubos de cristal, escuché las exclamaciones de asombro de Rosenman, que intentaba expresar con torpes palabras la admiración que sentía ante aquella maravilla, y le oí lamentarse por haber abandonado la caverna de la segunda Meseta, quizá porque imaginaba que acabaría cayendo en poder de los vrowes.
Nos habíamos detenido junto a un extremo de la mesa en forma de estrella, y escuché a Jorge explicar a Rosenman que allí estaban los controles del Archivo.
Pat apareció inesperadamente de detrás de un mazo de tubos que casi rozaba el suelo y se acercó a nosotros. Su expresión no era de sorpresa al vernos allí.
—Hola, Ray —me dijo, y luego saludó a los demás por sus nombres—. Esshei y Lamban vendrán en seguida.
Inmediatamente apareció Esshei, acompañada de un ankari. Aquel hombre apuesto, de torso esbelto y sin vello, era Lamban, el Archivero.
Sentí que perdía una parte importante de mi decisión en presencia de Esshei y le dije, algo turbado:
—Tenemos que actuar, Esshei. Necesitamos los medios de transporte que nos prometiste.
Ella asintió con la cabeza, se volvió y caminó hacia la estrella. Tras apoyar las manos sobre una sección de densos tubitos de colores dijo:
—Los tendréis.
Me quedé boquiabierto. ¿Me había precipitado? Maldita sea, si hubiera esperado un poco no habría necesitado comportarme de manera tan brusca. Miré preocupado a mis compañeros.
Jorge fue el único que se atrevió a dirigirme un gesto de reproche. Pobre chico. Seguía pensando igual porque a él no le asaltaban ninguna de las dudas que a mí me atormentaban desde que visitamos el Templo de Cristal.
Estudié a Lamban. Era uno de los varones de la Familia que primero conocí. Nunca había sabido hasta entonces que era el Archivero; por lo tanto, su trabajo estaba íntimamente relacionado con el de Esshei, y esto le permitía estar muchas horas con ella. No tardé en odiarle un poquito.
Lamban se reunió con la muchacha y le ayudó a mover los mandos a los que ella no llegaba. No hablaba, apenas nos miraba, y su comportamiento fue tan profesional que me pareció un poco presuntuoso. Nosotros debíamos parecerle seres insignificantes, ante los cuales actuaba sabiendo que no podíamos comprender nada de lo que hacía.
De pronto, Lamban giró la cabeza y nos dijo en inglés:
—El proceso comenzó anoche, y dentro de poco estará concluido.
Pat sonreía. Tenía los brazos apoyados en la mesa, a la que apenas llegaba. Parecía querer encaramarse a ella. La miré perplejo. ¿Es que entendía todo cuanto los dos ankaris estaban haciendo?
Carraspeé. Me dije que necesitaba disculparme por mi actitud de antes y dije:
—Esshei, cada día que transcurre nos alejamos del presente de nuestro mundo.
Callé. No estaba diciendo lo que verdaderamente pensaba. ¿Qué me importaba ya que mi presente en la Tierra se disparase hacia el futuro mientras yo permanecía en Elajah? Quizás estaba deseando que a mi regreso hubiera transcurrido un montón de años. Cuanto más lejos quedase mi pasado, mejor. Contemplé a Rosenman de soslayo. Bueno, había hablado para él; que creyera que yo continuaba preocupado por la suerte que pudieran correr nuestros planes. Entusiasmé al inglés cuando le hablé de la gran columna azul que descubrimos en las grandes llanuras, pero me arrojó un jarro de agua fría cuando me respondió que el rescate de los supervivientes tenía prioridad. No es que los Desaparecidos me trajeran sin cuidado, pero yo creía que antes debíamos echar un vistazo a mi hallazgo.
Pero Esshei me había entendido. Sin dejar de rozar los mandos, respondió:
—La fuerza incontrolada que provocó la sucesión de cambios no ha sido siempre igual, su foco de distribución ha estado disminuyendo, y el efecto de distorsión apenas existe ya, casi ha cesado.
—¿Qué significa eso?
Pat ahogó un bostezo y respondió por Esshei:
—Oh, Ray, es muy sencillo.
—Pues no he entendió nada.
—Esshei ha intentado decirte que todo está volviendo a la normalidad... al menos por el momento. Estamos en una pausa, y es ahora cuando debemos aprovechar esta tranquilidad para llegar al fondo del asunto. ¿Lo tienes claro ya?
Abrí la boca, supongo que compuse un gesto tan estúpido que arranqué una risa divertida a Pat, pero Esshei y Lamban no se rieron, a pesar de que por un instante se quedaron mirándome fijamente.
—El fenómeno iniciado en Elajah, que ha afectado a tantos mundos, se ha interrumpido —dijo Esshei—. Voy a necesitar vuestra ayuda. Todos vamos a tener que ayudarnos, Ray. Si hasta hace unos días las Familias no teníamos ninguna prisa y esperábamos una señal procedente del exterior, ésta se ha manifestado al fin, pero de una manera que no es la deseada y que nos obliga a actuar sin perder un instante.
—Renunciar a la nave nos ha costado un día, Esshei...
—Era un medio impropio y peligroso, dadas las circunstancias.
—Pero rápido.
—Los Vínculos son mejores. Dentro de poco os convenceréis. Con ellos podremos viajar seguros.
—¿Me estás dando a entender que tú vendrás con nosotros?
Apartó las manos de los mandos. Lamban hizo lo mismo.
—Tengo que acompañaros para marcar la ruta de los Vínculos aunque vosotros los guiéis —dijo la ankari.
—¿Qué es eso de un Vínculo? ¿Un parentesco?
—A veces los idiomas que hablas no poseen las palabras adecuadas para definir los vehículos que estamos reproduciendo.
Se acercó a mí, e hizo que me estremeciera cuando posó su mano sobre mi hombro derecho.
—Te sientes como desnudo sin ella, ¿verdad?
Se refería a la charretera; asentí con la cabeza.
—Bastante. Me gustaría tener otra.
—La tendrás. Para vosotros será imprescindible llevarlas si vais a utilizar un Vínculo. —Miró a Jorge—. Acércate, Val.
Jorge casi corrió a su lado.
Esshei le desabrochó la camisa, y Jorge enrojeció. Aquella escena, que hubiera podido tener una gran carga erótica si la mujer fuera otra, con Esshei fue un mero acto amistoso.
Essei puso al descubierto la charretera de Valdivia, y sus dedos oprimieron un nodulo. Val parpadeó, y Esshei le tranquilizó:
—No es dolor lo que has sentido, Val. Ahora es cuando la charretera está más unida a ti, a tu mente. —Giró la cabeza para mirarme—. Mañana te entregaré la última charretera de que disponemos.
El Archivero dijo algo en idioma ankari, y creí entender que advertía a Esshei que todo estaba dispuesto. Ella se reunió con él, y me fijé que de toda la superficie de la estrella brotaba un brillo suave.
Detrás de mí, Rosenman era un testigo silencioso y decepcionado a la vez. Se había dado cuenta de que él quedaba fuera de aquel juego, eso era evidente. Pensé que Esshei tendría sus razones para no incluirle. Confiaba que el inglés aceptase deportivamente la decisión de la muchacha.
—¿Quiénes iremos? —preguntó Jorge, tal vez sin haberlo comprendido todo.
—Un grupo de tres Vínculos es perfecto —fue la respuesta de ella desde donde se hallaba, contemplando el fulgor de la estrella.
—Dios mío, explícame qué es eso del Vínculo.
—Un medio de viajar genuino de Ankar, no perteneciente a ningún mundo extraño. Es de Ankar, y nada ni nadie se le opondrá. Mientras estéis en él seréis respetados.
—¿Por quién tenemos que ser respetados? —inquirí, intrigado.
Ella siguió explicando las virtudes del Vínculo, al parecer sin haber oído mi pregunta.
—No posee las virtudes de la Burbuja. Es totalmente material. Comprenderéis su manejo porque es fácil, muy parecido al de un dahim vrowe. No tendréis ningún problema con los Vínculos.
Esshei llevaba una falda amplia y tornasolada de azul y plata, un poco caída graciosamente de sus caderas. Estaba bellísima. Demasiado. Yo sentía hervir mi sangre. Ojalá mi pasión por la muchacha me hubiera abandonado. Esshei, ignorando mi lujuriosa mirada, dijo:
—Las Burbujas son un producto de la mente, energía pura de Ankar, pero para periplos largos sería imposible que yo pudiera mantenerlas en actividad para vosotros y conducirlas al mismo tiempo.
—No me importaría que tú y yo viajáramos juntos —sonreí. Quise mostrarme gracioso e intrascendente, pero mis pensamientos estaban excesivamente centrados en su rostro, en su cuerpo y en sus labios. A pesar de tenerla tan cerca, la veía cada vez más lejos de mí.
Rosenman, quizás un tanto irritado porque sabía que no se contaba con él para aquel viaje, dijo:
—¿Tres Vínculos y tres pilotos? ¿Cuántas personas puede alojar cada uno? —No parecía dispuesto a renunciar a su proyecto de rastrear Elajah y localizar a los supervivientes de la Tierra.
Esshei dijo:
—Los Vínculos son personales, pero pueden albergar a un pasajero además de su piloto.
—¿Y las personas que aún viven dispersas por ahí, asidas a un trozo de la Tierra que no podrá darles seguridad por mucho tiempo? —exclamó, mirándonos sorprendido, extrañado de que al menos a mí se me hubiera olvidado la faceta más importante de nuestros planes—. Ray, ¿qué ocurre con nuestra idea de reunir a todos los humanos sobrevivientes? Necesitaremos cientos de Vínculos para transportarlos.
—Ken tiene razón, Esshei —dije, malhumorado. Al fin y al cabo una promesa es una promesa, aunque uno se la dé a un inglés—. Además de terrestres e inyindanis, ¿no han aparecido otras Moradas en Elajah?
Ella negó con la cabeza.
—Había una tercera Morada a mucha distancia de ésta —explicó, como si relatara un suceso que ya no la afectara en lo más mínimo—. Pero la Familia que llegó con ella ya no existe. Todos sus miembros fueron aniquilados por habitantes de tu mundo, Ray.
Sentí un vacío a mi alrededor, y tuve que apoyarme en la estrella.
—Stenzel me lo contó —admití—. Estuvo en esa Meseta, y encontró muertos a todos los ankaris. Él suponía que no debía decíroslo...
—Aunque muy débiles a causa de la distancia, recibimos las señales de nuestros hermanos, y supimos cuándo murieron.
—¿Y nuestra gente? —exclamó Rosenman—. ¿Es que debemos dejarla morir? Oh, no. Nosotros, al menos yo, no puedo aceptar tan fríamente como tú que mis hermanos de raza vayan siendo engullidos por las alimañas de este mundo de mierda sin hacer algo por ellos.
Lamban se interpuso entre Esshei y Rosenman. Sin ninguna violencia en su actitud ni en su voz, pero con firmeza, dijo:
—Sólo tres Vínculos. Ni uno más.
—¿Por qué, maldito Archivero? —le gritó Rosenman
Sujeté a Ken de un brazo y le aparté de Lamban. No es que yo me conformara con todo aquello, pero creía conocer mejor a los ankaris, y suponía que ellos tenían sus razones. Tal vez no atinaban a explicarnos cuáles eran, pero si no nos enfadábamos acabarían haciéndolo. Pedí a Rosenman que se calmase.
—La energía acumulada en la Bóveda no da para más —dijo Esshei. Empezó a dirigirse a la salida de la estancia.
—¡Pero está la nave! —le recordó Ken, y ella se detuvo.
—Esshei —intervine—, Kenneth Rosenman tiene datos de las islas de la Tierra, sabe dónde están muchas de ellas, no lejos de aquí. Yo estoy con él. Comprendo tu ansiedad, porque también es la mía, de inspeccionar de cerca esa gigantesca torre azul, pero las vidas de las personas que sobreviven deberían tener prioridad. Yo lo creo así, y propongo que antes dediquemos nuestros esfuerzos a salvarlas.
Creo que sólo yo me percaté de que la estrella entera vibraba, y de que adquirió un brillo más intenso durante un par de segundos, antes de recobrar inmediatamente su estado habitual.
—Salgamos —dijo Essei. Pat y Lamban la siguieron.
—Vamos, Ray. Salgamos a ver los Vínculos —nos dijo la chiquilla.
—¡No! —dijo Ken—. Los supervivientes están antes que nada.
Esshei cruzó los brazos. Estaba serena, en modo alguno irritada ante la airada postura de Ken.
—Bien —dijo—. Los Vínculos recorrerán primero esos lugares donde tú, Kenneth, confías encontrar a tu gente. Después iremos donde está la Columna Azul.
Rosenman me miró.
—Ray, si no voy va a depender de ti que la operación de salvamento no sea una parodia.
—No lo será.
Salió de la Bóveda, adelantándose a los ankaris. Mientras yo caminaba detrás de ellos, con Jorge a mi lado, pensaba en Rosenman. Él desconfiaba de que yo hiciera bien las cosas, debía temer que, una vez en el aire, saltando de isla en isla de la Tierra, no me preocupara demasiado de los supervivientes, probablemente porque me creía demasiado influenciado por Esshei. Pero no era así. A pesar de todo lo que había pasado, yo ya no tenía los sentidos perdidos por ella. Ni por nadie.
El regreso al calvero estuvo dominado por el silencio más absoluto. Intenté alcanzar a Kenneth, pero él caminaba muy deprisa, y fue el primero en salir del bosque y ver los Vínculos delante de los domos ankaris.
La decepción de Rosenman fue tan grande como la mía. No me sentí contento observando aquellos vehículos que debían ser aéreos y cuyo nombre, Vínculos, me parecía tan inapropiado como su diseño.
Por primera vez descubrí en los ankaris del poblado cierta curiosidad por algo, sobre todo en los niños que contemplaban los Vínculos; se reían, y algunos hasta corrían a su alrededor. Seguro que ninguno de ellos había visto antes un aparato como aquéllos.
Todos los terrestres estaban allí. Chris me explicaría más tarde que vieron un resplandor, y echaron a correr al calvero.
Rosenman jadeaba y mascullaba imprecaciones entre dientes viendo los Vínculos. Había que comprenderle. Creo que sólo su compañera Anne Zerder y yo podíamos hacerlo. Ken había llegado a Elajah soñando con ser el salvador de todos los Desaparecidos, seguro de que, gracias a su equipo almacenado en la mansión, podría encontrar en poco tiempo unos fuegos fatuos capaces de devolver a los hombres y mujeres de la Tierra a sus lugares de origen. Pero después del saqueo de su casa por parte de los salvajes inyindanis, provocado por Adrián, quedó tan pobre e impotente como todos los demás, sin nada encima excepto sus ropas y sus sueños.
Puse toda mi atención a lo que había en el calvero. Los tres artefactos, de momento no me atrevía a llamarlos de otra manera, eran sendas medias esferas de metal blanco, de unos tres metros de diámetro. Tenían dos huecos en el centro, y los bordes estaban formados por cuatro círculos concéntricos. No adivinaba cómo podía volar aquello, pero había visto objetos más extraños elevarse en el aire, y no me atreví a dudar de que fueran capaces de despegar del suelo.
Jorge tenía torcido el gesto. Tampoco se había entusiasmado lo más mínimo.
Esshei caminó hasta el Vínculo más cercano a ella.
—Ray, Val, acercaos —nos llamó—. Voy a explicaros cómo funcionan los Vínculos.
Me acerqué. Cuando ella terminó la lección, mi mente bullía. Lo había captado todo, cada detalle de su explicación. Manejar un Vínculo era tan simple como sonarse la nariz. Además, ella estaría cerca de nosotros. Precisamente por eso, aquella noche tardé en dormirme, y cuando lo hice tuve lo que en un principio creí que se trataba de una pesadilla, en la que me encontraba rodeado de cadáveres de Desaparecidos de la Tierra que me maldecían por no haberlos salvado a tiempo.
Al amanecer me desperté sobresaltado y sudando. Miré mis ropas, y descubrí sobre ellas una charretera.
Faltaba poco para partir en busca de la Columna Azul. Habíamos quedado citados en el calvero apenas saliera el sol.
Tomé la charretera y la acaricié. Esshei había cumplido su palabra. Tenía mi charretera. Recordé cómo la había ajustado ella al hombro de Val, haciendo que de su interior surgiese un filamento tan delgado como un cabello. Iba a presionar el nódulo cuando escuché gritos. Salí de mi domo, y vi a Jorge que corría hacia mí. Su cuerpo estaba cubierto por la dorada semi-transparencia de su traje ankari, y llevaba un arma vrowe en las manos.
Se detuvo jadeando frente a mí y consiguió decirme:
—¡Maldita sea, Ray, se lo han llevado! ¡Esos cabrones se largaron anoche, se han ido!
Pensé que se refería a los Vínculos y me estremecí. ¿Quiénes eran los ladrones?
—Los Dunigan, Marie Livornes y Nuil. ¡Se han llevado la nave vrowe! —aclaró Val.
—En el momento en que recibas la señal, dispondrás de veinticuatro horas. Para entonces los dos helicópteros deberán estar sobrevolando el lugar acordado durante un periodo de diez minutos.
—¡Espera! Necesitaré más tiempo. No sé si...
—¡Ya! Ha empezado la cuenta. ¿Has ajustado tu cronómetro?
—Sí, sí. Maldito seas. Insisto en que es poco tiempo.
—No podemos suspenderlo ahora. Tendría que empezar de nuevo todo el proceso. ¿No lo querías lo antes posible? Pues ya lo tienes.
—Está bien, está bien. Creo que puedo conseguirlo. Estoy esperando a mis socios. Quizá les moleste ahora tanta precipitación, pero creo que se sentirán encantados de poder demostrar su capacidad de organización.
—Me alegrará que sea así. Amigo...
—Dime.
—No puedo garantizarte el éxito al cien por ciento.
—Lo sé. A propósito, ¿descubriste la causa de las anormalidades que detectaste?
—Salí de la zona y eché un vistazo al exterior.
—¿Qué viste?
—Luces verdes. Luces extrañas y verdes danzando por encima de mi cabeza. Luego desaparecieron, pero volvieron más tarde, y se esfumaron otra vez- Cada cierto tiempo regresan y se quedan unos minutos.
—¿Qué crees que son?
—No lo sé. No quiero pensar en ellas. Estaré muy ocupado las próximas horas, hasta que llegue el momento del encuentro. Oye...
—¿Sí?
—¿Consideras necesario realizar esa parada?
—Desde luego. Los hombres tienen instrucciones de recoger muestras de silicio.
—Bien. Cuando las tenga, les echaré un vistazo. Al final has conseguido intrigarme con ese asunto del Templo de Cristal.
—Voy a cortar, amigo. Tengo mucho que hacer. Ya me dirás dentro de dos ciclos cómo ha ido todo. Supongo que podré hablar con mi gente cuando se reúnan contigo.
—Espera. Tengo algo importante que decirte.
—Creí que ya lo teníamos dicho todo.
—Queda algo que no va a agradarte.
—No empieces...
—Lo siento, pero quienes vengan tendrán que comunicarse conmigo. De otra manera no podré guiarles hasta aquí.
—Mierda. ¿Por qué no me dices ahora a qué lugar tienen que dirigirse cuando aparezcan en Elajah? Lo que estoy sospechando no me gusta nada.
—Aunque te dijera cuál es mi posición, no habría otra alternativa. Alguien, una vez que esté aquí, tiene que comunicarse conmigo durante los ciclos. Yo tengo que abrirles el acceso a la zona en el momento justo, y he de ser precavido, sobre todo ahora que tengo revoloteando ahí fuera esas luciérnagas verdes.
—¿Qué significa esto?
—Que no te queda otro remedio que entregarles la charretera, y dejar que uno de ellos la lleve ajustada como tú sabes para que pueda contactar conmigo. Por lo tanto, no te podré informar de nada mientras ellos estén aquí. Lo siento, Gerald.


14.- 28 de Noviembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 23:34 HORAS

No sabía si echarse a reír o romper a llorar. Se llevó la mano izquierda al hombro derecho, agarró la charretera y tiró de ella. Apenas sintió que el delgado hilo de acero salía de su carne y se ocultaba dentro del metal negro, escuchó que la puerta de su dormitorio se abría bruscamente y Luis Castro entraba, con el rostro congestionado y apuntándole con un tembloroso dedo.
—Debería romperte la crisma, maldito borracho, yanqui de mierda, embustero y ladrón, hijo de puta...
Castro le arrebató la charretera de un tirón, e inspeccionó los nódulos y la hendidura central que suministraba el traje de fuerza. Había visto la botella y el vaso usados en la mesa, y repitió, con rabia:
—Borracho asqueroso, bebías a escondidas.
—No desbarres más —gruñó Griffin—. Si bebo otra vez es porque lo necesitaba desde que Warlock me entregó la charretera. Quien hubiera hecho lo que he hecho yo, habría tenido que emborracharse o drogarse para poder soportarlo.
Sin soltar la charretera, Castro se sentó al otro lado de la mesa, frente a Griffin. Miró al escritor, y descubrió que su frente estaba llena de sudor. Y no hacía demasiado calor en la habitación. El muy bastardo debió haber empezado a sudar cuando él entró, mientras jugueteaba con la charretera.
—Llevaba días vigilándote porque sospechaba que me ocultabas algo, pero no imaginé que fuera esto. Todas esas horas que pasabas encerrado... Vamos, desembucha —espetó— o te romperé la cabeza con este hierro. ¿Qué has estado haciendo con mi charretera?
Griffin se encogió de hombros.
—No me levantes la voz. Joshua está al llegar.
—Oh, qué miedo —rió Luis—. ¿Qué me hará ese negro?
—Podría enfadarse. Vaya por Dios. Esto es una complicación. No estaba previsto que tú supieras hasta dentro de un rato que la charretera estaba aquí.
—Siempre ha estado en esta casa, viejo. Me la robaron siguiendo tus órdenes. No fue McCormick quien lo hizo, como creí, para que se la quedaran los ingleses, ni tampoco nadie de mi gobierno con la intención de desacreditarme y quitarme de enmedio.
—Fue McCormick, idiota. Bueno, fueron sus chicos. Ya sabes, esos angelotes que obedecen todo sin saber lo que hacen. El gales ordenó a sus agentes en Madrid que te la quitaran apenas salieras del aeropuerto. Joshua y yo la recogimos, nos vinimos aquí, y más tarde él fue a buscarte, cuando al fin conocimos tu dirección.
—Increíble, esto es increíble —Luis agitó la cabeza, incapaz de dar crédito a lo que estaba escuchando—. Vamos, no puedo creer que el galés esté de tu parte... ¿O es que tú lames el trasero a los ingleses, y todo esto es una trama que no logro entender? ¿Por qué todo este engaño? ¿Por qué me dijiste que no podías ayudarme, dejaste que me marchara, y luego en Madrid hiciste que me robaran la charretera para ti? ¿Por qué te tomaste la molestia de dármela?
Griffin sacó un pañuelo y se secó la frente. Estaba más sereno, y parecía capaz de controlar la situación.
—Voy a contártelo todo desde el principio. Y deprisa, porque no disponemos de mucho tiempo.
—¿Cuál es el principio? ¿Cuándo comenzó todo?
—Empezó a los pocos días de establecerme en la casa donde nos conocimos. McCormick se presentó, enviado por el gobierno, para protegerme o vigilarme, pero al mismo tiempo actuaba por su propio interés, y no se anduvo por las ramas cuando me propuso que recibiera a cierta persona. Le dije que sí, a pesar de que a Joshua, que acababa de llegar, no le gustó.
»Güido Kirschner era el personaje que quería verme. Afirmaba ser el representante de una corporación alemana muy poderosa en el mundo de la industria y las finanzas, y me ofreció todo el dinero que yo quisiera a cambio de que le dijera cómo podía ir a Elajah un grupo de hombres. Kirschner llevaba viviendo varios meses en Inglaterra, desde que apareció el libro supuestamente salido de mi talento literario, y McCormick era una especie de representante suyo. Ya ves, el galés tenía dos empleos y dos sueldos, pero el más sustancioso lo recibía de los alemanes. Sin embargo, McCormick no pudo poner a Kirschner en contacto conmigo hasta aquel día, porque yo no había llegado aún a la Tierra y no sabía nada del misterio que rodeaba a Gerald Griffin, hasta que realmente aparecí y el gobierno británico me ofreció un refugio donde nadie me molestaría, y muy contento debió ponerse todo el gabinete porque yo quería convertirme en una especie de ermitaño en la vieja mansión que adquirí.
»Naturalmente, en aquellos momentos yo no tenía la menor idea de cómo complacer a Kirschner, pero le dije que cuando supiera lo que él quería, le llamaría. Se lo dije con la intención de quitármelo de encima y que me dejara en paz. Intenté olvidarme de él, pero no pude, porque McCormick se encargaba de recordármelo cada vez que me veía a solas, cuando no estaba Joshua presente. Se lo conté todo a Joshua, y desde entonces éste no miró al galés con cara de buenos amigos.
«Semanas después apareciste tú con la charretera, y me dediqué a investigarla. No sólo conseguí leer los pensamientos de Kanable, sino que descubrí que en uno de los nódulos, como si fuera una guía de instrucciones, había un camino para llegar más lejos. Entiéndelo, Castro. Cuando yo hallé los filamentos, hice un uso mucho más útil de la charretera que Kanable, y entre ellos elegí el que podía convertirla en una especie de receptor-transmisor. ¿Recuerdas que te dije que ese metal contenía otros prodigios ocultos, además de proporcionar un traje casi invulnerable a su dueño y poder almacenar los pensamientos? Mientras leía a Kanable conocí, gracias a la charretera, a otro personaje, y hablé con él. Sí, no me mires con esa cara de imbécil. Es cierto. Esa persona está en Elajah, en un lugar extraño, y tiene a su alcance un poder fabuloso que lleva investigando desde hace mucho tiempo.
»La noche antes de que vinieras, McCormick me advirtió de que los ingleses iban a entregarme a los americanos. Londres y Washington no estaban dispuestos a que se publicara mi nuevo libro, y habían decidido controlar mis actos. Por lo tanto, tuve que fingir ante Warlock y darle la charretera para que te la devolviera y dejar que te largaras con ella. Amigo, de no habértela quitado los chicos de McCormick, te la habrían requisado tus compañeros del Comité al día siguiente de haber llegado a Madrid, y tú habrías sido expedientado de todas maneras. Finalmente llegó a mis manos. Yo la necesitaba, porque sin ella no podía planear el salto a Elajah que me exigía Kirschner a cambio de su ayuda.
—¿No estás borracho? ¿Es cierto que has estado hablando con alguien en Elajah gracias a la charretera?
—Claro. Y su anterior dueño, Kanable, se hubiera evitado muchos problemas de haber sabido colocársela correctamente en el hombro, porque habría podido hablar con esa misma persona.
—No puedo creerte, Gerald...
—Pues me creerás cuando dentro de veinticuatro horas, menos unos minutos, estés en Elajah, si es que sigues dispuesto a ir.
Luis Castro necesitaba fumar o beber un trago. Cogió la botella y bebió directamente de ella. Luego encendió el cigarro.
—¿Hablabas con ese tipo cuando entré?
—Sí. Acababa de decirme que todo está dispuesto.
Gerald se levantó al oír detenerse varios vehículos delante de la casa. Sonrió a Luis y le explicó:
—Esta noche habíamos acordado contártelo todo, íbamos a celebrar una reunión para ultimar los detalles. Aún puedes echarte atrás si quieres. Nadie te obliga a ir.
Luis atisbo por la ventana. Además del coche de Joshua, había otros tres. De ellos estaban descendiendo varios hombres. Contó doce, además de Stolberg. Descubrió, lleno de asombro, que también estaba el galés McCormick.
—Sólo conozco a dos tipos aparte de Stolberg. ¿Quiénes son los otros?
—El resto del equipo. Van a llevarse una agradable sorpresa cuando les diga que la partida será mañana a las 23:30 horas. Bajemos. Te los presentaré. Son unos chicos estupendos, no creas. Y por favor, no te metas con ellos llamándoles nazis o que parecen miembros de las SS. A veces resultas aburridamente reiterativo, y tus sarcasmos son ofensivos.
—Descuida. Contaré hasta diez antes de decir algo. Que conste que sigo dispuesto a ir. No voy a tener otro remedio que llevarme bien con esos chicos tan guapos.
—Estupendo. Vamos a tener mucho trabajo toda la noche y parte del día. Quedan demasiadas cosas que preparar.
—¿Dónde será?
—Sobre la Isla del Infierno de Punta Paloma —contestó Griffin, dirigiéndose a la salida— Los helicópteros tienen que sobrevolarla a escasa altura.
—¿Por qué ese lugar, y qué ocurrirá luego?
—Desde el otro lado, mi amigo intentará restituir los volúmenes de agua y de aire que fueron arrancados de la playa, y se llevará a Elajah ese montón de piedras y arena que lame la orilla. Por favor, ahora dame la charretera. Será la primera vez que esos chicos la vean, y no estaría bien que la llevaras tú. En mis manos parecerá tener más valor.
De mala gana, Luis se la entregó.
Gerald le dio la vuelta a la charretera, mostrando a Luis su parte interior, y señaló un punto.
—De aquí surge una aguja que se incrusta sin dolor unas pulgadas en la piel. Es necesario apretar este nódulo que está cerca del borde para lograrlo. Kanable, Stenzel y Valdivia, los que usaron las charreteras, se limitaron a ajustársela en el hombro, como quien se pone mal una bufanda o no sabe hacerse el nudo de la corbata.
—Sigue costándome creerlo...
—Pues deberías acabar de admitir que te digo la verdad, amigo.
Gerald hizo intención de cruzar la puerta, y Luis le agarró de un brazo.
—Está bien. Por fuerza tengo que creerlo todo. Pero, ¿quién es ése con quien has hablado en Elajah?
—Nunca ha querido decirme su nombre. No creo que sea un alienígena, sino alguien de la Tierra, probablemente un Desaparecido con mucha suerte y bastante inteligencia.
—¿Cómo sabes que no te ha mentido, que no te lleva a una trampa?
Griffin le miró perplejo.
—¿Por qué iba a hacerlo? No tiene nada que ganar. Nos necesita porque quiere largarse de allí.
—¿Por qué no usa la restitución para hacerlo?
—Diablos, porque no puede estar en dos sitios a la vez. Alguien tiene que manejar los mandos de los aparatos.
—¿Qué aparatos?
—¿Cómo quieres que lo sepa? No nos intercambiamos imágenes, sólo palabras. Sencillamente, él tiene que estar allí.
—¿Dónde, en qué sitio de Elajah?
Griffin empezó a impacientarse. De abajo les llegaban los ruidos que hacían los hombres en el salón.
—Os lo dirá cuando estéis allí. De todas formas, no creo que sea mucho más lejos de un radio de cien o doscientas millas de donde apareceréis.
—¿Por qué no hemos elegido una isla que esté más cerca de donde él se encuentra? Nos ahorraríamos recorrer esa distancia.
—Por Dios, Luis, ¿es que ya no piensas en tu hermanita? Recuerda que vamos a intentar que aparezcáis dos días después de la llegada de Ana.
—Es verdad —sonrió Luis—. Casi me había olvidado de ella.
—Bien. Ahora deja de hacerme preguntas. Todo lo que te he dicho voy a tener que repetirlo delante de los muchachos. Quiero que lleguéis donde debió aparecer Ana, y no sólo por ella, sino para que recojáis unas muestras del Templo de Cristal y se las entreguéis a mi amigo en Elajah, que las guardará para mí. ¿Recuerdas el Templo? Precisamente ese capítulo te intrigó, creíste que me lo inventé. Pues ya ves que no. El Templo existe. Bueno, sólo quedarán sus ruinas, pero quiero analizar esos cristales que contenían información. Quizá sean una especie de registro que confío poder leer algún día.
—Una última pregunta. ¿En qué idioma te has entendido con tu amigo?
—¿En qué idioma va a ser? En inglés, por supuesto.
—Oh, sí, claro. En inglés. No podía ser en otro. —Pensó que el dato carecía de importancia. En Elajah, todo el mundo sabía más de un idioma. Era curioso la gente tan lista que había ido a parar allí.
Griffin farfulló algo y salió al corredor. Luis le siguió. Bajaron las escaleras, y él se detuvo unos peldaños más arriba, observando al grupo que esperaba en el salón. Todos los hombres se volvieron para mirarlos.
En seguida, una voz le saludó:
—Hola, señor Castro. Me alegro de verle. —McCormíck le sonreía divertido.
Luis terminó de bajar las escaleras, aprovechando mientras lo hacía para estudiar los rostros de los alemanes. Todos eran más altos que él, excepto Guido, que tendría su estatura. Sí, le recordaban los chicos de las películas americanas que interpretaban a los soldados de las SS. La diferencia era que le sonreían. Sabían que él iba a ser su compañero de aventuras, y parecía como si con unas sonrisas le dieran la bienvenida al equipo.
—Ya conoces a Kirschner, Luis —dijo Griffin, agarrándole de un brazo y obligándole a caminar delante de los hombres. Fue señalándolos a medida que pronunciaba sus nombres—: Hermann Hammerich, Dieter Suhle, Gunter Reinfeld, Horst Ziegesar, Hans Hede...
Y así hasta once. Luis les fue estrechando las manos. Ellos se la apretaban con fuerza y le hacían una leve inclinación de cabeza. Aunque no llegó a escucharlos realmente, en su mente sonaron fuertes taconazos.
Dios, creo que estoy un poco obsesionado. Debo olvidarme de mi fobia hacia todo lo que huele a nazi, se dijo varias veces. Estos chicos son sanos, y en realidad tienen pinta de ejecutivos. Ocurre que son deportistas y valientes, y aspiran a arrancar a su jefe del infierno gris, además de correr una aventura que les puede hacer famosos. Todo es deporte para ellos, hasta enfrentarse a la muerte. Acabó mostrando una amplia sonrisa, y se situó al lado de Griffin cuando se acabaron las presentaciones.
Entonces, el escritor depositó solemnemente sobre una mesa la charretera, se frotó las manos y dijo:
—Amigos, esta reunión de confraternidad, en la que teníamos pensado discutir algunos términos, según me propuso Kirschner, será muy breve.
Guido le miró arqueando una de sus rubias cejas.
—¿Me equivoco si sospecho que usted ya conoce el momento para el gran salto, señor Griffin?
—Ha acertado, señor Kirschner. Será mañana, a las 23:30 de mi reloj. De noche no llamarán tanto la atención dos helicópteros sobre la playa. El margen establecido es de diez minutos. Durante todo ese tiempo, los dos aparatos tienen que sobrevolar los límites de la Isla del Infierno de Punta Paloma.
«Ahora voy a explicar brevemente ciertos detalles a aquellos que aún están preguntándose cómo he conseguido abrir una puerta a Elajah. —Miró a McCormick—. Tú sabes algo, y también usted, señor Kirschner, pero no sus compañeros. Préstenme atención, y óiganme bien, porque no voy a repetir nada ni aclarar ningún punto que alguno no entienda. Tendrán que creerme, por muy fantástico que les parezca todo.
»Una persona va a restituir desde Elajah la masa que ocupó la Isla del Infierno de Punta Paloma, a la hora que les he dicho...


15.- EL FULGOR DE DIOS

—¡Son los enviados de Dios! ¡Acuden a mis llamadas!
Ana contempló atónita la danza de las luces verdes en lo alto de la impresionante Columna Azul. Tenía que echar la cabeza muy hacia atrás para ver el espectáculo. Y aún estaban lejos de la misteriosa construcción, como a un kilómetro de su pétrea base.
—¿Qué son? —gritó temblorosa a su compañero.
—¿No los ves, no comprendes que su color es el fulgor de Dios? ¡Los ha enviado para ponerlos bajo mis órdenes!
La joven observó las luces. A veces bajaban a lo largo de la Columna, caracoleando a su alrededor, hasta una altura de unos veinte metros del suelo, y allí se quedaban un instante, bordeando las angulosas esquinas, y entonces comenzaban a ascender. Contó cinco luces. Eran como cometas que dejaban un rastro verde, y su núcleo parecía estar compuesto por una masa irregular que vibraba, también de color verde, aunque más fuerte.
Ana corrió hasta arriba de la loma, donde el hombre gritaba desaforadamente y gesticulaba con los brazos. Llegó jadeante a su lado, sintiéndose impresionada y fascinada por el espectáculo.
—¿Es que sabe qué son? —le preguntó.
Avanzó hasta el borde de la loma. A sus pies se abría un pequeño abismo, y Ana creyó que el hombre no lo había visto y se apresuró a sujetarle por un brazo.
—¿Qué está pasando? —gritó—. ¡Vámonos de aquí!
Estaba realmente aterrada. Las luces verdes no emitían ahora ningún ruido, ya no producían ningún silbido. Su vuelo resultaba tan silencioso que hubiera llegado a pensar que el espectáculo que ofrecían era un producto de su mente si Moore no lo estuviera viendo al igual que ella.
El hombre la empujó violentamente.
—¡Apártate! —bramó. Tenía echada la cabeza hacia atrás y sonreía cuando no soltaba carcajadas.
—¿Hemos llegado? ¿Ésta es la columna que buscaba? ¿También sabía que íbamos a encontrarnos con esas luces?
—¡Cállate!
Entonces se volvió hacia ella, ya esfumada su sonrisa, mostrando en su lugar una mueca de furia. Le señaló el jeep.
—¡Baja, aléjate de mí! Espera en el coche, y no se te ocurra escapar o te pesará.
—Yo...
—¡Haz lo que te digo! —Hizo un gesto de coger la pistola que llevaba metida en el cinturón.
Ana retrocedió, de espaldas, sin dejar de mirarle. Le parecía que Moore se había convertido de pronto en otra persona. Cuando se halló a cierta distancia de él, se volvió y corrió hacia el jeep, que estaba como a veinte metros al pie de la loma.
Las luces verdes se desplazaban más despacio ahora. Ya no subían hasta lo alto de la columna medio oculta por las nubes. Ascendían menos y bajaban un poco más a cada giro que daban. Ana saltó al jeep y se sentó ante el volante, apoyó las manos en él, lo frotó, miró la llave del contacto puesta. En el suelo yacía el cetme. Sabía que estaba cargado. Moore debía sentirse tan excitado que no parecía acordarse del arma que había dejado a su alcance.
Si lo intentaba podía marcharse de allí. En realidad Moore no podría impedírselo, pero no era necesaria ninguna prohibición para que ella decidiera que debía quedarse. Aunque estaba impresionada y asustada ante la visión de la Columna y los cometas verdes, no tenía el menor deseo de huir sola a través de los páramos grises. Quedaba poco combustible y no llegaría muy lejos. Y además, ¿dónde podía ir?
Fue recorriendo con la mirada la columna, escrutando sus azules paredes, y la detuvo arriba. Calculaba que en su base mediría como unos dieciocho metros de lado, pero iba aumentando a medida que subía. No se atrevió a hacer una estimación de cuántos metros tendrían las paredes cerca de la plataforma rectangular que la coronaba, pero imaginó que allí, de esquina a esquina, el largo se multiplicaba por dos o algo más. En cuanto a su altura... Sacudió la cabeza. ¿Mil metros? Tal vez kilómetro y medio. O incluso dos. Cuando descubrieron la columna a lo lejos, con las luces verdes danzando a su alrededor, su cúspide era lamida por nubarrones. Ahora apenas estaba cubierta por ellos, pero la nitidez de la atmósfera era escasa, y no se apreciaba bien cómo era aquella especie de enorme bandeja que parecía haber sido dejada caer sobre la Columna.
Era una maravilla arquitectónica, se dijo. ¿Pero para qué servía? Su forma la hacía pensar en un colosal clavo hincado en medio del grandioso circo en el que habían entrado, y su cabeza aplanada, intermitentemente acariciada por las nubes, parecía invitar a que un gigante la golpeara con un inmenso mazo.
Bajó la cabeza y se frotó la nuca. Le dolía la postura que había tenido que adoptar para mirar a lo alto de la columna. Observó al hombre. Aquel tipo acabaría fatal del cuello si seguía mirando hacia arriba, pensó. ¿Y ahora qué demonios espera? Yo en su lugar me alejaría de aquí.
Bien, la mole azul existía, no era un producto de la mente un poco enferma de Moore, como creyera al principio. Nunca le había comentado nada de las luces verdes, y sin embargo no se había sorprendido de que estuvieran allí. Por el contrario, su comportamiento era como si le encantara su presencia. No había titubeado en pregonar que eran los enviados de Dios que acudían a ayudarle en una extraña misión.
—Cualquiera puede acabar un poco chiflado en este sitio después de cierto tiempo —susurró, afanándose por encontrar disculpas para la actitud de Moore—. Probablemente yo terminaré como él. ¿Por qué chifladura me dará? Pero... ¡Mierda! Esas cosas están ahí, y hasta es posible que sean de verdad mensajeros de algún dios, que han acudido porque este chiflado se lo ha pedido.
Se agachó y tomó el cetme, extrajo el cargador, y comprobó que estaba lleno. Lo encajó de un golpe en su alojamiento y dejó el arma a un lado. No le gustaban las armas en absoluto. Como buena pacifista que se consideraba, le repugnaba apuntar con una a un ser vivo. Recordó, divertida, el día que en compañía de otras chicas se encadenó a la verja del Ministerio de Defensa. Pero a pesar de su pacifismo conocía diversos tipos de armas de fuego. Luis era aficionado a ellas, le apasionaban; y cuando era más joven acompañaba a su hermano a los ejercicios de tiro, y, ¿por qué no?, disparaba algunas veces. Acertar en la diana sí le entusiasmaba. Tirar a un cartón y dar en el blanco no es ser belicista, sino una demostración de lo hábil que una puede ser, tanto como un hombre.
El loco podía quedarse allá arriba en la loma todo el tiempo que quisiera gritando tonterías, que ella no pensaba abandonarle. Le tenía más miedo a las llanuras y a los riscos. Su pánico a lo desconocido era mayor que a lo conocido. Y si Moore no estaba bien de la cabeza y las luces verdes la atemorizaban, pensaba que su compañero no estaba asustado teniéndolas encima. Por lo tanto, no debía asustarse ante la danza de los pequeños cometas.
Moore gritaba a veces algo que no entendió. Otra vez usaba un idioma parecido al alemán, se olvidaba de aquel inglés que hablaba tan correctamente y que no parecía ser el suyo, sino aprendido en una estupenda academia, tal vez en Oxford, donde se decía que se enseñaba el mejor inglés del mundo a los extranjeros.
No cabía duda de que Moore era un tipo tan extraño para Ana como ellos dos lo eran en Elajah, reflexionó sin dejar de escrutar la columna y las cinco luces. Ahora los pequeños cometas habían bajado tanto que apenas estaban a cinco metros de la superficie, siempre girando muy lentamente alrededor de la Columna, como si hubieran desacelerado. ¿Acaso estaban a punto de tomar contacto con el suelo?
De pronto las luces incrementaron su velocidad, sus vueltas se hicieron más amplias y se distanciaron de la columna. A cada giro pasaban más y más cerca de donde se hallaba Moore.
Ana se puso de pie sobre el asiento y previno al hombre del peligro que corría. Si las luces continuaban ampliando sus círculos alrededor de la columna, pronto llegarían hasta donde estaba el jeep, pero antes alcanzarían a Moore.
Y también volaban más bajo.
¿Es que no había comprendido que pronto llegarían a él si no se apartaba? El hombre permanecía muy quieto, apenas se movía. Había bajado los brazos y ya no gesticulaba en absoluto.
La muchacha se agitó. Estuvo a punto de saltar del jeep y correr hasta Moore y comprobar si seguía consciente. Había oído en alguna parte que ciertas personas entraban en trance y no se caían aunque estuvieran de pie. Si Moore no se había sumido en un estado cataléptico, debía faltarle muy poco para ello.
Las luces verdes habían formado una hilera y seguían descendiendo, separadas unas de otras por escasa distancia; ahora volaban lentamente, apenas a un par de metros del suelo. Ana calculó que en la siguiente vuelta golpearían a Moore si no se apartaba. Como sus circunvalaciones alrededor de la columna eran más amplias, tardaban más en completarlas. Las vio alejarse por el otro lado de la columna. Casi desaparecieron tras unos distantes riscos. De pronto surgieron de nuevo, describieron un arco, se acercaron...
—¡Moore! —gritó Ana, haciendo bocina con las manos—. ¡Le van a achicharrar...!
Creía que las luces verdes eran de fuego. De pronto calló. Se acercaban lentamente, habían vuelto a perder velocidad, y casi flotaban cuando se aproximaron al hombre.
La primera luz esmeralda se detuvo sobre el abismo, delante de Moore; luego la segunda, y a continuación las demás. Las cinco formaron una línea frente a su compañero, y sus hermosas estelas verdes se fueron apagando.
—Dios mío —gimió Ana, aferrándose al parabrisas del jeep—. Están vivas, o controladas por alguien o algo...
El halo verdoso fue desapareciendo, y el núcleo del cometa más próximo a Moore, una forma irregular, como un ovoide con una prominente base octogonal, se deslizó hasta flotar encima de la loma, y terminó posándose en ella a escasos metros del hombre. A continuación las otras apariciones imitaron a la primera, y en menos de medio minuto todas se hallaban formando una pina, muy juntas. El resto del resplandor verde acabó disipándose y cada forma sólida, de unos cinco metros de altura, mostró un tono metálico y oscuro, de hierro viejo y maltratado.
Ana se agachó hasta que sus ojos quedaron al nivel del parabrisas. Temblaba y sentía frías sus manos y helado el aire que respiraba. Quería esconderse, pero no estaba dispuesta a perderse nada de lo que ocurría arriba en la loma.
Aquel tipo estaba loco o era un valiente. Avanzó unos pasos y extendió las manos. Ana le miraba atónita. Sí, no podía haber ocurrido otra cosa que explicara su actitud que se le había derretido la sesera. ¿O es que sabía lo que estaba haciendo?
—Sabe lo que está pasando —dijo en voz alta. Y sus dientes castañetearon brevemente.
Su compañero, frente a las cinco formas metálicas como cinco boyas ajadas por mil tormentas y a punto de hundirse en los abismos, se estaba llevando una mano al hombro derecho. Ana le vio bajarse la camisa y sobre su hombro apareció algo oscuro, como un pedazo de metal negro. Ahora ya sabía qué era el bulto que había notado en cierta ocasión.
De pronto el hombre fue cubierto por una especie de purpurina dorada, del cuello a los pies. La aparición del traje de oro, ajustado a su cuerpo, fue instantánea.
Ana cerró los ojos. Estoy soñando, se dijo. Esto es un sueño. Resulta que Moore no es un ser humano, sino un extraterrestre con apariencia de hombre que ha convivido conmigo hasta hoy y ahora se está reuniendo con los suyos. Quizá tome la apariencia de un monstruo.
Moore se acercó más a las formas de metal y les tendió los brazos. Ana empezó a creer que los cometas verdes, ahora sin su halo, eran vehículos espaciales, y se preguntó si dentro viajaban seres. ¿Inyindanis? ¿Eran sus tripulantes los gigantescos guerreros armados con espingardas que disparaban bolas ígneas?
Oro significaba paz. Plata y negro era la guerra, la destrucción por hábito. No había ninguno de estos colores flameando en los vehículos. Por no tener, no tenían ningún distintivo.
Pero recordó que los inyindanis carecían de medios de transporte aéreo. Y aquellas cosas parecían provenir del espacio.
Moore bajó los brazos y lanzó como un alarido, pronunció una sarta de palabras que no pertenecían a ninguna lengua de la Tierra, porque Ana sabía que nadie en su mundo sería capaz de pronunciar algo semejante. Eran prolongados chirridos y silbidos.
Apenas calló, en cada forma de metal se abrió una compuerta a un lado, y de ella salió una triste luz amarilla, y algo empezó a surgir de su interior.
Piernas, brazos, largas varas de brillante acero, cabezas y cuerpos extraños, fueron apareciendo. Agazapada en el jeep, Ana estaba tan anonadada que conseguir que sus dientes castañetearan hubiera significado para ella un acto de valentía.
Hasta diez figuras cubiertas de brillante metal dorado y negro fueron descendiendo de las naves, dos de cada una. Eran cuerpos extraños, ninguno igual a otro en estatura, complexión o longitud de sus miembros. Eran modelos dispares de criaturas tenebrosas. En común sólo tenían una cabeza, dos brazos y dos piernas, aunque las extremidades de cada ser era diferentes a las de sus compañeros. Se cubrían con un enorme casco refulgente que les confería un aspecto como de insecto: prominentes globos oculares, frente bruñida en metal negro, mejillas salientes, cráneo alargado y extensas antenas oscilantes. En sus hombros derechos destacaban sendas láminas negras de las que irradiaba la cubierta dorada que se extendía por todo su cuerpo acorazado con metal. Las piernas eran extremadamente gruesas, y caminaban sobre enormes botas, también de aparente hierro. Cuando pisaban se hundían un poco en la arena de la loma. En cada mano, protegida por un guante y guantelete, sostenían un par de largas varas de acero.
Había sólo una figura alta y estilizada, que se adelantó hasta situarse como a un metro del hombre. Sus dos brazos armados se unieron, y las dos varas de acero se entrecruzaron delante de su pecho, produciendo un sonido seco y metálico.
Como si este gesto hubiera sido un saludo, el hombre adelantó sus manos y rozó las del ser. Pronunció otras palabras que fueron contestadas con un seco monosílabo por cada criatura.
Súbitamente, Moore retrocedió unos pasos, contempló el pequeño ejército, extendió los brazos al tiempo que elevaba la mirada al cielo y, tras pronunciar una nueva retahila de graznidos, dijo en inglés, en español, y por último en otra lengua europea:
—¡Habéis venido para seguirme y para servirme en este mundo que debemos purificar! ¡Sois los ángeles de la guerra del Señor Todopoderoso, del Dios Único y Vengador que castigará a la raza humana y a cuantas se han atrevido a profanar este sagrado suelo!
Hizo una pausa y dio unos pasos, henchido de orgullo.
Lentamente, Ana se alzó y sintió que ya no tenía miedo. Se quedó sentada sobre el respaldo del asiento, y cruzó anonadada las manos sobre el pecho.
Stenzel terminó de gritar a los vientos de Elajah su alegría en holandés, después de haberlo hecho en español e inglés. Antes había sentido que su garganta le dolía al obedecer los impulsos que llegaban a su mente a través de la charretera, que le dictaba cómo debía expresarse en el idioma que hablaban los diez seres, el lenguaje común entre ellos.
Jadeó, volvió la cabeza hacia abajo de la loma, y vio a Ana sentada inmóvil en el asiento del jeep. Tenía la boca abierta, y pensó que igual podía estar cayéndosele la baba de asombro, si es que su cerebro aún funcionaba.
Le gritó:
—¡Entiéndelo, muchacha estúpida, ellos son mis servidores, han acudido de los cielos atendiendo a mi llamada! Los sentía, sabía que andaban buscándome por este mundo. ¡Estaban ya aquí para ponerse a mis órdenes! Hablan el idioma divino que yo puedo hablarles, pero pueden, desde ahora, manifestarse en cualquiera de las lenguas de la Tierra que domino, y las emplearán para que tú, ejemplo miserable de la raza humana, comprendas lo que ocurre y seas testigo de los acontecimientos venideros.
Hizo un gesto de desprecio dirigido a Ana y le volvió la espalda. Se enfrentó al ser que aún mantenía sus varas cruzadas y le pidió:
—Descansa, relájate. —Jadeaba. Miró a los demás seres—. Relajaos todos, reposad vuestras mentes. Ya estáis aquí conmigo, al pie de esta torre a la que habéis acudido respondiendo a la llamada que de ella ha emanado hasta los más lejanos confines del Universo. Puedo entender el idioma celestial, pero te pido a ti y a todos que os dirijáis a mí en mis idiomas. Sé que podéis hacerlo. —Se llevó la mano al hombro y golpeó la charretera—. Sé que podéis. A mi mente fluyen constantemente infinidad de datos sobre vosotros. Dadme tiempo, necesito tiempo para asimilar tantos conocimientos. Sin embargo, he comprendido fácilmente que buscáis vuestro destino, y puedo deciros que éste soy yo. Soy vuestro destino. A través de mí alcanzaréis las metas que tenéis fijadas desde los lejanos comienzos de vuestra larga existencia. Yo seré a partir de ahora la fuente de los Orígenes.
La criatura descruzó sus armas, las bajó, y dejó que las pequeñas culatas reposaran sobre la arena junto a sus enormes botas. Emitió un gruñido, y sus compañeros avanzaron hasta situarse a su altura. A su diestra se colocó otro ser con idéntica indumentaria a la suya, pero era enormemente ancho, corpulento, y su testa oculta por el casco de apariencia de insecto apenas llegaba a los hombros de quien parecía ostentar la jefatura del grupo. A su lado, el orondo guerrero llamaba la atención por tener un cuerpo grueso, piernas excesivamente cortas y brazos que podían rozar la arena. Cada guerrero era diferente, ninguno era igual a su compañero.
Sólo sus doradas corazas resplandecientes les conferían cierta uniformidad.
Stenzel señaló la Columna Azul.
—Tú que eres el líder, respóndeme —dijo al ser más alto—: ¿Traes contigo el conocimiento de lo que es esta representación del poder de tu creador?
—No, mi señor —replicó el ser guturalmente, con esfuerzo. Su pronunciación en inglés fue metálica y como emitida dentro de un túnel.
La respuesta dejó a Stenzel turbado por un instante.
—¿Alguien posee la respuesta?
Los diez seres se agitaron. Algunos giraron sus cabezas de un lado a otro, y el líder respondió por todos:
—Tal vez posea la respuesta alguno de los que vendrán.
El holandés no reprimió su asombro.
—¿Vienen más como vosotros? ¿Cuántos?
—De todas partes llegarán, mi señor. Pero no sé cuántos. Varios ya están en este mundo y combaten a nuestros enemigos. Nosotros explorábamos, recorríamos las llanuras y escudriñábamos en las quebradas. La Columna Azul nos atrajo. También hemos sentido la presencia de otra igual que se alza en el otro confín de este planeta.
Stenzel dejó de acariciar su charretera. La sentía vivir, fundirse cada vez más con su cuerpo, como si los átomos de metal se mezclaran con sus células vivas. Se sentía feliz, inmensamente feliz. Todos los conocimientos que había recibido de la charretera desde hacía días eran auténticos. La premonición que tuvo de que encontraría la Columna Azul viajando al oeste era tan cierta como que acabaría tomando contacto con los seres enviados por el dios vengador para servirle en su misión.
—Quiero entrar en la Columna —dijo, apuntando a la cúspide con un dedo.
Las diez cabezas cubiertas de acero se echaron hacia atrás, y diez pares de globos oculares se dirigieron a la cúspide otra vez rodeada de nubes.
—Dinos cómo y te abriremos el camino, mi señor —dijo el líder.
—¿No lo sabéis? —inquirió Stenzel, irritado y desilusionado—. ¿No habéis hallado un acceso arriba mientras lo explorabais?
El silencio del grupo fue la respuesta negativa que estaba temiendo recibir.
El holandés anduvo unos pasos, llegó de nuevo al borde, contempló la base de granito azul. Sentía rabia, una profunda frustración que ahogaba su alegría. Dijo, sin volverse:
—Sé esperar; pero os juro, servidores, que os ordenaré derribar esa mole desafiante si dentro de poco no puedo llegar a su alma, que sé es la de este mundo que vosotros y yo tenemos que purificar.
—¿Purificar, señor? Mi señor, nuestra misión aquí es destruir toda clase de vida inteligente indigna.
Stenzel se volvió rápidamente. Al tiempo que escuchaba hablar hoscamente al líder, había percibido un leve rumor de aceros. Los diez guerreros se habían girado y estaban contemplando a Ana.


16.- SUEÑO EN LOS ROSTROS

Tardé en enterarme de lo que había pasado. Todo el mundo quería explicármelo, y lo único que consiguieron fue confundirme aún más. Había demasiada excitación en nuestro campamento. Los últimos que aún permanecían dormidos se despertaron, y también me abrumaron, pero ahora con sus preguntas. Jorge había visto hacía un momento elevarse la nave, salir de la hondonada donde estaba oculta a unos kilómetros de la Meseta, y la observó ascender sin cometer ninguna torpeza en la difícil maniobra. Luego, tras alcanzar una altura de mil metros, puso rumbo al noreste.
Corrí al calvero, manoteando en la charretera para ajustármela al hombro. Sólo me había puesto los pantalones y sentía frío en el torso. Los ankaris, todos los adultos, estaban agrupándose en el centro. No había ningún niño. Esshei salió a nuestro encuentro al vernos aparecer y se dirigió hacia mí, que iba delante. Algunos de los terrestres todavía tenían rastros de sueño en los rostros. Sólo faltaban los Pfaumann, naturalmente además de los que se habían largado.
—¿Lo sabes? —pregunté a la que todavía consideraba mi chica ankari favorita. Ella asintió con la cabeza. Estaba seria, como se mostraba siempre desde que volvimos del Templo de Cristal. ¡Qué caras había puesto sus sonrisas!—. ¿Cómo ha sido?
—Los dos hermanos habían preguntando mucho acerca de la nave —contestó ella—. Debí adivinar lo que pretendían. Querían saber si disponía de programas de vuelo, y llegaron erróneamente a la conclusión de que uno de ellos podía conducirlos a la Tierra. ¡Pobres ilusos!
—¿Es que la nave vrowe no puede ir a la Tierra? Creo que los demonios negros estuvieron allí... —dije, pensando en el misterioso amigo de Smith.
—Pero no sería en esa nave en particular. ¿Por qué crees que me agoté tanto pilotándola? Los vrowes la tenían programada, y tuve que anular momentáneamente su condicionamiento. Ahora irá donde estaba previsto que fuera, Raymond.
—¿A dónde? —inquirí, temiéndome lo peor.
—A la isla vrowe —Esshei estaba verdaderamente consternada—. Lo peor es que será un blanco demasiado llamativo si es descubierta.
—¿Para quiénes?
Volvió la cabeza para rehuir mi mirada.
—Los nuevos elementos llegados a este mundo la aniquilarán apenas la descubran.
—¡Tenemos que avisarles para que regresen!
—No podemos. Y ellos no conseguirán modificar su ruta. Hasta que la nave no sobrevuele su destino, será ingobernable.
—Entonces hemos de alcanzarles.
Guardó silencio. Me sorprendió su titubeo. ¿Desde cuándo no tenía preparada una respuesta?
—Está bien. Partiremos lo antes posible —dijo al fin.
—¿El mismo equipo previsto?
—Sí.
Esshei se retiró. Jorge la había escuchado como todos, y sonreía satisfecho porque al fin emprendíamos la marcha. Estaba ansioso por probar los Vínculos. Rosenman refunfuñó algo entre dientes y Anne trató de calmarle. Smith apareció y corrió a alcanzar a la ankari. Estuvo hablándole un rato, hasta que al fin ella asintió con la cabeza, y el inyindani se dirigió a mí y me anunció:
—Te acompañaré, amigo Ray. —Miró a Jorge—. Tú puedes llevar a otro pasajero. Lo permite la Eiyen Daray. Ella ya tiene acompañante.
Rosenman le escuchó, y vaciló en ofrecerse voluntario. Pero Roger Stolberg se le adelantó y, sin dar lugar a que nadie le discutiera su derecho a ser el sexto miembro de la tripulación, dijo:
—Nuil se ha ido sin consultarme. Si alguien tiene que ajustarle las cuentas, soy yo. —Y agitó su metralleta. Aún le quedaban un par de cargadores, y la prefería a un arma de Vrow, pesada y poco conocida por él.
Volví la cabeza. Esshei seguía hablando en voz baja con su gente. Estaba tan tranquila que no parecía a punto de emprender un peligroso viaje. Jorge, antes de retirarse a nuestro campamento, me advirtió que volvería pronto. Iba en busca de algunas cosas, no me dijo cuáles.
Anduve alrededor de los Vínculos. Aquellos tres artefactos surgidos de la Bóveda, fabricados con energía y aparecidos allí tras ser recreados por la estrella del Archivo, no me daban demasiada confianza, a pesar de que Esshei nos había explicado todas sus ventajas, que en teoría eran muchísimas. Bueno, esperaba que al menos volaran y que de su interior surgiera la carlinga transparente que debía cubrir la otra media esfera. Me pregunté si se elevarían escupiendo fuego de unas toberas que todavía no había encontrado en su base, o volarían tan silenciosamente como los dahimes vrowes. Me incliné sobre el vehículo que iba a pilotar yo. Los huecos centrales, cada uno con mandos gemelos, no parecían demasiado cómodos. El asiento era circular, y el piloto podía moverse a lo largo de él. No existía proa ni popa. Examiné de nuevo los sencillos controles, una variante del sistema compuesto a base de barras de los dahimes. Allí había esferas pequeñitas que había que girar para elevar el Vínculo, otras servían para marcar la derrota a babor o estribor, y una de ellas ejecutaba la maniobra de descenso o incrementaba su velocidad. Había una última bola, de color negro, que Esshei nos advirtió que no debíamos mover bajo ninguna circunstancia, pero tampoco nos explicó para qué servía.
Me hallaba estudiando el Vínculo que me había sido asignado cuando escuché a Pat:
—Tengo que hablar contigo, Ray. Es muy importante.
La sonreí. Yo hubiera preferido otro momento para tener con ella una conversación que llevaba deseando desde hacía tiempo. Pat no era una niña corriente, lo supe desde el día que la conocí. Su comportamiento en la granja de Wise había sido el de una adulta. Aceptó serenamente que dejáramos abandonado a su padre adoptivo, sin mostrar por ello la menor emoción. Era como si hubiera reflexionado y llegado a la conclusión de que no se podía hacer otra cosa, y por lo tanto entristecerse no resolvería nada. Quizá se le podía recriminar su dureza, pero al mismo tiempo había que alabarle su buen juicio.
Me agaché para estar a su altura. Ella decidió sentarse y yo lo hice a su lado, sobre la suave hierba naranja. Nos miramos.
—Bien, ¿qué es eso tan importante?
—Quiero que nunca olvides que Esshei y su pueblo son muy vulnerables.
—No comprendo...
—Me explicaré. Esshei está muy preocupada.
—Sí, lo he notado. Todo el mundo lo ha notado. ¿Sabes qué le pasa?
—Naturalmente.
Claro, naturalmente. Ella lo sabía. Era lógico. ¿Por qué Pat lo sabía y yo no, ni nadie más? Resoplé. No iba a ser fácil aquella conversación.
—Esshei ha cambiado desde que entró en el Templo de Cristal —dije—. Pero lo achaco a que ha sentido mucho su destrucción. Cometió un error no advirtiéndonos que Jorque y yo debimos habernos quedado fuera.
—Estás equivocado, Ray.
—Vaya, ¿en qué estoy equivocado?
—No vas a comportarte sensatamente si no te lo explico. No quería que lo supieras, pero te diré algo si me prometes que lo mantendrás en secreto, y también que harás lo que sea necesario para que nadie moleste a Esshei. Y si ocurriera algo, tú tendrías que protegerla. Y quererla como la quieres ahora, a pesar de todo, aunque algún día puedas sentir por ella lo contrario de lo que sientes ahora.
—Nena, hablas como una anciana —reí torpemente—. ¿Qué tratas de decirme?
—Esshei ya estuvo en el Templo cuando escapó de Adrián Stenzel, y permaneció en él hasta que yo sentí que vosotros estabais en peligro. Entonces ella, atendiendo a mi llamada, volvió para ayudaros.
—Lo sé.
—Tuvo que abandonar el Templo cuando estaba recibiendo las revelaciones más importantes, y las interrumpió por vosotros.
—Eso lo ignoraba...
—Cuando regresó, acompañada de Jorge y de ti, apenas cruzó el umbral exigió al Templo el resto de la información.
—Todavía no sé qué clase de datos quería conocer... Supongo que acceder a los conocimientos necesarios para usar el Archivo al cien por cien y sacar de Elajah a los suyos. ¿No es así?
—Entre otras cosas, sí. Pero ella quiso profundizar más y hurgó en la lejana historia, en los Viejos Textos ya olvidados por Ankar. Y esto fue lo que la asustó. Conoció algo que le causó tanto horror que reaccionó impulsivamente.
—¿Qué pudo ser?
—Eso no puedo decírtelo, Ray. Esshei se enfadaría conmigo si saliera de mis labios.
—Entonces, ¿la preocupación de Esshei se debe a lo que averiguó en el Templo de Cristal y no a su destrucción?
—Eso es. ¿Cómo iba a lamentar la destrucción del Templo, si fue ella misma quien la provocó?
Pat no quiso contarme nada más acerca de Esshei y su extraña reacción en el Templo y su posterior comportamiento. No se molestó en buscar excusas: sencillamente, se negó a ello. Era algo que yo sólo podía comentar con Jorge, pero mi promesa de no hacerlo con nadie me impedía pedir al muchacho su opinión. Tal vez él fuera capaz de obtener una idea más amplia que yo del misterio que rodeaba a Esshei y las Familias de Ankar. De todas maneras, las palabras de Pat habían hecho más fuertes mis sospechas.
Apenas la niña se alejó de mí, dejándome preocupado, apareció Rosenman y me recordó que debíamos inspeccionar todas las Islas del Paraíso terrestres. Me entregó una copia del mapa que las señalaba y añadió:
—Quiero que les eches un vistazo, amigo. Si no podéis sacar a los supervivientes que encontréis, debéis decirles que dentro de poco los evacuaremos a lugares más seguros. Por Dios, Ray, no dejéis de echar un vistazo a las Islas que encontréis en vuestro camino.
Le respondí que no se preocupara y me guardé el mapa en un bolsillo del pantalón. Roger Stolberg ya había vuelto con sus armas y su equipo. Llevaba un macuto bien abultado, que no me explicó qué contenía; pero vi su cantimplora, y supuse que estaría llena de comida líquida ankari. Debía creer que íbamos a tardar en regresar.
Jorge apareció al poco tiempo. Su cuerpo brillaba en oro, y creo que anduvo turbado hasta acercarse a su Vínculo. El sargento viajaría con él; yo prefería a Smith como compañero. ¿Quién iría con Esshei? Empecé a observar a los ankaris, tratando de adivinar cuál de ellos sería.
Esshei se acercó a nosotros. Sólo vestía su falda, no llevaba ninguna bolsa, nada encima, como si el viaje fuera a durar muy poco tiempo.
Nos llamó a Jorge y a mí y comprobó que nuestras respectivas charreteras estuvieran bien ajustadas, y se aseguró que sólo había un filamento clavado en nuestra piel.
—Es sólo el primer grado de unión con la charretera el que debéis usar, será suficiente para vosotros —dijo.
—¿Qué quieres decir con eso?
Como si lamentara haber dicho algo de más, Esshei pareció hacer un gran esfuerzo al explicarnos:
—La charretera posee funciones más elevadas. Tal como la tenéis ahora podréis cubriros con el traje que os dará cierta protección, grabar vuestros pensamientos, y comunicaros conmigo cuando volemos en los Vínculos.
—¿Qué nos pasaría si utilizáramos el siguiente grado o los otros, por ejemplo hasta el último? —preguntó Jorge.
—Ni se os ocurra hacerlo —dijo Esshei, alarmada—. Sería muy peligroso para vuestra mente. —Pareció tranquilizarse—. De todos modos, no os inquietéis. No podréis ajustárosla en otro grado superior, porque no sabéis hacerlo.
—¿Tú no necesitarás una charretera igual para comunicarte con nosotros?
—No. ¿Estáis preparados?
Mi respuesta fue llevarme la mano a mi charretera y pulsar el nódulo del traje. En un instante mi cuerpo, excepto la cabeza y los pies, quedó cubierto por el aura dorada; dejé de sentir el aire fresco del amanecer de la Meseta.
—Cuando quieras —dije.
Estaba dispuesto para partir, aunque no dispusiera de mi cepillo de dientes. No me preocupaba llevar una muda o comida. Si Esshei no se había provisto de nada de ello, yo no tenía por qué hacerlo.
—¿Recordáis todo lo que os dije acerca de los Vínculos?
Jorge y yo asentimos con la cabeza. Esshei se dirigió a su Vínculo, y me quedé esperando para conocer a su acompañante. Ningún ankari se movió, todos estaban a bastante distancia. Cuando vi que Pat subía tras Esshei, me quedé sin habla.
—Vamos, arriba. Voy detrás de ti —dije a Smith, cuando fui capaz de reaccionar.
Chris me cerró el paso cuando eché a andar tras el inyindani.
—Ray o como te llames, quiero desearte suerte. Otra vez nos despedimos. —Me sonrió de una forma que se lo agradecí—. Estamos condenados a separarnos cada cierto tiempo. ¿Crees que eso acabará uniéndonos?
Le cogí la cara entre mis manos.
—Claro que sí, bonita. Eres lo mejor de aquí.
Ella volvió la cabeza hacia Esshei.
—Aparte de esa beldad, ¿no?
—Tú eres lo mejor, Chris.
Lo repetí de corazón, no pretendía halagarla. Ella adivinó mi sinceridad y, en un arrebato, me besó en los labios. La abracé, y por el rabillo del ojo estudié a Esshei. En cierto modo, mi demostración de cariño hacia Chris fue una argucia para estudiar la reacción de la ankari. Tal como temía, no se inmutó en lo más mínimo. Bien, una persona debe desengañarse lo antes posible de sus sueños, saber cuándo éstos no pueden convertirse en realidad. Yo ya llevaba practicando el desengaño desde hacía tiempo.
Lo curioso es que no sentí demasiado la frialdad de Esshei, quizá porque ya era firme en mí la idea de que ambos no teníamos nada que compartir. Pero en lo más profundo de mi ser experimenté una sensación de frustración.
—Pediré a Smith que me ceda su sitio en tu próximo viaje, Ray —dijo Chris, tras separarnos.
—Me agradará tenerte a mi lado.
Corrí hasta mi Vínculo, me así a su saliente, y salté al interior. Apenas me acomodé en el asiento y lo orienté para situarme frente a los mandos, escuché a Esshei dentro de mi cabeza:
—Vamos a elevarnos. Nos situaremos a mil metros al noroeste de la Meseta y a cien de altura.
No sabía cómo se efectuaban las mediciones en ankari, pensé, admirando a Esshei. Pero ella dominaba todos nuestros términos y conocía los puntos cardinales de nuestro mundo, que aplicábamos en Elajah porque ambos planetas tenían en común unas dimensiones casi iguales, por no decir que eran exactamente las mismas.
Miré las pequeñas esferas. Toqué una y la hice girar. El maravilloso ingenio que contenía en su interior se ponía automáticamente en funcionamiento cuando se le inducía a elevarse. Apenas nos elevamos unos metros, del círculo que nos rodeaba surgió una cúpula, como gaseosa al principio, que nos cubrió completamente, y en seguida adquirió una sólida resistencia transparente.
—Una técnica envidiable —murmuró Smith—. Las comunidades más evolucionadas de Inyindan están a años luz de alcanzar algo parecido a esto, amigo Ray.
—Pues no te digo nada si me atrevo a compararla con la tecnología de la Tierra —gruñí-—. Aún estamos más lejos que vosotros. No entiendo por qué una raza como la ankari decidió olvidarse de estas maravillas y meterlas todas dentro de tubos de cristal.
—Algún día me gustaría encontrar la respuesta.
A mí también, pensé, observando el Vínculo de Esshei. Ella volaba delante del mío y del de Jorge. La Meseta fue quedando atrás. Al recibir su petición de que acelerara, lo hice girando la bola apropiada. Apenas estuvimos a mil metros de nuestro punto de partida, Esshei me dijo:
—Ahora quiero que bajéis la bola negra.
Era una orden para los dos. Miré la pequeña esfera, la acaricié, y la hundí todo lo que pude. ¿Para qué demonios servía?
Entonces sentí como si perdiera el control de mi vehículo, y observé que los tres se acercaban entre sí. Acabaron rozándose, y escuché un seco chasquido. Ante mi asombro, las tres medias esferas se convirtieron en una sola, y las tres cúpulas se unieron. Y allí estábamos los seis, formando un círculo muy bien cerrado. Yo podía tocar a Esshei, Smith a Stolberg, y Jorge a Pat. En el centro de nuestro círculo había un espacio en el que cualquiera de nosotros podía situar su asiento.
—¿Qué demonios es esto? —empecé a decir.
—Calmaos —se apresuró a tranquilizarnos Esshei, ahora a viva voz. Compartíamos la misma atmósfera, y dentro de la nueva cabina no percibíamos el silbido del aire a nuestro alrededor mientras volábamos, cada vez a mayor velocidad—. Ésta es una de las propiedades de los Vínculos.
Empecé a comprender por qué eran llamados así. Quienes volaban en ellos podían vincularse entre sí en un momento determinado, si les convenía.
—Esshei... —dijo Pat, tímidamente.
—Sí, Pat. Lo vamos a hacer —respondió la ankari.
—¿Qué haremos? —pregunté.
—Vamos a sobrevolar la granja de Zach Wise —dijo Esshei—. Pat me lo ha pedido. Nos demoraremos unos minutos, pero recuperaremos el tiempo perdido, y espero que alcancemos la nave antes de que penetre en territorio vrowe. Incluso tendremos ocasión de visitar algunas de esas zonas que tú y Kenneth Rosenman queréis explorar.
Miré a Pat. La niña pareció alegrarse. Vaya, no era tan insensible como yo había supuesto. En seguida me pregunté: ¿Cómo vamos a acomodar a Zachary a bordo, si no hay ningún hueco para él? Eché un vistazo al espacio que se había formado en el interior del círculo que componíamos. Quizá cupiera allí, aunque no estaría muy cómodo. Tendría que ir con las piernas encogidas.
Saqué el plano de Kenneth y lo extendí sobre la plataforma para que lo viera Esshei. Mientras le iba señalando las marcas hechas por Anne, le dije:
—Estas islas procedentes de la Tierra están en la ruta que debemos seguir, Esshei. Aunque ahora no podamos llevarnos a nadie, me gustaría decir a los que encontremos que volveremos a por ellos tan pronto como podamos. Un poco de esperanza les vendrá bien.
—Como quieras, Raymond —dijo Esshei—. Son dos islas. Bien, las verás cuando las sobrevolemos.
—Quisiera bajar y hablarles. Ken afirma que allí hay gente. Esas zonas se llevaron con ellas personas de la Tierra.
—Si ellos han pasado por allí, lo dudo.
—¿Ellos? ¿Te refieres a los que atacaron la ciudad subterránea de Vrow?
—Sí.
—¿Pero quiénes son?
Su respuesta no se ajustó a mi pregunta, aunque de todas maneras me consternó:
—Su fin es la destrucción sistemática de cualquier forma de vida.
Me incliné para mirar a Pat. No sé por qué, pero intuí que la niña sabía perfectamente a qué se refería Esshei. Lamenté no haber tenido más tiempo antes y haberle hecho otras preguntas, porque comprendí que la ankari no iba a satisfacer mi curiosidad. Y, probablemente, tampoco Pat.
Al cabo de un rato, creo que una media hora, avistamos una franja extraña a Elajah. Esshei aminoró la velocidad e hizo que el triple Vínculo descendiera. Aquella isla era donde estaba la granja de Wise. Quizá llegáramos a tiempo para sacar de allí a aquel testarudo que se entretenía por las noches matando inexistentes monstruos mientras esperaba el imposible regreso de su esposa.
Los Vínculos rompieron su unión para aterrizar, y nos posamos cerca de los moribundos árboles, a medio centenar de metros de la casa. Todo estaba mucho más deteriorado que unos días antes. Miré el árbol donde conocí a Pat. Aquel día ella vigilaba encaramada en una rama mientras su padre adoptivo dormía para estar despierto por la noche y poder protegerla.
Anulé el misterioso impulso de mi vehículo, y la cúpula dejó instantáneamente de existir. Salté fuera y corrí detrás de Pat, que se dirigía a toda prisa a la casa. ¿Por qué Esshei la dejaba ir? Wise podía estar muerto, y el espectáculo no iba a ser muy agradable para la niña.
Entré en la casa, la puerta estaba abierta, y lo encontré todo frío y silencioso. Pat estaba en el comedor, y apenas me miró cuando corrió hacia la entrada principal, hacia el pórtico donde la noche que permanecí allí compartí una triste guardia con Zach. La alcancé en el borde de la tarima y la sujeté por los hombros. Miré la llanura que se extendía delante de nosotros, el terreno de arena gris de donde Wise creía ver en su mente surgir los monstruos que combatía con disparos que sólo él escuchaba.
Había huellas antiguas, apenas visibles, que se perdían en la lejanía.
Pat dijo:
—Se ha ido. Fue en busca de su mujer.
—Vámonos de aquí.
Al volvernos vi en el suelo la escopeta de Wise. El granjero no había esperado mucho para emprender la búsqueda de su esposa. Debió irse apenas nos marchamos. Era lo que quería hacer cuando nos confió a Pat.
Mientras regresábamos a los Vínculos empecé a comprender muchas cosas, y me sentí muy mal; la boca me sabía amarga, y noté que mis manos temblaban. Y cuando miré a Esshei no me quedó ninguna duda de que ella creía que en todas las Islas del Paraíso cercanas encontraríamos la misma soledad que en aquélla.
Sin embargo, no le dije a Esshei que podíamos ahorrarnos escrutar las islas que hallaríamos en nuestro viaje al territorio vrowe.


17.- 29 de Noviembre de 1992 PUNTA PALOMA, 23:33 HORAS

Luis Castro contemplaba preocupado el avance de las manecillas de su reloj. Llevaban tres minutos y diez segundos sobrevolando la oscura mancha al borde de la orilla y produciendo un ruido infernal, con las aspas de los helicópteros agitando las aguas oscuras y levantando remolinos de arena gris de la Isla del Infierno. Empezaba a temer que las previsiones de Griffin no se cumplieran, pero el plazo acordado era de diez minutos, y todavía quedaban más de seis para que expirara.
Todavía conservaba en las retinas la cara triste que mostraba el escritor cuando despegaron tras sacar los dos helicópteros del edificio inacabado. Sospechaba que, en el último momento, Griffin se arrepentía de no acompañarles. A su lado, McCormick fumaba un cigarrillo tras otro, también nervioso. Pero Luis no creía al galés con ganas de sumarse a la expedición.
Estaba sentado entre Hermán Hammerich y Dieter Suhle. Enfrente, Gunter Reinfeld, Horst Ziegesar y Joshua Stolberg. En la cabina de mando, Kirschner pilotaba y Hans Hede le asistía. Todos vestían uniformes de campaña, cascos de fibra de vidrio con barbuquejo, cargaban con muchos kilos de impedimenta, y se aferraban a sus metralletas, sintiendo el frío contacto del acero. Luis pensaba que tenían todo el aspecto de ir a desembarcar en Normadía, y rezaba para que al otro lado no estuvieran los boches aguardándoles para dispararles apenas pusieran el pie en la playa.
Los dos helicópteros BK 118, de fabricación alemana, se mantenían muy juntos y oscilantes sobre la franja de arena y rocas casi unida a la gran duna. A Luis el ruido que producían los motores le asustaba, temía que pudieran oírse a mil kilómetros de distancia. Eran las 23 horas y treinta y cuatro minutos. La medianoche se aproximaba, pero antes de ella el plazo se habría terminado, y después ya no tendrían nada que hacer allí. Vamos a ver, pensó Luis, aún quedan seis minutos.
Miró la playa. La arena estaba tan oscura como el mar que se rompía en espumeantes olas sobre ella y en la cada vez menos firme Isla del Infierno. Luis recordó. Allí habían aparecido los vrowes cuando se produjo el cambio, bajaron del promontorio blandiendo sus espadas de tres puntas y acabaron con las vidas de varios turistas que fueron testigos del prodigio. ¿Por qué llamaban prodigio, cada vez que aparecía una Isla del Infierno, a aquellos hechos espeluznantes?
Centró su atención en la carretera, distante como unos cien metros de la playa. De pronto brillaron las luces de un coche, que más adelante aminoró la marcha y casi estuvo a punto de detenerse, seguramente debido que su conductor había escuchado los motores de los helicópteros. Dios, pensó Luis nerviosamente, si esto no ocurre pronto, dentro de poco estará aquí la guardia civil, y el mar se llenará de patrulleras de la marina. Incluso podían enviar aviones. No, no creo que estos malditos alemanes hayan sobornado a todo el mundo para que esta noche se mantenga alejado de la playa.
Guido y el piloto del otro helicóptero, Otto Hammer, hacían verdaderas proezas para mantenerse en la zona prevista. Un minuto más. Miró a Joshua, el actual portador de la charretera. Luego escudriñó la oscura cabina. Aquél no era un modelo de helicóptero capacitado para transportar un vehículo todo terreno como estaba previsto en el plan inicial, pero los alemanes se decidieron en el último momento por los FK 118 porque eran más maniobrables y también más veloces. Además, su consumo era inferior al de otros modelos similares.
¿Qué iban a hacer si terminaba el plazo y no ocurría nada? Luis se mordió los labios, apretó más las manos alrededor del cañón de su metralleta y resopló. Bueno, intentarían volver a la base. Ya habían llamado demasiado la atención. Maldita sea, no podrían explicar nada si eran detenidos. ¿Qué iban a decir? ¿Contarlo todo? Aparte de que Griffin, Stolberg y él acabarían en una celda, los alemanes no estarían en condiciones de dar explicaciones. Aunque alegaran que intentaban viajar a Elajah, lo que estaban haciendo sería motivo más que suficiente para ser acusados de cien cargos distintos, a cual más pintoresco. Las autoridades pondrían trabas a su plan de trasladarse a aquel mundo misterioso y gris, pero si volvían nadie se atrevería a condenarles, y además serían considerados unos héroes.
De pronto, a Luis le pareció que el rotor de las aspas cambiaba de ritmo. ¿Qué estaba pasando? Sintió que algo seco, frío y repentino le oprimía el pecho, y una viva luz alejó de ellos la oscuridad de la noche. Apenas tuvo tiempo de echar una fugaz mirada a su reloj y comprobar que eran las 23:35 horas.
No se dio cuenta de que el prodigio se había efectuado hasta que la luz del día le obligó a parpadear.
El helicóptero vibró de forma escandalosa. Luis estiró el cuello e intentó echar una mirada fuera, por encima de los hombros de Reinfeld. Vio al otro helicóptero alejarse bruscamente, dar saltos e ir de aquí para allá. La distancia establecida aumentaba, y comprendió en seguida que no era debido a que ellos se alejaran, sino que el aparato pilotado por Otto Hammer estaba fallando. Se dijo que fuera había demasiado viento, una corriente violenta que zarandeaba cualquier cosa que volase. Estaban en una turbulencia de aire.
Inclinó la cabeza, observó el suelo gris que giraba debajo. El ruido del otro helicóptero le obligó a seguirlo con la mirada en su loco e incontrolado vuelo.
Dos segundos después, con su mente de pronto ausente de emociones, lo vio estrellarse a un par de centenares de metros. Guido también tenía problemas para no perder el control. Un nuevo rugido extraño en las aspas, luego un chasquido, y todo pareció encalmarse súbitamente a su alrededor.
Kirschner logró que el helicóptero descendiera. Fue un aterrizaje muy violento. Dieter y Gunter saltaron fuera, como soldados perfectamente entrenados, y echaron a correr hacia donde el otro helicóptero acababa de caer. Desde la cabina, Kirschner les gritó que se detuvieran. Los dos hombres se pararon, miraron hacia atrás y luego al frente. Las llamas del vehículo caído se incrementaron, se propagaron por todo el fuselaje, y unos segundos más tarde la hoguera era gigantesca. A continuación se produjo la esperada y temida explosión. Nadie había conseguido escapar de aquel infierno.
Bajaron los demás, y Luis necesitó un instante para comprender lo que había pasado y dónde estaba. Su mente bullía, le costaba hacerse a la idea de que había llegado a Elajah. Miró a su alrededor, buscó el agua que acompañó a su hermana. Pero todo el suelo era polvoriento, excepto la Isla del Infierno de Punta Paloma que les había seguido hasta allí, devuelta a su origen. El pedazo restituido al lugar donde pertenecía era más oscuro por la humedad que había acumulado del Atlántico.
—Mierda, ¿en qué momento nos ha enviado Griffin? —gritó.
Kirschner estaba muy pálido y le miró con rabia. Luis comprendió que el jefe del grupo estaba consternado y furioso por la pérdida del BK que había costado la vida a seis de sus hombres.
—¿Qué ha pasado? —preguntó a Kirschner, intentando serenarse.
—Una turbulencia, no sé —replicó el alemán, su mirada fija ahora en la hoguera y la densa columna de humo negro que ascendía al cielo—. Otto no pudo controlar el cambio de presión o lo que sea. Cono, a mí me ha costado mucho no perder el control. Sentí como si quisieran empujarme primero hacia arriba, y luego hacia abajo.
—¿Hemos llegado al lugar previsto? —insistió Luis.
—¡Sí, maldito seas tú y tu jodida hermanita! —gritó Guido. Resopló, extendió las manos y señaló el terreno—. Lo siento. Estamos donde dijo Griffin que estaríamos, ¿lo entiendes? Ya ves que no hay nadie. ¡Pero no hemos fallado de lugar, y no puedo decirte cuánto tiempo ha pasado aquí desde que se produjo el cambio! Mira allí y convéncete.
Luis miró donde le indicaba Kirschner. Volvió a observar la zona de terreno húmedo. Era la Isla del Infierno que había estado siendo batida por las olas del Océano unos minutos antes. Había regresado a su mundo de origen. ¿Y a cambio? ¿Qué había recobrado la Tierra con la restitución de las masas? No podía haber regresado el agua que una vez fue arrebatada. Por lo tanto, sólo una porción de metros cúbicos del enrarecido aire de Elajah habría llegado y se habría dispersado en la atmósfera sobre la playa de Punta Paloma.
—Si no te convences, vuelve la mirada, Castro —le dijo Joshua.
A sus espaldas, lejos, brillaba un promontorio.
—Los restos del Templo de Cristal —susurró Luis—. Dios mío, es cierto que Griffin también leyó en la charretera que fue destruido, no inventó ese pasaje...
Kirschner hizo uso de su autoridad y gritó órdenes en alemán. Sus hombres se reagruparon con rapidez a su alrededor.
—Vamos a actuar según lo establecido —dijo Kirschner, caminando ante ellos—. Olvidemos lo que ha pasado con nuestros camaradas. No es el momento para llorarlos. Ya no somos tantos, pero los que quedamos nos bastaremos para cumplir lo que nos han confiado. El tiempo vale demasiado en Elajah para desperdiciarlo. Mirad eso que brilla ahí. Son las ruinas del Templo de Cristal. Tenemos que recoger muestras de los cristales y llevárnoslas.
—¿Por qué? —preguntó Luis en voz baja a Joshua—. ¿Para qué necesitamos unos vidrios?
Stolberg se encogió de hombros.
—Griffin quiere analizarlos. Si el Templo de Cristal fue una especie de biblioteca, cree que en los cristales hay grabaciones que un buen equipo de técnicos y un adecuado laboratorio podrían acabar leyendo.
Uno de los hombres corrió al interior del helicóptero, y regresó ajustándose a la espalda un lanzallamas. Kirschner sonrió satisfecho.
—Tú irás delante, Hans. Horst te seguirá. Si crees ver cualquier clase de mierda que sale del suelo de este mundo, ya sabes: quémala y luego camina sobre ella. Traedme esos cristales. ¡Adelante!
El alemán del lanzallamas, Horst Ziegesar y Dieter Suhle corrieron a cumplir la orden de Kirschner. Luis empezó a buscar huellas. Joshua le siguió después de comprobar que la charretera no había sufrido ningún desperfecto. El norteamericano se quejaba de los golpes que había recibido en el zarandeo del helicóptero, y dijo a Luis:
—No saques conclusiones precipitadas, amigo.
Luis se envaró.
—¿Qué quieres decir?
—Lógicamente, tu hermana debió aparecer en un boquete de este mundo que ahora ha sido taponado por los restos de la Isla del Infierno de la playa. Seguro que ella no estaría aún en ese sitio, por lo que no debes temer que haya sido aplastada. —Joshua miró los alrededores—. Se habrá ido.
—¿A qué sitio? —exclamó Luis, desesperado.
—Luis, yo tengo muy pocas esperanzas de encontrar a mi hermano, de veras. No pienso andar por ahí hasta que sangren mis pies. He procurado mentalizarme, y ahora que estoy aquí mi conciencia está más tranquila. He hecho más que nadie que tenga un familiar en Elajah, ¿no?
—No me basta con calmar mi conciencia, Joshua. Tengo que encontrarla.
—Bien, sigue intentándolo. Pero no puedes pedirle a Guido que sobrevuele en espiral toda la región.
—¿Cómo has adivinado que iba a pedírselo?
—Condenación, era previsible. Es inútil que se lo pidas. Estos alemanes cumplirán con su parte, pero no añadirán nada que nos favorezca. Apenas recojan las muestras, volaremos al norte.
—Estupendo. Es lo que tú querías. Eres afortunado, Joshua. Tu hermano puede estar junto a ese viejo alemán al que quieren rescatar.
Joshua hundió su mano izquierda debajo de la guerrera. Sonrió.
—Ellos rescatarán a los Pfaumann o se asegurarán de que han muerto. Pero no perderán semanas escudriñando cada pulgada cuadrada del terreno donde sospechen que pueda estar el viejo. Nada de eso. Es urgente volar a cierto punto cercano.
—¿Donde está el misterioso y parlanchín personaje con quien debes ponerte en contacto?
—Sí.
Luis frunció el ceño.
—Si mal no recuerdo, Kanable vio por estos parajes una enorme torre de piedra.
—Sí, la Columna Azul más próxima a nosotros. Pero puede haber otra en las antípodas. Lo sugirió Esshei, recuérdalo. Ahora discúlpame.
—¿Qué vas a hacer?
Joshua sonrió:
—¿No lo adivinas? Voy a intentar hablar con el tipo que nos ha traído aquí. Tengo que decirle que hemos llegado, que todo ha salido... casi a la perfección. Sólo ha fallado ese maldito accidente. Que se vaya preparando para guiarnos cuando volemos a reunimos con él, y que tenga dispuesta la llave de la puerta.
Cuando volvieron los dos hombres con una bolsa llena de trozos de cristal, una selección de todos los colores que había en las ruinas del Templo, Guido ya había comprobado que el BK 118 estaba en perfectas condiciones, y apremió a todos para que subieran a bordo.
Llamó a Joshua y le preguntó si había establecido comunicación con su contacto en Elajah.
—No, lo siento. —Joshua parecía preocupado—. Estoy seguro de haber hecho todo cuanto me dijo Griffin, pero no he recibido nada en mi mente.
—¿Estamos dentro del ciclo de recepción?
—A punto de salir de él. Quizás esto explique mi fracaso. Tendré que esperar al próximo.
—Bien. Si también fracasa en ese nuevo ciclo, lo intentará cada hora.
Joshua compuso una mueca de pavor.
—¡No! Fuera del ciclo es peligroso.
—¿Qué podría pasarle?
—No lo sé exactamente, pero Griffin me advirtió que no lo hiciera. Mi mente podría sufrir daños irreversibles.
—Pues rece para conseguirlo en un período de seguridad, o tendrá que arriesgarse.
El alemán volvió la espalda a Joshua, y éste se quedó temblando de rabia. Luis se acercó a él.
—Este ario se cree que es el Rommel de Elajah. ¿Has oído hablar de las sociedades paramilitares de la República Federal?
—Un poco.
—Ahora, mirando a Guido vestido de soldadito, creo haber visto su cara bonita en un reportaje publicado en una revista española que hablaba de unos angelitos que correteaban por los bosques alemanes con armas y tanques. Tengamos cuidado con ellos, Joshua.
—¿Qué clase de cuidado?
—No les llevemos la contraria. Aunque empiecen a saludar con el brazo en alto, no pestañeemos. Mientras nos crean sumisos no van a causarnos problemas. Luego ya veremos. ¿Estás seguro de que no has oído nada en tu sesera con ese chisme?
—Absolutamente nada.
—Bien, no te preocupes. ¿Cuánto falta para el nuevo ciclo?
—Doce horas.
—Pues hasta entonces quédate tranquilo.
Joshua asintió y siguió al español al helicóptero. Guido les apremiaba con la mano para que subieran. Las aspas empezaron a girar.
—¿Cómo era ese templo? —preguntó Luis a Ziegesar, en el momento en que el aparato despegaba del suelo.
—Montones de cristales rotos. —El alemán se encogió de hombros. Había ejecutado la orden de su jefe sin el menor entusiasmo, era evidente—. Una estupidez. No había nada que valiera la pena.
Luis lamentó no haberse acercado al templo. Si Ana, al aparecer en Elajah, lo vio, cosa que no dudaba, porque sus ruinas eran demasiado atrayentes, probablemente se dirigió a él. Quizá todavía quedasen sus huellas. Preguntó a Ziegesar si había visto señales de pies descalzos.
—No. Todo el terreno alrededor de los montones de cristales era diferente, no había arena ni rocas grises, pero tampoco ninguna huella. —Horst esbozó una sonrisa que a Luis le pareció cruel antes de añadir—: Quizás el viento de estas últimas semanas haya borrado cualquier rastro de tu hermanita.
—Tal vez no haya pasado tanto tiempo desde que ella llegó —dijo Joshua, irritado.
Luis agradeció su ayuda, pero recordó el consejo que él mismo había dado al norteamericano, y mantuvo la boca cerrada. Si Horst quería provocarle, no estaba dispuesto a seguirle el juego.
Aspiró profundamente, y sintió la garganta irritada por el aire dulzón que tragó. No creía ser capaz de acostumbrarse a esta atmósfera. Bajó la mirada e intentó reflexionar, pero el ruido del helicóptero y las tierras que rápidamente pasaban bajo ellos le distrajeron. Kirschner estaba forzando la máquina. Ojalá no cometiera ninguna imprudencia. Er¡ el helicóptero cabían hasta quince personas, y el motivo de llevar dos en la expedición era por si uno se averiaba y no podían repararlo. Pero en los primeros segundos en Elajah ya habían perdido uno, y consideraba una locura lo que Guido estaba haciendo: obligarlo a volar al máximo de su velocidad.
Parecía tener prisa por llegar a donde esperaba encontrar a sus compatriotas. Luis no creía que también estuviera pensando en complacer a Joshua.
Pensaba que en los alemanes había algo más que un afán de aventuras y el deseo de rescatar a un matrimonio de ancianos compatriotas.
Finalmente, perdió de vista la humareda negra que les recordaba la muerte de seis hombres.


18.- CAPITÁN DE ESCUADRA

En cada cometa verde viajaban dos guerreros de resplandeciente oro en sus armaduras, y el de mayor estatura de los diez, que acabó identificándose como una especie de jefe de escuadra ante el holandés, no tenía nombre, sino un larguísimo número de identificación. Stenzel le llamó capitán desde el primer momento, y el individuo aceptó indiferente el título. Los otros nueve eran soldados sin más.
—¿Le obedecen? —le preguntó Ana en un susurro a su compañero.
—Sí.
—¿Por qué? ¿Cómo es que le comprenden y usted les entiende?
Stenzel, apenas partieron las cuatro unidades, dejando atrás sus estelas esmeraldas, había sufrido una nueva transfiguración. Ya no era el hombre exaltado y gesticulante, seguro de sí mismo y orador nervioso. Su barbudo rostro parecía más demacrado que nunca, las arrugas alrededor de sus enrojecidos ojos eran muy profundas y sus hombros estaban hundidos, como si soportaran una pesada e invisible carga en lugar de una liviana charretera sobre uno de ellos.
El holandés, nerviosamente, se restregó las manos, luego se las llevó a la cara y, ocultándolas, respondió a la muchacha:
—Me aceptan como su superior. Me obedecerán si no infrinjo las leyes de los Orígenes. Lo peor es que las ignoro casi todas, me arriesgo a equivocarme y perder ante ellos la autoridad que me reconocen. Tengo miedo, amiga mía.
Ana se estremeció al oír que la llamaba su amiga. El cambio producido en él le parecía tan súbito y profundo, que ahora lo veía como a un pobre hombre lleno de dudas que se iba ahogando lenta e inexorablemente en el más desesperado abatimiento. ¿Qué había sido del arrogante orador que apenas hacía unos instantes se había enfrentado a las temibles criaturas que surgieron de los vehículos y las manejó y habló con ellas con tanta autoridad? La había llamado su amiga. Quizá debiera temerle por esto. Unas horas antes había creído captar un marcado desdén hacia ella, como si al permitirle estar a su lado le estuviera haciendo un gran honor.
—Pero si nunca los había visto... Dios mío, ¿qué está pasando aquí? —Ana admiró la envoltura dorada que cubría a Moore. Apenas veía a través de ella sus ropas sucias y ajadas, la camisa que se desabrochó para poner al descubierto la charretera—. ¿Dónde ha enviado a los cuatro aparatos? ¿Qué les ha pedido que hagan?
Stenzel apartó las manos de su cara. Tenía los labios apretados y respiraba ruidosamente. Señaló la Columna Azul.
—Tengo que entrar ahí, pero ellos no saben cómo. Creí que iban a ayudarme. Esto no lo esperaba. Su jefe afirma que existe algo arriba que se lo impide.
—¿Quién es usted en realidad? —exclamó Ana. Miró la charretera, acercó su mano a ella, pero no se atrevió a tocarla—. Este pedazo de hierro negro es como el que describió Griffin y utilizó Kanable, lo recuerdo del libro. Por lo tanto, usted ha tenido que conocer a los ankaris. ¿Es uno de los hombres del grupo de Griffin?
El otro tardó un poco en negar con la cabeza.
—No sé de quiénes me hablas —rezongó.
—Alguien de Ankar ha tenido que darle la charretera que lleva.
—¿Por qué? No te entiendo. Jamás había oído hablar de los ankaris antes de conocerte, y tampoco los he visto nunca. La primera vez que escuché esa palabra fue de tus labios.
—¿Dónde la encontró entonces, si ellos no se la dieron?
—Cerca de donde tú apareciste. —Stenzel cruzó los brazos encima de su vientre y empezó a moverse hacia delante y hacia atrás. Compuso una mueca de dolor—. Déjame tranquilo, muchacha. La tengo, y eso basta. Este metal es poderoso, mucho más de lo que tú hayas leído de él en ese maldito libro. Me llena la mente de ideas, de conocimientos, me causa dolor y placer a la vez. La cabeza me zumba terriblemente y el estómago me cruje. Hay momentos en que creo saberlo todo y tengo muy claro lo que debo hacer, pero de pronto me sacude un enorme vacío que se queda flotando en mi cabeza, y algo frío me hurga en el cerebro y todo se me antoja estúpido e incoherente. De repente no entiendo nada. Ahora no sé exactamente lo que quiero. Sólo persiste en mí el deseo de entrar en esa maldita Columna. ¡Porque sé que debo hacerlo!
Ana miró la ciclópea estructura de piedra y las nubes bajas que flotaban alrededor de la plataforma que coronaba su cúspide. En la base no existía ninguna entrada. Por lo tanto, debía estar arriba. Bajó la mirada y la detuvo un instante en la unidad que no había partido con las otras cuatro. Observó a los dos guerreros que esperaban de pie delante de la achatada proa. Aquel navío, cuando volaba, se veía rodeado por el nimbo verde y ofrecía un hermoso aspecto, pero varado sobre el roquedal le parecía horrible, feo y tosco. Su metal oscuro y opaco formaba una estructura irregular, de unos quince metros de largo por cuatro de ancho y cinco de altura. Semejaba un panzudo helicóptero sin aspas, de regreso de una incursión en territorio enemigo donde hubiera sido terriblemente castigado; en su fuselaje se apreciaban viejos impactos de antiguas batallas, arañazos, raspaduras y precipitadas reparaciones.
El capitán y el tripulante esperaban. Apenas se movían, les miraban a través de las redondas lentes que daban a su cabeza aquel escalofriante aspecto de insecto gigante. Eran horribles, se dijo Ana, capaces de infundir pánico sólo con su aspecto. No veía en la pareja otro atisbo de belleza que la cubierta dorada. Cuando se movían las varillas que salían del alargado casco se agitaban, y el aire vibraba a su alrededor. Tenían las manos apoyadas en las armas. Eran como dos centinelas que no se cansaran de esperar unas órdenes que no les daban.
¿Qué rostros había tras las máscaras de hierro?, se había preguntado Ana varias veces. Quizás en la tropa desembarcada de las unidades no hubiera dos seres iguales, y no únicamente por complexión, sino que las razas entre ellos fueran distintas. ¿Pertenecían a una legión extranjera del espacio compuesta por facinerosos unidos bajo una enigmática bandera, a la que defendían a cambio de una misteriosa paga?
Si Elajah era un mundo receptor de pedazos de otros mundos, había hecho una pésima adquisición robando de algún planeta un grupo de soldados de fortuna que ahora vagaban dispersos y confundidos por los páramos grises. Ana sacudió la cabeza y se pasó las manos por su negro y alborotado pelo. Su teoría no se sostenía en absoluto. La charretera de Moore era muy parecida a la que lucían los guerreros. La única diferencia estaba en sus dimensiones, ligeramente más larga y grande la de su paranoico compañero. Y también el tono del metal en la hombrera de Moore era más oscuro. Existía un nexo, no sabía cuál podía ser, entre los guerreros y el hombre de la Tierra que pretendía convertirse en su amo.
Según el libro Elajah, el Otro lado, Griffin conoció a dos hombres de la Tierra que utilizaban sendas charreteras. Uno era Kanable y el otro un holandés, a quien el oficial americano Alvin Blase levantó la tapa de los sesos de un tiro. Stenzel no era de fiar, si había que dar crédito a Griffin.
De repente recordó la visita que el alto cargo de la policía hizo a su hermano. Desde el pasillo, sin proponérselo, escuchó parte de la conversación que sostuvieron. El visitante, un tipo conocido en el cuerpo por su estrecha militancia con el anterior régimen, era sospechoso de mantener relaciones con elementos ultras, y de trabajar para cierto y extraño organismo en la sombra del actual gobierno. Como le explicó Luis tras haber despedido a su visitante, éste era un elemento peligroso y poco de fiar, que había acudido buscando su ayuda como especialista en el tema de las Islas del Infierno. Sólo pretendía que Luis le tranquilizara y le asegurara que Kanable jamás regresaría de Elajah.
El policía, un subcomisario o algo similar, había acudido asustado a Luis, a pesar de que ambos nunca se tuvieron ninguna clase de simpatía. Pero estaba preocupado y le habló de Kanable, de su verdadera identidad. Kanable era español. Ana lo supo aquella tarde, y conservó en la memoria su auténtico nombre.
Bajó la mirada hacia Moore. Su acento cuando se dirigía a ella en español era demasiado profundo, y poseía un deje extranjero tan acusado que no podía ser fingido. De todas maneras, quería convencerse de si estaba acertada o no en sus sospechas y, poniendo en práctica un viejo truco, dijo:
—Carlos. —Su voz surgió tan quebrada y tenue que tuvo que repetir, con más fuerza—: Carlos Cebral.
Esperó. El hombre no se había inmutado. Tenía que haber oído sus palabras. Ana lanzó un suspiro. Bueno, parecía ser que Larry Moore no era Carlos Cebral. ¡Qué tontería se le había ocurrido! ¿Por qué motivo iba a ocultarle Cebral su identidad?
Pero entonces, ¿quién era ese Larry Moore, y qué estaba haciendo en Elajah, aparte de ir perdiendo la razón?
—¿Qué vamos a hacer? —exclamó, desesperada—. Pronto anochecerá. Esos dos esperpentos me están poniendo nerviosa. No dejan de mirarnos.
Stenzel se llevó las manos a las sienes y las oprimió. Soltó un prolongado jadeo y empezó a incorporarse lentamente.
—Cállate, maldita sea —dijo—. Estoy pensando. No hagas que me arrepienta de haber impedido que esos guerreros, como deseaban, te despedazaran. Estás viva gracias a mí, que he intercedido para que te dejaran tranquila. Ahora necesito tranquilidad para ordenar mis ideas. —Bajó los brazos y la miró—. Tengo que entrar en la Columna, y no me digas que es maciza. Y si no puedo apoderarme de ésta, conquistaré la otra.
Pasó rápidamente ante la muchacha y se dirigió donde esperaban los dos seres. Plantándose ante el más alto, espetó:
—Llévame hasta la cúspide, capitán, y abre en ella un camino para que yo pueda entrar en el alma de la Columna. Porque allí también está el alma de Elajah. ¿Lo entiendes?
—Te entiendo, señor —replicó el capitán guturalmente. Su voz parecía pasar por alguna ranura de su casco que no se veía—. Como bien has dicho, en la Columna puede estar el alma que buscas, pero arriba existe una fuerza que antes no nos permitió posarnos en la plataforma, como pretendíamos.
Ana se agitó llena de asombro.
—Cristo, ¿cómo es que ese monstruo de hierro te responde en inglés? ¿Es que vienen de la Tierra?
Adrián estuvo a punto de propinar a la chica un manotazo, pero, presintiendo que no iba a dejarle tranquilo, explicó malhumorado:
—Está obligado a responder en el idioma de cualquier superior que se dirija a él. Y si quieres saber cómo lo ha aprendido, no lo sé.
—¿Las charreteras os convierten en superhombres?
—No digas tonterías. Potencian la mente. ¿No has oído decir que las infrautilizamos? La charretera nos permite usarla casi al cien por cien. Ahora cállate o te pesará.
Ana no pudo evitar sentir cierta clase de admiración por Moore, pero también le enfureció ser tratada así. Odiaba las amenazas.
—¿Por qué puede pesarme?
Stenzel le dirigió una mirada sombría.
—Espera y lo entenderás, muchachita. Te repito que estás viva gracias a mí, y no sólo porque te he librado a morir de hambre o devorada por los tramis. Si no fuera por mi protección, estos seres te habrían despedazado. Escucha. Puedo percibir el odio que el capitán y su compañero sienten hacia ti. ¿Sabes que tú les turbas? Ten cuidado. Siguen acariciando tu muerte.
Impresionada, Ana sacudió negativamente la cabeza y optó por callar.
Stenzel se enfrentó al capitán con los brazos en jarras.
—Vas a llevarme arriba. Si hay una entrada, quiero verla, y te ordeno que hagas lo necesario para que se abra para mí. Luego deseo que llames a todas las unidades y las reúnas. Tengo que daros instrucciones.
—Señor, todas las unidades siguen el plan de acción acordado. Ya me diste tu beneplácito.
—Sí, sí. Pero yo tengo que supervisarlo todo. No os será fácil anular el poder militar de Vrow. Según mis informes, son la fuerza más poderosa llegada a Elajah. Por lo tanto, los demás apenas cuentan.
El capitán emitió un sonido que a los oídos de Ana sonó como una mezcla de exclamación y una corta carcajada de desdén. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué era Vrow, y qué poder representaba en aquel mundo?
—Vrow ha estado burlándose de nosotros durante mucho tiempo, su mundo ha sido difícil de encontrar, pero ahora, cuando dominemos a los vrowes de Elajah, los que capturemos nos dirán dónde está su mundo, y todas las unidades se unirán para arrasarlo.
—De acuerdo, de acuerdo —sonrió Stenzel—. Sé que puedo confiar en vosotros. Pero es necesario por nuestro bien que yo entre en la Columna.
—Como desees, señor. —La cabeza de hierro del capitán giró para mirar a Ana—. ¿Y ese ser, señor? ¿Insistes en que respetemos su vida?
Stenzel se echó a reír y miró divertido a la muchacha.
—¿Te convences ahora, pequeña estúpida? —exclamó—. No se le quita de la cabeza que debe machacarte.
Ana retrocedió un paso. Miró horrorizada al capitán.
—¿Por qué?
—Ya lo entenderás. Tú no eres nada para ellos. Eres una mierdecita en este mundo, y sólo porque yo les he prohibido que te tocaran uno de los rizos sigues moviendo la cola. Y te conviene continuar moviéndola para que yo no deje de considerarte mi perrita. Porque tú no eres para mí más que eso: una perrita asquerosa que a veces me haces gracia y te arrojo un hueso.
La muchacha intentó tragar la espesa y amarga saliva que se le había formado en la garganta. A Stenzel volvían a brillarle los ojos. De nuevo había dejado de ser un hombre patético y otra vez representaba el papel de un histriónico personaje de tragedia griega.
—¡Capitán, condúceme a la cúspide! —gritó Stenzel.
El aludido se echó a un lado, y el otro ser abrió una compuerta y saltó al interior de la unidad. Antes de echar a andar, Stenzel gritó a Ana que fuera a buscar su equipo al jeep. La muchacha, pálida y asustada, sabiendo lo poco segura que estaba en manos de aquel loco, ya no albergaba ninguna duda de que, si no había perdido la razón, carecía a intervalos de ella. Cuando corrió a cumplir la orden, ni se le ocurrió recoger el cetme e intentar huir.
Regresó junto a la unidad. El capitán la esperaba silencioso y Ana saltó al interior, cayendo dentro de mala manera. Se incorporó y miró a su alrededor.
Se hallaba en una estancia pequeña. En la pared de metal frente a ella se abrían tres compuertas pequeñas. En una de ellas brillaba una luz potente y amarilla. Estaba dudando de cuál camino tomar cuando sintió sobre su espalda el guantelete del capitán. Fue empujada, y escuchó unas duras palabras en un idioma desconocido. El ser no se dirigía a ella en inglés no estando el hombre.
Ana no esperó a recibir otro golpe y avanzó deprisa por el corto corredor que conducía a la estancia iluminada de amarillo. Se encontró en lo que en seguida pensó que era la cabina de mandos. Había media docena de sillones, tres de ellos anclados delante de una consola, y un cristal panorámico que reflejaba todo cuanto les rodeaba.
El otro ser ya estaba sentado, y el capitán ocupó un segundo sillón. Stenzel pidió a Ana con voz cansada que se sentara en otro, y la muchacha eligió el más apartado de todos. Se quedó encogida, con la bolsa en su regazo. Había dejado el cetme apoyado junto a la entrada. Esperó.
Los dos seres entablaron un diálogo en el idioma extraño. Lo que decían debía ser entendido por el hombre, pues éste no se inmutó lo más mínimo; probablemente los dos guerreros estaban preparando el vuelo.
De pronto el visor se vio bañado por un tinte verdoso y la unidad sufrió una sacudida, empezando a elevarse. El terreno fue alejándose de ellos, y la pantalla panorámica les mostró la pared de la Columna, que fue aumentando de tamaño.
El ascenso de la unidad fue rápido. En pocos segundos alcanzó el borde la plataforma, y Ana la contempló con la respiración entrecortada.
Las paredes de la Columna se dilataban, y de pronto apareció la plataforma. Era igualmente rectangular. Apenas había podido apreciar su forma desde abajo porque casi siempre estaba oculta por las nubes. Ahora volaban entre ocres jirones de ellas. Ascendieron un poco más, y la unidad empezó a desplazarse muy lentamente. Toda la superficie de la plataforma era como nieve pura, pero no se trataba de algo sólido. Un examen más detenido llevó a Ana a la conclusión de que era una especie de gas blanco muy espeso.
—Vamos, desciende —dijo Stenzel al capitán—. La entrada tiene que estar por ahí abajo.
—La fuerza, señor —replicó el capitán—. La fuerza del escudo nos repele como antes. La unidad no puede bajar volando.
—¿Qué quieres decir?
—La única alternativa para atravesar la cubierta blanca sería dejarnos caer sin sustentación química. —El capitán hizo una pausa—. Y eso, señor, no lo haré.
—¿Por qué?
—Contraviene los Orígenes, señor.
Ana archivó en su mente la respuesta del capitán: los Orígenes. Miró a Moore, y creyó que éste tampoco conocía su significado, pero su orgullo y la prudencia le impidieron preguntar.
—Recorre toda la plataforma, centímetro a centímetro —gruñó Moore—. Puede haber un resquicio donde no exista ese maldito campo de fuerza...
La bolsa de Moore estaba abierta, y Ana miró su interior. Dentro había una vieja camisa militar, y en el bolsillo una cartera. La sacó. Al abrirla se fijó en un carné militar. La fotografía era de un hombre joven. Sonreía sobre su nombre, apellidos y empleo: Juan Domínguez Lagos, teniente de Infantería de Marina.
Ana parpadeó. Moore no le había hablado de ningún colega militar, español en este caso, que estuviera con él en el instante del cambio. Se fijó en la camisa, pasó sus dedos temblorosos sobre la mancha negra, y atravesó el agujero que había en ella. Era sangre. Metió la mano hasta el fondo de la bolsa y tocó algo metálico y roto. Extrajo unas piezas de acero oscuro y astillado, como el antebrazo de un guerrero. También tenía manchas de sangre. ¿Qué significaba aquello, y cuál podía ser su explicación? La única que encontraba era que Moore había matado al oficial para apoderarse de su coche y de cuanto llevaba.
Lo último que encontró fue una bayoneta de cetme. Aunque la hoja había sido limpiada, quedaba todavía una línea negra y seca en la hendidura que la recorría. No necesitó hurgar más. Cerró la bolsa y levantó la cabeza.
Stenzel la estaba mirando desde su sillón. La había visto registrar la bolsa, y sus ojos entornados no presagiaban nada bueno para ella.
—Eres una idiota, perrita —silabeó Stenzel—. La curiosidad es fatal para los perritos como tú.
—¿Quién eres? —tartamudeó.
—¿No te sirve tu olfato para adivinarlo, perrita?
Ana saltó del sillón. Su espalda resbaló por la pared, y trastabilló hacia atrás al caer por la puerta.
—¡Ven aquí, maldita seas mil veces! —El grito resonó en toda la unidad—. Ven y te diré que soy Adrián Stenzel, el predestinado a salvar este mundo, y te explicaré por qué tengo el deber de eliminar toda la podredumbre con vida que ha llegado a Elajah. ¡Incluida tú!
La muchacha gritó horrorizada y escapó corriendo. Escuchó al falso oficial ordenar a los seres que la mataran.
—¡Ya no es mi protegida! ¡Matadla! —restalló el furioso grito en sus oídos cuando estaba a punto de alcanzar la estancia de la esclusa.
Miró las otras dos puertas y las rechazó. Cualquiera de ellas le conduciría a un callejón sin salida. La única posibilidad era la compuerta de entrada, cerrada. Miró la barra que la aseguraba. Recordó cómo la había movido el capitán cuando entraron.
Volvió la cabeza. Por el corto corredor avanzaba el tripulante bajo y rechoncho. Su armadura recubierta de dorada energía chirriaba a cada paso que daba.
Desesperada, Ana tiró de la barra. La compuerta se despegó de la pared, saltó a un lado, y un huracán de aire penetró y casi la derribó de espaldas. Tenía agarrada la bolsa con una mano, y con la otra se aferró al fuselaje. Miró hacia abajo. Todavía sobrevolaban la plataforma. No sabía lo que podía haber al otro lado de la masa blanca que la cubría, pero pensó que si saltaba no sería peor que quedarse a bordo de la unidad.
Cerró los ojos y saltó. No quiso pensar en lo que podía haber debajo de la nieve, ni tampoco si la plataforma quedaba o no demasiado lejos. En los segundos que duró su caída, escuchó un estampido, y un destello de fuego pasó cerca de sus piernas. No abrió los ojos.
Empezó a hundirse en la materia blanca.


19.- LOS VÍNCULOS

Esshei mantuvo la unión de los Vínculos y, con los tres formando uno solo, alcanzamos las orillas del territorio vrowe.
Contando la granja de Wise, ésta iba a ser nuestra cuarta escala.
Una vez que abandonamos la granja nos dirigimos a la Segunda Meseta. Tras comprobar que seguía intacta, sobrevolamos la cercana isla de Inyindan, y allí tuvimos la única alegría que aquel periplo iba a depararnos. Los inyindanis reconstruían sus aldeas, enterraban a sus muertos y se preparaban para sobrevivir. Ninguna nueva incursión hostil les había molestado hasta entonces.
Pero las siguientes paradas fueron la causa de que nos sintiéramos muy deprimidos. Suspendidos en el aire sobre el más próximo de los territorios provenientes de la Tierra, encontramos indicios de que en él había vivido un grupo de terrestres, hasta que un huracán de fuego barrió la superficie. Bajamos y pudimos contar quince cadáveres calcinados, vimos varias casas achicharradas, y gran parte de la vegetación todavía humeante.
Empecé a maldecir a los vrowes, y Esshei me sacó de mi error:
—No han sido los seres de Vrow.
—¿Quiénes entonces?
—Fue la misma horda que atacó el territorio vrowe y obligó a regresar precipitadamente a la fuerza expedicionaria que había conquistado la isla inyindani.
En la otra muestra de mi mundo no hallamos cadáveres en seguida, pero sí restos de un improvisado campamento que ya había dejado de arder hacía bastantes horas. Al dejarla atrás descubrimos huellas de seres humanos en la arena. Acababan más adelante, en una colonia de tramis. Nadie emitió una opinión en voz alta, pero todos comprendimos cuál había sido el fin de aquellos desdichados, que para ponerse a salvo del ataque del fuego huyeron por la llanura y acabaron en una fétida colonia.
Miré lleno de espanto a Pat. Dios mío, la chiquilla no debía ser testigo de tanto horror. ¿Por qué la había elegido Esshei como acompañante?
Smith me observaba. No era fácil adivinar en un rostro no humano como el suyo lo que podía estar sintiendo su alma, pero su silencio me pareció elocuente. A Smith le dolía tanto como a mí la muerte de mis compatriotas.
Estuve meditando en silencio hasta que avistamos en el horizonte la línea del territorio de Vrovv. ¿Acaso Esshei estaba convencida de que era inútil explorar cada isla procedente de la Tierra, porque sabía que en todas ellas sólo encontraríamos desolación y muerte causadas por los nuevos invasores llegados a Elajah, aún más sanguinarios que los vrowes? ¿Hasta dónde podía alcanzar su sed de sangre, si incluso los demonios negros temblaban ante ellos?
Los Vínculos aminoraron la velocidad, y Esshei los elevó un poco más.
—La nave no tardará en cruzar la capa de nubes —dijo, escrutando el cielo. No obstante, aunque yo pensara que nada la afectaba, creí captar en su voz un profundo temor—. Apenas aparezca, podré comunicarme con ellos y explicarles cómo anular el programa de vuelo.
Eso esperaba. La nave, dirigida por el programa insertado en sus controles, había sido llevada más allá de la atmósfera, para volver a entrar en ella cuando alcanzara la vertical de su destino: la isla de Vrow. El plan de Esshei era esperarla en un punto desde donde la viéramos bajar, y entonces intentar comunicarnos con sus pasajeros. Antes no podía hacerlo, y esta demora fue lo que nos permitió llevar a cabo las inspecciones.
Estaba ansioso por poner mis manos en los hermanitos Dunigan y verme frente a Nuil. Confiaba en que Roger Stolberg no iba a salir ahora en defensa de su compañero de armas. Los escoceses y el soldado tendrían que someterse a las órdenes de Rosenman y mías, o yo me ocuparía de arrojarlos personalmente a patadas de la Meseta cuando regresáramos.
Jorge lanzó un grito de aviso y señaló hacia poniente. Miré hacia donde me indicaba y descubrí varias luces verdes surgir de los distantes bosques de Vrow. Y también observé que más allá danzaban nubarrones negros. Las tierras vrowes ardían por los cuatro costados.
A partir de este momento todo sucedió rápidamente. Las luces verdes se transformaron en seis cometas que se abrieron en abanico, dirigiéndose hacia nosotros. Me agité en el sillón y agarré un brazo a Esshei. La avisé que íbamos a ser atacados.
—No —fue su lacónica respuesta.
Su tez rojiza había palidecido. ¿Por qué estaba asustada si afirmaba que no corríamos peligro?
Había tenido ocasión de contemplar las luces cuando sobrevolaron la Meseta, y presumía que dentro de su núcleo había un vehículo. Aquel día, después de habernos espiado durante varias horas, se alejaron de la Morada y ya no volvieron a hacer de nuevo acto de presencia. En los días siguientes las observamos volar muy lejos, pero no llevaron a cabo otro acercamiento. Fue entonces cuando Esshei nos explicó que dentro de las luces verdes viajaban los seres que atacaron a la comunidad Vrow.
Que la cita con la nave tuviera lugar en los lindes del territorio vrowe no era tranquilizador, y la presencia cercana de los misteriosos vehículos con su larga y brillante estela verde lo hacía todo aún más peligroso.
Sin embargo, Esshei estaba convencida de que no seríamos atacados.
—¿Puedes ya comunicarte con ellos? —le pregunté, nervioso.
De pronto caí en la cuenta de que los Dunigan, Nuil y Marie Livornes viajaban en un navío vrowe, y que a poca distancia estaban los enemigos de esta raza.
—Amigo Ray —escuché susurrar a Smith—, tal vez el peligro que ha hecho temblar a los demonios negros desde los oscuros siglos pasados sea la gente que tripula esos vehículos verdes.
Yo ya lo había pensado. Los vrowes vivían en el subsuelo de su mundo y sin dejar de vigilar jamás los cielos, temerosos de las profundidades del espacio. Resultaba irónico que acabaran siendo descubiertos lejos de Vrow, en un planeta llamado Elajah, que ni ellos mismos sabían dónde estaba.
No me dio tiempo de contestar a Smith a causa de lo que sucedió a continuación. Las nubes sobre nosotros fueron desgarradas y algo plateado brilló, arrastrando consigo durante un breve instante el fulgor de las estrellas.
Inmediatamente, los seis trazos de luz verde se encabritaron y saltaron hacia arriba, al encuentro del ingenio de plata recién aparecido.
Giré mi asiento y me acerqué a Esshei. La chica tenía los ojos cerrados y apretados los labios. Le pregunté si la gente de la nave estaba a la escucha.
—Sí, me oyen —gimió ella—. Me oyen, y han comprendido. Están asustados... Intentan encontrar el programa... No, no consiguen localizarlo. Apenas puedo hacerme entender...
Calló. Jorge y yo nos miramos. Me sentía terriblemente mal, porque era incapaz de hacer algo.
Las luces acudieron al encuentro de la nave que descendía desacelerando, ya enfilada su proa al interior de la isla. Se dirigía directamente a la boca del lobo.
—¿No puedes hacer algo? —grité a Esshei.
Silencio. No me respondió. Sus labios estaban crispados. Me daba lástima. Estaba fracasando. Era la segunda vez que la veía fracasar.
La nave había nivelado su vuelo y avanzaba despacio. No tardó en ser alcanzada y rodeada por las seis luces verdes, que, apenas equipararon a ella su velocidad, dispararon al unísono sendos rayos de vivo fuego rojo.
De cada núcleo de los cometas había surgido un denso y deslumbrador haz flamígero. Los seis haces se concentraron en la nave de plata, y ésta mostró inmediatamente otras tantas zonas laceradas.
Cayó.
La nave se precipitó sobre el territorio vrowe. El choque resultó violento. El estilizado ingenio estelar se rompió en tres partes y quedó sepultado por la floresta.
Esshei abrió los ojos.
—Ya no capto a nadie, pero puede que alguno esté inconsciente; tenemos que comprobarlo.
Estaba dispuesta a descender a la superficie y ver si alguien había salido con vida antes de retirarnos de allí. Calculé los riesgos de la operación, pero yo también estaba decidido a afrontarlos. Mi única preocupación era nuestra pequeña pasajera. ¿Por qué Esshei la había traído consigo? Habría estado más segura en la Meseta.
Miré inquieto la media docena de luces verdes que describían círculos sobre la destrozada nave, como si fueran aves carroñeras. No pude evitar agitarme nervioso en mi asiento. Casi olí el miedo en Jorge. No era para menos. Si hasta entonces habíamos permanecido lejos de la batalla, ahora íbamos a desafiar a los vencedores. Rectifiqué en seguida. Aquello no podía considerarse una batalla, ni había vencedores con derecho a enorgullecerse de su victoria. Nuestros compañeros habían sido asesinados salvajemente, no habían gozado de la menor oportunidad de defenderse, o de rendirse al menos. Quienes se ocultaban en los núcleos actuaban sin cuartel, eran asesinos y remataban a sus prisioneros.
Me acordé de la gente a la que me uní en Irlanda del Norte. Aquellos seres de los cometas verdes eran los terroristas de Elajah. Y lamenté no haber matado cuando pude hacerlo a los miembros del grupo en lugar de engañarlos robándoles el dinero que consiguieron del atraco.
El triple Vínculo penetró en el espacio dominado por las luces verdes. Ahora estaban casi inmóviles sobre su presa, sus estelas apenas eran perceptibles. El halo verde se difuminaba cuando no volaban a gran velocidad, y pude observar lo que constituía el núcleo: una extraña nave panzuda, como un batiscafo. A través de los restos del gas que la rodeaba aprecié su tosquedad, su vejez, y los antiguos impactos en su feo fuselaje cien veces reparado. Pero su aspecto engañaba: eran peligrosas.
Nuestra aproximación provocó una reacción inesperada en aquellos aparatos. De pronto se cubrieron con una rejuvenecida capa de aura verde y se alejaron de nosotros, perdiéndose a los pocos segundos por entre la niebla que flotaba en el interior del territorio vrowe. Me recordaron los tiburones que huyen ante la acción de un poderoso repelente. ¿Era nuestro leve tinte púrpura la repulsión que experimentaban ante nosotros?
—¿Qué significa...? —exclamé. Impulsé mi asiento al centro y miré a Esshei— ¿Es que los hemos asustado?
No me respondió. Estaba muy ocupada haciendo bajar los Vínculos, pero yo sospeché que fingía no haberme oído.
Pat dijo en su lugar:
—No les causamos miedo, Ray, sino respeto. —Arrugó el ceño—. Debería decir que poseemos inmunidad.
—Pequeña, tú sabes lo que está pasando— aseveré.
—Algo, un poquito. Ellos saben, han sabido siempre, que no pueden atacar un Vínculo. ¿Por qué crees que Esshei los eligió para ir de un lado a otro de Elajah?
—¿Y sabía también que se lanzarían contra la nave vrowe apenas la descubrieran?
—Eso es. Éste es el motivo por el cual Esshei prohibió su uso. Ya sabes cómo son ellos, Ray.
—¿Ellos? ¿La gente de esos trastos que vuelan envueltos en gases de color verde? Diablos, ¿cómo voy a saberlo?
Smith emitió un ronquido e intervino:
—Pat supone que tú recuerdas lo que yo te conté respecto a esos seres, amigo Ray.
—¿Tú?
—Sí, te hablé de las tristes criaturas que considerábamos un poco perturbadas, siervos sin amo desde hace siglos. Ellos tienen sus obligaciones y sus órdenes..., y también ciertas prohibiciones, por ejemplo no atacar bajo ningún concepto a diversas razas o ingenios determinados. Sí, los Wyhargas están un poco locos.
—Wyhargas... —repetí. Jorge giró la cabeza. Compitió en asombro conmigo, y hubo empate.
Esshei nos observó, dirigió una mirada cargada de censura a la pequeña, y Pat bajó los ojos. Luego volvió su atención a los mandos.
Me llevé la mano a la charretera y, al tocar su metal, la retiré como si estuviera ardiendo.
—¿La charretera nos convierte a Jorge y a mí en Wyhargas?
Smith empezó a negar con la cabeza, pero se quedó quieto, pensativo.
—No estoy seguro. Ese elemento es vital para un Wyharga, amigos Ray y Val, pero no estoy seguro qué es en realidad, cuáles son todas sus propiedades, que pienso deben ser muchas. Vosotros apenas utilizáis dos o tres de ellas. Cuando os vi bañados por el traje de oro recordé la vez que arribó a Inyindan una unidad con dos Wyhargas a bordo. Uno de ellos estaba enfermo, hecho extraño, porque la leyenda afirma que nunca enferman, y que su condición de Wyhargas les otorga el poder de curar las heridas que sufren, además de gozar de una especie de inmortalidad.
—Maldito Smith —gruñí—. ¿Por qué no nos contaste antes todo esto?
—Por Yahvé —protestó Smith. Oírle citar a Dios casi provocó mi risa—. ¿Cómo podía adivinar lo que tú querías saber de mí? Tengo muchos años, amigo Ray. Podría estar meses enteros contándote lo que sé y todavía recuerdo.
—¿Qué pasó con esos Wyhargas que os visitaron?
—El que estaba enfermo murió, y su compañero, que tampoco se encontraba muy sano, lo incineró según su ritual. El superviviente, durante los días que permaneció entre los míos, dio muestras de tener perturbadas sus facultades mentales. Mis compatriotas respiraron aliviados cuando se marchó. No resultó ser un huésped grato.
—No llegaron a Inyindan como enemigos... No lo entiendo. Los Wyhargas parecen odiar a todas las razas, las combaten por instinto.
—¿Por qué iban a atacarnos? Los Wyhargas, incluso en sus tiempos de esplendor, jamás hostigaron a los inyindanis, según cuentan los Viejos Textos.
—Pero en cambio son enemigos de los vrowes.
—Ése es un problema de los vrowes. La verdad es que no llegué a descubrir, durante el tiempo que permanecí prisionero, si son realmente los Wyhargas quienes provocan ese temor patológico que sienten los demonios negros por el espacio profundo.
—¿Cuál es su raza, qué aspecto tienen?
Smith intentó recordar.
—No sé cómo era el muerto, pero el otro era un saidhor. —Al notar mi expresión confusa, Smith se apresuró a aclarar—: Quiero decir un aborigen de Saidh, donde moraba una raza arácnida que hace milenios fue muy inteligente y disfrutó de una gran prosperidad, tal como registran también los Viejos Textos.
—Un momento. ¿Quieres decir que cada Wyharga era de una raza diferente?
—Sí. Creí que lo habías entendido. Los Wyhargas son de múltiples especies, algunas ya extintas como comunidad autóctona. Pero nunca un inyindani fue un Wyharga.
Estaba aprendiendo mucho, pero tuve que abandonar mi aprendizaje, porque los Vínculos ya habían tomado tierra a poca distancia de la nave y ahora lo importante para nosotros era socorrer a los que pudieran quedar vivos a bordo.
Esshei pidió a Pat que permaneciera en los Vínculos. Apenas la pequeña asintió, un poco enfurruñada, la cúpula se disipó, salimos, y una vez fuera la cubierta transparente volvió a formarse. Me quedé más tranquilo. Allí dentro, al menos, la niña estaría segura.
Val y yo activamos nuestros trajes de combate como medida de seguridad. Stolberg nos ofreció armas vrowes, que aceptamos, y él avanzó con su metralleta preparada. Delante marchaba Esshei, deprisa y señalando el sendero que debíamos usar. Los restos de la nave no estaban lejos y seguí caminando, ahora un poco aprensivamente, porque había saltado en mi mente el temor de que por las fisuras pudiera escaparse alguna especie de radiactividad. Todavía no sabía qué clase de energía usaban los vrowes. En cuanto a por qué volaban los Vínculos, ni siquiera me lo había planteado. Creía que en ellos había una mezcla de técnica muy avanzada y de magia.
La popa de la nave quedaba lejos; la segunda sección desgajada, correspondiente a su parte central, estaba cerca, y pudimos acceder a su interior por una de las grandes grietas. A poca distancia yacía el resto, la proa, y a ella encaminamos nuestros pasos a través de un laberinto de metales y otros materiales destrozados. La plataforma anterior al puente de mando había quedado casi intacta, pero no así la sección siguiente, en donde encontramos a los pasajeros.
Marie Livornes había sido aplastada por una pesada consola. De la mujer sólo se veían las piernas sobre un charco de sangre. Casi juntos, los Dunigan ofrecían un aspecto aún peor. Una parte del techo del puente se había desplomado, convertido en aristas, y los cuerpos de ambos parecían erizos. Me aparté, conteniendo mis deseos de vomitar. Al volverme me topé con Nuil. Su brazo derecho estaba doblado en una posición tan extraña que en seguida comprendí que estaba hecho añicos. Luego averiguaríamos que también se había fracturado el cuello. Lo diagnosticó Esshei.
—Éste está listo también, Stolberg —dije, mirando al sargento.
—Al infierno con él —me respondió con voz ronca—. Tenía que acabar así. Aquí ya no hay nada que podamos hacer. ¿Nos molestamos en enterrarlos?
—Debe costarte mucho comportarte tan duramente, ¿eh? En realidad te estás tragando las lágrimas.
—No digas tonterías, Ray. Ese hijo de puta no me advirtió que pretendía largarse a la Tierra. Todavía no me explico por qué se lo calló.
—Entiendo. Sientes que no te hubiera invitado, porque tú también habrías querido viajar a la Tierra con él, maldito bribón.
Esshei había vuelto a mirar a los hermanos y a la francesa. Antes de arrodillarse ante Nuil, dijo:
—Cumplid vuestro rito con ellos, pero no con éste.
Aspiré profundamente el aire cargado con sabor de metal fundido y sangre. Fui el único, tal vez además de Pat, que entendió lo que Esshei se proponía llevar a cabo. Los demás no debieron recordar cuando ella curó la herida en la cabeza del deshauciado Adrián Stenzel. Y antes había hecho conmigo algo semejante en la Primera Meseta, librándome del ponzoñoso veneno de los tramis y haciendo desaparecer de mi cuerpo sus múltiples mordeduras.
Jorge acabó comprendiendo lo que pasaba y comentó:
—Bueno, supongo que tendremos que dejarla a solas.
Stolberg también lo asimiló y agregó:
—Una curación de ésas puede durar horas. Con el holandés permaneció casi un día entero. Al parecer, esta preciosidad siente debilidad por sanar carroña. ¿Por qué no intenta el milagro con los otros? ¿Es que no se atreve con los cuerpos lisos como el papel?
Teníamos que ocuparnos de los muertos. Era una labor ingrata, y al recogerlos para llevarlos fuera, donde Jorge había empezado a cavar una fosa valiéndose de unas planchas de metal, el sargento y yo, y también Smith, comprendimos que hubiera sido pedir a Esshei mucho más que un milagro que devolviera la vida a aquellos restos humanos despedazados y aplastados.
Decidí no averiguar si Nuil estaba muerto o gravemente herido, si respiraba o su corazón había dejado de latir hacía un rato. Si Esshei alcanzaba con él el mismo éxito que conmigo y con Adrián, prefería imaginar que sólo estaba insconsciente y con algunos huesos rotos. Pensar que ella poseía el don de resucitar a los muertos —al menos a los que no estuvieran hechos pedazos— me asustaba. Si un milagro es lo inexplicable, en mi mundo quedaban ya pocos milagros por aclarar científicamente, pero lo que estaba presenciando podía convertirse en un hecho insólito sobre el que prefería no recapacitar.
Enterramos a los escoceses en la misma fosa. Para Marie Livornes cavamos otra. Apenas los cubrimos con la oscura tierra de Vrow, regresamos cansados y silenciosos a la nave. Esshei seguía allí. Parecía sumida en un éxtasis. Sus manos tocaban el pecho, la cabeza y los brazos de Nuil.
—Estará como ausente mientras opera al enfermo —gruñó Stolberg—. No me gusta este sitio. La verdad es que no me gusta quedarme quieto. Hemos intentando evitar que estos locos murieran, nadie puede reprocharnos nada. Pero ahora debemos pensar en nosotros. ¿No habíamos planeado viajar a esa Columna Azul que tú y Jorge aseguráis haber visto?
—Roger tiene razón, Ray —dijo Val—. Alguien podría ir a echarle un vistazo. En un Vínculo podríais regresar en pocas horas. A Esshei todavía le queda mucho rato de rezar o lo que sea que esté haciendo.
Reflexioné. Ya había pasado para mí la época en que no hubiera dejado a Jorge a solas con Esshei. El muchacho aún no había comprendido que ella no era para ninguno de los dos. El momento en que lo entendiera así llegaría para él irremediablemente. Cuanto antes sucediera, mejor. Le suponía menos fuerte que yo para soportar semejante desilusión. Era más joven, carecía de experiencia y de capacidad para sobrellevarla. Aunque para mí, y creo que para todos los que seguíamos con vida del veterano grupo, era muy importante averiguar eí significado de la Columna Azul, por qué estaba allí desafiando el tiempo. Se me ocurrió una alternativa a la sugerencia de Val, y expliqué:
—Esshei curará a Nuil en unas cinco o seis horas como mínimo, o certificará su muerte en el mismo plazo. No es demasiado tiempo para ver qué demonios es la Columna, pero sí para que dos de nosotros comprobemos lo que ha ocurrido con la ciudad subterránea vrowe. —Les miré—. ¿Quién desea acompañarme?
Stolberg dijo:
—Yo me quedo. Si esta nena bonita cura a este tío tan feo, quiero estar presente para darle un par de puñetazos y una patada en los testículos cuando se despierte. Así, si me sobrepaso, ella podrá curarle de nuevo. Y yo pagaré la factura.
Sonreí. Stolberg exageraba. Seguro que si Nuil abría los ojos y pedía un trago de bourbon, el sargento lamentaría no llevar encima una botella para celebrarlo. Esperé la decisión de Jorge y la de mi compañero de Vínculo.
—Alguien tiene que proteger a Esshei —dijo Jorge—. Y también a Pat. ¿No deberíamos traer aquí a la pequeña?
Lo esperaba. Me volví hacia Smith. Si el inyindani no daba un paso adelante, me quedaría sin ningún voluntario, y tendría que llevar a cabo mi incursión en solitario, lo cual no me complacía en absoluto.
—Si tenemos en cuenta que un Vínculo es una garantía de que los Wyhargas no se meterán con nosotros, acepto acompañarte, amigo Ray —dijo Smith, creo que de mala gana, como si le obligara algún compromiso—. Yo también estoy deseando ver lo que ha quedado de la ciudad de mis antiguos carceleros. Pero recuerda que por donde vamos a volar puede que el Vínculo no sea reconocido por los demonios negros como un símbolo de neutralidad y nos ataquen..., si quedan algunos para contarlo.
Tuve que interrumpir a Esshei en sus misteriosas plegarias. Aunque parecía no oírme, le dije lo que iba a hacer, y le pregunté si debíamos traer a Pat a su lado. También le rogué que me dijera cómo podía romper la unión de los Vínculos y asumir el mando del mío.
Ella interrumpió brevemente sus movimientos de manos y, sin mirarme, me dijo:
—Utiliza la esfera que los une para que vuelvan a ser tres. Pat viene hacia aquí.
Su «trabajo» no le impedía estar en comunicación con la niña. Antes de marcharme quise saber otra cosa:
—Llevaré puesta la charretera, Esshei. ¿Podrás hablar conmigo aunque esté lejos?
—No estoy segura. Dependerá de muchas circunstancias.
Su respuesta no restó nada de mi deseo de marcharme y recorrer la castigada isla vrowe. Quizá la distancia hacía ineficaz el nodulo de la charretera que actuaba como transmisor mental. Me pregunté si aumentar su grado de eficacia en mí sería suficiente para que mi mente y la de Esshei estuvieran siempre unidas, sin importar cuánto me alejara de ella.
Nos despedimos sin palabras. Agarré el arma vrowe y salí, seguido por Smith. Por el camino nos cruzamos con Pat. Iba a explicarle lo que íbamos a hacer, pero ella no me dejó; me deseó con una sonrisa:
—Suerte, Ray. Y ten cuidado. Recuerda que debéis volver pronto. Esshei sabrá dentro de poco si puede o no sanar al soldado Nuil.
—¿Es que encuentra dificultades?
—Sí, eso me temo. Ella no es infalible, Ray.
Aunque debía sentirlo por Nuil, me alegraba de que la ankari no fuera un ser sobrenatural, una diosa. De todas formas, no iba a soltar ni una lágrima si al volver me encontraba a Nuil enterrado.
No me costó en absoluto separar los Vínculos. Luego, cubierta mi media esfera por la cúpula transparente, pregunté como de pasada a Smith, antes de emprender el vuelo:
—¿Es cierto que los Wybargas eran inmortales gracias a su charretera, a una charretera como la mía?


20.- MISIÓN DE RESCATE

Muy a su pesar, Luis acabó sintiendo admiración por los alemanes. Por ejemplo, cualquiera de ellos estaba capacitado para pilotar el helicóptero.
A cada momento que transcurría estaba más convencido de que el misterioso colectivo de financieros de la República Federal que los había contratado lo había hecho, además de por su alto entrenamiento para una misión de rescate como aquélla, que encerraba tantos riesgos, por su disciplina y un fanatismo que mucha gente creía muerto. Él sabía que había intereses por mantenerlo vivo.
Gracias a las confidencias de Joshua Stolberg y a ciertos deslices que cometieron los alemanes al contestar a sus hábiles preguntas mientras revisaban el equipo, cuando aguardaban la hora de la partida, Luis averiguó que ninguno de aquellos hombres prestaba servicio actualmente en la Bundeswerh, pero todos habían pasado por ella, y habían destacado en sus unidades especiales. Como empezó a sospechar desde un principio, la mayoría, incluidos los fallecidos en el trágico accidente del helicóptero, se ejercitaba en los oscuros parajes de la Selva Negra, aunque ninguno admitiría para justificar estas actividades otro motivo que el mero entretenimiento y tener ocupadas unas horas de ocio.
—Guido quería que tú viajaras en el otro helicóptero —le dijo Joshua antes de emprender el vuelo al norte—. Has tenido suerte, amigo.
Luis resopló. Vaya si la había tenido. De todas formas, Kirschner sólo pretendió que en cada aparato viajaran siete hombres, y no ocho en el suyo y seis en el de Otto Hammer. No podía haber ningún motivo oculto. Por lo menos no en aquel momento. Más adelante... Luis se encogió de hombros, sin saber qué pensar. No se fiaba de Kirschner. Tendría que estar siempre despierto, adelantarse a cualquier jugarreta que pudiera conducirle a una trampa.
—Le dije que quería tenerte a mi lado —añadió Joshua, gritándole en español para que le oyese. Los alemanes que estaban cerca les miraron imperturbables.
—¿Por qué?
—Tú eres quien mejor conoce la charretera, aparte de mí.
—No tanto como Griffin —gruñó Luis.
—Te enseñaré cómo ajustártela adecuadamente, a usar un solo filamento.
—¿Es que hay más?
—Sí. Hasta cinco. Pero Griffin sólo se atrevió a insertarse dos a la vez. De ahí no pasó, y comprendió que con uno tenía más que suficiente.
Luis miró con recelo a Horst. Quizá sabía hablar español, pero estaba enfrente, y el ruido del helicóptero le impediría enterarse de lo que hablaba Joshua con su a veces incomprensible acento suramericano.
—¿Es que a Griffin le ocurrió algo?
—Sí. Fue al segundo día que tuvo la charretera y ya sabía cómo rastrear en los recuerdos de Kanable. Apenas usó la segunda inserción, sufrió un terrible dolor de cabeza, se puso muy nervioso y acabó perdiendo el conocimiento durante varias horas. Cuando se recuperó, me advirtió que no hiciera lo que él había hecho, y que no me olvidara de decírtelo cuando tomaras mi puesto. Afortunadamente, para contactar con nuestro amigo en Elajah es suficiente con la inserción de un solo filamento.
—¿Por qué no puedes hablarle en cualquier momento, ahora por ejemplo?
Joshua se encogió de hombros.
—No lo sé. Existen dos períodos cada doce horas, llamados ciclos, en que es sencillo. Para que se establezca la conexión resulta imprescindible que la otra parte esté a la escucha. Claro que puede forzarse, quiero decir que puedo intentarlo fuera de ciclo, pero resulta peligroso..., podría quedarme idiota —terminó Joshua, riendo.
—Inténtalo, hombre, te aseguro que no notarás la diferencia si fracasas. —Luis también soltó una carcajada. Cuatro pares de ojos claros se clavaron en ellos, y se les quitaron las ganas de seguir conversando.
Luis volvió a su ocupación favorita, que era contemplar el paisaje, siempre gris, que sobrevolaban. Zonas de arena, pedregales, riscos aislados, aglomeraciones de rocas y otra vez grandes extensiones lisas como la palma de su mano, todo alternándose con pequeñas lomas. Una vez creyó ver muy lejos un trazo verde y lo señaló, pero nadie excepto Joshua pareció interesarse por su descubrimiento.
—¡Podría ser una Isla del Paraíso! —gritó Luis, para que todos le oyeran. Había adquirido el hábito de considerar así a las áreas llevadas a Elajah de la Tierra desde que leyó el libro.
Hans Hede movió los labios, los dejó en una mueca que no alcanzó a ser una sonrisa y dijo:
—Veremos otras. Ahora nuestro destino es una de las Mesetas.
Kirschner se levantó de su asiento, dejando los mandos a Dieter Suhle. Caminó entre ellos y cogió una cantimplora. Luis esperó a que terminara de beber, y entonces le preguntó a gritos:
—¿Qué saben ustedes de las Mesetas?
—Lo mismo que usted, Castro —sonrió Kirschner, limpiándose los labios con el dorso de la mano—. Conozco toda la historia, hasta que Kanable y sus amigos vieron desaparecer el pedazo de Elajah que fue el culpable de que su hermanita viniera aquí.
—¿Griffin le entregó una copia cuando escapó de Inglaterra?
—No tuve que esperar a que aceptara unirse a nosotros —rió Kirschner—. Cada capítulo que escribía lo leía yo por la noche o al día siguiente. Griffin usaba un ordenador que McCormick había intervenido, y me pasaba una copia. Cuando el americano recurrió a mí, tenía ya poco que explicarme.
Guido empezó a volverse, pero antes de regresar a la cabina se inclinó sobre Luis y le dijo:
—Como pasaremos antes por ella, visitaremos la Primera Meseta, saludaremos a las Familias, y luego proseguiremos a la otra para encontrar a los Pfaumann.
Los Pfaumann. Luis se quedó preocupado cuando Kirschner volvió a sentarse y Hans le cedió los mandos. Miró a Joshua y éste le hizo un gesto, dándole a entender que no debían hablar por el momento; pero le había comprendido, y compartía sus temores.
Kirschner sólo se había referido al matrimonio alemán. Quizá daba por descontado que también entraba en sus planes ocuparse de todos los demás terrestres que quedasen vivos. De todas formas, Luis no consiguió con sus reflexiones que disminuyeran sus recelos respecto a las intenciones de Guido.
Un par de horas más tarde comieron en silencio un frugal rancho frío. Otros hombres fueron relevándose en el trabajo de pilotar el helicóptero. Algunos dormitaron dando unas cabezadas. Sólo Kirschner permaneció todo el rato con los ojos abiertos, consultando mapas y haciendo cálculos.
Al cabo de un rato, Guido se sentó entre el norteamericano y el español y se interesó por el tiempo que faltaba para el siguiente ciclo, y Joshua le informó que aún quedaban cuatro horas.
—Bien —admitió Kirschner, con un gesto de la cabeza—. Quiero que nuestro enlace en Elajah sepa lo antes posible que estamos aquí, y que pronto deberá darnos su posición. —Sonrió—. Estoy pensando en la Morada. ¿Existirán de verdad esos seres perfectos? A veces tengo que pellizcarme para convencerme de que esto que estamos viviendo no es un sueño. Cristo, no pueden haber criaturas como las que han descrito Kanable y Griffin.
—¿Por qué lo duda? —sonrió Luis Castro—. ¿Acaso es incapaz de concebir que una raza haya conseguido una evolución perfecta sin otras armas que los ideales pacíficos y la renuncia a la tecnología y a la guerra? ¿O es que le molesta que otros ya sean lo que ustedes querían hacer con su hermosa raza aria durante el Reich del Milenio?
Guido guardó sus documentos. Miró largamente a Luis. Estuvo a punto de decir algo, pero acabó levantándose y, sin abrir la boca, regresó junto al piloto.
—¿Te has vuelto loco? —le reprochó Joshua a Luis-. Ese cabeza cuadrada no tiene sentido del humor. Se tomará en serio todo lo que le digas bromeando, y lo considerará un insulto.
—Tienes razón —gruñó Luis—. He perdido los estribos.
Las siguientes horas transcurrieron sin ninguna incidencia, hasta que al atardecer la alarma del helicóptero sonó y cada alemán, como un solo hombre, empezó a moverse. Uno de ellos situó una ametralladora en la escotilla de babor, y otro hizo lo mismo en la de estribor. Los demás se acercaron a la proa.
—¿Qué sucede? —preguntó Joshua—. ¿Estamos llegando?
Había introducido como pudo la cabeza por entre los hombros de dos alemanes y miró delante. Descubrió las luces verdes cuando Kirschner estaba diciendo, sin poder ocultar su nerviosismo:
—¿Sabes qué son esas cosas? —Estaba furioso, y Joshua comprendió pronto el motivo—: Mierda, ¿por qué Griffin no nos dijo nada de ellas?
—Porque no las había visto, es obvio —replicó Joshua, observando las cuatro franjas de brillante color verde que culebreaban ante ellos, a unos doscientos metros de la superficie, aproximadamente a la misma altura que volaba el helicóptero—. ¿De dónde han salido?
—De todas partes, cada una por un lado. Se han reunido, y nos preceden. No me gusta esta clase de escolta. ¡Atención, preparad los cohetes!
—No sea loco, Kirschner —protestó Luis, entrando como pudo y los demás le dejaron—. Si Griffin y Kanable no vieron nada semejante en las fuerzas de combate de Vrow, es posible que estas estelas pertenezcan a alguna clase de navío ankari que Esshei y el Archivero hayan podido reproducir de la Bóveda.
—Ya lo veremos. Lo peor es que estamos acercándonos a la Meseta. Y no quisiera que nos detuvieran ahora que estamos a punto de alcanzarla; podría servirnos de refugio...
De pronto las estelas se dispersaron, situándose en los flancos del helicóptero. Ziegesar movió los cohetes de la izquierda y apuntó con ellos a las dos estelas que se deslizaban por su lado a la misma velocidad que el aparato. Apenas terminó los ajustes gritó:
—¡Preparados, señor!
Luis giró la cabeza para mirar a Ziegesar. En la expresión del alemán descubrió una ansiedad apenas reprimida por disparar los cohetes. Guido dejó a Dieter a los mandos y empujó a todo el mundo para abrirse paso y situarse al lado de los disparadores que sujetaba Ziegesar.
—Tranquilo, muchacho —dijo. Empezó a observar las estelas con unos prismáticos—. Quizá estén tan sorprendidos como nosotros. Por el momento sólo parecen sentir curiosidad.
Luis encontró otro par de prismáticos y miró. Dentro de la cabeza de la estela había algo sólido, unas formas que le recordaron una serie de ovoides unidos a capricho.
—¿Qué carajo es eso? —exclamó, bajando los prismáticos. Se los cedió a Joshua.
El norteamericano rezongó, después de observar un instante:
—Que me cuelguen si lo sé.
—Mientras vuelen paralelamente a nosotros no tenemos nada que temer —dijo Kirschner—. He notado una especie de batería de cañones en la proa, pero ningún arma en los laterales. Y no se mueven. Sí, creo que sólo están llenos de curiosidad hacia nosotros. ¡Ziegesar!
—¡Señor! —El aludido casi saltó hasta el techo al oír su nombre.
—Vigila a los que nos siguen por la derecha. Si me oyes ordenar abrir fuego, procura apuntar bien. Quiero que tú dispares si yo lo hago, y me gustaría que los dos acertáramos.
—¡Sí, señor!
Ziegesar se volvió con su control a distancia entre las manos, dejando a Guido uno igual.
Dieter gritó desde la cabina:
—¡Señor, el objetivo esperado está al frente, a las diez y a unos tres kilómetros de distancia! Cambio de rumbo y mantengo la misma altura. Dígame si debo descender.
Luis avistó a través del plástico de la cabina el saliente en el horizonte que flameaba en rojo y marrón. Sintió un nudo en la garganta. Era cierto, la Meseta existía. Aquélla tendría que ser la primera que viera Kanable, donde permaneció unos días con la Familia ankari. La otra, donde esperaban encontrar a los miembros del grupo, los alemanesca los Pfaumann y Joshua a su hermano Roger, estaría por lo tanto a unos doscientos kilómetros de donde se hallaban ahora. Luis sacudió la cabeza, haciéndose a la idea de que había recorrido en Elajah toda la distancia equivalente desde el estrecho de Gibraltar hasta el sur de Inglaterra. Y sólo había visto enormes extensiones de desierto y roquedales grises, con apenas algunas Islas muy distantes entre sí.
Guido también había echado una mirada a la Meseta, pero volvió su atención a los vehículos envueltos en gas verde que les seguían, a la misma distancia e igual altura del suelo.
—¡Acelera, Dieter! ¡Dirígete directamente a la Meseta, busca el claro, y desciende en él!
En aquel momento, tal vez porque también habían descubierto la proximidad de la Meseta, las cuatro bolas de fuego verde ejecutaron un rápido movimiento y acortaron la distancia que las separaba del helicóptero. Guido lo interpretó como el comienzo de un ataque y pulsó los disparadores de dos cohetes de los cuatro que tenía dirigidos hacia sus seguidores.
—¡Fuego! ¡Dispara, Ziegesar! —aulló.
El helicóptero sufrió una doble sacudida. Por unos segundos pareció perder el rumbo, pero lo recobró en seguida, después de que los cohetes partieran de cada lado, silbando y trazando estelas de fuego y avanzando rugientes hacia sus objetivos.
Kirschner disparó sus cohetes dos segundos antes que Ziegesar. Uno pasó centelleando por debajo del vehículo más adelantado, pero el otro alcanzó al segundo. A Luis le pareció que estalló en el núcleo, pero sin tocar directamente al objeto que iba dentro, aunque le hizo perder la estabilidad, y la estela verde se alejó velozmente hacia el oeste, dejando sola a su compañera.
Sin embargo, Ziegesar había puesto en el aire sus cuatro cohetes, cubriendo más campo, y dos de ellos dieron en el blanco. Uno de los hermosos trazos verdes estalló en una fulgurante hoguera roja y negra. El superviviente ganó altura, y en pocos segundos lo perdieron de vista.
Luis estaba pálido. Durante los siguientes minutos estuvo esperando la respuesta de las estelas. Estaba convencido de que las dos que seguían volando, ahora en su cola, no tardarían en abrir fuego. No sabía qué clase de armas llevaban en la proa, pero seguro que serían mucho más potentes que sus cohetes.
—¡Dieter, maldito seas, escapa de esas luces que nos lamen el trasero! —vociferó Kirschner—. ¡Estamos a tiro, sus cañones nos apuntan!
Aunque intentaban dirigir las ametralladoras hacia atrás, no conseguían que las estelas entrasen en sus puntos de mira. Desesperado, Guido corrió a la cabina. Luis le siguió, saliendo de aquel maremágnum en que se había convertido la parte de atrás. Escuchó el rugir del rotor, y las aspas parecieron aumentar la velocidad de sus giros.
La Meseta estaba próxima y su ladera en vertical, marrón oscuro, ya era perfectamente visible. Arriba, la floresta roja y naranja recibía los declinantes y débiles rayos solares. El helicóptero había estado bajando y subiendo para no ofrecer un blanco fácil a sus perseguidores. Kirschner, ya aferrado a los mandos, estabilizó su vuelo y derivó el aparato hacia abajo. Los patines rozaron las copas de los árboles.
Luis miró hacia atrás, buscando las estelas verdes. Las encontró enseguida, pero ahora eran más de dos. Contó ocho. Dios mío, ¿de dónde habían surgido las demás? Luego creyó que eran diez, y cuando el helicóptero se deslizó por encima del bosque y apareció un claro debajo, le parecieron casi dos docenas. El cielo estaba cubriéndose de esmeralda.
Quizá debido a los nervios, Kirschner realizó un descenso desastroso. Los patines chirriaron, y los amortiguadores apenas evitaron que todos los ocupantes del helicóptero fueran zarandeados violentamente.
—¡Fuera todo el mundo! —ordenó Kirschner, saltando el primero con una pesada metralleta en las manos—. ¡Preparaos para abrir fuego! ¡Atentos a mis órdenes! ¡Quiero una batería de cohetes en posición!
Luis y Joshua fueron empujados por los alemanes, que corrieron a dispersarse por el claro. Cada hombre cargaba con los elementos para montar varias ametralladoras pesadas, y en menos de quince segundos las tuvieron dispuestas y enfilando con sus bocas las estelas verdes que zigzagueaban sobre sus cabezas.
El español se sintió cogido de una mano por Joshua y le siguió hasta el comienzo del bosque, en donde ambos se arrojaron al suelo.
—Tengo que proteger la charretera, ¿no? —sonrió nerviosamente Stolberg.
Luis contempló la escena, totalmente aturdido. Todo había sucedido tan rápidamente que hasta ahora no se dio cuenta de que enfrente había media docena de pequeñas casitas, como cúpulas que emergían del césped naranja, y de que alrededor de ellas se movían personas, mujeres, hombres y niños. Estaban casi desnudos y todos eran de piel rosada. Sus cortas cabelleras eran de un blanco muy puro.
Guido dejó de dar zancadas de un lado para otro, siempre con la cabeza echada hacia atrás, siguiendo las evoluciones de las estelas que les observaban desde una altura entre cien y doscientos metros. Se arrodilló junto a Hans y le ayudó a fijar los tubos con los cohetes, volviendo a advertir a sus hombres que no disparasen hasta que él lo ordenara.
—Esas gentes... —musitó Luis, señalando a los ankaris—. Dios mío. Hemos traído con nosotros la guerra, Joshua. ¡Hay que advertirles para que se oculten!
Hizo intención de incorporarse, dispuesto a cruzar el calvero y alejar de allí a aquellos seres que no podían ser otros que los miembros de las Familias. Joshua le agarró otra vez.
—No seas loco. Espera y observa. Esos aparatos se están alejando.
Efectivamente, los ingenios que flotaban dentro de las estelas estaban ganando altura, y algunos empezaron a dispersarse. Al cabo de un minuto no quedaba ninguno en el cielo. Luis acabó de incorporarse, convencido de que no se habían retirado por miedo a las ametralladoras instaladas por los alemanes en el calvero. Renunciaban a la batalla, por algún otro motivo que él no estaba en condiciones de adivinar.
De pronto, alguien entró corriendo en el calvero. Vestía pantalones vaqueros y camisa a cuadros, y su aspecto era totalmente humano. Llevaba barba de varios días, y empezó a gesticular mucho antes de gritar a Guido y sus hombres:
—¿Quiénes son ustedes, y a qué viene este despliegue?
El recién llegado dio la espalda a Kirschner y se ocupó de estudiar el helicóptero, pasando la mano por su cabina, como si tuviera que hacerlo para convencerse de que verdaderamente estaba allí y no se trataba de un espejismo.
El jefe del grupo resopló, se quitó el casco, y anduvo hacia el hombre. Antes de llegar a su altura dijo, sonriente:
—Kenneth Rosenman, ¿verdad? —Y le tendió la mano.
Luis ya había echado a andar hacia el calvero, seguido de Joshua, y la escena que estaba presenciando le hizo pensar que algo parecido debió haber ocurrido cuando el periodista americano se encontró frente al médico alemán, tras buscarle por medio continente africano.
—Sí, soy Kenneth Rosenman. —El inglés estrechó la mano de Guido—. ¿Quiénes son ustedes?
—Mi nombre es Guido Kirschner, señor Rosenman. —El alemán sonrió, y sus tacones se juntaron con un breve chasquido—. Le he reconocido a pesar de la barba.
Ken se llevó una mano al rostro y se lo acarició.
—Disculpe mi aspecto, pero perdí mi navaja hace unos días. —Miró el helicóptero—. Vaya, que haya sido traído a Elajah un trasto como éste resulta una novedad. ¿Es usted oficial del ejército alemán? ¿Sabe lo que le ha pasado, dónde está?
Kirschner soltó la carcajada que estaba deseando soltar.
—Claro que lo sabemos, señor. Permítame que le presente a mis compañeros. —Guido estaba pictórico de alegría cuando pronunció los nombres de los seis hombres. Joshua y Luis estaban cerca, y finalmente los nombró—. Señor Rosenman, debe saber usted que nos ofrecimos voluntarios para venir aquí..., y que esta empresa es civil. El ejército alemán no está oficialmente representado por nosotros.
Luis, detrás de Kirschner, soltó una risa irónica. Aquello tenía todas las trazas de una incursión militar en regla, pensó. Nadie pareció darse cuenta de su gesto sarcástico, y el jefe siguió diciendo a Kenneth:
—Encontrarle a usted aquí ha sido una sorpresa, ya que esperábamos hallarles en la Segunda Meseta, pero nos alegramos. —Guido miraba por encima del hombro de Ken. Otras personas estaban entrando en el claro, algunas mujeres y un hombre.
Ken se había quedado con la boca abierta; tartamudeó al preguntar:
—¿Debo entender que ustedes también han venido por su propia voluntad?
—Así es./rero no piense que se trata de una invasión organizada por/varias naciones. Nada de eso, señor. Repito que se trata de una empresa de carácter privado. Sólo estamos nosotros. Ya le contaré en otro momento lo que sucede. Ahora, si me permite, deseo que me diga dónde están los Pfaumann.
—Ah, sí. —Ken parpadeó. Anne se había acercado a él, y Kirschner la saludó sonriente y con una inclinación de cabeza—. El señor Pfaumann no se encuentra bien, y su esposa le cuida en nuestro campamento...
La sonrisa de Kirschner desapareció de forma fulminante.
—¿Es grave? —inquirió. Chasqueó los dedos, y Hermann Hammerich acudió corriendo.
—El pobre anciano tiene problemas con la diabetes. Le traje insulina, pero al parecer no es bastante. Está sufriendo una insuficiencia de azúcar en la sangre, y ninguno sabemos cómo atajarla. Esta mañana empezó a sentirse mal, y la Eiyen Darai de las Familias se había marchado antes de que...
Luis había estado observando a la gente que rodeaba a Kenneth. Recordando el libro Elajah, el Otro Lado y el manuscrito de Griffin, creyó saber quién era quién. Se fijó en Rose Lorah, reconociéndola por su belleza: seguía siendo muy atractiva, pese a vestir ropas masculinas. Miró con simpatía a Christine Stanley y luego a Anne Zerder. Por último, estudió a la menuda Peggy Brunner y a un hombre que no reconoció. Al volverse, siguió con la mirada los nerviosos paseos de Joshua Stolberg.
—¿Dónde está el sargento Roger Stolberg, señor Rosenman? —preguntó de pronto éste, interponiéndose entre Kenneth y Kirschner.
El alemán le apartó, sonriente pero con firmeza.
—Espere, Joshua. Tenga calma...
—¿Roger? —repitió el hombre que Luis no había identificado. Luego sabría que era Michael Davis—. Se marchó con los demás esta mañana. Oiga, usted se le parece, y no crea que es una broma y me refiero sólo al color de su piel.
—Soy Joshua Stolberg, su hermano. ¿Cuándo volverá? ¿Está bien?
—Oh, sí. Confiamos que regresen pronto. Señor Kirschner, tenemos que contarnos muchas cosas...
—Desde luego —dijo Guido. Empujó a Hermann hacia delante y pidió a Michael—: ¿Quiere acompañar al doctor Hammerich al lugar donde esté el señor Pfaumann? Yo iré en seguida. Hermann, puedes explicarle al señor Pfaumann lo que pasa.
—¡Sí, señor! —Hermann llevaba un maletín además de sus armas, y marchó tras Michael Davis.
Luis carraspeó y dijo:
—Yo también he venido buscando a alguien, señor Rosenman. Se trata de mi hermana Ana. Aunque sabemos que apareció muy al sur de aquí, tal vez hayan pasado muchos días de ello, pero confío en que tengan ustedes noticias de ella.
—Hay con nosotros un muchacho que es español, Jorge Valdivia, y creemos que Kanable también es compatriota suyo, señor Castro; pero no estamos seguros... —sonrió Kenneth. Viendo a Luis y su expresión de ansiedad, se puso serio—. No, lo siento. No hemos visto a su hermana. De hecho, nadie se ha incorporado al grupo desde que llegamos la señorita Zerder y yo. ¿Saben que los dos también vinimos por propia voluntad?
Luis asintió con la cabeza. Estaba tan deprimido que no fue capaz de explicarle a Rosenman que conocía todo lo que les había pasado en Elajah, al menos hasta hacía pocos días. Todavía ignoraba el tiempo transcurrido desde que Esshei, Kanable y Valdivia visitaran trágicamente el Templo de Cristal. Sintió las manos de Joshua sobre sus hombros.
—No te desesperes, amigo. Podemos encontrarla.
—Ya tengo pocas esperanzas. —Luis trató de sonreír—. Te felicito, Joshua. Tu hermano vive, y le verás muy pronto.
Se apartó de todos y caminó unos pasos, deteniéndose para observar a los seres de piel rosada que formaban un apretado grupo y estaban pendientes de ellos. Vaya, pensó. Éstos son los ankaris, seres de otro mundo, hermosos y casi perfectos, enemigos de la violencia, amantes de la paz, y tan seguros de sí mismos que todas las grandes conquistas de sus antepasados las conservan en tubos de cristal, precisamente debajo de nuestros pies. Dios mío, estaría entusiasmado si no fuera porque ahora sé que jamás podré encontrar a la pobre Anita, y no quiero pensar en cuál puede haber sido su fin. Ha llegado demasiado indefensa al infierno que se extiende fuera de este paraíso. Quizá los cálculos de Griffin y su enlace en Elajah hayan fallado, y hemos aparecido demasiado tarde.
Escuchó á Kirschner a sus espaldas:
—Señor Rosenman, ¿qué eran esas luces verdes que nos atacaron y nos siguieron hasta aquí?
Luis se mordió los labios. Seguía reflexionando. Los alemanes eran muy precavidos, y estaban bien organizados. Habían incorporado un médico a su grupo, con el fin de atender rápidamente a Pfaumann. Prestó atención a la respuesta de Rosenman.


21.- COMO UN RELÁMPAGO

Recordó haber leído en algún sitio que, cuando una persona está a punto de morir, toda su vida pasa rápidamente por su mente, como un relámpago. Sin embargo, Ana no rememoró nada de su pasado, aunque sí tuvo ocasión de arrepentirse de haber saltado al vacío.
Entró en la masa algodonosa, giró dentro de ella, y sintió que algo frenaba la velocidad de su caída. Cuando tocó una superficie dura con las piernas, se asombró al comprobar que podía recobrar el equilibrio con una leve flexión.
Había cerrado los ojos cuando saltó de la nave, y los abrió ahora para comprobar que se hallaba sobre un suelo oscuro, cuyos límites se perdían difuminados en una bruma blanca, la misma que flotaba a varios metros por encima de su cabeza.
Hasta que no hubo transcurrido un rato no se atrevió a moverse. Andaba varios metros, calculaba que se alejaba demasiado del punto donde había caído blandamente, y volvía a él; miraba de nuevo a su alrededor, esperaba hasta haber acumulado el valor suficiente para emprender otra exploración, la llevaba a cabo, y decidía terminarla un poco más allá, regresando presurosa al lugar de origen.
Finalmente agotada, se sentó en el suelo junto a la bolsa que había arrastrado al caer. Allá donde estaba hacía un poco de frío. Se dio cuenta de que la luz del mortecino sol no traspasaba la capa blanca que formaba el misterioso techo. También de arriba manaba la extraña luz que la alumbraba.
No estaba demasiado asustada, tal vez porque había creído morir un momento, antes, y sólo sentirse viva era suficiente para ella, y ahora le traía sin cuidado dónde hubiera ido a parar.
En un rincón de su mente estaba formándose la idea de que estaba en la plataforma de la Columna, precisamente allá donde la unidad no había logrado entrar. Al parecer, una poderosa fuerza se lo había impedido tantas veces como lo intentó. Sin embargo, ella la había atravesado, y se hallaba dentro como en el seno materno, segura y a salvo.
Rodeó sus rodillas con los brazos y apoyó en ellas el mentón. Permaneció quieta un rato, reflexionando. Había una plataforma en la cima de la Columna. Bien, estaba en ella. ¿Y ahora qué? Aquel loco que le dijo llamarse Larry Moore y no era otro que el paranoico Adrián Stenzel, actual líder de una horda de peligrosos seres y mesías en Elajah de un misterioso dogma, necesitaba entrar en la Columna. No le explicó para qué, pero parecía ser muy importante para sus fines, como si en ello le fuera la vida. Ana miró al suelo. Stenzel esperaba encontrar la entrada de la Columna en la plataforma. Quizá sabía que estaba allí. Se levantó. ¿Por qué no buscarla? No tenía otra cosa que hacer.
Empezó a andar, dibujando con sus pisadas una espiral, alejándose cada vez más de donde había estado sentada. Llevaba la bolsa. Lástima que no hubiera dentro algo que comer. No se acordaba de la última vez que lo había hecho.
No sabía si se estaba acercando a uno de los bordes del rectángulo o si se dirigía a su centro. La bruma la engañaba, le hacía creer que el límite siempre permanecía a la misma distancia. Era como caminar en un día de niebla muy densa que no le dejaba ver los edificios y la desorientaba.
De pronto notó que el suelo descendía, muy suavemente. Vaciló antes de dar un nuevo paso, pero finalmente decidió continuar avanzando por aquel desnivel, que pronto se convirtió en una rampa, más pronunciada a cada metro.
Llegó el momento en que Ana temió que el suelo iniciara una rápida bajada y acabara cayendo. Otra caída no, pensó angustiada. Pero la inclinación se estabilizó, y así prosiguió durante mucho rato. La niebla quedó atrás, y el cielo blanco desapareció de encima de su cabeza. Comprendió que la rampa descendía dando vueltas, como una inmensa escalera de caracol. Miró hacia abajo. Todo estaba inundado de una potente luz blanca que le permitía apreciar a su alrededor los contornos de un tubo de amplias dimensiones, como un suave tobogán. No alcanzaba a ver su fin, y le embargó el temor de acabar en los cimientos de la Columna, donde no hallaría ninguna salida al exterior y se vería condenada a regresar sobre sus pasos e iniciar una penosa subida para acabar otra vez en la plataforma.
Cuando menos lo esperaba, encontró una abertura circular a un lado del tubo. Ante ella se abría un túnel. Ana estaba cansada de bajar y se introdujo en él. Anduvo deprisa, casi corriendo. Estaba ansiosa por llegar al final, a algún sitio.
Lo que encontró al acabar el túnel la dejó sin respiración. Estaba ante una sala enorme, de techo y suelo brillantes. Había infinidad de esferas, algunas de casi tres metros de altura, pocas de menor estatura que ella y la mayoría de diversos volúmenes, las más pequeñas del tamaño de un balón de fútbol. Eran transparentes, y en su interior podían apreciarse unas formas sumergidas en un gas celeste.
Caminó sin apartarse del tubo donde estaba el tobogán y aquellos pozos en medio que se hundían centenares de metros, lo rodeó, mirando sin pestañear la estancia, toda ella llena de esferas.
Sintió curiosidad por ver lo que contenían las esferas y se aproximó a la más cercana, de dos metros de altura. Dejó la bolsa en el suelo y apoyó las manos en su superficie, notándola fría. Se inclinó.
Dentro había una estatua. Le pareció horrenda, monstruosa. Era un cuerpo huesudo, casi esquelético. Al fijarse en la cabeza pensó inmediatamente en una tarántula con remotas formas humanas. Los brazos descansaban cuan largos eran, casi rozando el suelo. Dio la espalda a aquella escultura, producto sin duda de las pesadillas de un artista loco.
Fue recorriendo las siguientes esferas grandes. En las pequeñas había visto animales extraños, ninguno que le recordara a nada de la fauna terrestre. Miró varias, y en todas encontró esculturas sumergidas en un diáfano gas, cada una diferente y a cual más horrible.
Se cansó pronto de andar de un lado a otro y decidió regresar al túnel. Si aquella especie de museo no tenía ninguna salida, no le quedaba otro remedio que volver al tobogán. Pero se encontraba al otro lado, y al dirigirse al núcleo central casi se dio de bruces con una estatua que no estaba en el interior de ninguna esfera.
Se alzaba sobre un pedestal de bronce o un metal similar, y era como la armadura vacía que muy bien podía adornar una esquina de cualquier salón en un viejo castillo.
—Cristo, esto es una armadura como la de esos guerreros de brillo dorado —susurró Ana. Habría seguido hablando en voz alta para oír al menos su propia voz, pero los ecos que levantó la asustaron y cerró la boca.
Se quedó un rato estudiando la armadura. Dentro de ella no había más que un esqueleto de metal para sostenerla. Podía verlo por las ranuras de los brazos, cuyas piezas no estaban bien encajadas. Aquella muestra no poseía el fulgor de oro que producía la charretera, pero había una de ellas, o una reproducción, sobre el hombro derecho de la armadura. En aquel momento, Ana observó las huellas que sus pies habían estado dejando sobre la finísima película de polvo que cubría el suelo. Era tan tenue que al principio pensó que todo estaba inmaculadamente limpio.
Le costó apartarse de allí y volver al túnel. De nuevo en el tobogán, intentó ver a qué distancia se hallaba la siguiente abertura. Encontró otra a poca distancia, pero por ella no surgía ninguna luz. Estaba completamente oscura. Agarró la bolsa y empezó a bajar. No tenía nada que hacer sino inspeccionar cada nivel de la Columna que encontrase. Mientras descendía, se preguntó si no estaría equivocada y paralelamente a aquel tobogán no habría otros. El núcleo, según comprobó desde la estancia, podía albergar más de un sistema de toboganes, incluso ascensores. Pero para acceder a ellos tendría que regresar a la plataforma. Decidió seguir.
El capitán accedió a intentar otra vez atravesar la cubierta blanca que bañaba la plataforma, y nuevamente fueron rechazados.
Stenzel estaba tan furioso que le costó convencerse de que la fuerza que rodeaba la cúspide de la Columna era infranqueable. Volvió a pensar en el largo viaje que les esperaba para llegar a la Columna situada en el otro confín del planeta.
—Basta —dijo al capitán—. Olvidemos a esa muchacha.
El ser asintió con un brusco movimiento de su cabeza. El otro había regresado tras haber cerrado la compuerta y permanecía sentado, precisamente en el sillón que había ocupado Ana Castro.
—¿Qué ordenas, señor? —inquirió el capitán.
—Vamos a reunir todas las unidades que deambulan por este hemisferio y volaremos al otro lado de Elajah —rumió Stenzel—. Allí hay una segunda Columna que no se nos puede resistir. Es similar que ésta y nos servirá igual. ¿Entiendes lo que te digo, capitán?
—Algo, señor.
—Tú conoces esto muy bien, ¿verdad?
—Hace tiempo crucé varias veces este punto, señor. Eran tiempos hermosos, las misiones que nos ordenaban eran precisas y las órdenes de los Orígenes muy concretas.
—¿Es que las mías no son así?
—Capto dudas en ellas. Marcadas vacilaciones, señor.
Stenzel se encogió ligeramente. Temía cometer un error y perder su autoridad sobre aquellos seres. El capitán le había informado que debía llamarlos por su nombre: Wyhargas. Acarició la charretera. Había obtenido mucho de ella, pero aún podía sacarle más provecho, mejores conocimientos. Tenía incrustados tres filamentos, y todavía quedaban dos que aún no actuaban en él. Pero debía andar con sumo cuidado. Cada vez que un filamento le había penetrado sus sufrimientos habían sido mayores, más difícil de vencer el dolor que inundó su mente. A veces creía que la cabeza iba a estallarle, y en una ocasión estuvo a punto de arrancarse violentamente del hombro la charretera, incapaz de soportarlo, pero el deseo de ser fuerte le ayudó y permaneció con ella.
—Confía en mí, capitán.
—Tengo toda mi confianza y mi fidelidad depositadas en ti, señor. Es la ley. Tú llevas el Alto Distintivo del Poder.
Stenzel sabía que era portador de aquel Distintivo. Sonrió. Tenía el Poder, y sabría usarlo. Su inteligencia terrestre, unida a los dones de la charretera, le haría invencible. Tenía sus propias ideas y las impondría. Se sentía feliz. Los momentos de melancolía eran menos frecuentes por momentos.
En la pantalla apareció algo que atrajo su atención. Stenzel señaló al capitán una porción de terreno no muy distante de la base de la Columna.
—¿Qué es eso? —inquirió.
El Wyharga hizo descender la unidad, y pudieron contemplar un amasijo de hierros retorcidos, medio incrustado en un terreno rocoso. El resto era un largo huso de metal con restos de tonos cobrizos.
—Fue una nave estelar —anunció el capitán—. Ya la descubrimos cuando empezamos a girar alrededor de la Columna, señor.
—No parece muy vieja...
—Lleva poco tiempo, señor. Cayó desde mucha altura, pero la cápsula de salvamento no está. Sus tripulantes debieron abandonarla antes de la colisión.
—Vamonos —dijo Stenzel.
Al cabo de un rato, el capitán hizo algo extraño. Explicó sin que Stenzel se lo pidiera:
—Era una nave estelar vrowe, capacitada para efectuar largos viajes. —¿Cómo lo sabes? ¿Bajaste a inspeccionarla?
—No era necesario. Ese modelo de nave está concebido para la guerra, señor, está plenamente identificado. Nosotros los Wyhargas hemos destruido muchas, pero nunca conseguimos que una de ellas nos condujera hasta el planeta Vrow.
—A propósito. ¿Qué noticias has recibido de las unidades que castigaban la isla vrowe?
—Aún quedan vrowes con vida, señor. Las unidades que actúan allí necesitarán tiempo para cumplir su misión.
—Llámales y que suspendan la lucha.
—Contravienes las órdenes de los Orígenes, señor. Recuérdalo.
—Sólo temporalmente. Quiero que todas las unidades nos acompañen al otro hemisferio.
El capitán tardó en contestar.
—Como ordenes, señor. Una suspensión sí es correcta.
La unidad incrementó considerablemente su velocidad. Al poco rato se le unieron varios destellos verdes. Antes de una hora formaban un grupo de más de veinte, y llegaban más.
Stenzel había hecho cálculos. El teórico mar de Tasmania, las antípodas de las islas Azores en la Tierra, les esperaba. Allí se alzaba la otra Columna Azul de Elajah.
Dijo entre dientes:
—Cuando disponga de todo el poder, ningún intruso quedará con vida en Elajah, ni siquiera los ankaris y sus amigos los terrestres a los que amparan en las Mesetas Rojas. Romperé las prohibiciones que hasta ahora han salvado a estos intrusos de los Wyhargas, y caerán sobre ellos como ángeles vengadores.


22.- LA CIUDAD DE LOS VROWES

—Me hablaste de gente con apariencia humana que vivía en las montañas. ¿Es eso cierto?
Smith torció la boca, supuse que intentando recordar lo que yo aseguraba que me había comentado.
—Sí, hombre. —Sonreí. El hábito de llamar hombre a cualquiera me resultaba demasiado inapropiado con Smith—. Antes de escapar de la ciudad de los vrowes, nos aconsejaste que debíamos refugiarnos en las montañas.
—Ah, ya recuerdo. —Smith bajó la mirada—. En realidad, son poco parecidos a vosotros. Nada en absoluto en realidad, y tienen menos inteligencia que un recién nacido inyindani de las áreas más rudimentarias. Además, su cuerpo está totalmente cubierto por una larga pelambrera, a veces caminan sobre cuatro patas, y su lenguaje es tan tosco que parecen emitir gruñidos en vez de palabras.
—Vamos, que son monos.
—¿Monos?
Le expliqué cómo eran los monos terrestres, y estuvo de acuerdo conmigo en que nuestros chimpancés guardaban mucha similitud con aquellas criaturas salvajes de Vrow.
—Vaya compañía que querías buscarnos.
—Pero son muy pacíficos —se defendió Smith—. Y gentiles. No nos hubiera faltado comida a su lado, exquisitas frutas y sabrosas verduras. Son vegetarianos, y les gusta tener invitados.
—¿Cómo lo sabes?
—Los vrowes los cazaban para luego divertirse con ellos en sus zoos, y con sus sesos, cuando eran viejos o tenían exceso de capturas, preparaban unos platos exquisitos. En uno de mis momentos de vigilia los conocí, y hasta aprendí un poco su lenguaje, muy simple por cierto.
Hice una mueca de asco. Sesos. Puagh. Vaya porquería. No quise enterarme de si alguna vez los vrowes le habían invitado a comerlos y él aceptó.
Manejar un Vínculo era infinitamente más sencillo que dominar un dahim. Las esferas respondían rápidamente a mis deseos, y al poco rato de haber partido me había convertido en un piloto bastante aceptable. Calculé que habíamos recorrido más de cuarenta kilómetros. Volábamos bajo porque quería descubrir cualquier indicio o resto de una batalla que estuviera librándose o que hubiese tenido lugar hacía poco.
Dentro del Vínculo podíamos considerarnos seguros en un cincuenta por ciento. Los Wyhargas no nos atacarían. Para ellos éramos intocables, gozábamos de inmunidad. Por lo tanto, la mitad del riesgo que podíamos correr procedería de los vrowes. Pero nuestro vehículo era más rápido que cualquier dahim, y además podía elevarse lo bastante como para dejar chasqueados a los vrowes si intentaban interceptarnos.
A veces veíamos las estelas de los aparatos Wyhargas. Volaban en solitario, o en bandadas de diez y hasta de veinte unidades. Nos estábamos acercando a la zona humeante de la batalla. Tal como sospechaba, era donde se ocultaba bajo varios metros de dura toba la ciudad vrowe.
—No deberías acercarte tanto, amigo Ray —me aconsejó Smith, observando que los cometas se desplazaban a pocos centenares de metros de nosotros, persiguiendo a zumbantes dahimes que intentaban escapar.
Me encogí de hombros. Los dahimes huían en desbandada. Pocos conseguían burlar el cerco de los raudos cometas verdes. Pensé que incluso resultaría bonito ver tantas estelas danzar, si no fuera porque estaban destruyendo sistemáticamente cualquier signo de vida vrowe. Los dahimes iban de un lado para otro tan asustados que ninguno se molestaba en plantarnos cara, al menos no a nosotros, tal vez porque no los hostigábamos. No obstante, como precaución, elevé el Vínculo a doscientos metros, muy por encima de la altura que eran capaces de alcanzar los aparatos vrowes.
Hice que el Vínculo volase con una inclinación de unos treinta grados, y pudimos disfrutar de una amplia vista de cuanto acontecía debajo de nosotros, lo que nos permitía calcular los daños causados por los Wyhargas en la ciudad subterránea, que eran considerables.
Viendo acosar a un grupo de asustados dahimes supe cuál era el arma que había provocado aquel caos. Los cometas disparaban densos y deslumbrantes rayos de fuego. Cuando alcanzaban a un dahim lo pulverizaban, dejando en su lugar una hoguera suspendida en el aire, que tardaba varios minutos en consumirse, y de ella no se desprendía ningún resto del vehículo destruido.
Sobre el terreno observé que por allí parecía haber pasado un gigantesco arado. Enormes surcos dejaban al descubierto parte de los túneles y plazas de la ciudad, sus dédalos de pasillos y rampas, y en ellos veía a veces correr a un vrowe en medio de montones de cadáveres de sus compatriotas. De todas partes surgían densas columnas de humo, negro, amarillo y rojo.
—Dios mío —musité, sobrecogido por el espectáculo—. Y Val se sentía orgulloso creyendo ser un Wyharga. —Admití que yo también lo pensé en más de una ocasión. Entonces creía que llegar a serlo era como recibir el honor de ser investido caballero de la Tabla Redonda—. Estos seres están locos, son verdaderos diablos. A su lado los vrowes, a los que llamamos demonios negros, son unos angelitos. Al menos ellos creían luchar por su supervivencia. ¿Por qué luchan los Wyhargas?
—Por nada. Es su triste destino.
—No lo entiendo, no podré entenderlo hasta que alguien no me dé una explicación razonable, si es que esta matanza puede tenerla. Los Wyhargas están compuestos por criaturas de muchas razas, y sin embargo combaten codo a codo contra todo aquello que tienen grabado en su mente enloquecida.
—No creía que quedaran tantos —suspiró Smith—. Me temo que están llegando a Elajah desde muy lejanos lugares del Cosmos. Y puede haber más que no se hayan unido a sus compañeros porque sus armas ya son muy viejas y muchas de sus unidades de combate personales quedaron fuera de servicio hace tiempo. Algo ha ocurrido, amigo Ray, que los ha despertado.
—¿Sabes lo que estás diciendo, Smith?
—No del todo. Mis recuerdos son muy vagos y dispersos. Hace tiempo que leí los Viejos Textos. En ellos se hablaba mucho de los Wyhargas, había datos acerca de su origen y para qué fueron creados, y también cuáles eran sus fines, hasta que el Nuevo Signo anuló su parte de poder y fueron condenados al ostracismo.
—Todo es demasiado confuso...
—Sí, y lo siento.
—¿Por qué motivo nunca atacaron Inyindan?
—Jamás me preocupé de averiguarlo. Sencillamente, nosotros nunca nos asustábamos cuando veíamos aparecer una luz verde. Sabíamos que, como mucho, tendríamos que soportar durante cierto tiempo a unos incómodos visitantes que tarde o temprano acabarían marchándose.
Por la posición del sol calculé que quedaban tres horas de luz. En aquel momento todos los cometas que cabrioleaban por la extensa zona de guerra dejaron de combatir, cesaron su intenso fuego contra las ruinas de la ciudad, suspendieron sus persecuciones a los pocos dahimes que aún volaban, y empezaron a concentrarse en un punto lejano. Conté más de treinta. No estuvieron mucho tiempo allí. Formando un compacto enjambre, se pusieron en marcha y se perdieron rumbo al norte, tras atravesar los jirones de humo y niebla.
—Que me aspen si lo entiendo —dije—. Se largan cuando han vencido. Creí que no lo harían hasta que hubieran rematado a todos los supervivientes...
Me estremecí al acordarme de las dos Islas del Paraíso que habíamos visitado y los cadáveres que vimos achicharrados en una de ellas por el fuego de los Wyhargas, y la ausencia de seres humanos en la otra, que debieron terminar siendo devorados al caer en una colonia de tramis cuando pretendían huir a través de la llanura. Quizás aquellas malditas bestias se retiraban para proseguir su obra destructora en otra parte de la superficie de Elajah, buscando afanosamente cualquier señal de vida procedente de la Tierra y de Vrow, o de cualquier otro mundo aún desconocido para nosotros.
—Quizá deberíamos volver, amigo Ray.
Estábamos solos. Nada volaba cerca de nosotros. Los pocos dahimes que quedaban habían desaparecido. Me sobrecogió el panorama, la tierra desgarrada que ponía al descubierto las entrañas de la demolida ciudad, sus muertos y sus obras de urbanización, donde una raza temerosa había vivido durante siglos o milenios, obsesionada siempre por la amenaza de los Wyhargas, temiendo verlos aparecer en los cielos de Vrow.
Bajé el Vínculo unos metros y lo dejé que flotara lentamente sobre los montones de escombros y los miles de toneladas de rocas y tierras levantadas. La dura toba había sido derretida como mantequilla ante el corte de un gran cuchillo ardiente, para luego ser congelada por un súbito viento helado.
En una parte del terreno los agujeros eran tan enormes que podíanlos ver, además de varios corredores, dos secciones de las grutas donde estaban los barrios residenciales de los vrowes, e incluso creí reconocer una de ellas, precisamente por la que anduvimos cuando nos dirigíamos al hangar de los dahimes.
Más allá avisté los restos de la gran chimenea que servía de salida a los vehículos vrowes. Probablemente por ella u otra similar escapamos Smith, Jorge y yo. Habían transcurrido pocos días de aquella aventura, y ahora me parecía que ocurrió cien años antes.
Smith protestó cuando hice que el Vínculo flotase a tan poca altura que acabamos introduciéndonos por una de las grietas y nos deslizamos a lo largo de un gran túnel, ahora abierto al cielo, al final del cual llegamos a una enorme explanada cuyas paredes estaban cubiertas de viviendas vrowes calcinadas. Todo estaba sembrado de cadáveres de adultos y adolescentes.
La matanza había sido terrible. Los vrowes habían tenido motivos más que sobrados para mirar con pavor los cielos durante siglos. Sabían lo que les esperaba si algún día los Wyhargas los descubrían. Y ese día había llegado para ellos, recién desgajados de su mundo y llevados a Elajah.
Arriba de la pared, sobre la cresta de una ola de toba endurecida, había sido derribado un destartalado aparato de los Wyhargas. Aunque no las suficientes como para salvar su ciudad, los vrowes habían causado algunas bajas a sus enemigos. Abatida, la unidad no brillaba verde y nos mostraba toda su fealdad.
De pronto, Smith me señaló un puente intacto, de los muchos que existieron en la gruta y que eran utilizados para ir de una vivienda a otra. Todos los demás viaductos estaban destrozados, sólo quedaba aquél en pie, y debajo de él vimos moverse un vrowe.
—Es un jefe —explicó Smith—. Creo que está herido. Y creo conocerle. ¿Por qué no bajas?
—¿Qué pretendes?
Smith miró a nuestro alrededor antes de responder:
—No veo a nadie más con vida. Amigo Ray, me gustaría traer a ese vrowe a bordo.
—¿Te has vuelto loco? Siento lo que les ha pasado a estos desdichados, pero no acabo de fiarme de ellos. Tampoco son criaturas pacíficas. Recuerda lo que hicieron con tu gente. Se comportaron como estos malditos Wyhargas.
—Baja y déjame salir. No me pasará nada. Me reconocerá, porque es uno de los científicos que dirigían el centro de clonación.
Eché una mirada abajo. El vrowe nos había descubierto, y trataba de esconderse tras unos montones de escombros. A su lado habían cuerpos iguales a Smith, sus clones. En el ataque, los Wyhargas no habían vacilado en lo más mínimo en eliminar a miembros de una etnia a la que en teoría no tenían que causar daño. ¿Acaso sabían que eran seres reproducidos, casi sin ingeligencia y, si me apuraban, sin alma, y por lo tanto no los consideraban como auténticos inyindanis con derecho a ser respetados?
Smith sabía hablar el vrowe. Bueno, tal vez averiguase algo de interés para nosotros si el herido poseía el rango de jefe y además era un científico. Posé el Vínculo, y abrí la cúpula sólo el tiempo preciso para que Smith saliera.
Le vi correr, sortear los cascotes y los cadáveres, eludir los pequeños incendios, y finalmente llegar donde estaba el herido. Se inclinó sobre él. Activé el Vínculo y lo acerqué más a ellos.
Cuando Smith ayudó al vrowe y empezó a caminar, casi arrastrándolo, me hizo un gesto que tardé en descifrar: me pedía que me quitara la charretera. Podía comprenderle. Con ella sobre mi hombro yo sería una especie de Wyharga para el herido, como me consideraron cuando fui hecho prisionero.
En aquel momento comprendí muchas cosas, la razón por la cual nos trataron con tanto temor. Su ancestral miedo hacia los Wyhargas fue la causa de que sólo los vrowes con trajes especiales se atrevieran a tocarnos, y por esto, además de la muerte que causé al demonio negro que me retó, nos obligaron a Jorge y mí a combatir contra dos de sus campeones. Tal vez en sus extrañas tradiciones se contemplaba que, cuando un Wyharga era hecho prisionero, debía ser muerto en lid, no ejecutado. Y por esta misma costumbre, Griffin fue eliminado por los vrowes de otra manera, rápidamente y sin el menor protocolo, por el mero hecho de no llevar encima una charretera.
Cuando Smith y el vrowe estuvieron al pie del Vínculo, yo ya me había desprendido de mi charretera y, medio desnudo, me incliné sobre ellos para ayudarles a subir. Observé que el demonio negro tenía ensangrentado el costado derecho y parte del cuello. Recordando la fragilidad de su cráneo, pensé que se había librado de morir por muy poco. Le tendí la mano, y él me miró con desconfianza.
Smith debió pedirle en lengua vrowe que confiara en mí, y el jefe se aferró a mi brazo y conseguí izarle.
—De todas formas, no le queda mucho de vida —dijo Smith—. Ha perdido mucha de su negra sangre, y ya tiene una infección muy avanzada. Estos seres son muy frágiles a pesar de su terrible aspecto, amigo Ray. Sus organismos carecen prácticamente de defensas, tal vez debido a que la mayor parte de su vida permanecen en ambientes climatizados y casi estériles.
Miré el rostro oscuro del vrowe, sus ojos grandes, ahora acuosos, como reflejando la fiebre que debía estar consumiéndole.
Smith le hablaba mientras intentaba detener su hemorragia. Aunque lógicamente yo no entendía nada, sospeché que, a pesar de todo, el vrowe no se fiaba lo más mínimo de nosotros y prefería mantener cerrada su gran boca.
De pronto el jefe dio un brinco, y se hubiera incorporado si Smith no le hubiese obligado a mantenerse tumbado en el asiento. Giré la cabeza, y comprendí por qué se había asustado tanto. Por la ladera de toba solidificada sobre las viviendas bajaba una figura tétrica y amenazadora.
Se trataba de un ser embutido en una mezcla de armadura medieval y traje de jugador de rugby, y todo él, de la base del yelmo a las pesadas botas, estaba recubierto por un nimbo dorado, excepto el arma que llevaba en las manos. Se dirigía hacia nosotros. Empezó a levantar el fusil, o lo que fuera, y el vrowe lanzó un alarido de espanto.
A bordo sólo teníamos la gran pistola, más bien un rifle, de origen vrowe. Sabía cómo usarla, pero en aquel momento hubiera preferido llevar sujeto a mi antebrazo el eficaz lanzador de arena.
Dejé de cavilar y agarré el arma, la amartillé, y apreté el disparador cuando el Wyharga apenas estaba a seis metros de nosotros y ya tenía su fusil echado al hombro.
Le di en el vientre. En un momento de tensión como aquél, no me entretuve en apuntar al corazón; quise asegurarme de quitármelo de en medio con un solo disparo antes de que él nos achicharrase.
El Wyharga agitó los brazos, dejó caer el arma, y fue resbalando por la ladera, rebotando en cada relieve. Quedó abajo muy quieto, con una gran mancha en el vientre. Apenas yo había empezado a respirar con alivio cuando el guerrero de oro se movió, encogiendo las piernas para incorporarse, mientras sus manos tanteaban a su alrededor buscando el rifle.
—No puede ser —exclamé, contemplando estupefacto el rifle, dudando de su capacidad de fuego—. ¡Esto habría despanzurrado un elefante!
El vrowe gritó algo, y Smith tradujo rápidamente:
—Dice que un Wyharga es difícil de matar, su coraza le hace casi invulnerable. ¡Tienes que dispararle de nuevo, hasta que le perfores el baño de fuerza que le cubre!
Una traducción muy literal había sido aquélla, pensé, volviendo a tomar puntería. El vrowe se refería a que debía debilitar primero el campo de fuerza que producía la charretera, y luego seguir apretando el gatillo hasta que el fuego de mi fusil le quemase los intestinos.
El Wyharga volvió a dar un salto, y antes de que cayera de nuevo le acerté otra vez donde ya le había herido. Al siguiente disparo conseguí atravesarle. Por su espalda salieron tripas chamuscadas, y se quedó definitivamente inmóvil.
Solté un jadeo y sonreí, satisfecho. El vrowe hablaba tan rápidamente, con sus chirridos y chasquidos, que temí que tanto esfuerzo acelerara su muerte.
—Te da las gracias —sonrió Smith—. Asegura que eres un héroe.
—De nada. Vamos, pregúntale lo que quieras antes de que se te muera en los brazos. Yo iré a echar un vistazo a esa bestia acorazada.
Salté del Vínculo y me acerqué despacio al Wyharga, apuntándole y dispuesto a descerrajarle una nueva andanada de fuego si se atrevía a moverse otra vez. Pero aquel tipo estaba frito y destripado como un pez.
Tenía las formas de un ser humano, y hasta podría pasar por un hombre muy extraño si uno no hacía mucho caso a sus piernas demasiado largas, su tronco amplio y estrecho y su cabeza, la que encerrase el casco, descomunal. Los brazos, en cambio, eran delgados, y sus manos metidas en guantes de acero sólo tenían tres dedos, a no ser que estuviera mutilado de un anterior combate.
Reprimiendo mi asco, encontré en su charretera el resorte que la liberaba de su hombro. Me costó arrancársela, y cuando la tuve entre mis manos descubrí que había estado usando cinco filamentos. Miré su hombro desnudo, donde lo que faltaba de armadura era completado por la charretera. Había una piel escamosa, como la de una serpiente de cascabel. Conseguí quitarle algunas piezas del brazo, arrojé lejos los hierros, y me encontré con un miembro sin articulación en el codo y también cubierto por una dura costra cenicienta y azul.
Resoplé. Sólo me faltaba mirarle la cara. Tanteé en su cuello de metal y encontré unos flejes que le sujetaban el yelmo. Logré abrirlo en varias partes, aparté el casquete abombado, y me pregunté por qué me resultaba tan familiar el equipo de la cabeza, las antenas...
Un rostro de serpiente gigante me miró sin verme. Sus ojos de ofidio estaban apagados, y de entre las plaquetas de los labios asomaba una lengua fina y carnosa.
—Jesús, y Smith dice que los Wyhargas son de muchas razas —dije en voz alta—. Este es horrible a pesar de ser un bípedo y tener dos brazos como un humano. Es la similitud común a todos, al parecer...
Miré la charretera. No era exactamente igual a la mía, sino un poco más pequeña, y el tono de su metal negro resultaba menos intenso, como si fuera un elemento fabricado para servir a un simple soldado, no a un jefe. Rocé los cinco filamentos que no se habían recogido automáticamente en su interior, quizá porque tiré de ella con demasiada violencia.
Aquel trozo de metal me produjo asco en mis manos, y lo arrojé lejos. Regresé a la nave. Apenas subí, Smith me dijo:
—Ha muerto.
—Entonces echémosle fuera. Es hora de largarnos.
Cogimos el cadáver y lo arrojamos del aparato. Miré a Smith.
—¿Qué te ha contado?
—No mucho. Aunque las fuerzas vrowes más importantes regresaron deprisa de la isla inyindani, cuando llegaron ya todo estaba perdido para ellos, y sólo pudieron defenderse como gato panza arriba. ¿No se dice así, amigo Ray?
—Sí, es una estupenda definición. ¿Qué más?
—Están vencidos. Apenas quedan algunos supervivientes por ahí. También ha sido arrasada la pequeña base militar que existía a poca distancia de aquí. Te vi examinando el Wyharga. ¿Qué te ha parecido?
—Horrible. Parecía una serpiente con piernas y brazos.
—Entonces debe ser un fulzahunz.
—¿Un qué?
—Un falzahunz, una minoría casi extinguida, unas criaturas detestables. A mi pueblo nunca le gustó comerciar con las escasas comunidades de esta raza que sobrevivieron.
Tome mi charretera y la ajusté con nerviosismo al hombro. Casi tuve miedo cuando apreté el nódulo que clavaba en mi carne un filamento. Me pregunté qué podía pasarme si seguía dando vueltas al tornillo hasta que la última aguja se me incrustara. Esshei nos había advertido que no lo hiciéramos. ¿Por qué? ¿Peligraría realmente mi vida, o al tener los cinco filamentos dentro de mi cuerpo obtendría un poder más grande que el que a ella le convenía?
—Volvamos —dije.
Acaricié las diminutas esferas, el Vínculo se elevó, y por un momento creí recibir una llamada de Esshei. No fue clara, y esperé un nuevo intento. Me pareció escuchar que me pedía que regresáramos inmediatamente. Vaya, al final se había comunicado conmigo, a pesar de haberme dicho que si me alejaba demasiado no podría hacerlo. Debía estar muy preocupada.
—¿En qué estás pensando, amigo Ray?
Sacudí la cabeza para echar de ella el ligero malestar que me estaba invadiendo.
—Esa figura, la del Wygharga, me recordaba algo, y ahora sé dónde la vi antes. Yo me estaba muriendo, estaba cosido a bocados de los tramis. Entonces apareció Stenzel, llevando oculta la cabeza en un casco muy parecido al de esa serpiente con piernas y brazos...
Solté un grito. Otra vez escuchaba a Esshei, su voz era muy poco clara en mi mente. Entonces, súbitamente capté otras voces. Eran voces humanas, hablando en inglés.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Smith, acercando su asiento al mío.
—Nada. Ya pasó. Es... Es como si me hubiera metido en un sitio donde no había sido invitado. —Sonreí, turbado—. Y me han echado... Sí, creo que me han dado la patada.
¿Qué había escuchado realmente? Ahora no recibía nada, ni siquiera la dulce presencia de Esshei apremiándome a volver. Había oído dos voces, y una decía algo referente a... ¡Griffin!
—...Ya sabes lo que ha pasado. Te lo he contado todo, sin omitir nada. Pensé que debías saberlo.
—De todas maneras, sigo opinando que debisteis venir aquí directamente.
—Yo me hubiera opuesto.
—Sí, claro. Tu hermano. Siento que no os hayáis reunido.
—Además, Kirschner tenía prisa por encontrar a la gente. Bueno, su interés era exclusivamente por los Pfaumann.
—Un chico muy humanitario.
—Seguro que ahora te estás riendo.
—No, en absoluto. Dime, Joshua, ¿por qué faltaste a la cita del anterior ciclo? He estado muy preocupado.
—¿Crees que se me olvidó? Lo intenté, de veras, pero no me respondiste. Jesús, yo sí que me asusté, porque pensé que había cometido un error y ya no podría comunicarme contigo. ¿Qué piensas que ha podido ocurrir?
—Quizá esos intrusos de las estelas verdes tuvieron la culpa, crearon una especie de interferencia, no sé. Bien, hablemos de nosotros. ¿Cuándo pensáis partir de la Morada?
—Kirschner dice que mañana al amanecer. No le gusta volar de noche.
—De acuerdo. Si, debéis ser prudentes. Siento la muerte de esos muchachos. Ahora, con un solo helicóptero, es aconsejable que toméis mayores precauciones.
—Nos gustaría saber qué son esos cometas verdes, quiénes los tripulan. Sigo lamentado que Kirschner los atacara.
—No estoy capacitado para recriminar vuestra acción o alabarla.
—¿Qué piensas tú?
—¿De qué?
—Hombre, de las conclusiones que han sacado algunos, si es cierto que esos vehículos que vuelan envueltos en gas verde tienen miedo de los ankaris.
—Lo ignoro. Pero, por lo que has contado de esas criaturas, dudo que sientan alguna clase de respeto. Pienso que para que te respeten debes demostrar una fuerza, y según tú, los ankaris no tienen ninguna. Pero han debido sentir miedo, y por eso no atacaron.
—Apenas descendimos se largaron. No creo que fuera una coincidencia. Y a Kirschner ya no hay quien le quite de la cabeza que existe un pacto de no agresión entre los ankaris, los inyindanis y esos tipos. Por lo tanto, sospecho que él maquina algo.
—A mí no me han dejado tranquilo últimamente. Hasta hace un momento estuvieron revoloteando alrededor de la zona. Me tenían harto, de veras. Al principio, lo confieso, me desconcertaron y hasta me dieron miedo.
—El tiempo pasa, amigo, y debemos dejar bien claros algunos movimientos. ¿Qué instrucciones tienes para el piloto?
—Puesto que ya has anotado a dónde debéis dirigiros, ahora es necesario que hagamos coincidir vuestra aproximación con el siguiente ciclo, dentro de doce horas. Por lo tanto, el contacto será corto, no como éste. Ya lo sabes.
—Lo sé. Un ciclo pequeño y otro extenso, como siempre. El próximo será corto. No te preocupes; lo aprovecharemos.
—Estupendo. A través de ti guiaré al piloto a la zona. Tendrá que obedecerme sin discutir mis instrucciones, por muy extrañas que os parezcan.
—De acuerdo. Me temo que él tiempo se acaba. Hemos hablado mucho. Es la primera vez que lo hacemos, y parece como si nos conociéramos de años.
—Pronto nos veremos. Siento que Griffin no haya querido venir.
—Es un viejo cobarde.
—No te burles de él.
—Claro que no. Bromeaba. Yo le admiro... Escúchame...
—¿Titubeas?
—Sí, maldita sea. Resulta increíble, pero es imposible tratar de engañarte.
—Yo tampoco podría engañarte, Joshua.
—Ahora comprendo por qué Griffin tenía tanta fe en ti, a pesar de que nunca quisiste decirle tu nombre. Hablar con alguien de esta forma es como abrirle el alma, no caben los engaños, no se puede mentir; sólo silenciar las respuestas. ¿Por qué no sueltas de una vez quién eres? Vaya, te ríes otra vez-
—Voy a explicarte algo. Desde el primer momento, Gríffin pensó que soy un ser fabuloso, y por eso depositó su confianza en mí. ¿Me equivoco?
—No, creo que no. Sigue.
—Al rodearme yo de un misterio, hice que Gerald no dudara ni un momento de cuanto le decía, y me creyó cuando le comuniqué que podía desarrollar un sistema para traeros aquí. Debía pensar que soy el ser más inteligente de la Creación. A pesar de todo, nos equivocamos en algunas cosas, por supuesto sin proponérnoslo. Por ejemplo, yo creí entonces que él estaba loco por volver a este mundo.
—Y lo estaba. Sí, hubo un momento en que consideró seriamente la posibilidad de venir, pero el miedo que pasó en este horrible lugar acabó venciéndole y desistió... Hey, ¿me estás insinuando que si me dijeras quién eres realmente yo dejaría de tenerte confianza? ¿Tan vulgar y feo eres?
—Algo hay de todo eso.
—Otra vez te ríes. Oye, siempre he creído que eras humano. Mira, si no lo eres y tienes el aspecto de un pulpo o de una babosa, deberías advertirlo para que no nos asustemos cuando estemos al fin frente a frente.
—¿Cómo no vas a hacerme reír con esas cosas que dices? Estoy a punto de desternillarme de risa. Bien, seamos serios. Espera unas horas y lo comprenderás todo.
—Como quieras. Resulta curioso. Gríffin me explicó que al recibir tus mensajes notaba en ellos cuándo estabas alegre o preocupado, incluso sabía si te reías o no. Por ejemplo, ahora siento que algo te divierte, te regocija.
—Sí. Tengo un ratoncito correteando por ahí.
—¿Un ratón?
—Debía decir un pajarito. Llegó volando y lo recogí.
—Te burlas de mí.
—De ningún modo. Oye, esto se acaba.
—Espera. Dime qué ocurriría si demorásemos el encuentro para dentro de dos ciclos.
—¿Por qué?... Ah, ya. Tu hermano Roger no ha vuelto. ¿De verdad quieres posponerlo?
—No. Tendría que convencer a Kirschner.
—¿No sois tú y ese hombre, Luis Castro, los que dirigís la operación?
—Eso acordamos, pero Kirschner ha tomado el mando. No es que haya dado un golpe de estado, pero estoy seguro de que no permitiría que le discutiéramos sus órdenes. Además, si yo alterara los planes por causa de mi hermano, para esperarle unas horas más, Castro podría sentirse agraviado, ya que él no insistió en quedarse cerca de donde aparecimos para buscar a su hermana.
—Sí, lo entiendo. De todas formas puedes dejar un mensaje a los ankaris, para que le digan a tu hermano cuando vuelva dónde tiene que dirigirse para encontrarse contigo. Creo que yo podría detectar la aproximación de esos aparatos voladores tan extraños que llaman Vínculos. Demonios, esto está en el límite. Hasta la vista, Joshua.
—Dentro de doce horas, amigo.
—De acuerdo...


23.- EL IDIOMA DE ISRAEL

Kirschner se balanceaba sobre las puntas de sus botas. Cuando Joshua Stolberg se enderezó y se frotó los ojos, le preguntó ansiosamente:
—¿Ya está? —Trazó una sonrisa—. Es como si escuchara a alguien hablar por teléfono y no me enterara de lo que dice el otro.
Joshua parpadeó. Dejó que Luis Castro le ayudara a incorporarse.
—No me he dado cuenta de que hablaba en voz alta —dijo, turbado—. Griffin siempre lo hacía cuando se comunicaba, pero yo pensaba que era una chochera del viejo, y que a mí no me ocurriría.
El alemán echó hacia atrás su gorra y se acuclilló delante de Joshua.
—Bien, quiero que me cuentes todo lo que te ha dicho tu misterioso amigo, humano o insecto. ¿Te hablaba en inglés, alemán o en chino?
Joshua se quitó la charretera y la guardó cuidadosamente en la bolsa que tenía especialmente reservada para ella.
—En hebreo —replicó.
Luis estaba a su lado, y no pudo evitar dar un respingo. Pasada la sorpresa, estuvo a punto de soltar una carcajada, pero al ver que Guido no movía un solo músculo de su sonriente rostro pensó que el alemán no había captado la carga de ironía que había en la respuesta del norteamericano.
—¿Tú hablas hebreo? —preguntó el alemán.
Luis resopló. No, Kirschner no había entendido nada. Creía realmente que el comunicante de Joshua se había expresado en el idioma de Israel. Mejor, pensó. Esperó impaciente cómo se las apañaba Joshua para salir del paso.
—Aparte de haber escuchado un saludo en hebreo, el resto de la comunicación ha sido una sucesión imágenes y palabras en varios idiomas, predominando el inglés —replicó Joshua. Hizo con disimulo un guiño a Luis, como diciéndole que no se preocupara.
Pero Castro agitó la cabeza. Confiaba que Stolberg comprendiera que le censuraba lo que había hecho después de que le hubiera aconsejado que no se podía jugar con los alemanes.
—Entonces, ¿seguimos sin saber qué nos espera respecto a nuestro portero? —inquirió Kirschner.
El alemán lo llamaba «el portero» desde el día que Griffin le explicó que tenía un enlace en Elajah, porque decía, en un extraño rasgo de fugaz humor, que les iba a abrir ceremoniosamente las puertas al mundo gris.
—Creo que es humano, pero después de haber visto a los ankaris... No sé qué pensar. Todo lo que en la Tierra es imposible aquí puede convertirse en realidad —aseguró Joshua. Miró parpadeando a su alrededor. Las luces que surgían de las viviendas que utilizaban los hombres y mujeres del grupo de Rosenman eran color rosa pastel. Los cielos apenas estaban parcialmente iluminados aquella tarde, a punto ya de cerrarse la noche, y el paisaje en torno a la Meseta era hermosamente horrible.
Guido le agarró de un brazo y le condujo al sendero que conducía al claro donde estaba el helicóptero. Allí había sido trasladado el matrimonio Pfaumann y esperaban los demás alemanes. Luis les vio alejarse, y escuchó al jefe del grupo pedir a Joshua:
—Ahora quiero que me repitas cada palabra, o lo que sea, que te haya dicho el portero.
—Lo importante es que tenemos que estar mañana, dentro de doce horas exactamente, sobrevolando las coordenadas de las Azores en la Tierra... —tuvo tiempo Luis de escuchar a Joshua.
Se encogió de hombros. Un rato antes había estado curioseando las viviendas de las Familias y observando a los ankaris. Intentó hablarles, pero sus respuestas en inglés y español fueron escuetas, y acabó pensando que el vocabulario de que disponía aquella gente aún era muy restringido o no querían intimar con él, con nadie de los recién llegados. Luego apareció Kirschner y le dijo que había tomado la decisión de que ninguno de ellos se acercase a los ankaris.
—Debemos ser prudentes, Castro —añadió el alemán, tratando de suavizar con una sonrisa su actitud intransigente—. No podemos correr el riesgo de cometer un error y ofenderles en algo. No son salvajes.
Y Luis le soltó en su cara una carcajada.
—¿Salvajes? ¡Dios mío, si estas criaturas están a años luz de distancia de nosotros!
Kirschner dejó de sonreír y palideció un poco.
—No tanto, no creas. Quizá fueron inteligentes alguna vez, pero ahora son seres indefensos. Lo han demostrado, ¿no?
Luis rebuscó en los bolsillos de su guerrera, sacó una cajita de cartón donde conservaba algunos cigarros, y encendió uno.
—¿Admites que has fracasado? —preguntó, estudiando al alemán de reojo.
—¿Qué quieres decir?
—Antes les preguntaste por la Bóveda, y ante su silencio corriste a pedirle a Rosenman que te mostrara el camino para llegar a ella.
—Rosenman me acompañó a su entrada —contestó secamente Kirschner—. Estaba cerrada, no había el menor rastro en el suelo de esas luces que ascienden y bajan. Quizá no funcione sin esa muchacha llamada Esshei, la Eiyen Darai.
—Tienes una excelente memoria para recordar todo el libro inédito de Griffin y Kanable.
—Tengo memoria para todo, no lo olvides.
—Y mucho interés por la Bóveda. Seguro que una vez en ella admitirías que esta gente dejó de hurgar en los misterios del átomo hace milenios porque es una ciencia demasiado tosca.
—Pero conserva todo su pasado —rió Kirschner—. Al menos tienen todos sus tesoros científicos, esos millones de valiosos prototipos que pueden hacer que adquieran de nuevo su tamaño natural.
—Un pueblo culto nunca renuncia a su pasado.
—En eso estamos de acuerdo.
—Y no olvida nada de su historia, buena o mala.
—¿A qué te refieres?
Luis se encogió de hombros. Fingió contemplar la brasa de su cigarro.
—También mi país tiene una parte de su pasado que le gustaría olvidar.
Kirschner se quedó un rato en silencio, hasta que acabó diciendo que tenía que decidir con sus hombres a qué hora sería la marcha y se retiró.
Luis se sentía cada vez más incómodo en presencia de Guido. Quizás estaba equivocado, y los malditos fantasmas del pasado eran los únicos culpables de sus resentimientos. Aunque hacía denodados esfuerzos por olvidarlos, siempre acudían a su memoria vestidos con uniformes de la Gestapo. Veía rostros crueles que se paseaban por aquel pequeño pueblo francés cercano a la frontera con Alemania; y entre la multitud que era empujada al muro siempre veía a su abuelo, uno de los españoles que aquel día fueron apresados para ser inmolado junto a cientos de franceses inocentes.
Inspiró con fuerza para renovar el aire de sus pulmones. Tenía que hacer un esfuerzo, o sus prejuicios le conducirían a una situación de la que le costaría salir. Trató de olvidar su tirante conversación con Guido, y se dijo que tal vez le estaba juzgando equivocadamente. Estuvo observándole hasta que desapareció por el sendero en compañía de Joshua.
Escuchó un silbido, y volvió la cabeza. Desde el centro de la U que formaban las viviendas, Michael Davis le estaba haciendo señas de que se acercara. Las mujeres y Rosenman habían dispuesto una cena sobre una manta. Vio platos con jaleas y vasos de cerámica llenos de vino.
—Acerqúese, señor Castro —le llamó Peggy Brunner.
—Gracias —dijo él, mientras se sentaba sobre el césped naranja.
Miró a todos, uno por uno. No sabía qué hacer con su cigarro. Se le antojaba una inmoralidad aplastarlo en la hierba. Con disimulo, apagó la brasa en la suela de su bota y se guardó el resto. Seguía sin apartar la vista del grupo. Rose Lorah bromeaba con Michael mientras repartía la comida. Vio pasar los platos, uno acabó en sus manos, y Christine Stanley le entregó un vaso de vino.
—La comida es ankari —explicó Rosenman—, pero no el vino. Para celebrar su llegada hemos sacado las tres últimas botellas que nos quedaban. Una se la regalamos a Reinfeld, creo que se llama así. Pero ellos prefieren comer de sus raciones. ¿Usted no?
—Seguro que el señor Castro prefiere nuestra compañía —rió Anne Zerder—. Tu dirás lo que quieras, cariño, pero él y el norteamericano son los únicos que me caen simpáticos.
—Anne, por favor...
—No, Ken, no te hago el favor. Este comando al estilo de Hollywood me molesta. Han venido a por los viejos, ¿no? Sólo les interesan ellos, y a nosotros que nos parta un rayo. ¿Crees que nos sacarán de aquí?
Kenneth entornó los ojos. Luis le miró y comprendió que estaba preocupado, aunque intentara aparentar lo contrario.
Probó la jalea. Le gustó, a pesar de encontrarla un poco dulce. Luego saboreó el vino, un jerez blanco.
Se hallaba algo nervioso, y comprendió a qué se debía. Cuando leyó Elajah, el Otro lado, conoció en las páginas del libro a todas estas personas que ahora compartían con él la extraña comida. Más tarde volvió a saber de ellas en el manuscrito que le permitieron leer en Londres. Ahora le costaba creer que no eran personajes de ficción, sino reales. Al mirar a Rose llegó a enrojecer, recordando su aventura con Raymond, primitiva y desesperada. Vulgar. En seguida pasó a estudiar a Chris. La mujer, si eran ciertas las insinuaciones de los dos relatos, estaba enamorada de Kanable, aunque ella no confiaba en que él olvidara a Esshei.
Kanable. ¿Por qué no llamarle Carlos Cebral, su verdadero nombre? Al parecer ninguno de los presentes sabía mucho del pasado de Cebral. No sería él quien se lo dijera.
Ojalá volvieran los Vínculos antes de que ellos partieran, pensó nerviosamente. Estaba deseando conocer a los demás miembros del grupo. Kanable y Esshei despertaban su curiosidad. Y también estaba Pat. Y ojalá volvieran pronto, porque por nada del mundo le gustaría perderse el momento en que los dos Stolberg se abrazaran.
—¿Le ocurre algo, señor Castro? —le preguntó Chris—. ¿No le gusta la comida?
Luis se sobresaltó. Sonrió, disculpándose.
—Me gusta muchísimo. Estaba pensando.
—¿Podemos saber en qué pensaba? Parecía haberse olvidado de que está en Elajah.
—¿Olvidarme de dónde estoy? Dios mío, no podría. Precisamente me distraje tratando de hacerme a la idea de que estoy aquí y delante de ustedes. Les conocía y sabía sus nombres.
Michael Davis soltó una carcajada.
—Sí, somos famosos en el mundo entero. Cuando regresemos no nos dejarán caminar por las calles. Creo que no volveré a conducir un autobús.
—¿Cómo vamos a volver, señor Castro? —preguntó la señora Peggy—. Tengo entendido que han venido voluntariamente.
Mirando a Luis, Chris dijo:
—Estos caballeros han encontrado en Elajah a un ser misterioso que les ha mostrado el camino.
—¿De veras? —exclamó la pelirroja, haciendo un mohín. Soltó una risita como de niña tímida y preguntó, temerosa—: ¿Puede decirme cómo es ese camino?
—Querida Peggy —dijo Chris—, sobrevolaron una zona de la Tierra donde se produjo un cambio a la inversa que fue provocado desde aquí. Suponemos que piensan volver a la Tierra usando el mismo sistema. ¿Me equivoco, señor Castro?
Luis apartó de sus labios el vaso de vino y negó con la cabeza.
—No se equivoca, Christine. Pero no me pregunten por los detalles, porque los ignoro.
—Sin embargo —dijo Rosenman—, ustedes van a ir a un punto que es el mismo donde nosotros sabemos que existe una torre o columna de piedra. ¿Está allí ese hombre o demonio del que tan poco conocen y que nos devolverá a la Tierra?
—Supongo que sí. No sabía que las coordenadas que nos daría ese enigmático ser corresponderían a la situación de la Columna. Lo más probable es que el portero, como le llama Kirschner, viva en ella.
—Y no saben quién es —jadeó Ken.
—No. A pesar de que ha admitido ser humano, yo tengo mis dudas, amigos.
—Kanable sospecha que en esa Columna está la clave del misterio que envuelve Elajah, señor Castro. Apenas regresó me habló de su descubrimiento, y me propuso viajar a ella para investigarla. Al parecer, no se equivocó.
—Tal vez —admitió Luis—. Hay demasiados seres no terrestres en este mundo. ¿Por qué no ha podido ocurrir que alguien llegara de otro mundo que no es ninguno de los conocidos?
—¿Incluye a las criaturas que tripulan los cometas, acaso cree que una de ellas puede ser su enlace?
—Podría haber en este mundo muchas más islas aparte de las llegadas de la Tierra, Ankar, Inyindan y Vrow. En algún lugar puede estar el territorio del que proceden los cometas verdes.
—Sí, ¿por qué no? —Ken tomó la botella y se echó un poco más de jerez—. Y cada raza que aparece es peor que la anterior. Cuando conocimos a los inyindanis, creímos que no podía haber seres más horribles y sanguinarios que ellos, hasta que supimos de los vrowes, y apenas sufrimos las consecuencias de su ferocidad, surgieron esas naves envueltas en fulgor verde que les atacaron como si fueran sus peores enemigos.
Luis fue a hablar, pero Chris se le adelantó y le preguntó:
—Señor Castro, si el hombre o lo que sea que mora en la Columna posee el poder de restablecer el orden de las cosas, haciendo que cada masa de terreno vuelva a su mundo de origen, ¿por qué no ha hecho un trabajo completo?
—¿Quiere decir por qué no ha restituido todas las zonas robadas a la Tierra?
—Sí, eso es. ¿Por qué se ha limitado a reponer una sola isla, la que ustedes eligieron para venir aquí?
—Creo que necesita de nuestra ayuda. No puede hacer él solo un trabajo tan complicado. Pero no me hagan caso. La verdad es que no sé la respuesta. —Luis dejó su plato casi vacío sobre el mantel—. Todo esto me lleva a pensar que en la Columna Azul tiene que existir algún mecanismo o poder que puede reparar los daños causados. Si ustedes hubieran llegado a ella antes que nadie, encontrándola vacía, y hubiesen descubierto lo que tenían a su alcance, ¿habrían procedido de inmediato a restablecer el orden de las cosas, o hubieran esperado hasta comprenderlo mejor todo?
Rosenman le ofreció más vino, y Luis le acercó su vaso para que se lo llenara.
—Parece usted una buena persona, señor Castro —dijo Chris—. Quizá debería convencer a Kirschner para que no intente llevarse con él ninguna garantía.
Luis puso un gesto de extrañeza, y vio de reojo el disgusto que se reflejó en el rostro de Rosenman. Creyó interpretarlo como desacuerdo con lo que Chris acababa de decirle.
—¿Garantías? —inquirió, mirando a todos.
—Sí —gruñó Rosenman—. ¿No se lo ha dicho esa especie de Otto Skorzeny? Él ha volado a un sitio mucho mucho más peligroso que al Gran Saso para rescatar a Mussolini, que en este caso son los Pfaumann. Ahora quiere volver al cuartel general para recibir las felicitaciones, pero tiene que empezar viajando a la Columna, y como teme ser atacado por los vehículos verdes, ha entendido que no molestan a los ankaris y está dispuesto a llevarse a varios con él.
Michael Davis dijo:
—No nos preocupa que nos dejen aquí, somos seis y no cabríamos en el helicóptero, pero nos parece una salvajada, un acto de fuerza, que, además de los Pfaumann, se lleven a una pareja de ankaris. Tendrán que obligarles, porque ellos no les acompañarán voluntariamente.
—¿Están seguros de lo que dicen?
—Lo comentaban entre ellos en alemán —dijo Rosenman—. Pero yo les entendí porque hablo su idioma. ¿Qué se proponen realmente esos hombres, señor Castro?
Luis se sintió molesto con todas aquellas miradas convergiendo en su persona, y sobre todo porque no sabía qué responder. Sin embargo, pensó que Kirschner estaba deseando que llegara el momento de la partida. Le fastidiría muchísimo que los Vínculos volvieran antes de que él y sus hombres mostraran una parte de su juego. Temía a la Eiyen Daray Esshei, a Kanable, a Roger Stolberg y a Val, estaban armados, y no había ninguna duda de que se opondrían a que los alemanes utilizaran a los ankaris como escudos protectores.
—Si he de ser sincero —añadió Rosenman—, también le escuché decir que volverían aquí. No tienen intención de dejarnos abandonados.
Claro que volverían, pensó Luis mirando la hierba, como si sus ojos fueran capaces de trapasar la tierra donde crecía y llegar hasta la Bóveda. Nadie sabía lo que encontrarían en la Columna Azul, pero todos conocían los tesoros que guardaba la Meseta.


24.- UNA MÁQUINA OSCURA

El túnel la condujo a un lugar mucho más extraño que el que acababa de visitar. Le parecía mayor, de unas dimensiones que al principio pensó eran inalcanzables para su vista, y esto la llenó de desconcierto. Había calculado aproximadamente cuáles podían ser las medidas externas de la Columna, y aquella sala donde estaba no encajaba de ninguna manera dentro de ella. Era como si hubiera una caja de zapatos dentro de una cajita de cerillas.
Se agazapó junto a la entrada. De repente sintió un gran cansancio; le dolía todo el cuerpo, y la cabeza empezaba a zumbarle como si dentro tuviera un enjambre de abejas.
Las luces allí eran escasas, sólo algunas zonas estaban iluminadas de amarillo, y apenas podía entrever las complicadas formas que se alzaban del bruñido suelo, algunas hasta alcanzar el difuminado techo. Olía a cerrado y a moho. Tan sólo cuando abrió la puerta, una hoja de liviano metal que cedió apenas la empujó, el aire del tobogán purificó un poco la atmósfera próxima a la entrada.
Tenía mucha sed. Tragó saliva y chasqueó la lengua.
Antes de proseguir el descenso, necesitaba descansar al menos unas horas.
Trató de adivinar para qué servía una máquina oscura a la que un foco de luz apenas le permitía ver sus contornos. Era enorme. Luego descubrió que de ella salían tubos que se ocultaban en el techo. Más adelante, otros tubos descendían sobre otras piezas. Se preguntó si todo cuanto allí había estaba ínterconectado.
Un leve ruido a sus espaldas interrumpió sus reflexiones. Se arrastró hasta la puerta y miró al túnel que terminaba en el tobogán. Sí, no cabía duda de que el sonido procedía de allí.
Ana medio se incorporó, alejándose de la entrada, y retrocedió. De pronto tropezó con algo sólido y frío. Giró la cabeza. Era la gran máquina que había llamado su atención. Al tocarla, sintió que vibraba suavemente. No se agitaba, sino que cada trozo de metal parecía estar magnetizado, produciendo en su piel un cosquilleo, como si rozara la pantalla de un televisor. Retiró la mano y se la frotó.
Volvió a escuchar ruidos. Lo que fuera se estaba acercando. Pronto comprendió que eran los pasos de alguien que intentaba ser cauteloso. Se escondió detrás de la máquina, procurando no rozarla. Cuando volvieron a sonar las pisadas, ahora dentro del túnel, asomó la cabeza.
La luz que procedía del tobogán era más potente que la de la sala, y en el hueco del túnel se había dibujado una figura.
Ana se quedó sin respiración, preguntándose si debía salir y darse a conocer. Forzó la vista, y apenas logró apreciar los rasgos, aparentemente humanos, del desconocido que se había quedado parado y escrutando la sala desde la salida del túnel.
La voz que sonó a continuación la sacudió como si la hubiera golpeado en el rostro, en el pecho, en todo su cuerpo:
—Vamos, sal, pajarito. Sé que estás escondido aquí.
Le costó entenderle. Le había hablado en un inglés difícil. Era un hombre, de eso estaba seguro, pero se dijo en seguida que estaba en Elajah, y que allí un ser con apariencia humana podía ser peligroso. Ya había sufrido con Stenzel una amarga experiencia. El holandés se había aliado con extrañas criaturas y se comportaba corno si fuera una más de ellas, y dedicaba sus esfuerzos a acabar con cuantos humanos se pusieran a su alcance.
—¿Es que no me has oído o no me entiendes?
La muchacha hizo acopio de valor y echó enérgicamente la cabeza atrás. ¿Qué endiablado acento tenía aquel individuo? Le vio dar otro paso, salir de la luz que se proyectaba a sus espaldas, y entrar en el campo alumbrado por uno de los focos del techo. Le observó mejor.
—Ah, estás ahí —escuchó que decía el otro con tono de burla—. Venga, no voy a esperarte todo el día, pajarito.
Ana se apartó temblando de la máquina, avanzó un paso, y volvió a detenerse. Miraba absorta al nombre que tenía delante. Era de estatura mediana, fornido, y su rostro estaba lleno de pecas. Su alborotada cabellera era oscura. Vestía unos calzones cortos y llevaba, poco elegantemente, una especie de chaleco muy largo. Sus prendas eran de color amarillo, tornasoladas, y brillaban tenuemente.
—¿Es que nunca vas a venir aquí? —gruñó el desconocido—. ¿Te has meado de miedo?
Ana caminó hacia él lo más erguida posible. Se detuvo al llegar a poco menos de dos metros del hombre.
—Usted... Usted es de la Tierra —musitó.
—Eso está por ver, amiguito —Soltó una carcajada que distendió los nervios de Ana; vio una dentadura casi entera, notando la falta de un diente—. Pero bueno... ¡Si es una chica! Una chica flacucha y sucia. ¿Quién demonios eres, y qué hacías a bordo de un merodeador?
—Me llamo Ana Castro, señor.
—¿Suramericana? Maldita sea, ¿dónde he escuchado tu apellido?
—Española, señor.
El hombre soltó una carcajada.
—Sorprendente —dijo—. Creo que dentro de un rato tendrás una sorpresa, pequeña. Pero no ahora. No quiero que te desmayes. Tendría que cogerte en brazos, y estás demasiado sucia.
—¿Puedo preguntarle quién es usted y cómo ha llegado hasta aquí?
—Esperaba ser yo quien te lo preguntara. Sé que te caíste del merodeador. Me sorprendió mucho cuando vi que el campo de fuerza no te rechazaba.
—¿Se sorprendió? ¿Vio cuando me arrojé?
—¿Te arrojaste? ¿Por qué?
—Quería huir.
—Vaya, esto se pone interesante. Creo que tú y yo tenemos que hablar largo y tendido, pajarita.
—¿Por qué me ha estado llamando pajarito?
—Viniste volando, ¿no? El campo no permite que nada inorgánico lo cruce, pero al parecer no actúa contra algo vivo. Cuando te vi caer, hice que bajaras despacito y no te abrieras la cabeza. Mierda, debí habérmelo figurado. Lo que te ha ocurrido me ha abierto mucho los ojos.
—Me alegro, señor. Oiga, ¿no tendría por casualidad un poco de agua?
—¿Para beber o para bañarte? —El hombre arrugó la nariz—. Chica, hueles fatal. Creo que la necesitarás para las dos cosas. Vamos, sígueme.
Ana no se movió. El otro, al llegar a la entrada del túnel, se volvió.
—¿Qué te pasa ahora?
—Dígame quién es usted y dónde estoy. ¿Y qué sorpresa voy a tener?
El hombre se rascó el pecho, ladeó ligeramente la cabeza y dijo:
—Teniendo en cuenta lo que hay fuera, esto es el edén, pajarita. En cuanto a mí... Bien, me llamo Jonathan Silberstein, y soy de la Tierra, claro. Y en cuanto a la sorpresa, mejor es que esperes, pero seguro que te gustará, confía en mí. ¿Tu sesera continúa tan aturdida que sigues creyendo que soy un marciano?
—Un marciano no; pero al verle aparecer pensé que era uno de esos guerreros, aunque sin armadura, que vuelan en los cometas verdes.
—Sí, los merodeadores parecen cometas, de acuerdo. Tú ibas en uno, pero no perteneces a su tripulación. Ya me dirás que hacías con ellos. Ahora quiero que me expliques qué clase de gente son.
Ana alzó un dedo al techo.
—Se parecen a esa estatua con armadura que hay arriba, en la otra sala.
—¡Por Yahvé! —exclamó el hombre—. Esto complica las cosas. ¡Debí suponer que acabarían viniendo, que ellos eran los merodeadores!
—¿Quiénes, señor?
Ana estaba asustada. La turbación de Silberstein era tan grande que sintió que se le oprimía el corazón al verle en semejante estado.
—Ahora lo comprendo todo, y cada elemento encaja —dijo, golpeándose los puños—. Soy un estúpido. Estaba obligado a vaticinar lo que está pasando. Ahora es difícil evitar un final desastroso.
Dio la espalda a Ana y echó a andar por el túnel a grandes zancadas. La muchacha corrió detrás de él, gritándole:
—¿Pero quiénes son, señor?
—¡La peste de esta parte del Cosmos, pajarita! ¡Ellos son los Wyhargas, el azote de Dios, los cuatro jinetes del Apocalipsis, la destrucción cubierta de radiante oro que oculta los cuerpos horrendos de los seres enviados por Lucifer para acabar con la obra del Señor!
Antes de que avistaran la granítica Columna Azul, contemplaron la gran estatua que se alzaba a cientos de metros de ellos.
—¡Desacelera! —gritó Stenzel al piloto—. Quiero verla bien.
El vehículo aminoró la velocidad. A su alrededor volaban docenas de cometas, formando escuadrones perfectamente sincronizados.
El capitán volvió la cabeza hacia el holandés.
—Ha vencido al tiempo —dijo, con un atisbo de regocijo—. Está casi entera, no ha caído como la otra. Es gemela de aquélla, pero está casi intacta. No recuerdo la última vez que la vi. Es hermosa.
—Sí, es hermosa —admitió Stenzel. Adelantó el cuerpo sobre la imagen de la pantalla, admirando la gran obra.
La estatua de casi quinientos metros de altura era un Wyharga en actitud vigilante, con el casco ligeramente elevado al cielo. Sólo le faltaba la mitad del brazo derecho, precisamente el que sostenía su gran arma de combate. Stenzel lo vio caído a poca distancia, entre un montón de rocas desprendidas del pedestal.
Había sido una sorpresa para él encontrar la estatua en la ruta hacia la segunda Columna. Los muñones de las piernas que viera en las proximidades de la otra Columna, a la que no pudieron acceder, no le llamaron la atención, y no se preguntó qué deidad pudo haber representado en el pasado de Elajah. La explicación tampoco estaba en los conocimientos que inundaban su mente. Acarició el negro y cada vez más cálido metal, y rozó el nódulo que aún no había pulsado para que el quinto filamento penetrara en su hombro. Tendría que decidirse pronto a completar su unión con la charretera. No podía permanecer por más tiempo ignorando muchas cosas si quería llevar sus proyectos hasta sus últimas consecuencias.
—¿Proseguimos, señor? —le preguntó el capitán—. Los otros jefes quieren saber si nuestro objetivo continúa siendo la Columna.
Stenzel le hizo ademán de que esperase. Tenía que pensar rápidamente. La unidad se desplazaba muy lentamente hacia la estatua, en dirección a la gran cabeza de aspecto insectoide carente de las antenas, otro deterioro ocasionado por el tiempo.
—¿Las estatuas fueron alzadas en vuestro honor? —preguntó Stenzel, señalando el coloso de piedra y acero.
Esperó la respuesta, y mientras lo hacía se fijó en el signo que llevaba la figura, bastante erosionado, en el pecho: el Signo Primitivo que viera ostentar a una de las tribus inyindanis.
—Es en honor a la condición Wyharga, señor. A nuestra condición. Tú tienes que sentir más emoción que yo. Eres un portador del Alto Distintivo.
Stenzel tembló. Había notado en la ronca voz del capitán una fuerte carga de ironía. Temió estar perdiendo su respeto.
—Adelante —dijo—. Volemos a la Columna.
—Será tan inaccesible como la otra, señor.
Pensó en contestar que, si ocurría así, estaba dispuesto a ordenar a todas las unidades que le daban escolta que abrieran fuego contra la plataforma. Necesitaba entrar en la Columna a toda costa. Le iban demasiadas cosas en ello.
La unidad rodeó la cabeza de la estatua y aumentó la velocidad. Adrián escuchó al capitán emitir sus instrucciones a las restantes unidades, y vio por las pantallas laterales que docenas de estelas les seguían.
A lo lejos apareció la turbia imagen de la nueva Columna. Stenzel fijó su mirada en ella y, mientras apreciaba cómo iba aumentando de tamaño, reflexionó en lo ocurrido durante el largo viaje efectuado desde el otro lado del planeta. Habían sobrevolado cientos de islas, la mayoría procedentes de la Tierra, bastantes de Inyindan, pero ninguna otra de Vrow. Volaron hacia el oeste, y a unos mil kilómetros del teórico punto de las Azores descubrieron una Meseta. Era la misma que visitó meses atrás y donde encontró muertos a todos los miembros de la Familia. Aparte ésta, ninguna nueva muestra de Ankar apareció en las llanuras.
A partir de la distancia equivalente en Elajah a las costas americanas en la Tierra, toda isla que sobrevolaron, terrestre o inyindani, fue una sorpresa para él, y provocó un conato de rabia en el capitán.
La causa fue que cada área de Inyindan o de la Tierra situada más allá del hemisferio cuyo centro era la Columna enclavada en las Azores les ofreció un dantesco paraje de tierras y bosques revueltos, como si todo hubiera sido removido por un violento terremoto.
Lo primero que pensó Stenzel fue que las unidades Wyhargas se habían ocupado de destruir todas las islas, pero el capitán lo negó vigorosamente, dando cabezadas a un lado y otro, y añadiendo que hasta allí no había llegado ninguno de sus subordinados.
Las unidades habían estado llegando a Elajah durante varias horas y espaciadamente, pero todas entraron dentro de los límites de un área de unos mil kilómetros y alrededor de la primera Columna, y la usaron como punto de partida para recorrer grandes extensiones, arrasando todo terreno desarraigado de su mundo de origen.
Stenzel dividió mentalmente Elajah en dos hemisferios, cada uno dominado por una Columna. En el hemisferio uno, para definirlo de alguna manera, las islas aparecieron intactas, y así estuvieron hasta el momento en que fueron atacadas por las unidades. El hemisferio dos mostraba, inexplicablemente, todas las islas convertidas en masas casi irreconocibles. ¿Por qué, por qué?
La desaceleración brusca de la unidad le arrancó violentamente de sus meditaciones. En la pantalla central, la Columna aparecía ya muy cerca. El capitán tenía vuelta la cabeza hacia él, y sus ojos le miraban en negro profundo tras las lentes.
—¿Señor?
—Adelante. Intentaremos traspasar el escudo. Las restantes unidades esperarán mientras tanto.
—Observa la plataforma, señor.
Stenzel la miró y notó en ella algo diferente respecto a la otra. Supo inmediatamente lo que era: no había una cubierta blanca.
—¿Qué diablos pasa? —exclamó.
Comprendió en seguida su error, y se mordió los labios. Había demostrado su ignorancia ante el capitán. La ausencia del gas blanco sobre la plataforma le asustó. No había en sus archivos mentales recién adquiridos nada que lo explicara, por mucho que hurgó en ellos.
—¿Regresamos, señor? —preguntó el capitán—. Los Wyhargas están inquietos. Todos sin excepción. No encuentran en esta parte de Elajah nada que purificar. Quieren regresar al otro hemisferio, donde aún quedan zonas con seres que debemos exterminar.
—Transmíteles que yo, el portador del Alto Distintivo, les ordeno que esperen mientras bajamos a la plataforma.
El capitán estuvo callado casi un minuto. Al fin, dijo guturalmente:
—Como dispongas, señor.
Stenzel comprendió que su posición se debilitaba por momentos, y durante todo el tiempo que duró el descenso de la unidad sobre la plataforma estuvo cavilando sobre su situación cada vez más precaria.
El capitán posó la unidad en el centro de la plataforma. A requerimiento de Stenzel, abrió la compuerta. Saltó del asiento y corrió a la salida. Escuchó tras él las pisadas de los dos Wyhargas, y se preguntó si le acompañaban para escoltarle, o tenían intención de comprobar si su líder era merecedor de tal título.
Saltó y dio unos pasos, observando el suelo de corroído metal. Stenzel se sintió desamparado en la superficie de la plataforma, que no podía tener un aspecto de mayor abandono y vejez. En varios sitios las planchas metálicas habían saltado, en otros estaban hundidas, y en todas partes eran una pura ruina que crujía y se desmoronaba cuando la pisaban.
En el centro se abría un gran hueco de bordes rotos e irregulares. Se asomó a él. La luz del amanecer apenas le ofreció la oportunidad de atisbar muy abajo, pero lo que alcanzó a ver fue suficiente para comprender que dentro de la gran Columna de granito no había sino un profundo pozo cegado con escombros, hierros y un millón de cosas podridas.
Desesperado, Stenzel se volvió. Frente a él estaban los dos Wyhargas. La actitud del capitán, con su arma sujeta entre las manos, era expectante.
—¿Y bien, señor? —le gritó, dando un paso. El arma se alzó un poco—. ¿Qué tienes que decir? ¿Es aquí desde donde tú conducirás a los Wyhargas?
Alzó la cabeza. Sobre él, las unidades trazaban círculos concéntricos. Un desafío al Signo Nuevo. Sabía que todos los Wyhargas le observaban mientras escuchaban a su jefe de escuadrón.
—¿No tienes las respuestas, señor? —volvió a gritarle el capitán. Dio otro paso. El segundo Wyharga, pequeño y grotescamente grueso, emitió un ronquido y también aprestó su arma.
Stenzel comprendió que sólo podía hacer una cosa. Se llevó la mano a la charretera, apretó primero ligeramente el nodulo de los filamentos, y dijo:
—¡Atrás! Soy vuestro superior.
Sintió el quinto filamento en su carne y le pareció que penetraba hasta sus entrañas, aunque sólo se le había hundido un par de centímetros en el hombro, en el centro de los otros cuatro.
—Tenemos una misión, señor —exclamó el capitán—. Nada puede contravenir los Orígenes de nuestra condición, ni siquiera alguien que ostente el Alto Distintivo.
Sobre él, Stenzel creyó que las unidades se inmovilizaban, esperando la reacción del capitán, lo que decidiera.
En medio de una convulsa tormenta que agitaba hasta el más recóndito rincón de su mente, Stenzel empezó a sentirse fuerte, e intentó mantenerse en pie mientras toda la vasta historia de Elajah irrumpía en su memoria y la saturaba con cinco mil años de conocimientos olvidados.
Gritó con voz tan fuerte que los dos Wyhargas, sorprendidos, retrocedieron un paso y bajaron las armas.
—¡Soy vuestro máximo jefe, malditos seáis, bastardos Wyhargas, escoria del Universo!
Las estelas verdes se agitaron arriba.
Su cerebro crujía, la bóveda craneana parecía querer resquebrajarse ante el ímpetu de todo cuanto absorbía su mente. Pero Stenzel era consciente de que no podía ofrecer el menor indicio de debilidad ante los guerreros, y se enderezó.
—Vamos a iniciar desde aquí —rugió entre dientes—, frente al símbolo de vuestra grandeza, Wyhargas venidos de todos los lugares del Universo a postraros a mis pies, la reconquista de lo que nuestros enemigos pretenden arrebatarnos.
Observó con placer a sus asustados súbditos agacharse y temblar ante él.
Se vio envuelto en un aura de oro intenso, algo se materializó sobre su pecho y luego lo cubrió con chasquidos metálicos, y antes de que comprendiera que una brillante coraza estaba cubriendo todo su cuerpo, una masa dura como el diamante encerró su cabeza en un brillante yelmo.
Todas las unidades empezaron a bajar.
Los dos Wyhargas se postraron de hinojos, y Stenzel supo que a partir de aquel momento su autoridad no sería discutida.
Se sintió tan fuerte que no le importó haber encontrado en tan lamentable estado la Columna en la que había depositado sus esperanzas.
Ahora sí estaba en condiciones de conquistar la única que permanecía intacta en Elajah. Que temblaran aquellos que desde su interior le habían impedido apoderarse de ella.


25.- SUMIDOS EN LA OSCURIDAD

Val salió a mi encuentro al verme llegar.
—Ray... —empezó a decir, tembloroso.
No aprecié en seguida su palidez debido a la falta de luz. Los restos de la que fuera hermosa nave de plata vrowe estaban sumidos en la oscuridad; sólo el lugar donde permanecían los demás estaba iluminado por una lámpara de tenue tono amarillo sacada de un Vínculo.
La muchacha permanecía arrodillada junto a Nuil. Roger Stolberg estaba sentado, agarrando con ambas manos el arma de Vrow, y tenía apoyada su cabeza en el cañón. Observaba fijamente a su compañero tendido sobre una parte limpia del suelo de acero. Detrás de él, Pat dormía dulcemente, recostada en un rincón.
—Lo ha curado, ¿verdad? —pregunté susurrante, no queriendo hablar en voz alta.
—Creo que sí. ¿Sabes cómo eran sus heridas? Suficientes para que murieran cinco hombres en pocas horas. Habría tenido una dolorosa agonía, Ray. Pero ella casi le ha curado.
—¿Casi?
—Dice que no está bien del todo, que debemos dejarle descansar. Con los Dunigan y Marie Livornes ni siquiera lo intentó, no podía salvarlos. Diablos, creo que no está en sus manos hacer crecer un brazo amputado o enderezar un cuerpo totalmente aplastado, pero lo que ha hecho con Nuil sería considerado un milagro en cualquier parte.
Agité la cabeza, preocupado. Ante la actitud de Esshei comprendí que todavía no consideraba a Nuil en condiciones de viajar. Estaba deseando marcharme de allí, de pronto me ponía nervioso permanecer en territorio vrowe, a pesar de que no había vuelto a ver ninguna otra nave verde durante el regreso.
—He matado un Wyharga —dije.
Conté a Val lo que había pasado.
—Esto es una guerra, amigo —añadí, observando a Smith, que se había detenido a varios metros y miraba arrobado a la ankari. Como buen seguidor del Signo Nuevo, profesaba a sus legendarios maestros un profundo respeto—. Y será peor por momentos. Los Wyhargas han venido buscando sangre, destrucción, y no pararán hasta eliminar cualquier resto de vida inteligente en Elajah.
—Hace horas que no se ven —dijo Val, observando los sucios nubarrones—. En una noche como ésta, en la que las luces de los satélites apenas nos llegan, no podrían ocultarse. Su fulgor les delataría.
—Estarán agazapados en alguna parte, tal vez recuperando fuerzas para seguir matando. Dios mío, me siento terriblemente mal. No hemos salvado a nadie como le prometimos a Ken, y me temo que no podremos hacerlo. Ya será una suerte que evitemos más bajas entre nosotros.
Me despojé de mi traje de oro y arranqué la charretera de mi hombro, ante la mirada confusa de Val.
—¿Por qué lo haces?
Esbocé una amarga sonrisa.
—¿Recuerdas que no hace mucho nos sentíamos orgullosos de ser aprendices de Wyhargas? Incluso nos mofamos de Stenzel porque él no lo consiguió y murió siendo un mal alumno. Qué equivocados estábamos. Ahora este pedazo de metal me da asco, amigo Val.
—¡Ja, tiene gracia eso de «amigo Val»! Hablas como Smith.
Le miré.
—Ahora no necesitamos la charretera, al menos no mientras no volemos en los Vínculos.
—Si me estás pidiendo que renuncie a la mía, no estoy dispuesto a ello.
—Eres un tonto.
—Ser mayor que yo no te da derecho a insultarme, Ray. Soy un hombre.
—Todavía no has empezado a arañar la verdad.
—¿Qué verdad?
Hice un gesto con la cabeza hacia Esshei.
—La verdad que ella no está dispuesta a revelarnos y que vamos a tener que descubrir sin ayuda de nadie.
—Oh, tu aire de sabelotodo me saca de quicio.
Me eché a reír.
—Hasta ahora siempre has sido tú quien me ha irritado con tu altanería, jovencito. Las cosas han cambiado, y me alegro.
—¿Puedo pensar que desistes de ganarte el amor de Esshei?
Le respondí, sin pensarlo:
—Hace tiempo que he comprendido que ella nunca será para mí. Jamás nos entenderíamos, tal vez porque yo no estoy capacitado para comprenderla.
—Ya. Vuelves a creer que somos sucios salvajes a su lado. Por ejemplo, tú jamás te acostarías con una apestosa mujer de una tribu amazónica porque eres un refinado hombre de ciudad, y supones que ella debe pensar igual
—¿Sabes la anécdota de aquel sabio que se pasó largos años investigando insectos en una isla perdida del Pacífico, sin más compañía que una vieja ama de llaves fea y arrugada? Pues una vez, un periodista le preguntó cómo sabía cuál era el momento de volver a la civilización, y él respondió que apenas empezaba a encontrarle atractivos femeninos a su anciana criada. Entonces hacía las maletas y llamaba por radio para que le recogiesen.
—¿Y qué parte de este triángulo, si es que formamos uno, es la que llamará para que se la lleven de aquí antes de que caiga en la tentación?
—¿No está claro? —me reí, alejándome de él, dispuesto a no seguir perdiendo mi tiempo.
Antes de entrar en la desgarrada estancia de la nave convertida en hospital, me acerqué a Smith. Mi presencia provocó en él un estremecimiento, y le pregunté si le había asustado.
—No, amigo Ray. Estaba pensando.
—¿Me puedes contar lo que pensabas?
—Pretender contar a un camarada lo que uno piensa es burlarse de él, porque jamás se puede hacer con honestidad.
—Al menos inténtalo.
—Me preocupan muchas cosas, amigo Ray. ¿Tienes un momento?
Jorge pasó junto a mí sin mirarme, se acercó a Esshei, y tomó asiento en el suelo a su lado. No le dirigió la palabra; se quedó observándola, mientras ella, con las manos en el regazo, vigilaba la respiración de su paciente, ahora tranquila.
—Suéltalo, amigo Smith —dije. De repente se me ocurrió algo—. Podrías empezar a sincerarte diciéndome cómo te llamas realmente. Después de tanto tiempo de andar juntos, no sé tu nombre.
—Creo haberte dicho que resulta algo complicado de pronunciar para vosotros. Además, me gusta Smith. Es..., ¿exótico? Sí, me suena muy bien, me parece exótico. Tú tampoco me has confiado tu verdadero nombre, Ray. ¿Es cierto que tienes otro, como les escuché a los Dunigan? ¿Acaso no puedes compartirlo porque te lo prohibe alguna ley religiosa?
Me eché a reír.
—No se trata de nada que ataña a mi religión, que por cierto no tengo ninguna. En todo caso, las leyes de mi país considerarían culpable de varios delitos a Raymond Kanable. Pero no a Carlos Cebral. Ya lo sabes, Smith.
Smith, emocionado, me confió su nombre, largo e irrepetible para mí. Decidí no intentarlo y evitar hacer el ridículo. Seguiría llamándole Smith, para él un bonito nombre, fonético y exótico.
Nos apartamos un poco de los demás. Allí, a no ser que Esshei nos leyera los pensamientos, podríamos hablar sin temor a ser escuchados.
—Tú piensas, amigo Ray-Carlos, que en la Columna Azul está la respuesta. Esshei no te contradice. Por lo tanto, es posible que estés en lo cierto.
—¿A dónde quieres ir a parar?
—Espera y escúchame. Esshei y el Archivero obtuvieron de la Bóveda los Vínculos. ¿Por que no pudieron reproducir algo aún mejor? Sí, sé que estás pensando que la energía de la que disponían no era suficiente para materializar otros objetos mayores, como una nave estelar que no atrajera la furia de los Wyhargas. ¿Pero por qué unos vehículos incapaces de ir más allá de la atmósfera? Para esto hubieran bastado las Burbujas.
—Crear Burbujas para los demás causa dolor a Esshei.
—Bien, pero, ¿por qué no nos cuenta todo lo que sabe y que a nosotros podría beneficiarnos?
—Ojalá lo hiciera. —Sacudí la cabeza. Smith me estaba haciendo unas preguntas muy parecidas a las que yo mismo me hacía constantemente. Todo lo que tenía eran sospechas, un montón de teorías que no conseguía enlazar unas con otras para acabar obteniendo algo coherente—. ¿Qué has oído o visto para que tú creas que nos oculta algo?
—Se lo ha revelado todo a Pat.
Levanté la cabeza para mirarle a los ojos. La expresión de Smith era compungida.
—¿Estás seguro?
—Antes de partir de la Meseta, la chiquilla me dijo que estaba triste porque Esshei sufría. Le pregunté por qué sufría, y su respuesta fue que ella intentaba compartir sus sufrimientos y que Esshei no se lo permitía.
—¿Y eso te hizo creer que Pat se ha transformado en la confidente de Esshei? —Pat también me dijo algo parecido. Al parecer, lo había hecho con varios de nosotros.
—Es más que una confidente, que una amiga. Pat sabe que cuando Esshei tenga a su alcance los medios para volver con los suyos a Ankar, se irá con ella. Esshei ha prometido llevarla a su mundo.
Mi asombro fue enorme. Esto no me lo había dicho Pat. ¿Bromeaba Smith?
—¿Esshei pretende llevarse a Pat a su mundo, privarla de reunirse con sus padres en la Tierra? ¿Acaso Esshei sabe que los ankaris saldrán de aquí y nosotros no? ¿Es eso lo que ella pretende? Me parece cruel, Smith. No lo entiendo. Pat es terrestre, y sin embargo Esshei, una ankari, la considera como de su pueblo. ¿Por qué?
Smith elevó la mirada al cielo, como si esperase recibir de éste la inspiración necesaria para responder. Dijo, calmadamente:
—Un mismo nivel de inteligencia no es común a todos los miembros de una raza, amigo Ray. ¿Lo entiendes?
—Claro que sí. También en mi mundo existen esas diferencias, y como en el tuyo, hay terrestres que viven como vivieron mis antepasados hace diez mil años.
—Qué mundo tan extraño es el tuyo.
El deseo de reír que me causó el comentario de Smith fue muy grande, pero no solté ninguna carcajada. Me apremiaba el deseo de que terminara de explicarme de una vez el asunto de Pat y sus relaciones con Esshei.
—Dejemos esto —dije, revisando mentalmente cuanto sabía del planeta Inyindan y sus niveles de castas, las diferenciadas en las dos creencias basadas en los Signos Nuevo y Viejo, y su desarrollo intelectual y tecnológico—. Ibas a contarme por qué Esshei ha hecho de Pat su discípula.
—Sí, la palabra discípula está muy bien. Para ti cualquier miembro de las dos Familias te parecería igual a otro, pero no es así. Entre ellos también existen quienes son escasamente inteligentes, idiotas natos comparados con Esshei, por ejemplo. Ella, que es una Eiyen Darai, tiene la obligación de ir preparando a su sucesor o sucesora, como en su día fue elegida por el anterior Eiyen Darai y recibió de éste toda la enseñanza. Pero, para ser elegida, tenía que reunir ciertas condiciones que hasta el momento no ha encontrado en ninguno de sus compañeros.
Abrí la boca a causa de la sorpresa.
—¿Pat es la elegida por Esshei para que un día sea su sucesora?
—Sí, amigo Ray. Y Pat lo sabe y lo acepta muy contenta, a pesar de que también comprende que su responsabilidad será muy grande, y que algún día puede llegar a sufrir tanto como ahora está sufriendo Esshei.
Agité la cabeza de un lado para otro.
—No, no puedo creerte. Me parece demasiado cruel.
—¿Por qué? Pat está conforme...
—¡Es una niña!
—¿Y eso qué tiene que ver?
Me aparté un paso de él, sin dejar de mirarle, como si le estuviera viendo por primera vez y me asustara su manera de pensar.
—Dios mío... ¿Es que tienes la cabeza llena de mierda de tramis? ¡Un niño siempre es un niño! Y Pat... ¡Maldita sea, si ni siquiera se llama Pat, su verdadero nombre es Nancy!
—Un nombre no cambia a una persona. Tú siempre serás el mismo, te llames Ray o Carlos.
—Quiero decirte que, a la edad de diez años, no se tiene la mente formada, se carece de experiencia y conocimientos. Nadie en mi planeta se atrevería a manejar a una niña de esa edad de la manera como lo está haciendo Esshei.
Estaba tan fuera de mí, que hice intención de echar a correr hasta donde estaba Esshei y decirle en su bonita cara lo que estaba pensando de ella, lo aberrante que me parecía su actitud respecto a Pat. Pero Smith me agarró de un brazo y me obligó a volverme hacia él.
—Espera, amigo Ray. Un hombre ofuscado no razona. ¿Qué sabemos nosotros los adultos de lo que piensa un niño y de sus capacidades, a pesar de que hayamos pasado por esa edad? Con los años, el pasado de nuestra niñez se troca en recuerdos extraños que no logramos entender en nuestra madurez, y mucho menos al llegar a la vejez. Sin embargo, Esshei está capacitada para hallar un espíritu capaz de asimilar con plenitud de voluntad lo que de él se espera, y ella lo ha hallado en Pat, y la pequeña, aunque no lo creas, lo acepta con alegría.
—Me has dicho que también sabe que puede causarle sufrimientos. Y eso no está bien proponérselo a una niña...
—¿Quién no vive sufriendo y acaba muriendo entre sufrimientos? —Smith se encogió de hombros—. Tal vez los padecimientos puedan aminorarse, pero jamás ninguna raza, por mucha perfección que alcance, puede eliminarlos del todo. Ni siquiera los ankaris lo han logrado. Sí, son felices porque apenas apetecen nada que no puedan tener, pero también pasan por sus momentos tristes. Las alegrías y los sufrimientos son subjetivos para cada ser.
—Por ahora no haré reproches a Esshei, pero no comparto plenamente tu filosofía, no me has convencido. —Respiré hondo—. Sin embargo, intentaré todo cuanto esté en mis manos para que Pat, si volvemos alguna vez a la Tierra, nos acompañe.
—¿La obligarías a la fuerza, la atarías como un fardo y te la echarías a los hombros? —preguntó Smith, sonriendo.
Me había cazado en una trampa, y repliqué, airado:
—Yo no obligo a nadie.
—Eso está bien. Recuérdalo.
Me dirigí al interior de la sección de la nave y me detuve a los pies de Nuil. El soldado tenía restos de sangre en casi todo el cuerpo, pero respiraba acompasadamente. Un profundo sueño le ayudaba a recuperar fuerzas. Giré la cabeza, miré a Esshei.
—¿Cuándo podremos partir?
Ella respondió, sin moverse:
—Al mediodía.
Faltaban ocho horas para el mediodía, calculé. No podía obligarla a que nos marcháramos de allí antes. Ella no se opondría a que yo me fuera, pero no quería abandonarla. Miré a Pat; dormía profundamente. Traté de engañarme a mí mismo diciéndome que no lo haría por la niña. Necesitaba que ella me confirmara que si algún día podía elegir entre ir a Ankar o a la Tierra lo haría libremente, sin ninguna clase de presión. Lo que Esshei pretendía con ella no debía llamarlo un secuestro, porque no lo era, pero no podía evitar pensar que se trataba de algo parecido.
Llevaba la charretera en una mano y la agité para que Esshei viera que no deseaba tenerla puesta. Pero ella no volvió la cabeza, no me miró. Seguía teniendo los ojos clavados en Nuil. El maldito bastardo no se había muerto y nos estaba reteniendo allí, mientras el mundo a nuestro alrededor marchaba desenfrenadamente hacia su desconocido destino.
—Me marcho —dije con rabia, esperando que todos me suplicasen que me quedara.
Stolberg levantó la cabeza.
—Estás chiflado —dijo.
—¿A dónde piensas ir de noche, tú solo? —preguntó Jorge.
No lo había pensado, pero respondí con rapidez:
—A la Columna. Os estaré esperando allí, si es que merece la pena que me quede. Quizá no sea nada importante.
Ya no sabía si ir a la Columna merecía el tiempo que iba requerirme el viaje, mi fe se había esfumado de repente. Me sentía tan desesperado y deprimido que nada me importaba. Yo mismo me sorprendía de poder contemplar a Esshei sin que se me avivara ninguna clase de sentimiento hacia ella. Después de saber lo de Pat, Esshei me parecía tan fría que me producía una gran indiferencia, y le hubiera gritado a Jorge que podía quedarse con aquel ser tan hermoso y a la vez tan vacío. Ella ya no era humana a mis ojos y a mi corazón, aunque externamente superara en belleza y perfección a cualquier mujer de mi mundo. Pero yo había vivido y crecido entre personas normales, y creía que sólo entre ellas podría sentirme cómodo.
De pronto, Esshei dijo fríamente, con calculadas palabras:
—Dos Vínculos pueden transportar a este hombre. —Elevó un poco la mirada hacia Smith—. A menos que tengamos que incluir a otro pasajero extra.
Smith comprendió y dijo:
—Yo pensaba acompañar a Ray, a mi amigo Carlos.
Nadie se dio cuenta de cómo me había llamado. Súbitamente, me sentí tan fuera de lugar en aquel sitio que dije de forma atropellada:
—Prometí a Kenneth localizar gente. No me doy por vencido con lo que hemos visto. No viajaré directamente a la Columna, sino que iré describiendo eses y rastrearé una amplia zona que corresponda a todo el oeste de Inglaterra antes de adentrarme en el océano.
Recogí el fusil vrowe, eché una mirada a todos y me volví. Anduve deprisa hacia mi Vínculo, escuchando las pisadas de Smith a mis espaldas.
Apenas me acomodé en el sillón y mis manos acariciaron las pequeñas esferas, ya no estaba seguro de si mi actitud había sido la más conveniente, y me pregunté si mi comportamiento no había sido como el de un niño enfurecido por una rabieta. Miré a Smith, que en aquel momento se sentaba a mi lado, en el otro hueco, y me pareció descubrir una sonrisa irónica en sus labios, creí leer como en un libro que su expresión me decía que yo no podía censurar la decisión de Pat cuando la mía le parecía tan extravagante.
Elevé el Vínculo hasta una altura de unos cincuenta metros, contemplé la rota nave, y mis ojos se clavaron en su proa, en la luz amarilla que surgía de entre sus desgarrones.
Trituré mis ganas de quedarme, de renunciar a mi marcha, y, completamente arrepentido ya de mi decisión, lancé el Vínculo a toda velocidad. Luego, cuando dejé atrás el territorio vrowe, hice que se deslizara lentamente a poca altura. Pedí a Smith que me avisara si descubría alguna Isla del Paraíso. Tenía que justificar de alguna manera conmigo mismo mi atolondrado comportamiento, y no tenía otra manera más que cumplir con mi promesa de inspeccionar cualquier atisbo de terreno intruso en Elajah que avistáramos.
Amanecía cuando, en la profundidad de una formación rocosa y gris, creí ver un trazo de tierra marrón y algunos puntos de vegetación verde. No albergué muchas esperanzas de hallar allí a nadie de mi mundo con vida. Si los Wyhargas ya habían pasado, se habrían encargado de acabar con todo ser humano que hubiera. Calculaba que aún no habíamos salido de Inglaterra, quizás estábamos al sur de Gales. Otra vez, volvía a los lugares donde dio comienzo mi aventura en Elajah. Atrás quedaban las Mesetas. No sabía exactamente por qué, pero no había deseado acercarme a ellas, y creo que la única justificación que encontré fue que no debía hacerlo mientras no tuviera mejores noticias que dar a mis compañeros. ¿Cómo presentarme ante Rosenman y decirle que las Islas del Paraíso que habíamos visitado eran unos cementerios, y que yo había dejado abandonados a los demás a causa de una súbita cólera que fui incapaz de controlar, emprendiendo viaje a la Columna en compañía de Smith?
Di un par de vueltas sobre aquella zona medio oculta por las rocosas elevaciones de terreno. Quizá no encontrara otra más adelante. A partir de ahí, cualquier cosa proveniente de la Tierra sólo podía ser agua del Atlántico. Los alrededores de la Isla del Paraíso eran muy abruptos, pero percibí bajo la luz del amanecer pozos de arena cercanos. Por lo tanto, las colonias de tramis o devoradores atenazaban el área. Pese a ello, empecé a concebir esperanzas de que allí hubieran conseguido sobrevivir uno o varios humanos, no sólo de las alimañas de Elajah, sino también de las bestias que caminaban como hombres y eran aún peores que éstos.
La isla, no cabía duda que venida de la Tierra, debía medir unos doscientos metros por algo más de trescientos, toda ella rodeada de altos riscos. Apenas bajé unos metros, descubrí dos coches volcados y, algo más allá, un camión. En el extremo norte, donde terminaba la quebrada de Elajah, se levantaba una parte de una casa de tres plantas. El corte era tan limpio que alcancé a ver sus habitaciones como si fueran las de una casita de muñecas.
Decidí descender cerca de los vehículos.
—No hay señales de que por aquí hayan pasado los Wyhargas —opinó Smith, y yo estuve de acuerdo con él.
Si habían sobrevolado aquel lugar, no se molestaron en lanzar su fuego. No había rastros de incendios. Quizá supusieron que no había nadie con vida que eliminar. De todas formas, no era fácil descubrir esta isla desde el aire. Yo había tenido mucha suerte.
Descendí después de haberme puesto la charretera, pero sin insertarme el filamento que hasta entonces había estado usando y que me permitía escuchar a Esshei con toda perfección. Caminar por un lugar extraño aconsejaba que adoptase cualquier tipo de precaución.
Me acerqué al más cercano de los coches, un Hulmán algo antiguo. Tenía reventadas las dos ruedas y abollada la parte delantera. Había chocado con el otro coche, al parecer mientras avanzaban en sentido contrario por un estrecho sendero de tierra batida, un típico camino rural inglés. El camión que estaba a unos cien metros, en dirección a la casa, no mostraba ninguna huella de accidente. Empecé a perder las esperanzas de hallar a algún ser humano.
En el segundo coche, un Rover rojo, con las portezuelas de su parte izquierda totalmente hundidas, había un cadáver. Era una mujer, y por su aspecto parecía llevar muerta varios días. Al examinarla con más detenimiento descubrí que sus piernas eran puros huesos. En el asiento se agitaban miles de gusanos, largos y delgados como lápices. Me aparté horrorizado. Pronto no quedaría nada de carne ya corrompida en aquel cuerpo.
Los gusanos entraban en el coche por la otra parte, donde la portezuela del conductor estaba abierta. Llegaban, formando una densa columna sinuosa, desde un risco gris cercano.
Activé el traje de guerra y grité a Smith que no bajara del Vínculo.
—¿Es que has encontrado algo interesante? —preguntó.
Le hice señas con las manos de que esperase. Miré al camión y caminé hacia él. También estaba vacio. Estudié la mitad o la tercera parte de la casa. Aquel lugar debió estar enclavado en un pueblecito de la costa, quizá en sus afueras. Pensé que Bideford no podía estar muy lejos. Creí ver que algo se movía en una de las habitaciones de la casa.
—Vuelvo en seguida —avisé a Smith.
Anduve hacia la casa, mirando atentamente donde pisaba. El descubrimiento de una nueva forma de vida asquerosa de Elajah, aquellos gusanos que surgían del risco como si fuera una madriguera de hormigas carnívoras africanas, me había revuelto el estómago y me impulsaba a abandonar la desolada isla.
Estaba tan abstraído eligiendo el sendero para acercarme a la casa que cuando sonó el estampido de un disparo y la bala se hundió en el suelo delante de mí me cogió por sorpresa. Me agazapé de un salto detrás de un árbol y monté el fusil vrowe.
—¡No dispares! ¡Soy un hombre de la Tierra! —grité.
Tras un momento de silencio escuché:
—¿Quién demonios eres, que brillas tanto?
—Te digo que soy humano, y quiero ayudarte. ¿Hay más gente contigo?
—Sí. Puedes acercarte.
—De ninguna manera. Venid vosotros.
Al cabo de unos minutos aparecieron dos hombres. Estaban sucios, demacrados y con barba de muchos días, semanas tal vez. Debían llevar mucho tiempo en Elajah. Probablemente desaparecieron de la Tierra el Día del Misterio y llegaron de los primeros, aunque yo no creía que fueran más veteranos que Adrián Stenzel, que ostentó el título de decano de los Desaparecidos hasta el momento de morir.
Todo a mi alrededor parecía muy viejo, como si llevase mucho tiempo cercado por la voracidad del mundo gris.
Me acerqué a ellos. Pensé que debían estar hambrientos, y les dije que les daría agua y comida.
Uno llevaba una escopeta con el cañón y la culata recortados, y recordé que el sonido del disparo fue de pistola. Me revolví hacia la casa, justo a tiempo para descubrir a otro individuo con un raído gabán que se acercaba a mí ocultándose tras los resecos matojos. Al ver que yo lo había localizado, se alzó y adelantó su mano armada.
Disparé antes mi fusil. La energía de puro fuego vrowe no le alcanzó. No había apuntado para que lo hiciera. Si lo hubiera hecho le habría convertido en una antorcha, y éste no era mi propósito. Pero el calor le hizo soltar la pistola y saltar al otro lado de donde pasó el huracán ardiendo.
Me revolví contra los otros dos. El que sostenía la mutilada escopeta la tiró lejos y, al igual que su compañero, levantó los brazos.
—¡No dispares, no dispares! La escopeta está descargada. Sólo ese hijo de puta tiene todavía unas balas en su pistola.
Los miré, y mi asombro fue enorme. Finalmente reconocí a aquellos hombres: eran irlandeses, dos de los componentes de la banda armada a la que yo desvalijé de cuanto robaron a la pagaduría. El otro, que ahora se estaba levantando, era para mí un completo desconocido. Corrí hacia él y me adelanté a su intención, apoderándome de su pistola.
—Ya está bien de tonterías —dije—. Debería dejaros sin comida y olvidarme de vosotros, pero hay que tener demasiada mala entraña para hacerlo. ¿Por qué me habéis atacado?
Mis antiguos compañeros, que seguían sin reconocerme, señalaron al individuo que me había disparado, y el más alto de los dos dijo atropelladamente:
—¡Es un salvaje, un loco homicida! Por las noches nos encierra en el sótano de esa casa para poder dormir él, y apenas sale el sol nos echa fuera a buscar comida. ¿Sabe lo que ha hecho con el cuerpo del marido de esa mujer que están devorando los gusanos? ¡Pues nos obligó a descuartizarlo para comérselo, y...!
No podía equivocarme. El alto tenía el apodo de Dark, y el otro, de estatura media y muy delgado, era conocido por Hard Stone. Nunca supe sus verdaderos nombres.
—¿Por qué estáis aquí? —pregunté, vigilando al tercero con el rabillo del ojo. De pronto tenía la impresión de que su rostro no me resultaba desconocido del todo. Le había visto una vez, se me antojaba que hacía mil años.
—No creerás que por gusto, ¿verdad? —jadeó Dark—. Una tarde el mundo se convirtió en un infierno, y de pronto nos encontramos rodeados de mierda y de monstruos por todas partes.
—¿No tenéis la menor idea de lo que os ha pasado?
—¿Cómo vamos a tenerla? —gritó Hard Stone, tan duramente como la mitad de su apodo. La otra mitad debía querer decir que su rostro era impenetrable como una roca.
El que yo había desarmado se adelantó y dijo:
—Mira, amigo, me ha impresionado mucho que hayas llegado a bordo de ese platillo volante, pero sé que no tienes nada de extraterrestre, a pesar de tu atuendo tan bonito. Estos dos angelitos son escoria, basura. Yo les seguía desde Irlanda, y ellos andaban detrás de ti para ajustarte las cuentas. Vamos, Cebral, cálmate. ¿Creías que no te había reconocido gracias a tu indumentaria?
Se echó a reír y se acercó tanto a mí, creyendo haberse ganado mi confianza, que me dio pena desengañarle. Le apunté con su propia pistola. En el cargador debía quedar al menos una bala, pues retrocedió, asustado.
—Sí, yo también te recuerdo —dije—. Eres Salguero, el tipo que me convenció para que me uniera a los terroristas. ¿Qué hacías en Inglaterra el Día del Misterio? —Agité la cabeza—. Claro, nadie te ha explicado nada. Bueno, me refiero al día en que el mundo cambió ante tus narices. Tengo prisa, y quiero que me contestes en seguida.
Vi de reojo que los dos irlandeses me miraban asombrados. Habían acabado reconociéndome.
—Kanable —susurró Dark—. Cristo, esto es increíble.
—Sí —admití—. No es como encontrarse en Piccadilly la noche de fin de año. Creo que es mucho más difícil reunimos aquí. Ni a un guionista de televisión se le ocurriría este encuentro.
—Ellos te estaban siguiendo, Cebral —dijo Salguero.
Stone dio un salto y soltó un juramento; dijo, roncamente:
—¡Y tú nos seguías a nosotros por si fallábamos, hijo de mala puta, porque también querías acabar con él! —Volvió su descompuesta cara hacia mí—. Nos ordenaron seguirte, es cierto. Los cinco estábamos detrás de tu pista, sabíamos que esa mañana visitabas Lundy, y nos preparamos para esperarte cuando el autobús siguiera su camino, pero se averió y regresó al hotel. Alquilamos un apartamento en esa casa, lo que queda de ella, y los cinco nos preparamos para el día siguiente. Aquelia tarde se presentó Salguero, estaba en el coche que colisionó con el de los viejos cuando sobrevino el relámpago.
—¿Cinco? —pregunté—. ¿Dónde están los demás? ¿Han muerto?
Salguero soltó una seca risa. Era la misma que le escuché aquella tarde, cuando me convenció para que hiciera un trabajo que al principio no me pareció tan sucio. Mierda de subcomisario. Me pareció tan detestable como los terroristas a los que quería eliminar. Y yo fui un tonto que me dejé convencer y arrastrar por un torrente de tramas, a cual más sucia.
—Hay tres en la casa, casi muertos —dijo Salguero, como si le divirtiera mucho lo que estaba contándome—. Dormían a pierna suelta en dos camas. Parte de ellas y sus piernas volaron, desaparecieron. A uno le falta la pierna derecha hasta la rodilla, a otro los dos pies, y al llamado Txiqui, creo que es él, todos los dedos de ambos. Sangraban como condenados cuando entré, y sus dos amigúeles irlandeses intentaban curarles lo mejor que podían. Desde entonces van de mal en peor. —Se encogió de hombros—. Pero es bueno para mí, porque así no tengo que molestarme en vigilarlos.
Stone intentó acercarse a Salguero, y yo le contuve con el fusil vrowe. No obstante, le dejé hablar.
—¡Ahora espera que nuestros camaradas mueran para comérselos! Y si tardan mucho, los ahogará una noche mientras nosotros estamos encerrados.
Salguero me dijo, empezando a asustarse:
—Muchacho, tu aparición es como agua de lluvia en un desierto. Ahora me sacarás de aquí, y todos nos olvidaremos de muchas cosas. Supongo que sabrás enseñarme el camino de vuelta a la civilización, porque estoy seguro de que algo habrá quedado intacto del mundo, ¿verdad?
—Claro que sí —sonreí. ¿Para qué perder el tiempo contándole la verdad, decirle que no estábamos en la Tierra?—. A poca distancia de aquí todo sigue igual. Pero no dejan entrar a nadie en la zona afectada por las bombas.
—Siempre pensé que se trataba de un ataque nuclear de esos cabrones rusos —sonrió Salguero.
—¿Es que vas a dejarnos aquí y te llevarás a ese tipo que también quería matarte, Kanable? —gritó Dark, horrorizado.
Negué con la cabeza.
—Dark, Stone, mi verdadero nombre es Carlos Cebral, y quiero que sepáis que el único mal que me atreví a haceros fue quedarme con el dinero que habíais robado. Sin embargo, estoy firmemente convencido de que los dos, vuestros tres compañeros españoles que agonizan en la casa, y este asqueroso cabrón, tan repugnante como vosotros, habéis ido a parar al infierno que os merecéis. No, no pienso llevaros conmigo, de ninguna manera. No puedo, y aunque quisiera no lo haría. No permitiré que volváis a vivir de nuevo entre los seres humanos.
—Carlos —gimió Salguero—. ¿Es que no has comprendido que ellos pusieron las bombas que mataron a tu familia en el centro comercial, que fueron ellos, junto con los tres que están en la casa...?
—No había nadie de mi familia allí, Salguero; pero sí la esposa y el hijo de un amigo mío. Ahora os voy a dejar. Tal vez me arrepienta de esto más tarde y regrese a buscaros, pero ahora no. Ahora os quiero dejar aquí, rodeado de bestias como vosotros.
Eché a andar de espaldas en dirección al Vínculo. No disfruté con sus caras de desesperación.
—¡Devuélveme al menos la pistola, o estos malditos me harán picadillo! —aulló Salguero.
No le contesté. Uno de los irlandeses intentó sorprenderme, pero le disparé con la pistola. Se echó atrás. Apreté otra vez el gatillo. El percutor no golpeó el fulminante de otra bala. El cargador estaba vacío. Arrojé la pistola a los pies de Salguero.
—Tómala, mierda de polizonte. Defiéndete con ella a golpes.
Ninguno se atrevió a seguirme. Todavía tenía el fusil vrowe, y sabían cómo me las gastaba con él. Salté al Vínculo y lo puse rápidamente en el aire, me alejé de la pequeña isla sin volver la cara. No me atrevía a hacerlo. A pesar de todo, sentía ácido dentro de mi estómago.
Smith se limitó a observarme. No me preguntó nada hasta mucho después, y cuando lo hizo me sentí mal. Eran seres humanos a pesar de todo, aunque la mayoría no lo creyera así.


26.- MADRUGADA EN LA MESETA

—Debes entenderlo, Guido. —Joshua Stolberg parecía inamovible en su decisión, tomada después de mucho meditarla—. Mi hermano vive y regresará aquí, ¿comprendes? Es mi ocasión para encontrarme con él. No puedo irme ahora, quiero esperarle.
Kirschner resopló y miró a su alrededor. Luis, a unos pasos de ellos, estudiaba la situación. Sólo por los gestos de cada cual, sin necesidad de escucharles, sabía que la súbita crisis planteada por Joshua estaba alcanzando su punto álgido. Aquella madrugada en la Meseta era escasamente cálida, soplaba una brisa extraña, y casi se podía palpar la tensión que existía en el calvero.
—Tienes unos compromisos que cumplir, Stolberg —silabeó el alemán. Señaló el helicóptero, junto al que estaban sus hombres. Entre ellos había una mujer y un hombre ankaris, el Archivero—. Disponemos del tiempo justo para llegar a la vista de la Columna, coincidiendo con el comienzo del ciclo, y entonces has de ponerte en comunicación con ese tipo que vive allí.
—Castro puede hacerlo por mí.
—¡No quiero correr ningún riesgo con un novato! Castro carece de experiencia.
—Le he enseñado esta noche, y está conforme en ocupar mi lugar.
—¡Espera a tu maldito hermano en la Columna! ¿No hemos acordado que si ellos no van allí, volando en los Vínculos, ordenaré que el helicóptero los traslade? Mierda, de todas formas tenemos que evacuar a todo el personal de la Tierra que quede aquí. Puede ocurrir incluso que el sargento no se acerque a esta meseta y viaje directamente al punto de reunión. Ya oíste a Rosenman que Kanable se muere de ganas por verla.
—Están rescatando supervivientes, Guido, están ocupados en una tarea importante, algo que tú no serías capaz de entender, y si han encontrado algunos los traerán aquí. Te repito que quiero esperar para recibirle. —Joshua señaló a la pareja de ankaris—. Bien, ya conoces la mitad de mi decisión. La otra la comparto con Luis Castro, y se refiere a esas dos personas que pretendes llevarte a la fuerza. No me vengas con pactos ni obligaciones, porque convinimos en que no molestaríamos a nadie, y has roto ese acuerdo.
—La situación ha cambiado. ¿Quieres que nos achicharren por el camino esas naves verdes?
—Desde ayer no hemos vuelto a ver una sola. Han desaparecido de estos contornos.
—Podrían estar cerca de la Columna, esperándonos.
—Los ankaris dicen que no perciben la presencia de ninguna estela verde en muchos miles de kilómetros. Tal vez se hayan marchado de Elajah.
—No me fío de las extrañas dotes adivinatorias de la Familia. Si ellos creen que no corren peligro, ¿por qué se niegan a acompañarnos de buen grado?
—Las Familias no pueden separarse.
—¿No? ¿Qué me dices de esa fulanita de la que todo el mundo habla, Esshei?
—Ella es la Eiyen Darai.
—Ah, y por lo tanto puede hacer lo que le parezca sin dar cuenta a nadie, ¿verdad?
Luis carraspeó. Conocía cada palabra que iba a decir, había calculado el riesgo que iba a correr dirigiéndolas a un individuo como Kirschner, que estaba más furioso por momentos. El alemán no había previsto aquel desplante, y no digería en absoluto que se discutiese su autoridad.
—Ninguno de los dos subiremos al helicóptero si vienen los ankaris. —Luis miró por la puerta abierta a los Pfaumann, que esperaban dentro. El viejo observaba impaciente la escena, y la mujer trataba de calmarle—. Y no olvides que cada minuto que transcurre te perjudica, Kirschner. Si perdemos este ciclo tendremos que esperar dos, porque el siguiente será de noche, y a ti no te gusta volar en las penumbras de Elajah.
—¿Estás convencido de que no seremos atacados?
—Desde luego. Es una lástima, Guido, que estas horas que llevas aquí no te hayan servido para entender algo. Continúas siendo el mismo de siempre, el mismo tipo duro de mollera.
Guido se colocó furiosamente el casco, se ajustó el barbuquejo, y luego apretó el cinturón del que pendía su pistola y la bolsa con los documentos que siempre estaba consultando. Echó la cabeza hacia atrás.
—De acuerdo. Vendrás tú, Castro. En cuanto a ti, Joshua, lamentarás esta insubordinación.
—Hey, esto no es el ejército, aunque tú pretendas que lo sea.
—Podrías perder tu ocasión de salir de aquí...
Joshua negó con la cabeza.
—De ninguna manera.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Lo entenderás muy pronto —sonrió Joshua. Se volvió hacia Luis, y le entregó la bolsa con la charretera—. Cuídala, y sigue las instrucciones de nuestro amigo. Salúdale de mi parte cuando le veas, y dile que confío poder conocerle pronto. Él comprenderá que me quede.
—Seguro que sí. —Luis le estrechó la mano. En voz baja, añadió—: Eres un tipo estupendo, jodido negro. Pero nos hemos metido en un buen lío.
Joshua negó con la cabeza, sin dejar de sonreír. Luis siguió con la mirada a Kirschner, que subía al helicóptero después de ordenar a sus hombres que dejaran marchar a los dos ankaris. La mujer y Lambam corrieron para alejarse de allí. Una vez a bordo, el alemán se enfrascó en una viva discusión con Kurt Pfaumann.
Después de despedirse de Luis, Joshua se reunió con el grupo encabezado por Rosenman, que había presenciado en silencio la escena.
—¿Cree que una vez en la Columna se acordarán de nosotros? —le preguntó Kenneth, muy preocupado.
—Quizá a Kirschner le gustaría dejarnos atrás, pero no lo hará.
—¿Ya se ha enterado de quién es realmente Kurt Pfaumann?
Joshua se encogió de hombros.
—No estoy seguro, pero sospecho que no se llamaba así antes de 1945. Posiblemente tenía otro nombre antes de la rendición de la Alemania de Hitler, y seguro que al tribunal de Nuremberg le hubiera gustado mucho sentarlo en el banquillo de los criminales de guerra.
—Yo en cambio sí sé algo. Sólo he tenido que refrescar un poco mi memoria. No olvide que en la Tierra dirigía una editorial y una revista tachada de sensacionalista. Recuerdo que una vez publicamos una serie de artículos sobre antiguos nazis que nunca se pudo demostrar que hubieran muerto y que creíamos que seguían viviendo bajo la fachada de respetables hombres de negocios. Recuerdo que el periodista que se encargó de ese trabajo descubrió que un tal Pfaumann, magnate de la siderurgia desde los años cincuenta, había estado oculto en España tras la derrota nazi, y aunque no se pudo publicar su trabajo por falta de pruebas, me confió sus sospechas de que había sido oficial en el primer regimiento Der Führer de la división SS Das Reich, tristemente conocido por su bárbara actuación en Oradour...
—Dios mío... —exclamó Joshua, observando a Luis Castro subir al helicóptero.
—¿Qué le pasa? —preguntó Anne, alarmada—. Se ha puesto a temblar.
—Castro me contó la madrugada antes del cambio de masas, para que yo entendiera por qué se comportaba de forma tan hosca con los alemanes, que su abuelo tuvo que huir de España al acabar la guerra civil, y que se encontraba precisamente en ese pueblo francés, donde fue asesinado junto con casi toda la población. Es algo que no puede olvidar, vive obsesionado por ello, ha creado en su mente un odio atroz hacia todo cuanto huele a nazi, y busca alguna especie de venganza que aborrece al mismo tiempo. Ojalá no descubra nunca que Pfaumann estuvo involucrado...
—Probablemente no tendrá tiempo de enterarse de nada —sonrió Kenneth, tratando de tranquilizar a Joshua—. Kurt Pfaumann no lo pregonará, ni se va a hablar de su pasado en este viaje. Él es el menos interesado en desenterrarlo.
Las aspas del helicóptero se pusieron en funcionamiento, y el viento que levantaron les obligó a retirarse unos metros.
Castro estaba junto a la puerta y saludó a sus amigos. Vio su respuesta. Luego la nube de polvo les ocultó, y el aparato se alejó del calvero.
Al volverse descubrió que Kirschner, sentado al lado de Kurt Pfaumann, le miraba insistentemente. El viejo tenía los ojos clavados en sus botas, y junto a él, Greta Pfaumann le acariciaba las manos. El dulce gesto de la anciana le conmovió. Pensó que quizá se había dejado llevar, una vez más, por sus prejuicios, y que aquellos dos pobres viejos no merecían que les inculpara de los tenebrosos crímenes de sus compatriotas. Ana le había reprochado más de una vez su actitud intransigente, lo que ella llamaba su fastidiosa paranoia. Su hermana no le comprendía y no dejaba de preguntarle a qué venía su actitud, recordándole que ninguno de ellos llegó a conocer a su abuelo, y que no entendía por qué se valía de su muerte para avivar tantos resentimientos.
Quizás Ana tuviera razón, lo había admitido en más de una ocasión, pero se llevaban muchos años y sobre él pesaba todo cuanto su padre le habló del abuelo, de su muerte tan terrible en Oradour. Ana nunca escuchó nada de esto con interés, en ningún momento le interesó el pasado, como a la mayoría de cuantos nacieron en los años setenta. Quizá fuera mejor así, concluyó Luis amargamente.
Horas después, Kirschner había dejado de observarle. Ahora repasaba sus papeles. Dos veces se levantó para dar instrucciones a Ziegesar, que pilotaba. De pronto consultó algo a Kurt, y se volvió para recordarle:
—Quedan veinte minutos para que comience el ciclo, Castro. Quiero que esté preparado.
Luis había decidido modificar su actitud desde el momento que subió al helicóptero, y asintió rápidamente con la cabeza. Puso la bolsa sobre sus rodillas y abrió la cremallera. Sacó la charretera, empezó a desabrocharse la guerrera y la camisa. Notó sobre sí la mirada interesada del viejo hacia el objeto de metal. Sólo había cruzado con él unos corteses saludos cuando se conocieron, no llegaron a hablar en absoluto. Le sonrió, intentando que su sonrisa pareciera amistosa. Pero no recibió ningún gesto semejante por su parte. Kurt permanecía serio, incluso hostil hacia él
Se colocó cuidadosamente la charretera sobre el hombro. De reojo y con la mano izquierda buscó el nodulo. Joshua le había dicho que sólo lo pulsara una vez para que el filamento preciso, el único que necesitaría para establecer la comunicación, se activase. No pudo evitar rozar el otro saliente que le podía cubrir con el casi invulnerable traje dorado. Ninguno de ellos lo había hecho, ni siquiera Griffin, al menos que supiera.
—¿Cuándo veremos la Columna? —preguntó gritando a Kirschner.
—Dentro de unos cuarenta minutos, si no surge ningún contratiempo.
La preocupación para Guido, pensó Luis, eran las naves envueltas en luz verde. Hasta el momento no habían descubierto ninguna, y todos los hombres a bordo estaban más relajados, incluso parecían haberse olvidado de ellas. Al principio, desde que se alejaron de la Meseta, estuvieron oteando el horizonte con las ametralladoras preparadas. Antes de salir renovaron los cohetes disparados, y los encargados de ellos, Hans y Die-ter, ya no estaban tan en tensión como hacía un rato.
Como si hubiera adivinado sus pensamientos, Kirschner dijo, sonriente:
—Me alegro de que esos lindos hombrecitos y mujeres no se hayan equivocado.
—No es su costumbre mentir, Guido —contestó Luis.
—¿Tengo que fiarme de un libro y un manuscrito?
—¿Por qué no? Hasta el momento, nada de lo que han dicho Griffin y Kanable está equivocado.
—Me habría gustado hablar con Kanable —rió el alemán.
—A mí también.
—Pero sus motivos no podrían haber sido los míos.
—¿Qué le hubiera preguntado?
Kirschner estiró el brazo para ver su reloj.
—Prepárese. Quedan diez minutos para que comience el ciclo.
Luis cerró los ojos. Estaba un poco nervioso, y no quería que nadie lo descubriese. Creía que así sería más difícil que cualquiera pudiera llegar a saber que sentía un creciente pánico de no ser capaz de servir de interlocutor al misterioso hombre de Elajah. ¿Por qué iba a fracasar? Griffin nunca falló en la Tierra, y si Joshua no lo logró en su primer intento se debió a ciertas perturbaciones ocurridas cerca de la Columna. Luego, en el siguiente ciclo, todo anduvo sobre ruedas.
Diez minutos más tarde seguía con los ojos cerrados, y se estremeció cuando Kirschner le advirtió:
—Es el momento. ¿Le ocurre algo, Castro?
—No, no... —dijo. Entreabrió un ojo y volvió a cerrarlo. Pensaba que así hablaría mejor.
Vamos a ver, se dijo, Joshua dijo que debía tranquilizarme, dejar que mi mente se pusiera en blanco, no pensar. Mierda, ¿cómo se consigue no pensar? Ahora estoy pensando en todo, en mi hermana que no encuentro, en el hijo de puta de Kirschner y en estos cinco hombres que podrían estar marcando el paso de la oca ante la tribuna de un alto jerarca nazi... Hey, ¿hay alguien ahí? ¿Qué tengo que hacer, esperar a que suene la llamada como en un teléfono? Dios mío, todo esto es una estupidez. Nunca en mi vida he escuchado que alguien me hable dentro de mi cabeza. No podré escuchar nada, no seré capaz de decirle nada. Joshua me dijo que pronunciara en voz alta cada palabra que yo quisiera que ese monstruo del otro lado del hilo me escuchara. ¿Qué estoy diciendo? ¡Pero si no hay otro hilo que mis neuronas, y éstas me van a estallar!
Vamos, vamos. Quien seas, dime algo. Por favor, respóndeme, o estos malditos me tirarán fuera. Sé que lo están deseando, quisieran tener una excusa para arrojarme cuando pasemos por encima de una pira de tramis...
—...¿Qué demonios está pasando? En mi vida he escuchado tantas tonterías seguidas. ¿Se puede saber qué bicho te ha picado, Joshua?
—Me llamo, me llamo...
—¿Te llamas, te llamas? Acaba de una vez. Todas las voces suenan iguales, pero algo me dice que no eres Joshua Stolberg.
—Soy Luis Castro. ¿Tú eres quien debía hablar conmigo?
—¿Quién si no? Hola, Castro. ¿Qué está pasando? ¿Acaso querías intentarlo, experimentar lo que es hablar con la mente? Haces bien. Quizá dentro de poco no existan teléfonos ni radios y todo el mundo se comunique como lo estamos haciendo nosotros ahora... Pero no. No es así. Esto no es un capricho tuyo. ¿Qué le ha pasado a Joshua?
—Nada. Joshua está bien. Se ha quedado en la Meseta. Cree que así verá antes a Roger Stolberg, ya sabes, su hermano.
—Sí, lo sé. ¿Quién va a tirarte a ese sitio lleno de tramis?
—Nada, sólo pensaba. No creí que me escucharas. Ahora hablo en voz alta, para que me oigas mejor...
—Tonterías. No es necesario. Pero ayuda, creo. Te percibo cada vez mejor, a medida que te tranquilizas. ¿Dónde estáis?
—Nos acercamos. Espera. Miro mi reloj. Veremos la Columna dentro de nueve minutos...
—¿Por qué te callas?
—Es que no estoy hablando en voz alta, y todos me miran temiendo que se haya roto el contacto contigo.
—Pues diles que me estás hablando.
—Les hago un gesto, se tranquilizan. Sigamos tú y yo.
—Bien. Puedes hablarles. Diles que voy a empezar a daros instrucciones.
—Estoy viendo... ¡La Columna está apareciendo en el horizonte.'
—Es impresionante, ¿verdad?
—¡Hermosa, increíble!
—No tanto.
—¡Lo es! Jamás había visto nada así en mi vida. Todos se pelean por mirar fuera. Alguno acabará cayendo si no tienen cuidado. Ahora no me dejan verla. ¿Dónde estás tú?
—Aquí, claro.
—¿Pero arriba o abajo? Ya distingo la plataforma. Parece un clavo hincado ahí...
—Esto tiene que estar muy profundamente hundido, por supuesto.
—¿No lo sabes?
—Dejemos de hablar de la Columna. Dile a Kirschner que te preste atención. ¿Quién se encarga de pilotar?
—Ziegesar.
—No recuerdo ese nombre. Joshua me dijo quiénes erais, pero no apunté nada, y he olvidado todos esos nombres germanos.
—¿Qué quieres que haga?
—La plataforma está recubierta por un escudo de fuerza.
—¿Mortal?
—No. Rechaza cualquier objeto que se acerque. No es la nube blanca y espesa que veréis. El escudo está por encima de ella. Te digo que no es mortal, pero un aparato como el vuestro podría verse afectado y él piloto perder su control. Por lo tanto, bajaréis cuando yo os lo diga. Mientras tanto, no debéis acercaros a menos de cincuenta metros. No dispondréis de más de un minuto, sesenta segundos, para posaros en la plataforma. Es sólida, la encontraréis firme debajo de la niebla. No os preocupéis por eso. El piloto tendrá que prepararse para tomar contacto con ella en seguida. Yo os iré guiando, porque sólo tendréis un círculo de diez metros de diámetro donde podréis cruzar. Si os desviáis, podría ser peligroso.
—Dios mío... Será difícil. ¿Por qué?
-¿Eh?
—Quiero decir que no entiendo por qué tantas dificultades.
—¿Crees que me gusta que corráis este riesgo? Las cosas están asi, amigo. Ni aunque pudiera me atrevería a anular completamente el escudo.
—Sólo se puede acceder por arriba, ¿no?... ¿No contestas?
—No, no se puede entrar de otra manera. Es el único camino. Ya os tengo.
—¿Nos tienes?
—En mi... detector. Y os veo.
—La Columna es ahora sobrecogedora, ya no la domina el paisaje, sino que ella se sobrepone a él. ¿Qué demonios es?
—¿No puedes tener calma? Ya te enterarás, os enteraréis todos. Castro, no sabes lo que te alegrarás de visitar mi casa.
—¿Por qué? ¿Qué quieres decir? ¿A qué viene esa carcajada?
—Mejor es que no te lo diga o te pondrías demasiado nervioso, pero estoy ansioso de verte por aquí. Te presentaré a alguien.
—Creí que estabas solo...
—Ya no. Venga, prepárate y ocupémonos de lo importante.
—Necesito un par de minutos para pasar tus instrucciones.
—Seguimos en contacto. Habíales. No se te ocurra salirte ahora.
—Sí, claro. Kirschner... Te estoy hablando a ti, Kirschner. Escúchame y no pretendas hablarme. Sería nefasto que se suspendiera el contacto. Éstas son las instrucciones...


27.- EL MORADOR DE LA COLUMNA


Despertó, y al mirar a su alrededor creyó que seguía soñando.
Pero comprendió que estaba despierta y sonrió satisfecha, alegre. Ya no olía a perros muertos. Antes de tumbarse en aquella cama se había bañado, y comido y bebido hasta hartarse.
Se incorporó pensando que tal vez la comida había contenido alguna especie de sedante que le había proporcionado un corto pero reparador descanso, porque en seguida comprendió que no habían pasado más de cuatro o cinco horas desde que Silberstein la acompañara a aquel cuarto y, señalándole la cama, le dijera que tenía tiempo para recuperar sus fuerzas y estar despierta para cuando sucediera el acontecimiento.
Estaba desnuda, y se sintió turbada. Pensó en el misterioso morador de la Columna, y se preguntó si éste la habría estado observando mientras dormía, recordando que vivía solo y que, y si era un hombre normal, debía estar bastante necesitado de compañía femenina. Acabó sonriendo. Ana había descubierto en Jonathan, mientras comía, largas miradas de animal en celo, pero creía más bien que su anfitrión era un misógino o un tímido tremendo. Cuando ella le devolvió una sonrisa agradecida, se sonrojó intensamente.
Sobre un extraño mueble encontró unos pantalones como los de Jonathan, una camisa holgada y suave, y unas botas de un material parecido a la piel. Mientras se vestía, la tenue luz rosa que alumbraba la estancia desde un rincón fue creciendo en intensidad, y en menos de un minuto todo estaba fuertemente iluminado. Resultaba curioso, pensó. Era como si la luz, despertara con ella.
Miró los cuencos con jalea y el vaso con el agradable zumo de frutas que estaban sobre una mesita. Pero no tenía apetito. No vio nada de aquello cuando entró. Quizá Silberstein lo acababa de dejar. Hizo un mohín con la nariz. Seguro que la había estado mirando.
De pronto le entró una frenética prisa por encontrar a su anfitrión. Mientras salía de la habitación, fue recordando todo cuanto le había sido revelado horas antes. Se pellizcó para asegurarse de que aquello no era un sueño, del que iba a despertar al lado del falso Moore, con una jauría de guerreros rodeándola.
Salió a un pasillo que se curvaba en ambos extremos. Conocía el camino, y buscó el tubo que Silberstein le había explicado que conducía a la zona. ¿La zona? Sonrió. Claro que sabía lo que era la zona. Todo acudía a su mente, y cualquier cosa que creía desconocer de aquel lugar le era aclarada al instante.
Encontró el pasillo, y lo recorrió alegremente. Empezó a silbar una canción de moda, se atrevió a tararearla a pesar de que no conocía bien la letra. Cuando llegó al final coincidió con la última estrofa, que sí recordaba. Parpadeó. No estaba segura de si era la primera o la segunda vez que llegaba allí. De todas maneras, cada forma y recoveco le parecían familiares, cualquier objeto le resultaba casi comprensible, como si supiera cuál era su utilidad. Sabía para qué servía cada cosa, su finalidad, para lo que estaba allí, en la Zona. Así, con mayúscula: la Zona.
Todo cuanto había en aquel lugar, a pesar de que algunos objetos pudieran parecerle sobrecogedores, poseían líneas y curvas armoniosas, las luces que brotaban de ciertos sitios eran suaves, se difuminaban sobre los objetos sin sentido, sin otro fin aparente que el decorativo, y sin embargo era consciente de que se hallaba ante el poder más grande del Cosmos que jamás pudiera conocer.
Había que prestar mucha atención, aguzar todo lo posible el oído, para percibir el sonido sincopado y no desagradable que a veces surgía del suelo o de las paredes. Pero podía olvidarse de él, no escucharlo.
—Hola, palomita. Te has caído del nido —escuchó.
Se volvió hacia donde había partido la voz de Silberstein. El hombre estaba dentro de una máquina llena de curvas y espirales, de masas de metal delicado de color de plata. Delante de él había un panel liso del que brotaban como tallos, que él acariciaba, movía o hundía.
—Mi nombre es Ana Castro —dijo la joven—. No me gusta que me llame palomita.
—Está bien, Anita —sonrió Jonathan, volviendo un instante la cabeza hacia ella—. Tengo una sorpresa para ti. Ya te dije que iba a obsequiarte con un regalo que no podrías ni imaginar. ¿Crees en el destino, en sus caprichos? Las cosas más inverosímiles ocurren en la vida real. Ya conoces eso que se dice, que la realidad supera en imaginación a la fantasía. A veces ocurren cosas así, de veras, aunque nos parezcan increíbles.
Ana se acercó lentamente al hombre, observando sus manos moverse por entre los tallos. Estaba fascinada viéndolos desaparecer o crecer bajo los ágiles dedos. Pensó que una maestría semejante sólo podía conseguirse tras muchos años de práctica. Y Silberstein no había tenido otro maestro que él mismo. Su inteligencia innata y una paciencia a prueba de cualquier fracaso debían haber sido sus mejores instructores.
—¿Qué otra sorpresa puede quedar? Ayer me abrumó con un montón de ellas —dijo Ana, atónita de pronto al ver aparecer en una forma espiral unas imágenes del cielo acartonado y horrible de Elajah, donde se movía un puntito—. ¿Qué está haciendo?
—¿No lo recuerdas? Te avisé que hoy íbamos a tener visitas. Te dije, para tranquilizarte, que no serían otra vez los Wyhargas y ese renegado hombre de la Tierra que se cree el profeta de un dios en este mundo. ¿Ves eso oscuro sobre las nubes de mierda? Se está acercando.
—Parece un helicóptero...
—Es un helicóptero. Ha saltado hasta aquí desde la Tierra. Saltaron dos, pero uno entró en una turbulencia y sufrió un accidente. En este aparato superviviente vienen personas muy valientes, o muy estúpidas, y tú conoces a una de ellas. Ésta es la sorpresa. Precisamente estoy en contacto con esa persona en estos instantes.
Silberstein sonreía constantemente, y a veces hasta parecía querer soltar una estruendosa carcajada. En algunos momentos su ceño se fruncía, pero su sonrisa no le abandonaba nunca. Parecía disfrutar del momento más feliz de su vida, algo que hubiera estado esperando desde hacía muchos años.
—Entonces es cierto que puede devolverlo todo a su estado original —susurró Ana.
—¿Es que no me creíste? Quizá sea un poco tarde, pero al menos salvaremos algo del desastre.
—Cuando me lo contó, me pregunté por qué había esperado tanto, y para qué había hecho que ellos vinieran, arriesgándose tanto. ¿Murieron personas?
—Sí. Varios hombres.
—No le entiendo. ¿Por qué no llevó a cabo la restitución usted solo? ¿Por qué permitió que vinieran?
Silberstein aflojó su sonrisa.
—No hay automatismos, nada es programable en el tiempo en estos dispositivos, pajarita. Alguien tiene que sacrificarse. ¿Entiendes? Una persona ha de quedarse aquí mientras los demás se salvan.
—¿Quién? —preguntó Ana.
—Oh, eso no debe inquietarte ahora. Y no temas que seas tú. Sobrarán voluntarios. De hecho, podré elegir entre cinco. Lógicamente, yo no me quedaré. Ya he hecho bastante, ¿no crees?
Ana pensó, pero no tuvo el valor de decírselo, que el único hombre obligado al sacrificio debía ser él: Silberstein. Miró la mancha en la nubes. Ahora ya tenía la forma diáfana de un helicóptero. Vio gente dentro. Bastantes personas. Debía volar al máximo de su carga.
—Estoy dando las instrucciones para que crucen el escudo a través de una pequeña abertura. Las personas podrían penetrarlo, pero no el material del helicóptero. Será un momento delicado, pero si hacen lo que les ordeno no correrán ningún peligro. Pajarita, no te diré quién viene ahí hasta que no hayan atravesado la niebla blanca. Aunque mínimo, existe un riesgo para ellos, y no quiero que sufras. ¿Sabes que eres muy bonita, así, sin tantos churretes?
El helicóptero era ya muy grande, ocupaba casi toda la pantalla en espiral. El objetivo que les enviaba su imagen pareció elevarse y lo enfocó desde arriba. Debajo del aparato apareció la plataforma cubierta por la nube blanca, casi un manto de nieve sobre la cúspide de la Columna.
—¿Cómo lo hace?
—¿Quieres decir que cómo recibimos estas imágenes? No lo sé exactamente. En realidad, no entiendo muchas de las cosas que hago. Creo que puedo mover un objetivo inmaterial por donde quiera, pero no más allá de cierta distancia de la Columna. Si hubiera podido, me habría valido de él para explorar hasta el último rincón de este mundo, cómodamente sentado en este sillón.
El objetivo fue bajando a medida que el helicóptero se dirigía, muy lentamente, hacia la plataforma. De pronto, se sumergió en la niebla blanca y desapareció entre ella. Silberstein suspiró aliviado.
—Hecho. Ha cruzado el círculo. Puedo cerrar el escudo de energía. —Se volvió hacia Ana, pictórico de satisfacción—. Bien, podemos ir a recibirles. Ya puedes saber que uno de los hombres que vienen a bordo se llama Luis Castro. Te lo digo para que te hagas a la idea y no empieces a chillar o a llorar cuando le veas. Me desagradan las escenas lagrimógenas...
Ana ya había recibido demasiadas sorpresas últimamente, y ésta la cogió un poco inmunizada. Quizá más tarde se haría muchas preguntas, y estaría de acuerdo con Silberstein en que a veces los acontecimientos en la vida de una persona pueden resultar tan inverosímiles que resulte difícil admitir que puedan contener tantos hechos fortuitos. Pero en aquel momento se limitó a abrir la boca, a poner redondos los ojos y a gesticular.
—¿Mi hermano ha venido a buscarme? ¿No se ha equivocado, señor?
La carcajada que Jonathan llevaba tanto tiempo queriendo soltar brotó con ganas de su garganta, y dijo en medio de ella:
—Pronto podrás verle personalmente. Vamos a subir. Les recibiremos en la misma plataforma... —De pronto se calló, miró con asombro el destello púrpura que había aparecido en un lado de la imagen—. Hey, tenemos otra visita. Pero ese intruso se estrellará contra el escudo.
—¿Un cometa verde?
—De verde nada. Se trata de una bolita discretamente pintada con una fosforescencia púrpura, algo nuevo. ¿Otra representación de otra raza atrapada? Veamos.
Ana observó el nuevo objeto. Ya era lo bastante grande en la pantalla cóncava que surgía de la espiral, y apreció que se trataba de una especie de media esfera sólida que irradiaba un tono púrpura, cubierta por una cúpula transparente. La distancia le impedía apreciar las figuras que habían dentro de ella.
—¿Qué pasará? —preguntó la muchacha, preocupada, pensando en el helicóptero posado en la plataforma y en el peligro que podía correr debido a la presencia de aquellos nuevos desconocidos.
—Nada. Tocará el escudo y será repelida. Si el que maneja ese trasto no es hábil, perderá el control y acabará estrellándose.
Esperaron. El intruso se aproximó, la imagen estaba tomada desde arriba, y le vieron bajar hacia la niebla blanca. Ana observó a su compañero, le escuchó respirar entrecortadamente.
Finalmente, la forma se hundió suavemente en el blanco manto que era el techo de la plataforma. Silberstein palideció.
—Por Yahvé —jadeó—. Ha cruzado limpiamente el escudo. ¡Sé que el escudo sigue ahí, invulnerable como siempre!
Se levantó precipitadamente y echó a correr, diciendo a Ana:
—¡Arriba, deprisa!
Ana corrió detrás de Silberstein, le siguió cruzando parte de la Zona, sorteando las formas que surgían del suelo, como una prolongación de éste, toda la maquinaria que gobernaba Elajah desde la Columna.
Entraron en un tubo donde había una luz celeste, suave pero tan densa que parecía sólida, y empezaron a ascender vertiginosamente. Como la otra vez, Ana miró a sus pies y sintió mareos, un intenso vértigo al ver que debajo de ella se abría un pozo de cientos de metros de profundidad. Pero no podía caer. Siempre hacia arriba, llegaron a un segmento. Hubiera seguido subiendo un poco más, pero Silberstein la agarró de la camisa, tiró de ella, y la hizo pasar a una sala. Al final había una rampa. Se dirigieron corriendo hacia ella, y finalmente alcanzaron la plataforma, justo en el momento en que el intruso descendía a pocos metros del helicóptero, del que estaban saltando hombres armados con ametralladoras que, sin perder un segundo, formaron una fila y empezaron a disparar contra la media esfera púrpura.
Todo se llenó de estampidos ensordecedores, de miles de destellos de las armas automáticas. El ambiente olía a pólvora, a aire quemado. Otro hombre saltó de la carlinga, también disparando. Las ráfagas se sucedían una tras otra. Miles de balas trazaban en el aire su curso de fuego contra la media esfera, y se escuchaban los agudos silbidos de los rebotes.
—¡Quietos, dejad de disparar! —aulló Silberstein.
Ana se llevó las manos a los oídos y abrió la boca para que no le estallaran los tímpanos.
Sintió que alguien la agarraba, la obligaba a volverse. Estaba asustada, y empezó a repeler a golpes a quien la asía con fuerza. Antes de que sus puños cayeran sobre el desconocido, escuchó a pesar del fragor de los disparos que no cesaban:
—¡Ana!
Vio la cara de su hermano. Vestía como un soldado, su rostro estaba enmarcado en un enorme casco azul y blanco. Se abrazó a ella. Ana notó que lloraba y se dejó abrazar.
Estaba tan turbada que no escuchó nada de cuanto Luis le decía.
—¡Alto el fuego, cabrones, no disparéis más!
Silberstein se desgañitaba pidiendo que pararan.


28.- LA PLATAFORMA

—¿Qué es un helicóptero?
—Un aparato volador de la Tierra —expliqué a Smith.
—Es tosco.
No quería entrar en discusiones. Veía al helicóptero acercarse a la especie de nieve que cubría la plataforma. En aquel momento creía verdaderamente que era nieve, pensando que la altura había propiciado su formación. Pero cuando el aparato al que seguía desde hacía un rato, tras superar la sorpresa que me provocó su descubrimiento, penetró en aquella masa blanca, cambié de opinión. Debajo de la falsa nieve había algo más.
Me lancé tras el helicóptero, siguiéndole casi a ciegas. Si él había entrado, yo podía hacerlo también. Aminoré la velocidad para que el Vínculo bajara lo más lentamente posible.
Apenas dejé atrás la capa de niebla, vi aparecer la extensa planicie del remate de la Columna. A poca distancia descubrí el helicóptero posado al lado de un amplio círculo que se abría en el suelo, y moví el Vínculo para que se posase lo más próximo a él.
Entonces saltó del aparato un pelotón de hombres, que inmediatamente abrió fuego de ametralladora contra nosotros. Verdaderamente, me asusté. Los fogonazos me deslumbraron un instante, y percibí algo como una vibración en la cúpula, causada por cientos de impactos de proyectiles. Estábamos insonorizados, y era como ver una película muda. Hasta aquel momento no supe lo seguro que podíamos sentirnos allá dentro.
—¿La gente de tu mundo acostumbra a mostrarse tan violenta antes de molestarse en averiguar si existen motivos para ello? —preguntó Smith, ahora calmadamente. También había pasado su susto.
—Algunos piensan que si se detienen en preguntar puede costarles la vida, y en consecuencia disparan antes. Luego, a veces, hasta se preocupan de comprobar si han estado acertados o no.
Miré los cinco soldados con uniformes de campaña que disparaban como posesos contra nosotros. Un sexto saltó del helicóptero y se sumó a la diversión. ¿Hasta cuándo iban a estar así? ¿Cuántos cargadores necesitarían para convencerse de que no iban a lograr ni mellar el Vínculo? Detrás de ellos descubrí a dos personas que vestían ropas veraniegas de brillantes colores. Otro soldado había descendido del helicóptero, y corrió a abrazarse a una de ellas.
—No entiendo nada en absoluto de este argumento —mascullé—. Hemos llegado cuando la película estaba empezada. Tendremos que esperar al próximo pase, aunque dudo que me guste quedarme a la siguiente sesión.
Smith me miró como si le hubiera hablado de pronto en otro idioma de la Tierra que él aún desconocía.
—Lo siento —dije—. Estaba hablando conmigo mismo.
—¿No es estúpido hablar con uno mismo, amigo Ray?
—Supongo que sí —suspiré—. Querido Smith, te juro que si me hubieran preguntado lo que esperaba encontrar en la Columna, ni en mil años de respuestas hubiera dicho que vería a unos energúmenos disparar como en una de esas películas en las que los yanquis son listísimos y buenísimos y sus enemigos tontísimos y malísimos.
—Sigo sin entenderte. ¿Qué te pasa para que me hables de una forma tan rara?
Todo a nuestro alrededor se estaba cubriendo de humo. Todavía sonaban disparos, la cúpula seguía vibrando. Llegué a temer que tantos impactos acabaran dañándola. Acerqué mi mano a los mandos. Quizá debiera salir de allí.
—Esto es demasiado vulgar para que pueda ser interesante. Larguémonos. Volveremos en otra ocasión, o que Rosenman se ocupe de ellos. Si quiere seguir haciendo de buen samaritano y socorrer a desvalidos Desaparecidos, quizá aquí decida abandonar su apostolado, tras ver a estos aprendices de Rambo y sus imitaciones.
Smith me sujetó una mano con tanta fuerza que a punto estuve de pegarle un puñetazo. El muy bruto me había hecho daño. Me deshice de su garra.
—¿Qué cono te pasa ahora? Te digo que nos vamos.
Estaba irritado. La Columna se había convertido en una especie de portahelicópteros por obra y gracia de una sección del ejército de algún país que había sido trasladada a Elajah y la había ocupado militarmente. Y si era así, si allí estaban los tipos con galones y estrellas, aquello podía ser peligroso. Ya había tenido una mala experiencia con los soldaditos del mayor Blase.
Smith me señalaba a la gente. Aparte el hecho de que el fuego había cesado y el humo de tanta pólvora quemada se estaba disipando, no veía nada interesante excepto unos soldados demasiado nerviosos y los dos tipos vestidos estrafalariamente. De pronto, creí que mi amigo quería hacerme comprender que allí sucedía algo extraño. Uno de los hombres uniformados estaba ayudando a bajar del helicóptero a Kurt y Greta Pfaumann. ¿Qué hacían aquí aquellos dos ancianos?, me pregunté.
Todavía me quedaba otra sorpresa. Smith me dijo:
—Por favor, alza la cúpula.
La petición correcta hubiera sido que hiciera desaparecer la cúpula, pero le entendí, y pensé que se había vuelto loco. ¿Cómo se atrevía a querer salir y ponerse delante de aquellos salvajes que todavía no habían bajado del todo sus enormes ametralladoras ?
—Haz lo que te digo, amigo Ray.
Nunca le había visto tan nervioso, y creo que tampoco tan emocionado. Sabía que Smith era capaz de reír, de gastar bromas, y de otras muchas cosas que siempre supuse eran patrimonio exclusivo de los humanos, pero...
Pero jamás le vi llorar.
Smith estaba llorando mientras me imploraba que le permitiera salir.
Perplejo, vacilé cuando mi mano rozó el mando de apertura de la cúpula. Entonces me fijé que el hombre vestido de forma carnavalesca —el otro de igual indumentaria era una chica que se abrazaba a uno de los tipos de uniforme— caminaba hacia el Vínculo, gritando y agitando los brazos.
—¿Qué esperas, amigo Ray, para dejarme bajar?
—¿Qué está pasando, quién es ese tipo que está ahí fuera espantando moscas?
—¡Es Joe!
Era su amigo del alma, Joe.
Su profesor de idiomas, su camarada humano. El prototipo del que se valieron los vrowes para un proyecto de clonación que constituyó un fracaso casi estrepitoso.
Al fijarme más detenidamente en él, pensé que sus facciones debían ser iguales al rostro multiplicado docenas de veces de los pobres seres que vagaban como almas en pena por las cuevas y túneles de la ciudad vrowe ahora convertida en ruinas, y me estremecí.
Cuando finalmente hice desaparecer la cúpula, y Smith saltó atropelladamente y corrió al encuentro de su amigo, fui testigo de una escena que consiguió disipar mi asombro y hacerme reír.
Smith cogió a Joe entre sus enormes brazos y lo estrujó contra su pecho, y luego lo alzó por encima de su cabeza, gritando de alegría. Joe dejó de repetir Smith, Smith, amigo, amigo Smith. Con tantos vapuleos se le cortó la respiración, y reservó su último aliento para pedir con fervor al gigante que le soltara y le dejara de nuevo en el suelo.
Desde el Vínculo observé cómodamente el reencuentro de los dos viejos amigos. Los soldados se miraban llenos de asombro, y la chica se apartó del individuo al que abrazaba mientras soltaba grandes carcajadas. Creo que trataba de explicarle algo que parecía hacerle mucha gracia. Al fondo, los Pfaumann se acercaban despacito.
Decidí salir, y pensé que debía pedirle a alguien que me contara lo que pasaba. Apenas pisé el suelo de metal, la joven-cita con pantalones y chaleco me apuntó con un dedo y me gritó Wyharga. Me sonó a gravísimo insulto. Me palpé el pecho protegido por el traje de combate, y traté de sonreírle para que dejara de hacer aspavientos.
Kurt Pfaumann se abrió paso entre los hombres armados en el momento en que éstos empezaban a alzar de nuevo sus recalentadas ametralladoras, y les dijo con voz autoritaria:
—Quietos todos. Ese hombre es Raymond Kanable, y el gigante se llama Smith y es un inyindani civilizado. No quiero un solo tiro más. Calmaos de una vez.
El hombre que había estado al lado de la muchacha se dirigió hacia mí, mirando respetuosamente a Smith al pasar por su lado, y, tendiéndome una mano y sonriendo de oreja a oreja, me dijo en voz baja:
—Señor, no me importa nada de su vida anterior en la Tierra. Le admiro por todo lo que ha hecho en Elajah. Por favor, estreche mi mano. Soy Luis Castro. Mi nombre no le dirá nada, pero supongo que entenderá si me permite llamarle Carlos Cebral.
Le miré a los ojos. Nunca había oído hablar de él, pero el hecho de que conociera mi verdadera identidad y fuera un compatriota mío me obligaba a catalogarle como alguien a quien debía tener en cuenta, a pesar de su sonrisa amistosa y a la sinceridad que creí notar en el tono de sus palabras. Luis Castro estaba verdaderamente emocionado. Había emoción de sobra en aquella reunión que se había iniciado con una estruendosa salva de ráfagas de ametralladoras.
—He venido a Elajah en busca de mi hermana —dijo Luis. Pasó un brazo por los hombros de la muchacha—. La he encontrado, la he encontrado. Estaba aquí, sana y salva. Este hombre que su amigo Smith llama Joe me la ha estado cuidando en este lugar.
—Me alegro... —dije, titubeante. No era capaz de salir de mi asombro. Iba dando saltos de una sorpresa a otra.
—Otro compañero mío también ha venido por alguien. ¿Estaba usted con Roger Stolberg?
—Sí...
Iba a preguntarle cómo sabía que el sargento había estado acompañándome, pero él, como si hubiera leído en mi sonrisa un gran estupor, que debía ser de cretino total, se apresuró a decir:
—Hemos estado en la Meseta, y Joshua Stolberg, el hermano de Roger, decidió quedarse a esperarle. —De pronto pareció preocupado—. ¿Ha ocurrido algo? Tenía entendido que los tres Vínculos se marcharon volando unidos.
—Roger se encuentra perfectamente. Yo me adelanté... —Miré a los Pfaumann—. ¿Por qué se los han traído?
Uno de los hombres de uniforme se adelantó. Se quitó el casco, lo puso bajo el brazo y se plantó delante de mí.
—Señor Kanable, soy Guido Kirschner. Es un honor conocerle. —Sonrió—. Es como ver en persona a un héroe del que se ha leído mucho.
—¿Cree que soy un héroe? ¿Ha tenido tiempo de leer el libro de Griffin? Vaya, esto me hace pensar que ustedes han sido traídos aquí después del Día del Misterio.
Kirschner soltó una carcajada. Vi a Luis ponerse nervioso, e incluso palidecer, cuando aquel hombre con acento alemán añadió:
—Sé de usted mucho más de lo que se imagina.
—Guido, creo que al señor Kanable —noté que recalcó mi nombre— no le interesa conocer ahora ciertos detalles.
Entendí a Luis. Para los demás, yo debía seguir siendo Raymond Kanable. Aquel hombre, que tal vez fuera un alto funcionario del gobierno español, no había revelado a nadie mi verdadera identidad. Me alegré de que así fuera.
Kirschner asintió con la cabeza a Luis Castro. Se volvió hacia Joe y Smith. Yo también miré a la extraña pareja formada por los dos viejos camaradas. Me divertía ver la expresión de alegría que todavía brotaba de la inhumana cara de Smith. Joe no estaba menos contento. Sí, aquella reunión era una fiesta de alegría. De todas formas, sin embargo, palpaba algo extraño en el ambiente.
Joe se separó de Smith y se situó en el centro del corro que habíamos formado sin darnos cuenta.
—Han ocurrido acontecimientos imprevistos, amigos. En lugar de un grupo de visitantes he tenido dos, y en uno de ellos ha venido alguien muy entrañable para mí. —Miró sonriente a Smith. El inyindani se libró con disimulo de una lágrima—. Ver a Smith me reconforta, me hace sentir mejor. Me ayudó a sobrevivir en los momentos más difíciles de mi vida. Supone un gran alivio para una parte de mi alma atormentada.
»Me llamo Jonathan Silberstein, pero a Smith, durante nuestro cautiverio, le dije que me llamara Joe para que le costara menos esfuerzo pronunciar mi nombre. Hace tiempo que perdí las esperanzas de volver a verle, y tenerlo ahora a mi lado es la mejor recompensa a mis esfuerzos e intentos por rescatarle desde aquí de su cárcel entre los vrowes.
Percibí dos detalles que despertaron mi atención. El primero fue lo que acababa de decir Joe. El segundo, cuando Kirschner torció el gesto. Y no me sorprendí en absoluto cuando, con los pulgares en su cinturón, el alemán preguntó:
—¿Silberstein? ¿De dónde es usted, señor? ¿En qué país se hallaba cuando fue cazado por Elajah?
—Soy irlandés, un poco judío, pero viví en Israel muchos años.
Joe sonreía. Debía estar tan contento que no había captado el tono de desdén en Kirschner. Me quedaba por investigar el primer detalle que había llamado mi atención. El segundo ya estaba aclarado: A Guido no le hacía ninguna gracia que Joe tuviera sangre judía, aunque sólo fuera en parte.
—¿Habló en hebreo a Joshua Stolberg hace dos ciclos?— preguntó secamente Kirschner.
—Ah, sí. Fueron mis primeras palabras, lo hice sin darme cuenta. Bien, creo que podemos bajar. Caballeros, no se preocupen por sus vehículos voladores, aquí nadie se los robará. —Miró intrigado el Vínculo—. Kanable, usted tendrá que explicarme su truco para vulnerar el escudo de energía que protege la plataforma. Sigo sin explicármelo.
Cuando ya empezaban a moverse para seguir a Joe hacia la abertura, tosí con fuerza para que todos me prestaran atención.
—Joe, ¿qué quiso decir cuando habló de que había intentado liberar a Smith?
El irlandés-israelita abrió mucho los ojos, estudiándome con perplejidad.
—Que lo intenté muchas veces, eso está claro.
—¿Qué hizo usted, Joe? —insistí.
Al mismo tiempo fui estudiando los rostros que me rodeaban. En ninguno descubrí el menor gesto que me diera a entender que uno al menos compartía mi remota sospecha o conocía la posible respuesta de Joe.
Joe abrió los brazos y dijo, como si fuera lo más natural del mundo:
—¿Qué va a ser? ¿Quién creen ustedes que ha salpicado este mundo de pedazos procedentes de otros planetas? Yo he traído a Elajah todo eso que ustedes conocen como las Islas del Paraíso.


29.- EL MUNDO FABULOSO

Joe había despertado mis simpatías, pero con su comportamiento intransigente estuvo a punto de conseguir que yo acabara odiándole.
Quería saberlo todo, nos sometió a un interrogatorio en el que sólo faltaron los golpes y las colillas aplastadas contra nuestra piel para que aquello pareciera una tétrica comisaría.
Exagero. Resultó que Joe, convertido en nuestro guía para mostrarnos el mundo fabuloso que existía dentro de la Columna, nos enseñó con toda astucia lo más intrascendente, mientras él se iba poniendo al corriente de los acontecimientos que desconocía, que en realidad no eran muchos. Resultaba evidente que, antes de que le tocara el turno de las grandes explicaciones, quería estar al tanto del terreno que pisaba.
De alguna manera yo salí beneficiado, pues fui sacando datos de aquí y de allá, y supe que Griffin había sido tan afortunado que los imbéciles vrowes le arrojaron a un fuego fatuo, creyendo que le liquidaban, y le devolvieron a la Tierra, y a los pocos días de estar allí, mi charretera fue a parar a sus manos gracias a que Luis Castro la había encontrado y pensó chantajearle con el fin de conseguir la información que le permitiera, de la manera que fuese, sacar a su hermana Ana de Elajah.
Limitándome a oír a unos y otros obtuve diversas versiones de lo que había pasado en la Tierra desde mi partida en el parque y de los sucesos acaecidos en Elajah. Que mis pensamientos hubieran sido conocidos por varias personas gracias al condenado Griffin me molestaba, y de ellas sólo tenía a mi lado a dos: Guido y Luis, y me sentía en su presencia como si me hubieran robado mi diario íntimo de la infancia y lo hubieran leído de principio a fin.
Joe nos hizo bajar por una rampa hasta lo que creí era el nivel inmediatamente inferior a la plataforma. Allí, en una sala casi desnuda si se exceptuaban unas sillas y varias mesas, me sentía como en el vestíbulo de un palacio medio abandonado, y permanecí en silencio todo el rato, mientras los demás hablaban sin cesar y yo adquiría conocimientos. Siempre he dicho que callando y dejando hablar se aprende mucho, y uno evita cometer errorres. Claro que esta conducta la he llevado pocas veces a la práctica, y así me ha ido en la vida.
Ana Castro se ausentó un rato y volvió con una enorme bandeja de comida. Nada de cuanto había en ella era nuevo para mí. Resultó ser más o menos el menú que los ankaris obtenían en su Morada, jaleas y zumos. Para los soldados y Luis tampoco resultó ser una novedad, porque habían estado en la Morada, pero probaron de todo, más por curiosidad que por apetito.
Al cabo de un rato empecé a impacientarme, tuve que morderme la lengua para no plantear a Joe una serie de preguntas que me urgía hacerle. No dejé pasar la oportunidad de empezar con una, que estimaba interesante, cuando Luis se refirió de pasada a las propiedades de la charretera, precisamente la mía, que él llevaba en su hombro, casi oculta por su guerrera. Me preguntaba si todavía estaba en ella el nódulo que contenía mis confesiones. Estaba decidido a arrebatárselo a la primera ocasión que se me presentara y destruirlo. Dios mío, lo que había hecho Griffin conmigo era para no perdonárselo nunca. A pesar de las justificaciones que me dio Luis Castro, intentando disculpar al escritor, yo no estaba conforme con su deseo, afortunadamente frustrado, de publicar parte de mis pensamientos alojados en el pequeño objeto.
Tenía entre mis manos un vaso con zumo que ni siquiera había probado, y pregunté a Joe:
—¿Qué sabe usted de la charretera? ¿Cuál es su relación con los Wyhargas?
Joe se frotó las manos, se tomó su tiempo para pensar, y dijo, al cabo de un rato que se me antojó larguísimo:
—Tengo que contarles demasiadas cosas, amigos, y me habría gustado empezar cronológicamente. —Sonrió. A su lado, Smith saboreaba un plato de jalea, aparentemente ajeno a todo. Su falta de curiosidad por las cosas me desconcertaba—. Sin embargo, creo que puedo anticiparles los detalles de la charretera. Yo no tengo algo parecido. Quiero decir que la mía no es portátil, para ser ajustada al hombro, sino un comunicador que me sirve para contactar con quien tenga una charretera, aunque esté en el otro lado, a millones de años luz, o cual sea la distancia que nos separa de la Tierra.
—El Wyharga al que maté en el territorio vrowe tenía una parecida. Cuando se la arrebaté, su coraza casi se desintegró. Entonces me asusté.
—Le comprendo, Kanable —dijo Joe—. La charretera, como usted la llama, tiene otro nombre que ahora no importa, y es el instrumento más importante de los Wyhargas. Usted la usó primero en su grado más elemental, para valerse de la más simple protección, la lámina de energía dorada. Para ello no es preciso insertarse el primero de los cinco filamentos, precisamente el que permite establecer comunicación mental con un centro de órdenes de Zona, por ejemplo conmigo. La ankari Esshei, al tener dificultades para comunicarse con usted y con Jorge Valdivia, les reveló cómo usar el primer filamento, pero les advirtió que no tocaran los restantes, ¿no es así?
—¿Qué ocurre si uno se ajusta la charretera y se le incrustan los cinco filamentos?
Joe suspiró.
—Se convierte en un Wyharga total. Y es horrible.
—Lo imagino. ¿De qué manera es afectado un ser convertido en Wyharga?
—No lo sé exactamente. He averiguado que los siguientes filamentos van provocando una especie de condicionamiento, que pienso es irreversible para la criatura portadora. Entre otras cosas, la charretera suministra una verdadera coraza, que es recubierta por el traje que usted viste ahora, Kanable.
—Entonces las voces que creí escuchar no fueron un producto de mi imaginación, sino que eran ustedes dos comunicándose.
—Es posible —admitió Joe.
Hice que el baño de oro desapareciera de mi cuerpo, pero no me quité la charretera. Tenía clavado en mi hombro el primero de sus filamentos. Desde que partí del territorio vrowe estuve esperando oír la voz de Esshei en mi mente y, a pesar de que ésta parecía no acordarse de mí, seguía esperando. Pedí a Joe que continuara.
—Respecto a la charretera, poco queda por añadir. Ahora me gustaría contarles cómo llegué hasta aquí.
Sí, era una buena propuesta creo que para todos, porque ninguno dijo nada y todos guardamos silencio, expresando así nuestra plena conformidad a Jonathan Silberstein.
—Se produjo un cambio de masas en la Tierra, tres lustros antes del Día del Misterio. Nadie se percató de ello, ahora lo sé. Fue un caso único. —Joe se apresuró a sonreír—. No, de ninguna manera piensen que yo vine a Elajah entonces. Me encontraba en plena guerra del setenta y tres en el Sinaí, incorporado a una patrulla israelí que fue aislada por el súbito ataque egipcio.
»Yo era entonces un soldado de fortuna, había combatido en varios conflictos del mundo, y pensé que debía hacer algo sin cobrar; me acordé de que mi padre tuvo un antepasado judío nacido en Palestina, y decidí volver a aquellas tierras de mis mayores. Casi sin darme cuenta, acabé alistándome en el ejército israelí. Me convenía cambiar de nacionalidad, de vida y de nombre, y para ello me exigieron servir una temporada en sus filas. Nadie esperaba entonces una guerra, y me encontré metido en ella cuando no me apetecía nada pegar unos tiros.
«Volviendo a aquel día en el que los egipcios nos disparaban desde todas partes y nuestro ejército era obligado a replegarse, yo estaba convencido de que mis días de aventuras habían terminado. Mi último compañero acababa de ser despanzurrado por una granada, y me había quedado solo en la maldita posición. Entonces me cegó un vivo resplandor, y pensé que un proyectil me había alcanzado de lleno.
»Sin embargo, abrí los ojos en seguida, y me encontré en un paraje horrendo, desolado. Todo a mi alrededor era rojo como la sangre y negro como betún, el cielo y las nubes. No había ninguna clase de vegetación, nada. Y el aire que empecé a respirar me ahogaba.
—¿No habrá querido decir que era gris? —preguntó Kirschner.
—No estaba en Elajah, si eso es lo que piensa —replicó Joe, algo molesto por haber sido interrumpido—. Por supuesto, esta conclusión la sacaría mucho más tarde. No he averiguado en qué mundo me hallaba. Sí, pensé en seguida que no estaba en la Tierra, pero tampoco comprendí que fuera otro mundo.
«Algunas horas después se hizo de noche, y yo estaba aterido de frío. De pronto, de entre las nubes de sangre surgió una nave plateada que aterrizó a poca distancia de mí, y de ella bajaron unos seres extraños. Yo sólo tenía a mi lado mi rifle descargado, y desenvainé mi bayoneta, dispuesto a hacerles frente.
»Eran vrowes, y apenas me descubrieron me rodearon, y en unos segundos me desarmaren y sujetaron mis manos con pegajosas cintas. Yo apenas me defendí al tenerlos cerca. Me habían asustado mortalmente. Todo en ellos era para asustar al más valiente, y yo ya tenía demasiado miedo desde que comprendí que no estaba en el Sinaí.
»Me condujeron a su nave y me encerraron en un pequeño cuarto. Al cabo de varios días, que fui calculando gracias a que conservaba mi reloj, llegamos a nuestro destino. Me sacaron de mi celda casi muerto de hambre. Sólo me habían dado agua. Fui trasladado a una estancia que no supe dónde estaba. El camino hasta ella lo hice inconsciente. Allí casi me abrieron en canal cuando me tumbaron en una mesa y un montón de vrowes se dedicaron a investigarme. Creo que decidieron que no muriera, y en seguida empezaron a inyectarme líquidos vitamínicos, una vez averiguaron lo que podía hacerme daño o beneficiarme. Tuvieron éxito, pues recuperé mis fuerzas, y apenas conseguí caminar y moverme a mis anchas me llevaron de nuevo a otro sitio. Esta vez estaba despierto, y vi que me conducían a una ciudad subterránea.
»Cuando me arrojaron a otra celda y comprobé que estaba ocupada, temí que pretendieran que sirviera de alimento a una bestia que tenían encerrada allí.
Joe soltó una carcajada. Smith le coreó.
—Allí estaba Smith —dijo Joe entre risas—. Sí, al principio creí que Smith iba a devorarme. Pero nos hicimos amigos en seguida, apenas comprendí que él era otro prisionero de los vrowes. Smith estaba en uno de sus períodos de vela. Los vrowes habían producido clones de él, unos esclavos dóciles y bastante eficaces. No me avergüenza admitirlo, pero las criaturas que obtuvieron luego de mí eran torpes y apenas les servían. Creo que pretendían obtener de mí un ejército de choque o algo parecido.
«Cada cierto tiempo nos congelaban. No sé exactamente lo que hacían con Smith y conmigo. Nos llevaban a una habitación, nos dormían, y ya no despertábamos hasta dentro de cierto tiempo, en el que nos volvían a encerrar en una celda, de la que nos sacaban para llevarnos a su clínica.
»De no ser por la compañía de Smith, me habría suicidado dándome golpes con la cabeza contra la pared. Pero Smith aprendió deprisa el inglés, y me ayudó a sobrellevar mi cautiverio. Pero yo necesitaba escapar, volver a ver el sol, el que fuera.
«Planteé a Smith la idea de fugarnos y él, maldito cobarde, se negó a acompañarme, temeroso del castigo que los vrowes pudieran infligirle si le capturaban.
»Una vez que un vrowe me sacó para llevarme al quirófano con el fin de extraerme células para obtener más desdichados descendientes míos, decidí jugarme el todo por el todo. Me había mostrado tan sumiso hasta entonces que apenas me vigilaban. Aproveché una distracción de aquel monstruo, y le aplasté la cabeza de un puñetazo. Los vrowes la tienen muy blanda. Luego eché a correr por los corredores, escondiéndome. Mi cara era igual a la de cientos de clones humanos míos y logré salir a la superficie, esconderme en los bosques, y llegar finalmente hasta una explanada donde había varias naves. Subí a una, y sorprendí a su piloto en el cuarto de control. Con gestos le amenacé a que la pusiera en funcionamiento, o le machacaría los sesos con una barra de hierro.
»E1 vrowe me obedeció al principio. Tal vez mi aspecto le aterrorizaba tanto como el suyo a mí. Partimos de Vrow y, mientras veía que el planeta se alejaba, pensé que Smith debió haberme acompañado. Casi estuve tentado de regresar a buscarle, pero la maldita bestia que era el piloto perdió su miedo, y quiso atacarme. Me bastó un golpe para dejarlo listo. Lo peor es que ensució demasiado el suelo con la asquerosa gelatina que contenía su cabeza.
»De pronto me encontré ante un panel de mandos que no conocía en absoluto. A pesar de tener mis licenciaturas en electrónica y ordenadores, todo aquello era desconocido para mí. Y el tiempo apremiaba. Me estaba alejando de Vrow a velocidad casi lumínica. Empecé a mover palancas y apretar botones. Cuando menos lo esperaba, sumergí la nave en algo parecido al hiperespacio, y estuve navegando a ciegas por él durante mucho tiempo. Pasaron los días, y tuve que arrojar el cadáver del vrowe a un cuarto porque su olor se hacía insoportable.
»Más calmado, organizada ya mi vida a bordo, decidí analizar los mandos. Fue difícil. Todo estaba escrito en caracteres vrowes, imposibles de descifrar. Pero me ayudó un ordenador. Creo que los ordenadores son básicamente iguales en cualquier mundo. No sé de qué manera, pero establecí un programa, logré salir de aquel puré de guisantes que veía por las pantallas, y retorné al espacio normal. Delante de mí había un mundo cubierto de densas y sucias nubes, rodeado por decenas de pequeñas lunas, todas blancas y todas de distintos tamaños, pero era un mundo, y yo necesitaba posarme en algún sitio antes de proseguir mi ruta por el espacio buscando la Tierra.
«Entre mis muchos temores estaba el de que la nave pudiera quedarse sin energía. Ya la tenía inspeccionada de proa a popa. En un pequeño hangar había una especie de salvavidas, pequeño y de fácil manejo, teóricamente al menos. Descubrí cómo abrir la compuerta y salir por ella tripulándolo.
«Dirigí la nave al planeta, pero no pude encontrar por ningún sitio la maniobra para hacer que se posara en alguna parte de él. Di cientos de vueltas alrededor de aquel mundo cubierto de nubes, bajando cada vez más. En una de las pasadas descubrí una gran torre, luego otra igual; una en cada hemisferio. No hallé ninguna edificación, ni el menor rastro de vida. Si la había, pensé que tenía que estar cerca de alguna de las torres. Pero la maldita nave no respondía a mis deseos, no conseguía que se elevara un poco o cambiase de rumbo cuando yo quería. Entonces decidí bajar en el salvavidas, cuando comprobé que en una de sus siguientes pasadas acabaría colisionando con la superficie.
«Salí de la nave justo a tiempo. Desde el salvavidas la vi estrellarse a poca distancia de la Columna.
«Estuve a punto de perder el control de la lancha, pero conseguí elevarla hasta la cúspide de la Columna, y pude posarla en la plataforma. De esta manera llegué aquí.
Fui yo quien rompió el silencio que siguió a las palabras de Joe.
—¿Por qué la lancha no fue repelida por el escudo?
—Entonces no existían ni el escudo ni la cubierta blanca. Esta Columna, al contrario de la otra, estaba intacta, en perfecto servicio, pero desconectada. Yo la reactivé. La devolví a la vida.
—¿Y al hacerlo provocó en la Tierra el Día del Misterio, y meses más tarde la Segunda Oleada? —pregunté.
Joe se incorporó. Nos pidió que le siguiéramos. Ana Castro sonreía mientras caminaba a su lado, como si fuera su ayudante. Smith no se quedó atrás.
—El resto se lo explicaré mientras les voy mostrando lo más interesante de esta maravilla —dijo Joe—. Así mis palabras resultarán más amenas.
Luis Castro se situó a mi vera mientras salíamos de la sala y me susurró.
—Dios mío, ¿es que este hombre no comprende lo que ha hecho, si es que resulta cierto que él...?
Le pedí que callara. Apenas entramos en un deslumbrante y suave tobogán, más bien una rampa, Joe se volvió y nos dijo:
—¿Creen que todo fue sencillo para mí, que sólo tuve que chasquear los dedos? Oh, no. De ninguna manera, amigos. Llevo aquí doce años, ¿entienden? He necesitado todo ese tiempo para poderles traer.
Miré preocupado a Joe. Muy preocupado.


30.- LUCES CELESTES

Joe nos invitó a saltar a un túnel cuyo fondo se perdía difusamente entre luces celestes. Naturalmente, nadie quiso ser el primero, a pesar de que nuestro anfitrión nos aseguró divertido que aquel sistema de desplazamiento de la Columna era completamente seguro.
—Háganle caso —intervine, recordando la entrada a la Bóveda—. Flotarán hacia abajo y podrán detenerse cuando quieran.
—Así es —dijo Joe, dejando de sonreír de pronto. Me miró ceñudo—. Veo que lo conoce, Kanable. ¿De la Meseta? Claro, tenía que ser de allí. Lógico.
—Sí, muy lógico —admití.
Salté al túnel para demostrárselo, pero Joe me siguió y, exhibiendo una gran pericia, me adelantó y fue cayendo el primero. Los demás ya no titubearon. Reinfeld ayudó a los Pfaumann. Se ocupaba de ellos, era el médico de la expedición, y al parecer tenía orden directa de Kirschner de cuidarlos.
El más remilgado en entrar fue Smith, pero acabó haciéndolo, aunque el último. Su peso debió influir en que fuera adelantándonos, y cuando alcanzamos una abertura por la que Joe se introdujo, ya estaba delante de todo el mundo.
—No se sorprendan ante la grandiosidad de cuanto van a ver —explicó Joe, cuando atravesamos un túnel e irrumpimos en una grandiosa sala—. Ni tampoco se esfuercen por comprender por qué esto les da la sensación de que es mayor que las dimensiones externas de la Columna; carece de importancia, y sólo les acarreará un dolor de cabeza, de veras. Acéptenlo. Acepten todas las maravillas que tienen ante sus ojos. ¿Para qué preocuparse por unos misterios que jamás nos serán desvelados, si mientras tanto nos benefician?
Luis cruzó una mirada de inteligencia conmigo. Los dos, desde el principio, parecíamos haber establecido una especie de conexión, nos sentíamos ligados, además de por la ciudadanía y nuestros pequeños secretos, por nuestras respectivas sospechas, que no habíamos necesitado decirnos en voz alta para acabar comprendiendo que eran las mismas.
—¿Se imaginan la emoción que puede sentir un hombre, tras haber estado en medio de algo oscuro y desconocido, que de pronto encuentre la fuente de la energía que da vida a este maldito y a la vez fantástico lugar? —Joe avanzó por la estancia y se detuvo donde se alzaba un ovoide, acariciándolo—. Aquí está el alma de la Columna, amigos. Sólo tuve que tocarla para que de pronto todo se encendiera, y de cada rincón surgieran la fuerza y la luz. La Columna me acogía, me daba calor y comida. Pero no era suficiente para mí, como así comprendí, sino que se trataba tan sólo del comienzo.
»¿Para qué detenerme en los detalles, en los meses y los años que transcurrieron para que yo, paso a paso y día a día, lograse que nuevos conocimientos irrumpieran en mi mente? ¿Ven esto? Puede crecer o empequeñecerse a mi voluntad, a la voluntad de quien lo roce con sus manos. Es el mando más puro jamás creado, el más sencillo; pero para saberlo necesité mucho tiempo, cosechar demasiados fracasos, y obtener minúsculos triunfos que apenas me servían para consolarme.
Kirschner se adelantó. Había entregado sus armas a uno de sus compañeros, sólo llevaba en la mano una bolsa de lona, que entregó a Joe.
—Por favor, señor Silberstein, no olvide que tenemos una misión que cumplir, unos pactos mutuos que hemos de respetar. Usted los acordó con Gerald Griffin. Él quiso que apareciéramos cerca del Templo de Cristal y recogiéramos muestras, como usted le pidió.
—¿Dice que yo se las pedí? —preguntó Joe, sinceramente soprendido. A ninguno nos pareció que fingía.
—En esa bolsa tiene los trozos de cristal, de todos los colores, del Templo. Guárdelos, y entregúeselos a Griffin cuando se reúnan. Ahora, se lo pido por favor, dése prisa. Cuanto tiene que contarnos será muy interesante, pero déjese de palabrería. Vaya al grano.
—Como quiera. —Joe se encogió de hombros—. Está bien, hablaré sin rodeos. Hace unos meses conseguí el control casi total de este mando. Y ante mí apareció esto.
Todo alrededor de ellos se ensombreció, el suelo que tenían delante les dio la sensación de hundirse, y el techo se alejó hasta perderse en el infinito.
Lentamente fue formándose un mundo. Cuando la esfera estuvo completa, Joe dijo:
—Vi este planeta. No supe cuál era. Miren su hermoso color rojo. En un principio pensé que era donde aparecí, pero luego descubrí sus mares, y recordé que allí no había agua ni nada agradable. —Sonrió—. Tardé en saberlo, no crean. Observen ahora.
Una nueva caricia a la superficie bruñida del ovoide, y el planeta rojo fue reemplazado por otro, y luego se produjo una vertiginosa sucesión de mundos, de cambios de colores, de tamaños y diseños y dibujos; mundos sin nubes, blancos, ocres, negros, azules, verdes. Mundos con satélites, sin ellos, con un anillo, con muchos anillos.
—¿Es muy extenso este catálogo? —preguntó Kirschner—. Me está mareando, Silberstein...
Joe dio una palmada a la superficie. Delante de ellos quedó fijo otra vez el mundo de hermoso color rojo. Se volvió hacia el alemán.
—Ha acertado. Esto es un catálogo. Precisamente elegí este planeta. No sabía dónde estaba ni qué era, pero me gustó. Aquel día me costó mucho volver a encontrarlo, pero cuando volví a tenerlo ante mí decidí que empezaría con él. ¿Por qué no? Había sido el primero en aparecer.
—¿Para qué lo eligió? —preguntó Luis Castro.
Joe paseó lentamente ante el grupo. Levantó una mano, y la fue moviendo a medida que iba hablando.
—Buena pregunta. Todas las preguntas serán buenas, estoy seguro. Pero yo ya sabía lo que tenía en mis manos, no crean. Presten atención. Antes de relacionar el catálogo, había averiguado que esta Columna es una colosal estación receptora de la energía que captan todos los satélites artificiales que rodean Elajah. —Miró a Ray—. Usted y Jorge Valdivia son los únicos que los han visto. ¿Verdad que son hermosos, Raymond?
—¿Cómo sabe que Val y yo los vimos?
—Porque durante los ciclos Griffin me contó todo, y él sabía lo que usted vio mientras tuvo la charretera que él usaba para hablarme.
—Maldita sea, Ray, no le interrumpa ahora —exclamó Kirschner, mordiéndose los labios.
—Está bien —gruñí, alzando las manos para disculparme.
—Bah, una aclaración de vez en cuando no está de más —rió Joe—. Estaba en que yo había descubierto, al fin, qué es este mundo. Huyendo de los vrowes, había llegado al más gran de y horrible campamento militar, creado por una raza que una vez fue dueña de... Bueno, dueña al menos de esta galaxia, tal vez de otras, quizá del universo entero. Pero no exageremos. Dominaban miles de planetas, y eso es bastante. Elajah, su auténtico nombre, no significa infierno, aunque para muchos lo sea. Significa lo que es: campo de entrenamiento de Wybargas, la tropa de élite, la tropa suicida y que nunca tiembla ante su enemigo, no importa cuál sea, la tropa que lucha hasta el final y obedece aunque se le pida que se abra en canal, del cuello al vientre; los soldados que jamás contradirán las leyes de acero que fueron grabadas en su cerebro... a través de la charretera. A este campo de entrenamiento llegaban seres de muchas razas, aquí se les condicionaba, y eran convertidos en los mejores guerreros que jamás existieron y que nunca volverán a existir.
Eran reclutados a la fuerza. Una vez formados militarmente, sin otros pensamientos en su ya abotagada mente que obedecer a los portadores del Alto Distintivo y fieles a los Orígenes, eran lanzados, transferidos solos o dentro de sus unidades de guerra, a otros mundos que debían conquistar, y en sus planes de conquista estaba la orden de esclavizar más criaturas para que reemplazaran a los soldados que morían en la guerra y ser enviados a su vez a un nuevo planeta descubierto que fuera considerado adecuado para que sus riquezas hicieran más fuerte y poderosa a la raza dirigente. ¿Van entendiendo?
Si alguien no había entendido, no se atrevió a reconocerlo. A Joe le rodeaba un silencio absoluto. Sus dos manos se posaron sobre el ovoide, acariciándolo como si fuera el firme seno de una mujer.
—Pero, un día, todo se acabó. Las órdenes de conquista cesaron bruscamente. Por los mundos se extendió, no se sabe desde dónde, un nuevo criterio de la vida. Donde había guerra, tenía que haber paz; donde había odio, se implantaba el amor; donde había muerte, se protegía la vida. Era la nueva fuerza que barrió a la casta maldita y la hizo desaparecer súbitamente, sin transición alguna. De pronto, los Wyhargas se quedaron sin órdenes, y a bordo de sus unidades de halo verde se fueron perdiendo por el infinito. Los que no quedaron en la superficie de los mundos no fueron recogidos por la fuerza de los planetas-campamento, ya nadie les dijo cuál raza debían conquistar. Aunque en sus mentes persistieran las viejas leyes, carecían de objetivos fijos, y apenas encontraban enemigos contra los que luchar. Fueron desapareciendo. Algunos vivieron muchos siglos más, congelados en sus unidades, despertando a veces para no hallar a sus dirigentes y sumirse de nuevo en el frío sueño.
»Este mundo-campamento fue muriendo, las dos Columnas dejaron de recibir la energía que los satélites captaban del espacio. Todo se derrumbó, las instalaciones, los terrenos acondicionados para que los guerreros aprendieran a luchar. Sólo sobrevivieron las formas de vida mutadas que se escondían bajo tierra, las especies a las que se enfrentaban los reclutas para someterse a la primera selección de la que salían los mejores, criaturas de cien razas, cada una distinta, pero todas teniendo en común una apariencia más o menos como la nuestra, una apariencia humana en definitiva.
»Desde aquí las tropas eran enviadas a cualquier parte del universo a través de las plataformas de las Columnas, una vez seleccionado el objetivo, y la invasión era imposible de detener, y la etnia invadida siempre era vencida. Primero las unidades se desplazaban por el lento sistema de atravesar el hiperespacio, localizaban el objetivo, lo estudiaban y transmitían todos sus datos a las Columnas, y en ellas, una vez los Altos Distintivos consideraban que la operación era conveniente, se procedía a la conquista del mundo. Al poco tiempo, tras la victoria, eran transferidos a Elajah miles de reclutas, seleccionados entre los supervivientes vencidos, de los que sólo unos cientos alcanzaban el discutible honor de convertirse en Wyhargas.
«Curiosamente, todos los mundos invadidos poseían unas características similares en tamaño, constitución, atmósfera y demás elementos afines a la Tierra, contenían vida inteligente, y eran ricos en materias primas. ¿Por qué? —Joe bufó—. Eso no lo he averiguado. Quizá porque no me preocupó nunca y no perdí el tiempo indagando en los cuantiosos datos de información que tenía a mi alcance.
—¿Por qué provocó los cambios, Joe? —preguntó Luis.
—¿Qué otra cosa podía hacer? Aunque no podía salir de aquí, a través del catálogo conocí este mundo como la palma de mi mano. Estudié a los tramis, a las bolas devoradoras, y a las otras cien especies que ustedes no han llegado a conocer. Averigüé que el tiempo había sido inflexible con la Columna situada en nuestras antípodas, y que el paso de los siglos había derribado las grandes estatuas levantadas en honor de los Wyhargas. Mi nave estaba destrozada, no disponía de otro medio para volver a la Tierra que valerme del poder que había resucitado. Podía cambiar pedazos de materia, el modo del que se servían los Altos Distintivos para enviar sus tropas para moverlas de unos mundos a otros, como si fueran peones de ajedrez.
—¿Cómo lo hacía? —preguntó Kurt Pfaumann.
—Desde aquí. Este elemento que toco es el mando único y absoluto que controla la Columna, todo lo demás son meras extensiones suyas, como periféricos de un gran ordenador. Todo lo que es enviado a cualquier punto de Elajah y que es traído de algún mundo, pasa por aquí.
Joe se tomó un respiro y añadió:
—La Zona es el Limbo que ustedes conocen, la dimensión existente entre los planetas que yo he unido.
—Usted pasó dos o tres veces por ella, Kanable —dijo Joe, como recriminándome—. Le vi fugazmente cuando usó el fuego fatuo para volver. Entonces yo no sabía quién era usted, hasta que Griffin me habló de su hazaña. Repetir el paso por el Limbo debió darle un susto, ¿verdad?
Asentí.
—Permanecí algún tiempo rodeado de extrañas sombras —dije—. Creí ver seres a lo lejos, unas máquinas. Ahora sé que se trataba de usted, y la máquina la confundí con otra persona.
—Estuvo a punto de quedarse —sonrió Joe de pronto—. Me sentí tentado de correr hacia usted y agarrarle para sacarle por la fuerza del fuego fatuo en que estaba. Pero le dejé ir porque tuve miedo de ser arrastrado abajo y no volver de la Zona.
—¿Qué son los fuegos fatuos?
—Ustedes llegaron a una conclusión casi exacta. Sí, eran cambios que no acababan de consumarse, iban de un mundo a otro, nunca se quedaban fijos en el mismo sitio. Al final acababan desapareciendo. Fueron parte de mi fracaso.
—Claro —dije—. Usted fracasó en parte. O mucho.
—¡Naturalmente! Tenía que equivocarme, no poseía todos los conocimientos la primera vez. —Joe señaló el atractivo mundo rojo—. Decidí probar con él, activé los dispositivos, y aparecieron varias Mesetas.
—Ankar —murmuré. Aunque desde que apareció el mundo de tinte rojizo había pensado que podía ser Ankar, había tenido mis dudas.
—Sí. Es Ankar. Un pacífico mundo poblado por una raza pacífica que una vez debió sufrir los horrores de una violenta guerra. ¿Se imaginan a los ankaris, cosechadoras de belleza, embutidos en horrendos trajes Wyhargas y luchando en contra de sus más profundas convicciones? Cuando los conquistadores fueron relegados al olvido, ellos recuperaron sus costumbres de siempre, y se ocuparon de recoger las herencias perdidas o arrebatadas por la conquista de todas las razas que fueron aplastadas. Se convirtieron, según tengo entendido, en los guardianes del museo del universo.
—Las Bóvedas —dijo alguien en voz alta.
Joe no le hizo caso. La imagen de Ankar fue desplazada por otra. Kirschner exclamó:
—¡La Tierra!
Su afirmación fue coreada por una carcajada de Joe. Luis sonreía. Su sonrisa me hizo fruncir el ceño. Ana debía saber cuál era aquel mundo, se lo había explicado a su hermano, y por esto movía la cabeza negativamente.
—Me reconforta que alguien más se equivoque —dijo Joe—. Yo cometí el error de creer lo mismo que ustedes y me ofusqué. Mi deseo de regresar era tan grande que no me entretuve en asegurarme de si era la Tierra, y volví a activar el poder de la Columna. Pero era Inyindan, no nuestro mundo, nuestra ansiada Tierra.
—Sin embargo, los territorios de Inyindan son escasos, y aparecieron después de que llegaran a Elajah las primeras Islas del Paraíso terrestres —le recordé.
—Sí. Sólo apareció una muestra, el resto quedó suspendido en alguna parte de este lugar, en el Limbo. No me preocupé de cuánto tiempo iban a estar perdidos los demás territorios inyin-danis en la Zona, y me lancé desesperadamente a localizar la Tierra. Finalmente... ¡Mírenla, ahí la tienen, hermosa y fascinante!
—¿Cómo es que la Tierra está en el catálogo? —inquirió Kirschner—. Nunca fue atacada por los Wyhargas...
—¿Cómo lo sabe? ¿Qué sabemos lo que ocurrió hace miles de años? Alguna civilización desconocida pudo haber sufrido una invasión de la que no se recuerda nada, o el suceso se confunde con alguna leyenda que el tiempo acabó modificando tanto que nos ha llegado irreconocible. O tal vez la Tierra jamás llegó a ser invadida porque carecía de interés, quizá debido a su juventud, a su escasa población, o porque ésta aún no había evolucionado. Vayan ustedes a saber. Pero aquí está, toda ella está registrada, seguida constantemente en su caminar por la Vía Láctea desde hace milenios. Estaba a mi alcance. Yo quería volver, y decidí traer un pedacito de ella para sentarme encima y que luego me devolviera a mi hogar en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Un pedacito? —repitió Luis Castro—. Casi la despelleja. ¿Otro fracaso?
Me resultó increíble la tranquilidad con que Joe respondió, sin inmutarse:
—Reto a cualquiera de ustedes a que consiga lo mismo que conseguí yo, amigos. Bien, enfoqué la Tierra y... Sí, apreté el botón, aunque en este caso no fuera exactamente un botón. Elajah se vio salpicado de trozos de la Tierra. Reconozco que llegué a asustarme, y me desesperé cuando comprendí que yo no podía volver.
—¿Por qué? —preguntó otra vez Luis.
Joe inclinó la cabeza, la agitó y dijo suavemente:
—Tenía que salir de aquí y dejar que alguien se ocupara de retornarlo todo a su lugar, o al menos la Isla del Paraíso donde yo estuviera. Y no tenía a nadie que me echara una mano. Sí, era un problema. Pero podía solucionarlo más adelante.
Luis dijo, horrorizado:
—¿Y no pensó en los miles de seres humanos traídos hasta aquí y que iban muriendo lentamente?
—Cállese, Castro —estalló Guido.
—¡No puedo callarme!
—Oh, déjele que exprese en voz alta sus pensamientos, señor Kirschner —rió Joe—. No puede herirme con sus palabras. Nadie podría, ni empleando las más duras. Ya he pasado por el período del arrepentimiento, de los autorreproches, y lo he superado. ¿Por qué tengo que culparme de nada? Todo ha sucedido porque tenía que suceder. Yo no practico ninguna religión aunque me crean obligado a ello, no acepto el estoicismo, pero en esta ocasión me valgo de él para alegar inocencia. Sí, es posible que hayan muerto mucho inocentes, pero siempre ha sucedido así para que otros, un número infinitamente mayor, se beneficie y consiga salvarse.
—¿Cree que alguien se beneficiará de semejante error, Joe? —Me sentí capaz de poner la respuesta en sus labios, la estaba esperando.
Sin embargo, Kirschner evitó que yo comprobara si me había equivocado al pensar que él y su grupo esperaban sacar provecho de todo aquello. El alemán casi llegó a afirmar, en un puro grito:
—¡Claro que sí habrá beneficiarios! Oh, cállese y no interrumpa más, Kanable. Siga, Silberstein.
Joe aspiró profundamente. Por primera vez le vi vacilar. Empezó a hablar torpemente, pero no tardó en recuperar su habitual aplomo.
—No podía conseguir ayuda. A pesar de mi poder, no estaba en condiciones de comunicarme con nadie llegado de mi mundo o ir hasta él. —Hizo un intento de sonreír, y casi lo consiguió—. Yo ignoraba que por las llanuras andaba más de un hombre con charretera con quien hubiera podido comunicarme. Claro que ninguno de los tres sabía lo que tenía que hacer para que me llegara su voz. Pero dejemos esto, que tal vez hubiera cambiado el curso de la historia que estábamos escribiendo. Volví a revisar el catálogo y de pronto, al final de éste, apareció Vrow, su aborrecida superficie, que recordaba muy bien por haberla observado mientras huía. Tuve en seguida la idea de rescatar a Smith. Mi intención original fue cambiar la zona donde estaba la ciudad subterránea por un pedazo de Inyindan. Una vez allí, los vrowes que hubiera en ella serían aniquilados, y mi amigo salvado por sus hermanos de raza.
«Pero lo que intentaba era demasiado ambicioso, y sólo conseguí que una gran isla de Vrow apareciera en Elajah, y otra vez me sentí furioso porque no podía investigar si Smith vivía o no. Luego vinieron las luchas de los vrowes contra los inyindanis, y me dije que sería mejor olvidarme de llevar a cabo nuevos intentos hasta que no hubiera completado mi aprendizaje. Pero ya tenía programado un gran acto: restituir a cada mundo las áreas que se encontraban en Elajah. Aunque ello significara que yo me quedara aquí para siempre, estaba decidido a hacerlo.
»Y de pronto, como surgiendo de una fresca lluvia de verano, resonó en mí una voz: Griffin me llamaba desde la Tierra a través de una charretera de nivel superior, perteneciente a un Alto Distintivo del Poder.
—Y Griffin evitó que usted, desesperado, se arrojara desde lo alto de la plataforma, ¿verdad? —dijo Luis.
—¿Le contó Griffin que pasó por mi imaginación la idea de suicidarme? —preguntó Joe, algo contrariado—. Eso no debió confiárselo. Pero es igual. No importa hasta qué punto llegó mi desesperación. Gracias a Gerald todo cambió, renació en mí la esperanza, y ahora lo tengo todo dispuesto para salir de aquí y trasladarme con ustedes a una Isla del Paraíso, esperar que ella me devuelva a mí a la Tierra, a Smith a su mundo, a los ankaris a su edén rojo y naranja, incluso a los vrowes que queden vivos a su maldito planeta. Ya no los odio, no quiero que sigan en Elajah arrostrando la ira de los malditos Wyhar-gas. No deseo que nadie continúe en este horrendo planeta de guerra y destrucción, la cuna del azote milenario.
—¿Por qué han venido los Wyhargas? —preguntó Kirsch-ner—. ¿También se debe a otro error suyo?
Joe tuvo un conato de ira. Se apaciguó y dijo:
—Nadie los ha llamado, yo no he hecho nada para que aparezcan. Han debido captar desde donde se hallaban estos malditos restos del pasado que renacían en Elajah, y los que aún disponían de unidades de combate despertaron de su letargo y acudieron a la vieja llamada de sus amos. Creen que los Altos Distintivos les llaman para ordenarles que reanuden su misión. Los Wyhargas, entiéndalo, sufren la frustración de no haber podido cumplir la última orden que recibieron: marchar a conquistar Vrow, el último mundo añadido al catálogo que debía ser vencido. Otros mundos vrowes fueron destruidos en el pasado, sólo quedaba uno, y sus habitantes se escondían en las profundidades, siempre temiendo ser descubiertos. Por alguna causa que desconozco, los vrowes nunca fueron usados como fuerzas de combate Wyhargas. A ellos se les aniquilaba.
Avancé unos pasos y me acerqué a Joe. Tenía muy cerca de mí el ovoide, podía tocarlo. Pero no lo hice. Miré a los ojos del hombre y le pregunté:
—¿Quién moverá por usted el poder para que todos regresemos, Joe?
Me devolvió un gesto de desdén, luego le vi mirar por encima de mi hombro. Me volví despacio. Joe apuntaba con sus ojos al grupo compuesto por los seis alemanes. Dijo:
—Uno de ellos es el voluntario.


31.- LA COLUMNA VACÍA

Habían cumplido su orden, y el llano al oeste de la Columna vacía estaba aplanado. Los Wyhargas trabajaron duramente muchas horas, de mala gana, a regañadientes, pero trabajaron. No disimularon en ningún momento su irritación, quisieron expresar con su actitud hostil que no les complacía la labor que les había sido encomendada.
Adrián Stenzel había distribuido las unidades alrededor del terreno que ya llamaba su campamento, formando con ellas un gran rectángulo, en cuyo centro hizo que se situaran las naves de sus ayudantes. Eligió para él la del capitán, y delante de los demás oficiales le confirmó en el cargo de lugarteniente suyo. Seguía sin conocer su nombre, pero este pequeño detalle no le preocupaba.
Una vez que en su mente quedaron mezcladas la cultura propia y la artificial de los Wyhargas, experimentó una gran serenidad, se sintió poderoso, y estuvo seguro de que cualquier orden suya ya no sería discutida. Entonces, decidido a humillar a todos los guerreros que poco antes habían estado a punto de sublevársele, les obligó a ejecutar un trabajo digno de los antiguos legionarios romanos, que con pertrechos y armas eran puestos a trabajar de sol a sol y sin descanso.
La diferencia entre los legionarios de Roma y las huestes de las que era amo absoluto, gracias al Alto Distintivo que portaba, estaba en que estas últimas nunca hicieron nada semejante a lo que a él se le había encaprichado. Los Wyhargas siempre dispusieron en sus correrías por los mundos que conquistaban de grandes contingentes de esclavos que se ocupaban de las tareas más pesadas, y morían en ellas si era necesario.
Investido con la armadura de la alta jerarquía, Stenzel sólo prescindió del gran barbuquejo de su casco y disfrutó a cara descubierta, durante las horas que duró la terraplenación, paseando por entre los grupos de guerreros, que con ayuda de sus unidades desbrozaban la tierra y destruían colonias de tramis y pozos de arena llenos de devoradores. Que supieran todos, hasta el más pequeño y miserable de ellos, quién era ahora el amo y señor de sus vidas.
Había heredado una horda desesperada y estaba dispuesto a remozarla, a infundirle una savia nueva. Aquellos guerreros, sin embargo, podían servirle hasta el momento en que estuviera en condiciones de reabrir los centros de reclutamiento e instrucción del planeta, para lo cual necesitaba apoderarse de la única Columna que quedaba intacta, ahora en poder de extraños.
Necesitaba también, a corto plazo, sustituir las unidades de combate por otras recién fabricadas, y en sus planes estaba conquistar las Bóvedas. Y esta acción requeriría una estrategia más elaborada. No dudaba que los Wyhargas actuarían contra cualquier raza, aunque en sus mentes estuviera grabada por los Orígenes como libre de ser atacada. Ahora se hallaba en condiciones de hacer contravenir las antiguas órdenes. Las unidades se lanzarían contra ankaris e inyindanis si él lo mandaba, aunque algunos guerreros sintieran sus cerebros crujir de dolor.
Stenzel contempló, sólo medio satisfecho, el trabajo. No eran buenos obreros los guerreros. En algunos lugares del terreno todavía se agitaban tramis, y algún que otro devorador seguía saltando sobre las piernas de quien estuviera cerca de su removida colonia. Varias patrullas inspeccionaban el perímetro, y de vez en cuando destrozaban una alimaña que había escapado al allanamiento del terreno. Con sus armaduras no corrían ningún peligro. Las mandíbulas de hierro de los sables curvados o de las bolas carnosas chimban al morder la cubierta de oro, y sus dientes se desmoronaban en las tobilleras de metal de los guerreros. Luego, era suficiente una patada para reventar a la criatura subterránea, y si sobrevivía al golpe era rematada con una descarga de calor.
Siempre seguido por el capitán, y éste por tres oficiales, cada uno de una complexión y altura diferentes, Adrián asintió con la cabeza y dio su conformidad al trabajo.
—Éste será el punto de partida desde donde la condición Wyharga recobrará su perdido esplendor —dijo, en un idioma que unas horas antes desconocía. Podía hablar a sus súbditos en cien lenguas distintas, dirigirse a cada miembro de una diferente raza con sus palabras de origen—. Aguardaremos hasta que los más rezagados se presenten ante mí. Entonces, cuando nuestras fuerzas estén casi completas y queden pocas unidades vagando desorientadas por el espacio, iniciaremos nuestra ofensiva.
Contempló a los cuatro guerreros, deteniéndose en los ojos inyectados en sangre del capitán que le miraban tras la mirilla del casco cerrado. Todavía no conocía el rostro de ninguno de ellos, pero sus nuevos conocimientos le susurraban cómo era cada cual, de dónde procedía, y cuándo su mundo fue conquistado e incorporado a la subordinación de la Gran Raza, a la que él se había integrado y de la que se consideraba su último representante.
De pronto un dardo verde descendió de las nubes, cabrioleó sobre ellos, y empezó a dirigirse, bajando vertiginosamente, hacia el interior del rectángulo.
—Uno más —dijo Stenzel, ahora en su lengua—. Otros hermanos llegan para unirse a nosotros. Que alguien acuda a recibirles y les comunique las buenas nuevas, que se regocijen al saber que yo, un Alto Distintivo, me he hecho cargo de los últimos guerreros, y les explique todo cuanto deben saber y lo que espero de sus brazos armados.
Un oficial corrió al encuentro de la unidad, que se había posado a varios centenares de metros del grupo de naves capitanas.
En un ángulo se iban reuniendo los Wyhargas, formaban corros. Varios disponían en el suelo los elementos necesarios para preparar su frugal comida. Desde donde estaba, Stenzel sonreía divertido. Podía percibir el descontento, la rabia mal contenida de cada guerrero. Ni uno solo de aquellos miserables tenía agallas suficientes para elevarle una protesta. Callarían, rumiarían en silencio la humillación sufrida.
—Señor... —escuchó a sus espaldas la conocida voz del capitán.
—Habla —dijo Adrián. Recordaba cuando el capitán estuvo a punto de matarle a causa de sus titubeos. Luego, cuando fue recubierto por la resplandeciente armadura, más fulgurante que la de cualquier Wyharga, el conato de rebelión se disipó rápidamente.
—En el otro hemisferio de Elajah están nuestros enemigos. ¿Cuándo vamos a destruirlos? Nunca hubo enemigos en Elajah, y los guerreros se sienten ofendidos por su presencia.
Stenzel tardó en responderle. Lo hizo a propósito. Era otra demostración de su poder. Que el capitán lo entendiera así.
—Yo soy quien decidirá el momento y el lugar que atacaremos.
Le dirigió una sonrisa, aunque dudó que el capitán conociera por el dibujo de sus labios lo que era sonreír burlonamente. El brillo de sangre en los ojos del otro se apagó un poco. Me lamería la mano si se lo pidiera, pensó Adrián. Pero su lengua me la cortaría. Quizá le pida que lama mis botas. Son grandes, y necesitaría toda la saliva que pudiera extraer de sus glándulas durante muchas horas. Sería divertido.
En su mente se agolpaban a veces todos los viejos recuerdos acumulados durante milenios de grandezas Wyhargas, de sus triunfos y conquistas. También rememoraba las antiguas leyes, a veces extrañas, a veces comprensibles y lógicas. Stenzel tenía la mitad de su mente condicionada por conceptos vagos, pero la otra mitad era todavía humana, y le costaba un gran esfuerzo que esta parte de su ser aceptase la nueva situación.
Aunque confiaba en que pronto acabarían las luchas internas y su cerebro quedaría completamente estabilizado, sin la menor duda que le turbara.
A pesar de alegrarse por haber decidido finalmente insertarse el último filamento de la charretera, recordaba horrorizado el dolor que le causó, la sensación que tuvo de que su cabeza parecía querer liberarse de aquel tormento reventando dentro del casco que la energía que brotaba de su hombro le había formado entre bramidos de chirriantes metales nobles que nacían de una fuerza inmensa y mágica.
—Esta mitad de Elajah —dijo, señalando la Columna que proyectaba su gran sombra sobre el campamento— está muerta, ninguna isla intrusa tiene vida. Dentro de poco todas las zonas ajenas de la otra mitad serán arrasadas. No haremos prisioneros, no los necesitamos ahora. Los que han venido son criaturas débiles que no merecen el honor de ser investidos con la condición Wyharga. Sólo respetaremos las vidas de los ankaris, pero si es necesario mataremos a algunos. Si quedan vivos dos o tres, será suficiente para que nos abran la entrada de las Bóvedas.
Contempló a sus oficiales. ¿No querían conocer sus planes? Pues ya se los estaba explicando. Notó en todos ellos un estremecimiento. Sabía por qué causa se estremecían.
—¿Os hace temblar la idea de matar inyindanis y ankaris? Pues los mataréis si no se rinden, si son usados como rehenes por los intrusos humanos de la Tierra. No me molestaría que los ankaris sobrevivieran, pero no deseo que un solo inyindani quede entero. ¿Lo entendéis? Quiero que esta orden se os meta en vuestra maldita mente y no la olvidéis, y si contraviene los Orígenes, tendréis que hacerme caso a mí porque estoy capacitado para revocar todo lo que considere que debe ser revocado.
—Señor... Los inyindanis siempre han acogido en su mundo a muchos de nosotros cuando el cansancio del largo sueño nos exigía un período de reposo —dijo respetuosamente el capitán.
¡Qué diferente le hablaba ahora!, se dijo Adrián. Agitó la cabeza.
—Sigue hablando, no te detengas. Tienes mi permiso para decir lo que piensas.
—Señor, desde nuestro origen hemos tenido grabado de forma indeleble que los inyindanis están fuera del plan de conquista. También, desde los más remotos albores, y al igual que otras razas que no vemos desde que se interrumpieron las órdenes provenientes de los Altos Distintivos, no podemos visitar los territorios ocupados por los ankaris. Así fue establecido.
—Si queréis sobrevivir, que nuevos contingentes de hermanos suplan las cuantiosas bajas que habéis sufrido estos siglos, y las unidades de combate os sean renovadas, tenéis que cumplir todas mis órdenes, aunque os duela la mente. ¿Alguna nueva objeción?
El capitán produjo un sonido ronco al respirar entrecortadamente.
—Ya no, señor. Sólo una pregunta. ¿Cuándo? Estamos impacientes.
—Me alegra que lo estéis. No tardaremos en partir. Primero serán conquistadas las Mesetas. Luego caerá la Columna. Ningún escudo, por fuerte que sea, podría resistir el fuego de muchas unidades. Sólo necesitamos debilitarlo para romperlo luego con nuestro halo verde. Las tropas desembarcarán, arrasarán cualquier resistencia si la hubiere, y tendremos libre el camino hasta el mando de la Zona.
Adrián esperó. No hubo ninguna nueva interpelación. Sonrió.
—Ahora descansaré en mi unidad. Que nadie me moleste. Yo diré cuándo será el momento. Hasta entonces, esperad. Y ocupaos de recibir a los hermanos rezagados.


32.- FIGURAS DE CERA

—¿Qué opina de este museo, señor Cebral?
Me volví. Ana Castro estaba a poca distancia de mí. Sólo vestía sus calzones cortos y una blusa que apenas ocultaba sus pequeños pero bonitos pechos. Era evidente que acababa de levantarse. Quizá, al igual que yo, no podía conciliar el sueño, pero me pregunté cómo había averiguado que me encontraba en la sala de las figuras de cera, como ella la había bautizado horas antes.
Decidí no demostrarle ninguna sorpresa por haberme llamado por mi apellido. Debí figurarme que Luis sería un bocazas, al menos con su hermanita.
—Yo llamaría a esto la sala de los horrores —respondí.
Se me acercó, mirando a todas partes. Parecía llamar su atención un ser de dos metros de altura, de repulsivo aspecto. Debía pesar más de doscientos kilos. Con una armadura Wyharga resultaría aún más impresionante.
—Cualquiera se moriría de miedo ante este engendro si estuviera vivo, ¿verdad?
—Es de los más horribles que hay aquí —convine.
—No debemos precipitarnos al juzgarlo. Tal vez en su mundo era el amante padre de una numerosa prole. Pero llegaron los conquistadores, le hicieron prisionero, y fue condenado a una vida casi inmortal, metido en una armadura que nunca más se quitaría, ni siquiera muerto. Sería enterrado o incinerado con ella.
—Sabes mucho de esta gente.
—Joe me contó todo lo que había averiguado.
—¿Me seguías?
—Oh, no. No tenía sueño. De pronto pensé que había algo extraño aquí, y quise comprobarlo.
Sonreí.
—Vaya. Creí que tenías algo que contarme. Quizá los dos hayamos pensado en lo mismo. ¿Buscabas una imagen humana, la de un terrestre o un ankari, o la de un inyindani tal vez?
Ana negó con la cabeza. Tocó la envoltura transparente que encerraba al horrible ser.
—¿No se lo dijo Joe? Estos cientos de figuras capaces de quitar el sueño no son de cera, como haya podido creer. Son especímenes auténticos. Una vez tuvieron vida, pero sus amos se la quitaron, los embalsamaron o algo parecido, y los metieron dentro de estas cápsulas para que adornasen el museo dedicado a sus abnegados guerreros.
—Lo sospechaba. Por cierto, no deberías llamarme por mi verdadero nombre en público.
—¿Por qué no? —rió la muchacha—. ¿Qué importa aquí?
—Vamos a volver a nuestro mundo.
—¿De veras? No me haga reír. Lo creeré cuando estemos en la Tierra.
—¿Por qué te contó tu hermano quién soy? Eso no habla bien de él.
—No fue Luis quien lo hizo. Se ve que no lo conoce. Me gusta escuchar tras las puertas. Un tipo de aspecto desagradable visitó en una ocasión a mi hermano y estuvo hablándole de usted. Por eso supe su nombre. En Madrid le temen. Muchos quisieran que no volviese. Creo que dejó allí las cosas muy liadas con el asunto de los terroristas.
—Te creo. Seguro que desde hace meses pensaban eliminarme. Mandaron a un tipo llamado Salguero a quitarme de en medio.
Ana frunció el ceño.
—¿Salguero? Sí, el tipo repugnante mencionó ese nombre. Pero Salguero era un Desaparecido. Creo que adquirió ese título en el extranjero. No se esfumó en España.
Me entraron ganas de reír.
—Salguero seguía a unos españoles e irlandeses que me buscaban para vengarse. Bueno, creo que a esos últimos más bien les interesaba el dinero que les quité. Si este grupo fallaba y yo me salvaba, Salguero tenía la orden de pegarme un tiro. Quienes pretendieron utilizarme temían que yo acabara yendo a la redacción de algún periódico o revista sensacionalista y lo contara todo, las conexiones de los grupos que cierto sector del gobierno siempre negaba que eran apoyados y financiados por gente supuestamente libre de toda culpa. Un montón de industriales temblaban ante la posibilidad de que yo me fuera de la lengua.
—¿Cómo sabe todo eso? Salvo los dos días que permaneció en Londres, ha estado aquí desde el Día del Misterio.
—No me gusta revelar mis fuentes de información —reí, recordando a Salguero y mis antiguos compañeros, allá pudriéndose en la pequeña Isla—. Así que nuestra vuelta va a provocar muchos problemas, ¿no?
Ana suspiró.
—Me temo que sí. Pero le repito que todavía no me veo en la Tierra. Dios mío, mi hermano estaba loco cuando formó ese jaleo para venir aquí.
—Es un buen tipo. Tiene que quererte mucho.
—Me atosiga. Siempre ha estado pendiente de mí, es peor que un padre. Los nuestros murieron cuando yo apenas tenía diez años, y desde entonces él es mi padre y mi madre, e incluso mis tías.
Paseamos por entre las figuras. Desde que sabía que fueron criaturas con vida que sus amos sacrificaron para que representaran a cada una de las razas que componían las tropas Wyhargas, me sentía muy incómodo allí.
—No hay ningún humano —dijo Ana.
—No —admití—. Y tampoco un inyindani. Estas dos razas, y todas las que puedan faltar aquí, jamás fueron utilizadas como Wyhargas. ¿Cuál de éstas que vemos crees que fue la que organizó ese imperio que ya no existe desde hace miles de años?
La chica paseó su mirada por las sala.
—No sé. Supongo que la criatura más fea. La maldad que crearon tuvo que acabar reflejándose finalmente en su aspecto.
De pronto, Ana se fijó en mi hombro desnudo.
—¿Por qué no la lleva?
—Desde que conozco su significado siento repulsión hacia ella. Su contacto en mi piel me producía una extraña sensación, como un molesto sarpullido.
—No le entiendo...
—Me sentía igual que un drogadicto que quisiera dejar el vicio y llevara una dosis en el bolsillo. Prefiero tenerla lejos. Pero no me quedará más remedio que usarla, al menos otra vez.
—¿Para qué? Este lugar puede ser aburrido, pero no es peligroso.
—Tengo que comunicarme con Esshei, contarle que estamos aquí, y que hay un hombre que ha descubierto lo que ella intentaba averiguar y es capaz de devolver todas las islas a sus mundos de origen. Lo intentaré cuando te deje, bonita. Pero aún me pregunto si debo decirle que Joe es también el culpable de los cambios. Quizá todos deberíamos hacer un pacto y silenciarlo, al menos hasta que estemos de vuelta en la Tierra.
—Silberstein tiene derecho a esperar más comprensión.
—Tal vez tengas razón. Yo también creo que ha sufrido demasiado, y lo que ha hecho no podrá ser juzgado nunca por los hombres. No hay en todo el mundo ningún tribunal con competencia para ello, no existe jurisprudencia. Hasta puede acabar siendo un héroe internacional.
—¿Ha pensado en lo que pasará si todo sale bien?
—¿Qué quieres decir?
—Suponga que volvemos sanos y salvos. Pero ya sabe, uno de esos seis alemanes se va a quedar aquí, porque alguien tiene que apretar el botón mientras nosotros elegimos una Isla del Paraíso para retornar. ¿Qué cree que sucederá luego?
—No lo sé —mentí. Ya me había hecho esta pregunta y, entre las varias respuestas que encontré, me sentía abrumado.
Se había abierto un camino hacia otros mundos, que estaba seguro de que la Tierra y muchos de sus dirigentes no estarían dispuestos a permitir que se cerrase.
Ana sacudió la cabeza.
—Yo tampoco me atrevo a imaginármelo. Pero ya nada será igual. Se esfumarán las áreas grises, desaparecerán los atractivos turísticos de muchos sitios, y en su lugar reaparecerá lo que un día, y más tarde durante muchos meses, ha estado desapareciendo, pero llegará mustio, y algunas islas llenas de cadáveres o seres moribundos. Será doloroso. Sólo una isla llevará vida: la que nosotros elijamos.
Inspiró profundamente y me preguntó:
—¿Sabe ya cuál será?
—Nadie ha tenido la delicadeza de decírmelo.
—Me voy a dormir. ¿Dónde duerme usted?
—Busqué un rincón por ahí.
—Nos veremos dentro de unas horas.
—Sí.
—Déle recuerdos a los demás cuando hable con Esshei. Oiga...
—Dime.
—¿Es tan bonita como fue descrita en el libro?
—Espero que conozcas a un muchacho de tu edad. Estoy seguro que te dirá que no hay otra como Esshei en todo el universo. Y tendrá razón.
—Vaya. Mejor no se lo pregunto. A ninguna chica le gusta que le hablen de otra más bonita que ella. ¿Se refiere a Jorge Valdivia, verdad? Le envidio. Él sí que ha vivido aventuras. Yo en cambio, si todo sale bien, apenas habré disfrutado de este picnic.
La vi alejarse. Luego, cuando me quedé solo, volví a mirar la figura que a Ana le parecía la más horrible de todas. Moví la cabeza de un lado para otro. No, aquella criatura no había sido dueña de los Wyhargas.
Joe, a pesar de los muchos secretos que había logrado desentrañar de la Columna, aún no había llegado al más celosamente guardado de todos.
Al volverme para dirigirme a la salida me encontré frente a Luis Castro. Jadeé.
—¿Es que toda la familia Castro padece insomnio?
—Algo de eso sufro desde hace días, pero no vi a Ana al despertarme, y pensé que debía buscarla. No me gusta que ande por estos lugares. Me crucé con ella cuando volvía, y me dijo donde estabas, y he creído que había llegado el momento de que tú y yo habláramos un poco.
—A este paso no voy a pegar ojo en toda la noche.
—Será sólo un instante. Tengo que contar a alguien lo que me quema la lengua.
—Como quieras. ¿Te parece bien aquí, o vamos a otro lado?
—Un sitio tétrico para hablar de cosas tétricas está bien.
—¿De qué se trata?
—De los alemanes y sus intenciones. Creo saber lo que intentan.
En un sitio donde no llegaba la luz del sol ni yo disponía de ningún reloj, tenía que confiar en mi extraño instinto para despertarme, al cabo de un tiempo determinado.
Cuando me alcé, desperezándome ruidosamente, Smith estaba a mi lado.
—Ha amanecido hace bastante —me dijo. Su tono era preocupado.
—No sonó el despertador, maldita sea —gruñí. Todo mi cuerpo parecía crujir, sentía escalofríos, y me dolía un poco la cabeza. La verdad es que no podía explicarme cómo había conciliado el sueño, después de haber sabido que alguien nos estaba preparando una hoguera debajo de las posaderas—. ¿No me traes el desayuno a la cama, amigo Smith?
—Están reunidos, y creo que hay problemas.
—¿A qué te refieres?
Di el salto definitivo y logré despegarme de la litera. Aquél había sido un lecho improvisado y nada cómodo, pero hubiera seguido tumbado un rato más. Me pregunté quién había podido dormir allí mil años antes.
—Excepto Ana Castro, todos están reunidos en la Zona.
—Ah, sí. El Limbo donde vagan las almas inocentes —sonreí—. ¿Crees que aún queda allí algún rezagado invisible a nuestros ojos, esperando aparecer?
—No bromees, Ray. Presiento que ocurre algo grave.
—Has conseguido preocuparme. Bien, ¿de qué se discute?
—Esa gente armada que viste trajes con manchas... El llamado Kirschner ha puesto, como tú dirías, las cartas sobre la mesa.
—Mierda de tipo, creí que iba a esperar un poco más. Castro me aseguró que no sería hasta mañana.
Yo confiaba en que cuanto sabía desde hacía un par de horas iba a servir para que los alemanes reconsideraran sus proyectos. Pero no era así.
Salimos del cuarto, pasamos por otros. En uno de ellos había dormido Smith. Le encontré allí cuando volví del museo de los horrores para dirigirme al que yo había elegido para pasar la noche. Entonces tuve la tentación de despertarle. Necesitaba que alguien me escuchara y me dijera si lo que iba a hacer era lo más correcto, pero dormía tan profundamente que me dio reparos zarandearle.
—Bien —dije entre dientes—. Es hora de que todos sepan lo que pasa. Tengo que decirles algo que les pondrá los pelos de punta y les quitará las ganas de discutir.
Salimos al tobogán y pasamos al pozo. Un descenso corto nos condujo a la Zona. Siempre que entraba en ella sentía un vacío en el estómago. Aún no había logrado comprender por qué sus confines se perdían mucho más allá de toda lógica física, en una discreta oscuridad, cuando yo sabía que tenía que ver las paredes interiores de la Columna, como mucho, a cincuenta metros. Sí, allí cabían perfectamente todas las masas que habían pasado por el Limbo. Tal vez anduviera alguna isla flotando por un rincón, esperando que el caprichoso mando decidiera por su cuenta, que no por la de Joe, que había concluido su misterioso periplo.
Como había dicho Smith, todos estaban alrededor del ovoide. Sólo faltaba Ana. Los seis alemanes no se habían olvidado las armas debajo de la almohada. Aunque llevaban enfundadas las pistolas y colgadas del hombro las metralletas, intuí que las empuñarían si presentían que iban a perder la discusión que mantenían con Joe y Luis Castro.
Pensando que allí faltaba una mesa y varias banderas para que los bandos estuvieran bien definidos en aquella reunión en la cumbre, caminé hacia ellos. No se dieron cuenta de mi presencia, creo que primero les llamó la atención la estatura de Smith y luego me vieron, y en seguida comprendí que mi llegada no alegraba a nadie salvo a Luis Castro.
—Debió seguir durmiendo, Kanable—dijo Kirschner. Tenía el pelo revuelto y las mejillas encendidas.
Sí, la discusión era muy acalorada. Me fijé que en el lugar donde se reproducían los planetas que estaban sujetos al poder de la Columna flotaba un mundo gris. Joe había duplicado su volumen, y tuve que alzar la cabeza para ver su parte superior. Toda la superficie estaba marcada por puntos de colores, y entre ellos destacaba un círculo azul. Nadie tuvo que explicarme que se trataba de Elajah, y que las marcas indicaban las posiciones de todas las islas. Sonreí, acordándome del mapa con banderitas que Rosenman tenía en su casa. Pero el inglés no había señalado las islas de Inyindan, las tres de Ankar y la grande, la mayor de todas, la de Vrow. Por aquel entonces no sabía lo que había «al otro lado», y únicamente tenía agujereados con banderitas los lugares de la Tierra donde habían aparecido Islas del Infierno.
—Esto es muy interesante, según veo —señalé a Guido. Caminé alrededor de la imagen holográfica. Era perfecta. Corregí: sería una perfecta representación de Elajah vista desde el espacio, si el planeta estuviera cubierto por las nubes, y sobre ellas girasen las docenas de lunas artificiales que enviaban energía radiante a la plataforma.
—Kanable tiene tanto derecho como cualquiera de nosotros a conocer sus intenciones, Kirschner —dijo Luis Castro.
—Creo que puedo adivinarlas —sonreí. Adelanté mi brazo derecho, y mi mano se hundió en una llanura de Elajah. Sentí un cosquilleo en los dedos. La retiré.
Miré a Joe. No estaba tan seguro de sí mismo como cuando tuvo ocasión de disfrutar a lo grande dándonos las explicaciones. Se mordía los labios, y parecía haber sudado un momento antes, a pesar de la excelente temperatura que reinaba en la Zona.
—Que se quede —dijo Kurt Pfaumann—. Pero que no interrumpa.
Kirschner inclinó la cabeza y se volvió hacia mí.
—Como usted quiera, señor Pfaumann. Sépalo, Kanable: no queremos hacer uso de la fuerza, todos deseamos que exista una excelente armonía, pero yo, como representante de las personas que han financiado esta operación, tengo que exigir ciertos cambios en los planes originales de Silberstein y Griffin.
—Supongo que esas modificaciones no implicarán ningún riesgo para nadie —dije—. Quiero decir que prefiero pensar que ustedes no van a dejar en la estacada a la gente que espera en la Meseta.
—Por supuesto que no. Tenemos pensado ir a buscarla y traerla aquí.
El dedo enguantado de Kirschner señaló una isla coloreada en verde. Por su posición calculé que había desaparecido de Francia, en pleno bosque de las Ardenas. Había que sonreír por fuerza, me dije. Si se trataba de un símbolo, debía suponer que quienes hicieron la elección sólo se acordaban de la triunfal marcha de los panzers en el comienzo de la guerra, y no en la derrota de éstos en el último estertor del III Reich, durante el invierno del cuarenta y cuatro. A pocos kilómetros estaba la frontera con Alemania, a escasos minutos de vuelo en helicóptero.
—No es mal sitio —admití—. Es una isla considerable. ¿Qué otras ventajas tiene para haber sido elegida?
—En ella no hay gente. No desapareció nadie sobre esos kilómetros cuadrados, y no habrá ningún curioso en las proximidades que nos vea aparecer cuando se produzca la restitución.
—Entiendo. El helicóptero tendrá sitio de sobra para posarse en lo que quede de esos bosques. Luego podrá despegar y dirigirse a donde quiera, y los que ustedes no quieran que les acompañen podrán caminar un poco hasta encontrar ayuda.
Kirschner sonrió.
—No está pensado como usted cree, pero sus razonamientos son válidos.
—Bien. De momento no encuentro nada que motive tantas caras largas —dije, mirando a Joe y luego a Castro.
—Eso no es todo —dijo el ex policía—. Kirschner ha propuesto llevar a la Tierra ciertas islas de otro mundo.
—¿Y eso puede hacerse? —pregunté inocentemente a Joe.
—Sí —dijo Joe. Tenía la voz muy ronca. Además de haber hablado tanto el día anterior, debió gritar demasiado poco antes de que yo llegara—. Hace unas semanas no me habría atrevido a garantizar una operación tan difícil después de fracasar intentando llevar el territorio de Vrow a Inyindan, pero ahora estoy completamente seguro de poder hacerlo.
—Usted, antes de conocer las intenciones de estos buenos chicos, cometió el error de admitir que podía —sonreí.
—No se burle de nosotros, Kanable —silabeó Kirschner.
—Claro que no me burlo. Sé que está muy interesado en las Mesetas, las tres; una habitada, la otra abandonada, y la tercera saqueada por unos humanos desesperados, pero todas con una Bóveda en sus entrañas. Y quiere que aparezcan en un lugar solitario de Alemania, a donde nadie extraño llegue y sean esperadas con verdadera ansia, ¿verdad?
—Éste es el sitio —dijo Joe, apuntando con un tembloroso dedo índice un poco más allá de la isla elegida para que nosotros reapareciéramos en la Tierra.
—Seguro que corresponde a la Selva Negra —volví a sonreír, ahora con tanto sarcasmo que provoqué la carcajada de Luis Castro.
Guido se agitó nerviosamente. Lanzó una furibunda mirada a Luis.
—¿Qué ha estado usted contando por ahí? —le preguntó.
—Tuve una charla con Raymond anoche, cuando salí a buscar a mi hermana. Le conté todo lo que sospechaba de ustedes, Kirschner.
—En realidad, no me preocupa que se haya ido de la lengua. Pero debo decirle que es usted un desagradecido, Castro. Le hemos traído aquí, y ha encontrado a su hermana. No debería incordiar tanto.
—Pero a mí sí me ha preocupado, Kirschner —dije. Hice un gesto con la cabeza a los Pfaumann—. ¿Para qué fingir? Estoy al corriente de todo, y he llegado a ciertas conclusiones que no pueden estar equivocadas. Sí, ustedes promovieron todo este jaleo con el fin de rescatar a su viejo héroe de tiempos pasados, y a su abnegada esposa que no quiere reconocer que su compañero tuvo una juventud más bien tenebrosa. Pero todo esto pertenece al pasado, y creo que a un anciano como él no se le puede pedir ya que explique por qué mandó asesinar a docenas de inocentes, por ejemplo. No merece la pena a estas alturas. Lo preocupante, Kirschner, es que usted reencarna lo que Pfaumann fue de joven. Y sueña con emularle. Y usted y sus compañeros tienen el apoyo y mucho dinero de un grupo de nostálgicos que pretenden fundar un nuevo Reich. Han intuido, como muchos otros listillos de la Tierra, que Elajah es algo mucho más valioso que un planeta extraño y distante que les envía arena y rocas grises.
—De pronto siento que me están fascinando sus palabras, Raymond —rió Kirschner—. Siga, todo cuanto dice sirve para que nos relajemos, porque nos está divirtiendo.
—Gracias, señor —dije, inclinando burlonamente la cabeza—. Luis Castro me contó que, a medida que Griffin redactaba lo que él pensaba que iba a ser un éxito más arrollador que su primer libro, un simpático gales de nombre McCormick iba pasando copias de los capítulos a nuestro encantador e intrépido Kirschner. ¿Podemos imaginar la cara que debió poner leyendo las páginas que hacían referencia a las Bóvedas? Seguro que se le hizo la boca agua pensando en las armas que podían obtenerse de ellas. Y sus patrocinadores no digamos: les castañetearon los dientes de placer, y echaron sobre la mesa todo el dinero que hiciera falta, capaz de comprar a un millón de agentes corrompidos como McCormick.
Me volví sonriente hacia los dos ancianos.
—Siento desilusionarles, herr y frau Pfaumann, pero estos aprendices de soldados de las SS han venido a Elajah por las Bóvedas, no por ustedes.
—Está perdiendo el tiempo si cree que va a desunirnos, Kanable —dijo Guido. Su mano se movió y rozó la culata de la pistola que llevaba enfundada.
—Estoy al corriente de todo lo que piensan hacer, señor Kanable —dijo Kurt Pfaumann, a mi entender bastante pálido. Sí, el viejo debía estar haciendo un esfuerzo para no perder la calma—. Mi esposa y yo somos conscientes de que los tesoros de las Bóvedas están por encima de nuestra propia seguridad.
—Conmovedor —sonreí—. Hasta su muerte, señor Pfau-mann, será usted fiel a la Gran Alemania del Milenio.
—Ya está bien de chachara —dijo Kirschner, retirando la mano de la pistola y adoptando una actitud tranquila—. El señor Silberstein se ocupará ahora de instruirnos a todos, para que uno de nosotros se encargue de activar el cambio.
—¿Lo hará, Joe? ¿Le traen sin cuidado las consecuencias?
Joe se encogió de hombros. Daba la sensación de estar harto de todo.
—¿Qué me importa a mí que las Mesetas acaben en la Tierra en vez de Ankar? Lo que estoy deseando es volver a mi mundo, ver de nuevo un cielo azul, tumbarme en la hierba verde a la orilla de un río.
—¿Quién será el que se sacrifique en aras de la gloria? —pregunté, mirándolos a todos.
Horst Ziegesar dio un paso al frente. Sonreía orgulloso.
—Debí figurármelo —suspiré—. Usted tiene el aspecto de ser el más tonto y el más fanático de todos.
—Debería matarle por sus insultos, Kanable —dijo Ziegesar—. Pero no somos tan fanáticos como nos supone. Los nuevos tiempos requieren nuevos métodos. No se desplegarán banderas ni se encenderán antorchas que alumbren los estandartes. El poder y la gloria de Alemania, de toda Alemania, se conseguirá sin guerras. Tendrá ocasión de verlo. Porque, aunque lo ponga en duda, usted volverá con los demás. Le repito que no odiamos a nadie ni queremos que nadie muera.
—¿Ni este estúpido irlandés con sangre judía en sus venas? —pregunté, señalando a Joe.
Kirschner soltó una carcajada.
—Se asombraría si conociera a las personas que nos financian, Raymond.
—No me diga que entre ellas hay judíos...
—¿Por qué no? Ellos aprendieron de nuestros padres a saber tratar a las razas que les estorban. Están demostrando ser unos magníficos alumnos en Palestina y en el Líbano.
—Bien —dije—. Creo que no hay más que hablar del asunto de nuestra marcha. Le felicito por su abnegación, Ziegesar. Aunque está loco, le admiro.
—No se confunda conmigo, Kanable —dijo Horst—. No voy al matadero. Si me quedo, es porque otro compañero me sustituirá pronto.
Me mordí los labios. El plan de aquella gente podía llamarse perfecto. Una vez las Mesetas en la Selva Negra, no iban a renunciar a un mundo entero: mantendrían abiertos los senderos para ir a él tantas veces como quisieran.
—Si no les importa —dijo Kirschner, satisfecho por haberme dado una paliza verbal—, una vez todo aclarado, vamos a acabar el aprendizaje del mando. Nuestra intención es marcharnos mañana mismo. No queremos estar aquí más tiempo del necesario, hasta que no logremos nivelar las diferencias temporales entre la Tierra y Elajah.
—Esa dificultad está casi subsanada —dijo Joe, sin querer mirarme—. Puedo conseguir que vuelvan ustedes dos o tres días después de haber dejado Punta Paloma.
Asentí con la cabeza. Luis estaba a mi lado, preocupado y hundido moralmente, después de haber sido derrotados él y yo en la discusión. Crucé tranquilamente los brazos y dije:
—Bien, no quiero interrumpirles. Dadas las circunstancias, debo apremiarles a que asimilen lo antes posible las enseñanzas de Joe. No queda tanto tiempo como ustedes piensan.
Guido se volvió violentamente hacia mí.
—¿Qué pretende ahora, Kanable? He tenido mucha paciencia con usted. No me importa que se quede mirando mientras guarde silencio, pero si insiste en mostrarse sarcástico no tendré más remedio que tomar medidas, echarle o maniatarle.
—No se altere. Antes de dormir apenas un par de horas, mantuve una conversación con Esshei. Después de explicarle lo que está pasando en la Columna, ella me dio una pésima noticia.
—Siga.
—Los Wyhargas van a atacar pronto, tal vez hoy mismo. Están concentrándose en el otro hemisferio, alrededor de la Columna que se alza allí. No les sirve porque su interior está destrozado.
—¿Está loco? ¿Cómo se ha enterado esa muchacha? ¿Lo ha visto con sus propios ojos?
Negué con la cabeza.
—Tiene otros ojos, los de una niña, que ahora ven por ella.
—No lo creo.
—Como quiera. Esshei se lo confirmará dentro de poco. Está en camino, con toda la gente que quedaba en la Meseta. Nos trae a nuestros compañeros para que nosotros nos ocupemos de ellos. Los Wyhargas no respetarán ahora a nadie: terrestre, inyindani... o ankari.


33.- INSTINTOS TERRESTRES

El descanso que imaginó iba a serenar su mente se convirtió en un infierno.
Adrián tuvo sueños que le obligaron a saltar de la cama de la unidad que había elegido para él.
Soñó con guerras y destrucción; vio escenas espeluznantes que horrorizaron su parte humana pero que regocijaron su parte Wyharga, cada vez más fuertes, dominando por momentos con mayor fuerza sus primitivos instintos terrestres.
Bañado en sudor, mientras esperaba que el sistema de climatización de la armadura le proporcionara la temperatura ambiente que necesitaba, trató de recordar las pesadillas vividas. Afortunadamente, éstas, como todos los sueños, fueron desapareciendo de sus recuerdos.
Ya no podía volverse atrás, pensó dentro de un resquicio de su cerebro donde todavía podía pensar como un ser humano. Había sido igual que vender su alma al diablo a cambio de la inmortalidad y el poder. Sintió una angustia infinita, y deseó morir. Creyó que, si se despojaba de la charretera, su vida se escaparía por los filamentos que ya le unían a ella para siempre, y los sufrimientos de su resto humano cesarían. Sin embargo, abandonó en seguida estos pensamientos, y acabó de incorporarse de un salto. Tomó el pesado casco y se lo colocó bajo el brazo. Era la única pieza del conjunto que podía quitarse. Todo lo demás estaba firmemente unido a la charretera y a él.
Salió de la pequeña cabina y abandonó la unidad, delante de la cual le esperaban sus oficiales. Uno de ellos se adelantó y le informó que cinco naves más y doce nuevos hermanos acababan de incorporarse.
—Vamos a pelear —dijo, lentamente. Tomó el casco con las dos manos y lo elevó por encima de su cabeza—. Quiero que todas las unidades estén dispuestas para dentro de una hora.
—¡Lo estarán, señor! —gritó el capitán. Había un deje de alegría en su voz.
Adrián se ajustó el casco. Miró a través de la mirilla protegida por el duro cristal de los globos oculares. Cientos de Wyhargas, los últimos del lejano pasado, le contemplaban como a un dios.
—Adelante —dijo—. Lo arrasaremos todo. Pero delante de la Columna actuaremos sabiamente. Podemos vencer su escudo sin arrancar una esquirla de una de sus piedras. Recordad que es vital que nada de su interior resulte afectado.
—¡Así será, señor!
—Sólo quemaremos las superficies de las Mesetas, para que ardan sus malditos bosques rojos y entre ellos los ankaris. Sin embargo, las Bóvedas deben quedar intactas.
—¡Entendido, señor!
—Partiremos siguiendo la dirección del sol, cabalgaremos con él, le venceremos en su carrera, y cuando en la Columna vean aparecer el nuevo día, sabrán que les ha llegado su hora.
Un aullido acogió su última frase. Cada Wyharga gritó en honor de su Alto Distintivo que iba a conducirles a la victoria.
—¡Adelante, Wyhargas!


34.- EL TECHO BLANCO

—Le estaba buscando, Kanable —dijo Kirschner, surgiendo impetuosamente de la entrada y andando deprisa hacia mí.
Yo acababa de regresar del borde de la plataforma. Había intentado encaramarme a lo alto de su elevada balaustrada, sin conseguirlo. El techo blanco se unía a ella, y comprobé que surgía de allí. Cuando hice aquel descubrimiento y empecé a hacerme preguntas sobre la clase de energía que daba vida a la Columna, me detuve a pensar si los alemanes acabarían algún día llevándosela también a la Tierra, cuando sustituyeran el medio que habían ideado para ir y venir de Elajah por otro más eficaz.
Esperé a que Kirschner llegara, las manos a la espalda y un aire de aburrimiento en mi mirada que le desconcertó.
—¿Qué estaba haciendo aquí solo? —preguntó, mirando a mi alrededor, luego con preocupación al helicóptero.
Comprendí cuál era su temor, y me eché a reír.
—Tranquilo, no se lo he saboteado.
—Estaría loco si lo hiciera. Lo necesitaremos para salir corriendo de aquí.
—¿Al fin cree que los Wyhargas se presentarán dentro de poco?
—De eso no estoy muy seguro, pero prefiero hacerle caso. Vamos a adelantar la partida.
—Estupendo. Eso quiere decir que ya han recibido ustedes el diploma por parte de Joe, y que saben cómo manejar los mandos de la Zona. Espero que Ziegesar no cometa un error y nos deje para toda la eternidad vagando por el Limbo.
—¿Cuándo dejará de ser sarcástico?
—Cuando le vea sonreír. ¿Para qué me buscaba?
Kirschner señaló el Vínculo.
—¿Cuántas personas puede llevar?
—Cuatro en total.
El alemán se mordió los labios.
—Confiaba que fueran más. —Agitó la cabeza—. No podré cargar con nada extra.
—¿Es que pensaba saquear la Columna?
—Algunos recuerdos nada más.
—Yo de usted, si tuviera que elegir algo, me decidirla por ese cadáver embalsamado tan feo de la sala de los horrores. Regáleselo a su jefe de la Corporación, para que lo ponga al lado de la mesa de su despacho. Claro que podría ocurrir que quien le visitara saludara al muerto en vez de a él.
—No me hacen gracia sus chistes.
—Me sentiría ofendido si con ellos le arrancara una sonrisa.
—No parece muy preocupado. —Guido tenía el ceño fruncido—. A lo mejor es mentira que los Wyhargas atacarán. Yo creo más bien que han abandonado Elajah.
—Por desgracia siguen aquí, y en estos momentos están volando despacito, siguiendo la marcha del sol. No tienen prisa. Por ahora no encuentran vida en las islas que sobrevuelan, pero pronto entrarán en el hemisferio donde sí pueden quedar supervivientes de la Tierra. ¿Sabe lo que pasará? Los matarán a todos, a los pocos que hasta hoy se hayan salvado de los tramis.
—¿Me está reprochando algo?
—Todo. Se lo estoy reprochando todo.
—Vamos, Kanable, sabe que no puedo hacer nada. Si es cierto que vienen, vamos a estar bastante ocupados largándonos a la isla elegida.
—El lugar donde quiere ir está lejos. Más cerca hay otras islas.
—Resultaría arriesgado modificar el plan. ¿Entiende por qué tenemos que darnos prisa? Una vez en esa isla, advertiremos por radio a Ziegesar que hemos llegado, y él actuará. Un segundo después, ¡plaf!, de nuevo en casa. —Resopló—. Recemos que antes no nos alcance la horda..., si existe.
—Yo sería capaz de rezar con usted si le oyera hacerlo, Kirschner.
—Tengo la impresión de que usted sigue creyendo que no debe confiar en mí.
—Ha acertado. Ustedes quieren quedarse con las Mesetas, con todo cuanto contienen, y eso no lo permitirá mucha gente en la Tierra, y como sea que nosotros vamos a saber dónde quieren que aparezcan, les interesará que no hablemos. La única forma de silenciarnos, por desgracia nuestra, es matándonos.
—No dramatice, Kanable. Todo está planeado para que una Corporación administre los tesoros de las Mesetas. Ni las grandes potencias podrán inmiscuirse. Por cierto, su actitud también ha despertado mis recelos. ¿Le importaría explicarme el motivo de su extraña solicitud hacia Silberstein?
—¿A qué se refiere?
—Le ha pedido que una Isla del Paraíso se quede en Elajah. La he visto desaparecer del proyecto. Estaba en la costa teórica del oeste de Inglaterra.
—Había demasiadas alimañas en ella. No deben volver a la Tierra.
Kirschner me miró con desconfianza.
—¿Trama algo? Quizá debería decirle a Joe que anule su petición, Kanabíe. Podría introducir efectos negativos en la operación.
—No se inquiete. Le repito que las bestias que vi en esa isla merecen convivir con las bestias de Elajah. Todavía respiran tres de ellas, y otras tres se están ahogando en su propia mierda.
Kirschner se encogió de hombros.
—Como quiera. Se saldrá con su capricho. ¿Vamos abajo?
—No, me quedo.
—¿Qué espera?
Se escuchó como un desgarre sobre nuestras cabezas. Kirschner alzó la mirada. Le dije, sonriendo:
—Qué mala memoria tiene usted. ¿Ha olvidado que Esshei iba a traer a nuestros amigos de la Meseta?
Al alemán le desapareció el color de las mejillas.
—Entonces... ¿Es cierto que los Wyhargas van a atacar?
—Naturalmente.
Una impresionante masa de medias esferas unidas entre sí rompió el techo de falsa nieve en suspensión. Sin producir el menor ruido, cinco Vínculos hermanados empezaron a descender delante de nosotros.
—Ya no tiene que preocuparse por el transporte, Kirschner —dije. A continuación le escupí a los pies—. Maldito cabeza cuadrada. Ni una vez pasó por su mente la idea de recogerlos. ¿Pensaba dejarlos en la estacada?
Guido miró atónito el conjunto de Vínculos, todos bajo una única cúpula protectora. Dentro de ella había un grupo de personas. Antes que a nadie descubrí a Esshei. Pat estaba a su lado. Luego vi a Chris, a los demás. Por último, como si fuera un fantasma, al resucitado Nuil.
De pronto el alemán volvió la cabeza hacia mí.
—¡Es usted un sapo, Kanable!
—¿De veras cree que el sapo soy yo?
—¡Sí! Y lo peor es que no tiene ideas propias. ¡Todo su desprecio hacia mí lo ha recibido de Luis Castro!
—¿Por qué de Luis Castro?
—Han hablado mucho ustedes dos, se lo han contado todo. ¿Cree que en Punta Paloma no me preocupé de averiguar por qué siente Luis ese odio hacia nosotros? ¡Ese hombre es ridículo! Castro cree oír botas nazis marcando el paso de la oca por todas partes desde que, siendo él un niño, su padre le abotagó el cerebro hablándole de su abuelo muerto durante la guerra.
—Es cierto. Pero Castro reprime su odio.
—¡Acabará matándose con él! Mírese usted: le ha transformado. Ha conseguido que me mire con si yo fuera un desalmado. Tengo mis ideas, de acuerdo, pero me repugna que alguien muera inútilmente, incluso aunque sea judío. Yo no odio a nadie, entérese. ¡Sin embargo, todo el mundo me cree un verdugo! He sabido que Joshua Stolberg temió que yo matara a Silberstein apenas descubriera su ascendencia judía. ¡Qué disparate! Ustedes sí que están locos. Ven cruces gamadas por todas las paredes, ven ondear las viejas banderas. ¿Cuándo se olvidarán de ellas, de relacionarnos a todos los alemanes con una parte de nuestra historia que somos los primeros en querer olvidar? ¡Ya no habrá más noches de los Cuchillos Largos!
Las palabras de Kirschner me impresionaron tanto, que hasta llegué a sentirme un poco avergonzado, pensando que era yo el intolerante.
—¿Niega que Pfaumann tiene en realidad otro nombre, y que tuvo que ver con la matanza de Oradour?
—No niego que fue un oficial de las SS, pero ignoro si estuvo en Oradour, ni me importa. Pero entienda que una gran parte de mi gente, además de sentir repugnancia por todos aquellos malditos años del nazismo, se rebela contra la insaciable sed de venganza de algunos que se ufanan de despreciar el pasado de mi país. Claro que hemos querido salvar a Pfaumann a pesar de lo que fue en su juventud, pero es nuestra forma de protestar contra la implacable persecución que muchos hombres, como ese viejo, han sufrido durante décadas, y en la que han muerto bastantes inocentes. Usted, como otros hombres que están tan enfermos como sus fantasmas, sigue viendo en su mente las imágenes de los desastres de una vieja guerra, pero nunca se ha detenido a pensar que en aquellos tiempos pasaba hambre hasta la población alemana.
—La matanza de Oradour fue real, el abuelo de Castro murió allí. Los hornos fueron reales...
—Se quemaban cadáveres, no personas vivas como se llegó a afirmar, y no niego que existieran campos de exterminio. También admito que en Oradour se cometió un crimen. Oh, dejemos esto. No tenemos tiempo para hablar del pasado. Ocupémonos del presente y del futuro. No se convierta usted ahora en cómplice de la muerte de otras personas si provoca un desastre con su testarudez.
Contemplé a Kirschner un instante. Dios, le veía tan sincero que deseé creerle. Pero no podía. Tai vez tenía razón y yo caía en los mismos vicios de muchos: la intolerancia y la acusación indiscriminada contra un pueblo. Cristo, no era aquél el momento de discutir. Quise concentrarme en los Vínculos recién llegados. La cúpula común se había abierto, y los primeros pasajeros estaban bajando. Los Stolberg llamaron mi atención. Joshua bajó al lado de su hermano. El sargento parecía feliz. Me agitó los brazos. Respondí a su saludo y me adelanté para abrazar a Chris, que apenas verme había echado a correr hacia mí. Otra vez nos besamos en presencia de Esshei. Jorge Valdivia reía alborozado. No faltaba nadie, estaban todos lo que quedaron en la Meseta. Me separé con suavidad de Chris, casi no escuché las palabras que me dirigía mientras yo, llevándola cogida por la cintura, avanzaba hacia la ankari.
—¿Por qué no han venido las Familias? —le pregunté. ¿Cuál sería su reacción al saber que las Mesetas iban a ser transferidas a la Tierra?
—Ha tenido que ser así —fue su escueta y enigmática respuesta.


35.- MI VIEJO AMIGO INGLÉS

Escuché el grito de Jorge:
—¿Dónde está Esshei?
Dejé a Rosenman con la palabra en la boca. El inglés me había estado atosigando desde que bajó del Vínculo, después de haberme contado que Esshei se presentó en la Meseta y, después de conducir a las dos Familias a la Bóveda, sin darles a ellos la menor explicación que justificara su proceder, hizo aparecer en el calvero tres Vínculos más, que unió a los dos con los que se había presentado. Mi viejo amigo inglés, creyendo que a cambio de su relato yo estaba obligado a ponerle al corriente de todo, esperaba impaciente que me convirtiera en su informador. Sin embargo, tuve que dejarle, y corrí hacia Jorge. El muchacho parecía tener un ataque de nervios. Al verme llegar me agarró por los hombros.
—Cálmate, maldito chillón. ¿Qué está pasando? —dije, asiéndole por las muñecas para que me soltara
—Esshei bajó y yo la seguí, pero la perdí de vista en esa especie de tobogán.
Giré la cabeza. Hice un recuento. Tampoco estaba Pat. Pregunté a Val si la niña acompañaba a Esshei, y él asintió con la cabeza.
Corrí a buscar a Guido. Estaba junto al helicóptero, hablando por un transmisor portátil con Ziegesar.
—No podemos partir todavía —le dije—. Falta la ankari.
Kirschner se despidió de Ziegesar y se revolvió furioso hacia mí. Antes de hablarme miró su reloj.
—No me fío del margen de seguridad que dice usted que le ha dado esa muchacha, Kanable. Necesitamos llegar a la isla elegida y permanecer en ella unos minutos sin que surjan en el cielo los cometas verdes. ¿Me entiende? Si perdemos más tiempo nos quedaremos cercados aquí, seguros contra los ataques de los Wyhargas gracias al escudo, pero incapaces de salir. Si dentro de veinte minutos esa chica no aparece, nos vamos, y le repito que me gustaría que el viaje lo hiciéramos juntos. —Miró los cinco Vínculos y el mío, con recelo—. Mierda, estos trastos traspasan las defensas de energía. Sólo faltaría que las naves de esas bestias pudieran hacerlo también ahora, que no fracasen como asegura Joe que fracasaron cuando lo intentaron la otra vez.
Le miré con rabia. ¿Cómo decirle ahora al alemán que teníamos que dejar a Smith con los suyos y a Esshei en la Primera Meseta? Las dos escalas nos iban a exigir más tiempo. Y él seguía mirando su reloj, como si estuviera marcándole la vida que le quedaba.
—Lárguese cuando quiera y llene las bodegas con cuanto pueda robar —dije—. Cualquier Isla del Paraíso que encontremos nos valdrá. Personalmente, creo que prefiero no dar el salto a su lado.
—Lo siento, Kanable. Me habría gustado que nos marcháramos todos juntos, pero haga lo que le parezca. —Guido estiró el cuello—. Por cierto, no se le ocurra esperar en esa isla que ha quedado descartada.
—Voy a buscar a Esshei. Creo saber dónde está.
—Estupendo. Tiene veinte minutos de todas formas. Si ve a Silberstein, dígale que se apresure. Tampoco lo veo por aquí.
Hice un gesto con la cabeza a Val para que me siguiera. Los dos corrimos al pozo. Por el camino tropecé con tres alemanes que corrían al helicóptero cargados con cosas que no me entretuve en averiguar qué eran. Antes de bajar escuché a Chris que me llamaba. Fingí no oírla y desaparecí de su vista.
—¿De veras crees que sabes donde está? —me preguntó Val mientras nos deslizábamos hacia abajo por el flujo antigravitatorio.
No le respondí. Claro que no lo sabía con certeza; sólo tenía una leve sospecha de dónde podía haberse escondido la muchacha, a la que entendía cada vez menos. Cuando llegamos a la altura del túnel que conducía a la Zona, tiré de Jorge. Casi le hice caer, de tan violentamente como le agarré.
Jorge lo miraba todo con ojos desorbitados. No había bajado a la Columna hasta aquel momento.
—Voy a ser un pésimo guía, pero no hay tiempo para explicarte qué es esto —dije. Alcancé el final del túnel y escruté la sala infinita—. Mira por ahí, pregúntale a Ziegesar si Esshei ha estado en la Zona. Yo buscaré por otro nivel. Nos reuniremos dentro de treinta minutos como máximo en la plataforma. Ninguno de nosotros esperará al otro.
—¿Quién demonios manejará los Vínculos si no aparecéis Esshei o tú? Lo siento, Ray, pero yo no me voy sin ella.
Respiré hondo, tratando de calmarme.
—Smith sabe hacerlo. Si no tenéis tiempo de llegar al punto de reunión con los alemanes, elegid la isla que veáis primero. Smith seguirá solo hasta el territorio inyindani... Supongo que él querrá volver a su hogar. Vamos, no pierdas más tiempo. De todas formas, yo no pienso quedarme. ¿Me crees loco?
Cuando le vi correr hacia la Zona, regresé al tobogán y bajé por él hasta llegar al nivel inmediatamente inferior al de los horrores, allí donde yo todavía no había curioseado demasiado, pero que creía que podía atraer el interés de Esshei.
No me había fallado mi intuición. Allí estaba Esshei, en compañía de Pat. Lo único que me sorprendió fue encontrar con ellas a Joe. Los tres se hallaban delante de una plataforma discoidal en la que flotaba un delicioso paisaje. El predominio del rojo, con atisbos de naranja, me hizo comprender que la muchacha había reproducido una escena de su mundo.
Ya tranquilizado, avancé todo lo flemático que pude. Para conseguirlo me acordé de Kenneth Rosenman. Me habían oído entrar, y sentí sobre mí sus miradas.
Dije a Joe:
—Te esperan arriba.
Joe dijo:
—Tenía que decírselo todo a ella, Kanable.
—¿Qué tenías que decirle?
—Mierda, le he contado lo que he hecho. Pero ha comprendido. No me guarda rencor. Ojalá vosotros pensarais como ella. Algunos me lo reprochan, puedo leerlo en sus ojos. Estoy harto.
Me alegré de que Val no hubiera venido. La expresión de Esshei era tan elocuente para mí que las pocas dudas que me quedaban desaparecieron. Sus ojos parecían hablarme, admitir toda la vieja culpa. Sí, lo que yo iba a decirle a la muchacha de Ankar lo diría mejor sin Val delante. Pobre muchacho. No había querido aceptar con tiempo suficiente las cosas tal como realmente eran. Yo lo había hecho. A él le costaría más soportar la verdad, el inminente momento de las despedidas, el adiós para siempre.
Con los hombros hundidos, Joe dio media vuelta y dijo, antes de dirigirse al túnel de salida:
—Ya había terminado de hablar con ella, Ray. Gracias, Esshei. Gracias por haber entendido que todo lo hice creyendo que era lo único que podía hacer.
Le vi desaparecer por el túnel.
—Sólo ha pedido perdón a una persona, Esshei: a ti —dije—. Para los demás, no creyó necesario hacerlo. ¿Por qué?
—Tranquilízate, Ray —me suplicó Pat.
Miré a la niña y me turbé. Todavía no habíamos dejado claro con quién se iría ella.
—Tenemos que hablar ahora, a pesar de que no tenemos mucho tiempo, Esshei.
—Déjala, Ray. —La voz de Pat era dura ahora. Me volví a ella, asombrado.
—¿Por qué has venido aquí? ¿Te recuerda algo esto, Esshei?
—¡Ray! —El grito de Pat sonó profundo en la estancia.
—Lo siento, pequeña, pero creo que ella puede contestarme a algunas preguntas.
—¡Déjala, déjala!
Esshei había permanecido con la mirada baja. Cuando la alzó, y sus ojos se clavaron en los míos, sentí que no me quedaban ganas de seguir adelante con mi actitud.
—He recorrido parte de la Columna, Raymond —dijo Esshei con su acostumbrada suavidad—. Sólo he hecho eso: mirar.
—No, Esshei —dije, sintiéndome mal—. Es bueno hablar con un amigo. Y yo quisiera que tú me consideraras tu amigo. Hasta hace poco deseaba ser algo más, pero he comprendido que es imposible, aunque no conozca todas las causas que nos impiden amarnos.
Callé ¿Por qué no dejarlo? Sería incluso mejor para mí que no me enterase de nada, y que guardase de Esshei el más grato de los recuerdos. Pero al mismo tiempo me repetí, una vez más, que ella no era culpable de nada.
Al menos Guido Kirschner no aceptaba que cayera sobre él la culpa de sus antepasados, luchaba por su convicción de que no era así. En cambio, Esshei parecía asumir el lejanísimo pasado de su raza, yo diría que hasta lo deseaba, porque en el fondo gozaba mortificándose.
Contemplé el hermoso paisaje que ella había hecho surgir del disco. Era una llanura hermosa. Un enorme sol rojo se cernía sobre el horizonte e iluminaba con sus rayos de fuego el pasto naranja. Había docenas de Mesetas diseminadas, algunas tan distantes que eran meros puntitos de sangre. Y en medio de ellas, una aquí y otra muy lejana, se alzaban en el nivel bajo, brillantes, las siluetas de dos Templos de Cristal. Si una imagen vale mil palabras, la que yo estaba contemplando me valía por mil veces mil palabras. Ahora entendía por qué el Templo apareció a ras del suelo de Elajah, y las Mesetas a muchos metros sobre él.
Ankar era hermoso. Un viejo mundo, el más antiguo de todos. Y en él perduraba, aislada y tranquila, la raza más longeva de cuantas poblaban aquella parte de la creación. En su superficie de ensueño los ankaris contemplaban en silencio el paso del tiempo, convertidos por deseo propio en guardianes del antiguo y poderoso esplendor de sus antepasados.
Me volví a encontrar con la mirada de Esshei.
—Comprendo que desees volver. Y no me importa que Pat vaya contigo. Allí será feliz, y ella será la Eiyen Darai que podrá libraros de la culpa que os atormenta y que tratáis de ocultar sonriendo.
—No sigas, Ray. —Pat me tiró de la mano, intentando llevarme a la salida—. Vamonos, vamonos.
—Espera —dije firmemente—. ¿No comprendes que Esshei quiere contarme algo?
—¡No! Ella no debe contártelo.
—Pero yo ya lo sé. Al menos creo saber algo. Y sería peor que nos despidiéramos llevándonos una opinión equivocada el uno del otro. Esshei me lo dirá.
—Ray...
Acaricié sus cabellos. Lentamente, me senté en el borde del disco. Mis hombros se hundieron en la pradera. Delante de mí, Esshei tendió una mano a Pat, y ella corrió a refugiarse entre sus brazos.
—Somos un pueblo muy viejo, Raymond —dijo Esshei, tan dulcemente que me emocionó.
—Lo sé.
—Vivimos muchos años, pero ya no somos inmortales ni tampoco somos demasiados. Apenas quedamos unos miles. Formamos grupos llamados Familias, que habitan, sin apenas contactos las unas con las otras, en las Moradas de las Mesetas. Tampoco somos tan sabios como nos supones. Cuando uno de nosotros ha acumulado demasiado del viejo dolor, decide morir. Entonces nace otro ser que lo reemplaza. Yo soy la última Eiyen Daray, y confieso que también la menos cualificada de todas las que me precedieron. Aunque hasta ahora hemos evitado la degeneración, ésta se producirá dentro de poco si una poca de sangre nueva no renueva ésta que llevamos tan agotada en las venas. Si Pat no vuelve a su mundo no causará pesar a nadie, porque no tiene ninguna familia. Si os dijo que dejó padres, no es cierto. A ninguna niña le gusta decir que no los tiene. Sus parientes lejanos ya la habrán olvidado.
—Ya te he dicho que no te discutiré que Pat te acompañe a Ankar.
—Es mejor así. Las pocas veces que he rozado tu mente, Raymond, he podido percibir lo cerca que has estado de la verdad, pero no es toda. Creo que debo contarte la historia de Ankar, que es la historia de Todo.
Tragué saliva y esperé. Esshei acariciaba la frente de Pat. La niña empezaba a sonreír.


36.- EN EL PRINCIPIO...

—Hace muchísimo tiempo, mi pueblo era numeroso, y habitaba en cien mundos que transformaron a la imagen y semejanza de Ankar. Habíamos obtenido todo nuestro poder a través de la conquista y el vasallaje de cuantas razas descubríamos. En un principio luchamos personalmente y saqueamos con nuestras propias manos, pero más tarde creamos a los Wyhargas para que combatieran por nosotros. Sólo admitimos a nuestro lado como esclavos sumisos a una raza de grandes criaturas a las que llamamos inyindanis. Los queríamos como se puede querer a un animalito que se puede tener en el hogar como mascota, pero a quien a veces se le exige que nos divierta.
»Eran los tiempos de los Viejos Textos, del Signo Primitivo: el fuerte tenía que dominar al débil para subsistir, si no quería que éste acabara rebelándose y alzándose con el poder. Era el imperio de la fuerza absoluta. Los ankaris, viviendo en un esplendor que tú no podrías imaginar, éramos crueles y despóticos. Alrededor de nuestra gloria giraban miles de mundos que nos enviaban sus mejores riquezas y, diseminados entre éstos, habíamos ordenado construir muchos Elajah, las bases de entrenamiento y de operaciones. Desde ellas, algunos de los nuestros, los Eiyen Daray de entonces, organizaban los planes de expansión, enviaban mediante la traslación instantánea de la materia a las fuerzas guerreras para dominar las rebeliones o consumar nuevas conquistas. Las plataformas de las Columnas eran el nervio más importante de la organización.
»Pero, un día, uno de nosotros tuvo una revelación, y proclamó en Ankar y los mundos donde vivíamos la llegada del Nuevo Signo, el del amor y la paz. Y ningún ankari renegó de él. Fue asumido por todos, sin ninguna protesta. Nadie se opuso a la nueva época que llegaba.
»Las guerras cesaron aquel mismo día, y todas las legiones de Wyhargas y sus unidades de combate recibieron la orden de regresar a sus mundos de origen, y se les reveló el proceso secreto para desprenderse del Distintivo de su condición sin que murieran, y se libraron al fin de la charretera que los dominaba y renunciaron a los Orígenes.
»Los mundos Elajah fueron abandonados, y se confió al tiempo su destrucción. Nos recluimos en el planeta donde habíamos nacido, y extendimos a nuestros siervos los inyindanis la gracia de ser gobernados por el Nuevo Signo. Pero no todas esas pobres criaturas aceptaron. Fracasamos con ellos, y como les había sido inculcado el instinto de la guerra para nuestra diversión, les impusimos unas normas de convivencia y los enviamos a un mundo donde pudieran vivir. Desde entonces, éste fue su Inyindan propio.
»Mi explicación ha sido breve, Raymond, porque tú ya conoces parte de la historia, que te contó Joe, acerca de los Wyhargas. Pero él sólo alcanzó a descubrir en la Columna lo referente a estos seres desdichados. ¿Crees ahora que por haberte abierto mi corazón me sentiré menos culpable?
Me habría gustado en aquel momento tener el verbo suficiente para convencerla de que había hecho lo mejor. Pero no supe, no podía, e intenté que una sonrisa mía le transmitiese todo mi afecto por ella.
—Y sin embargo, los Wyhargas han sobrevivido —dije suavemente.
—Éramos imperfectos, Raymond. No calculamos que algunas unidades, situadas a mucha distancia, escaparon en aquel momento a los mensajes y no oyeron las instrucciones. No sabiendo cómo librarse de la condición a la que les habíamos sometido, y pasado el tiempo, aparecieron en los antiguos espacios estelares y volvieron a causar estragos, ya bajo ningún control, sólo dejándose conducir por las antiguas órdenes y leyes de los Orígenes. Pero no eran muchos, y lentamente fueron pereciendo. Ahora están en Elajah casi todos los que sobrevivieron, y alguien se ha erigido en su Alto Distintivo.
—¿Quieres decir que han encontrado un líder que los ha reorganizado? Creí que estaban sin mando...
—Al despertar a la vida, esta Columna se convirtió en un faro en el espacio que los ha ido atrayendo. Han necesitado tiempo para llegar hasta aquí, y desde que cruzaron la capa de nubes han estado destruyendo toda forma de vida inteligente que encontraban, tal como sigue grabado en sus mentes, pero careciendo de un plan de lucha. Si su nuevo Alto Distintivo, un portador de una charretera como la que usamos en tiempos pasados, igual a la que has estado llevando, es capaz de conducirlos, podrá revitalizar el poder Wyharga, y los mundos que intentan sobrevivir se verán azotados otra vez por la guerra.
—¿Estás satisfecho ya, Ray? —me dijo Pat, con un tono de reproche tan acusado que me dolió en lo más profundo—. Ella no se siente mejor. Lo sé. Ojalá no hubieras empezado a sospechar la verdad en el Templo.
Pero tenía que llegar al final, conocer los últimos secretos.
—Sí, Pat. En el Templo de Cristal tuve mi primer conato de sospecha, empecé a pensar que los ankaris no habían sido siempre los seres buenos que parecían. Cuando supe la existencia de los Wyhargas, y vi que ellos poseían una charretera como la que tuvo Stenzel y luego yo le robé, estuve seguro de que cuanto estaba ocurriendo con los cambios tenía su origen en los ankaris.
—Tú creíste que nosotros nos limitamos a recoger la cultura de la guerra y la muerte del pasado, y que éramos los guardianes de cuanto había quedado alojado en las Bóvedas —dijo Esshei—. Al principio pensaste, quizá aún en medio de tus dudas y sospechas, que habíamos sido un pueblo sojuzgado en el pasado como otros muchos.
—Quería creerlo —admití—. La verdad es que no me atreví a relacionaros con nada horrible, me costaba hacerlo. A mis ojos erais demasiado perfectos para haber sido en el pasado los creadores de un imperio basado en el aniquilamiento de muchas razas y mundos.
—¡No eres justo, Ray! —gritó Pat. Esshei la retuvo a su lado—. No la estás ayudando nada. Y prometiste hacerlo.
—Lo haré, pequeña —sonreí—. Permíteme unas preguntas más.
—¡No! Debes dejarnos en paz.
Esshei volvió a acariciarla y le pidió:
—Es bueno que alguien me recuerde el pasado. Déjale que hable.
—¿Es que no entiendes que ella está acumulando dolor, y que puedes matarla?
—No, no quisiera hacerle daño. Lo dejaré... Vamonos.
—Espera, Raymond. Pat se preocupa demasiado por mí. ¿Qué otra cosa quieres saber?
—Poco ya. Quería decirte por qué empecé a vislumbrar la verdad. Ya sabes lo de la charretera. Luego está el Archivo y tu estancia en el Templo. Esshei, eres demasiado cruel contigo misma. Me has contado la historia de tus antepasados como si quisieras que yo creyera que tú participaste en sus errores. Y no es así. Nadie es culpable de las equivocaciones de sus padres. No es justo que tu pueblo cargue sobre sus espaldas con un pasado en el que nada tuvo que ver. Vosotros habíais borrado de vuestras mentes esa historia, pero sabíais que fue algo malo, que había en ella algo que os obligaba a vivir recluidos en vuestro mundo sin atreveros a mirar a ningún miembro de otra raza, envolviendo vuestro ahora único mundo en una defensa que ninguna fuerza podría atravesar, y que vosotros tampoco podíais eliminar. Sólo el poder de la Columna os sacó de allí y os trajo al escenario donde tuvieron lugar parte de tristes sucesos que intentáis olvidar para siempre.
»En el Templo, buscando los conocimientos perdidos para regresar a Ankar, estuviste a punto de alcanzar la verdad cuando Pat te dijo que nos ayudaras, y apenas regresaste, acompañada por Jorge y por mí, el Templo te reveló todo lo que guardaba. Y tú, en tu dolor, le ordenaste que se destruyera... —Me separé de la imagen y señalé la figurilla de cristal en la llanura más cercana a mí—. Quedan varios Templos en Ankar, los santuarios de la verdad. No sabíais lo que encierran, pero sí recordabais que ellos os advierten con su presencia que nunca podréis salir de vuestro mundo ni volver a convivir con otra raza, porque sus miembros os escupirían al rostro los crímenes cometidos en sus antepasados por los vuestros. Pero son vuestros antepasados, no vosotros.
»Durante tantos años de aislamiento adquiristeis nuevos poderes, desarrollasteis maravillosas cualidades, como la de curar enfermos y moribundos, siempre sin valeros de medios mecánicos ni artificiales, que no queríais usar de nuevo. Os bastaba la mente, cada vez más cultivada y poderosa. Pero también disminuíais en número, hasta que conseguisteis manteneros en los mismos niveles demográficos. Y ahora necesitáis nueva savia, una persona que conozca la disciplina y asimile cuanto sabéis para que sea la futura Eiyen Daray.
—Así es, Ray —sonrió Pat—. Yo intento hacer ver a Esshei que ningún ankari debe cargar con tanto dolor que acabe muriendo por él.
—Lo conseguirás, bonita. Bien, creo que debemos partir. Es el momento de las despedidas. Dios mío, había olvidado que apenas nos queda tiempo.
De nuevo me intranquilizó la tristeza que invadió el rostro de Esshei. Lo poco que la había visto alegrarse había desaparecido de nuevo de ella.
—Es inútil, Raymond, porque ahora no podremos escapar. Las huestes Wyhargas se aproximan. Están cerca. Nadie conseguirá llegar a ninguna isla de su mundo para volver a él. Quizá sea mejor así.
—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo puedes saberlo?
—Han sobrevolado la Meseta, y desde ella mis hermanos acaban de advertirme su presencia. Las unidades Wyhargas han arrasado toda su superficie, y las dos Familias apenas tuvieron tiempo de refugiarse en la Bóveda. Por ahora están a salvo. Los Wyhargas se han marchado; pero volverán cuando conquisten la Columna.
Entonces, ¿habíamos perdido la gran ocasión de escapar de Elajah? No podía admitirlo. Me horrorizaba la idea de ver a la horda cruzar la nube blanca y bajar desde la plataforma hasta las entrañas de la Columna y adueñarse de ella, de su poder. De pronto se me ocurrió que había algo que no encajaba y, sonriendo muy a mi pesar, porque recordaba a Esshei, lo que ella y su pueblo fueron un día muy lejano, le dije:
—No hay nada que temer, Esshei. Los Wyhargas te reconocerán como a su antiguo superior, porque en ellos, tú lo has dicho, no han desaparecido las viejas leyes de los orígenes. Tú puedes decirles, como Eiyen Daray, que nos dejen en paz. Quizá necesites poner en tu hombro una charretera de Alto Distintivo.
—No, Raymond. —La tristeza de Esshei aumentaba—. El nuevo Alto Distintivo ha conseguido revocar las viejas leyes, las ha cambiado. La inmunidad que gozábamos ankaris e inyindanis ante los Wyhargas ha desaparecido.
—¿Sabes lo que estás diciendo? —pregunté, palideciendo—. Es el fin... ¿Quién demonios ha conseguido semejante cosa? ¿De dónde ha salido ese líder?
—Tú lo conoces, Ray —dijo Pat—. Ambos lo conocemos.
—No te entiendo...
—Es Adrián Stenzel.
Quedé perplejo.
—Adrián murió, cayó entre enfurecidos vrowes...
—Adrián tenía una charretera de Alto Distintivo —dijo Esshei—. Se ha atrevido a usar los cinco grados. Ahora es un Wyharga, tiene la mente de un ankari primitivo, y le domina el Viejo Signo. Parte de sus instintos terrestres se han aliado a los ancestrales pecados de Ankar.
—Raymond —susurró Pat, llamando mi atención. La vi asustada. Al fin y al cabo era una niña, por muy diferente que fuera de las demás niñas de su edad en la Tierra—. Adrián encontró a Ana Castro, y ella fue testigo del comienzo de su locura. Es muy peligroso que un loco con ansias de venganza como Stenzel sea absorbido por la condición Wyharga.
¿Cuándo había hablado Pat con Ana?, me pregunté, aturdido. Cogí su manila y tendí la otra a Esshei.
—Vamonos —dije—. Quizás aún tengamos tiempo.
Dócilmente, Esshei se dejó llevar por mí. Salimos de aquella estancia que apenas había visitado. Detrás de nosotros quedó, solitaria, la imagen de Ankar.
Adrián vivía, no dejé de repetirme. Y era poderoso. Volaba al frente de una legión de guerreros fanáticos hacia la Columna para aniquilarnos. Ahora, su mente dominada por la locura de antaño estaba unida a su propia locura de siempre. Recordé sus deseos de expulsar de Elajah a los humanos porque los consideraba invasores en un mundo que él suponía sagrado y que no debía ser contaminado por nada ajeno a él.
Anduvimos deprisa por el tobogán. Cuando alcanzamos el nivel del museo de los horrores, grité el nombre de Jorge. No me respondió. Pero un poco más arriba, a punto de salir a la plataforma, le vimos aparecer. Apenas nos descubrió anunció:
—¡Están atacando! ¡Son las unidades Wyhargas, docenas de ellas! Disparan sin cesar...


37.- CORTINAS DE FUEGO

Sentado entre el capitán y el guerrero que pilotaba la unidad, Adrián estudió la silueta de la Columna reproducida en su pantalla privada antes de que ésta apareciera en el horizonte.
Volaba a la cabeza de una formación compuesta por ochenta y dos naves. Detrás de ellos quedaba una densa y larga estela verde en el aire, y en las llanuras, testigos de su paso, reposaban varias islas sobre las que arrojaron furiosas cortinas de fuego, sin detenerse apenas a comprobar si en ellas había o no seres inteligentes.
Sólo efectuaron dos escalas que les demoraron algún tiempo. En la primera, se encontraron con una deshabitada Meseta, a la que apenas prestaron atención después de que una unidad descendiera e intentara localizar, sin el menor resultado positivo, el acceso a la Bóveda, mientras el resto de sus fuerzas efectuaba varias pasadas sobre la isla inyindani y la convertían de punta a punta en un erial. En la siguiente escala, donde el resquicio de recuerdos humanos de Adrián le recordó que se refugiaban dos familias ankaris, decidió asegurarse de que sus Wyhargas le obedecieran y dispararan contra una de las razas que gozaban de inmunidad.
Que hubieran acabado con los pocos inyindanis que sobrevivieron al ataque vrowe no le satisfizo demasiado. Al fin y al cabo, los torpes y gigantescos guerreros pertenecían a una raza ínfima. Esperó, observando lleno de ansiedad cómo las unidades se lanzaban contra la Meseta, y respiró aliviado al comprobar que el fuego de las unidades arrasaba los bosques rojos, las viviendas y hasta la última brizna de hierba.
Adrián soltó entonces una carcajada que brotó como un huracán de soberbia por las ranuras de su casco. ¡Había conseguido romper las normas que condicionaban las mentes Wyhargas! A partir de ahora, nada podría detenerle.
—Tienen que estar escondidos en la Bóveda —pensó en voz alta, cuando el capitán le informó que no se había detectado en la Meseta arrasada ningún indicio de vida—. Pero ya saldrán. Les haré salir cuando haya conquistado la Columna. La Eiyen Daray Esshei se oculta en ella. Capto su fuerza, casi escucho sus palabras dirigidas a sus hermanos de las Familias, hablando con ellos, enterándose de que estamos aquí. No importa que sepa que nos dirigimos allí. No podrán escapar de mí, y si cometen la estupidez de intentar huir en sus Vínculos desarmados los abatiremos en el aire, así como al helicóptero que se atrevió a enfrentarse a mis huestes.
De alguna manera sabía que las unidades Wyhargas no podrían traspasar el escudo, pero también los ancestrales conocimientos recién incorporados a su memoria le decían que la plataforma tenía sus puntos débiles, exactamente cuatro: uno en cada ángulo, allí donde la fuerza carecía de una eficaz cohesión en los filtros de la balaustrada.
—La Columna está a la vista, señor —le anunció el capitán.
Adrián dejó de contemplar el dibujo de su pantalla privada y clavó la mirada en la esbeltez de piedra azul que se alzaba ante él. Pausadamente, sabiendo que le estaban escuchando en todas las unidades, advirtió:
—La flota se dividirá en cuatro grupos, según mis instrucciones. Cada grupo concentrará su fuego en un ángulo de la plataforma, a bajo nivel. Las pasadas serán cada veinte segundos, y se calibrará la intensidad de la acción. Un exceso de calor podría dañar la plataforma, y quien cometa tamaño error pagará las consecuencias. Apenas un grupo descubra que el escudo asignado a él se debilita en su ángulo, lo anunciará, para pasar todos a la siguiente fase del plan de ataque.
La testa cubierta de hierros del capitán se volvió hacia él, y su voz, enfundada en la enorme armadura, dijo con tono de admiración:
—Es un excelente plan de ataque, señor.
—Gracias —rió Adrián—. Adelante. Sé que puedo confiar en vosotros.
A continuación escuchó dentro de su casco un aluvión de voces confirmando haber recibido sus órdenes. Adrián notó el entusiasmo en cada respuesta. Era fácil contentar a aquellos guerreros, sólo había que proporcionarles lucha, una guerra en la que pudieran matar y destruir.
Desde que partieron de la improvisada base al pie de la Columna situada en el otro lado de Elajah sólo había tenido dos bajas. Una unidad se estrelló al poco rato de haber despegado. El capitán le había advertido que estaba muy deteriorada, llevaba demasiado tiempo en servicio, y había surcado muchos años luz para llegar a la reunión. La destrucción de la segunda unidad le preocupaba, ya que el motivo fue, según le informó también su lugarteniente, que los dos pilotos habían fallecido simultáneamente en pleno vuelo, tras lo que añadió que eran los Wyhargas más viejos que tenía a sus órdenes. Y Adrián recordaba aún sus palabras finales:
—Ya eran veteranos cuando yo llegué aquí para ser investido como Wyharga, señor. Ellos recuerdan los lejanos tiempos en que recibieron el honor de ser llamados a filas. Entonces vivían en un mundo primitivo, eran muy rudimentarios. Apenas se obtuvieron reclutas de allí, sólo unos miles. Eran los últimos que quedaban.
El capitán hizo entonces una larga pausa y, antes de ocuparse de inspeccionar los controles de la unidad, añadió:
—Tú me has dibujado mentalmente tu mundo, señor. Estoy seguro de que el planeta donde naciste y el planeta donde nacieron esos dos hermanos nuestros que acaban de estrellarse es el mismo.
Adrián no le replicó; guardó silencio, y hurgó en los nuevos conocimientos alojados en su memoria. Como si saltaran de un profundo pozo, subieron hasta él antiquísimos informes que le hablaron de que en los inicios de la conquista, cuando los creadores de la condición Wyharga empezaron a reclutar seres bípedos y dotados con inteligencia, saquearon un mundo primitivo. Obtuvo su imagen, la estuvo observando un rato, y supo cuál era. Se trataba de la Tierra, tal vez diez mil o veinte mil años antes. No fue incorporada al sistema organizado por los componentes de aquella raza que él aún no había logrado averiguar cuál era de todas las que formaban su fuerza de combate. Tampoco consiguió descubrir el motivo que existió para que la conquista de la Tierra no se consolidara en el pasado. Después de una rápida guerra y el secuestro de varios miles de seres humanos de la Tierra, ese planeta fue relegado al olvido y borrado de los registros como objetivo adecuado para el suministro de materias primas y de seres útiles para ser empleados como Wyhargas.
Decidió que el problema no debía inquietarle. Más adelante desvelaría el secreto. Sin embargo, el suceso le había proporcionado una idea. Tenía que renovar sus fuerzas e incrementarlas, y pensaba que la Tierra podía proporcionarle todos los hombres que necesitara. Había que localizarla en el espacio y dirigirse a ella para saquearla. Elajah volvería a ser el planeta-campamento que siempre fue.
Pero los hombres que agonizaban en las islas procedentes de la Tierra debían morir. Antes de repoblar Elajah, su superficie tenía que ser purificada.
De pronto, la proximidad de la Columna le sacó de sus reflexiones. Las unidades se habían dividido en cuatro formaciones, y cada una se dirigía a un ángulo de la plataforma.
Comandando uno de los grupos, la unidad en la que navegaba Adrián se incorporó al carrusel que abrió fuego contra el objetivo. Un continuo huracán ígneo se abatió sobre el punto donde la blanca cortina de fuerza se unía con la balaustrada.


38.- LA DEBILIDAD DEL ESCUDO

Cuando salí a la plataforma, se estaba produciendo en ella un nuevo ataque de las unidades Wyhargas. Llegaban cada dos minutos y, durante unos segundos que se nos antojaron interminables, disparaban contra los ángulos, allí donde yo había detectado la debilidad del escudo que nos protegía.
Todo el mundo corría de un lado para otro, y vi a Kirschner gritar como un energúmeno, llamando a sus hombres para que subieran al helicóptero. En unas zancadas conseguí llegar a su lado, y le agarré de un hombro para hacer que se volviera. Los disparos en las esquinas producían unos silbidos prolongados, creo que causados por el escudo al absorber el fuego concentrado sobre él, pero no había que gritar demasiado para que el alemán me entendiera.
—¿Qué se propone? —le pregunté, no consintiendo que sus manos apartaran la mía de su hombro.
—¡Largarme de aquí! —Llevaba un transmisor portátil, y lo sacudió—. Voy a decirle a Ziegesar que abra un resquicio en el centro del escudo, y nos escabulliremos. ¡No pienso quedarme aquí para que nos frían!
—No sea loco. No las vemos, pero ahí fuera debe haber docenas de navecillas. Apenas salga el helicópero, lo achicharrarán, y si aprovechan la abertura entrarán antes de que consigan debilitar alguna de las esquinas.
Kirschner calmó a Reinfeld, que acababa de aparecer en la puerta del helicóptero apuntándome con su metralleta. El jefe del grupo alemán había perdido el color de sus mejillas y me observaba, ceñudo.
—Tiene razón Kanable —admitió. Le dejé que me quitara la mano de su hombro—. ¿Pero qué podemos hacer?
Miré a todas partes, deteniéndome en los Vínculos. Alrededor de ellos, buscando protección, se estaban reuniendo los demás. Guido siguió la dirección de mis ojos y preguntó:
—¿Tal vez en esos trastos podríamos romper el cerco?
—No. Esshei me ha asegurado que resistirían muy poco tiempo el fuego del enemigo. Son veloces, pero también lo son los cometas, y a éstos les bastaría seguirnos, manteniendo las distancias y sin dejar de dispararnos. Acabarían rompiendo la conexión si fuéramos unidos, y atravesarían la débil coraza púrpura.
—Aguantaron bien las balas...
—Eran balas, Kirschner. —Agité la cabeza, esforzándome por encontrar una solución. Si Adrián conseguía apoderarse de aquel bastión, los prisioneros que hiciera iban a pasarlo muy mal—. No olvide que nos enfrentamos a una tecnología muy desarrollada a través de siglos de guerras.
Pat y Esshei acababan de salir del pozo. La niña avanzó hacia nosotros.
—Los Wyhargas no renovaron sus naves durante siglos —dijo Pat, alzando su cabecita para mirarme—. Y la coraza verde que les protege fue superada en las últimas etapas de la conquista por otros ingenios. Estos guerreros fueron enviados a explorar lejanas regiones estelares, y aparte de no beneficiarse de la gracia del Nuevo Signo, tampoco fueron dotados de los modernos sistemas de combate. Ray, no son invulnerables a las armas de la Tierra, pero su poder sigue siendo muy superior al vuestro.
Kirschner la escuchó, atónito. Comprendí que el alemán no la había entendido completamente, sobre todo su alusión a la historia del pasado de Ankar. Miré a Esshei por encima de los cabellos de la niña, y me pregunté si ella le habría pedido que nos dijera aquello, o el impulso era exclusivamente de su discípula. Tal vez se lo sugirió, porque yo no creía a Esshei capaz de revelar algo que engendrara violencia, aunque fuera para salvar nuestras vidas.
Pero Pat era todavía parte de nosotros, de la Tierra, y quería ayudarnos. Su mente infantil no aceptaba el sacrificio, ni tampoco estaba dispuesta a enfrentarse al destino fatal que nos aguardaba sin rebelarse contra él.
—¿Hay alguna posibilidad, entonces? —inquirió Kirschner.
—Creo que sí, aunque no demasiadas —dije, mirando los confines de la plataforma. Los más de cien metros que separaban sus extremos eran una distancia demasiado grande para mi plan, pero expliqué al alemán—: No creo que todos los ángulos cedan al mismo tiempo. Utilizarán el primero que vulneren para entrar. Que sus hombres estén dispuestos a acudir con todas las armas que tengan a la esquina que ofrezca el menor síntoma de debilidad, y disparen tanto como puedan. Ya sabe eso de que los primeros minutos de un desembarco son decisivos.
—¿Es que los Vínculos no están armados?
—No. Recuerde que los ankaris lo reprodujeron del Archivo para su uso. ¿Cómo iban a elegir un medio de transporte armado?
Cada minuto y varios segundos teníamos que gritar para hacernos oír, cuando se producían las pasadas de las naves lanzando sus descargas de fuego. Miré las esquinas, allá donde el techo de gas blanco y denso se curvaba para unirse a la balaustrada de la plataforma, y creí descubrir en una de ellas un tono gris y grasiento. Se la señalé a Guido y grité:
—¡Tal vez sea la primera! ¿No está de acuerdo con mi plan?
—No es malo del todo —reconoció. Se encogió de hombros. Indicó con un gesto de cabeza a mis compañeros agazapados alrededor de los Vínculos—. ¿Y ellos? ¿Puedo contar con su ayuda?
—Claro que sí, y si me da una ametralladora, yo también me uniré a ustedes.
—Tenemos suficientes para armar un buen jaleo, amigo.
—Me alegro que pensaran ustedes que venían a una guerra.
—¿Es que esto no lo es?
Le vi reírse. Era la primera que le veía reír con ganas. Condenado Guido. Podía ser un fanático o un loco, pero estaba dando muestras de no tenerle miedo a nada.
—¿Y luego, Kanable? —me preguntó, cuando hubo gritado en alemán unas órdenes a sus hombres.
—¿Qué quiere decir?
—Supongamos, en el mejor de los casos, que les hacemos desistir de entrar, pero lógicamente no se marcharán de los alrededores de la Columna. ¿Qué hacemos? Sólo hemos transportado comida para un mes.
Me eché a reír, mirando cómo los alemanes sacaban armas de todas partes. Los Stolberg, los Castro, Jorge y Michael Davis, incluso las mujeres, habían acudido para recibir metralletas y cajas de cargadores.
—Mientras las lunas de Elajah sigan suministrando energía a este monumento, nos nos faltarán ni alimentos ni agua. Y rece, empiece a rezar, para que el escudo no se rompa en mil pedazos. Si el gas blanco se aleja de nosotros, estamos perdidos.
Asintió de un cabezazo. Kirschner se multiplicó, corrió por todas partes y formó un par de grupos, mezclando a los veteranos de Elajah con su gente. Les dio instrucciones, recordándoles que debían correr lo más cerca posible de la primera esquina donde se resintiese el escudo. Tuve otra idea y llamé a Smith.
—Amigo —le dije—, vamos a sudar sangre, pero necesitamos ganar tiempo.
—¿Tú crees que merece la pena defendernos? —preguntó Smith suavemente—. Los Wyhargas nunca nos hicieron daño. ¿Por qué nos enfrentamos ahora a ellos? ¿Es que van a haceros daños a vosotros los hombres y mujeres de la Tierra? —No me dio tiempo a explicarle que su gente de la isla ya no existía, si tenía que creer a Esshei, porque añadió—: Pero si es por vosotros, estoy dispuesto a hacer lo que me pidas, amigo Ray.
Que Smith hubiera encontrado a su viejo camarada de prisión no parecía haber influido en que se olvidara de nuestra amistad.
—En mi tierra tendría que decirte que eres cojonudo, gigantón. Quiero que subas a los Vínculos y los separes. Luego sitúa cada uno como a unos treinta metros de las esquinas, y regresa y toma un arma, si tus creencias no te lo impiden.
De detrás de sus anchas espaldas sacó un fusil vrowe.
—Ya lo había decidido, amigo Ray.
Le palmeé las caderas; no quería alzar demasiado el brazo. Smith corrió a los Vínculos, y si exceptuamos que estuvo a punto de atrepellar a Gunter y a Dieter, ejecutó una aceptable maniobra y situó uno en cada sitio preciso en menos de diez minutos. Para entonces ya estábamos preparados a correr y parapetarnos detrás del Vínculo más próximo al ángulo que antes se resquebrajase.
Y la esquina que peor aspecto tenía era la situada a occidente. Hice un guiño a Kirschner, que me entendió, y se ocupó de ella.
Por mi parte yo tenía otras preocupaciones, y no hice sino aumentarlas cuando pregunté a Guido si no sería conveniente que Ziegesar abandonase el mando de la Zona y se reuniese con nosotros. Un arma más sería conveniente.
—No —fue su respuesta—. Ziegesar se quedará abajo. Estoy en contacto con él por el transmisor. Desde allí está viendo a esos malditos Wyhargas, y me tiene informado de sus maniobras sobre la plataforma. Apenas me comunique que se largan, nos iremos.
—¿Ziegesar sigue decidido a quedarse a pesar de todo?
—Naturalmente. Lo necesitamos para que efectúe la restitución.
—Es que las cosas no son como antes, cuando se ofreció voluntario.
—¿Qué demonios intenta decirme?
Eché otra ojeada a la debilitada esquina. La mancha sucia en la inmaculada blancura de gas era mucho mayor que un instante antes. Quizá aguantara hasta que yo le contara a Guido lo que consideraba que debía saber.
Le empujé hasta donde permanecían Esshei y Pat, al borde del pozo de bajada al tobogán y a los ascensores ingrávidos.
—Joe lo programó todo para que Ziegesar sólo tuviera que acariciar un poco los mandos del ovoide apenas recibiera la orden por radio, y entonces, en un segundo, todas las islas de los cuatro mundos atraídas a Elajah volverían al que pertenecen. ¿Me equivoco?
—Por supuesto que es así... ¿Hay algún problema?
Asentí con la cabeza, luego la giré y miré a la muchacha y a la niña, sobre todo a la primera. Esshei parecía contemplar algo invisible que flotaba en el aire entre Kirschner y yo.
—Bastante. —Joe se estaba acercando, porque yo le había llamado con un ademán. Esperé a que estuviera cerca para seguir—. Primero vinieron las Mesetas, luego un montón de pedazos de la Tierra, arrancados de allí en un solo día, pero apareciendo aquí en ciclos. Joe volvió a intentarlo y se tropezó con Inyindan, pero no desistió y enfocó otra vez a la Tierra, y provocó la Segunda Oleada, una serie prolongada de desapariciones y apariciones en Elajah, a la vez que, queriendo rescatar a Smith, hizo la proeza de robar una gran extensión de territorio a Vrow.
Kirschner me miró perplejo.
—Eso ya lo sabía...
—Mejor. En cada intento, el consumo de energía fue incalculable, su volumen escapa a nuestros conceptos, quizá serviría para que todas las ciudades del mundo funcionaran durante un siglo, por ejemplo.
Joe ladeó la cabeza, dándome a entender que no adivinaba a dónde quería yo ir a parar. En cambio, el alemán pareció comprender, y esperó en silencio a que acabase.
—Y ahora pretendemos que todo se haga de un solo golpe —resoplé.
—Sí...
—¡Dios mío, la energía que se requerirá será cinco veces o más la utilizada en cada cambio!
—No lo había pensado, pero el cálculo es correcto.
—Pues Esshei teme que todo esto se vaya a la puta mierda si seguimos adelante. —Solté un gruñido—. De todas formas, no creo que tengamos necesidad de hacerlo, al menos mientras no dispongamos de posibilidades de escapar de aquí.
Joe, no sé si por cabezonería, dijo que no estaba de acuerdo conmigo, que no admitía la teoría de Esshei.
—Hay docenas de satélites enviando energía del espacio a la Columna, de sobra para llevar a cabo una operación mucho mayor que lo previsto —dijo—. Elajah ha mantenido un sistema de envíos y recepciones durante milenios sin ningún problema. Aquí se recibían millones de toneladas de materias primas de los mundos conquistados y se reexpedían a otros lugares. Además, ahora sólo hay una Columna en situación de captar cuanto nos llega del otro lado de las nubes, porque la otra en las antípodas es como si no existiera. Toda la energía es para ésta.
—El desequilibrio que se producirá al no absorber la otra Columna toda la energía puede ser la causa de un fallo de consecuencias imprevisibles —dijo Esshei, sin apartar la mirada de aquel punto indefinido—. Y no todos los satélites funcionan actualmente. Un veinte por ciento de ellos no emite.
El rostro de Joe adquirió un vivo tinte ceniciento.
—¿Es que el cambio no se producirá si sobrevienen esas alteraciones que teme? —preguntó.
—El cambio se hará, pero lo que ocurra luego aquí soy incapaz de adivinarlo.
Miré a Kirschner.
—Por lo tanto, quien se quede puede morir. O permanecer aquí aislado para siempre.
El alemán miró desesperado a sus hombres. Desde el interior del helicóptero, los Pfaumann nos espiaban ceñudos.
—Entonces —empezó a decir Guido titubeante—, ¿quiere decir que no nos queda otra alternativa, para que la presión disminuya, que anular una gran cantidad de islas en el cambio?
—No lo sé —respondí. Y Esshei mantuvo cerrada la boca. Ella tampoco estaba segura.
—Quizá hayamos ido demasiado lejos —dije—. Escuche, Kirschner, no necesitamos ninguna isla de las que están en el área de la otra Columna, no hay vida en ninguna de ellas. También podríamos eliminar del programa el enorme territorio de Vrow. Con estas medidas, aliviaríamos la presión.
En la cara de Guido había preocupación, y supuse que la causa no era una sola. Entre otras podía ser que él temía que al modificarse el programa, ahora con la colaboración de Esshei, puesto que era una labor que podía escapar a los conocimientos de Joe, se modificase el destino de las Mesetas. El alemán, por su expresión consternada, debía suponer que yo la había informado de todo.
Sin embargo, la réplica de Esshei incluso me sorprendió a mí:
—Un programa insertado en el mando de la Zona es difícil de modificar. Se lleva adelante tal como fue concebido o...
No terminó. Nos dio la espalda, y con Pat cogida de la mano descendió por el pozo. ¿Qué había querido decir, cuál era la amenaza no pronunciada? Nunca llegué a saberlo, a pesar de que en aquel momento me hice el firme propósito de averiguarlo.
—Dios mío, Dios mío... —musitaba Joe a mi lado.
Creo que fue en aquel momento cuando toda la muralla que había levantado alrededor de su conciencia para que cuanto había hecho no le afectase se acabó de derrumbar.
Desalentado, Kirschner se llevó el transmisor a los labios y me dijo:
—Voy a indicarle a Ziegesar que suba. Nos hará falta aquí.
No sé cómo no me preguntó, antes de llamar a Ziegesar, qué íbamos a hacer entonces. A Kirschner no le pasaba por la mente que podía preguntar a sus hombres si alguno estaba dispuesto a sacrificarse por los demás, sabiendo que quedándose en Elajah jamás volvería a la Tierra. Ellos eran los únicos que habían adquirido los conocimientos para manipular el mando de la Zona.
Apenas Kirschner terminó de hablar con Horst, en la esquina más dañada sonó un seco bramido. Me volví, y vi que jirones de gas blanco se expandían, y que por entre ellos surgía brillante el color esmeralda de una unidad Wyharga.


39.- OLAS ROMPIENDO EN UN ACANTILADO

El ruido que produjo el escudo al ser desgarrado en su ángulo fue como el de mil olas rompiendo en un acantilado. Desde donde me encontraba calculé que el agujero tenía más de doce metros de diámetro, y vi que sus bordes soltaban chispas y se agitaban convulsivamente. Temí que a partir de allí se iniciara el desmembramiento de toda la cubierta blanca, y la plataforma entera quedase en pocos segundos sin su protección, y las naves Wyhargas llegaran entonces hasta nosotros desde todas partes.
Pero no sucedió lo que temía, y por el momento la abertura no aumentó de tamaño. Sin embargo, toda ella quedó ocupada por la masa verde de una unidad que apareció aproximándose lentamente. Volvieron a tronar prolongados crujidos metálicos, los bordes del hueco se hicieron más negros, tiñeron de suciedad el blanco del escudo, y finalmente el intruso verde irrumpió con movimientos torpes en la plataforma.
—¡Fuego, fuego, fuego a discreción! —gritó Kirschner, dando un salto y disparando su ametralladora.
El aire cargado de energía hacía que las balas parecieran trazadoras, y todo se llenó de estelas de brillante fuego. Las ráfagas nos ensordecieron, y mientras mi dedo saltaba sobre el gatillo de mi arma y la sentía vibrar en mi cadera, vi que la grotesca proa de la nave rodeada por el halo verde era sacudida por súbitos vientos, golpeada por el furor de la guerra y de los hombres terrestres que desafiaban a la veterana técnica de los antiguos siervos de Ankar.
De pronto su proa dejó de fluir gas verde y se abrió como una fruta demasiado madura. La habíamos roto, los pedazos de viejo acero que fueron testigos de mil conquistas e incontables muertes cayeron al suelo de la plataforma. La unidad quedó despanzurrada y quieta, y de entre sus cascotes surgieron dos tambaleantes figuras embutidas en las conocidas y pesadas armaduras que brillaban en oro.
Los dos Wyhargas fueron al principio de un lado para otro, aturdidos, hasta que localizaron al Vínculo tras el cual les hostigábamos y avanzaron hacia nosotros. Alzaron sus grandes armas, se las afianzaron al vientre y las sujetaron con las dos manos, y empezaron a dispararnos.
Lanzaron haces de fuego que dibujaron en el Vínculo líneas rojas que fueron consumiendo su brillo púrpura, hasta que finalmente alcanzaron el metal de la media esfera. Luego los fuegos subieron a la cúpula, y en pocos segundos le causaron infinitas grietas. Aparecieron primero en ella como telas de araña, para seguidamente romperse sus finos hilos en millares de pedazos que saltaron en el aire.
—¡Atrás! —grité, cubriéndome el rostro con el antebrazo y sintiendo el golpe de las aristas sobre mi piel.
Busqué a Chris con la mirada. La chica estaba encogida detrás del Vínculo, pero apenas dejaron de caerle los restos de la cúpula se alzó y abrió fuego.
Lo mismo que ella hicieron otros. El aire se saturó de nuevo de estampidos y estelas. La pareja de Wyhargas avanzaba hacia nosotros. Ni un segundo dejaron de lanzar sus armas los haces de fuego que iban desmoronando la media esfera del Vínculo que nos protegía.
Era impresionante ver avanzar sin titubeos a las dos figuras, soportando nuestros disparos. Apenas se agitaban a causa de los impactos, que se podían apreciar en sus corazas protegidas por el traje de combate de oro, pequeñas manchas que surgían y que en seguida desaparecían.
Vi un hombre con traje mimetizado saltar fuera del refugio, plantarse con las piernas separadas, y disparar con un fusil una granada a los Wyhargas. No le reconocí, pero le llamé en silencio valiente y estúpido a la vez. Cuando intentaba cargar un nuevo proyectil, las lenguas de fuego reptaron por el suelo hasta él, y le vi envuelto en rojo. Apenas escuché el comienzo de su aullido de dolor; luego su cuerpo se derrumbó ennegrecido, reducido a la mitad.
Cuando Kirschner gritó lleno de rabia su nombre, supe que el valiente loco había sido Hermán Hammerich.
Al volver a mirar al enemigo me di cuenta de que su muerte no había sido totalmente en vano. La granada que pudo disparar había abierto la armadura de un guerrero, y éste yacía desmembrado en el suelo, junto a su compañero todavía ileso.
De nuestro grupo saltó otro hombre, me empujó al echar a correr, y sólo cuando se encaramó sobre la parte superior de lo que quedaba de la media esfera le reconocí. Era Nuil. El resucitado disparó contra el flanco del Wyharga. No sé a dónde apuntó, pero debió darle en un punto débil, y el tétrico guerrero se derrumbó de espaldas. Al llegar al suelo un borbotón de sangre oscura fluyó de su casco, y cuando ésta dejó de manar sus brazos se quedaron quietos y sus gruesas piernas dejaron de patalear.
Me arrodillé ante Chris y traté de limpiarle una mancha oscura que ensuciaba su encendida mejilla.
—Pequeña, corre ahora al pozo y baja.
—No —me respondió roncamente.
La miré. Sujetaba con firmeza su arma. Comprendí que no iba a convencerla, y que sólo podía hacer una cosa por ella si quería protegerla. Me arranqué la charretera y se la puse en el hombro, sobre su camisa. No iba a necesitar que su piel estuviera en contacto con el metal. Apreté el nodulo, y toda mi chica quedó cubierta de oro. Estaba bonita así.
—Raymond Kanable... ¿Por qué has hecho esto? —me gritó, tocándose su nueva piel, intentando reaccionar. Yo sabía que ahora estaba experimentando una nueva sensación, nada desagradable por cierto. La más elemental prestación de la charretera era gratificante, y muy conveniente en una trifulca como aquélla.
—Cariño, hazme este favor: llévala si no quieres bajar. ¿De acuerdo?
Chris sonrió. Se inclinó sobre mí y me besó. Fue un beso que no podía complacerme, porque noté sus labios demasiado fríos. Supongo que los míos tampoco eran mejores en medio de tanta tensión. El miedo ahuyenta el calor del cuerpo de forma increíble.
Kirschner me llamó para que me acercara a él. Estaba observando la grieta. Me señaló las otras esquinas. Los Wyhar-gas, a pesar de haber perforado una, seguían disparando desde el exterior contra las restantes.
—Ya hemos tenido una baja con la primera nave que ha entrado, Kanable —dijo—. Es una locura creer que podremos contenerlos, ni aunque sólo pretendan entrar por aquí. ¿Qué vamos a hacer cuando derrumben otros ángulos?
Le entendí. Teníamos que disparar centenares de balas, y las teníamos de respetable calibre, para conseguir derribar un cometa verde, y si queríamos que éste no nos causara problemas irremediables era imprescindible que lo abatiéramos apenas cruzara el escudo. Si le dejábamos revolotear por la plataforma significaría nuestro fin. En la misma situación de compromiso nos encontraríamos si otro ángulo era perforado y nos atacaban desde la retaguardia; no podíamos defendernos dividiendo nuestra capacidad de fuego. Necesitábamos de todo el que pudiéramos para abatir al enemigo, lo habíamos podido comprobar a un alto precio: con la vida de Hammerich y el consumo de mucha munición.
Atisbé por la abertura. Una nave danzaba en el exterior, y su intención no podía ser otra que seguir la estela de la primera.
Desde arriba del arrugado metal del Vínculo, Nuil me gritó:
—Hey, Kanable.
Alcé la mirada. La fea y aplastada cara de Nuil me sonreía. Su nariz apenas era un bultito brillante. Estaba recargando su ametralladora. En la espalda llevaba otra, y sobre su pecho colgaba una ristra de granadas.
—Dicen que morí, pero creo que no es cierto —dijo zumbón, mirando a la abertura y a mí—. Un ángel me estuvo magreando, ¿sabes? Lo vi. Yo me veía tumbado y ella estaba sobre mí, magreándome. Era como si flotara fuera de mi cuerpo y podía verme desde lo alto. Pero no estaba muerto. Lo sé. La chica me puso cachondo. Si cuando desperté no me hubiera sentido tan débil me la hubiera jodido, sin importarme que Stolberg estuviera delante, ni el chico. Porque los habría matado. Menuda chávala, Kanable.
Parpadeé. ¿Nuil se había vuelto loco? ¿Por qué decía aquellas tonterías? Miré de reojo a Jorge, temiendo que el chico también se olvidase del peligro que corríamos y la emprendiera a puñetazos con el soldado, creyéndose obligado a lavar la afrenta a Esshei. Pero Jorge no pestañeó. Se quedó observando serenamente a Nuil, y le oí mascullar.
—Está así desde que despertó, diciendo estas cosas. Pero nunca se atrevió a mirar a Esshei a los ojos. Quizá a ella se le olvidó arreglarle el cerebro a la vez que sus heridas.
Nuil no le oyó. Se puso en pie, dio un golpecito a sus armas y gritó:
—¡Sargento Stolberg, voy a cargarme a unos pocos de esos malditos indios, voy a triturar a esos hijos de puta que disparan y se esconden! ¡A la mierda con ellos y con los cabrones que nos han mandado a este infierno!
Roger Stolberg movía la cabeza de un lado para otro, acuclillado junto al Vínculo. Cuando su hermano Joshua hizo intención de incorporarse para alcanzar a Nuil y bajarlo, él le hizo quedarse a su lado.
—Otra vez cree que está en Centroamérica —susurró Roger.
Nuil saltó al otro lado y corrió hacia la abertura, sin dejar de gritar frases incoherentes en las que mezclaba sus recuerdos en América Central, sus luchas contra las alimañas de Elajah, y el momento en que la nave vrowe en que pretendía regresar a la Tierra fue alcanzada por los Wyhargas. Lo último que le escuché fue una nueva referencia a su deseo frustado de acostarse con todas las mujeres que estaban allí. De soslayo vi a Rose Lorah bajar la cabeza y morderse los nudillos. Michael Davis la estrechaba contra su pecho.
Aquel loco llegó al lado de la balaustrada y se pegó a ella como una lapa, justo cuando una nueva unidad entraba arañando los bordes de energía, forzando la abertura, dejando atrás jirones de su halo verde, y el fuselaje de viejo acero curtido en muchas batallas quedaba al descubierto.
Pero antes de que abriéramos fuego, Kirschner nos hizo un gesto para que esperásemos. Nuil, apenas la nave introdujo sus dos terceras partes en la plataforma, empezó a disparar contra la entreabierta compuerta por la que ya estaba apareciendo la silueta de un Wyharga.
Nuil disparaba incansablemente, caminando hacia la ya casi detenida unidad. En el marco de la esclusa, el guerrero fue zarandeado y resbaló al exterior. Todavía vivía, y empezó a levantarse. Nuil le disparó a quemarropa, apuntando a las juntas del casco, allí donde no era efectiva la defensa dorada.
El Wyharga todavía pataleaba cuando Nuil pasó por encima de él, saltando a la nave. Pero desde el interior le dispararon un haz de fuego. Inmediatamente, apenas el cuerpo del soldado empezó a arder, estallaron todas las granadas que llevaba colgadas del pecho. La unidad dio un salto, rebotó, y quedó encajada en la abertura. De su interior surgían llamas y un humo denso, oscuro y pestilente.
Nadie dijo nada durante un rato. Todos mirábamos arder la unidad, desaparecer de ella los últimos rastros de halo verde.
—Nuil ha tapado este agujero —dijo Stolberg—. Era tan valiente como loco. Supongo que le gustará oír esto en el infierno.
Me pregunté si Lucifer admitiría en sus dominios a alguien que muriera en Elajah, y me lo imaginé recibiendo a Nuil y anunciándole que debía marcharse. Le diría entre carcajadas: «¿Cómo osas presentarte aquí, viniendo de un lugar mucho peor? Vamos, lárgate, que no quiero que te sientas cómodo en mi casa.» Qué estupidez se me había ocurrido, pensé, viendo salir de la nave las últimas llamaradas.
—Esto nos da un respiro —dijo Kirschner. Giró la cabeza para mirar las otras tres esquinas de la plataforma—. Pero no por mucho tiempo.
Creo que fue la muerte de película de Nuil lo que me hizo comprender que todavía podíamos seguir jugando aquella partida, porque conservábamos el rey y unos valiosos peones, y mantener la esperanza de terminar al menos en tablas, a pesar de que el contrincante conservaba aún casi todas sus fichas.
—Desde el tobogán podríamos defendernos mejor —dije de pronto.
—Expliqúese, Kanable —me pidió Guido.
—El líder de esta gente no se atreverá a dispararnos desde arriba con las armas pesadas de sus naves, no correrá el riesgo de destrozar el interior de la Columna, porque todo su interés está en apoderarse de ella intacta; la necesita. Desde el nivel siguiente, podemos ponerles las cosas difíciles parepetados en los túneles.
Kirschner me contempló intrigado, y creo que también con una pizca de desconfianza.
—¿Está seguro de lo que dice? —preguntó, consultando a sus hombres con la mirada. Ninguno de ellos dijo nada.
—Sí. Completamente. Pero hay más. Creo que podríamos intentar parlamentar con el jefe de la horda y hasta obtener una tregua.
—¿Está loco? —gritó Ziegesar—. Son monstruos con el cerebro lavado. No podremos entendernos con ninguno de ellos, porque no hay nada de humano en todo ese ejército de dementes.
Intenté no sonreír al pensar en Adrián y dije:
—Puedo pedirle a Esshei que envíe un mensaje al líder. Quizá tarde en comprender que está condenado a parlamentar con nosotros, pero lo sabrá apenas vea que les ponemos las cosas difíciles, disparando desde abajo a todo aquel que se atreva a asomarse al pozo.
—No sé de dónde saca tanta seguridad, Kanable, pero no me parece un disparate defendernos en los túneles. —Volvió a comprobar el deterioro cada vez más ostensible de los ángulos—. Está bien. Vamos a retirarnos, aunque no confío que logre usted hablar con ese monstruo que manda a esos otros monstruos.
Nos levantamos y empezamos a retroceder. Los alemanes se distribuyeron para protegernos los flancos. No es que hiciera falta de momento, pero a veces actuaban mecánicamente. Recogimos todas las cajas de municiones y las armas y corrimos hacia el pozo. Al pasar delante del helicóptero, Kirschner llamó a los Pfaumann. Cuando ninguno de los ancianos salió, saltó dentro lanzando maldiciones. Le esperé. Cuando apareció, dijo guturalmente, al pasar por mi lado:
—Están muertos. Kurt Pfaumann se ha pegado un tiro. Creo que su esposa murió de un ataque al corazón, y el viejo no pudo resistirlo.
No quise decir que lo sentía. Después de nuestra charla, podía tomar mi pésame como una burla.
La retirada al pozo no estuvo mal del todo. Como diría un estratega, se efectuó en completo orden. Nos quedamos varios para proteger a los que bajaban. Les grité que algunos se quedaran en el primer túnel y los restantes no se detuvieran hasta el siguiente. Casi en el borde del tobogán vi a Peggy. Anne Zerder se adelantó para ayudar a Rosenman, que cargaba con una caja demasiado pesada, y los dos corrieron por la plataforma que se hundía caracoleando.
—Ocúpate de ella —dije a Chris, empujándola hacia la señora Brunner.
Me volví y quedé un poco aturdido sobre el borde, junto a Kirschner, que instaba a sus hombres a que abandonaran de una vez la plataforma.
Contemplé el campo de batalla y quedé impresionado. A mi derecha dejábamos dos unidades destrozadas, cuatro Vínculos intactos y uno medio derretido. El helicóptero con su carga funeraria se me antojó el elemento más frágil de todos.
Kirschner apoyó su pesada ametralladora en el suelo y me dijo:
—Vamos, baje de una vez y pídale a esa ankari que solicite un alto el fuego. —En su voz no podía haber más carga de escepticismo.
No había visto a Esshei y Pat, y ellas habían sido las primeras en buscar refugio en el pozo. ¿Dónde se habían metido? Recordé que tampoco había visto a Joe durante la batalla.
Iba a bajar cuando el ángulo situado a nuestra izquierda y el que quedaba a nuestras espaldas emitieron un sordo lamento. Por cada uno entró centelleante una unidad. Las dos volaron veloces por encima de la plataforma, a media altura entre ella y el techo blanco. Llegaron al centro, describieron unos giros, y al pasar por encima de los Vínculos y el helicóptero brotaron dardos rojos de sus proas verdes. Hubo una sucesión de explosiones, unas bolas de fuego que nacieron pequeñas y alcanzaron un gran diámetro antes de empezar a consumirse por sí mismas. Cuando apenas quedaron reducidas al tamaño de un balón de fútbol, se disipó el humo, y de nuestros vehículos y del helicóptero ya no quedaba nada.
—Como Pizarro, hemos quemado nuestras naves —dijo Kirschner, sobrecogido.
—Lo dijo Hernán Cortés, y no permitió que los aztecas se las quemaran, sino que lo hizo él. Han sido los Wyhargas quienes han despanzurrado las nuestras, amigo. —El comentario del alemán me provocó una risa nerviosa y, sin poder contenerme, añadí—: Vamos, no pierda la esperanza. Este pozo no será nuestro bunker de la cancillería.
—Es usted incorregible —rió Guido—. Vamos, bajemos antes de que nos peinen.
Me empujó dándome con la bota en la espalda. Lo último que vi del exterior fue que entraban otras unidades. Debía haber sobre la plataforma más de seis cuando corrí tobogán abajo y, mientras lo hacía, cuidando de no resbalar, me preguntaba dónde podía estar Esshei. ¿Tal vez contemplando de nuevo la escena de su mundo?
Ojalá ella lograra llegar hasta la mente enloquecida de Stenzel, me dije; pero, aunque lo consiguiera, tenía serias dudas de que al holandés, o lo que ya fuera, no sabía si humano o engendro Wyharga, le interesara dejarnos escapar de Elajah a cambio de recibir intacta la Columna, por cuya posesión tanto interés estaba demostrando.


40.- LA BOCA DEL POZO

Desde las entradas de los túneles primero y segundo, que se abrían en lados opuestos del tobogán, podíamos abrir un fuego cruzado contra la boca del pozo; dominábamos toda su circunferencia, y cualquier Wyharga que se asomara quedaría indefenso durante unos instantes. Si olvidábamos que estábamos encerrados, nuestra posición era muy ventajosa, y el enemigo pronto se daría cuenta de que para reducirnos tendría que disparar sus armas pesadas, lo que pondría en peligro la integridad de las instalaciones de la Columna.
Si bien el plan fue algo que pensé desesperadamente, sin calcular todas las posibilidades que podía brindarnos nuestra retirada, ahora creía que desde las actuales posiciones podíamos ejercer cierta presión ante Stenzel y arrancarle su promesa de dejarnos marchar libremente si le entregábamos el baluarte.
La cuestión que me preocupaba era si podíamos fiarnos del holandés, y en esto estaba pensando, estrujándome el cerebro para encontrar un medio que nos garantizara el cumplimiento de una rendición con condiciones, cuando Luis Castro se arrastró hasta donde yo estaba y me dijo:
—Joe está en la Zona, y tiene encendida una especie de esfera que muestra la plataforma. Podemos vigilar al enemigo.
—¿Y bien?
Castro resopló, preocupado.
—Jesús, hay docenas de naves. Han entrado por todos los ángulos, y de cada unidad están desembarcando dos o tres Wyhargas.
Más de doscientos, pensé. Un par de centenares de aquellos guerreros equivalía a una división de boinas verdes veterana. Miré hacia arriba. ¿Cuándo atacarían? Aparte del ruido procedente de la boca del pozo, de las pisadas metálicas de docenas de botas, no había otro indicio que nos anunciara la inminencia del asalto. Quizás Adrián estuviese calibrando los riesgos. Estaba loco, pero no era ningún estúpido, y ya debía de haber comprendido que nosotros estábamos agazapados unos metros más abajo, esperando con las viejas pero eficaces armas de la Tierra a que uno de sus zamikazes asomase su fea anatomía por el borde.
En el centro del tobogán, casi delante de mí, se abría un pozo que conducía directamente abajo. Nadie de nosotros lo había utilizado, excepto Joe, que nos aseguró que las secciones inferiores de la Columna probablemente no se utilizaron ni siquiera en los tiempos de mayor actividad de Elajah. Todo lo importante se concentraba en los niveles superiores de la Columna, los más cercanos a la plataforma.
Disponíamos de otros pozos gravitatorios que no tenían acceso desde el tobogán, sino a los que se llegaba por corredores laterales abiertos en los túneles. Por ellos se podía acceder a cualquier nivel, y creo que hasta a los mismísimos sótanos.
El túnel en el que estábamos conducía a la sala llena de máquinas. El otro, defendido por los Stolberg, Michael, Rose y dos alemanes, quedaba algo más abajo que donde me hallaba, y era la entrada al museo de los horrores.
Observé que Luis llevaba puesta su charretera. En realidad era la mía, que había viajado a la Tierra y había vuelto a Elajah. Pero no había activado la defensa del traje. Iba a preguntarle por qué no lo había hecho, cuando él me dijo:
—Puedo intentar ponerme en contacto con los Wyhargas. —Me daba a entender que estaba enterado de mi plan y que le parecía bueno, al menos eficaz en teoría mientras a alguien no se le ocurriera otro mejor.
Me aseguré de que nadie podía oírme. Cerca de nosotros estaban los demás alemanes, Ana Castro, Chris y Val, estos dos últimos dando el toque dorado a nuestro grupo con sus protectores corporales.
—El tipo que hizo posible que esta charretera —dije, dando unos golpecitos con los nudillos a su metal negro— llegara a ti después de arrebatármela, es el jefe de los Wyhargas, Luis.
—¿Qué dices? ¿No lo hicieron picadillo los vrowes?
—A Stenzel no hay quien lo mate. ¿No te contó Ana que Adrián la encontró, y que fue de él de quien tuvo que escapar? —Suspiré, extrañado de que a una chica tan parlanchína como Ana se le hubiera olvidado contárselo a Luis—. Siempre ha estado loco, pero ahora ha debido perder completamente la chaveta, porque se clavó los cinco filamentos, y su mente está dominada por la condición Wyharga.
Luis parecía no dar crédito a mis palabras.
—¿Por qué le obedecen esos mercenarios?
—Porque su charretera, la tuya y las que tienen Chris y Val, poseen un poder de mando que se conoce como Alto Distintivo. Pertenecieron a los seres que crearon esas legiones de guerreros esclavos. Te digo esto para que sepas que no será fácil entenderse con Adrián.
No quise explicarle quiénes fueron en el pasado las criaturas que transformaron a los prisioneros de sus conquistas en aquellos soldados sin otra idea en su cerebro que obedecer y matar.
Luis miró el túnel de enfrente, donde estaba Joshua Stolberg. Tragó saliva y dijo:
—Creo que debo pedir ayuda a Joshua; sabe más que yo de esto.
—Bien, intentadlo los dos—dije—. Pero no os insertéis nada más que el filamento que habéis usado otras veces para comunicaros con Joe.
Luis miró hacia arriba antes de saltar del túnel. Le vi correr por el tobogán. Estuvo a punto de resbalar, pero recobró el equilibrio y se lanzó a tumba abierta al túnel.
Escuché un grito y me volví. Al primer vistazo creí que lo había dado Chris al ver aparecer en el fondo del túnel a Esshei y Pat. Detrás estaba Peggy, acurrucada en el suelo y muy asustada. Todo aquello era demasiado para ella. Pero el aviso nervioso de mi chica policía se debía a que el juego al que Val estaba jugando con su charretera era demasiado peligroso para él.
El muchacho se la había ajustado al hombro, una vez quitada su guerrera, y por el movimiento de su mano izquierda sobre los nodulos comprendí que ya tenía insertado un filamento. Lo peor era que aún quería seguir.
—Quieto, Val —le dije, empezando a levantarme. Esshei se detuvo, y Pat, que la llevaba de una mano, le rodeó la cintura con sus brazos. Mis palabras la habían asustado.
Val me sonrió desmadejadamente.
—Quieto tú, Kanable.
Estaba demasiado lejos de mí para que yo pudiera llegar a su lado de un salto.
—¿Qué intentas hacer, héroe de pacotilla? —le recriminé, sin el menor tacto.
—Iba a decirle a Luis Castro que no se molestase en marcar el número de Adrián, pero me distraje y le he dejado ir —replicó Val. Su sonrisa no era la de siempre. La que lucía ahora era como forzada. Tal vez necesitaba concentrarse para prestar atención a lo que pasaba a su alrededor, porque la mayor parte de su mente estaba ocupada en otra cosa—. Estoy hablando con «eso» que es ahora Adrián, Ray.
Inspiré profundamente, sintiéndome desplazado por todos. Maldita sea, yo era quien debí haberme puesto una charretera e intentado dialogar con aquel loco de arriba que se paseaba con una armadura de oro por la plataforma.
—¿Le has explicado nuestras condiciones? —pregunté, arrastrándome un poco de rodillas. Quería estar lo más cerca posible de Val e impedirle que culminara la locura que yo sopechaba que estaba planeando llevar a cabo.
No sé si el muchacho intentaba realizar un gesto heroico, o estaba tan desesperado como todos nosotros y ya le daba igual lo que pudiera pasarle. Val sabía tanto como yo, y estaba en condiciones de llegar a mis mismas conclusiones. Parodiando el viejo dicho, un clavo podía sacar a otro clavo. Pero él no debía ser el clavo que nos salvara.
Le faltaba experiencia, fortaleza para soportar el dolor, y carecía de la firmeza necesaria para empujar el otro clavo. Val quedaría doblado y destrozado apenas se diera a sí mismo el primer golpe.
El muchacho hizo una mueca, sus facciones se crisparon y dijo:
—Es como hablar con alguien que no es de tu raza, que no pertenece a tu mundo y que no piensa en absoluto como tú. Adrián ya no es Adrián.
—Pero es un ser inteligente...
—Ahora es un líder Wyharga que utiliza la astucia de Adrián.
—Entonces tiene que saber que no podrá seguir adelante con sus sueños si para apoderarse de la Columna entra a fuego en ella con sus soldados.
—Lo sabe.
—¿Y rechaza nuestra oferta de dejarnos ir?
—Le expliqué que uno de nosotros iba a quedarse aquí para provocar las restituciones, y que mientras los demás no estuvieran lejos y a salvo en las islas que les devolverían a sus mundos, él no podría bajar. Pero no aceptó. Nos quiere destruir a todos, incluida Esshei. ¿Lo entiendes? Sí, tú lo puedes entender, amigo.
Claro que sí lo entendía. Asentí con la cabeza. Avancé otros centímetros. Me pareció que él se daba cuenta de mis intenciones, y me quedé muy quieto. Quizás a Jorge le preocupara la seguridad de todos nosotros, pero sobre todo le asustaba la idea de que Esshei cayera en poder de Adrián. No debía inquietarle, al parecer, la suerte que le estuviera reservada a la humanidad, a las razas que volverían a ser hostigadas por los Wyhargas, ni el futuro de la comunidad ankari; sólo pensaba en Esshei, y en evitar que alguien como Adrián pudiera ponerle la mano encima de su cuerpo suave y rosado. Al menos, esto es lo que creí que pasaba por la mente de Val en aquellos momentos.
—Entonces la partida se suspende —sonreí—. No se atreverá a ordenar el ataque, y nosotros estamos bloqueados. Oye, ¿por qué te has inventado lo del voluntario que se quedará en el mando de la Zona? Ya no hay ningún voluntario alemán.
Val sonrió.
—No me he inventado nada, amigo Ray. Oye, hablando me parezco a Smith.
—¿Quién va a quedarse?
—Eso no te importa. Se quedará y basta. Pero ya no servirá, Ray. Esos tipos no lo aceptan.
Hice un rápido recuento mental. Me faltaba Smith. ¿Dónde se había metido? Y el inyindani era demasiado práctico para ser candidato al sacrificio.
—Bien, esperaremos —dije, tratando de sonreír—. Ya encontraremos una salida. ¿Qué te parece si cortas la comunicación con Adrián y te relajas?
Val no había apartado ni un instante su mano del nodulo. Me di cuenta de que seguía dispuesto a continuar. Si daba otro apretón al dispositivo, saltaría a su carne el segundo filamento, y él no pensaba parar hasta que los cinco quedaran clavados en su hombro.
—Adrián ha dado contraorden a los Wyhargas, Ray —dijo—. Ha roto la inmunidad de ankaris e inyindanis porque alcanzó el quinto grado. Si él lo ha hecho, yo puedo hacer otro tanto.
—Vamos, muchacho, no te precipites —sonreí—. Hemos salido de peores trances que éste. Recapacita.
—Maldito enredador —jadeó Val—. Intentas distraerme para arrojarte sobre mí y quitarme la charretera. Voy a hacer esto porque te vi entregar la tuya a Chris para protegería. Así no te adelantarás a mí, maldito hijo de puta, como siempre has hecho.
Si Val no tenía fiebre, pensé que su estado de nervios le estaba dominando hasta el extremo de confundir las cosas.
—Lo que piensas hacer es una estupidez más grande que este edificio, maldito crío —grité. Sentí las manos de Chris en mis hombros, pensé que pretendía detenerme, y la aparté con violencia—. ¡Si te conviertes en un mamarracho como Adrián acabarás pensando como él, y correrás a ponerte a su lado porque compartirás sus ideas!
Val negó con la cabeza, muy despacio, de un lado para otro.
—No. Yo no pienso como él, tengo bien grabado en mi mente lo que soy y lo que pretendo. Anularé sus órdenes y haré que los Wyhargas se retiren...
—¡No conseguirás sino matarte! —Otra vez las manos de Chris se apoyaron en mi espalda, tratando de serenarme. Pensé en quitarle a ella la charretera y adelantarme a los movimientos de Val, pero por muy deprisa que me moviera él siempre tendría ventaja sobre mí—. Mira, tu idea no me parece mala del todo, pero podemos esperar. ¿Qué te parece? Me apartaré de ti si me prometes no hacer nada por ahora. Mientras nadie baje por el pozo, no hay nada que temer.
—Es que no te he dicho algo, Ray.
—¿Algo? ¿De qué se trata?
—Adrián, lo que es Adrián ahora, sabe que no puede llegar hasta nosotros por las bravas, y antes de cortar la comunicación me ha asegurado que no tiene que pactar con nadie porque Elajah es suyo, todo lo que hay en él. Y sólo tiene que llamar a sus criaturas para destrozarnos sin que ninguno de sus Wyhargas arriesgue la vida.
¿Qué pretendía decirnos? ¿A qué criaturas se refería? Miré implorante a Esshei. Ella no debía consentir el sacrificio de Val, que iba a la muerte o algo peor sin la menor garantía. Esshei tenía los ojos entornados, abrazada por Pat, que nos miraba de reojo.
—Por Dios, Val, dime qué piensa hacer Adrián. Y espera, no sigas, no toques el nodulo. Dímelo antes.
—Está bien. Va a llamar a las más pequeñas criaturas de Elajah, Ray. No tardarán en llegar varios torbellinos de aire, las tormentas de arena. Y las criaturas que viven en ellas bajarán por la plataforma hasta nosotros y se encargarán de hacerle el trabajo.


41.- TORMENTAS DE ARENA

Excepto los alemanes, Joshua Stolberg y los Castro, todos conocíamos lo que llevaban en sus violentas entrañas las tormentas de arena, y si Adrián era capaz de dominarlas y hacer que entrasen por las aberturas, estábamos perdidos.
Mucho más tarde sabría que Ana Castro había tenido ocasión de comprobar los mortales efectos de las cucarachas que eran llevadas por los vientos, en compañía de Stenzel, cuando éste aún no se había quitado ante ella la máscara y fingía ser otra persona.
Para los veteranos de Elajah era una noticia capaz de dejarnos sin aliento, y para los que ignoraban cuál era la clase de amenaza debió bastarles el temor que nos embargó a la mayoría. Miré al otro lado del tobogán, y creí ver a Luis Castro y Joshua, el primero con la charretera, probablemente intentando establecer una comunicación imposible e innecesaria ya.
—Val... —dije. De pronto mi garganta se llenó de aristas y no pude continuar, y sólo atiné a suplicar—: Dios mío, Val, no sigas.
No podía encontrar un argumento que le hiciera comprender que, de todas formas, su plan era estéril.
En aquel momento sonaron disparos desde el otro túnel. Estaban disparando contra la boca del pozo. Fueron muchas ráfagas. El ruido se hizo ensordecedor. Kirschner se arrastró hasta asomar la cabeza, le seguí, y miramos arriba. Ziegesar y Hede sacaron sus ametralladoras y, casi sin apuntar, unieron el fuego de sus armas de gran calibre al de sus compañeros del otro lado.
Un Wyharga apareció. Dio unos traspiés en el arranque del tobogán. La película de oro que le cubría desapareció, y empezó a resbalar por la pendiente, dejando atrás el primer pedazo de metal de su armadura. Cuando pasó deslizándose ante nosotros apenas quedaban jirones de ella sobre su cuerpo, que vimos fugazmente, grotesco y membranoso. Luego se perdió en las profundidades del pozo. Sobre el tobogán quedó un interminable reguero de sangre verdosa.
No apareció ningún otro Wyharga, y Kirschner dijo:
—Han enviado a uno para comprobar si somos capaces de freírles apenas pongan un pie en el tobogán. —Y parecía muy satisfecho, seguramente convencido del hecho de que demostrar la efectividad de la acción conjunta de nuestras armas nos hacía más fuertes.
—Ya veis —dijo Jorge. De pronto parecía animado. Dio un paso hacia mí, y comprendí que él sabía que yo no podría impedirle hacer lo que se proponía—. Adrián ha querido asegurarse de que no conseguirá nada sin la ayuda de los insectos de la tormenta de arena; están fuera, esperando su orden. Debo darme prisa.
—¡No!
Mi grito se perdió en medio de un huracán que nació en lo alto del pozo. Conocía demasiado bien aquel ruido: eran las bandadas de insectos que habitaban en las tormentas. Adrián era capaz de gobernarlos. Sus Wyhargas y él los verían pasar sin inmutarse, porque sus corazas les protegerían. Pero, de todos nosotros, sólo tres teníamos un traje protector, lo que condenaba al resto a ser pasto de la voracidad de las cucarachas voladoras.
Todo sucedió tan rápidamente que ahora, al cabo del tiempo de haber vivido aquel instante, me parece que fue como una pesadilla en la que los protagonistas se movían lentamente, y yo, en medio de ella, me comportaba como si no fuera uno más de ellos, un actor más de la comedia en la que ya carecía de capacidad para actuar por mi cuenta.
Por los movimientos de la mano de Jorge comprendí que los cuatro filamentos que faltaban se insertaban en su hombro, y al penetrar el quinto dentro de su piel empezó en él una metamorfosis que me dejó anonadado. Vi como si su cuerpo se hinchara, creciera en todas partes y cambiara de textura y color, hasta que comprendí que de la charretera estaba brotando una coraza semejante a la de los Wyhargas, y que apenas concluida fue bañada por la fina capa de oro protectora.
Al mismo tiempo, en la boca del pozo se estaban concentrando tan ingentes cantidades de insectos que fue como si hubiera caído sobre ella una gigantesca tapadera negra. Las primeras hordas empezaron a bajar, a bajar.
También, simultáneamente, el resplandor que nació detrás de mí, en el túnel, me obligó a girar la cabeza.
Esshei tenía unidas las manos y bajada la cabeza. Pat se había apartado de ella. De las manos de la ankari, recordándome su aparición en la nave vrowe, apenas liquidamos Jorge y yo a nuestros adversarios gladiadores, iban apareciendo una vertiginosa sucesión de burbujas púrpuras. La otra vez su creación fue lenta, pero ahora nacían y crecían con rapidez. Todos los que estábamos en el túnel fuimos envueltos por ellas, y aún quedaron varias, que salieron disparadas al otro lado del tobogán. Penetraron en el túnel donde estaba el resto de nuestros compañeros para envolverles.
No sabía si me estaba pasando como en la nave vrowe, en la que, cubierto del aura púrpura, fui aislado de los deseos de venganza de los demonios negros, pero no era exactamente igual. En aquella ocasión yo pude caminar dentro de la burbuja. Ahora, su fuerza era tal que me alzó del suelo, como si una poderosa corriente de aire hubiera penetrado en el túnel, y me vi impulsado al pozo, por el que floté rodeado de otras burbujas en las que mis amigos se desplazaban hacia arriba.
Cada uno de nosotros ocupaba una burbuja, pero había una que era utilizada por tres pasajeros: Esshei, Pat y Jorge Valdivia. Adquirió velocidad, y me pareció que el muchacho, medio cubierto por la armadura Wyharga, se había desvanecido y yacía con la cabeza apoyada en el regazo de la muchacha ankari.
Yo apenas tenía espacio dentro de mi burbuja para extender un poco los brazos; toqué sus paredes transparentes, y éstas apenas cedieron unos centímetros, como si fuesen elásticas a pesar de estar constituidas por un misterioso e impenetrable gas. Delante de mí flotaba la burbuja de Esshei, abriendo el camino hacia la densa masa oscura de insectos y arena. Detrás, Chris y todos los demás formaban una larga ristra de esferas púrpuras.
Pude girarme y miré hacia atrás, intenté contar mis compañeros. No pude. La posición de quienes me seguían me impedía verlos a todos. Recobré mi postura anterior y contemplé, creyendo que mi corazón se paralizaba, cómo nos lanzábamos contra la muralla de cucarachas que taponaba la salida.
Miré la burbuja que iba delante de mí. Esshei estaba absorta en Val y la niña miraba al frente, como si los agitados insectos no la inquietasen en absoluto.
La burbuja que flotaba en cabeza rompió la vanguardia de los insectos, los dispersó, y se hundió en el mar oscuro que había arriba. La seguí y cerré los ojos. No quise verlos al otro lado del color púrpura. Afortunadamente no llegaban a mis oídos sus zumbidos, sus ruidos de cólera e impotencia por no poder alcanzarme con sus diminutas pero poderosas mandíbulas, a mí y a cuantos viajábamos protegidos y les penetrábamos, burlándonos de su voracidad.
En el momento en que cruzábamos la boca del pozo, millones de cucarachas y toneladas de arena se precipitaron hacia abajo; pero nosotros seguimos hacia arriba y, ya flotando en la plataforma describimos un medio arco y nos dirigimos hacia el techo blanco.
Atrás dejamos los restos de los Vínculos, el destrozado helicóptero y docenas de naves Wyhargas, algunas posadas y otras yendo de un lado para otro entre restos de bandadas de cucarachas que insistían en encontrar la boca del pozo, obedeciendo las órdenes recibidas de Adrián.
Vi a muchos seres con armaduras correr de un lado para otro, pero no localicé a Adrián.
Atravesamos el escudo, vulneramos su apariencia blanca, y pronto estuvimos navegando bajo las nubes marrones y la luz triste del sol de Elajah.
Jadeé, traté de respirar hondo, y fue imaginación mía creer que el aire que contenía la burbuja se agotaba. Todo se debía a mi estado de excitación, a la tensión que mi organismo había estado acumulando desde hacía muchas horas.
Nos fuimos agrupando, y yo ya podía ver a casi todos mis compañeros, y cuando una burbuja pasó rauda por mi izquierda, ocupada por Smith, salté de alegría. El inyindani me vio y empezó a abrir la boca. Le hice gestos para darle a entender que no podía oírle. De pronto comprendió la inutilidad de sus gritos y me sonrió de la forma que él sonreía. Luego me hizo un signo con la mano. Era el Signo Nuevo, el de la paz. También era su despedida.
La burbuja de Smith salió disparada del grupo, dirigiéndose hacia el noreste. Grité el nombre de Smith varias veces, hasta enronquecer.
Me acordé de la Columna Azul y volví la cabeza. Allí estaba, a mi espalda, altiva sobre el horizonte. De ella no salía ninguna estela verde, no nos seguían, y no me expliqué por qué Adrián no lo hacía. Pero cuando volví a mirarla creí notar que su color azul profundo era más fuerte que nunca, y luego, al alzar la vista al cielo, me sorprendió que las perennes nubes marrones empezaran a desgajarse. Las últimas respuestas a tantas preguntas acudieron a mi mente.
La burbuja de Esshei se acercó a la mía. Nos miramos. Pat me miró y yo miré a Jorge, que seguía desvanecido. Ya no tenía sobre su flaccido cuerpo ningún resto de coraza. Tampoco llevaba encima la charretera. Su desnudez me mostraba una palidez intensa, pero sabía que no estaba muerto, y para mi tranquilidad, Esshei se hallaba a su lado, y con ella estaba toda la ciencia ankar adquirida tras muchos años de pacífica existencia bajo el dominio del Signo Nuevo.
La muchacha y Pat seguían teniendo puestos sus ojos en mí, y sus sonrisas mitigaron el dolor que yo sentía. Entendí que todas las respuestas llegaban a mi mente, eran puestas allí por Esshei; ya no encontraba ninguna traba para comunicarse conmigo, no necesitaba para ello el medio artificial que proporcionaba la charretera.
Chris flotó muy cerca. No iba cubierta de oro, tampoco tenía la charretera. Y parecía no haberse dado cuenta. Estaba interesada en observarme, a mí y a la burbuja con los tres pasajeros. Detrás de ella, Luis Castro se adelantó, como si el impulso de su mágico vehículo se debiera a que Esshei quería que yo acabase de entender al descubrir que él ya no disponía tampoco de su charretera, que había sido mía.
Y entonces, como si hubiese llegado el comienzo del apocalipsis, las sucias nubes estallaron, detrás de ellas se mostraron algunas lunas blancas, y todo el cielo azul, velado hasta entonces para la superficie de Elajah, quiso que lo viéramos por última vez.
Aceleramos, pero la burbuja de Esshei con la niña y Val voló más veloz y en pocos segundos se perdió en la lejanía, amenazada por la fuerza que bajaba incontrolada de más allá de la atmósfera.
Todo pasaba tan rápidamente a mi alrededor, por debajo y encima de mi cabeza, que sentí vértigo, me sumergí en una vorágine, y los trazos de colores del vértigo me rodearon. Cerré los ojos un instante, apenas unos segundos, pero los abrí haciendo un esfuerzo, y me encontré de pronto con que volábamos despacio, todo recobraba su quietud, y lo último que vi de Elajah fue un trozo de mi mundo que subía hacia nosotros y nos acogía. Entonces todas las burbujas fueron rodeadas por un fulgurante resplandor, y detrás de éste aparecieron las lenguas de fuego de una estrella y el calor de una nova.


42.- 14 de Diciembre de 1992 SUR DE ESPAÑA, 14:30 HORAS

—Jonathan Silberstein.
—¿Joe? ¿Fue Joe entonces quien se quedó en Elajah?
—Creí que lo habías adivinado, Gerald —dije, sonriendo tristemente.
—No, la verdad. Pero ahora que lo dices, y recordando tus datos, no le mencionaste mientras escapabais en las Burbujas. Entonces..., ¿Joe se sacrificó? Dios mío, le suponía por ahí, esperando el momento de venir a verme. Pobre Joe. ¿Tan culpable de todo terminó creyéndose, que pensó que él era el único que merecía sacrificarse?
Me levanté el cuello de piel de la cazadora. Se estaba levantando frío proveniente del norte. Las olas, a poca distancia de nosotros, rompían una y otra vez en espuma blanca sobre la arena. Observé a Griffin. Pensé que otra vez acudía a alguien para contarle mis aventuras en Elajah, como en aquella otra ocasión, me parecía que hacía mil años, cuando relaté a Rosenman parte de ellas.
Gerald se había impresionado con el fin de Joe. Respeté su silencio. Él miraba la arena que removía despacio con la punta de sus zapatos. Los dos nos habíamos detenido en nuestro caminar por la playa. Volví la cabeza hacia lo alto del monte, observé el tejado rojo de la casa donde seguía escondido Gerald. Luego eché una mirada al inacabado hotel de donde salieron los alemanes con todo su equipo para viajar a Elajah. Desde la noche de su partida sólo habían transcurrido dos días en la Tierra. El ajuste efectuado por Joe en el proceso de restitución fue casi perfecto, tanto que logró que las Mesetas ankaris no acabaran donde quería Kirschner, sino en el mundo al que pertenecían.
—Y todo saltó, ¿no? —dijo de pronto el norteamericano, mirándome a los ojos. Me volví hacia él.
—Sí —dije—. Esshei lo advirtió. Fue demasiado para una sola columna, una operación de excesiva envergadura. Además, modificar el plan insertado en el mando de la Zona implicaba aún más riesgo. Elajah, allá donde se encuentre, ha debido arrastrar consigo a su estrella. Cuando dentro de algún tiempo, años o siglos, los astrónomos vean en el cielo una nova, podrán suponer que es la luz del fin del planeta-campamento tal vez de todo el sistema que lo albergaba.
Gerald agitó la cabeza de un lado para otro. Parecía demasiado desalentado. Me pregunté si tendría fuerzas para seguir luchando. Antes de despedirnos, Rosenman me encargó que dijera a Griffin que esperaba su trabajo, una vez que yo le contara cuanto había pasado en Elajah. Ahora, viéndole tan abatido, dudaba que tuviera fuerzas para escribir.
—No sé lo que va a pasar, Ray... Oh, lo siento. Debo llamarte Carlos, ¿no?
—Es igual —sonreí—. Creo que dentro de poco tendré otro nombre, una nueva identidad. Pretendo comenzar una vida distinta, buscar un lugar tranquilo, y observar serenamente cómo reacciona el mundo ante lo que ha pasado, divertirme con lo que digan los demás. Eso es lo único que deseo ahora. ¿Y tú?
—Todavía no lo sé.
—Ya tienes la historia. ¿Qué esperas? Kenneth confía en que le entregues el material todavía inédito e, inmediatamente, el manuscrito de todo cuanto te he contado.
Señalé la casa y añadí:
—Ahí podrás estar tranquilo, nadie te descubrirá. Y estarás bien protegido. Kirschner me dio su palabra de que su organización continuará velando por ti.
—Parece que, al final, Guido no es un mal tipo, ¿eh?
—No lo sé. ¿Sabes que al separarnos lo hicimos muy amistosamente, que incluso Luis Castro y él se abrazaron como entrañables camaradas bajo los árboles de las Ardenas?
Griffin soltó una carcajada.
—Cuando se marcharon temí que los dos acabaran liándose a puñetazos. Sí, me parece que puedo confiar en Kirschner. Ellos fracasaron, pero están demostrando que no son desagradecidos. —Me miró irónicamente—. Claro que a ti deberían odiarte. Seguro que tú tuviste la culpa de que las Mesetas no aparecieran en la Selva Negra como querían.
—Entre sus defectos no está el ser rencorosos, de veras. Aceptaron el fracaso parcial de su misión con deportividad. En cuanto a la modificación final, me limité a pedírselo a Joe, y él lo consiguió. Es mejor que los ankaris hayan vuelto a su mundo. —De pronto sentí un nudo en la garganta—. Los ankaris, Val y Pat.
No deseé que Gerald viera mi crispación. Siempre que pensaba en Val, mis convicciones se derrumbaban, y sentía por el muchacho una envidia tan grande que yo mismo me asustaba. Finalmente, el héroe siempre en ciernes había logrado ver cumplidos sus deseos. Tal vez una Eiyen Darai estuviera fuera de su alcance. De ninguna manera creía, o no quería creer, que acabara saliéndose con la suya, a pesar de que Esshei se lo había llevado. Pero yo pensaba que lo hizo porque estaba obligada a sanarle la mente dañada por el flujo de la condición Wyharga. Los acontecimientos se precipitaron de tal modo que no tuvo ocasión de hacerlo en Elajah. ¿O realmente siempre deseó que Val la acompañara? Dios, una vez llegué a la conclusión de que Esshei había encontrado en Val, en su alma, algo valioso, quizá un atisbo de afinidad con ella, como en Pat.
Me encogí de hombros. ¿Para qué pensar en lo que ya no tenía remedio? Yo desistí pronto, quizá porque me ufanaba de mi sensatez, pero Jorge nunca se dio por vencido, y hasta el último instante no perdió la esperanza de ganarse el afecto de Esshei. Bueno, ojalá tuviera suerte.
Gerald me conocía mucho más de lo que yo sospechaba, y le agradecí que no me hiciera ninguna pregunta respecto a Esshei y Val. Ya habíamos hablado durante horas de todo lo que podíamos hablar de ellos, y de Pat, y de la misión que le aguarda en Ankar.
Los Stolberg regresaron a América; Peggy encontraría a su familia en Bideford; Rose y Michael parecían sinceramente enamorados y prefirieron quedarse una temporada en Alemania, como invitados de Kirschner. En cuanto a los Castro, Luis me aseguró que regresaría a España con su hermana cuando estuviera seguro de que no iban a encerrarle, después de que Griffin y Kenneth sacudieran de nuevo al mundo con las historias de Elajah, las verdaderas historias. Los Castro habían recibido una oferta de los jefes de Kirschner para ocupar sendos cargos en una empresa situada en cierto país Suramericano, pero Luis se lo estaba pensando. Yo estaba seguro que no la aceptaría, porque él preferiría luchar y no esconderse.
—Quizá tenga que darme prisa en escribir —resopló Grif-fin, súbitamente alegre—. Cuando la poca gente que ha vuelto empiece a vender sus exclusivas a la prensa, habrá montones de historias por todo el mundo.
—Pero ninguna podrá ser como la tuya.
—Oh, claro que no. Sin embargo...
—¿Qué te hace titubear?
—¿Estás seguro de que la gente merece conocer la verdad, Ray? Demonios, otra vez te llamo así.
—Mira, no me preocupa lo que pase, pero creo que deberías hacerlo. Kenneth espera tu trabajo, y si tardas demasiado, se encargará él de escribirlo todo.
—¿Por qué no lo hace? Creo que me alegraría.
—Maldito viejo —reí—. ¿Piensas que es un ingrato? Si estamos de vuelta, en parte te lo debemos a ti. Ken y Anne saben que tú eres quien debe continuar el libro y acabarlo, te deben la primicia.
Empezamos a regresar a la casa. Griffin se dio cuenta de que yo caminaba deprisa.
—¿Por qué corres?
—Te dije que me marcharía hoy.
—Deberías quedarte unos días. Aquí estarás tranquilo, podrás descansar.
—No. Tú debes estar solo, sin más compañía que ese cocinero alemán que han puesto a tu servicio. Nadie debe molestarte mientras escribes.
—No entiendo por qué te vas...
Sonreí. Un coche rojo se estaba aproximando por la carretera.
Griffin no lo vio; me seguía, haciendo esfuerzos para no quedarse atrás. Dijo:
—Han pasado dos semanas desde que todo el mundo vio atónito que las Islas del Infierno desaparecían y eran devueltos los territorios robados, todos sin excepción...
—¿Todos? —pregunté burlonamente.
—Sin excepción hasta el momento, al menos en el recuento oficial.
Pronto se darían cuenta de que una lengua de tierra del oeste de Inglaterra no había sido devuelta. Esto no lo sabía ni siquiera Griffin, quizá no se lo confié porque, en el fondo, no me sentía demasiado orgulloso de lo que hice. No habían sido demasiados los supervivientes que podían contar sus sufrimientos. Se calculaba que apenas un veinte por cierto de los Desaparecidos había conseguido sobrevivir en la mitad del globo, el dominado por la Columna de Joe. Los Wyhargas con su feroz ataque, y antes las alimañas y las penalidades, habían ocasionado demasiadas víctimas. Pero se había salvado bastante gente, a pesar de todos los contratiempos. En el resto del planeta las restituciones eran sólo revueltos montones de terreno, de los que empezaban a extraerse cadáveres.
El coche rojo se había detenido en el punto de la carretera más próximo a nosotros. De él salió una mujer.
Yo apenas llevaba equipaje. Miré la casa de Griffin en lo alto de la montaña. Decidí prescindir de mis cosas. Podía comprar ropas en otro sitio. La mujer al pie del coche rojo me había visto, y agitó un brazo.
Griffin se dio cuenta de ello y parpadeó.
—¿Quién es?
—Quedamos en reunimos aquí —me apresuré a tranquilizarle—. No temas, hombre. Ella no dirá a nadie que te ha visto. Nos vamos en busca de un lugar donde nos dejen vivir en paz.
El norteamericano empezó a esbozar una sonrisa.
—Ah, sí. Ya la reconozco. Me alegro por ti, Carlos. Es una chica estupenda. No te la mereces, bribón.
—Sí, es maravillosa, y no me la merezco.
—¿Tampoco ella apareció en la Tierra con la charretera que le diste para protegerla?
—No. Esshei hizo un pase de magia, y nos las arrebató todas. Creo que me alegro que haya ocurrido así.
Le tendí la mano.
—No me defraudes, Gerald; sabes que esperaré ansiosamente ver tu libro en los escaparates de las librerías. Y esta vez no te impedirán que lo publiques.
Eché a andar. Escuché:
—Ray...
—¿Otra vez? —Me volví, sonriendo.
—Para mí siempre serás Raymond Kanable.
—Te escribiré para que sepas cómo me llamaré.
—Hazlo. Quería decirte, además, que debes contar conmigo si tienes dificultades económicas, porque cuanto tengo te lo debo a ti. Recuerda que algún día, cuando las cosas se hayan calmado, tenemos que reunimos todos los que formamos el grupo para hablar de los viejos tiempos.
Lo pensé. Sí, ¿por qué no? ¿Cuánto tiempo debía transcurrir para que unos viejos cantaradas se sentaran para hablar tranquilamente de unos sucesos que habían marcado sus vidas para siempre?
—Claro —dije, no muy convencido de que volviéramos a vernos, al menos todos—. Estaremos en contacto.
—Ray, esos cristales... Lástima que se perdieran.
Arrugué el ceño. Abrí la boca, pero no dije nada. Me estaba acordando que finalmente Guido se quedó con la bolsa de los cristales. Quizá los estuviera estudiando. Decidí no preocupar más a mi viejo amigo el escritor.
—Gerald...
-¿Sí?
—Por favor, cuídate. No bebas demasiado.
Se encogió de hombros. Aunque en mi presencia no había tomado un trago en todo el tiempo que estuvimos juntos, su aliento me olió a veces a vino del país. Se había aficionado al jerez.
—Sólo cuando termine el trabajo, para celebrarlo. Tomaré unas copitas. Hasta la vista, Ray.
Asentí con la cabeza y apresuré el paso. Cuando estuve a pocos metros de la carretera, Christine me hizo gestos para que me apresurara. Estaba bonita Chris aquella mañana, se había recuperado pronto de los padecimientos sufridos en Elajah. Su estancia en Inglaterra había mejorado su aspecto. Hacía una semana que no nos veíamos. Confiaba en que hubiera arreglado sus asuntos.
Llegué a su lado, y nos miramos sonrientes.
—¿Está bien el viejo? —preguntó, señalando a Gerald.
—Estupendamente —contesté, rodeándola por la cintura. Me incliné y la besé. Sus labios eran cálidos, como me gustaban en ella.


Esta serie está dedicada desde el principio al fin a mi mujer Mary y a mis hijas Marisantos y Alicia; las tres novelas a las tres.
También debo y quiero expresar mi agradecimiento a los que de una u otra manera me han alentado y han puesto su granito de arena en esta obra, y sin orden de preferencia empiezo con Domingo Santos, que tuvo la osadía de sugerirme que abreviara las primeras treinta páginas de Las Islas del Infierno e incluyera más explicaciones, dándome la idea de las notas informativas. Luego ya no me diría nada más y no sé si se cansó o no encontró otras causas para aconsejarme; a Luis Jiménez Castro, que además de prestarme su nombre y su segundo apellido para uno de los personajes más importantes, me dio algunas ideas de cómo debe y no debe comportarse un tipo como el que me inspiró, y nunca podré pagarle las horas —asegura él— que perdió leyendo los originales; por último, reconocer que a Rafael Marín Trechera le jugué la mala pasada, aunque sin proponérmelo, de dejarle los escritos no definitivos para que me diera su parecer, y pese a ello me animó lo suyo desde la primera novela. Confío que ahora vuelva a leerlas y disfrute más.
ÁNGEL TORRES QUESADA Cádiz, 1988